Homilía en el domingo 32 del tiempo ordinario, ciclo B
Mc 12,41-44
Texto
del Evangelio
Estando
Jesús sentado enfrente de las arcas para las ofrendas, observaba a la gente que
iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho; se acercó una viuda pobre y echó
dos monedillas (lepta), es decir, un cuadrante.
Llamando
a sus discípulos les dijo: “En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en
el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les
sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.
Hermanos:
1. La viuda pobre de las dos
moneditas es una de las figuras encantadoras del Evangelio. El encanto lo tuvo
primero Jesús, quien, al ver la escena, les llamó a los discípulos para
reflexionar sobre el suceso que había conmocionado el corazón de Dios.
¿Quién esta viuda que tanto se parece
a la viuda de Sarepta, que acogió al profeta Elías? Dos viudas que
espiritualmente son hermanas, a distancia de más de 800 años una de otra; dos
viudas que han dado todo lo que tenían al Señor. Como la viuda del Evangelio,
la viuda de Sarepta tiene un encanto irresistible.
Nos centramos en esta viuda del Evangelio.
En esta, porque en el Evangelio hay otra viuda no menos célebre, la viuda de
Naím, a quien Jesús devolvió el hijo que sacaban a enterrar.
También en el Templo hay otra viuda,
que Jesús no conoció, la que salió a recibirle cuando iba en brazos de su
madre, la profetisa Ana, que, como dice san Lucas “no se apartaba del templo,
sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día” (Lc 2,37).
(No se extrañen, hermanos, que yo les
hable con emoción de las viudas del Evangelio, porque tuve a mi madre viuda por
60 años y murió cuando le faltaban pocos meses para cumplir 100: +
15/VIII/2008).
2. Estamos en los días de la Semana Santa,
después de la entrada mesiánica de Jesús en la Ciudad santa de Jerusalén. En esta
Semana ocurren episodios que cuidadosamente han recogido los Evangelios.
Jesús está en el templo, en uno de
los atrios al que tienen acceso las mujeres. Hay allí unas alcancías en las que
la gente deposita sus ofrendas, a lo mejor cumpliendo votos que han hecho, agradeciendo
a Dios los beneficios que les ha concedido, ofrendas para el Templo, para los
sacerdotes, para los pobres…
Y he aquí lo que Jesús ve: muchos ricos echaban mucho.
Una vez Jesús había dado un consejo:
Que lo que da tu mano derecha no lo sepa
la izquierda. Que era como decir: Ni siquiera tú mismo te debes enterar de
que estás haciendo el bien y la caridad.
Esta mujercita amable es una perfecta
discípula de Jesús, aunque no sea del grupo de los discípulos, aunque
probablemente esta es la primera vez que veía a Jesús, o aunque ni siquiera lo
hubiera visto, ni hubiera reparado en él.
Esta mujer bondadosa, que lleva al Espíritu
Santo en su corazón, va a hacer lo que le pide el corazón, porque Dios está en
él.
¿Qué ha ocurrido que tan ha
conmocionado a Jesús?
3. …se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas (lepta), es decir, un
cuadrante. Para interpretar lo más exactamente el Evangelio hablemos un
poco de dinero. ¿Qué dinero llevaba la mujer y qué dinero depositó en la
alcancía?
El Evangelista san Marcos está
escribiendo para lectores del mundo romano. La moneda que circulaba como moneda
principal era el denario, que aparece varias veces en el Evangelio. Un denario
era el equivalente al sueldo de un día. Los romanos no dividían la moneda por
el sistema decimal, de diez en diez: no tenían “centavos”; sino que la partían
por mitades: por 2, por 4, por 8 (un “ochavo”), por 16, por 32, por 64, por 128.
La última fracción era el “lepton”, y con dos lepta (plural de lepton), se hacía un cuadrante. Esto es lo que echó
la mujer: dos moneditas que juntas sumaban un
cuadrante, esto es, una fracción de 64 partes de un denario, de un sueldo.
Por hacer cuentas con dinero
mejicano, si el sueldo base oscila entre 54 y 57 pesos al día (con el cual una
pequeña familia apenas puede sobrevivir en la miseria) una fracción de 64
partes de este sueldo, no alcanza siquiera a esas dos moneditas de 50 centavos, que bien conocemos…
Aproximadamente, y por poner un ejemplo, eso es lo que echó la mujer.
La mujer, que era viuda y que era
pobre, echó todo lo que llevaba, y todo lo que llevaba era todo lo que tenía.
4. Reflexionemos, hermanos… Si yo
hubiera sido sacerdote de Jerusalén, como fue el profeta Jeremías, como fue Zacarías,
esposo de Isabel (es una pura fantasía para comparar…), yo le hubiese detenido
la mano y le hubiese dicho:
- No, señora, usted no tiene que
echar. Nosotros tenemos que socorrerle a usted de este dinero.
Y yo le estoy escuchando lo que esta
santa mujer me está respondiendo:
- No, padre, no. “Yo se lo quiero dar todo a Dios y a los
pobres…”
Y ante esas palabras, que en el
fondo reflejan el corazón de la mujer, ¿qué tenemos que decir…? ¿Qué dijo Jesús?
5. Llamando a sus discípulos les dijo: “En verdad os digo que esta viuda
pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han
echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo
que tenía para vivir.
Para Jesús aquella visión fue la
transparencia más pura del Evangelio. Aquí están las Bienaventuranzas, aquí
están los limpios de corazón, aquí está la felicidad escondida que solo los
pobres de corazón pueden disfrutar.
Jesús habla como maestro y desde sus
palabras hemos de hacer nuestra teología.
Primero
de todo. Esta viuda pobre ha echado
en el arca de las ofrendas más que nadie. Hermanos, ¡qué rica es esta mujer
que ha echado más que nadie! ¡Qué inmensos tesoros lleva dentro que los ha
podido echar, porque muchos ricos echaban
mucho, pero ella ha echado más.
Jesús ha visto esto: que la que más
ha echado ha sido la mujer que era viuda, y al mismo tiempo pobre…
A lo mejor tenemos unos tesoros
escondidos que no los hemos descubierto, y que, como no los hemos descubierto,
no los podemos regalar.
Esta mujer ha dado más que nadie.
¡Feliz ella por ser tan rica para dar!
Segundo punto de esta cátedra
espiritual de Jesús. Los demás han echado
de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía
para vivir.
Se va iluminando la verdad,
hermanos, y vayamos por partes:
- Se puede dar de lo que a uno le
sobra,
- o se puede dar de lo que uno
necesita.
Los almacenes de Cáritas suelen
estar llenos de ropa. Es ropa, muchas veces, que sobra y estorba, porque ya no
tenemos sitio donde guardarla.
Tengámoslo muy claro, hermanos: la
verdadera caridad no es dar de lo que me sobra, sino dar de lo que yo necesito,
porque la verdadera caridad no es regalar sino compartir.
Un sencillo sueldo lo necesitan todas
las familias, pero hay familias que lo necesitan más, por eso vamos a compartir
de lo que yo mismo necesito.
6. En el Evangelio hay una frase
final, que podemos tomarla como la revelación que Jesús nos quiere traer: Esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo
que tenía para vivir.
No se puede decir mejor lo que
tenemos que dar nosotros a Dios.
A Dios, que es nuestro creador y Padre,
no se le puede dar las sobras, ni tampoco una parte de aquello que necesitamos,
sino que a Dios hay que darle todo lo que
necesitamos para vivir.
Así sea. Amén.
Guadalajara, martes, 06 de noviembre
de 2012
Como poema en torno a este Evangelio puede verse: Aquella buena mujer (Sentires de comunión)
Al eco de la catequesis del papa en el día de hoy sobre el Año de la Fe
Como poema en torno a este Evangelio puede verse: Aquella buena mujer (Sentires de comunión)
Al eco de la catequesis del papa en el día de hoy sobre el Año de la Fe
1.
Un éxtasis de Dios conmigo llevo,
que
solo el mismo Dios saciarlo puede,
un
hambre de amistad y de belleza,
que
es dulce sufrimiento y sed perenne.
2.
Anhelo y busco el pan de cada día,
un
poco de alegría que sustente;
saldré
por el maná de madrugada
antes
que el sol lo funda como nieve.
3.
De cuerpo y alma, oh Cristo, nos hiciste,
y
unidos cada cual su gozo quieren;
mi
cuerpo espiritual busca un abrazo
mi
alma corporal hambre padece.
4.
Y así camino, así voy jadeando,
los
años abreviando al par que crecen;
mi
vida es un poema y yo un rapsoda,
la
fe es la melodía que enternece.
5.
Así, como un infante de ojos grandes
que
goza ya de aquello que no tiene,
mi
Dios, mi fantasía en carne pura,
mi
Dios que te derramas y te excedes.
6.
Andar con mis sentires es mi ruta,
mi
Dios amante, firme en mis vaivenes;
a
ti me arrojo en fe, a lo infinito,
oh
brazos de mi Dios, brazos calientes. Amén.
Guadalajara,
Jal., 7 noviembre 2012
Las
dos viudas de este domingo en el Año de la Fe
Palabras
de Benedicto XVI en el rezo del Ángelus de este domingo
La Liturgia de la Palabra de este domingo nos
presenta como modelos de fe las figuras de dos viudas. Nos las presenta
paralelamente: una en el Primer libro de los Reyes (1 Re 17,10-16), la otra en
el Evangelio de Marcos (Mc 12,41-44). Ambas mujeres son muy pobres, y justo en
esta condición demuestran una gran fe en Dios. La primera aparece en el ciclo
de las narraciones sobre el profeta Elías. Ella durante un tiempo de carestía,
recibe del Señor la orden de acudir a las proximidades de Sidón, fuera de
Israel, en territorio pagano. Ahí encuentra a esta viuda y le pide agua de
beber y un poco de pan. La mujer le responde que solamente le queda solo un
puñado de harina y un poco de aceite, pero, porque el profeta insiste y le
promete, que, si lo escuchará, harina y aceite no faltarán, satisface su
petición y es recompensada. La segunda viuda, aquella del Evangelio, es notada
por Jesús en el templo de Jerusalén, precisamente ante el arca, donde la gente
colocaba sus ofrendas. Jesús vio que esta mujer colocaba en el arca dos
moneditas; entonces llamó a sus discípulos y explicó que su óbolo es mayor del
de los ricos, porque, mientras ellos dan lo que les sobra, la viuda ofreció
“todo cuanto tenía para vivir” (Mc 12,44).
De estos dos episodios bíblicos, sabiamente
presentados, se puede recabar una preciosa enseñanza sobre la fe. Ésta aparece
como la actitud interior de quien funda la propia vida sobre Dios, sobre su
Palabra, y confía totalmente en Él. Aquella de la viuda, en la antigüedad,
constituía de por sí una condición de grave necesidad. Por esto, en la Biblia,
las viudas y los huérfanos son personas de las cuales Dios cuida en modo
especial: han perdido el apoyo terreno, pero Dios permanece como su Esposo, Su
Padre. Pero la Escritura dice que la condición objetiva de necesidad, en este
caso el hecho de ser viuda, no es suficiente: Dios pide siempre nuestra libre
adhesión de fe, que se expresa en el amor por Él y por su prójimo. Ninguno es tan pobre que no pueda donar
alguna cosa. En efecto ambas viudas demuestran su fe realizando un gesto de
caridad: una hacia el profeta y la otra ofreciendo limosna. Así testimonian la
unidad inseparable entre fe y caridad, como también entre el amor de Dios y el
amor del prójimo –como nos recordaba el Evangelio del domingo pasado. El Papa
San León Magno, del quien ayer celebramos la memoria, afirma: «En la balanza de la justicia divina no se
pesa la cantidad de los dones, sino el peso de los corazones. La viuda del Evangelio depositó en el
tesoro del templo dos monedas y superó los dones de todos los ricos. Ningún
gesto de bondad carece de sentido ante Dios, ninguna misericordia permanece sin
fruto»
La Virgen María es ejemplo perfecto de quien se
ofrece todo entero confiando en Dios; con esta fe ella dijo al Ángel «Aquí
estoy» y acogió la voluntad del Señor. Que María ayude también a cada uno de
nosotros, en este Año de la fe, para reforzar la confianza en Dios y en su
Palabra.
(11 noviembre 2012)
Buen Di, gracias por esta reflexion me quedo con la enmienda de dar lo que necesito.
ResponderEliminarVeo con agrado que en Guadalajara empieza a ser lo que aqui en Puebla nos dejo .