Homilía
para el primer domingo de Adviento, ciclo C
Lc
21,25-28. 34-36
Texto
del Evangelio:
Habrá
signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las
gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los
hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo,
pues las potencias del cielo serán sacudidas. Entonces verán al Hijo del hombre
venir en una nube, con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder esto,
levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación.
Tened
cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras
y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel día: porque
caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estad, pues,
despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por
suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre.
Hermanos:
1. Hoy comienza el
tiempo llamado del Adviento, que es un tiempo muy singular. Y todos los años se
abre con un Evangelio grandioso de la llegada del Señor.
Adviento es una palabra
que significa “llegada”, “venida”, y es
ni más ni menos que la traducción de la palabra griega “parusía”. ¿De qué llegada
se trata? De una llegada esperada y anunciada, una llegada solemne, majestuosa,
una llegada que se convierte en recibimiento: la llegada del Emperador a la
ciudad, acaso la llegada del general con el ejército conquistador. Y en términos de nuestra cultura de hoy: la llegada
de los primeros astronautas de la Luna y el recibimiento apoteósico que se les
hace por las avenidas de Nueva York; la llegada del equipo ganador del Mundial
de fútbol, y la acogida delirante que se les hace por las calles de la capital…
2. Jesús habla, pues, de
un Adviento, de una Parusía, presentándola en un escenario cósmico. El universo
entero entra en una danza apocalíptica: las
potencias del cielo serán sacudidas.
De pronto este
espectáculo infunde pavor; es el fin del mundo. Sí, el fin del mundo viejo para
dar paso a un mundo nuevo.
La frase más importante
de este pavoroso espectáculo, es esa cuando el Señor dice: Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca
vuestra liberación.
Ese día grandioso, que
no podemos imaginar, pero que de algún modo habrá que expresar, y para eso
Jesús se sirve de imágenes conocidas, será el día de nuestra liberación.
Amanece Dios como nuestro destino y nuestro futuro definitivo; día de
salvación. ¡Levantaos, alzad la cabeza;
se acerca vuestra liberación!
3. Esta frase aparece
como el remate que quiere acentuar Jesús. Su venida será nuestra liberación.
Recuerden, hermanos, que
hace dos domingos presenciábamos espiritualmente la misma escena, leída en el
Evangelio de san Marcos. Decíamos entonces que Jesús, ante todo, quiere
garantizarnos el triunfo de Dios en él como resultado de su vida. Así lo
profesó Jesús en su Pasión en el juicio ante el tribunal judío, cuando el Sumo
Sacerdote le conminó solemnemente a que dijera si él era el Hijo de bendito.
Recuerden la frase escalofriante que Jesús pronunció: “¿Eres tú el Mesías, el Hijo del bendito? Jesús contestó: Yo soy. Y veréis al Hijo del hombre sentado
a la derecha del Poder y que viene entre las nubes del cielo” (Mc
14,61-62).
Jesús, pues, cree en su
propio triunfo, que es el triunfo de Dios. Y al mismo tiempo nos asocia a
nosotros a ese triunfo. Y este es el sentido de esas palabras, la gran promesa
de Jesús Mesías e Hijo de Dios: Cuando
empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra
liberación.
4. Cuando ha de ocurrir
esto, lo ignoramos en absoluto. Estos días circula por aquí la profecía de los
Mayas. Según el calendario de los Mayas el fin del mundo va a acontecer este
año de 2012 en el solsticio de invierno. El solsticio sucederá el 21 de
diciembre de 2012 a las 11:12 UTC (tiempo universal coordinado). Pero no todos
los entendidos en la literatura maya interpretan así el fin de esta era de la
humanidad. En suma, hermanos, que a lo largo de la historia se han repetido
muchas profecías del fin del mundo, y ninguna se ha cumplido, y tampoco el
Calendario Maya nos va a alterar el sueño el día del solsticio de invierno.
5. De las palabras de
Jesús sí que queremos recoger un mensaje muy pertinente para apaciguar los
sentimientos de nuestro corazón. La escena que Jesús presenta es ciertamente de
pavor; pero Jesús nos dice que la serenidad debe dominar al pavor: levantaos, alzad la cabeza; se acerca
vuestra liberación. Es lo que nos va a pasar en la muerte, antes de que
llegue ese día victorioso final, que lo dejamos en manos de Dios. Un día yo voy
a morir, y la muerte infunde pavor, o puede infundir pavor. Jesús se estremeció
de pavor en el Huerto de los Olivos.
Para esos momentos el
Señor nos pide un arranque último de fe para abandonarnos amorosamente en los
brazos de Dios, nuestro Padre.
Hace cinco años, el 30
de noviembre de 2007, el Papa escribía su carta encíclica sobre la Esperanza
del Cristiano, titulada con una expresión de san Pablo “Spe salvi”, Salvados ya en la esperanza, y nos explicaba qué puede
ser ese Juicio de Dios tras la muerte, y, en consecuencia, el Purgatorio.
“El encuentro con Él es
el acto decisivo del Juicio. Ante su mirada, toda falsedad se deshace. Es el
encuentro con Él lo que, quemándonos, nos transforma y nos libera para llegar a
ser verdaderamente nosotros mismos. En ese momento, todo lo que se ha
construido durante la vida puede manifestarse como paja seca, vacua
fanfarronería, y derrumbarse. Pero en el dolor de este encuentro, en el cual lo
impuro y malsano de nuestro ser se nos presenta con toda claridad, está la
salvación. Su mirada, el toque de su corazón, nos cura a través de una
transformación, ciertamente dolorosa, « como a través del fuego ». Pero es un dolor
bienaventurado, en el cual el poder santo de su amor nos penetra como una
llama, permitiéndonos ser por fin totalmente nosotros mismos y, con ello,
totalmente de Dios. Así se entiende también con toda claridad la compenetración
entre justicia y gracia: nuestro modo de vivir no es irrelevante, pero nuestra
inmundicia no nos ensucia eternamente, al menos si permanecemos orientados
hacia Cristo, hacia la verdad y el amor. A fin de cuentas, esta suciedad ha
sido ya quemada en la Pasión de Cristo. En el momento del Juicio experimentamos
y acogemos este predominio de su amor sobre todo el mal en el mundo y en
nosotros. El dolor del amor se convierte en nuestra salvación y nuestra
alegría.
Está claro que no
podemos calcular con las medidas cronométricas de este mundo la « duración » de
este arder que transforma. El « momento » transformador de este encuentro está
fuera del alcance del cronometraje terrenal. Es tiempo del corazón, tiempo del
« paso » a la comunión con Dios en el Cuerpo de Cristo” (n. 47).
6. Tiempo de Adviento,
tiempo de esperanza. El Adviento es como la primavera de la Iglesia. En este
Adviento, que luego se convierte en Navidad, recordamos la primera venida de
Jesús – Belén – suave venida de gracia. Con esa llegada de Jesús fuimos
asociados a la familia de la Encarnación por medio de la Virgen María, y esta
fe que profesamos nos da la esperanza para llegada definitiva.
Caiga de nuevo la
palabra de Jesús, el Señor, en nuestros corazones: ¡Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación!
Guadalajara, 28
noviembre 2012.
Invito al lector a acudir, si desea, a la colección de himnos para la liturgia de Adviento que colocamos en el portal de Mercabá: HIMNOS DE ADVIENTO
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