Canción para el Maestro de Sagrada Página
En México se festeja el Día del Maestro
(15 de mayo, la primera vez que se celebró fue el 15 de mayo de 1918), grata
iniciativa, que invita a hermosear la vida con la gratitud, y a entender el
sentido de la existencia con esa sabiduría que el maestro ha de transmitir al
discípulo. Este, a su vez, en el gran río de la humanidad, podrá ser un día
Sabio, y siendo Sabio podrá ser Maestro para las generaciones que siguen.
Dando mi sencilla aportación en un Centro
Teológico (Centro Superior Salesiano, Tlaquepaque, Jalisco), la figura del
Maestro para mí se condensa en el Maestro en Sagrada Teología, Maestro en Sacra
Página. Es este el magisterio que profeso.
Me impresionó profundamente un día este
comienzo del Prólogo que Ulrich Wiclkens, obispo luterano y exegeta, puso a su
comentario a Romanos (original 1978, traducción 1989. Decía literalmente: “Dos
días antes de su muerte, Martín Lutero escribió en un trozo de papel: Que nadie crea haber gustado suficientemente la sagrada Escritura si no ha dirigido las iglesias durante cien años juntamente
con los profetas. Por eso es gigantesco el milagro 1. de Juan Bautista, 2. de Cristo,
3. de los apóstoles. No te aventures en esta eneida divina; solo limítate a
adorar sus huellas profundamente inclinado. Nosotros somos mendigos. Esto es la
verdad”.
Y continuaba el erudito comentarista de
Romanos: “Un respeto de este tipo (“pronus”) puede parecer hoy pasado de moda.
Mas yo debo confesar honestamente que experimento con creciente persistencia
algo similar desde que, en mi estudio, la Carta a los romanos me ha atraído a
su órbita” (U. Wilckens, Carta a los Romanos, vol. I, Salamanca, Sígueme, 1989. p. 9).
Algo de esto significa ser maestro en
Teología, Maestro en Sagradas Letras. El maestro quiere dar razón de lo que le
sobrepasa, que es la Fe. Por tanto, el maestro, en coherencia interna con su
proyecto, tiene que comenzar rindiéndose en adoración; tiene que continuar
rendido en adoración; y culminará – si acaso esta tarea un día se puede
culminar – postrado en la misma humildad y adoración. El Maestro de la Divina Revelación antes que un técnico, antes que un agudísimo indagador, es
sencillamente un santo.
De ninguna manera se piense que la
praxis personal de la fe del Teólogo, de la fidelidad a los votos que acaso un
día pronunció ante la faz de la Iglesia…, sea un dato externo a la Teología que
indaga como expresión de la fidelidad de todo el pueblo santo de Dios.
¿Quién es, pues, un Maestro? Un Maestro
no es un Profeta. Ambos necesarios en la Iglesia. Pero en cuanto a coherencia
de vida – el Profeta con su Profecía, el Teólogo con su Teología – los caminos
sí son paralelos, para que la credibilidad brille en la Iglesia. Es mi parecer;
y en este caso, es con humildad (quisiera, al menos) mi poema y canción.
Discretamente lo decía el documento de
la vocación del Teólogo en la Iglesia: “Puesto que el objeto de la teología es
la Verdad, el Dios vivo y su designio de salvación revelado en Jesucristo, el
teólogo está llamado a intensificar su vida de fe y a unir siempre la
investigación científica y la oración” (Donum
veritatis sobre la vocación eclesial del teólogo, 24 marzo 1990, n. 8).
Ser Teólogo es una vocación radiante en
la Iglesia, si el empeño se lleva adelante en humildad – no importa el
anonimato – y, en todo caso, bien lejos del oleaje de la opinión periodística.
1.
¡Maestro…!: ¡si eres vidente
del
resplandor de la fe!,
te
felicito y admiro
y
te animo a tu quehacer.
2.
Es vida la profecía
y
la doctrina también;
si
una de ellas se apagara
la
fe va a palidecer.
3.
¡Qué hermoso poder servir
como
una balanza fiel
para
la justa medida,
sin
faltar, sin exceder!
4.
La Iglesia te necesita,
Maestro
del buen saber,
si
al brocal de quien es Único
viniste
el agua a beber.
5.
Si tu ciencia se trasvasa
en
amor y sencillez,
Maestro
de sacra cátedra,
recibe
mi parabién.
6.
Maestro de testimonio,
cual
Jesús de Nazaret,
sé
verdad resurrección
sin
torcerte ni ceder.
7.
Maestro, voz de la esposa,
que
conoce voz y piel,
lejos
de la vanidad,
irrádiale
solo a Él.
8.
Sumérgete en la Escritura,
que
fluye desde el Edén;
la
fonte que mana y corre
sea
tu fonte a placer.
9.
Para hacer Teología
hay
que volver a nacer;
así
Jesús lo insinuaba
a
un maestro de Israel.
10.
El aire nuevo, el Espíritu,
que
no deja de mecer,
termina
la creación,
de
tu espíritu al vaivén.
11.
Sin ese soplo divino
no
te pongas a leer;
sin
lágrimas amorosas
no
pretendas comprender.
12.
Ser Teólogo es ser santo,
la
Verdad hermana al Bien;
si
la Verdad te traspasa
la
hiel se convierte en miel.
13.
¡Gracias, Jesús, luz de luz,
del
alba y atardecer,
tú
eres la llama encendida,
yo
la cera que va a arder! Amén.
Guadalajara,
Jal. 14 mayo 2015
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