Homilía
para el domingo VII de Pascua, ciclo B,
en
la Ascensión del Señor, Mc 16,15-20
Texto evangélico
(v. 15. Por último, se apareció Jesús a los Once,
cuando estaban a la mesa…)
Y les dijo: “Id al mundo entero y proclamar el
Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará. El que
no crea será condenado. A los que crean les acompañarán estos signos: echarán
demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos
y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los
enfermos, y quedarán sanos.
Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al
cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a predicar por todas
partes y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los
acompañaban.
Hermanos
1. En muchos lugares por razones del
calendario laboral civil – así en México, así en España – las Ascensión del
Señor no se celebra a los 40 días del domingo de Resurrección, que habría sido
el jueves pasado, sino el domingo siguiente, domingo VII de Pascua, una semana
antes de Pentecostés.
De modo que poco a poco va perdiendo
sentido aquella cantinela que nos enseñaron desde niño:
Tres
jueves hay en el año
que
relucen más que el sol:
Jueves
Santo, Corpus Christi,
y
el día de la Ascensión.
Jueves que la piedad cristiana ha
celebrado con muchísima alegría e ilusión, de campanas, de vestido nuevo, de
procesiones.
2. Hoy, domingo, es el día de la
Ascensión del Señor, y todos los años en la primera lectura tendremos el relato
con el que san Lucas describe la Ascensión de Jesús a los cielos, al paso del
Evangelio a los Hechos de los Apóstoles.
Jesús desde el momento que expira en la
cruz, inicia una vida distinta junto al Padre. Anota san Lucas:
“Se
les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que
estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de
Dios. Una vez que comían juntos, les ordenó que no se alejaran de Jerusalén, sino
que aguardaran que se cumpla la promesa del Padre, de la que me habéis oído
hablar, porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con
Espíritu Santo”
(Hch 1,3-5).
En el mismo relato se dice. “Dicho esto, a la vista de ellos, fue levantado
al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista” (v. 9).
Con esta aparición Jesús quería
manifestar que definitivamente se cerraba un ciclo y empezaba otro.
3. Aquí se impone una reflexión. La vida
es una marcha hacia adelante, siempre hacia adelante, no un regreso al pasado.
El pasado quedó ya vivido y podrá ser una referencia luminosa y confortante,
incluso, una fuerza motriz; pero la vida no es repetir el pasado, un regreso a
días hermosos que dejaron hermosas vivencias.
Jesús se va a ausentar, pero a la
comunidad que deja en la tierra les promete tres cosas, que definen la nueva
tarea:
Primero, su presencia
vivificante. Él ha de estar de continuo presente, mas de otra manera. Y no menos
presente; al contrario, más presente. Presencia vivificante de Jesús instalada
en los ámbitos profundos del ser, que colma nuestra vida.
Segundo. Les promete el
Espíritu, que va a ser el horizonte nuevo, la nueva realidad operante en la
comunidad creyente. El Espíritu va a ser la vida inagotable de la Iglesia en su
nueva etapa hasta la vuelta del Señor.
Y en
tercer lugar, les lanza a la misión universal, tarea de la Iglesia, que de una
manera tan vibrante y sorprendente aparece hoy en el Evangelio.
Vamos a detenernos en este punto y
valorar las diversas palabras que nos llegan de la boca de nuestro Señor.
4. Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda
la creación. El sentido de la Iglesia es esto: anunciar el
Evangelio. Decimos el Evangelio, no cosa diferente del Evangelio, el Evangelio
que es la revelación definitiva de Dios a toda la humanidad. Ese proyecto de
amor que no lo puede dar ninguna filosofía humana, ninguna sociología, ninguna
terapia humana. Anunciad el Evangelio.
Continúa la sorpresa
cuando en el texto de san Marcos, que es el pasaje hoy proclamado, se nos dice
que el anuncio se debe dirigir a toda la creación. No es una fantasía: el
universo entero tiene que ser evangelizado;
no solamente los seres humanos, sino el cosmos, salido de las manos de
Dios. El influjo salvador de la Resurrección de Cristo debe llegar a todos los seres.
Los domingos, el día en
que la Iglesia siempre venera la Resurrección del Señor, hay un salmo que lleva
este título: “Toda la creación alaba al
Señor”. “Criaturas del Señor,
bendecid al Señor, alabadlo con himnos por los siglos. Ángeles del Señor,
bendecid al Señor”. Y ahora iniciamos un viaje por el cielo y la tierra,
invitando a todos los seres a alabar al Señor: Aguas del espacio, sol y luna,
astros del cielo, lluvia y rocío, vientos todos, fuego y calor, fríos y heladas,
rocíos y nevadas…, montes y cumbres,
manantiales, mares y ríos, cetáceos y peces, aves del cielo, fieras y ganados…”
Seguramente que este salmo, que es el Cántico
de los tres jóvenes en el horno ardiente, según el libro de Daniel, es lo
que inspiró a san Francisco su Cántico a
las criaturas o Cántico del Hermano
Sol.
Quien ha contemplado a
Jesús Resucitado, se siente invitado a dirigirse a todas las criaturas e
invitarles a alabar y dar gracias al Creador.
De hecho, en la liturgia,
en el momento sagrado de la Plegaria eucarística, decimos: “Santo eres, en
verdad, Padre, y con razón te alaban todas tus creaturas…” El que está orando
está percibiendo que todas las criaturas alaban al Señor.
5. Y en el Evangelio de
hoy se nos dice cómo el mundo, santificado por Cristo, va a venir al servicio
del Evangelio:
“echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas
nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les
hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos”.
Esto no se dice a
propósito de los predicadores, sino de los creyentes. Es una unidad del mundo
que Jesús ha restablecido por su Pascua.
Muchos, muchos milagros
hemos visto los confesores en el confesionario. Son el signo evidente de que
Cristo está presente en su comunidad.
6. El Evangelio termina
con una frase, que nos da inmenso consuelo y fuerza. “Ellos se fueron a predicar por todas partes y el Señor cooperaba confirmando
la palabra con las señales que los acompañaban”.
Desde el cielo, donde
Cristo está sentado a la derecha del Padre, él nos acompaña, y nos va a
acompañar hasta el final.
7. Jesús resucitado, y sentado a la derecha del Padre, creemos firmemente
en tu triunfo y en tu ayuda. Confiamos en que tú vas guiando a la Iglesia en su
camino, y que nunca la vas a abandonar. Llena nuestro corazón de confianza, de
energía y de esperanza. Amén.
Guadalajara, viernes, 15
mayo 2015.
"A los que crean les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos".
ResponderEliminarAnte estos párrafos del evangelista, cualquier creyente, sea religioso o laico, podrá tener la tentación de hacerse preguntas sin encontrar respuesta.
Somos creyentes. Unos más que otros, evidentemente. Pero parece como si nuestra fe no llegase ni de lejos a las cuotas que mínimamente se exigen para que se cumpla que lo que se afirma en el Evangelio de san Marcos. ¿Cierto?.
Los SIGNOS sólo acompañaron a los apóstoles desde el primer instante de sus predicaciones.
Cordiales saludos.
Juan José.