Montaña de mi alegría
Introibo ad altare Dei, ad Deum qui laetificat iuventutem meam. Así decíamos al pie del altar. Así aprendimos de niños, muy niños, cuando aprendimos a ser monaguillos en la iglesia de la Concepción, de las Monjas Concepcionistas… Así dijimos cuando recibimos la sagrada unción, en plena juventud. Alternando sacerdote y monaguillo iban diciendo todo el bellísimo salmo 42. El sacerdocio era una inmensa alegría de juventud.
Se acerca el Día del seminario, DÍA DE SAN JOSÉ, en este Año Santo de San José. Por eso, el lema escogido suena así: “Padre y hermano, como san José”. Hombre soy y todo lo humano me interesa. Sería blasfemia hablar del Sacerdocio de Jesús solo o principalmente desde la Estadística, pero hombre soy y las estadísticas son humanas. Y veo que nuestros seminarios están en un profundo declive (como nuestras casas de formación, al par que nuestras casas de formación en la vida religiosa). Santifica, Señor, a tu Iglesia, dándonos sacerdotes santos. Fue la plegaria del día de mi ordenación. Hoy vuelvo con humildad y gratitud. Era verdad, y el Señor es fiel. El Señor viene, y constantemente viene. Y podemos cantar con el salmista. Con el salmista cantaré.
Montaña de mi alegría
es la santa Eucaristía.
Sin propio merecimiento,
solo porque él lo quería
soy humilde sacerdote
para su pueblo y mi dicha.
Me llegaré hasta el altar
y el alma será mi cítara,
me postraré en su presencia
humillando mis rodillas.
Qué gozo de amanecer
cantar con las avecillas
ser sacerdote del mundo
abierto a sus maravillas.
Consagraré a su mirada
cuanto amanece a su vista,
Jesús lo ha santificado,
será ofrenda de mi misa.
Montaña de mi alegría
es la santa Eucaristía.
Te ofrecí mi juventud,
que hicieras lo que quisieras,
y nunca me arrepentí
del sueño de primavera.
Que tu luz y tu verdad,
cual celestes mensajeras,
sean mis regias madrinas
llevándome por la senda.
Hoy vuelvo con la mirada
desde la cumbre cimera,
y una voz joven me dice:
No temas, sé su profeta.
Tú, joven del Evangelio,
mucho más de lo que piensas,
alguien primero ha pensado,
piensa que llama a tu puerta.
Montaña de mi alegría
es la santa Eucaristía.
Pan y vino de los campos,
fruto de manos curtidas,
son la ofrenda de los hombres
en don de Dios convertidas.
Qué temblor cuando pronuncio
las palabras sacratísimas,
y por obra de Dios vivo
Dios se hace en mi boca comida.
Dios hasta mí en carne y sangre,
que mi cuerpo diviniza,
y yo Tienda del Altísimo
por mi verbo construida.
En silencio voy adentro,
mirándome mis mejillas:
¡No es posible, Dios amante,
esa locura infinita!
Montaña de mi alegría
es la santa Eucaristía.
Si he de ser buen Sacerdote,
seré el último en la fila,
humilde como Jesús,
el más humilde que exista…
Porque humildad es servicio,
es hermandad ofrecida,
dispuesto a lavar los pies
con besos y una caricia.
Sacerdote junto al pecho
que de secretos latía,
donde Juan se recostó
y escribió lo que escribía.
Sacerdote de la Cruz
con la Madre y tres Marías,
recogiendo aquella sangre
que del cuerpo descendía.
Montaña de mi alegría
es la santa Eucaristía.
Para anunciar luego al mundo,
que es mi entrañable familia,
que el Amor fue regalado
en la Cruz donde él moría.
Sacerdote del perdón,
donde Dios tiene su dicha,
donde toda Santidad
al pecador diviniza.
Te adoro, Jesús amado,
con palabras pobrecitas,
tú sabes cuánto te quiero
… pues mira todas mis cuitas.
¡Bendice a tu Iglesia santa
como quieres bendecirla,
con los santos Sacerdotes
que ella siempre necesita!
Madrid, 2 de marzo de 2021.
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