El hijo se queda en casa
El texto que leemos en al Misa de hoy, miércoles de la semana V de Cuaresma, es Jn 8,31-42. Nos vamos a fijar, sobre todo, en la frase: el hijo se queda para siempre. 33 Le replicaron: «Somos linaje de Abrahán y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: “Seréis libres”?». 34 Jesús les contestó: «En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es esclavo. 35 El esclavo no se queda en la casa para siempre, el hijo se queda para siempre. 36 Y si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres. 37 Ya sé que sois linaje de Abrahán; sin embargo, tratáis de matarme, porque mi palabra no cala en vosotros.
El hijo se queda en casa
y
se queda para siempre,
ser de esta casa es su marca
y al hijo le pertenece.
Ser de esta casa y
familia,
aunque sea independiente,
algo que lleva en la sangre
y le viene de los
genes.
Abraham formó una casa,
la
casa de los creyentes,
es la casa de la Fe,
que
solo Dios la sostiene.
El Patriarca creyó,
al
principio y muchas veces,
solo la fe le condujo
por caminos no evidentes.
Salió sin saber adónde,
fiado
en Dios, obediente;
y a su hijo lo inmolaba
en el monte “Dios provee”.
Somos hijos de Abraham,
decían
los renuentes,
pero Jesús lo negaba
con palabra contundente.
No son hijos de tal
padre,
aunque lleven su simiente,
que el homicidio que traman
del todo lo
desmerece.
La fe, regalo de Dios,
es
el nacer de su vientre,
y con poder infinito
se crea la nueva especie.
Y ser hijo de esta casa,
y
no esclavo que va y viene,
es ser uno con Jesús
en dolor y parabienes.
Ser yo su hijo en el Hijo
es un milagro celeste,
que madre naturaleza
ni no la ni lo comprende.
Es ser uno de raíz
desde
la más pura fuente,
que en la fuente
bautismal
el virus mortal se muere.
Y nace el hijo en Jesús,
no
el bebé de nueve meses,
nace Jesús encarnado
que yo lo sienta y lo lleve.
Y es esa mi vocación:
ser
hijo feliz y alegre:
que el Jesús del Evangelio
en mi vida transparece.
Que nunca, mi Dios,
naufrague
en ser yo lo que tú eres,
en hacer lo que me mandes
y que mis obras lo
muestren.
Mi Jesús, mi hermano
amado,
rimas para agradecerte,
quedarán siempre pequeñas
por mucho que yo me
esmere.
Escuchando tu Evangelio,
dame
la gracia de verte,
que tú me has de conducir
y más allá de mi muerte. Amén.
Madrid, miércoles V semana de Cuaresma, 24 marzo 2021
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