miércoles, 24 de marzo de 2021

1537. Rimas del Evangelio – El hijo se queda en casa (Jn 8,35)

El hijo se queda en casa


El texto que leemos en al Misa de hoy, miércoles de la semana V de Cuaresma, es Jn 8,31-42. Nos vamos a fijar, sobre todo, en la frase: el hijo se queda para siempre. 33 Le replicaron: «Somos linaje de Abrahán y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: “Seréis libres”?». 34 Jesús les contestó: «En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es esclavo. 35 El esclavo no se queda en la casa para siempre, el hijo se queda para siempre. 36 Y si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres. 37 Ya sé que sois linaje de Abrahán; sin embargo, tratáis de matarme, porque mi palabra no cala en vosotros.

El hijo se queda en casa
y se queda para siempre,
ser de esta casa es su marca
y al hijo le pertenece.

Ser de esta casa y familia,
aunque sea independiente,
algo que lleva en la sangre
y le viene de los genes.

Abraham formó una casa,
la casa de los creyentes,

es la casa de la Fe,
que solo Dios la sostiene.

El Patriarca creyó,
al principio y muchas veces,
solo la fe le condujo
por caminos no evidentes.

Salió sin saber adónde,
fiado en Dios, obediente;
y a su hijo lo inmolaba
en el monte “Dios provee”.

Somos hijos de Abraham,
decían los renuentes,
pero Jesús lo negaba
con palabra contundente.

No son hijos de tal padre,
aunque lleven su simiente,
que el homicidio que traman
del todo lo desmerece.

La fe, regalo de Dios,
es el nacer de su vientre,
y con poder infinito
se crea la nueva especie.

Y ser hijo de esta casa,
y no esclavo que va y viene,
es ser uno con Jesús
en dolor y parabienes.

Ser yo su hijo en el Hijo
es un milagro celeste,
que madre naturaleza
ni no la ni lo comprende.

Es ser uno de raíz
desde la más pura fuente,

que en la fuente bautismal
el virus mortal se muere.

Y nace el hijo en Jesús,
no el bebé de nueve meses,
nace Jesús encarnado
que yo lo sienta y lo lleve.

Y es esa mi vocación:
ser hijo feliz y alegre:
que el Jesús del Evangelio
en mi vida transparece.

Que nunca, mi Dios, naufrague
en ser yo lo que tú eres,
en hacer lo que me mandes
y que mis obras lo muestren.

Mi Jesús, mi hermano amado,
rimas para agradecerte,
quedarán siempre pequeñas
por mucho que yo me esmere.

Escuchando tu Evangelio,
dame la gracia de verte,
que tú me has de conducir
y más allá de mi muerte. Amén.

Madrid, miércoles V semana de Cuaresma, 24 marzo 2021

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