¿Por qué me queréis matar a pedradas cual blasfemo?
Jesús es hombre y Jesús es Dios, y ninguna de las dos cosas es una metáfora. Este lenguaje directo – que de repente parece descarado – es el que ha empleado Juan en su Evangelio, y es un lenguaje que nos deja altamente pensativos. La escena de hoy (Jn 10,31-42), en la gran Fiesta de la Dedicación del Templo es la secuencia de aquella palabra pronunciada por Jesús: “El Padre y yo somos uno” (Jn 10,30). Y entonces surge la explosión: Hay que apedrear al Blasfemo. ¿La mayor blasfemia que se ha oído en el mundo? Pero… ¿y si fuera verdad? La palabra más dulce que llegó a la tierra, la invitación a asociarme a mí en ese camino de “deificación” (theiosis, dicen los Padres griegos). La invitación es a que yo, hecho uno con Jesús, realice en la tierra una vida divina. Es lo que anhela decir esta “rima del Evangelio”.
¿Por qué me queréis matar
a pedradas cual blasfemo?
Porque eres hombre y no Dios,
y destruyes Dios y
templo.
Porque es Ley de Moisés,
sacratísimo precepto:
¡Afuera los hechiceros,
que matan al Dios eterno!
A Esteban lo apedrearon
por discípulo de un Muerto,
y Saulo ratificaba
cual celoso fariseo.
¿Por qué obra asesináis
a
quien solo el bien ha hecho?
Si no creéis a palabras,
no sean los ojos ciegos.
Por amor salí del Padre
y
por amor permanezco,
y amor brota de mis manos
que solo amor yo poseo.
Dioses sois dijo la
Biblia
a jueces que Dios ha puesto,
y a haceros dioses e hijos
cual Hijo de Dios yo
vengo.
Pero Jesús se escondió,
que ya no aguantaban verlo,
que el pecado huye de luz,
que le parece veneno.
* * *
Hoy vengo a ti, dulce Amado,
porque algo he descubierto:
no era yo el que veía,
eras tú, a mí despierto.
Mi vocación es ser
Dios mas contigo desde adentro,
perderme
en tu filiación
desde la cuna hasta el cielo.
Mi vocación, siendo
amado,
es amar hasta el madero,
como Jesús que en la Cena
nos amó hasta el
extremo.
Como Pablo lo aprendió
cuando
tú fuiste a su encuentro,
y se vio en ti nacido
con un nuevo nacimiento.
Ser hijo en el Hijo es
ser Dios cuanto puedo serlo,
y hacer que sangre divina
sea sangre de mi cuerpo.
Ya no hay Santos que
imitar,
porque es uno el Verdadero,
yo pecador..., para siempre
hijo y en él
heredero.
Quede a tus ojos mi vida
don
en retorno y afecto,
como una espiga de amor
que Alguien sembró en este suelo.
Amén.
Madrid, Jesús de Medinaceli, Viernes de la V semana de Cuaresma, 26 marzo 2021.
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