miércoles, 27 de abril de 2011

38. Aparición a los discípulos

La Iglesia trinitaria de Jesús Resucitado
(Meditación sobre Jn 20,19-23)
La Iglesia encerrada, triste y con miedo

La primera aparición a los discípulos, congregados como Iglesia, acaece en el mismo día de la Resurrección, por la tarde, al anochecer. Es la hora de la oración.
Esta es la primera visita que hace Jesús Resucitado a su Iglesia congregada. Lo había prometido en la Cena: “Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16,22).
Esta es la situación de los discípulos antes de la visita del Señor; lo había predicho el Señor: “También vosotros ahora sentís tristeza”.
La profecía de Jesús sobre la próxima situación de los discípulos es variada y está en los Sinópticos y en Juan. En los vaivenes de la Iglesia, cruzando el curso de los siglos, a lo mejor habrá que considerar estos “estado colectivos”, y quizás hoy es uno de esos momentos. La prueba de la Iglesia, que Jesús la asume como suya:
- es la desbandada y el abandono,
- incluso la negación,
- y, se consecuencia, la soledad de Jesús.
La soledad de Jesús podemos contemplarla como la redención de su propia Iglesia. Con su soledad, que Jesús asume ante el Padre, Jesús purifica la fe de su Iglesia.
Las palabras evangélicas nos lo insinúan:
“¿Ahora creéis? Pues mirad: está para llegar la hora, - mejor, ya ha llegado -, en que os disperséis cada uno por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre” (Jn 16,32).
Y ofrece su paz y su consuelo, su aliento, incluso para esta ocasión: “Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened confianza: yo he vencido al mundo” (16,33).


La soledad de Jesús es un gran venero de la mística cristiana; en ella queda fortificada la fe de la Iglesia. La soledad de Jesús tiene tres momentos de desarrollo:
- soledad en el Huerto, aun cuando esté físicamente acompañado de los suyos.
- La soledad le persigue en el proceso judicial; cierto intento de compañía como “seguimiento” queda frustrado en la negación. Pero aquí hay una discreta compañía, que el Cuarto Evangelio recoge: “Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote” (18,15). Es un dato precioso que debemos recoger y ponderar. “El otro discípulo” sigue a Jesús en los pasos del juicio, y no lo niega, y lo acompañará hasta la Cruz. Aunque las palabras de Jesús incluyan a todos en la profecía del abandono, Juan tiene un lugar aparte. Juan ha sido el amor fiel, al menos discretamente fiel; esta es su misión específica entre los Doce. Juan representa la fibra del amor de la esposa.

Acaso el Señor pueda tomar mi soledad, mi austera soledad, para fortificar la fe de su amada Iglesia. Los “estados de Jesús”, los “estados de la Iglesia” vuelven y tornan en la marea de los siglos. La desafección nos rodea, y este sentido de vivir en un sitio inhóspito pertenece al misterio de nuestra soledad, especialmente como soledad celibataria. Resuena en el fondo del corazón la palabra tonificante de Jesús: Yo no estoy solo, porque está conmigo el Padre.


La suma entrega del Resucitado

Tornemos, pues, “al anochecer de aquel día, el primero de la semana” (Jn 20,19).
No olvidemos que cuando se escriben estas cosas, decenios después, estamos ya en la Eucaristía de la Comunidad. Este anochecer del primer día de la semana es nuestra Eucaristía dominical para celebrar la memoria del Señor.
La entrega total de Jesús, que establece la “koinonía” en la Iglesia, está expresada por
- la entrega de su Presencia,
- por la entrega de la paz,
- por la entrega de la alegría,
- por la entrega de su Cuerpo,
- por la entrega de su intimidad.
Son dones reales, cada uno de ellos, que provienen de la nueva realidad de Jesús. En el misterio de la Encarnación se nos da ciertamente todo Dios, pero es en la Resurrección cuando se hace efectiva la entrega otorgada.
La Iglesia es la destinataria de esos dones – todos los hermanos, todas las hermanas – y he aquí que nosotros debemos ser conscientes del nuevo mundo en que hemos entrado.

 El primero es el don de la Presencia. Y esta presencia, para la que no obstan muros, puertas y cerrajas, es la que disfruta la Iglesia. Si es cierto que “los suyos” lo abandonaron, él nunca abandonó a “los suyos”, ni se perdió ninguno de los que el Padre le confió: “Y así se cumplió lo que había dicho: No he perdido a ninguno de los que me diste” (Jn 18,9).
La Iglesia nunca ha sido abandonada de su Señor; al contrario, cuenta con la presencia de Jesús. La Presencia está vivamente significada por la expresión joánica: “se puso en medio” (v. 19).

El segundo don es la Paz. La paz nos la presenta el Evangelio de Juan como don testamentario, cuando de labios de Jesús escuchamos: “La paz os dejo, mi paz os doy” (14,27). La paz, como se sabe, es la suma de todos los bienes.
Jesús volverá sobre la paz en la Cena, cuando hable de esta forma: “Os he hablado de esto, para que tengáis paz en mí” (16,33). “Paz en mí”, que parece asemejarse a una fórmula paulina es don de Jesús. También a los enviados en misión se les dice que entreguen la paz.

El tercer don es la alegría. Indica el texto sagrado: “Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor” (v. 31). Esta es la alegría prometida como don de resurrección en la Cena. Es la alegría inherente a la vida cristiana y de por sí indestructible. “Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría” (16,22).

La entrega de su Cuerpo. “Les mostró las manos y el costado” (Jn 20,20).El versículo es típicamente espiritual y místico, y queda con un sentido abierto que, cuanto más se piensa, más sugerencias aporta.
Esa ostensión de las manos y el costado no es tanto la prueba de identidad, como el acto de donación de sí mismo en las fuentes más pura de su intimidad: donación e invitación a acoger el don. Un cuerpo resucitado no tiene llagas..., y diremos que tampoco cicatrices... (Al P. Pío, que durante 50 años había llevado las llagas sangrantes de Cristo, antes de morir, 23 septiembre 1968,  le desaparecen y sus manos quedan tersas, lo cual se interpreta como un anticipo de resurrección...).
Las llagas de las manos y el costado, abierto por la lanza, son la entrega sacramental a la Iglesia de su cuerpo manante de vida de Dios. No hay que fantasear acerca de cómo era, o pudo haber sido, la túnica de Jesús para que pudiera mostrar la llaga del costado.
Antes de morir, a Moisés “el Señor le mostró toda la tierra: Galaad hasta Dan...” (Dt 34,1). Los rabinos, propensos a la literatura mística, han desglosado todo lo que Dios mostró a su Siervo Moisés. Dios, al mostrarnos su intimidad, nos muestra sus secretos. Aquí son los secretos de la humanidad santa de Dios, que ha sido dada a la esposa amada.
La Iglesia, haciendo exégesis de este versículo, ora en el “alma de Cristo” (Anima Christi): “Intra tua vulnera, absconde me” (Dentro de tus llagas, escóndeme).

La entrega del cuerpo sacrosanto es, simultáneamente, la entrega de la intimidad divina. Si Dios nos muestra – me muestra – sus manos y su costado, habiendo dicho “Paz a vosotros”  está diciendo que se entrega sin condiciones a nosotros; nos muestra y entrega los tesoros de su divinidad


La Iglesia de la Trinidad y del envío

Si Jesús “está en medio”, Jesús se sabe enviado por el Padre y él, desde el Padre, envía el Espíritu para iniciar el día de la nueva creación.
La totalidad de la misión de Jesús, recibida del Padre, es trasvasada – tal cual – a su Iglesia, aquí naciente. Jesús es el “plenipotenciario” del Padre; es esa su misión universal. Ahora, en los mismos términos en que él recibió el mandato del Padre, él los pasa a su Iglesia. Exegéticamente hay que insistir en ello: exactamente igual que en Jesús, exactamente igual en la Iglesia. Quedamos “nivelados” con la Trinidad. San Juan lo repite con varias expresiones: Como el Padre me ha amado, así os he amado yo. El amor fluye de un plano a otro, sin desnivel.
La teología hablará de la “circuninsesión” divina (el movimiento circulatorio inherente a la Trinidad, en la igualdad de las personas); san Juan nos presenta un compartir de la vida divina de Jesús con los suyos, y acude a las mismas fórmulas de comunión y alianza. “Como el Padre para mí y yo a vosotros, y vosotros a mí”.

El envío misionero es un envío salvífico, y a la misma Iglesia, a la que se envía, terminará con el envío del Espíritu Santo para el perdón de los pecados, que es la purificación plena de la Iglesia.
La Iglesia toda es enviada. El Espíritu Santo (anticipación de Pentecostés) es enviado a  esta iglesia germinal.
Y esta Iglesia, como en el día inicial de la creación, cuando Dios sopló en Adán para que fuera ser viviente, recibe ahora, con el soplo de Jesús, el Espíritu Santo, que es principio, corona y fin de la obra salvífica.
Está naciendo la Iglesia.

Yo, cristiano, soy partícipe de estos dones que gratis Dios nos otorga.
Yo, Sacerdote, como ministro del Señor, como servidor de su mesa y de su pueblo, recibo lo que se me entrega (que son también dones para mí) y los entrego a la Comunidad, a la Iglesia santa de Dios.

Puebla, Miércoles de Pascua 2011.

37. Aparición a María Magdalena


La primacía del amor
Meditación sacerdotal sobre Jn 20,1-18


La aparición de Jesús a María Magdalena, en la versión de san Juan, acumula varios detalles verdaderamente sorpresivos:
1) No es la aparición a “las mujeres” que estuvieron en el Calvario, como en los otros Evangelios, sino a una sola.
2) Esta aparición es la aparición primera.
3) Es una aparición cuyo contenido se nos muestra con una delicada intimidad.
4) Es una aparición en la que la mujer es constituida mensajera de los apóstoles, y, por lo tanto, María Magdalena adquiere un protagonismo único.

Esta aparición de Jesús está dando respuesta a cuestiones centrales que se plantea el cristiano que con amor y anhelo ha buscado el rostro de Jesús:
- Quién es, en verdad, Jesús Resucitado.
- Quién es esta mujer así favorecida.
- Qué es realmente la Iglesia, como Comunidad del resucitado.
- Qué hace Jesús en el cielo.

Nuestra explicación es una “meditatio”, con las posibilidades que da este género espiritual.
(El singular comentario de J. Mateos – J. Barreto, El Evangelio de Juan: Análisis filológico y comentario exegético. Cristiandad, Madrid 1979, 1094 pp., aparte de ser magistral en el análisis lingüístico,  nos resulta abrumador en sus relaciones simbólicas, tan meticulosas y, a veces, cuestionables. Pero el trasfondo nupcial de la escena con El Cantar de los cantares, Ct 3, es un dato precioso y muy sugerente para la exégesis de un Evangelio que resulta de un género “espiritual” por los cuatro costados).

Un mujer sola, María la Magdalena

María Magdalena va al sepulcro. Era el primer día de la semana; era al amanecer y todavía estaba oscuro. Esta mujer no lleva ungüentos, no lleva nada.
¿Por qué va? ¿A qué va? El lector, que al punto empalma con el anhelo de María, sabe que va simplemente movida por el amor. El amor, como lo saben todos los amantes verdaderos, es razón en sí mismo. Lo recordará san Bernardo – doctor melifluo – comentando el Cantar de los cantares (lectura de su fiesta).
Esta mujer en su camino cruza la mente del lector cristiano, si este lector, como en nuestro caso, es un sacerdote célibe. Hay muchas resonancias en el fondo del corazón que uno las lleva consigo, que - ¡oh dolor y dulce misterio! –quizás nunca puedan aflorar por esa gasa de pudor que cubre nuestras alma y que retrae nuestras palabras en contemplación.
Aquí arranca el Evangelio, porque el Evangelio es, ante todo, la Pascua de Jesús, y arranca por la voz, el pecho y el anhelo de una mujer. Si el Evangelio abrió su secreto en el misterio de la Encarnación, acogido por una Mujer, María de Nazaret, la Madre del Mesías, al “llegar la hora” la Mujer estuvo allí, como la primera. Nos referimos a la “Madre de Jesús” junto a la Cruz de Jesús. Y nos referimos a María, la Magdalena que fue la primera al sepulcro, antes que la luz del sol, que fue la anunciadora a los apóstoles primera y segunda vez en el mismo curso de la escena.
Es, pues, María, la Magdalena, la que no lleva perfumes, porque el amor, depositado por el Espíritu era el perfume penetrante de su vida.
No podemos hurtarnos al Eterno Femenino. Está ahí; lo llevamos dentro. Ejerce una fascinación irresistible – así desde el Paraíso – y en la Iglesia tiene una supremacía que está por encima de nuestras codificaciones canónicas de funciones.
Lo femenino, en el fondo, es la maternidad de Dios, la Amada del Verbo, la fecundidad del Espíritu. ¡Feliz a quien se le ha dado contemplarlo – contemplarla – como puerta de cristal para la Trinidad!


Pedro y el Discípulo a quien Jesús amaba,
ante la voz de María Magdalena

Al ver la losa quitada del sepulcro, la mujer corre para comunicarlo, no precisamente a los discípulos, sino a aquellos dos que aquí como en la Cena (Jn 13) son mencionados juntos: “Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba” (v. 2).
Esta trilogía de la Iglesia que busca y encuentra al Resucitado, acaso signifique un estilo que pertenece a lo más puro e íntimo de la Iglesia. La Mujer – y, al decirlo, nuestro pensamiento recurre al punto a María, Madre de Jesús – está en el vértice de este triángulo, al que solo el amor da su unidad y equilibrio.
Se describe ahora, con su hondo significado, la marcha apresurada de Simón y el otro discípulo.

(El pintor suizo Eugenio Burnand (1850-1921) pintó en 1898 su mejor cuadro con esta escena. El cuadro cuelga en el Museo de Orsay en París).


Pedro y Juan, el gozne ministerial visible de la Iglesia, están inspirados por la voz de una mujer. Y al llegar al sepulcro percibieron, por la fe, la verdad de la resurrección, que la encontraron en la Escritura. En efecto, se dice del segundo: “vio y creyó” (v. 8). Y se añade de los dos, en plural: “Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos” (v. 9).
María Magdalena acaba de cumplir su primera misión, que luego, refrendada por Jesús, quedará coronada: es la Apóstol de los Apóstoles.
María ha regresado al sepulcro, pero no se describe su marcha. Ahora bien, al irse Pedro y el Discípulo a quien Jesús quería, allí queda ella.
¿Por qué ellos se van y ella no? ¡Qué preguntas más racionales..., y en el fondo, inútiles! Inútiles para el amante.
María estaba llorando.
Estaba al alba María,
Llamándole con sus lágrimas.

María y los mensajeros celestiales

Jesús ha escuchado ya las lágrimas de la esposa. Sin dejar de llorar, la mujer se asoma al sepulcro y ve a dos guardianes celestiales, vestidos de blanco – que es hermosura, triunfo y gloria - , a la cabecera y a los pies de donde había reposado el Rey.
Es una visión celestial, pero en su corazón María está alucinada por el esposo arrebatado. Los ángeles le preguntan, con tono noble, y los dos juntos, como el coro de una representación: “Mujer, ¿por qué lloras?” (v. 13). Y María les responde: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde le han puesto”.
¿Quién es este “mi Señor”? Los exegetas se han atrevido a decir que es “mi Marido”. Es mi Señor nupcial. Y, si no fuera mi Señor nupcial, sería “mi Señor Dios”, que no es menos adoración.

María y el Jardinero del Huerto

Al volverse, María ve la Figura. Y ella, cegada por el amor, vio al Jardinero del Huerto. Veía bien, pero no acaba de ver del todo.
Y ahora, sí, entra el esposo con la voz creadora del amor. Si la fe nos viene “ex auditu”, por el oído, según dice Pablo (fides ex auditu), el amor, que emerge con una mirada resplandeciente, se posesiona del todo con la voz. De la voz de Dios nació la creación, y de la voz de Cristo Adán nace ahora la nueva creación, dirigiéndose a Eva. Y le dice simplemente una palabra de amor esencial: ¡María! Que es lo mismo que decirle: ¡Amada mía!
Y María respondió con el mismo eco que salió de su corazón: ¡Rabonni!, “que significa ¡Maestro!”, advierte Juan (v. 16). (También los exegetas observan que era una palabra con la que una mujer podía dirigirse, reverente, a su marido).
Este es un encuentro de intimidad de dos que, al amarse se anhelan; se anhelan tanto, que Jesús (lo va a decir a continuación, por la mujer ha alterado su plan, como un día alteró su Hora en las Bodas de Caná).
María, la esposa anhelante, se ha abalanzado a los pies de su Señor, y los funde con sus besos.
El buen teólogo sabe que es la función de la mujer en la Iglesia, mayor que la cual ninguna otra existe.


Subo a mi Padre, que es vuestro Padre,
a mi Dios, que es vuestro Dios

María está disfrutando del primer abrazo que el Resucitado recibe de parte de los suyos. (Nada decimos de la primerísima y única, María entre todos, María, la madre de Jesús. De esta aparición anota san Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales: PRIMERA APARICIÓN SUYA. 11 Primero: apareció a la Virgen María, lo qual, aunque no se diga en la Escriptura, se tiene por dicho, en decir que aparesció a tantos otros; porque la Escriptura supone que tenemos entendimiento, como está escripto: ¿También vosotros estáis sin entendimiento?).
La Magdalena quisiera eternizar este momento. Pero Jesús le dice: “No me retengas, que todavía no he subido al Padre” (v.17) (Nota. La antigua traducción, la Vulgata, decía: Noli me tangere, No me toques. La nueva, la Nova Vulgata, dice: Iam noli me tenere, No me retengas...).
Jesús tiene prisa por ir al Padre, que es su lugar definitivo. Pero, de camino, ha querido hacerle una visita..., no a Pedro, no a Juan..., sino a María Magdalena. ¿Es atrevida la interpretación...? Pero es que las palabras lo están diciendo...
María Magdalena – hablando en mexicano – es “la consentida”. En fin, se deshacen nuestros esquemas formales para dar sentido y expresividad a este mensaje directo del santo Evangelio.
Jesús, pues, va a subir al Padre, sin dejar la tierra. Se adelanta para prepararnos lugar, como lo había anunciado, con semejante lenguaje, en las palabras de la Cena.

Pero ahora nuestra consideración pasa de la Magdalena a las palabras de Jesús. Jesús tiene para ella una encomienda, un nuevo Evangelio que ella ha de estrenar. “Anda, ve a mis hermanos..., corre a mis hermanos, y anúnciales cuanto antes...” ¿Qué les debe anunciar la Magdalena, la intermediadora, la vocera de Jesús, la evangelista, la Apóstol de los Apóstoles? Les debe anunciar, como profetisa enviada por Jesús, el nuevo Evangelio, es decir, el remate del Evangelio. Helo aquí: Anuncia a mis hermanos:
“Subo a mi Padre, ¡que es vuestro Padre!,
a mi Dios, ¡que es vuestro Dios!” (v. 17).

Ahora Jesús, el que fue crucificado, mora en el Padre, y es la palabra más bella que tiene la Iglesia que anunciar a los hombres, comenzando por los Apóstoles. Éste es el Evangelio de la Resurrección. Y María Magdalena es el heraldo, la Apóstol de los Apóstoles (repetimos por tercera vez).

El entramado íntimo de la Iglesia

La Iglesia del Resucitado es ciertamente una Iglesia jerárquica, basada en la confesión de Pedro por amor. El Discípulo amado lo recalca más que nadie. Y con todo, es este evangelista el que nos abre, como ninguno, los ojos para ver que esta Iglesia sacramental, la del cuerpo adorable de Jesús, que se nos entrega por el Espíritu, es una Iglesia en la que vista en todos sus rasgos, siempre el amor tiene la primacía.
Y María Magdalena ha sido la primera. Solo el amor es el motivo último de la constitución sacramental de la Iglesia (sacerdocio) y de la estructura jurídica (Pedro).
Este esquema de fondo tendremos que tenerlos muy presente, cuando la discusión recale sobre el sacerdocio de la mujer. A decir verdad, hay algo en la Iglesia más constitutivo que el sacerdocio ministerial.
La mujer con su vida – la Magdalena, en este caso – es la venturosa representación del amor al Esposo, sentido de la Iglesia en este mundo.


Consideraciones sacerdotales:
Al servicio de una Iglesia de hermanos del Señor


La Comunidad del Discípulo amado, tal como aparece en el capítulo 20 – capítulo final de la Resurrección, con su propia conclusión a todo el Evangelio (20,30-31) – y se prolonga en el capítulo posterior, que se percibe que es un añadido, también este con una conclusión a todo el Evangelio (Jn 21,25), tiene una figura específica, contorneada con sus rasgos propios.
- Es una Comunidad espiritual,
- de hermanos, a quienes Jesús llama “mis hermanos” (como en el Juicio final),
- que preside el Señor glorioso,
- de cuyo cuerpo y costado, como en la cruz, manan los sacramentos de la Iglesia,
- el gozo y la paz,
- que vive en contemplación y amor,
- y a la que se le asigna una misión en el mundo.

Hay ciertamente un pastoreo espiritual, que está basado en una profesión de amor, que para nada es dominio mundano, sino ejercicio en el amor-servicio recíproco. La función de Pedro (jerarquía del Señor) y la de Juan (amor oblativo) se compenetran sin ninguna posible colisión; se interfecundan. Ninguno puede oscurecer a quien de verdad es el Señor, el único Señor.
El Sacerdote debe saber situarse en este entramado de amor. Acaso se identifique con Juan, pero ha de mirar a Pedro (como Pedro mira a Juan durante la Cena), y uno y otro han de mirar al Señor. En Tiberíades es Juan el que dice a Pedro: ¡Es el Señor! (21,7 ).
Y la Mujer..., la Magdalena, la aparentemente humilde feligresa o la escondida en un monasterio de oración, acaso deberá seguir cumpliendo la misión esencial de la Iglesia, y comunicando lo que a ella se le ha comunicado, la primera: ¡He visto al Señor, y me ha dicho para vosotros esto! ¡He visto al Señor!

Miércoles de Pascua, 27 abril 2011.

Himno para orar cone sta escena del Evangelio: Estaba María al alba.

domingo, 24 de abril de 2011

36. Domingo de Pascua 2011. Tríptico pascual.

Hermanos:
Quiero hoy subir a la terraza de esta su pobre casa (así decimos en México) y enviar al mundo entero un poema de amor a Jesús Resucitado. Y diré al secreto de los vientos: ¡Felicidades, oh Mundo, porque el Amor ha vencido!

De alguna manera quiero cumplir aquello del Evangelio: “Lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea” (Mt 10,27). Soy un cristiano. ¡Gracias, Señor, por la fe que me has dado! ¡Gracias, por saber que en la Pascua de tu amado Hijo Jesús nace la nueva creación!
Hermano que por las vías del Internet hasta llegado a  este sitio, mi homilía se hace poesía; acepta este Tríptico pascual. Que Jesús, el Viviente llene de vida todos los poros de nuestro cuerpo, todo el hálito de amor con que fuimos creados – cuerpo y alma – en el Día de Dios para nosotros.

 

TRÍPTICO PASCUAL 2011

I
¡Felicidades, oh Mundo!

Solo en Pascua conocimos la Trinidad. Los padres en el siglo IV (San Hilario de Poitiers, San Basilio de Cesarea) se debatieron por dar forma a la fe, echando mano de la racionalidad. Y tuvieron que afirmar que el Dios de la fe es Padre, esencia en sí misma completa; el Jesús de Nazaret, es esencia completa, Dios de Dios; que el Espíritu tiene la misma esencia radical: es Dios. Si no salvamos esto, se deshace la Encarnación. Mas ¿cómo decirlo en otras palabras que no sean los términos griegos que ellos fijaron? La poesía tiene unos atisbos, con mano y anillo de la mística. No es que acertemos a decirlo, pero hay que intentarlo.
En la Cruz estaba el Hijo, pero igual estaba el Padre y el Espíritu Santo. La Cruz es Trinidad. Exactamente igual como la Pascua es Trinidad.
Si esto no es real, nuestra fe cae por tierra.


¡Felicidades, oh Mundo,
porque el Amor ha vencido!

1. Dios es Dios siendo donado,
Dios es Dios siendo conmigo,
Dios es Pascua ensangrentada,
Dios es amor dolorido.

¡Felicidades, oh Mundo,
porque el Amor ha vencido!

2. Dios es Dios manando amor,
Dios es Dios correspondido,
Dios es fuerza y es unión,
Dios es Dios porque es Dios trino.

¡Felicidades, oh Mundo,
porque el Amor ha vencido!

3. Dios es amor, dijo Juan,
y nadie mejor lo ha dicho,
roto amor omnipotente,
que en la cruz es sacrificio.

¡Felicidades, oh Mundo,
porque el Amor ha vencido!

4. Dios es Él saliendo a mí,
Dios es su propio delirio,
y su retorno es su triunfo
llevándome a mí consigo.

¡Felicidades, oh Mundo,
porque el Amor ha vencido!

5. Dios es presente futuro,
Dios es sepulcro vacío;
Dios es palabra sonada,
Dios es silencio el más íntimo.

¡Felicidades, oh Mundo,
porque el Amor ha vencido!

6. Yo fui pecado perdón,
Dios es mi amor infinito;
Dios es Dios, Misericordia,
Dios es mío, soy su hijo.

¡Felicidades, oh Mundo,
porque el Amor ha vencido!

7. Yo soy Adán, yo soy Eva,
creado en el Paraíso;
Dios es mi padre y mi esposo,
Dios es mi Dios, Jesucristo.

¡Felicidades, oh Mundo,
porque el Amor ha vencido!

8. Dios es mi paz y mi ser
y lo confieso transido,
Dios es mi espera llegando
y mi gemido dulcísimo.

¡Felicidades, oh Mundo,
porque el Amor ha vencido!

9. Dios es Jesús, mi Jesús,
y a ti, Mundo, te lo digo;
¡ea!, vivientes, vayamos,
a Dios, en el fuego ardidos.

¡Felicidades, oh Mundo,
porque el Amor ha vencido!

10. ¡Dios es Pascua, Dios es Pascua!
en el mes de abril florido,
y mi alma está danzando
porque mi ser es divino.

¡Felicidades, oh Mundo,
porque el Amor ha vencido!
II
El cuerpo sacrosanto de Jesús

Este himno está compuesto gustando y saboreando el capítulo 9 del libro de “Joseph Ratzinger – Benedicto XVI”, Jesús de Nazaret II (acontecimiento teológico del año): La resurrección de Jesús de entre los muertos, sin duda el capítulo más importante del libro.
El capítulo que estudia estos puntos:
1. Qué sucede en la resurrección de Jesús.
2. Los dos tipos diferentes de testimonios de la resurrección
2.1: La tradición en forma de confesión – La muerte de Jesús – La cuestión del sepulcro vacío – El tercer día – Los testigos.
2.2: La tradición en forma de narración – La apariciones de Jesús a Pablo – Las apariciones de Jesús en los Evangelios.
3. Resumen: La naturaleza de la resurrección y su significación histórica.

El capítulo es de alta teología, rigurosa y técnica, con una hermenéutica en diálogo con la ciencia, tratando de combinar la hermenéutica histórica y la hermenéutica teológica. El Papa Teólogo (que en el Prólogo de su obra, vol. I, acepta el disentimiento con razones, pues su obra no es un acto “magisterial”), como testigo de fe y como artífice de teología, es consciente de lo que claramente dijo en el último Sínodo: “Hoy, el llamado mainstream (corriente principal) de la exégesis en Alemania niega, por ejemplo, que el Señor haya instituido la Santa Eucaristía y dice que el cuerpo de Jesús permaneció en la tumba. La Resurrección no sería un hecho histórico, sino una visión teológica. Esto sucede porque falta una hermenéutica de la fe: se consolida entonces una hermenéutica filosófica profana, que niega la posibilidad de la entrada y de la presencia real de lo Divino en la historia. La consecuencia de la ausencia del segundo nivel metodológico es la creación de un profundo foso entre exégesis científica y lectio divina. Y ello a veces provoca también una cierta perplejidad en la preparación de las homilías… (Intervención personal del 14 de octubre de 2008).
Quede la cita, que lógicamente para muchos pensadores requiere un eco…, no lo niego; pasemos al canto de la fe.

El cuerpo sacrosanto de Jesús
¿en dónde le pusieron, donde mora,
si no lo consumió la corrupción
como a mortal de raza pecadora?

El cuerpo de Jesús se fue hasta el Padre,
caricia de unas manos salvadoras,
y en fuego del Espíritu ascendido,
la carne corruptible se hizo Gloria.

El cuerpo de Jesús es la semilla,
del Reino del amor que arranca ahora,
la Trinidad transforma lo creado:
pasó lo viejo, empieza nueva Historia.

Que no permitirás que tu Elegido
conozca de la muerte la carcoma:
es nueva creación su cuerpo virgen,
cual nuevo Adán, primera flor preciosa.

Y en él divinizados los humanos,
el ésjaton rompió, sonó la hora:
Yo dije “dioses sois”: ¡Jesús, te escucho,
arrásame, prendido ya en tu ola!

¡Señor Resucitado, Cristo luz,
raudal divino de misericordia:
la gloria y la alabanza en el regazo
de Dios, un solo Dios y tres Personas! Amén.

III
El pan y la sal
Cántico pascual de comunión

“Joseph Ratzinger – Benedicto XVI” en Jesús de Nazaret II, estudia los testimonios neotestamentarios de la resurrección bien sea como “confesión” y como “narración”. De la narración del principio de Hechos y en concreto de Hch 1,2-3, dice así:
“Aparecer – hablar – comer juntos: éstas son las tres automanifestaciones del Resucitado, estrechamente relacionadas entre sí, con las cuales Él se revela como el Viviente.
Para comprender correctamente el tercer elemento que, como los dos primeros, se extiende a lo largo de los ‘cuarenta días’, es de capital importancia la palabra usadas por Lucas: synalizómenos. Traducida literalmente, significa ‘comiendo con ellos sal’ Indudablemente, Lucas ha elegido a propósito esta palabra. ¿Cuál es su significado? En el Antiguo Testamento el comer en común pan y sal, o también solo sal, sirve para sellar sólidas alianzas (cf. Nm 18,19; 2 Cro 13,5). (…) El ‘comer sal’ de Jesús después de su resurrección, que de este modo se nos muestra como signo de la vida nueva y permanente, hace referencia al banquete nuevo del Reino con los suyos” (Jesús de Nazaret II, Ed. Planeta y Encuentro, 314-315)

1. Mi Jesús Resucitado,
comiste el pan y la sal
con los tuyos como amigo
después de resucitar,
Cristo vivo de la fe
y presencia familiar.

2. Y les hablaste del Reino
que ellos iban a anunciar
desde allí, Jerusalén,
a los confines del mar:
Jesús, Palabra del Padre,
que no se puede agotar.

3. Jesús viviente, en quien creo
mi pan, mi sal, mi manjar,
y mi celeste alianza
te he venido a comulgar:
he buscado tus palabras,
me diste todo y tu paz.

4.  Tu Eucaristía banquete
esa es mi vida pascual:
visión, presencia y comida,
tres vivencias en tu altar:
y la Iglesia que congregas
es tu morada y mi hogar.

5. Con la sal de tu festín
quiero mi vida salar,
con tu sangre del Espíritu
quiero mi sangre inmortal,
con tus labios amorosos
quiero el amor predicar.

6. Jesús viviente a quien palpo,
Jesús de mi intimidad,
enséñame la Escritura,
tu Pascua sacramental,
muéstrame tus santas llagas
y veré a la Trinidad.

7. Juntos en torno a la mesa,
con la sal que tú me das,
miro a tus ojos divinos
para un pacto de amistad:
¡Yo te amo como puedo:
tú mírame y ten piedad! Amén.

Puebla de los Ángeles, Pascua 2011
Rufino María Grández Lecumberri,
Hermano menor capuchino

Para las Felicitaciones pascuales anteriores, en forma de Himnos para la Liturgia, desde 1977 véase: mercaba.org | Rufino Ma Grández | El Año litúrgico | Pascua.

viernes, 22 de abril de 2011

35. Sábado Santo: El Rey descansa


Hermanos:

Las directrices litúrgicas de la Iglesia, que son norma y catequesis, nos dicen: “Durante el Sábado santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte, su descenso a los infiernos y esperando en la oración y el ayuno su resurrección. Se recomienda con insistencia la celebración del Oficio de Lectura y de las Laudes con participación del pueblo (cf. n. 40). Cuando esto no sea posible, prepárese una celebración de la Palabra o un ejercicio piadoso que corresponda al misterio de este día” (Carta de la Congregación del Culto Divino sobre “La preparación y celebración de las fiestas pascuales”, 16 enero 1988).
Sábado Santo, que también nos trae el recuerdo de la Madre, la Soledad de María, desde el momento que tuvo en su regazo al Hijo muerto (La Pietá, de Miguel Ángel), soledad, que ha sido fuente de consolación para innumerables madres que cruelmente se han visto privadas de sus hijos, madres que han perdido a sus hijos en la guerra…, aunque nosotros pretendamos añadir dudosamente: “por el bien de la patria”).

Es oportuno recordar lo que enseña el Catecismo de la Iglesia Católica sobre el artículo del Credo “Descendió a los infiernos”

632 Las frecuentes afirmaciones del Nuevo Testamento según las cuales Jesús "resucitó de entre los muertos" (Hch 3,15; Rm 8,11; I Co 15,20) presuponen que, antes de la resurrección, permaneció en la morada de los muertos. Es el primer sentido que dio la predicación apostólica al descenso de Jesús a los infiernos; Jesús conoció la muerte como todos los hombres y se reunió con ellos en la morada de los muertos. Pero ha descendido como Salvador proclamando la buena nueva a los espíritus que estaban allí detenidos.

633 La Escritura llama infiernos, sheol o hades a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios. Tal era, en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos, malos o justos, lo que no quiere decir que su suerte sea idéntica como lo enseña Jesús en la parábola del pobre Lázaro recibido en el "seno de Abraham". "Son precisamente estas almas santas, que esperaban a su Libertador en el seno de Abraham, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos". (…)
634 "Hasta a los muertos ha sido anunciada la Buena Nueva..." (1 Pe 4,6). El descenso a los infiernos es el pleno cumplimiento del anuncio evangélico de la salvación. Es la última fase de la misión mesiánica de Jesús, fase condensada en el tiempo, pero inmensamente amplia en su significado real de extensión de la obra redentora a todos los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares porque todos los que se salvan se hacen partícipes de la Redención.
635 Cristo, por tanto, bajó a la profundidad de la muerte para "que los muertos oigan la voz del Hijo de Dios y los que la oigan vivan". Jesús, "el Príncipe de la vida" (Hch 3,15), aniquiló "mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo y libertó a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud" (Hb 2,14-15). En adelante, Cristo resucitado "tiene las llaves de la muerte y del Hades" (Ap 1,18) y "al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los abismos" (Flp 2,10).

* * *
La liturgia, en el Oficio de lectura, tiene hoy una pieza bellísima, que viene de Oriente. Ignoramos cuál es su autor. Acaso un monje, un obispo… transido de piedad. Escuchémosla.
Homilía antigua sobre el grande y santo Sábado
(Patrologia Griega, Migne, vol. 43, 439. 451. 462-463)

¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra temió sobrecogida, porque Dios se durmió en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo. Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción al abismo.
Va a buscar a nuestro primer padre como si fuera la oveja perdida. Quiere absolutamente visitar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte. Él, que es al mismo tiempo Dios e Hijo de Dios, va a librar de su prisión y de sus dolores a Adán y a Eva.
El Señor, teniendo en sus manos las armas vencedoras de la cruz, se acerca a ellos. Al verlo nuestro primer padre Adán, asombrado por tan gran acontecimiento, exclama y dice a todos: «Mi Señor esté con todos». Y Cristo, respondiendo, dice a Adán: «Y con tu espíritu». Y tomándolo por la mano le añade: Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz.
Yo soy tu Dios, que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu hijo; y ahora te digo que tengo el poder de anunciar a los que están encadenados: «salid»; y a los que se encuentran en las tinieblas: «iluminaos»; y a los que dormís: «levantaos».
A ti te mando: despierta tú que duermes, pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo; levántate de entre los muertos, pues yo soy la vida de los muertos. Levántate, obra de mis manos; levántate, imagen mía, creado a mi semejanza. Levántate, salgamos de aquí, porque tú en mí, y yo en ti, formamos una sola e indivisible persona.
Por ti yo, tu Dios, me he hecho tu hijo; por ti yo, tu Señor, he revestido tu condición servil; por ti yo, que estoy sobre los cielos, he venido a la tierra y he bajado al abismo; por ti me he hecho hombre, semejante a un inválido que tiene su cama entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto, he sido entregado a los judíos en el huerto, y en el huerto he sido crucificado.
Contempla los salivazos de mi cara, que he soportado para devolverte tu primer aliento de vida; contempla los golpes de mis mejillas, que he soportado para reformar, de acuerdo con mi imagen, tu imagen deformada; contempla los azotes en mis espaldas, que he aceptado para aliviarte del peso de los pecados, que habían sido cargados sobre tu espalda; contempla los clavos que me han sujetado fuertemente al madero, pues los he aceptado por ti, que maliciosamente extendiste una mano al árbol prohibido.
Dormí en la cruz, y la lanza atravesó mi costado, por ti, que en el paraíso dormiste, y de tu costado diste origen a Eva. Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te saca del sueño del abismo. Mi lanza eliminó aquella espada que te amenazaba en el paraíso.
Levántate, salgamos de aquí. El enemigo te sacó del paraíso; yo te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celeste. Te prohibí que comieras del árbol de la vida, que no era sino imagen del verdadero árbol; yo soy el verdadero árbol, yo, que soy la vida y que estoy unido a ti. Coloqué un querubín que fielmente te vigilara; ahora te concedo que el querubín, reconociendo tu dignidad, te sirva.
El trono de los querubines está preparado, los portadores atentos y preparados, el tálamo construido, los alimentos prestos, se han embellecido los eternos tabernáculos y moradas, han sido abiertos los tesoros de todos los bienes, y el reino de los cielos está preparado desde toda la eternidad.

* * *
De nuestra parte, hemos querido honrar el Grande Sábado y compusimos un himno, que ha pasado a los libros oficiales de la Iglesia.

Este himno para Sábado Santo – sólo para este día – es un canto nupcial. Es el canto nupcial de la esposa que llora a su Esposo. Lo llora con paz, con el alma ungida de sentimientos celestiales; lo llora con consolación y con infinita ternura.
Dios está en este cuerpo, cobijado bajo las alas del Espíritu. Es el mismo el cuerpo de la cruz, el cuerpo de la tumba, el cuerpo de la resurrección. Canta la esposa.

Venid al huerto, perfumes,
enjugad la blanca sábana:
en el tálamo nupcial
el Rey descansa.

Muertos de negros sepulcros,
venid a la tumba santa:
la Vida espera dormida,
la Iglesia aguarda.

Llegad al jardín, creyentes,
tened en silencio el alma:
ya empiezan a ver los justos
la noche clara.

Oh dolientes de la tierra,
verted aquí vuestras lágrimas;
en la gloria de este cuerpo
serán bañadas.

Salve, cuerpo cobijado
bajo las divinas alas;
salve, casa del Espíritu,
nuestra morada. Amén.

Este himno puede verse en mercaba.org (Rufino Ma. Grández | Cuaresma): Venid al huerto, perfumes.

POSTDATA (23 abril 2011). En el día de ayer (22 abril 2011), Viernes Santo, la Radio Televisión Italiana (RAI I) emitíó un programa grabado en directo días antes ("A sua immagine") en el cual el Papa respondió a 7 preguntas seleccionadas y llegadas desde múltiples puntos de la tierra (Japón, Costa de Marfil...). He aquí la pregunta respuesta número 5 sobre el "Descenció a los infiernos".
Locutora. La quinta pregunta, sobre la Muerte y la Resurrección de Cristo, llegaba desde Italia: "Santidad: ¿Qué hizo Jesús en el intervalo de tiempo entre su muerte y su resurrección? Ya que en el Credo se dice que Jesús, después de la muerte, descendió a los infiernos, ¿podemos pensar que es algo que nos pasará también a nosotros, después de la muerte, antes de ascender al Cielo?
     Benedicto XVI: Naturalmente, no podemos definir el cuerpo glorioso, porque está más allá de nuestra experiencia. En cuanto al viaje del alma, tenemos que tener presente que el alma de Jesús está siempre en contacto con el Padre, y al mismo tiempo este alma humana se extiende hasta los últimos confines del ser humano. En este sentido, va profundamente a los más perdidos, a los que no han llegado a la meta de su vida, y trasciende el continente del pasado.
     Estas palabras, del ‘descendimiento a los infiernos', quieren decir que también el pasado estaba asumido por Jesús. No comienza en el año 0 ó 30 la Redención, sino que va al pasado, abraza el pasado, a todos los hombres de todos los tiempos. Jesús toma de la mano a Adán y eleva a la humanidad para llevarla a lo alto. Crea el acceso a Dios, porque el hombre no puede llegar a Él. Toma en sus manos al hombre y le abre el acceso a una realidad que nosotros llamamos Cielo.
     Este descendimiento a los infiernos, a las profundidades del pasado de la humanidad, es una parte esencial de la misión redentora de Cristo, y no se aplica a nuestra vida, es distinto. Nosotros, tras nuestra muerte, tenemos delante el rostro de Jesús, y esta mirada purificante para todos nosotros, que será en mayor o menor medida según las necesidades de ser limpiados de cada uno de nosotros, nos hace capaces de vivir con Dios, con los santos, con nuestros seres queridos que nos han precedido.