viernes, 6 de mayo de 2011

44. Bajo el cobijo de Jesús de la Misericordia


Homilía a los Seminaristas del Seminario palafoxiano de Puebla de los Ángeles, con motivo del Titular del Primero de Teología.
Hermanos:

1. Me agradó mucho que los alumnos de primer curso de Teología, con los cuales me aplico en el estudio de la Sagrada Escritura, me invitaran a presidir esta celebración titular, que como es costumbre es compartida por todo el Seminario.
Les saludo, pues, a todos con cariño, y sin otros previos vamos a entrar directamente en el Evangelio donde encontramos a ese Jesús de la Misericordia que nos congrega.

2. Los textos sagrados escogidos para hoy vienen del domingo anterior, Domingo II de Pascua que desde el año 2000 es designado también como Domingo de la Divina Misericordia. Vamos a centrarnos en este versículo de san Juan que viene a ser el manantial de la fiesta. Jesús resucitado “les mostró las manos y el costado” (Jn 20,20), un versículo que adquiere su plenitud cuando se lo pone al lado de otro del mismo evangelista: “uno de los soldados con su lanza le traspasó el costado, y salió al punto sangre y agua” (19,34).
Hay tres palabras que usa san Juan y que rondan entorno al mismo misterio. Son palabras necesarias para comprender lo que pasa en la Cena, lo que pasa en la Cruz y lo que pasa en la Resurrección. Me estoy refiriendo, siempre con el Evangelio de san Juan, al seno de Jesús (kolpos), al pecho de Jesús (stethos), al costado de Jesús (pleura). In sinu Iesu; supra pectus Iesu, y latus eius.
En griego no se confunden, ni tampoco en latín. Estas tres palabras, que pueden ser tres vías de meditación están referidas a una cuarta, que Juan no la pronuncia, pero la insinúa: el corazón, el corazón de Jesús (kardía). ¿De dónde sale la sangre sino del corazón? En el Nuevo Testamento se habla bastantes veces del corazón, del corazón humano, pero nunca del corazón de Jesús. Sí, en cambio, de las entrañas de Jesús, de las vísceras de Jesús. “Testigo me es Dios de cuánta soledad siento de todos vosotros en las entrañas de Cristo Jesús” (Flp 1,8). Es importante advertir esas matizaciones afectivas de nuestros organismo biológico y de nuestro psiquismo para ver que el amor de Dios a nosotros es amor concreto, amor que duele. La Madre Teresa de Calcuta decía que hay que amar hasta que duela.
En la Cena el discípulo amado estaba en el seno de Jesús (in sinu Iesu) cuando del seno pasó al pecho de Jesús, se recostó sobre el pecho de Jesús (supra pectus Iesu) para preguntar al Señor, por indicación de Pedro: ¿Quién es el traidor? Y Jesús le reveló este secreto de su corazón.
Como bien se percibe, no es lo mismo estar junto a Jesús, en el seno de Jesús, “in sinu Iesu”, que descansar sobre el pecho de Jesús. Un riguroso analista del lenguaje traduce: “Él, dejándose caer confiadamente sobre el pecho de Jesús, le dice: Señor, ¿quién es?” (Jn 13,25) (Nuevo Testamento trilingüe de Bover - O’Callaghan).

3. Somos llamados, pues, a esa confidencia superior, a esa intimidad que se activa en el corazón. Afinando nuestro pensamiento, podremos decir que también es distinto reposar sobre el corazón de Jesús, que meterse dentro de este corazón. Meterse en ese corazón es lo mismo que meterse en la Trinidad por la puerta del Verbo Encarnado.
¿Qué pasa en el corazón de Jesús, que quiere ser la morada de los íntimos, que son sencillamente los que el Evangelio de Juan llama sin más “los suyos”?
¡El corazón de Jesús! Hubo un día feliz en el que en la Iglesia se tomó la efigie de este corazón para decir de una manera visual, sensitiva y afectiva cómo el centro y compendio de toda la revelación se muestra en ese corazón. El año 1956 Pío XII, al cumplirse el centenario de la introducción de la fiesta del Corazón de Jesús para toda la Iglesia, escribió una encíclica con este título de Isaías: Haurietis acquas: Sacaréis aguas con gozo de las fuentes del Salvador (Is 12,3). Decía, citando a otro Papa, que en esa imagen está el “compendio de toda la religión”. “¿No están acaso contenidos en esta forma de devoción el compendio de toda la religión y aun la norma de vida más perfecta, puesto que constituye el medio más suave de encaminar las almas al profundo conocimiento de Cristo Señor nuestro y el medio más eficaz que las mueve a amarle con más ardor y a imitarle con mayor fidelidad y eficacia?” (Pío XI, en su encíclica Miserentissimus Redemptor).
Hermanos seminaristas, ese fue el examen final de toda mi Teología: Mostrar cómo el corazón de Jesús es el resumen denso de toda la Teología, de donde arranca la Moral. Para ello había que acudir a la doctrina de la encíclica, mostrando cómo el corazón de Jesús de Nazaret es el punto de confluencia del amor descendente de Dios y del amor ascendente de la criatura, y éste diversificado según los distintos amores que respiran en el corazón humano según los diversos conocimientos de donde fluyen: conocimiento anhelante de nuestra reflexión, conocimiento infuso, conocimiento beatífico. De hecho, hoy el corazón de Jesús sigue amando en el cielo, pues allí está su santa humanidad. El corazón de Jesús es una versión de lo que en otro lugar dirá san Juan por dos veces: “Dios es amor” (1Jn 4), título que Benedicto XVI ha dado a su primera encíclica.

4. En nuestras clases bíblicas, recorriendo la materia de este año – Pentateuco y libros históricos, desde Josué hasta los Macabeos – este ha sido el hilo conductor de todo cuanto hemos explicado. La historia humana – y humana es la historia bíblica, desde la muerte de Abel, primer homicidio de la humanidad, hasta la muerte de Bin Laden el domingo pasado – tiene una clave, inmanente y trascendente: Dios está ahí. En la muerte de un justo o de un terrorista, Dios está ahí, porque hay alguien que en su muerte ha asumido nuestras muertes. Murió uno por todos dice san pablo, pronunciando no un juicio político de la historia, sino el veredicto teológico último.

5. La imagen de Jesús de la misericordia, que ha presidido nuestras lecciones, que ha querido ser el sello de cuanto hemos anunciado, la firma de nuestra búsqueda mental, tiene debajo una firma: ¡Jesús mío, en ti confío! Ese es el remate de la revelación, la palabra que nos está diciendo y pidiendo Dios en este momento.

6. Hermanos seminaristas de primer curso y hermanos seminaristas de todo el Seminario, leamos la Escritura con pasión y sabiduría. Que no se obstruya nuestro camino por tantas mentiras, asesinatos, rebeldías que van regando todo el camino de la historia. Dios está ahí, exactamente igual a como Dios está en el centro de mi pobre vida. Dios es amor. ¡Sea Dios el amor de mi vida!
¿Qué más les puedo decir?

7. Que Dios nos dé la gracia de saber escuchar en la vida, tan dura y cruel en algunas personas, este mensaje celestial. Hacer teología, tarea laboriosa, es también un suave deleite para el espíritu. Llevar esos pensamientos a una vida ensangrentada de dolor es una nueva gracia. Dios está en nuestros pensamientos, ciertamente. Pero ese mismo Dios, hermanos, en las gentes rudas y hostiles, a los que la vida no les ha dado gratos ámbitos para pensar.

8. Hoy, y aquí en la Eucaristía,  Jesús nos abre las manos y el costado, para que nos dejemos inundar de todo lo  que sale de ahí: la ternura de Dios. Y luego, para que nosotros mismos nos metamos ahí, en el hueco de la roca – dice el cantar de los cantares – en ese dulcísimo corazón, que es la puerta de la Trinidad.
María, la Madre del Señor, la que estuvo al pie de la Cruz, nos reciba en su silencio humilde que cubre los siglos, nos haga fieles discípulos de su Hijo, nos haga santos sacerdotes.
Amén.

1. Jesús, Misericordia regalada,
océano de amor a lo infinito,
sabiendo la verdad del Evangelio,
de ti, mi Salvador, de ti me fío:
          ¡Jesús, en ti confío!

2. Contigo he recorrido la Escritura,
y allí te vi, allí desde el principio:
reflejo de tu Padre y del Espíritu,
que eras el que eres, siempre el mismo:
          ¡Jesús, en ti confío!

3. No manchan los pecados tu figura,
no empañan nuestros yerros tus designios:
la Ley y los Profetas van narrando,
y amor es la canción que percibimos:
          ¡Jesús, en ti confío!

4. Jesús manante amor, hogar del mundo,
que así quedó tu corazón herido,
el agua con la sangre inmaculada
son vida, gracia y paz, divino río:
          ¡Jesús, en ti confío!

5. La Iglesia va a su fuente generosa,
y bebe en ti su Espíritu y su brío;
eterno Sacerdote que intercedes
y asocias a ministros elegidos:
          ¡Jesús, en ti confío!

6. Jesús, Misericordia celestial
y gloria en el camino ya cumplido:
Jesús en Trinidad, fin alcanzado,
escóndeme en tus brazos, bendecido:
          ¡Jesús, en ti confío!

Rufino María Grández, OFMCap.




miércoles, 4 de mayo de 2011

43. Jesús de la Misericordia


Hermanos:

1. En la reflexión u homilía anterior dejé aquí mi palabra al eco de la celestial celebración del Beato Juan Pablo II. Que sea bendición para la humilde Iglesia del Señor Jesús. Ahora completo, pero ya no mirando la figura del Papa santo, sino de aquel a quien aclamamos “tu solus sanctus, tu solus dominus, tu solus altissimus, Iesu Christe”. Cristo es el único que merece el nombre de Santo; los demás – estén en el cielo o peregrinemos en la tierra – por redundancia. Somos, sí, los santos del Señor.
Vengamos, pues, a sondear el mensaje del domingo pasado, que Juan Pablo II, quiso que se llamara Domingo II de Pasca o de la Divina Misericordia.

2. Detrás de ello hay una religiosa polaca, sor María Faustina Kowalska. Murió joven, a los 33 años, en Cracovia, el año 1938. Veintisiete años después (21 octubre 1965) el joven arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla, introdujo el Proceso informativo de esta causa, que se cerró dos años más tarde (20 octubre 1967) para pasarlo a Roma, en una sesión presidida por el arzobispo de Cracovia que lo era el ya Cardenal Karol Wojtyla. Siendo Papa la beatificó en el Domingo de la Divina Misericordia (18 de abril de 1983), y la canonizó en el Domingo de la Divina Misericordia (30 de abril de 2000).
Caminos de la Providencia que se sirve de circunstancias muy pequeñas para llevar a cabo cosas grandes. Sor Faustina era una humilde, humildísima religiosa, comenzando a dar a esta palabra un sentido literario elemental. Su formación no pasó de la escuela primaria, pues sus estudios fueron tres años tan solo, más exactamente: “Su educación escolar no duró ni siquiera tres años: al cumplir 14 años abandonó la casa familiar para trabajar de sirviente en Aleksandrów y Lodz, y mantenerse a sí misma y ayudar a sus padres” (Sor Ma. Elzbieta Siepak, en la Introducción a la publicación del “Diario: La Divina Misericordia en mi alma”). La pobreza real de una familia, e incluso del entorno, marca muy decisivamente la ruta de la vida.
Dios por medio, y la joven Elena, que así se llamaba de bautismo, pudo ser religiosa en la Congregación de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia. Esta santa religiosa, con el consejo apremiante de su confesor, escribió en los cuatro últimos años de su vida un Diario. Ese Diario son seis Cuadernos, que el lector interesado los encuentra íntegros en Internet, llenando un archivo inmenso de unas 700 páginas (depende, claro, del formato de impresión, texto dividido en 1828 números. Véase el archivo como: santa_maria_faustina_kowalska.htm). Y en esas páginas el hombre espiritual puede pasearse para ver las maravillas que Dios hace con personas humildes.
Es cierto que esta humilde mujer se siente con una vocación que trasciende su persona y su convento. “Tú eres la secretaria de Mi misericordia; te he escogido para este cargo, en ésta y en la vida futura (Diario, 1605), (…) para que des a conocer a las almas la gran misericordia que tengo con ellas, y que las invites a confiar en el abismo de Mi misericordia”  (Diario, 1567).
Esto, sin embargo, no quiere decir que el Señor llame a todos a ir por el camino específico, incluidas las devociones particulares que Jesús ha inculcado a su fidelísima Faustina: la imagen, la coronilla de la Divina Misericordia, la hora de la Misericordia (viernes a las 3 de la tarde).

3. Lo más conocido en esta espiritualidad es la imagen del Jesús de la Misericordia. Así se le presentó el Señor en una visión que tuvo en su celda el 22 de febrero de 1931: “Al anochecer, estando yo en mi celda – escribe en el Diario – vi  al Señor Jesús vestido con una túnica blanca.  Tenía una mano levantada para bendecir y con la otra tocaba la túnica sobre el pecho.  De la abertura de la túnica en el pecho, salían dos grandes rayos: uno rojo y otro pálido.  ( …)  Después de un momento, Jesús me dijo: Pinta una imagen según el modelo que ves, y firma: Jesús, en Ti  confío  (Diario 47).  Quiero que esta imagen (…) sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia “  Diario, 49)”.
Qué significaban esos rayos que salían del corazón de Jesús? “El Señor Jesús, preguntado por lo que significaban, explicó: “El rayo pálido simboliza el Agua que justifica a las almas.  El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las almas (….). Bienaventurado quien viva a la sombra de ellos”  (Diario, 299). Purifican el alma los sacramentos del bautismo y de la penitencia, mientras que la alimenta plenamente la Eucaristía. Entonces, ambos rayos significan los sacramentos y todas las gracias del Espíritu Santo cuyo símbolo bíblico es el agua y también la nueva alianza de Dios con el hombre contraída en la Sangre de Cristo” (Sor Ma. Elzbieta Siepak, antes citada).

4. Ahora tenemos que pasar de sor Faustina a quien inspira todo esto. Más aún, para entender a la religiosa que ha escrito este Diario fecundo y meticuloso, hasta tendríamos que olvidarnos de todos estos particulares, e ir en directo a la fuente evangélica en que se inspiran: la cruz de Cristo, y ese corazón que late de amor, y que después de expirar se convierte en fuente espiritual. E igualmente tendremos que acudir al relato de la resurrección en que, según san Juan, Jesús, aparecido a los discípulos, “les mostró las manos y el costado” (Jn 20,20).
Durante siglos hemos pensado los cristianos en el Corazón de Jesús, que no era una devoción de una santa (santa Margarita María de Alacoque) y de la Compañía de Jesús, sino una fiesta de la Iglesia, en la cual podíamos ver “como un compendio de toda la religión cristiana “ (Pío XII). “Dios es amor” fue la primera encíclica de nuestro querido Papa Benedicto XVI. El Corazón de Jesús es la expresión bellísima, inexhausta, del amor de Dios.
Pero ¿de qué amor?, podemos preguntar para mejor precisar. Del amor descendente, y del amor ascendente. En el corazón de Jesús se nos da todo el amor de Dios que desciende hasta nosotros, que nos envuelve y nos salva. Y, al mismo tiempo, en el corazón latiente de Jesús, podemos ver todo el amor que la humanidad que pro el cauce del hombre Jesús asciende al Padre. Por ello, el corazón de Jesús es el punto de encuentro de ese amor total que desciende y asciende, el corazón de Jesús y solo él. Si así contempla la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, ya no estoy hablando de una devoción – de las promesas del Corazón de Jesús, de los Nueve primeros viernes al corazón de Jesús – sino que hablamos de la revelación de Jesús en cuanto tal en el Evangelio.

5. Cosa semejante, incluso paralela, podemos decir de Jesús de la Misericordia. Cuando sor Faustina vio el cuadro que un pintor encargado había pintado con los datos que ella dio, he aquí lo que cuenta. “Fui a la capilla y lloré muchísimo. ¿Quién te pintará tan bello como Tú eres?” (Diario, 313).
Puede ser que hasta la misma imagen no nos agrade... No importa. Vayamos directamente al Evangelio de Juan, que ha sido él el que nos ha introducido en la intimidad con dos escenas paralelas, la de la Cruz y la de la Resurrección. ¿Qué hay en este corazón que mana sangre y agua, y que Jesús muestra a los suyos en la tarde de la resurrección? ¿Qué hay dentro de ese corazón que alienta y de cuyo soplo viene el Espíritu Santo para el perdón de los pecados?
Habrá que recordar lo que ya hace muchos siglos nos dijeron los Padres de la Iglesia, como fruto de sus meditaciones que compartieron con el pueblo cristiano. El día de Viernes Santo oíamos estos párrafos de una catequesis bautismal de San Juan Crisóstomo, pronunciada el año 388:

“Del costado salió sangre y agua. No quiero, amado oyente, que pases con indiferencia ante tan gran misterio, pues me falta explicarte aún otra interpretación mística. He dicho que esta agua y esta sangre eran símbolos del bautismo y de la eucaristía. Pues bien, con estos dos sacramentos se edifica la Iglesia: con el agua de la regeneración y con la renovación del Espíritu Santo, es decir, con el bautismo y la eucaristía, que han brotado, ambos, del costado. Del costado de Jesús se formó, pues, la Iglesia, como del costado de Adán fue formada Eva.
Por esta misma razón, afirma san Pablo: Somos miembros de su cuerpo, formados de sus huesos, aludiendo con ello al costado de Cristo. Pues del mismo modo que Dios formó a la mujer del costado de Adán, de igual manera Jesucristo nos dio el agua y la sangre salidas de su costado, para edificar la Iglesia. Y de la misma manera que entonces Dios tomó la costilla de Adán, mientras éste dormía, así también nos dio el agua y la sangre después que Cristo hubo muerto” (Catequesis bautismales, tercera).
Hermanos de ayer, hermanos internautas de hoy. Nuestra fe es amor y tiene un lenguaje de amor. A mas de mil seiscientos años de distancias los predicadores de ayer, los predicadores de hoy vamos a la misma fuente del corazón de Cristo, y encontramos lo que Juan contemplo y de lo que Dios testimonio y que nunca acabaremos de contemplar: Dios es amor. Dios es Misericordia. Y ese amor, y esa misericordia se llama: JESÚS.
Amén.

(Puebla, 4 de mayo de 2011).

martes, 3 de mayo de 2011

42. La Cruz de mayo


Hermanos:

1. Quiero comenzar esta homilía con una ilustración que es bueno saber para quedar informados de cómo nacen ciertas fiestas en la Iglesia. El día 13 de septiembre del año 335 se consagró en Jerusalén la basílica que hoy se llama del Santo Sepulcro, lugar céntrico de las peregrinaciones cristianas, y que los orientales prefieren llamar la Anástasis, es decir, Resurrección, Basílica de la Resurrección del Señor.
Allí se venera el lignum crucis, el leño de la Cruz, que fue hallado, según tradición por santa Elena, la madre de Constantino. El día siguiente a la dedicación, es decir, el 14 de septiembre, se hacía la ostensión de la Santa Cruz, del leño sagrado, celebración y fiesta que pasó  a las Iglesias de Oriente. Siglos más tarde pasaría a Occidente.
Diversos avatares de la historia hicieron que la Santa Cruz tuviese otra fiesta el 3 de mayo: la Cruz de mayo y la Cruz de septiembre. En tiempo del Beato Juan XXIII se suprimió la Cruz de mayo, pues en realidad, aunque con matices distintos (invención, yexaltación), era una doble de la otra. La Iglesia lo que celebrar es la Exaltación de la Santa Cruz (In exaltatione sanctae Crucis)

2. Ahora bien, en México, viendo los obispos cuánto arraigo popular tenía la Cruz de mayo, pidieron a la Santa Sede que se siguiera celebrando. Y así se hace. La fiesta de la Santa Cruz es de por sí el Viernes Santo, cuando adoramos a la Cruz ,pues en ella estuvo pendiente la salvación del mundo.
La Cruz de mayo tiene en México una nota peculiar: es la fiesta del gremio de la construcción. “Los albañiles acostumbran colocar, en lo alto de la fachada de la casa en construcción, una cruz de madera adornada con flores y papel de china, previamente bendecida por un sacerdote La fiesta de la Santa Cruz es motivo de jolgorio para los albañiles y estos festejan con cohetes, música, baile y platillos típicos, con familiares y amigos, en la "obra" donde estén trabajando.
Esta tradición data de la época colonial a partir de la formación de los gremios y según viejas crónicas fue impulsada por Fray Pedro de Gante” (Información recogida al azar en Internet).

3. De hecho hay un simbolismo hermoso entre la Cruz y el edificio. ¡Cuántos edificios son coronados con la señal de la Cruz! Por de pronto, las iglesias. Si vemos una torre con una cruz, al punto deducimos: Es una iglesia.
Pero la cruz campea en lugares y actividades, que a nosotros nos evocan al Salvador. Una sepultura cristiana lleva una cruz, que dice más que todo lo que puedan decir las palabras.
La Cruz ha sellado nuestra civilización cristiana. La cruz en los montes, dominando el paisaje e invitando a la adoración; la cruz en los cruces de los caminos, marcando un rumbo en la vida; la cruz en las entradas de las ciudades.
La Cruz, la Santa Cruz ha sido el nombre de muchas instituciones cristianas. La Cruz con el Crucificado, es decir, el Crucifijo, que debe tener su puesto de honor en una familia cristiana, y este podría ser el dormitorio. En suma, la Cruz es la identidad del cristiano, y el signo de profesión de nuestra fe. La Cruz no puede ser una adorno convencional y artístico; de sí misma está destinada a ser algo más: un signo testimonial (nunca agresivo) de la fe que profesamos.

4. Conocida es en España la “guerra de los crucifijos” que hemos tenido, gracias a Dios resuelta. Hay que quitar los crucifijos de las escuelas, porque es un signo confesional, y la escuela es laica y no puedo imponer creencias. Después de sentencias y recursos, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) decidió que no había por qué quitarla.
Según la sentencia, "un crucifijo colgado de una pared es un símbolo esencialmente pasivo, cuya influencia sobre los alumnos no puede ser comparada a un discurso didáctico o a la participación en actividades religiosas".
También agrega el texto que la presencia de crucifijos no está asociada a la enseñanza obligatoria del cristianismo; no es un adoctrinamiento, sino la expresión de la identidad cultural y religiosa de los países de tradición cristiana y "nada indica que las autoridades se muestren intolerantes hacia los alumnos de otras religiones, no creyentes o de otras convicciones filosóficas".
Esta solución consensuada, políticamente correcta (que agradecemos que así sea), no toca la entraña de lo que quiere significar para nosotros, cristianos por gracia de Dios, el símbolo adorable de la Cruz. El crucifijo no es simplemente un signo cultural, y por ello digno de respeto; es el símbolo mismo de Jesús, Dios y Redentor, que nos ha purificado de nuestros pecados por la sangre de su cruz, y en ella nos ha entregado todo el amor de Dios. A esa Cruz, que adoramos en Viernes Santo, seguimos venerando cuando la contemplamos. Ante esa Cruz rezamos con hermosos himnos, antífonas y oraciones que ha ido creando la liturgia a través de siglos de amor.

5. Y también de nuestra parte a esa Cruz cantamos con versos que, germinados en este corazón personal, quieren respirar con el aliento y la fe de la Iglesia.

Brille la Cruz del Verbo, luminosa,
brille como la carne sacratísima
de aquel Jesús nacido de la Virgen
que en la gloria del Padre vive y brilla.

Gemía Adán doliente y conturbado,
lágrimas Eva junto Adán vertía;
brillen sus rostros por la Cruz gloriosa,
Cruz que se enciende cuando el Verbo expira.

¡Salve, Cruz de los montes y caminos,
junto al enfermo suave medicina,
regio trono de Cristo en las familias,
Cruz de nuestra fe, salve Cruz bendita!

Reine el Señor crucificado
levantando la Cruz donde moría;
nuestros enfermos ojos buscan luz,
nuestros labios el río de la vida.

Te adoramos, oh Cruz que fabricamos
pecadores con manos deicidas;
te adoramos, ornato del Señor,
sacramento de nuestra eterna dicha. Amén

(Puebla, 3 mayo 2011)

Para ver la explicación de este himno, véase: Brille la Cruz del Verbo, luminosa. Otros himnos sobre la Santa Cruz: El árbol de la vida fue plantado; Gloriosa, amable Cruz de Jesucristo.



lunes, 2 de mayo de 2011

41. Beato Juan Pablo II - El día después


Soliloquio desde el corazón de la Iglesia
Ayer fue beatificado el Papa Juan Pablo II, que durante XXVII años cruzó por el curso de la vida  de la Iglesia peregrina (1978-2005), y de mi vida en concreto Algo misterioso llamaba a mi corazón para levantarme a las 3 de la madrugada (hora de México) y encender el televisor hasta las 6 del día, cuando se cerró el programa con un  beso de los cardenales al ataúd – ya relicario de Papa – que de las Grutas Vaticanas subía los altares. Era el amanecer y los hermanos ya estábamos convocados para la oración, pero tuve tiempo para ir a la computadora y ver si ya estaba recogida en Internet la homilía de Benedicto XVI. Estaba; la imprimí cuidadosamente, para mi uso íntimo y para servirme de ella en las tres misas que tenía asignadas en este domingo; y así lo hice.
El día fue demasiado breve para cargar con tantas vivencias que suscitaba en mi espíritu este evento histórico en la Iglesia. Y al despertar esta mañana, iban y venían, mecidas en el albor del día, que es una hora privilegiada de encuentro con la verdad.
Quizás a algún confidente respetuoso le puedan hacer algún bien, en ese parentesco universal que nos une.

1. Nos guste o no, o nos agrade más o menos, definitivamente el polaco Karol Wojtyla, Juan Pablo II, y ahora cálidamente Beato Juan Pablo II, ha subido y muy alto en el pódium de la historia del siglo XX. Si la historia concede apellidos a Reyes y Papas, ya  a este Ciudadano universal, desde su muerte, algunos quería llamarle Juan Pablo II, el Grande. Personalmente no me agrada que le pegaran ese mote de honor, que para mi modo de ver es una amenaza a esa humildad y sencillez de quienes seguimos al único Señor, al Siervo Jesús de Nazaret.
Los políticos, los seculares, lo podrán junto de cara a la era del Comunismo: él derrocó el comunismo en Europa; primero con Solidaridad en Polonia, y después, desde Polonia, en la Unión Soviética. En su juventud fue víctima del comunismo imperante; ahora, vencedor.
Ciertamente que Juan Pablo II en la coyuntura histórica de la Iglesia del siglo XX, tan zarandeada por el secularismo que iba irrumpiendo y afianzándose, el Papa ha sido el mejor embajador de la Iglesia Católica para los creyentes católicos y frente al mundo. El Papa venido de lejos ha hecho que la Iglesia tuviera presencia, lugar y crédito ante el mundo. Nadie ha visitado tantas naciones; nadie ha recibido tantas aclamaciones.
Pero quizás haya profetas o serios pensadores, que sugieran: No, esa gloria ha sido precisamente la debilidad de su pontificado. El triunfo de masas no es justamente el camino de Jesús. Las multitudes que hoy aclaman quizás mañana voten leyes en contra de los principios que firmememente enseña el Papa. Era un comentario surgido en España, cuando dos millones salieron a aclamar al Papa en Madrid, también el gobierno (1982) y al poco tiempo venían las leyes en pro de una sociedad muy distintra de la que el Papa proponía.
México ha amado, ha idolatrado al Papa. Esto es cierto y nos complace. Años antes de la muerte le levantaron una majestuosa estatua de bronce ante la Basílica en la Villa. Con todo, en esta ocasión, los críticos hacen una evaluación del paso del Papa por México y América, evaluación que ya antes la había sugerido el  mismo Papa ante el episcopado.
Un periódico mexicano, con filo crítico frente a la beatificación, acumulaba datos: En 1970 el 96,17 % del censo de la ciudadanía se profesaba católico; en 1980 había bajado el porcentaje al 92,62 %, pese a la primera visita. Hubo cuatro visitas más y el censo del pasado año (2010) dice que el 82,72 % son católicos. Dicen además las estadísticas que en 2008 sólo el 73,69 % pasan por el sacramento del bautismo en católico.
Estos datos en sí alarmantes, porque son datos que se aumentan de modo progresivo, no anulan el fervor sincero que los mexicanos han manifestado al Santo Padre, pero sí nos abren los ojos a una realidad palmaria: la fe de multitudes – que nos agrada y hasta nos consuela y fortalece - no es precisamente la fe que construye la Iglesia.



2. El Papa ciertamente ha batido todos los records de cosas grandes, como lo indican al dar noticias de su pontificado en cifras. Y la última cifra ha sido la de su beatificación.  L'Osservatore Romano de hoy, que por honestidad profesional trata de ser lo más objetivo posible, habla en portada de millón y medio de peregrinos, venidos de todo el mundo, y muestra una foto aérea en la que la plaza de San Pedro se desborda por la Via della Conciliazione hasta el Castel Sant'Angelo. Los que han llegado a Roma semejaban, mirando la plaza y las calles, como un inmenso mar... Pero no era solo Roma. Como no ha ocurrido con otros santos, al tiempo que se preparaba o se celebraba la beatificación, había estadios y centros de convenciones que congregaban a multitudes en vigilias de oración u homenajes para honrar a: “Juan Pablo – Segundo – te quiere todo el mundo”.
Negar estos homenajes apoteósicos y no abrirse al caudal de cariño que los mueve sería cerrase orgullosamente a la evidencia. Mirabilis Deus in sanctis suis: Dios es admirable en sus santos.


 Foto de 1995 escogida para presidir la beatificación
3. Con todo, no es esa la “vera effigies” que la Iglesia guarda de quien, con tan larga bendición, fuera pastor, testigo de la fe, misionero..., de quien empalmó con la hora de la juventud y defendió, como antropología, un humanismo filosófico abierto al Evangelio.
Hay que volver a los píos años de su juventud en los tiempos de la piadosísima Polonia, en medio de la lucha engendraba santos portadores de la piedad tradicional. La devoción a la Virgen era un puntal clave. Cuando los hermanos de mi generación vimos que el Papa elegido tenía como lema el “Totus tuus”, nosotros sabíamos perfectamente qué significada, porque esa era la espiritualidad que se nos había infundido desde niños seminaristas: ad Iesum per Mariam, la consagración de esclavos de amor a la Virgen María. Luego vimos que el Papa, a sus cincuenta años de sacerdote, haciendo el repaso de su vida, en el libro sobre el sacerdocio Don y Misterio, explicaba detalles. Y más tarde abría su corazón a la familia montfortiana, con el motivo (acaso excusa) de conmemorar los 160 años del descubrimiento del Tratado de la verdadera devoción a la Virgen María de San Luis María Grignion de Montfort. Les decía: “A mí personalmente, en los años de mi juventud, me ayudó mucho la lectura de este libro, en el que "encontré la respuesta a mis dudas", debidas al temor de que el culto a María, "si se hace excesivo, acaba por comprometer la supremacía del culto debido a Cristo" (Don y misterio, BAC 1996, p. 43). Bajo la guía sabia de san Luis María comprendí que, si se vive el misterio de María en Cristo, ese peligro no existe. En efecto, el pensamiento mariológico de este santo "está basado en el misterio trinitario y en la verdad de la encarnación del Verbo de Dios" (ib.)” (Carta del 8 de diciembre de 2003).
Esta forma de devoción, que no se puede imponer a nadie para seguir el camino de la perfección cristiana, da razón de uno de los secretos más puros y constantes del alma del Beato Juan Pablo. Esto explica sus documentos marianos, sus visitas a los santuarios de la Virgen en su viajes apostólicos, y también y, sobre todo, la linfa de su fervor cristológico. El centro de su corazón no es la Virgen, la Madre; es Cristo. Cristo Jesús, Redentor.
Todo esto queda dentro del corazón de la Iglesia. Los analistas sociológicos dirán otra cosa con otro lenguaje mucho más en consonancia, pero los que antes del Concilio hemos seguido el camino en ese tono espiritual y esa praxis piadosa, lo comprendemos muy bien, y vemos con evidencia – al mismo tiempo que con sabroso gozo – que de ese foco del amor a María y a Jesús se deriva todo: su ímpetu sacerdotal, su afán de misionero universal, su gran proyecto de llevar a la Iglesia al Tercer Milenio por los caminos marcados por el Vaticano II.
Para siempre Juan Pablo será alguien en nuestra vida, en mi vida personal (como lo es Pablo VI, por quien tengo celo para que cuanto antes suba a la misma peana, con su rostro humilde, con su corazón fragante, con su mente modernísima abierta al mundo).
Yo guardaré el volumen que ahora contemplo ante mí: el volumen de sus 14 encíclicas. Pero fueron igualmente maravillosos los documentos que originó para preparar, celebrar y concluir el Año Bimilenario de la Redención (Año Jubilar del 2000), e iniciar el tercer Milenio: Tertio Millennio ineunte, éste una auténtica joya de vida espiritual.
Hermano, hermana, que me has hecho la gracia de leer este soliloquio y confidencia, pasó el Día, y van a volver las aguas a sus cauces normales, también los sentimientos sublimados con la emoción de la jornada de ayer. Pasaron las fiestas, pero algo para siempre ha quedado en mi corazón, que de alguna manera he tratado de expresarlo.
Concluyo, querido confidente, amada confidente: que sea la verdad la medida de nuestra serenidad; y que sea el amor el balbuceo de algo que quisiera decir y que, bajando los ojos, no puedo decir... Comprenderás: el amor es siempre más, por eso como nada participa del ser divino.
Hermano Juan Pablo, Beato Juan Pablo, ruega por mí.

Puebla de los Ángeles (México), 2 de mayo de 2011, san Atanasio de Alejandría.

viernes, 29 de abril de 2011

40. Domingo II de Pascua de la Divina Misericordia


En la beatificación de Juan Pablo II, Papa
Hermanos:
1. Este Domingo octava de Pascua, que este año ha coincidido con el 1 de mayo, Día Mundial de las reivindicaciones de los Trabajadores, en los anales de la Iglesia Católica quedará como el día en que fue beatificado el Papa Juan Pablo II, el Papa a quien todos nosotros hemos conocido en la televisión; a quien seguramente le hemos visto en nuestras calles y plazas. Y a lo mejor, hasta tenemos una foto con él.
El que en este momento habla sí la tiene. No es cosa para presumir, como si el tener un retrato con el Papa nos diera una categoría especial, poco menos que un título nobiliario; miles y miles lo tenemos. Lo emocionante es poder decir con la foto en la mano: Mira los Ciudadanos del cielo y los Ciudadanos de la tierra, estamos emparentados; parece que somos de la misma familia... 
Y así es en verdad, porque el Señor que nos dado vida y gloria es el mismo. En realidad, en este tiempo de Pascua, que inauguramos en la Vigilia pascual, los relatos de las apariciones, que hemos ido proclamando y escuchando en las misas de la primera semana pascual, nos dicen esto. Una relación de familia une a Jesús con los suyos, que ha dejado en la tierra.

2. Las dos escenas evangélicas de este domingo – lo que ocurrió en la noche del día de resurrección, lo que ocurrió una semana después, siempre de la mano de san Juan – nos lo dicen divinamente.
Para Jesús Resucitado no hay espacio: cruza los espacios, atraviesa los muros sin quiebra de su cuerpo glorioso. Pero es que tampoco hay tiempo, podemos añadir. Esas dos coordenadas de la materia, espacio y tiempo, no existen para su presencia en medio de nosotros. No hay lejanía de tierra, no hay siglos ni milenios que nos separen de él. Lo que narra el Evangelio, que es el sacramento de su presencia, acontece hoy y acontece aquí. El Evangelio se escribe no para recuperar memoria de algo que ya pasó, sino para actualizar un  acontecimiento que es nuestro y que está presente. Así el Evangelio alcanza su plenitud.

3. ¿Qué está diciendo, pues, el Evangelio? Que Jesús se presenta en medio – él es el centro de nuestra comunidad –;  que nos abre manos y corazón, todos los tesoros de Dios, que él los disfruta; que nos da la paz, esencia de todos los bienes; que nos entrega el Espíritu Santo, término de la Trinidad; que nos da el perdón de los pecados y la plena amistad divina; en suma, que nos da su divino cuerpo, que en la fe podemos adorar y disfrutar como fuente de todas las delicias, porque es el cuerpo sacratísimo de Dios humanado, el mismo que recibimos en la Eucaristía.
¿Hay una palabra que puede juntar todas estas cosas? Sí la hay, y ésta es: el Amor de Dios. En Jesús Resucitado se desborda y se entrega a la criatura todo el amor de Dios; Y este Amor tiene otra palabra equivalente: la Misericordia. La Misericordia no es sino el amor percibido por el indigente como ternura, compasión, acogida.

4. Nada extraño que el año 2000, tal domingo como hoy que entonces cayó el 30 de abril, domingo en el que el Papa canonizaba a su compatriota la humilde religiosa Faustina Kowalska, santa Faustina Kowalska (nacida el 25 de agosto de 1905, muere el 5 de octubre de 1938), el Papa dijera en su homilía: “Es importante que acojamos íntegramente el mensaje que nos transmite la palabra de Dios en este segundo domingo de Pascua, que a partir de ahora en toda la Iglesia se designará con el nombre de "domingo de la Misericordia divina". Año antes, en 1993, el Papa había escogido también el Domingo II de Pascua para la beatificación de Sor Faustina.
En realidad, la cosa venía de lejos. Cuando Karol Wojtyla era el joven arzobispo de Cracovia introdujo la causa de beatificación de esta humilde religiosa (1965) que perteneció a las Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia. Sus escritos de revelaciones y comunicaciones celestiales estuvieron durante años censurados y prohibidos (1959).
El último toque de amor de la Divina Misericordia para este Papa, que escribió una encíclica sobre Dios, rico en misericordia (Dives in misericordia, 1980), fue cuando su muerte. Recordamos cómo la televisión transmitía aquellas imágenes del pueblo cristiano velando la agonía del Papa desde la plaza de San Pedro. Lo que no pudo transmitir fue la misa en la habitación del Papa poco antes de morir. El Papa Juan Pablo II murió el 2 de abril de 2005, a las 21:37 horas. Comenzaba el Domingo de la Divina Misericordia y ante el lecho del agonizante se celebró la Misa del Domingo II de Pascua o de la Divina Misericordia.
Nos place y llena de devoción que en el folleto de la liturgia de la beatificación del Papa (que puede verse en Internet, vatican.va) contemplemos esta imagen: el Jesús de la Divina Misericordia, ese Jesús ante el que decimos “¡Jesús, en ti confío!”. Los rayos que salen del corazón de Jesús – la sangre y el agua, que salieron de su divino costado, los sacramentos y el don del Espíritu Santo – desciendan sobre la cabeza del humilde y piadoso Juan Pablo II, de rodillas en oración.

5. En este domingo en que toda la vive con gozo esta gracia, queremos de nuestra parte unirnos a este homenaje, que bien entendido es un homenaje a Cristo, amor misericordioso del Padre. A él la gloria y la alabanza y la acción de gracias por todo la eternidad. He aquí el himno que de nuestra parte hemos compuesto.

Himno
en la beatificación del Papa
Juan Pablo II
(Roma, 1 mayo 2011)

Juan Pablo de mil caminos,
con la cruz de Cristo alzada,
¡una peana de amor
hoy la Iglesia te levanta!

1. Cristo Jesús Redentor
fue tu primera palabra:
¡abrid las puertas a Cristo,
sin miedo, con esperanza!

2. Y a la Virgen, dulce Madre,
acogeos con confianza:
“Soy todo tuyo”, María,
de Jesús trono de gracia.

Juan Pablo de mil caminos,
con la cruz de Cristo alzada,
¡una peana de amor
hoy la Iglesia te levanta!

3. Europa – Oriente, Occidente –
dos pulmones para un alma,
y una fe, testigo vivo
de sus raíces cristianas.

4. Y el mundo, nuestra familia,
que Dios mismo a sí consagra;
reine el amor y la vida,
Dios viviente en toda raza.

Juan Pablo de mil caminos,
con la cruz de Cristo alzada,
¡una peana de amor
hoy la Iglesia te levanta!

5. Juan Pablo el humilde y grande,
hoy coronado en la Patria,
Beato Juan Pablo, hermano,
y amigo que nos abrazas.

6. ¡Divina Misericordia
de Dios que perdona y ama,
por el don de este cristiano
gloria y hermosa alabanza! Amén.

Juan Pablo de mil caminos,
con la cruz de Cristo alzada,
¡una peana de amor
hoy la Iglesia te levanta!

Puebla de los Ángeles (México), 9 abril 2011
Rufino María Grández Lecumberri, OFMCap

jueves, 28 de abril de 2011

39. Aparición a los discípulos con Tomás


San Juan 20,24-29
(Una meditación sacerdotal en Ejercicios)

El llamamiento a la mística

La secuencia de pensamiento que van brotando en el corazón al paso que avanzamos en el examen de los relatos de las apariciones – estamos en Ejercicios Espirituales - nos impulsa a aceptar estas conclusiones:

1.    Es connatural a la fe cristiana la experiencia mística de las verdades que se nos han transmitido.
2.    De alguna manera todo cristiano lleva dentro de su corazón un místico destinado a vivir familiarmente con el misterio.
3.    Probablemente yo tengo una llamada personal hacia ese tipo de vida interior que, sin una fenomenología exótica, puedo llamar con rigor “mística”.
4.    Claro que el aceptar mi vocación mística me llevaría a una reorganización de estilo y de detalles que pueden modificar bastante mis hábitos.
5.    Me atrevo a atisbar por dónde puede  ir mi camino espiritual como camino místico:

a)    Tendré que poner la oración como ritmo acompasado de mi vida, día a día.
b)    Mi oración la tengo que orientar hacia un modo y talante contemplativo.
c)     Obviamente el alimento de mi experiencia mística va a ser una lectura constante, amorosa, de las sagradas Escrituras como libro de las maravillas de Dios, que me unge de sabiduría y me lleva a contemplar y proclamar la grandeza del amor de Dios.
d)    Igualmente me tengo que abrir a una liturgia que sea del todo objetiva, pasando de los textos al misterio, y no cediendo al engaño de una liturgia efectista que complace pasajeramente los oídos.
e)     Debo renunciar a un estilo profano de de vida, de reacciones, de apariencias (empezando, acaso, por mi modo de vestir), sin que tenga por qué adoptar un aire de falsamente devoto.
f)      Al contrario, todo lo que sea vida (por ejemplo, la estética en múltiples formas)  lo veré y lo apreciaré dejándome llevar por esa fascinación que se opera en lo profundo del ser.
g)    Buscaré que el sentido de la Presencia de Dios impregne mi ser y sea inherente a mi estilo íntimo ante la vida.
h)    ¿Seré capaz de aceptar este estilo como vocación? ¿Acojo humilde y valerosamente esta llamada de que el mundo no tiene tanto necesidad de maestros cuanto de testigos (Pablo VI, Evangelii nuntiandi), y que un testigo es, ante todo, un hombre – una mujer – cogido y atrapado por Dios, de tal manera que Dios sea su área de existencia?
Esa veta mística, esa vena de agua viva, esa palabra no convencional sino auténtica brotada del encuentro, la necesita imperiosamente el mundo secularizado en que vivimos; la necesita nuestra institución eclesial; la necesita nuestro presbiterio, lo mismo que nuestros colectivos de religiosos. Cuando la edad crece y abruma, es muy fácil renunciar a la vida e ir pasando el tiempo anodinamente.
(Karl Rahner escribió que «el cristiano del s. XXI será místico a no será». Frase muy citada, con pequeñas variantes, sin alusión al libro de donde procede).

Podríamos definir al místico, por poner ejemplos, con estas aproximaciones:
- el que presenta la otra parte de la alternativa de una manera muy distinta y vincula a ella su persona;
- el que está dispuesto a perderlo todo al iniciar un proyecto;
- el que, olvidando todo su pasado, comienza un proyecto nuevo sin dejar abierto el camino de retorno;
- el que piensa (y actúa en consecuencia) que Cristo Crucificado tiene razón por sí solo;
- el que con alma, vida y corazón, está dispuesto a consagrarse a un proyecto necesario pero sin vías de futuro...


El caso de Tomás:
La incredulidad de los que, por lo demás,  creen

1. Para entender el caso de Tomás hay que partir del hecho de que:
- Los apóstoles, en su conjunto, no creyeron.

Sintetiza el Evangelio de Marcos:
“Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a comunicar la noticia a los que habían vivido con él, que estaban tristes y llorosos. Ellos, al oír que vivía y que había sido visto por ella, no creyeron. Después de esto, se apareció, bajo otra figura, a dos de ellos cuando iban de camino a una aldea. Ellos volvieron a comunicárselo a los demás; pero tampoco creyeron a éstos. Por último, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado” (Mc 16,9-14).

2. Con esto se puede llegar a esta diagnosis: la resurrección, de por sí, ni es evidente, ni es argumentable. La incredulidad básica frente a la resurrección es como el “hominis status naturalis”. Lo natural es no creer
La fe, por lo tanto, será don y gracia.
Con todo Jesús les echa en cara su “incredulidad”, bien sea al grupo, bien sea, particularmente, a Tomás. Con ello se deja entender que la Comunidad confesante es motivo de fe, op nos abre a la fe.

3. En el caso sucede que esta incredulidad es propia
- de los buenos,
- e, incluso, de los Apóstoles. Tomás es un hombre decidido (Jn 11,16), un apóstol de la intimidad de Jesús  (Jn 14,5).

4. Un análisis último nos lleva a percibir que entre la incredulidad (no ha resucitado, porque eso es imposible) y la fe (sí ha resucitado, porque Dios lo testifica) hay una pared divisoria que solo la gracia la puede derribar. Y esto, sólo si uno acepta recibir la gracia que se le da.

Una incredulidad constitutiva del corazón humano
Posiblemente el corazón humano, natura sua, está instalado en una especie de incredulidad constitutiva (con hambre, por otra parte, de lo transcendente), que tiene diverso cariz:
- una incredulidad que es más bien una ignorancia pasiva,
- una despreocupación de las cosas cuyo conocimiento no aporta un fruto rentable,
- una incredulidad que nos ata a vivir en este más acá de las cosas en lugar de traspasarnos al más allá,
- una incredulidad es una especie de indiferencia, apatía, adormecimiento... por las cosas del Espíritu, que puede ser estado habitual años y años,
- una incredulidad-rutina, de quien celebra los sacramentos más bien por honestidad profesional y da consejos de modo abstractamente convencional.
- En fin, hay una incredulidad que está justificada por la soberanía de la razón, que busca la evidencia de las pruebas, bajo mi control personal. Hasta aquí ha derivado la incredulidad de Tomás.
La incredulidad nos mantiene en un encogimiento del ser; retiene y aprisiona la expansión del corazón.

La prueba de la Encarnación que Tomás exige
En la prueba que Tomás exige para dar su asentimiento y creer – es decir, entregarse al Resucitado – queda evocada la escena anterior. Jesús ha entrado con su carne santísima en contacto con la comunidad creyente. Para Tomás, como increyente, no es posible:
- ni la nueva realidad de Jesús carne del Espíritu,
- ni la comunión con la comunidad de seguidores.

Por otra parte, y además de lo anterior, Tomás enfrenta su yo personal, que debe ser garante de estas verdades, frente a la comunidad que es comunidad de discípulos, ayer de Jesús paciente hoy de Jesús Resucitado. La fe, como acto personal, requiere mi verificación personal, y la comunidad (que luego llamaremos “tradición”) no me lo puede proporcionar.
Tomás, por tanto, pone ante los ojos de la iglesia el problema central de la fe, ligada al testimonio de Dios y a la transmisión en el seno de la Comunidad.

La prueba de la Encarnación que Jesús da

A Tomás se le invita ahora a ver y palpar el cuerpo de la Encarnación a pasar de la incredulidad a la fe. Entre ambas la separación puede ser una simple membrana; la distancia, sin embargo, es insalvable.
La prueba para Tomás es la misma que ha negado: el contacto de la Encarnación, consumada en la Resurrección, por la comunión con este mundo. Jesús Resucitado es presencia vivificante del mundo. Aceptar esto es entrar en la fe.
La fe, por lo tanto, es comunión con la carne de Cristo, con su santa humanidad.
La fe da el paso sublime a la divinidad.
Jesús invita a vivir con su divinidad tangible, como si su cuerpo (es decir, su vida, su dolor, su sangre, su delicia...) estuviera conglutinado en nuestra experiencia empírica; como si el mundo nuevo – lo que ni ojo vio, ni oído oyó – fuera parte de nuestra realidad cotidiana

La fe de Tomás culmina en la adoración:
¡Señor mío y Dios mío!

Sin duda que la fe tiene múltiples manifestaciones, cuantas son las manifestaciones de la vida, porque toda vida pasa a ser fe. Pero la fe tiene una manifestación propia sublime: la adoración amorosa. Esa adoración es el punto que nos coloca en ese anhelo del tránsito hacia Él.
Nuestra oración, como ejercicio, tiende a eso: a terminar en un “¡Dios mío, te amo!” Si esto existe, existe la oración; si nuestra oración no queda traspasada en un “Te amo”  queda retenida en una reflexión.

“Más” bienaventurados los que crean
sin haber visto

La bienaventuranza final del relato va dirigida a los destinatarios del Evangelio. Hay una comparación entre el caso de Tomás y el nuestro. Nada se le quita a Tomás, pero lo que se pondera es la gracia nuestra, que, sin la “prueba  empírica” de la fe alcanzamos lo que Tomás alcanzó.
Y esta es la gracia a la que el Señor nos invita: la gracia de la fe total. Es la
- fe-abandono,
- fe viva y oscura,
- fe perseverante,
- fe que implica y entrega toda la vida

Puebla, Jueves de Pascua, 28 abril 2011.
 
Jueves de Pascua 2011
Lucas 24,35-48
(28 abril 2011)

¿A quién miran y a quien ven
los cuatro transfigurados?
No los creáis espantados,
que están los cuatro muy bien
cenando en Jerusalén.

Eran cuatro y uno más
delante, en medio y detrás.
Eras tú, Jesús amado,
que nos abriste el costado
para no salir jamás.
Puebla, Jueves de Pascua 2011