viernes, 24 de febrero de 2012

194. La Cuaresma de Jesús, una sola para siempre

Domingo I de Cuaresma, ciclo B
Evangelio de san Marcos 1,12-13
Hermanos:

1. Todos los años la Cuaresma se abre  el primer domingo con la misma escena del Evangelio: Jesús en el desierto; las tentaciones de Jesús. La variante es que cada año el texto viene de un Evangelio diferente: el primer año san Mateo, el segundo san Marcos, el tercero san Lucas. Este año es san Marcos.
En este relato el Evangelio de Marcos es extraordinariamente conciso: solo tres versículos para un suceso tan significativo de la vida de Jesús. No hay tres tentaciones, como describen los otros dos evangelistas citados, ni siquiera una. Tan solo se dice que fue al desierto para ser tentado por la siniestra presencia de Satanás. Esta discreción del evangelista nos hace pensar, y hasta surge la cuestión de si Marcos no abrevia nada, sino que, más bien, los otros dos son quienes escenifican en tres tentaciones paradigma lo que fue un secreto absoluto de Jesús.
Un estudioso ajeno a la fe del Evangelio diría tranquilamente que las tentaciones de Jesús por el tentador, que en hebreo llaman El Satán, o Satanás, son ni más ni menso que un mito en torno a la figura de Jesús, a quien un grupo entusiástico adora como a su Mesías-Dios. Un mero análisis de antigua literatura nos llevaría a estas conclusiones: el mito del Tentado Vencedor para la victoria a la tropa de sus fanáticos seguidores.
Aparte de que esto, dicho así tan simplemente, es un burdo racionalismo, no nos llevaría a plantear las implicaciones que esta escena esconde de cara a Jesús y de cara a nosotros. Una escena misteriosa, abismo sin fondo de la psicología y la personalidad de Jesús, pero una escena que de ninguna manera se puede leer e interpretar, sino en un unión indisoluble con lo que inmediatamente antecede: el bautismo de Jesús en el Jordán.

2. Hagamos esta prueba de una lectura continua e indivisa de Bautismo y Desierto, para percibir el enlace y el sentido íntimo que las aglutina. Suena de esta manera el texto de san Marcos:

“Y sucedió que por aquellos días llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán.
Apenas salió del agua vio rasgarse los cielos y al Espíritu que baja hacia él como una paloma.
Se oyó una voz desde los cielos: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”.
A continuación el Espíritu lo empujó al desierto.
Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; vivía con las fieras y los ángeles le servían” (Mc 1,9-13).
En el centro de este pasaje resplandece una Teofanía, que es una aparición de Dios. No se ve ninguna figura; se escucha tan solo una voz, que del cielo a la tierra pronuncia una declaración de amor: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco. Una frase que adquiere un sentido infinito, porque es Dios mismo quien la pronuncia. Ya no es la creatura la que habla al Creador en un deliquio amoroso; es el creador quien se vierte sobre la creatura, a quien llama Hijo amado, Hijo único, y a quien eleva a su rango: En ti me complazco. El Padre y el Hijo están en el mismo plano de un diálogo eterno.
La sublime escena no puede terminar ahí.

3. Y efectivamente, el Espíritu, que era el secreto medio de esta relación amorosa infinita, lo empuja al desierto. Y el creyente que medita el misterio, lleno de misterioso asombro, dice: El desierto no es más que la prolongación de esa Teofanía que corona el Bautismo de Jesús, Siervo de Dios, Hijo amado de Dios.
Hay comparaciones del Antiguo Testamento que nos adentran en los secretos que sugiere la escena, y la más inmediata es aquella escena de Moisés en el monte Sinaí, cuando estuvo segunda vez, para recomponer la Alianza quebrantada con el becerro de oro. “Moisés estuvo allí con el Señor cuarenta días con sus cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua; y escribió en las tablas las palabras de la alianza, las Diez Palabras” (Ex 34,28). Este Sinaí de Moisés es la morada celeste de Dios; Moisés es u  elegido que vive con Dios, como nadie ha podido vivir sin comer pan ni beber agua, durante cuarenta días con sus cuarenta noches.
El desierto de Jesús nos introduce en el Sinaí de Jesús. Allí va a vivir en la intimidad con Dios; allí se le van a dar las tablas de la alianza nueva y eterna, que es el Evangelio.
El desierto es para Jesús, guiado por el Espíritu, ante todo, una experiencia de divinidad, de fusión de su santa humanidad con el ser divino de Dios, la experiencia inaugural de su misión en la tierra y de la presencia de Dios en el mundo. Por eso Jesús, aunque repita sus ratos de oración, sus noches de oración, no repetirá el desierto, como no repetirá el bautismo, vivencia única e irrepetible que introduce lo divino en la tierra.

4. En el desierto surge la figura del Tentador, que es el opositor de Dios, e opositor de Jesús.
El Tentador, fuerza demoníaca, que es el antígono de Dios, está presente, e incluso enraizado, en toda vida humana. Es imposible que una vida humana, la mía por ejemplo, cruce este mundo sin pasar por la tentación. Desde el Paraíso la tentación es parte de nuestro ser, de nuestro devenir histórico. Jesús ha pasado por la prueba de su sacrosanta humanidad, y ha vencido al que detentaba el poder sobre sus hijos. Lo ha vencido de plano, tanto que en nuestra tentación ha sido derrotada en ella. La tentación de Jesús era la asunción de la nuestra, y su victoria era nuestra victoria, que nos llega hasta hoy.
La tentación humana de Jesús, leída en el misterio total e su persona, se vuelve contemporánea, al mismo tiempo que es el anuncio final del triunfo irreversible de la Pascua.
El desierto de Jesús pertenece a toda su consagración pascual.  

5. Quizás desde ahí haya que leer la compañía de las fieras y de los ángeles. Si la tentación de Jesús nos remite al Sinaí de Moisés y a la entrega de la Alianza, igualmente esta tentación nos remite a la tentación de Adán en el paraíso.
Adán sucumbió; quiso salir de su puesto de creatura para una escalada imposible: “seréis como dioses”. Y al sucumbir de plano a la tentación, estalló la armonía del mundo, que solo puede ser recuperada mediante la muerte del Hijo. Mientras Adán vivía en obediencia a Dios, el mundo era armonía y podía conversar con los animales, sujetos a él, y a quienes había puesto, a  cada uno, su nombre propio. Todo eso se derrumbó cuando Adán fue expulsado del paraíso, a cargo de su pecado contra Dios.
Jesús, que es el nuevo Adán – como le llamará san Pablo – ahora en el plantel del Paraíso. Alternaba con las fieras y los ángeles le servían.
Las santas Escrituras del Nuevo Testamento nos dicen que los ángeles sirven a Jesús, y Jesús mismo en el huerto dijo, reprendiendo al discípulo que sale en su defensa: “¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de ángeles” (Mt 26,53).

6. Hermanos, ¡cuántas misteriosas alusiones se esconden detrás de un relato, que quiere llevarnos hasta el umbral del misterio de Jesús!
Ha empezado la salvación del mundo. Y Jesús, el Hijo amado, es el salvador.
Misterio del Bautismo prolongado en el misterio del Desierto.
Ha aparecido en la tierra nuestro Salvador.
Jesús, divino Hijo de Dios, partícipe del fondo del ser humano, primero de la humanidad, nuestro corazón se llena de admiración y gratitud. Tú eres el solidario de Dios y el solidario de los hombres. Tú eres el que nos amas.
Adoramos tu misterio eterno mostrado entre nosotros.
Asócianos – te rogamos – al ministerio de tus ángeles para servirte con toda reverencia. Amén.

Puebla de los ángeles, viernes 24 de febrero de 2012.


Cuaresma, desierto ardiente

1. Cuaresma, desierto ardiente
para Jesús bautizado,
cuando se interna empujado
desde el Jordán a la fuente.

2. Cuaresma, Teofanía,
intimidad de los tres,
Sinaí que a Moisés
unas primicias traía.

3. Cuaresma de adoración
del Hijo de amor transido
que en su carne ha percibido
que su triunfo es la oblación.

4. Cuaresma que es una y sola,
en unión  sacramental
con el misterio pascual
y la Cruz que lo enarbola.

5. Cuaresma de Cristo esposo,
Vencedor de Satanás;
a Dios solo adorarás,
tu Dios, tu paz, tu reposo.

6. Cuaresma del hombre nuevo
que de Jesús se levanta:
yo seré tu herencia santa,
y en mi corazón te llevo.

7. ¡Con los ángeles del cielo
inclinados te servimos,
y nuestro amor te decimos,
oh Cristo, dulce consuelo! Amén.

Puebla, domingo 26 febrero 2012.

martes, 21 de febrero de 2012

193. Un retiro cuaresmal

La Cuaresma,
humanidad divina de Jesús

Puntos para un retiro de Cuaresma sobre el Evangelio de Marcos 
a una Comunidad de consagrados o consagradas
(y a quien busca a Dios con corazón sincero)


I
Por una Cuaresma como vivencia mística
Sentido cristológico y redentor de la Cuaresma,
mysterium Christi

Nota en entrega. El hermano que escribe estas notas, escribió hace años un librito pedagógico, explicando elementos, proceso y espiritualidad de la Cuaresma. Parece que tuvo cierta fortuna porque El camino cuaresmal (CPL, Barcelona, 1994. 1996) fue traducido al italiano: Il cammino quaresimale (Libreria Editrice Vaticana 1996) y al portugués O Caminho quaresmal (Paulinas 2003). Ahí se describen, de una manera suficientemente orgánica, los elementos litúrgicos y espirituales que configuran la Cuaresma.
Los capítulos de esta pequeña obra son los siguientes:
Apertura de Cuaresma: Miércoles de ceniza, convocatoria de conversión - Las seis etapas del camino - El recio itinerario del Antiguo  - El día a día de la Cuaresma a la escucha de la  - Palabra - Semana Santa - Los tres ejercicios cuaresmales: el ayuno, la oración y la limosna - Como busca la cierva corrientes de agua: Cuaresma y bautismo - Últimos consejos: persona y comunidad cara a la Cuaresma
No es esta nuestra intención en este momento, sino destacar ciertos rasgos, con estilo meditativo, para que cada hermano según la inspiración del Señor trace su propio proyecto – o camino – cuaresmal.

1. Texto  Marcos 1,9-1
Y sucedió que por aquellos días llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán.
Apenas salió del agua vio rasgarse los cielos y al Espíritu que baja hacia él como una paloma.
Se oyó una voz desde los cielos: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”.
A continuación el Espíritu lo empujó al desierto.
Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; vivía con las fieras y los ángeles le servían

2. Bautismo y Cuaresma: perspectiva mistérica

1. En los Evangelios la Cuaresma de Jesús sigue al Bautismo de Jesús. Los dos episodios son inseparables. Aunque sean sucesivos en la cronología, en su íntimo sentido, en la vivencia que estructura a las personas, son indivisibles, con estas dos características:
1ª. La Teofanía del Bautismo no es el resultado de la preparación cuaresmal, como actualmente en las órdenes religiosas la profesión se hace después de la preparación larga, penitencial y silenciosa del noviciado. Al contrario, la Teofanía es el punto inicial y necesario para iniciar la Cuaresma, al cual se presenta al lector del Evangelio como obra del Espíritu, que conduce a Jesús. En suma, no hay Cuaresma de Jesús sin la previa Teofanía.
2ª. Por ello, la Cuaresma de Jesús es, ante todo, la revelación de la humanidad divina de Jesús, la consumación de su ser humano, cuyas profundidades se han comenzado a  descubrir cuando Jesús ha pedido el bautismo a Juan.
Con este enfoque radical estamos dando a la Cuaresma un enfoque primordialmente místico, por encima de la tarea ascética que es el programa que primero emerge al empezar a reflexionar sobre ella.

3. La Cuaresma, experiencia creatural

Sondeo sobre la experiencia humana
 La Cuaresma implica, en su ser, la experiencia creatural en la última radicalidad del ser.
Las vivencias de la creatura, en cuanto tal, vistas en un hombre cualquiera, son múltiples, como estas:
- Perspectiva de la muerte, que puede acaecer en cualquier momento por causas previsibles e imprevisibles, internas y externas: experiencia de la finitud en el tiempo, que trunca en su raíz la posesión del anhelo de inmortalidad.
- Experiencia de la enfermedad, que es el tope del cuerpo pasajero. La enfermedad nos habitan como un aviso constante, y se va manifestando en la vida con sus altibajos.
- Experiencia de la sustancial soledad como confinamiento del ser humano en sí mismo. No hablamos de la postergación, de la que uno puede ser objeto; ni tampoco de fracasos experimentados – acaso afectivos – que le repliegan a uno sobre sí mismo, sino de una soledad de más abajo, en que se encuentra el Yo como su hábitat.
- Experiencia de los avatares y caprichos de la vida, que no se pueden dominar. El triunfo, el logro en la vida no son proporcionales ni a los sueños ni al trabajo que uno ha puesto en el empeño. La vida lleva dentro un misterio aleatorio, que se hurta a nuestro dominio. La vida fluye, poderosa, si bien a merced de causas imponderables.
- Experiencia de grandes frustraciones. La vida está llena, si no de fracasos, sí de frustraciones. El ministerio de Jesús comportará la frustración de la no respuesta de su pueblo, comenzando con el drama mismo  de sus apóstoles.

Una descripción del ser humano
Todas estas múltiples experiencias nos llevan a una descripción del ser humano con este género de características:
- un ser desajustado entre sus anhelos y sus realidades;
- un ser donde se verifica de modo personal e inmediato la suprema indigencia; la pobreza en este fondo sustancial se llama indigencia;
- un ser anhelante de vida, que busca emborracharse de lo que sea (p.e., el deporte) para vivir, en verdad o falsedad, u olvidarse de la muerte que le corroe dentro;
- el deseo de vida puede concretarse en el deseo de una inmortalidad generacional, si bien nadie sabe cuál va a ser la suerte de sus hijos. (El matrimonio es la opinión inmediata, acertada o problemática, a fuerza de múltiples circunstancias, de la casi totalidad de la familia humana)
- un ser con una voracidad insaciable de amor;
- un aspecto de la indigencia es la inseguridad en que transcurren sus días;
- un ser que busca la verdad y se tropieza de continuo con el tope. El tope de la verdad son las infinitas teorías para todo.
- un ser que padece la experiencia más dura, la del Deus absconditus. ¿Quién es Dios para el hombre errabundo, cuando los dioses diferentes han conformado las distintas religiones desde tiempo inmemorable? ¿Es que Dios ha desamparado al hombre de tal manera que le deje a merced de sus propias opiniones.


Dilema absoluto: el hombre es creatura, no es Dios
Todas estas indigencias, que presentan variedades distintas según cada historia personal, se reducen a una: el ser humano es una criatura, y no es Dios. Y debe aceptar su puesto en el mundo como creatura, y jamás intentar suplantar a Dios, cosa que no hizo Adán, mostrándonos a todas las generaciones cuál es el pecado que llevamos dentro.
Ese es el misterio humano: alteridad, parentesco, plenitud.

La pecaminosa actitud del hombre es huir de sí mismo y ser esquivo a la verdad, y espontáneamente lucha por retorcer la verdad y evadirse de ella.
Cuando huimos de la Verdad, lo hacemos por un fortísimo impulso interior, mediante el cual,
- o bien queremos justificarnos a nosotros mismos ante nuestra conciencia, forzando sutilmente cuanto haya que forzar en una semioscuridad para decirnos que estamos en la verdad;
- o bien huimos de la verdad para justificarnos ante los demás.

Tentación de fuga de sí mismo
Insistimos. Una “solución de vida” es olvidarnos de nosotros, no abordar la propia interioridad, y dedicarnos a trabajar…, trabajar…, organizar, planificar, trazar esquemas, redactar documentos, celebrar reuniones… pasando por encima de la oración, vivida y celebrada que nunca negada, queda postergada y mal vivida. En definitiva, optar por una vida de áurea mediocridad, con buen renombre al exterior y cierta autosatisfacción interior de que, al fin de cuentas, estamos trabajando por el Reino.

Te invito, hermano, para tu examen cuaresmal, a responder a preguntas, situadas no en los parámetros de una áurea mediocridad, sino en el anhelo de ser todo de Dios con una lógica total.

(Nota. En este sondeo del corazón humano hemos visto con datos concretos de nuestra realidad de familia religiosa casos tristísimos, públicos, que uno quisiera olvidar, pero han sido realidad, desfigurada imagen del corazón; o de la Iglesia – tal como el reciente Congreso convocado en Roma contra la pederastia –;  o de la sociedad en general: la realidad truculenta de las muertes por el narcotráfico… Todo ello nos remite a la marea del pecado que ha invadido la humanidad, según la consideración de san Pablo en Romanos 1-2).

4. El ser humano como morada del Espíritu

1. Si uno quedara anclado en la visión negativa del hombre, que hemos descrito, pudiera sucumbir frente a sí mismo sin salida.
No puede hacer uno de la contradicción inherente en nosotros, la pauta de su conducta. Ahí no puede surgir ni la esperanza ni la alegría, nutrición esencial para vivir y seguir viviendo.
Estamos habitados por otro mundo interior, que nos transforma y diviniza.  Cada uno debe encontrarlo, por gracia, y cultivarlo.
Hay una verdad sustentante del ser sobre las que se arman todas las demás en nuestro itinerario humano: es la nostalgia de Dios que no nos abandona en ninguna etapa de nuestra vida, más aún, en ningún instante. Platón lo captó cuando escribió sobre el amor en “El Banquete”. Y en  la misma línea san Agustín, al comenzar sus Confesiones (es decir sus Reconocimientos y Alabanzas a Dios) lo expresó así: Nos has hecho, Señor para ti, y nuestro corazón anda inquieto mientras no descanse en ti.
En este mundo interior se halla el verdadero amor. Es posible, por ejemplo, una divina amistad en la tierra; es posible que alguien, una mujer, pueda decir con un corazón limpio, sin traicionar al Señor: “Te quiero”.

Sobre esta espiritual amistad – por seguir la alusión – escribe el monje cisterciense Elredo de Rieval (en su orden san Elredo) su tratado De amicitia spirituali (ca. 1160). Cicerón disertó sobre la amistad (De amicitia, 20: “Amistad es tener un mismo sentir, con benevolencia y caridad, acerca de las cosas humana y divinas”). Y ya antes Aristóteles había dicho que nada más dulce en la tierra.
Elredo escribía en sus diálogos, lo que seguramente había experimentado:

“Me parece que amigo viene de amor. El amor es cierta afición del alma racional por la que ella busca algo con ardor y lo apetece para gozarlo; lo goza con cierta suavidad interior, lo abraza y lo guarda como adquisición propia. (…)
El amigo es el custodio del amor o, como dicen otros, el guardián del alma (Cicerón). Sí, es necesario que mi amigo sea custodio del mutuo amor y, aún más, de mi misma alma, para que guarde con silencio fiel todos sus secretos; para que cure y cargue con todas sus fuerzas cualquier vicio que vea; para que goce cuando gozo y llore cuando lloro, y sienta que son todas suyas las cosas de su amigo” (De amicitia spituali, Lib. I, 20).

2. Sí, para no asfixiarnos de tristeza, para no sucumbir en la onerosa tarea de la vida, necesitamos refugiarnos en lo interior – sin evadirnos del mundo – donde aparece la nueva creación.
Necesitamos encontrar la Belleza de Dios, concreta en algo (personas, pensamientos, actividades) y estrecharla dulcemente en nuestros brazos, y dejarnos acariciar por ella, para no enfermar mortalmente por los malos pensamientos. Aun la teología puede ser una cadena de malos pensamientos, que no liberan el ser, por más que sea amargo el pecado y no se pueda esquivar.
En el alma hay un jardín. Que no se seque por falta de riego; que todos los días podamos pasear por él, oreados por la brisa de la tarde.

3. Es un empeño diario de conversión el sacar de lo hondo de nosotros mismos (que tratamos de entregarnos del todo al Señor) ese fondo de la Nueva Creación en la cual respiramos, y que es la que sustenta nuestra esperanza.


II
La Cuaresma mística de Jesús
Encuentro con Dios, encuentro consigo, encuentro con el mundo

La Cuaresma de Jesús está encuadrada mentalmente dentro de lo que en el Antiguo Testamento es el desierto, de múltiples evocaciones. El desierto es el lugar de Sinaí, lugar de alianza y consagración.
En Jesús consagración y Alianza son del todo únicas.
Su Cuaresma es absolutamente mística, sin que pueda  separarse de su Cuaresma ascética (anacoreta del desierto, en duro ayuno).


1. El encuentro con Dios

1. Ante todo y radicalmente la Cuaresma de Jesús es una vida con el Espíritu que le lleva al Padre. La Cuaresma de Jesús habrá que definirla por la relación que se ha establecido entre el Espíritu y él.  Es un misterio espiritual, exclusivo y privativo de Jesús, que nosotros no podemos barruntar.
Nos quedamos en este umbral. Y ahí lo que produzca el Espíritu en nosotros.

2. Al hablar del Espíritu, hablamos del Padre, pues para la criatura el Espíritu es el mistagogo del Padre, el que lleva al Padre.
La Cuaresma de Jesús no puede ser otra cosa sino la prolongación de la ocurrido en el Bautismo: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”.
Esa es la palabra que uno puede captar como resonancia de la meditación de Jesús en el desierto.
Si la Cuaresma es ayuno, el ayuno no es sino la contrapartida de esa nutrición espiritual que le da de continuo el saberse Hijo amado, e incluso hijo único del Padre. Obviamente que en Jesús el ayuno no es ayuno penitencial de reparación de sus pecados, sino que es ayuno de sentirse alimentado de otra forma.


2. El encuentro consigo en el Espíritu

Historia externa e historia interna de Jesús
La teología se las trae en siglos recientes con un gran debate sobre el Jesús Histórico y el Cristo de la Fe, como si fuera dos matizadamente distintos que hay que estudiar con métodos exegéticos distintos.
La “aproximación al Jesús histórico”, sin prescindir de la fe, halla su fuente inmediata en la investigación crítico-histórica de la forma del texto que la ha contado, los cuatro Evangelios. Por principio, las hipótesis se multiplican innumerables, porque las conclusiones no son evidentes. (Por ejemplo, Jesús no nació en Belén, sino en Nazaret, y todo lo referente a Belén es una pura construcción teológico-mesiánica… ¿Quién puede asegurarnos de que esta mera hipótesis de aproximación al Jesús Histórico es críticamente demostrable?
La historia que se alcanza – cuando se alcanza - de Jesús es, básicamente, los datos de su historia externa, a los que, supuestamente, según las circunstancias corresponden atisbos de su historia interna; por ejemplo, su espíritu crítico, su misericordia, sus preferencias…

Pero la verdadera y profunda historia íntima, la historia interna de Jesús, está vedada a la investigación crítica.
- La historia interna de la infancia de Jesús (salvo el episodio de sus doce años) está oculta, es un secreto. “Crecía” es simplemente el testimonio que se refiere a su adolescencia, pero que vale igual de su infancia, y el complemento: “en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2,52).
- ¿Qué sabemos de la juventud y primera adultez de Jesús, edades en que se define y fragua definidamente la persona? Nada. Suposiciones por vía comparativa, de lo que se hacía y se vivía en Israel.
Pero para conocer al “individuo” su historia interna es la que nos interesaba, la reveladora, más que la historia interna.
Para la historia interna de Jesús tenemos nuestros parámetros personales, en virtud de los cuales, hacemos las correspondientes aplicaciones: así habría sentido Jesús…

3. La Cuaresma de Jesús como encuentro sacramental con los hombres, sus hermanos

1. Jesús se ha separado de la Comunidad de Israel – de la frecuencia a la sinagoga – para entrar de otro modo en el corazón de la Comunidad de Dios.
¿Qué ha llevado Jesús al desierto en su alforja de anacoreta? A lo mejor nada, ni alforja.  Jesús va como el día primero de la creación, cuando Adán y Eva fueron puestos en el mundo sin nada. El que tiene a Dios y puede contar con él, nada necesita; es la pobreza gloriosa.
Habría sido demasiado llevar un rollo de la Torá, o de los Profetas. ¿Pará qué? ¡Con lo que él llevaba dentro…!
Algo querrá significar cuando describe que vivía con las fieras y los ángeles le servían.
Al parecer, Jesús entra en el estado adámico, cuando, antes del pecado, reinaba la armonía. Y quizás podamos decir: ¡Qué feliz fue Jesús en el Paraíso del desierto!
El servicio de los ángeles no está contemplado, seguramente, como el homenaje final, como el premio a la victoria. Esta doble compañía habitual de las fieras y los ángeles acaso esté anunciando el inicio del mundo nuevo, que emerge desde la Trinidad, desde la comunión amorosa que él tiene con el Padre.

2. La lejanía del mundo, a veces nos aproxima increíblemente a los hombres, porque la soledad, ungida de oración, desarrolla enormemente las vísceras de la misericordia. A distancia, todo parece pequeño y perdonable. Y los afanes que tanto nos han hecho sufrir quedan muy relativizados. Es que, al final, ¡solo Dios! Y uno adquiere entrañas de misericordia para sí y para el mundo.

3. De Jesús en el desierto, antes bautizado en el Espíritu, consagrado en la Trinidad, sale el hombre nuevo anunciador del Reino. Es el mundo que va a anunciar Jesús y por el que va a morir en la Cruz: el mundo de las Bienaventuranzas, el Evangelio de los pobres.
El desierto para él ha sido el sello indeleble de su misión. Jesús, que ora de continuo, no tendrá un segundo desierto, porque su desierto fue de una vez para siempre.

4. Pero ha  luchado contra Satanás. Luego, a secuencia de san Marcos, la tradición evangélica de Mateo (4,1-11) y Lucas (4,1-13) especificará las tres tentaciones bíblicas que Jesús ha enfrentado cara a cara con el Adversario, y las ha vencido; lo ha vencido. Este es el Hombre. Es el hombre representativo de la Humanidad, que toma las riendas del destino humano, que Adán no las tomó.
Las tentaciones, descritas con un lenguaje u otro, son las tentaciones de Adán, de Israel, del ser humano en su historia, las mías. En el fondo, son todas las tentaciones.

Jesús podrá enseñarnos a orar en el Padrenuestro: “…y no nos introduzcas en la tentación” (Et ne nos inducas in tentationem), porque él las ha vencido todas, derrocando a Satanás justamente en el desierto.
La tentación a la que Jesús se refiere es la tentación escatológica, pero es que cada ser humano ya está en la tentación escatológica, en la que se juega su fidelidad  Dios o su condena.

5. Jesús está con los hombres y los hombres están con él. Y esto por una solidaridad que transciende el mero dato histórico, el cual no es constatable. Las tentaciones de Jesús son mis tentaciones: yo estaba allí, era tentado en él. Es clásico el texto de san Agustín (véase la lectura del Oficio de lectura del primer domingo de Cuaresma). Pero, igualmente y sobre todo – añadirá el santo doctor – la victoria de Jesús sobre el Tentador es mi propia victoria: yo estaba allí en él y con él.

6. Volviendo a la historia, el desierto y las tentaciones de Jesús son la historia al vivo de Jesús, son la proclamación de una humanidad igual que la mía, pero traspasada misteriosamente de ese Dios que yo anhelo, y al que él, de una manera única, puede llamar: ¡Dios mío, Padre mío!
Jesús es historia; es el pedestal de mi historia.


III
Desde todo lo dicho, nuestra Cuaresma,
mi Cuaresma

Una Cuaresma centrada en el misterio de Cristo

Yo puedo “programar” mi Cuaresma, apuntándome una serie de actos o propósitos cuaresmales, como el cristiano que dice: Yo en Cuaresma no voy a fumar, no voy a ir al cine… Está bien, pero hay algo mejor.
Vayamos directamente a Cristo, al misterio que él ha vivido. Y preguntémonos: ¿Cuál es la participación que me está ofreciendo Jesús? Desde Jesús, por Jesús, para Jesús  voy a participar en la Cuaresma, que la Iglesia instituye, no como una táctica, sino como venerabile sacramentum.
La Cuaresma de Jesús fue una Cuaresma trinitaria. ¿Cuál es la llamada de Jesús para mí a la fe y a la contemplación que debe dar forma a mi vida?
Y así en todas las demás preguntas que se planteen.

Una Cuaresma en mi camino personal

La Cuaresma en una llamada a la conversión cristiana, a la conversión al Evangelio.
Mi vida no puede ser otra que la vida evangélica. Solo la conversión abre las fuentes de la alegría. Posiblemente haya que dar fuertes virajes en mis hábitos y comportamientos, desde la sinceridad absoluta del corazón.
Una pregunta, hermano: ¿Cuántas veces acudes al sacramento de la reconciliación?
Haz un examen con sinceridad para que tu vida vuelva al Señor. Y no olvides que solo el amor puede ser la medida de tu entrega. La entrega que firmamos un día es una entrega sin condiciones. No somos “profesionales religiosos”; somos seguidores de Jesús hasta la muerte. A él hemos entregado cualidades, salud, tiempo, libertad y corazón.

Una Cuaresma con vibración comunitaria

Hay un método socorrido de: En Cuaresma nos vamos a privar de esto y de esto, y además vamos a hacer el Via Crucis todos los viernes. ¿Crees que con eso la Comunidad vibra en el misterio de Jesús?
Una Cuaresma en comunidad es, ante todo, una conversión a la fraternidad; un empeño generoso de sinceridad y de amor; una disponibilidad completa para colaborar y compartir; una luz nueva de que el Señor me hace partícipe de la vida íntima de mis hermanos, que respeto y que debo llevar día a día a la oración.
Una Cuaresma en Comunidad es una Cuaresma en la que todos y cada uno de los hermanos vibran por el anuncio evangélico y las obras apostólicas que se llevan a cabo.
Y así sucesivamente piensa la comunidad en oración y discernimiento.

En verdad y amor

La verdad es siempre más hermosa que la mentira, aunque sea la verdad de mis pecados…
El que quiere ir a la luz no puede pactar con las tinieblas para disimular su propio pecado, ni el pecado de su comunidad. No podemos hacernos preguntas agresivas que quizás producen heridas que no se restañan. Pero siempre tenemos que ir en búsqueda de la verdad, sin negarla. El Señor nos conceda el don de la humildad para ser dignos de la verdad.
La verdad y el amor se besan. Y en ese beso está la santa Pascua de Jesús.

En alabanza de Cristo. Amén.
Puebla, 21 de febrero de 2012 (víspera de Cuaresma).

Fr. Rufino María Grández Lecumberri
Noviciado de hermanos menores capuchinos
Puebla, Pue. (México)

Para el curso de la Cuaresma invitamos al lector a acudir al Himnario de Cuaresma, en mercaba.org

sábado, 18 de febrero de 2012

192. Solo Dios puede perdonar

Domingo 7 del tiempo ordinario, ciclo B
Evangelio de san Marcos 2, 1-12

Hermanos:

1. Los domingos pasados hemos visto a Jesús hablando y haciendo milagros. Ahora se completa esta trilogía fundamental con la que san Marcos nos presenta la figura de Jesús. Después de haber sido invadido en el Jordán por el Espíritu de Dios, y haber escuchado la declaración del Padre “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”; después de haber ido al desierto empujado por el impulso del Espíritu; después de haber elegido a sus primeros apóstoles, ¿cómo aparece Jesús en el Evangelio?, ¿quién es Jesús?
- Jesús es el que habla con la novedad y el poder de Dios.
- Jesús es el que hace milagros con el poder de Dios.
- Jesús es el que puede perdonar, y perdona, los pecados ya ahora y desde aquí, en la tierra, como Dios verdadero, como Hijo del hombre.
Es sublime que en la tierra haya alguien que pueda perdonar los pecados, y que efectivamente los perdone, sin tener que aguardar al juicio divino del más allá. Este es Jesús. Vamos a examinar con cuidado este poder divino de Jesús, que él mismo se arroga para sí a título de Hijo del hombre, y mostrando con evidencia que para el perdón de los pecados él está en el mismo ámbito de la soberanía divina. ¿Será acaso la mayor manifestación que Jesús ha hecho en la tierra de su divinidad? Acaso, aunque en realidad de verdad, si nosotros consideramos que todos los poderes de Jesús proceden de la misma fuente, todo ellos manifiestan el carácter de la persona que los posee.

2. La escena evangélica es deliciosa, expresamente narrada para que el lector y oyente del Evangelio se deleite en ella; es la escena más “teatral” – por así decir – que encontramos en el Evangelio. Y ocurre dentro de otras escena: Jesús a la multitud que se apiña en torno a él “les exponía la Palabra” (2,2).
Miren, hermanos, el escenario. La gente rodea a Jesús y no hay sitio para un alfiler. No hay posibilidad de abrir paso con una camilla para acceder al taumaturgo. Por la trasera de la casa, o no sabemos cómo ni por dónde, han subido enfermo y camilla hasta el tejado. Y levantan tejas y rompen lo que haya que romper, para hacer un agujero respetable y bajar la camilla con el enfermo hasta el rostro y el pecho de Jesús. Uno se imagina lo que hacen los sepultureros cuando con unos cordeles han de bajar un féretro a la tumba.
Más claro no se puede decir lo que quieren estos camilleros y el paralítico que transportan. El culpable de todo sin duda que es el hombre postrado. Ante una petición tan verdadera, tan descarada, tan llena de pasión y de amor, Jesús no se puede negar. Negarse sería contradecir todo lo que ha hecho hasta ahora.
Y ahí está el enfermo en esta estremecedora escena de fe al descubierto. No puede mover sus miembros, pero sí sus ojos para clavarlos en Jesús y decir con la flecha de su mirada: Señor, tú estás viendo lo que quiero.

2. Este milagro es un milagro de fe: “Viendo Jesús la fe que tenían” (v. 5). Jesús se encuentra desarmado ante tanta fe y reacciona con una revelación que nadie habría esperado. Le dice al paralítico: “Hijo, tus pecados están perdonados”. Por de pronto, le llama “hijo”, él que es el Hijo del Padre.
¿A qué tuvo que sonar esa palabra en el corazón del enfermo? Jesús lo había acogido con todo su corazón como algo que le pertenecía a él. Con frecuencia las palabras pierden su profundidad y se utilizan como muletilla. En cierto lenguaje popular se utiliza la palabra “hijo”, “hija”, que básicamente es una expresión de cariño, sin otra mayor trascendencia.
En el texto evangélico la palabra “hijo” es una expresión de hondura que expresa amor, acogida y promesa. Una palabra que no es más que el arranque de lo que Jesús le va a decir: “Hijo, tus pecados te son perdonados”. Y este es el asunto central, que ha escandalizado a los teólogos. Porque allí hay fariseos, y por sus adentros piensan: “¿Por qué habla este así?. Blasfema.”
Efectivamente es una blasfemia el perdonar pecados. Jesús no le ha dicho: Dios te perdona tus pecados, sino que le está diciendo que Yo te perdono tus pecados. Jesús está ejerciendo un poder que le compete a Dios; pero es que justamente ha venido para esto, para redimir al mundo perdonándole sus pecados. Esta es su misión y no otra, porque la vida nueva, con todas sus maravillas, comienza con el perdón de los pecados.
Y siguen pensando y cavilando los fariseos: “¿Quién puede perdonar los pecados sino solo uno, Dios?” (v. 8). Y nosotros respondemos, dando a la respuesta un calibro divino: Es que Jesús es Dios.
Es lo que nos está diciendo Marcos, prendido de los labios del Señor Jesús. “Pues para que comprendáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados – dice al paralítico –‘Te digo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa’” (vv. 10-11).
El Hijo del hombre es aquel ser humano celestial, descrito por Daniel, que acerca al Anciano de días, Dios mismo, cuando se abrieron los libros (Dn 7,10) para juzgar al mundo. A este Hijo de hombre – una especie de hijo de hombre – continúa el mismo libro profético, “se le dio el poder, honor y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su poder es un poder eterno, no cesará. Su reino no acabará” (Dn 7,14).

3. Jesús se ha amparado en esta figura misteriosa del libro de Daniel para introducirnos a su misterio. Jesús no aguarda al día final de los tiempos para hacer el juicio del mundo, sino que lo inicia ahora, con el perdón de los pecados. Este Hijo del hombre, que no tiene donde reclinar su cabeza, como lo dirá un día; este Hijo del hombre del que habla Jesús cuando anuncia su pasión y muerte; este Hijo del hombre es el Hijo de Dios, el ser divino en lo humano, ha de juzgar al mundo. Pero este Hijo del hombre es ahora, en la tierra, el Salvador que perdona todos los pecados. “Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero”, dirá san Juan (1Jn 2,2).

4. Hermanos, estas últimas verdades alcanzan su pleno realismo, cuando nos las aplicamos a nosotros. Jesús es el que perdona los pecados a través de los ministros de la Iglesia, hoy sobre la tierra para no recaer en el juicio de Dios.
Cuando el sacerdote absuelve y dice “Yo te absuelvo”, ese Yo es un Yo místico, que está uniendo la persona del ministros – pobre pecador – con la persona del Santo Jesús, que me está absolviendo.
Jesús tiene el poder divino de perdonar y aniquilar los pecados y entregarlos a la nada. “Y de sus pecados ya no me acordaré”, dijo el Señor Dios cuando, por boca del profeta Jeremías, nos prometió la Nueva Alianza (Jr 31,34). Si Dios no se acuerda de nuestros pecados, es que no existen.
Pues esto es precisamente lo que ha traídos Jesús del cielo a la tierra: el perdón de los pecados. No hay pecado que en él no pueda ser perdonado.
El paralítico, que se ha levantado al mandato de Jesús de Nazaret, y con la camilla al hombro, como con un trofeo, va a su casa, nos está anunciando: Jesús me ha perdonado mis pecados.
¡A Cristo Jesús, el Hijo del hombre, que ha llegado hasta mí y me ha librado de toda ira de Dios, a él sea la gloria por los siglos de los siglos! Amén.

Puebla, 18 febrero 2012.

El trofeo de Jesús

Estribillo
Es trofeo de Jesús
la camilla de un enfermo;
como bandera en el hombro
yo, perdonado, la llevo,

Estrofas
1. Con cuerdas se lo bajaron
los valientes camilleros,
y con la fe de los pobres
delante se lo pusieron.
Y sobraban las palabras
para expresar los deseos:
la miseria ante Jesús
cara a cara al descubierto.

2. Y ¡qué bien se siente el pobre
cuando se siente deshecho
con una fe de montaña
ante Jesús Nazareno!
La miseria y la bondad
se dan entrañable beso;
el pecado con la gracia,
porque Jesús está en medio.

3. Hijo, le dice Jesús,
con  un amor siempre nuevo,
hijo de mis entrañas,
tus pecados son absueltos.
Y la alegría de Dios
penetró en todos los huesos,
alegría sanación
que cura el alma y el cuerpo.

4. Tus pecados, perdonados:
para eso vine del cielo;
y en  mi Iglesia deposito
el divino sacramento.
Yo te perdono y te sano,
anda y camina ligero,
y ante el rostro de mi Padre
yo seré tu compañero. Amén.


Puebla, 18 febrero 2012
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