lunes, 27 de febrero de 2012

195. “Orar siempre a Él con un corazón puro”

Un joyero de oración

Los hermanos menores capuchinos (a cuya orden humildemente pertenezco) tenemos unas Constituciones que son un huerto florido de teología. Este año (2012) recibirán en el Capítulo General el refrendo final, después de muchos años de trabajo y revisión, para presentarlas una vez más a la Santa Sede y recibir esa aprobación que les da la categoría de legislación de derecho pontificio. A esa bella teología debe corresponder una adecuada “pedagogía”, que debemos hacer nosotros poco a poco, para que el texto realmente fluya en nuestra vida y nuestra vida con verdad y sinceridad se amolde espontáneamente a lo que en los bellos principios profesamos.
Al hablar de oración, tienen dos números introductorios que me parecen una joya de espiritualidad y que gustosamente ofrezco a los amigos lectores, hermanos y hermanas – religiosos o seglares – que quieran acercarse a estas páginas de “Las hermosas palabras del Señor”. Los dos números quedan desglosados en 14 fragmentos,  que serían como 14 cápsulas de oración,  cada una con su pequeño título de contenido. Es algo muy puro y muy bello que ha nacido del corazón de tantos hermanos menores capuchinos, a los cuales se les ha concedido la gracia de la santa oración.   
San Francisco nos dice en su Regla que sobre todas las cosas debemos “desear tener el Espíritu del Señor y su santa operación”. Y sigue: Orar siempre a Él con un corazón puro. Sea el título que conglutine el texto y el comentario que va de mi parte.
En alabanza de Cristo. Amén.

I
TEXTO
La oración de un cristiano

1. Respiración del amor y fuente trinitaria (el Espíritu)
La oración a Dios, como respiración de amor,
comienza con la moción del Espíritu Santo
por la que el hombre se pone interiormente a la escucha de la voz de Dios que habla al corazón.

2. Inmanencia de Dios en la historia
En efecto, Dios, que fue el primero en amarnos,
nos habla de muchas maneras:
            en todas las criaturas,
            en los signos de los tiempos,
            en la vida de los hombres,
            en nuestro propio corazón
            y, sobre todo, en la historia de la salvación a través de su Palabra.

3. Dinamismo de la oración: salida y unión
En la oración, respondiendo a Dios que nos habla,
alcanzamos la plenitud en cuanto que nos salimos del amor propio
y, en unión con Dios y con los hombres,
nos transformamos en Cristo Dios-Hombre.

4. Mística cristológica
En efecto, Cristo mismo es nuestra vida,
nuestra oración
y nuestra acción.

5. Esencia trinitaria de la oración
Por ello mantenemos realmente un coloquio filial con el Padre,
cuando vivimos a Cristo
y oramos en su Espíritu, que clama en nuestro corazón: "¡Abbá, Padre!".

6. Desde la consagración: libertad de espíritu, fiel y constantemente
Consagrados más íntimamente al servicio de Dios
por medio de la profesión de los consejos evangélicos,
esforcémonos con libertad de espíritu
en vivir fiel y constantemente esta vida de oración.

7. Oración y vida: impregnación
Por consiguiente, cultivemos con el máximo empeño el espíritu de la santa oración y devoción,
al cual las demás cosas temporales deben servir,
de tal modo que nos convirtamos en auténticos seguidores de san Francisco,
que pareció más que un orante uno todo oración.


8. Unión transformante y testimonio
Deseando sobre todas las cosas el espíritu del Señor y su santa operación,
orando siempre a Dios con puro corazón,
ofrezcamos a los hombres testimonio de una auténtica oración,
de modo que todos vean y sientan en nuestro semblante
y en la vida de nuestras fraternidades
la bondad y la benignidad de Dios presente en el mundo.

Matices de la oración
de un hermano menor

9. Se ora como se es
Nuestra oración sea la expresión característica de nuestra vocación de hermanos menores.

10. Oramos como hermanos
Oramos verdaderamente como hermanos cuando nos reunimos en el nombre de Cristo, amándonos mutuamente, de tal manera que el Señor esté de verdad en medio de nosotros.

11. Oramos como menores
Y oramos verdaderamente siempre como menores, cuando vivimos con Cristo pobre y humilde, presentando al Padre el clamor de los pobres y compartiendo en realidad su condición de vida.

12. Oración en fidelidad de vida
Mantengámonos, pues, fiel a cuanto hemos prometido       cumpliendo en nuestra vida lo que el Señor quiere            y queriendo lo que a Él le agrada.

13. Oración-acción y Espíritu
Así la oración y la acción, inspiradas por el mismo y único Espíritu del Señor, lejos de oponerse se completan mutuamente.

14. Oración del corazón  y experiencia afectivo-contemplativa
La oración franciscana es afectiva, es decir,
oración del corazón, que nos conduce a la íntima experiencia de Dios.
Cuando contemplamos a Dios, sumo bien y todo bien, de quien procede todo bien, debe brotar de nuestros corazones
la adoración,
la acción de gracias,
la admiración
y la alabanza.

II
COMENTARIO

La oración de un cristiano

La oración, respiración del amor
Y se comienza por una frase que vale un tratado: la oración como respiración del amor (algunos prefieren hablar del “respiro” del amor, para evitar toda sugerencia de “respiración artificial”). Esta expresión que en el texto está puesta como miembro de una frase, como un inciso, podemos tomarla, separada, como definición de la oración: “La oración es la respiración del amor”. No estaba en las Constituciones de 1968 y 1975, se puso en 1982. La oración sería, pues, la vida del ser vivo, porque es la respiración del ser. Pero aquí se especifica: es la respiración del ser amante; es la respiración del amor.
La oración queda vinculada al amor, suprema operación del ser del hombre; y también de Dios, en la teología bonaventuriana.
Oramos, cuando el resumen del rato que hemos pasado ante Dios puede concentrarse en este anhélito. Dios mío, te amor. (Santa Teresita muere diciendo a Jesús Crucificado: Mon Dieu, je vous aime).

La oración es la actuación del Espíritu en nosotros
La oración del cristiano es una oración “revelada”. Y es revelada por un doble motivo: porque parte de la revelación que Dios ha hecho de sí mismo, una oración que se mueve en el ámbito de la Trinidad, Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu revelado como vida de intimidad divina. Y es revelada, porque nos hace comprender, e incluso sentir, que el agente de la oración no soy “yo”, sino el Espíritu Santo en mí.
Esta forma mística de concebir la acción de Dios en el ser humano la expresa san Pablo con estas palabras:
“En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos  adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados” (Rm 8,14-17).
Toda oración, germinalmente, es así.
Por lo tanto, en la pedagogía de la oración hemos de tener la justa perspectiva. No se trata de saber “qué hago yo cuando me pongo a orar”, sino “qué hace Dios en mí”. Orar es dejarse conducir por la acción de Dios en mi corazón.

Oración dentro de la “Historia salutis” (Historia de salvación)
La esencia de la Biblia es contemplar cómo Dios se está revelando en la historia salutis. Hay dos núcleos de revelación: la Creación y la Historia. Los dos juntos, y de manera indisoluble componen la Historia de salvación. Estos son los dos Libros de Dios o el único Libro de dos páginas.
Ahora bien, la Biblia es un libro abierto por cuanto que Dios continúa escribiéndola hoy, exactamente igual a como lo escribió en tiempos pasados. Quedaron aquellas páginas como pregustación de todo lo que Dios hace. Pero la Biblia continúa, y continuará hasta la visión beatífica, cuando le contemplaremos cara a cara y esa visión radiante será la Historia absoluta en el instante de la eternidad, que el ojo humano no puede contemplar ni la mente barruntar.

Inmanencia de Dios en la Historia inmanencia en el corazón
Hablamos, pues, de la inmanencia de Dios en la Historia. De la primera a la última página de la Biblia se narra esto: Dios está con nosotros. Solo puede ser conocido Dios en cuanto manifestado.
Ahora bien, no existe la Historia, la verdadera historia, sino en mi corazón. Los animales no tienen historia, porque  no tienen “corazón” que pueda asumirla.  Para los animales el mundo es igual, y lo que llamamos historia es igual. Los animales no pueden amar. Los animales no hablan. ¿Por qué? Porque no tienen nada que decir.
“Dice” el que ama; el que no ama, no dice. O, si se quiere, ni dice, ni no dice. Es otro mundo; o mejor, es otra órbita al servicio de la existencia humana.
En suma, para nosotros Dios es Dios, en cuanto “Dios con nosotros”; de otra manera, no podría ser Dios. Y al punto degeneraría en un ídolo.
Así, pues, la oración  es el acto entrañable del reencuentro del hombre con la raíz de sí mismo, que es Dios. La oración es la suave invasión de Dios en la historia humana, que es ni más ni menos que la historia mía.
Yo soy contemporáneo a Abraham, y soy y existo en el hoy de Jesucristo.
En este principio de nuestro pequeño “Tratado de la oración” se nos habla de cuatro espejos, de cuatro puntos de encuentro con el Dios viviente.
Todos son válidos, pero existe uno que se destaca sobre los anteriores: el Verbo de Dios, Verbum Dei in historia salutis.
No es la palabra de la Biblia; es la Palabra personal de Dios, el Verbo de Dios en la historia. Enlazar con esta Palabra viviente de Dios es la clave de la oración entendida como acogida-comunión.

Locución y respuesta
En la oración del cristiano, que es la oración de la que hablamos se encuentran estos dos polos que quiere converger en unidad: Dios y yo. Dios es el que precede. Dios es el que habla; yo soy quien escucha. En esta dinámica el dúo de locución y respuesta se convierte en diálogo, que es la mutua locución.
Pero no analizamos el “silencio”. Hay silencio de Dios y hay silencio del hombre. Uno y otro parten del misterio. Dios calla, cuando a nosotros nos parece que debería hablar. Ese silencio de Dios es purificador, porque al orante le hace comprender que la oración no es “imaginación”, no es conquista, sino que es gracia.
La oración no se alcanza en un “laboratorio psicológico”: yo me imagino, yo finjo, yo creo la palabra, esto es, la pregunta y la respuesta. Dios es silencio, por cuanto que desborda todo pensamiento humano, todo medio de expresión nuestra.
Y el silencio del hombre ante Dios se produce cuando uno atisba el Misterio, y entonces el silencio es adoración.
La psicología humana también conoce estos silencios adorantes, que se producen en la vivencia del amor. Callo porque mis palabras son más pequeñas que la realidad de mi amor a ti. Callo, porque con mi silencio avanzo en mi intimidad hacia ti, pues el amor tiende a la fusión y al único sentir.

Éxodo y llegada
Se pude concebir la oración como un movimiento: éxodo, camino y llegada.
Uno sale, ¿de dónde? De sí mismo. La salida es específicamente del amor propio, del “amor a sí”. Nuestra morada interior está llena de nosotros mismos y no hay lugar para Dios ni para los hombres. Es la situación, realmente extrema, de quien viera la vida en función de sí. Por eso, en la doctrina constante acerca de la oración se habla del “despojo”, del “vacío”, incluso de la “nada”. Es la situación del pobre ante Dios.
Todo ello supone un proceso doloroso, un camino.
El punto de llegada es la cristificación, la transformación en la realidad de Cristo, Dios-Hombre. Este es el hombre nuevo, creado a imagen de Cristo.

Ipse Christus es vita, oratio et operatio
Esta frase vigorosa es una proclamación emblemática. Estamos en el centro de la mística de Pablo. “Mihi enim vivere Christus est” (Flp 1,21), “pues para mí vivir es Cristo”. Y en otro lugar: “con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2,19-20).
Cristo no es revelación y norma externa; es inmanencia y de este modo tiende a ser la “identidad” del cristiano. Pablo crea la fórmula “in Christo Iesu”. Ser en Cristo Jesús, actuar en Cristo Jesús, y esto desde cualquier matiz y aspecto.

La filiación, nota específica de mi oración cristiana
Nosotros entramos a la Trinidad por una puerta, que es el Hijo, el cual nos hace compartir su filiación. Por la acción del Espíritu de Jesús, que pasa a ser Espíritu nuestro, podemos clamar, en nuestra identificación con Cristo: ¡Abbá, Padre! (texto de Rm 8, antes citado).
Así pues, la oración del cristiano, la mía
- es sustancialmente mística,
- y es mística es una mística trinitaria, abierta al mundo.

Mística sacramental y mística oracional: en busca de la experiencia de Dios
La mística primordial en la vida cristiana es la mística sacramental, que, de por sí, no apunta hacia una fenomenología de sentidos.
Secuencia de la mística sacramental está la mística oracional.
La mística cristiana está marcada por dos notas interiorizadas: la docilidad, es decir, el dejarse llevar por Dios; y la apertura, pues la apertura a Dios produce la apertura al mundo.

Unidad del ser y testimonio
La oración, que es la fe en activo y la fe en contemplación, navega hacia la unidad del ser. Uno de los puntos cumbre de la Regla de san Francisco es esta frase:
“Aplíquense, en cambio, a lo que por encima de todo deben anhelar: tener el Espíritu del Señor y su santa operación, orar continuamente al Señor con un corazón puro…” (Regla, capítulo X).
El hombre queda divinizado y unificado del el Espíritu del Señor, y la constante operación de este Espíritu. Por eso se nos aconseja el estado permanente de oración, con un corazón puro.
Fray Tomás de Celano ha descrito largamente la oración de san Francisco, y lo ha visto como la oración personificada: non tan orans quam oratio ipsa “hecho todo él no ya sólo orante, sino oración” (2 Celano 95).

El rostro del hermano orante
Si la oración unifica e impregna el ser, el cristiano ha de dar testimonio de la oración en el propio rostro. De alguna manera el rostro del cristiano debe irradiar la paz y la hermosura que procede de Dios. El amor, si existe, se ve. Pues semejantemente, la oración, si existe, se nota; y donde primero se debe notarse es en el rostro, que es el espejo del alma.
En nuestro rostro debemos reflejar la bondad y benignidad de Dios.

La oración en el rostro de la fraternidad
Pero las Constituciones en el mismo lugar alude a lo que podemos llamar el rostro de la fraternidad. La vida es transparencia, y la fraternidad que vive, deja trasparecer su vida, y se nota.
En la vida de mi fraternidad se ha de ver y sentir (dos verbos que pertenecen al conocimiento de los sentidos) “la bondad y la benignidad de Dios presente en el mundo”.

Puebla de los Ángeles (México), 27 febrero 2012
(Lunes de la primera semana de Cuaresma).

viernes, 24 de febrero de 2012

194. La Cuaresma de Jesús, una sola para siempre

Domingo I de Cuaresma, ciclo B
Evangelio de san Marcos 1,12-13
Hermanos:

1. Todos los años la Cuaresma se abre  el primer domingo con la misma escena del Evangelio: Jesús en el desierto; las tentaciones de Jesús. La variante es que cada año el texto viene de un Evangelio diferente: el primer año san Mateo, el segundo san Marcos, el tercero san Lucas. Este año es san Marcos.
En este relato el Evangelio de Marcos es extraordinariamente conciso: solo tres versículos para un suceso tan significativo de la vida de Jesús. No hay tres tentaciones, como describen los otros dos evangelistas citados, ni siquiera una. Tan solo se dice que fue al desierto para ser tentado por la siniestra presencia de Satanás. Esta discreción del evangelista nos hace pensar, y hasta surge la cuestión de si Marcos no abrevia nada, sino que, más bien, los otros dos son quienes escenifican en tres tentaciones paradigma lo que fue un secreto absoluto de Jesús.
Un estudioso ajeno a la fe del Evangelio diría tranquilamente que las tentaciones de Jesús por el tentador, que en hebreo llaman El Satán, o Satanás, son ni más ni menso que un mito en torno a la figura de Jesús, a quien un grupo entusiástico adora como a su Mesías-Dios. Un mero análisis de antigua literatura nos llevaría a estas conclusiones: el mito del Tentado Vencedor para la victoria a la tropa de sus fanáticos seguidores.
Aparte de que esto, dicho así tan simplemente, es un burdo racionalismo, no nos llevaría a plantear las implicaciones que esta escena esconde de cara a Jesús y de cara a nosotros. Una escena misteriosa, abismo sin fondo de la psicología y la personalidad de Jesús, pero una escena que de ninguna manera se puede leer e interpretar, sino en un unión indisoluble con lo que inmediatamente antecede: el bautismo de Jesús en el Jordán.

2. Hagamos esta prueba de una lectura continua e indivisa de Bautismo y Desierto, para percibir el enlace y el sentido íntimo que las aglutina. Suena de esta manera el texto de san Marcos:

“Y sucedió que por aquellos días llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán.
Apenas salió del agua vio rasgarse los cielos y al Espíritu que baja hacia él como una paloma.
Se oyó una voz desde los cielos: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”.
A continuación el Espíritu lo empujó al desierto.
Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; vivía con las fieras y los ángeles le servían” (Mc 1,9-13).
En el centro de este pasaje resplandece una Teofanía, que es una aparición de Dios. No se ve ninguna figura; se escucha tan solo una voz, que del cielo a la tierra pronuncia una declaración de amor: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco. Una frase que adquiere un sentido infinito, porque es Dios mismo quien la pronuncia. Ya no es la creatura la que habla al Creador en un deliquio amoroso; es el creador quien se vierte sobre la creatura, a quien llama Hijo amado, Hijo único, y a quien eleva a su rango: En ti me complazco. El Padre y el Hijo están en el mismo plano de un diálogo eterno.
La sublime escena no puede terminar ahí.

3. Y efectivamente, el Espíritu, que era el secreto medio de esta relación amorosa infinita, lo empuja al desierto. Y el creyente que medita el misterio, lleno de misterioso asombro, dice: El desierto no es más que la prolongación de esa Teofanía que corona el Bautismo de Jesús, Siervo de Dios, Hijo amado de Dios.
Hay comparaciones del Antiguo Testamento que nos adentran en los secretos que sugiere la escena, y la más inmediata es aquella escena de Moisés en el monte Sinaí, cuando estuvo segunda vez, para recomponer la Alianza quebrantada con el becerro de oro. “Moisés estuvo allí con el Señor cuarenta días con sus cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua; y escribió en las tablas las palabras de la alianza, las Diez Palabras” (Ex 34,28). Este Sinaí de Moisés es la morada celeste de Dios; Moisés es u  elegido que vive con Dios, como nadie ha podido vivir sin comer pan ni beber agua, durante cuarenta días con sus cuarenta noches.
El desierto de Jesús nos introduce en el Sinaí de Jesús. Allí va a vivir en la intimidad con Dios; allí se le van a dar las tablas de la alianza nueva y eterna, que es el Evangelio.
El desierto es para Jesús, guiado por el Espíritu, ante todo, una experiencia de divinidad, de fusión de su santa humanidad con el ser divino de Dios, la experiencia inaugural de su misión en la tierra y de la presencia de Dios en el mundo. Por eso Jesús, aunque repita sus ratos de oración, sus noches de oración, no repetirá el desierto, como no repetirá el bautismo, vivencia única e irrepetible que introduce lo divino en la tierra.

4. En el desierto surge la figura del Tentador, que es el opositor de Dios, e opositor de Jesús.
El Tentador, fuerza demoníaca, que es el antígono de Dios, está presente, e incluso enraizado, en toda vida humana. Es imposible que una vida humana, la mía por ejemplo, cruce este mundo sin pasar por la tentación. Desde el Paraíso la tentación es parte de nuestro ser, de nuestro devenir histórico. Jesús ha pasado por la prueba de su sacrosanta humanidad, y ha vencido al que detentaba el poder sobre sus hijos. Lo ha vencido de plano, tanto que en nuestra tentación ha sido derrotada en ella. La tentación de Jesús era la asunción de la nuestra, y su victoria era nuestra victoria, que nos llega hasta hoy.
La tentación humana de Jesús, leída en el misterio total e su persona, se vuelve contemporánea, al mismo tiempo que es el anuncio final del triunfo irreversible de la Pascua.
El desierto de Jesús pertenece a toda su consagración pascual.  

5. Quizás desde ahí haya que leer la compañía de las fieras y de los ángeles. Si la tentación de Jesús nos remite al Sinaí de Moisés y a la entrega de la Alianza, igualmente esta tentación nos remite a la tentación de Adán en el paraíso.
Adán sucumbió; quiso salir de su puesto de creatura para una escalada imposible: “seréis como dioses”. Y al sucumbir de plano a la tentación, estalló la armonía del mundo, que solo puede ser recuperada mediante la muerte del Hijo. Mientras Adán vivía en obediencia a Dios, el mundo era armonía y podía conversar con los animales, sujetos a él, y a quienes había puesto, a  cada uno, su nombre propio. Todo eso se derrumbó cuando Adán fue expulsado del paraíso, a cargo de su pecado contra Dios.
Jesús, que es el nuevo Adán – como le llamará san Pablo – ahora en el plantel del Paraíso. Alternaba con las fieras y los ángeles le servían.
Las santas Escrituras del Nuevo Testamento nos dicen que los ángeles sirven a Jesús, y Jesús mismo en el huerto dijo, reprendiendo al discípulo que sale en su defensa: “¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de ángeles” (Mt 26,53).

6. Hermanos, ¡cuántas misteriosas alusiones se esconden detrás de un relato, que quiere llevarnos hasta el umbral del misterio de Jesús!
Ha empezado la salvación del mundo. Y Jesús, el Hijo amado, es el salvador.
Misterio del Bautismo prolongado en el misterio del Desierto.
Ha aparecido en la tierra nuestro Salvador.
Jesús, divino Hijo de Dios, partícipe del fondo del ser humano, primero de la humanidad, nuestro corazón se llena de admiración y gratitud. Tú eres el solidario de Dios y el solidario de los hombres. Tú eres el que nos amas.
Adoramos tu misterio eterno mostrado entre nosotros.
Asócianos – te rogamos – al ministerio de tus ángeles para servirte con toda reverencia. Amén.

Puebla de los ángeles, viernes 24 de febrero de 2012.


Cuaresma, desierto ardiente

1. Cuaresma, desierto ardiente
para Jesús bautizado,
cuando se interna empujado
desde el Jordán a la fuente.

2. Cuaresma, Teofanía,
intimidad de los tres,
Sinaí que a Moisés
unas primicias traía.

3. Cuaresma de adoración
del Hijo de amor transido
que en su carne ha percibido
que su triunfo es la oblación.

4. Cuaresma que es una y sola,
en unión  sacramental
con el misterio pascual
y la Cruz que lo enarbola.

5. Cuaresma de Cristo esposo,
Vencedor de Satanás;
a Dios solo adorarás,
tu Dios, tu paz, tu reposo.

6. Cuaresma del hombre nuevo
que de Jesús se levanta:
yo seré tu herencia santa,
y en mi corazón te llevo.

7. ¡Con los ángeles del cielo
inclinados te servimos,
y nuestro amor te decimos,
oh Cristo, dulce consuelo! Amén.

Puebla, domingo 26 febrero 2012.