sábado, 3 de marzo de 2012

198. Catecismo de Cuaresma en prosa y en verso

Una guía para vivir de raíz la santa Cuaresma


Hermanos:

1. Desde que éramos pequeños, al empezar la Cuaresma, nuestros maestros y educadores nos invitaban a hacernos algunas preguntas:
- Vamos a empezar la santa Cuaresma. ¿Qué vamos a hacer en esta Cuaresma? ¿Qué le vamos a ofrecer a Jesús? ¿Cuáles son nuestros propósitos para Cuaresma? Hagamos el programa de Cuaresma.
Estos buenos propósitos de Cuaresma, que tanto pueden educar a los niños y adolescentes, hoy se ven amplificados y reforzados por los proyectos de solidaridad cristiana que con frecuencia ofrecen las parroquias. El Cura joven de mi pueblo – Javi – que nos trae en jaque a los ochos “misioneros” alfareños regados por el mundo (India, Uruguay, Venezuela, Cuba, Ecuador, México…) y que nos nombra mucho en la catequesis – dice – comunica en su información: “Os envío la hoja parroquial y, junto a ella, el material que utilizaremos el Miércoles de Ceniza en la parroquia y en los colegios... Alfaro es solidario... y, como sabéis, desde hace 23 años, durante la Cuaresma, se hace un proyecto de limosna-solidaridad común en todo el pueblo (lo mueven los colegios religiosos y el público, Cáritas, la parroquia y muchas personas buenas que quieren colaborar). Cada 4 años presenta un proyecto una de las 4 entidades: Misioneras del Pilar, Hermanos de la Salle, Amor Misericordioso y las Misiones Diocesanas. Este año toca a las Misioneras del Pilar. Son acciones verdaderamente evangélicas”.
Todo esto está muy bien. Todo eso está muy bien. Lo aplaudimos, y que siga…, siga adelante.

2. Ahora yo, sin quitar un punto a lo dicho, vuelvo a lo esencial de Cuaresma, y me digo a mí y a quien quiera compartir esta confidencia: Vivir la Cuaresma, Cómo vivir la Cuaresma.
Y la respuesta más simple que escucho en el corazón es esta: Viviendo día a día la liturgia de Cuaresma. Ahí está la clave. Y desde ese centro, desde la Cuaresma de Jesús, tiene que venir todo. Y esto quiero decirlo yo en prosa y en verso.
Sucede que la Cuaresma es un monumento bellísimo, tallado con la experiencia de siglos. ¡Y tenemos que conocerlo para admirarlo y disfrutarlo! Tenemos que entrar en él para salir luego con ímpetu y fuego en el corazón.
El entramado espiritual de la Cuaresma es algo que debe conocer un cristiano bien formado; es algo que se debe estudiar y aprender en la catequesis: qué es espiritualmente la Cuaresma y cómo la Iglesia organiza y vive la Cuaresma en sus diversas etapas.
El año pasado, que era el año A de los tres ciclos dominicales (ciclo A, ciclo B, ciclo C), el Papa en la audiencia del Miércoles de ceniza (9 marzo 2011) explicó al detalle qué es la Cuaresma. Vamos a repasar esta catequesis y apreciar los detalles, poniendo titulillos y divisiones de nuestra parte. Es lo que decimos en prosa, para resumir luego lo dicho, en unos versos sencillos, en una especie de rima de juglar.
Advierto con los documentos litúrgicos que, siendo tan importantes los Evangelios de la Samaritana (domingo III), del Ciego de Nacimiento (domingo IV) y de la Resurrección de Lázaro (domingo V), se podrían repetir los mismo Evangelios en los años B y C, en especiales circunstancias.


3. (Habla Benedicto XVI) Queridos hermanos y hermanas:

Austero símbolo de la ceniza
Hoy, marcados por el austero símbolo de las Cenizas, entramos en el Tiempo de Cuaresma, iniciando un itinerario espiritual que nos prepara a celebrar dignamente los misterios pascuales. La ceniza bendecida impuesta sobre nuestra cabeza es un signo que nos recuerda nuestra condición de criaturas, nos invita a la penitencia y a intensificar el empeño de conversión para seguir cada vez más al Señor.

La Cuaresma como camino
La Cuaresma es un camino, es acompañar a Jesús que sube a Jerusalén, lugar del cumplimiento de su misterio de pasión, muerte y resurrección; nos recuerda que la vida cristiana es un “camino” que recorrer, que consiste no tanto en una ley que observar, sino la persona misma de Cristo, a la que hay que encontrar, acoger, seguir. Jesús, de hecho, nos dice: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga" (Lc 9,23). Es decir, nos dice que para llegar con Él a la luz y a la alegría de la resurrección, a la victoria de la vida, del amor, del bien.

Sentido íntimo y sacramental de la liturgia
También nosotros debemos tomar la cruz de cada día, como nos exhorta una bella página de la Imitación de Cristo:
"Carga con tu cruz y sigue a Jesús; así irás hacia la vida eterna. Él fue delante, llevando su propia cruz y murió por ti en la cruz para que tú lleves tu propia cruz y estés dispuesto a morir en ella. Porque si mueres con Él con Él igualmente vivirás. Y si eres su socio en la pena también lo serás en el triunfo” (L. 2, c. 12, n. 2).
En la Santa Misa del Primer Domingo de Cuaresma rezaremos:
“Oh Dios nuestro Padre, con la celebración de esta Cuaresma, signo sacramental de nuestra conversión, concede a tus fieles crecer en el conocimiento del misterio de Cristo y de dar testimonio de él con una digna conducta de vida” (Colecta).
Es una invocación que dirigimos a Dios porque sabemos que sólo Él puede convertir nuestro corazón. Y es sobre todo en la Liturgia, en la participación en los santos misterios, donde somos llevados a recorrer este camino con el Señor; es un ponernos a la escuela de Jesús, recorrer los acontecimientos que nos han traído la salvación, pero no como una simple conmemoración, un recuerdo de hechos pasados. En las acciones litúrgicas, Cristo se hace presente a través de la obra del Espíritu Santo, esos acontecimientos salvíficos se vuelven actuales.

Una palabra-clave: el “hoy” sacramental de la liturgia
Hay una palabra-clave a la que se recurre a menudo en la Liturgia para indicar esto: la palabra “hoy”; y esta debe entenderse en el sentido original, no metafórico. 
Ø  Hoy Dios revela su ley y nos da a elegir hoy entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte (cfr Dt 30,19); 
Ø  hoy "el Reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15);
Ø  hoy Cristo ha muerto en el Calvario y ha resucitado de entre los muertos; ha subido al cielo y se ha sentado a la derecha del Padre; 
Ø  hoy se nos da el Espíritu Santo; 
Ø  hoy es el tiempo favorable.
Participar en la Liturgia significa entonces sumergir la propia vida en el misterio de Cristo, en su presencia permanente, recorrer un camino en el que entramos en su muerte y resurrección para tener la vida.

Sentido de cada uno de los cinco domingos
En los domingos de Cuaresma, de forma muy particular en este año litúrgico del ciclo A, somos introducidos a vivir un itinerario bautismal, casi a recorrer el camino de los catecúmenos, de que ellos que se preparan a recibir el Bautismo, para reavivar en nosotros este don y para hacer de modo que nuestra vida recupere las exigencias y los compromisos de este Sacramento, que está en la base de nuestra vida cristiana. En el mensaje que he enviado para esta Cuaresma, que querido recordar el nexo particular que liga el Tiempo cuaresmal al Bautismo. Desde siempre la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a la celebración del Bautismo, paso a paso: en él se realiza ese gran misterio por el que el hombre, muerto al pecado, es hecho partícipe de la vida nueva en Cristo Resucitado y recibe el Espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cfr Rm 8,11).
Las Lecturas que escucharemos en los próximos domingos y a las que os invito a prestar especial atención, se toman precisamente de la tradición antigua, que acompañaba al catecúmeno en el descubrimiento del Bautismo: son el gran anuncio de lo que Dios obra en este Sacramento, una estupenda catequesis bautismal dirigida a cada uno de nosotros.

EL PRIMER DOMINGO, llamado Domingo de la tentación, porque presenta las tentaciones de Jesús en el desierto, nos invita a renovar nuestra decisión definitiva por Dios y a afrontar con valor la lucha que nos espera para permanecerle fieles. Siempre está de nuevo esta necesidad de la decisión, de resistir al mal, de seguir a Jesús. En este Domingo la Iglesia, tras haber oído el testimonio de los padrinos y catequistas, celebra la elección de aquellos que son admitidos a los Sacramentos Pascuales. 

El SEGUNDO DOMINGO es llamado de Abraham y de la Transfiguración. El Bautismo es el sacramento de la fe y de la filiación divina; como Abraham, padre de los creyentes, también nosotros somos invitados a partir, a salir de nuestra tierra, a dejar las seguridades que nos hemos construido, para volver a poner nuestra confianza en Dios; la meta se entrevé en la transfiguración de Cristo, el Hijo amado, en el que también nosotros nos convertimos en “hijos de Dios”.
En los domingos sucesivos se presenta el Bautismo en las imágenes del agua, de la luz y de la vida.

El TERCER DOMINGO nos hace encontrar a la Samaritana (cfr Jn 4,5-42). Como Israel en el Éxodo, también nosotros en el Bautismo hemos recibido el agua que salva; Jesús, como dice a la Samaritana, tiene un agua de vida, que extingue toda sed; y este agua es su mismo Espíritu. La Iglesia en este Domingo celebra el primer escrutinio de los catecúmenos y durante la semana les entrega el Símbolo: la Profesión de la fe, el Credo.

El CUARTO DOMINGO nos hace reflexionar sobre la experiencia del “ciego de nacimiento" (cfr Jn 9,1-41). En el Bautismo somos liberados de las tinieblas del mal y recibimos la luz de Cristo para vivir como hijos de la luz. También nosotros debemos aprender a ver la presencia de Dios en el rostro de Cristo y así la luz. En el camino de los catecúmenos se celebra el segundo escrutinio.

Finalmente, el QUINTO DOMINGO nos presenta la resurrección de Lázaro (cfr Jn 11,1-45). En el Bautismo hemos pasado de la muerte a la vida y somos hechos capaces de gustar a Dios, de hacer morir el hombre viejo para vivir del Espíritu del Resucitado. Para los catecúmenos, se celebra el tercer escrutinio y durante la semana se les entrega la oración del Señor, el Padrenuestro (…)”.

4. Ahora digamos estas cosas en sencillo romance


Catecismo de la santa Cuaresma

La Cuaresma es un camino
que nos lleva hasta la Pascua,
venerable sacramento
los Padres la designaban;
y es hermoso conocer
cuáles son las seis etapas.

I
Con ayuno y abstinencia,
la Ceniza nos declara:
Convertíos y creed
el Evangelio que salva.
Primer domingo el desierto:
el Espíritu empujaba
a Jesús tras el Bautismo,
su alma de Dios colmada,
a vivir con Dios su Padre,
en la misión que empezaba,
Vencedor del Tentador,
Nuevo Adán, nueva Alianza.
Y la Transfiguración
es la segunda jornada,
domingo de luz y amor
que asegura la esperanza.
Vienen las tres catequesis
en tres siguientes semanas:
junto al pozo de Jacob
yo soy la Samaritana,
y Jesús, el don de Dios,
agua viva que me sacia.
Yo soy el ciego mendigo
y Jesús la luz del alba.
Yo soy Lázaro enterrado;
Jesús, vida desbordada,
Cinco etapas del camino
hasta aquí son consumadas,
hasta el Domingo de Ramos,
que abre la Semana Santa.
Al Mesías recibimos,
agitando nuestras palmas.

II
Día a día, paso a paso,
la Escritura te acompaña:
no la sueltes de tu mano,
porque es la llave de casa.
No la leas por ti solo,
vete a la iglesia a escucharla;
cada día de Cuaresma
tienes mesa preparada,
el pan de la Eucaristía
con la divina Palabra.
Cada día hay un mensaje
que te da la Sacra Página;
es la mejor catequesis,
día a día Dios te habla.

III
Tres son las obras preciosas
de la Cuaresma cristiana:
la oración con el ayuno
y la limosna entregada.
La primera es la oración:
estar con el Padre al habla,
al cobijo de su amor
como Jesús siempre estaba.
El ayuno es muy valioso
si con limosna se trata:
lo que a nosotros quitamos
para los pobres es paga.
Compartir de corazón
eso a Dios mucho le agrada
y ayudarnos como hermanos
sin clases, color ni raza.

IV
El día de Jueves Santo
ya la Cuaresma se acaba,
para entrar al Sacro Triduo
de muerte y vida exaltada.
Viernes Santo sacratísimo
es día de pura gracia
para llorar la Pasión
y dar infinitas gracias.
Sábado Santo es la paz,
que el Rey divino descansa.
Y la Vigilia pascual,
de todas la más sagrada,
es la noche de las nupcias
de Cristo y su Iglesia amada.

* * *
Sepamos vivir, hermanos,
los dones que Dios regala,
la intimidad de Cuaresma
y la belleza de Pascua.
Cristo será nuestra guía,
y una presencia callada
la Virgen que es nuestra Madre
y al Hijo siempre acompaña.

Puebla de los Ángeles (México), 3 marzo 2012,
sábado de la primera semana de Cuaresma

jueves, 1 de marzo de 2012

197. Transfigurado (2): La conversación de Elías y Moisés con Jesús

Por los rumbos de la exégesis
Marcos 9,2-10

1. Esta página no es una  homilía; es una “meditatio cordis” por los rumbos de la exégesis, asomándonos a un versículo del Evangelio de la Transfiguración: la conversación de unos personajes celestiales con Jesús. 
(Para la homilía pulse: 196. Transfigurado: Jesús hombre, mi divina hermosura)
¿Quiénes son ellos? Moisés y Elías, responderá de pronto cualquiera de nosotros, es decir la Ley y los Profetas, que es la forma de decir todo el Antiguo Testamento. Moisés y Elías, Moisés el primero, el más importante.
Pero ¡atención a los detalles!, porque Marcos, evangelista especialmente apreciado por su primitividad, no da este orden de nombres, sino el contrario: “Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús” (Mc 9,4). Cuando se nombran dos personas, y una ocupa el primer lugar y la otra el segundo, alguna intención tiene el escritor para proceder así. Un detalle de exégesis que un intérprete minucioso no puede pasar por alto. Acaso Mateo (17,3) y Lucas (9,30) hayan acomodado el texto, amoldándose a un binomio existente: la Ley y los Profetas. El exegeta tantea, pero no puede dogmatizar.
O acaso Marcos ha dado esta primacía literaria a Elías, dado que acto seguido la vuelta de Elías al mundo va a ser el tema de conversación con los discípulos, descendiendo de la Transfiguración: “¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?” (Mc 9,11).

2. Sea lo que sea de este asunto – cuestión abierta – lo qué si parece más importante es la presentación de esta conversación en aquella sala celestial del Monte de la Transfiguración, “monte elevado” según san Marcos (v. 2), según san Mateo (17,1).
Según los evangelistas, no se trata de la conversación que Jesús tiene con Moisés y Elías, sino, a la inversa, la conversación que tienen Moisés y Elías con Jesús. Son ellos los que han venido a conversar con Jesús; no es Jesús el que ha ido a mendigar una palabra a dos personajes que resumen la Ley entera y la Profecía, sino que, al contrario, es la ley y la Profecía las que han venido a pedir la palabra definitiva a Jesús, Palabra del Padre,  o a rendir un homenaje a este Enviado que tiene la verdadera y última Palabra de Dios, que es la Biblia entera y transciende la Biblia.

3. Sigamos el hilo del relato para ver hasta dónde nos lleva.
Jesús ha proclamado, Jesús ha conversado. Son dos actividades de la Palabra, dos estilos con su contenido, que, al final, será el mismo. La proclamación resalta la autoridad, la conversación la amistad: dos vías de comunicación del único Dios con sus criaturas.
El predicador proclama; el profesor dicta. Los sabios de la antigüedad quisieron que su dictado – su enseñanza de sabiduría – fuera, en lo posible, conversación, esto es, diálogo. Sócrates, como se sabe, es el padre del “método socrático”, y con él su discípulo Platón. La verdad está dentro, piensan ellos; lo que hace falta es sacarla, suscitarla, desenterrarla. La verdad la ha sembrado Dios en el fondo del ser.
El sabio Jesús de Nazaret, en todos los Evangelios, utiliza tanto la proclamación como la conversación. Las parábolas, el elemento más característico de la enseñanza de Jesús en los Sinópticos, son, en el fondo, hilvanes de una conversación, que a  lo mejor ha comenzado con una pregunta coloquial: “¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas…” (Mt 18,12).
No obstante, el método de Jesús no es el “método socrático”. Lo que Jesús trae no estaba sin más en el fondo del alma como para que el hombre pudiera descubrirlo con la ayuda de un experto maestro. Lo que Jesús trae, al final nos lo tiene que decir él mismo, porque es la revelación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

4. Volvamos directamente a nuestro punto de partida, antes mencionado: “Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús”. Loquentes cum Iesu, dirá la versión latina. Es hermoso que el nombre de Jesús aparezca en esta expresión: conversando con Jesús.
¿Qué conversaban? Los tres discípulos predilectos ¿han oído…, han seguido esta conversación…? ¿Qué decían ellos…, qué respondía de Jesús…?
El corazón y la exégesis van a la par, y no puede el filólogo del diccionario prohibir estas preguntas al amoroso intérprete que las formula.
De hecho, san Lucas ha dado un pasito más para decirnos de qué conversaban. “De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su éxodo que él iba a consumar en Jerusalén” (Lc 9,31). Este versículo es de supremo interés y nos acerca a la intimidad sacrosanta de Jesús.
Muy bello, ante todo, que la muerte de Jesús sea el éxodo de Jesús. Ya nuestro Éxodo no va a ser el viejo Éxodo mosaico: la salida de Egipto y el paso del Mar Rojo. Nuestro Éxodo va a ser el camino de Jesús al Padre. La salida se va a consumar en Jerusalén…, pues el profeta de Israel tiene que morir en Jerusalén, “porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén” (Lc 13,33).

5. Esta conversación de Jesús nos puede llevar a otra, en muy distintas circunstancias, pero que, en el fondo, apuntan las dos a lo mismo. Aquella conversación tenida en el suplicio de la cruz, cuando había dos malhechores, colgados el uno a la izquierda y el otro a la derecha: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Jesús le dijo: En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,42-43).

6. Nosotros, asociados a la Transfiguración del Señor, puesto que su Transfiguración es la nuestra, quedamos igualmente asociados a la conversación celeste de Elías y Moisés con Jesús.
A un profesor de Sagrada Escritura (modestamente el que esto escribe) la conversación de aquellos dos que acuden a Jesús le está sugiriendo la clave de interpretación de toda la Biblia. La Sagrada Escritura confluye en Cristo Jesús. Él es la palabra interior de la Ley – pues Él es la nueva y eterna Alianza, “nueva Alianza en mi sangre” (Lc 22,20) – y Él es la Palabra última de la Profecía, la Palabra que el Padre daba al mundo. “Este es mi Hijo amado: escuchadlo” (Mc 9,7).
Elías y Moisés, desde lo recóndito de Dios, asisten a esta presentación del misterio pascual de Cristo.
Entiendo que toda exégesis concluye aquí: es una confesión tabórica de que Jesús es la Alianza del Padre en el Espíritu, la luz del Padre para el mundo, el inicio de la vida nueva que definitivamente se nos entrega. El profesor del Antiguo Testamento es un cristólogo, que presenta a Jesús a la Iglesia.

7. Mas, por encima de todo, yo soy un cristiano, discípulo de Jesús, que también quiere lo mismo que “escuchar a Jesús”, “hablar con Jesús” lo mismo que Elías y Moisés, y entrar en el mismo círculo de esta conversación.
La escena que contemplamos no es un divino espectáculo abierto a la curiosidad humana. Es una escena que involucra a los participantes en el drama de Jesús. Jesús, tras la confesión de Pedro, abre su catequesis definitiva, que es el misterio de la Cruz: el primer anuncio solemne de la muerte y resurrección (Mc 8,31-9,1).
Seis días después acontece la revelación de la Transfiguración. Tras el episodio completo, Jesús y sus discípulos “se fueron de allí y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Y les decía: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará” (Mc 9,30-31).
De estas cosas hablaban los personajes celestiales, protagonistas de la historia de Dios en el Antiguo Testamento, y de estas hemos de hablar nosotros con Él, cuando ya vive y reina con el Padre.
Las conversaciones entonces comenzaron, y hoy continúan.

Puebla, 1 marzo 2012.

miércoles, 29 de febrero de 2012

196. Transfigurado: Jesús hombre, mi divina hermosura

Domingo II de Cuaresma, ciclo B
Evangelio de san Marcos 9,2-10  
 

Hermanos:

1.  La escena más bella de los santos Evangelios es la Transfiguración del Señor. ¿Es posible decir esto? Desde la realidad última de Jesús, Dios y hombre verdadero, no se puede decir, porque en él todo es divinamente bello, y sería ridículo que nosotros pusiéramos recortes y calificaciones sobre los momentos diversos de su vida, dado que todo está ungido de divinidad.
Desde la impotencia de nuestro lenguaje, desde esa observación primera de las cosas del que está viendo la vida de Jesús y se deja impresionar, no es un disparate decir que de la vida terrestre de Jesús, el momento más bello, anuncio de la gloria de la Pascua, es la Transfiguración.
Para sustentar esta afirmación, que llena el corazón de gozo y nos abre a lo infinito, se tiene que precisar y apreciar los componentes de la escena. Porque efectivamente en esta única experiencia se juntan el dolor y la gloria, el sufrimiento y el gozo, la historia doliente de Jesús, y el premio que el Padre le reserva. Es una escena síntesis de toda su existencia humana, abierta al destino que el Padre le guarda. Es el paradigma de la vida del cristiano que, con las tres virtudes teologales, cree, ama y espera; es el resumen de la Biblia donde se juntan el Antiguo y el Nuevo Testamento.

2. Tenemos que tener muy claro, hermanos,  el principio de que nuestro acceso a Jesús no es tanto por vía histórica, sino por vía mística de comunión. Es el Jesús que Pablo nos ha presentado en sus cartas, que creó la fórmula mística de “en Cristo Jesús”. Solo cuando tú vives en Cristo, cuando lo has hecho vida de tu vida, y sientes que tú estás enraizado en él, respiras en él, lo percibes como tu pasado, tu presente y tu futuro, solo entonces puedes recuperar su historia, sus hechos, sus palabras.
Y lo mismo se palpa al transitar por las páginas del Evangelio de san Juan, llamado el Evangelio espiritual, Evangelio escrito desde la gloria para el amor.
Pero, con matices específicos, tenemos que decir lo mismo de los tres Evangelios sinópticos – Mateo, Marcos, Lucas – que en una visión somera parecen los biógrafos de Jesús.
Naturalmente que esa vinculación eclesial y personal con Jesús, base de su historia, sería ilusoria si en el fondo de todo no hubiera un Jesús de Nazaret, causante, por sus hechos y palabras, de tanto amor acumulado.

3. Vengamos al episodio. Anota san Marcos – cuyo texto estamos leyendo este año, pero también Lateo y Lucas –: “Cuando bajaban del monte, les ordenó que contasen a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos” (Mc 9,9).
“A nadie”, se supone que tampoco a sus compañeros. Si esta interpretación es correcta, tendremos que decir que Jesús tiene secretos también para unos íntimos dentro del grupo. Es muy delicado hacer esta consideración. Con todo, al hacerla, nos acercamos más al misterio mismo de toda vida humana. Los santos han tenido estos secretos dentro de su propio círculo; por ejemplo, san Francisco cuando recibe las llagas. Son secretos que debemos respetar en la vida de un hombre profundo. Acaso también nosotros guardemos en nuestra intimidad un secreto sagrado, que no lo vamos a ventilar sin más ante quienes llamamos amigos.

3. Hay unos componentes o circunstancias que acontecen en este episodio, que nos dan unas claves luminosas de interpretación.
- La Transfiguración ocurre por la mitad del ministerio de Jesús. Es un parte aguas de la vida del Señor.
- La Transfiguración sucede cuando Jesús, impulsado por una profunda necesidad interior, ha buscado la oración con el apoyo de tres íntimos, los que luego serán testigos de su agonía. Es una respuesta que Dios da a la suma indigencia de su Hijo y Siervo; en tal sentido la Transfiguración repite la vivencia del Bautismo: el ser humano, en el abismo de su indigencia es desbordado por la irrupción del misterio divino.
- La Transfiguración, como la ha vivido Jesús, está esencialmente unida al destino de su muerte en cruz.
- Y, en fin, la Transfiguración, que es la suprema intimidad de Jesús con su Padre y el Espíritu Santo, está vinculada a la historia de Dios con su pueblo, una vivencia en la que emerge lo que Jesús llevaba dentro: Elías y Moisés, los Profetas y la Ley de la Alianza.
En estas circunstancias se produce una eclosión interior, como si reventara aquella ebriedad espiritual, y apareciera lo que tenía que aparecer.

4. Los evangelistas hablan de una “metamorfosis” que se produjo. “Se transfiguró delante de ellos”, dice el texto sagrado (Mc 9,2). Esa transfiguración, ese cambio de figura, lo expresa el texto sagrado diciendo que “se metamorfoseó” delante de ellos. Los Evangelios nos ha hablado del rostro y los vestidos, y san Marcos ha descrito gráficamente la vestimenta de Jesús: “Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero en el mundo” (v. 3).
La transfiguración de Jesús, en cuanto uno puede barruntar, afecta a todo el ser: los vestidos, el cuerpo y el alma. Todo el ser humano arde en la gloria divina. Y la prueba de que el alma queda transfigurada es que, por un momento,  aparece el mundo interior que la habita: “Se les aparecieron (Elías y Moisés – este es el orden que ponen san Marcos – conversando con él” (v. 4). El mundo divino, la historia de Dios con los hombres, es la historia que le habita.
Ahora bien, la esencia de la Transfiguración de Jesús es la Nube del Espíritu y la voz del Padre: “Este es mi Hijo amado; escuchadlo” (v. 7).
Pero esta Transfiguración, desde su centro irradiante, es la transfiguración de la Iglesia. Pedro, Santiago y Juan son también transfigurados, inician el camino de la Transfiguración de la Iglesia.
Esto quiere decir que yo mismo entro en la Transfiguración de Jesús, y soy asumido en un proceso que afecta al misterio mismo de mi persona, que definitivamente me va a llevar a un camino infinito.
La Transfiguración de Jesús es misterio mío, justamente por ser misterio de él. Vivo en esta transfiguración, y en mi muerte, vencido el temor y la miseria del mundo, he de encontrar la metamorfosis divina. Entretanto somos la crisálida que aguarda ese toque último que me hará semejante a él. Nos dice san Juan: “Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún nos e ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es” (1Jn 3,2).

5. Volvamos sobre el acontecimiento, sobre lo sucedido, para preguntarnos cuál es la historia real de este episodio. Un crítico erudito podría decirnos que sencillamente se trata de un mito cristiano de la persona de Jesús. Necesitamos mitos para entender verdades profundas; en este caso su comunión con Dios. Y parece que esto sería una hipótesis aceptable.
Pero surge la duda: ¿No será precisamente más aceptable la contraria? En la vida del ser humano puede haber un momento supremo en que rompe la divinidad que llevamos dentro los límites estrechos que nos aprisionan, y entonces surge, de modo explosivo, el misterio operante de nuestro destino.
Si esto es así, este episodio, igual que la experiencia del desierto y del bautismo, son los hechos radicales y primarios de la vida del Jesús histórico, que, siendo hombre como nosotros, llevaba explosivamente a Dios consigo.
Y siendo esto así, se alerta mi corazón. La potencia de la divinidad radica en mí, y no sé hasta dónde puede llegar. Yo soy hijo de Dios en mi ser íntegro, en mi cuerpo y en mi alma. Soy hijo de Dios en esa miseria que parece que confina con la nada y en esa aspiración sublime que se abre a lo infinito.
La transfiguración del Señor, camino de la Pascua, es mi vocación.
Hermanos, que así sea. Amén.

Puebla, miércoles 29 febrero 2012.

Como himnos para este domingo II de Cuaresma sobre la Transgiguración, puede verse: Aquel hombre que asciende a la montaña; Llega el Reino de Dios en ese rostro; Ha transido tu carne.

lunes, 27 de febrero de 2012

195. “Orar siempre a Él con un corazón puro”

Un joyero de oración

Los hermanos menores capuchinos (a cuya orden humildemente pertenezco) tenemos unas Constituciones que son un huerto florido de teología. Este año (2012) recibirán en el Capítulo General el refrendo final, después de muchos años de trabajo y revisión, para presentarlas una vez más a la Santa Sede y recibir esa aprobación que les da la categoría de legislación de derecho pontificio. A esa bella teología debe corresponder una adecuada “pedagogía”, que debemos hacer nosotros poco a poco, para que el texto realmente fluya en nuestra vida y nuestra vida con verdad y sinceridad se amolde espontáneamente a lo que en los bellos principios profesamos.
Al hablar de oración, tienen dos números introductorios que me parecen una joya de espiritualidad y que gustosamente ofrezco a los amigos lectores, hermanos y hermanas – religiosos o seglares – que quieran acercarse a estas páginas de “Las hermosas palabras del Señor”. Los dos números quedan desglosados en 14 fragmentos,  que serían como 14 cápsulas de oración,  cada una con su pequeño título de contenido. Es algo muy puro y muy bello que ha nacido del corazón de tantos hermanos menores capuchinos, a los cuales se les ha concedido la gracia de la santa oración.   
San Francisco nos dice en su Regla que sobre todas las cosas debemos “desear tener el Espíritu del Señor y su santa operación”. Y sigue: Orar siempre a Él con un corazón puro. Sea el título que conglutine el texto y el comentario que va de mi parte.
En alabanza de Cristo. Amén.

I
TEXTO
La oración de un cristiano

1. Respiración del amor y fuente trinitaria (el Espíritu)
La oración a Dios, como respiración de amor,
comienza con la moción del Espíritu Santo
por la que el hombre se pone interiormente a la escucha de la voz de Dios que habla al corazón.

2. Inmanencia de Dios en la historia
En efecto, Dios, que fue el primero en amarnos,
nos habla de muchas maneras:
            en todas las criaturas,
            en los signos de los tiempos,
            en la vida de los hombres,
            en nuestro propio corazón
            y, sobre todo, en la historia de la salvación a través de su Palabra.

3. Dinamismo de la oración: salida y unión
En la oración, respondiendo a Dios que nos habla,
alcanzamos la plenitud en cuanto que nos salimos del amor propio
y, en unión con Dios y con los hombres,
nos transformamos en Cristo Dios-Hombre.

4. Mística cristológica
En efecto, Cristo mismo es nuestra vida,
nuestra oración
y nuestra acción.

5. Esencia trinitaria de la oración
Por ello mantenemos realmente un coloquio filial con el Padre,
cuando vivimos a Cristo
y oramos en su Espíritu, que clama en nuestro corazón: "¡Abbá, Padre!".

6. Desde la consagración: libertad de espíritu, fiel y constantemente
Consagrados más íntimamente al servicio de Dios
por medio de la profesión de los consejos evangélicos,
esforcémonos con libertad de espíritu
en vivir fiel y constantemente esta vida de oración.

7. Oración y vida: impregnación
Por consiguiente, cultivemos con el máximo empeño el espíritu de la santa oración y devoción,
al cual las demás cosas temporales deben servir,
de tal modo que nos convirtamos en auténticos seguidores de san Francisco,
que pareció más que un orante uno todo oración.


8. Unión transformante y testimonio
Deseando sobre todas las cosas el espíritu del Señor y su santa operación,
orando siempre a Dios con puro corazón,
ofrezcamos a los hombres testimonio de una auténtica oración,
de modo que todos vean y sientan en nuestro semblante
y en la vida de nuestras fraternidades
la bondad y la benignidad de Dios presente en el mundo.

Matices de la oración
de un hermano menor

9. Se ora como se es
Nuestra oración sea la expresión característica de nuestra vocación de hermanos menores.

10. Oramos como hermanos
Oramos verdaderamente como hermanos cuando nos reunimos en el nombre de Cristo, amándonos mutuamente, de tal manera que el Señor esté de verdad en medio de nosotros.

11. Oramos como menores
Y oramos verdaderamente siempre como menores, cuando vivimos con Cristo pobre y humilde, presentando al Padre el clamor de los pobres y compartiendo en realidad su condición de vida.

12. Oración en fidelidad de vida
Mantengámonos, pues, fiel a cuanto hemos prometido       cumpliendo en nuestra vida lo que el Señor quiere            y queriendo lo que a Él le agrada.

13. Oración-acción y Espíritu
Así la oración y la acción, inspiradas por el mismo y único Espíritu del Señor, lejos de oponerse se completan mutuamente.

14. Oración del corazón  y experiencia afectivo-contemplativa
La oración franciscana es afectiva, es decir,
oración del corazón, que nos conduce a la íntima experiencia de Dios.
Cuando contemplamos a Dios, sumo bien y todo bien, de quien procede todo bien, debe brotar de nuestros corazones
la adoración,
la acción de gracias,
la admiración
y la alabanza.

II
COMENTARIO

La oración de un cristiano

La oración, respiración del amor
Y se comienza por una frase que vale un tratado: la oración como respiración del amor (algunos prefieren hablar del “respiro” del amor, para evitar toda sugerencia de “respiración artificial”). Esta expresión que en el texto está puesta como miembro de una frase, como un inciso, podemos tomarla, separada, como definición de la oración: “La oración es la respiración del amor”. No estaba en las Constituciones de 1968 y 1975, se puso en 1982. La oración sería, pues, la vida del ser vivo, porque es la respiración del ser. Pero aquí se especifica: es la respiración del ser amante; es la respiración del amor.
La oración queda vinculada al amor, suprema operación del ser del hombre; y también de Dios, en la teología bonaventuriana.
Oramos, cuando el resumen del rato que hemos pasado ante Dios puede concentrarse en este anhélito. Dios mío, te amor. (Santa Teresita muere diciendo a Jesús Crucificado: Mon Dieu, je vous aime).

La oración es la actuación del Espíritu en nosotros
La oración del cristiano es una oración “revelada”. Y es revelada por un doble motivo: porque parte de la revelación que Dios ha hecho de sí mismo, una oración que se mueve en el ámbito de la Trinidad, Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu revelado como vida de intimidad divina. Y es revelada, porque nos hace comprender, e incluso sentir, que el agente de la oración no soy “yo”, sino el Espíritu Santo en mí.
Esta forma mística de concebir la acción de Dios en el ser humano la expresa san Pablo con estas palabras:
“En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos  adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados” (Rm 8,14-17).
Toda oración, germinalmente, es así.
Por lo tanto, en la pedagogía de la oración hemos de tener la justa perspectiva. No se trata de saber “qué hago yo cuando me pongo a orar”, sino “qué hace Dios en mí”. Orar es dejarse conducir por la acción de Dios en mi corazón.

Oración dentro de la “Historia salutis” (Historia de salvación)
La esencia de la Biblia es contemplar cómo Dios se está revelando en la historia salutis. Hay dos núcleos de revelación: la Creación y la Historia. Los dos juntos, y de manera indisoluble componen la Historia de salvación. Estos son los dos Libros de Dios o el único Libro de dos páginas.
Ahora bien, la Biblia es un libro abierto por cuanto que Dios continúa escribiéndola hoy, exactamente igual a como lo escribió en tiempos pasados. Quedaron aquellas páginas como pregustación de todo lo que Dios hace. Pero la Biblia continúa, y continuará hasta la visión beatífica, cuando le contemplaremos cara a cara y esa visión radiante será la Historia absoluta en el instante de la eternidad, que el ojo humano no puede contemplar ni la mente barruntar.

Inmanencia de Dios en la Historia inmanencia en el corazón
Hablamos, pues, de la inmanencia de Dios en la Historia. De la primera a la última página de la Biblia se narra esto: Dios está con nosotros. Solo puede ser conocido Dios en cuanto manifestado.
Ahora bien, no existe la Historia, la verdadera historia, sino en mi corazón. Los animales no tienen historia, porque  no tienen “corazón” que pueda asumirla.  Para los animales el mundo es igual, y lo que llamamos historia es igual. Los animales no pueden amar. Los animales no hablan. ¿Por qué? Porque no tienen nada que decir.
“Dice” el que ama; el que no ama, no dice. O, si se quiere, ni dice, ni no dice. Es otro mundo; o mejor, es otra órbita al servicio de la existencia humana.
En suma, para nosotros Dios es Dios, en cuanto “Dios con nosotros”; de otra manera, no podría ser Dios. Y al punto degeneraría en un ídolo.
Así, pues, la oración  es el acto entrañable del reencuentro del hombre con la raíz de sí mismo, que es Dios. La oración es la suave invasión de Dios en la historia humana, que es ni más ni menos que la historia mía.
Yo soy contemporáneo a Abraham, y soy y existo en el hoy de Jesucristo.
En este principio de nuestro pequeño “Tratado de la oración” se nos habla de cuatro espejos, de cuatro puntos de encuentro con el Dios viviente.
Todos son válidos, pero existe uno que se destaca sobre los anteriores: el Verbo de Dios, Verbum Dei in historia salutis.
No es la palabra de la Biblia; es la Palabra personal de Dios, el Verbo de Dios en la historia. Enlazar con esta Palabra viviente de Dios es la clave de la oración entendida como acogida-comunión.

Locución y respuesta
En la oración del cristiano, que es la oración de la que hablamos se encuentran estos dos polos que quiere converger en unidad: Dios y yo. Dios es el que precede. Dios es el que habla; yo soy quien escucha. En esta dinámica el dúo de locución y respuesta se convierte en diálogo, que es la mutua locución.
Pero no analizamos el “silencio”. Hay silencio de Dios y hay silencio del hombre. Uno y otro parten del misterio. Dios calla, cuando a nosotros nos parece que debería hablar. Ese silencio de Dios es purificador, porque al orante le hace comprender que la oración no es “imaginación”, no es conquista, sino que es gracia.
La oración no se alcanza en un “laboratorio psicológico”: yo me imagino, yo finjo, yo creo la palabra, esto es, la pregunta y la respuesta. Dios es silencio, por cuanto que desborda todo pensamiento humano, todo medio de expresión nuestra.
Y el silencio del hombre ante Dios se produce cuando uno atisba el Misterio, y entonces el silencio es adoración.
La psicología humana también conoce estos silencios adorantes, que se producen en la vivencia del amor. Callo porque mis palabras son más pequeñas que la realidad de mi amor a ti. Callo, porque con mi silencio avanzo en mi intimidad hacia ti, pues el amor tiende a la fusión y al único sentir.

Éxodo y llegada
Se pude concebir la oración como un movimiento: éxodo, camino y llegada.
Uno sale, ¿de dónde? De sí mismo. La salida es específicamente del amor propio, del “amor a sí”. Nuestra morada interior está llena de nosotros mismos y no hay lugar para Dios ni para los hombres. Es la situación, realmente extrema, de quien viera la vida en función de sí. Por eso, en la doctrina constante acerca de la oración se habla del “despojo”, del “vacío”, incluso de la “nada”. Es la situación del pobre ante Dios.
Todo ello supone un proceso doloroso, un camino.
El punto de llegada es la cristificación, la transformación en la realidad de Cristo, Dios-Hombre. Este es el hombre nuevo, creado a imagen de Cristo.

Ipse Christus es vita, oratio et operatio
Esta frase vigorosa es una proclamación emblemática. Estamos en el centro de la mística de Pablo. “Mihi enim vivere Christus est” (Flp 1,21), “pues para mí vivir es Cristo”. Y en otro lugar: “con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2,19-20).
Cristo no es revelación y norma externa; es inmanencia y de este modo tiende a ser la “identidad” del cristiano. Pablo crea la fórmula “in Christo Iesu”. Ser en Cristo Jesús, actuar en Cristo Jesús, y esto desde cualquier matiz y aspecto.

La filiación, nota específica de mi oración cristiana
Nosotros entramos a la Trinidad por una puerta, que es el Hijo, el cual nos hace compartir su filiación. Por la acción del Espíritu de Jesús, que pasa a ser Espíritu nuestro, podemos clamar, en nuestra identificación con Cristo: ¡Abbá, Padre! (texto de Rm 8, antes citado).
Así pues, la oración del cristiano, la mía
- es sustancialmente mística,
- y es mística es una mística trinitaria, abierta al mundo.

Mística sacramental y mística oracional: en busca de la experiencia de Dios
La mística primordial en la vida cristiana es la mística sacramental, que, de por sí, no apunta hacia una fenomenología de sentidos.
Secuencia de la mística sacramental está la mística oracional.
La mística cristiana está marcada por dos notas interiorizadas: la docilidad, es decir, el dejarse llevar por Dios; y la apertura, pues la apertura a Dios produce la apertura al mundo.

Unidad del ser y testimonio
La oración, que es la fe en activo y la fe en contemplación, navega hacia la unidad del ser. Uno de los puntos cumbre de la Regla de san Francisco es esta frase:
“Aplíquense, en cambio, a lo que por encima de todo deben anhelar: tener el Espíritu del Señor y su santa operación, orar continuamente al Señor con un corazón puro…” (Regla, capítulo X).
El hombre queda divinizado y unificado del el Espíritu del Señor, y la constante operación de este Espíritu. Por eso se nos aconseja el estado permanente de oración, con un corazón puro.
Fray Tomás de Celano ha descrito largamente la oración de san Francisco, y lo ha visto como la oración personificada: non tan orans quam oratio ipsa “hecho todo él no ya sólo orante, sino oración” (2 Celano 95).

El rostro del hermano orante
Si la oración unifica e impregna el ser, el cristiano ha de dar testimonio de la oración en el propio rostro. De alguna manera el rostro del cristiano debe irradiar la paz y la hermosura que procede de Dios. El amor, si existe, se ve. Pues semejantemente, la oración, si existe, se nota; y donde primero se debe notarse es en el rostro, que es el espejo del alma.
En nuestro rostro debemos reflejar la bondad y benignidad de Dios.

La oración en el rostro de la fraternidad
Pero las Constituciones en el mismo lugar alude a lo que podemos llamar el rostro de la fraternidad. La vida es transparencia, y la fraternidad que vive, deja trasparecer su vida, y se nota.
En la vida de mi fraternidad se ha de ver y sentir (dos verbos que pertenecen al conocimiento de los sentidos) “la bondad y la benignidad de Dios presente en el mundo”.

Puebla de los Ángeles (México), 27 febrero 2012
(Lunes de la primera semana de Cuaresma).