martes, 6 de marzo de 2012

200. Transfigurado (4) Escuchadle: La Biblia, lugar de la Transfiguración

Segunda meditación para la semana
“Oír” en la Escritura: Este es mi Hijo amado

Hermanos:
1. En la Transfiguración del Señor se dan dos experiencias, una que se refiere a los ojos: Vieron la Gloria de Dios, reflejada en el rostro de Cristo; otra que se refiere a los oídos: Oyeron al voz del Padre que decía: “Este es mi Hijo amado, escuchadle”.
En la segunda carta de san Pedro se vuelve sobre este divino episodio, apelando al testimonio de testigos oculares, y se lo pone como sublime testimonio de la fe que se nos ha entregado. “No nos fundábamos en fábulas fantasiosas cuando os dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, sino en que habíamos sido testigos oculares de su grandeza, Porque él recibió de Dios Padre honor y gloria cuando desde la sublime Gloria se le transmitió aquella voz. Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido. Y esta misma voz, transmitida desde el cielo, es la que nosotros oímos estando con él en la montaña sagrada” (2Pe 2,16-18).
El apóstol Pedro recuerda la Gloria y la Voz. Las dos cosas pertenecen a la misma experiencia, y entre las dos hacen una sola vivencia y son el fundamento de la fe cristiana.
El cristiano es un Vidente: ve la gloria de Dios, reflejada en Cristo, en su rostro resplandeciente de divina hermosa.
Y es un Oyente: Escucha la voz del Padre del cielo que le dice que Jesús es el Hijo amado.

2. Hoy nuestra atención se centra en este segundo aspecto: La Transfiguración nos hace Oyentes de la Palabra, y la Iglesia vive en un estado permanente de Transfiguración si permanece como oyente de la Palabra, escuchando que Jesús es el Hijo amado del Padre y que en este Hijo amado el Padre encuentra todas sus complacencias.
Esta escucha no es, por tanto, un mero acto informativo, revelador, instructivo. Es simultáneamente un acto de comunión y de fruición. El que conoce, conoce por comunión, y al entrar en esta posesión se hace partícipe de la fruición que este banquete espiritual le proporciona.
Cuando después del Concilio (1965) se promulgó el Misal Romano (1970), y en seguida se hicieron las traducciones a nuestras lenguas, la oración de este domingo fue vertida de este modo:

Señor, Padre santo,
tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto.
alégranos con el gozo interior de tu palabra;
y purificados por ella,
contemplaremos con  mirada limpia
la gloria de tus obras.

La escucha del Hijo amado del Padre va a producir en el corazón tres efusivas vivencias: alegría, purificación, contemplación.
Al punto se me antojó que este bello texto podría ser una oración muy oportuna para iniciar en clase las explicaciones de la Sagrada Escritura. Y así lo he venido haciendo hasta hoy. La explicación de la Escritura no puede reducirse a una ciencia académica; no queda satisfecha con la exposición de un maestro experto en la comunicación. Es muy deseable que la mejor pedagogía y arte de la comunicación se pongan al servicio  de la Palabra divina, para que llegue a su destino, que es el corazón de los hombres.

(Nota de paso. Al conocer el texto original latino de esta hermosa oración, que procede de la liturgia hispana, y que ya está atestiguada en el siglo IV por san Hilario y san Ambrosio, he comprendido que la primera traducción hay que matizarla bastante. Dice el texto latino:
Deus, qui nobis dilectum Filium tuum audire praecepisti,
verbo tuo interius nos pascere digneris,
ut, spiritali purificato intuitu,
gloriae tuae laetemur aspectu.)

3. Reflexionemos, dentro de la Transfiguración, sobre la escucha; y “apliquemos” (pues de una aplicación tan solo se trata) el evento de la escucha al acceso a la Biblia.
Estudiar la Biblia es necesario. Y rastrearla por dentro para sospechar cómo se ha ido formando hasta llegar, es necesario. Pero todavía no es la escucha tabórica; ni tampoco esas operaciones se requieren para entrar en el trance de la verdadera escucha.
La escucha de la Biblia es una íntima Teofanía: Dios se ha dejado ver según su divino beneplácito.
La escucha de la Biblia acontece en ese ámbito de la Transfiguración en el monte. Dios ha condescendido y ha bajado hasta mí.
Es el acto creador de un Dios amoroso que por amor llega y en amor se le recibe. El estudioso que humildemente quiere llegar al corazón de la Biblia, sin renunciar al estudio – necesario para la Iglesia – mediante la escucha, oye y ve lo que Dios dijo en la Transfiguración: Este es mi Hijo amado en quien tengo mis complacencias. En este acto de amor somos invitados a entender que Jesús, Hijo amado de Dios Encarnado, es el anuncio de toda la Biblia, desde el principio hasta el final. Jesús es el contenido de lo que estamos escuchando. Jesús es el tema de la Biblia, de la historia salvífica de Abraham, de Moisés, y de los tiempos sucesivos, tan fragorosos en batallas y pecados. El Hijo amado es la Palabra dada en los textos sagrados.
Pero… ¿cómo?
Al contemplativo no le importa mucho saber cómo…, que tanto se ha discutido y se discutirá mientras estudiemos la Biblia en el aula.
En suma, la Biblia en escucha de Transfiguración nos da este resultado: Jesús es su contenido. La Biblia es interesante porque nos habla de Jesús desde el principio hasta el final, de este Jesús que acontece en el meollo de mi ser.

4. La Biblia en escucha de Transfiguración nos invita a poner la vida a tono: spiritali purificato intuitu, que vale tanto como “purificada la intuición interior”. El mero intelecto natural no es suficiente para captar lo que dentro de la Escritura pasa. Hace falta que el Espíritu venga y purifique la capacidad perceptiva.  Para ver y escuchar es necesario un corazón puro, algo que sobrepasada nuestros alcances. Es el Dios del amor el que puede venir a nuestros adentros y crear en nosotros un corazón puro. Entonces, cuando Él entra en nosotros entramos en Él. El Dios del amor es el Dios de la humildad para hacer esta transformación creadora.
La humildad y la sencillez son el trono de Dios en nosotros, la Nube en la que el Espíritu desciende. Al atisbo de su gracia nosotros nos acercamos con el deseo simplemente.

5. En fin, la meta de la Transfiguración es la Gloria. Dios es Gloria, o, si se quiere, la Gloria es la irradiación de Dios, el fulgor de Dios, el resplandor incandescente de Dios, que a veces los latinos han traducido por maiestas (majestad) y claritas (claridad de Dios).
O, acaso, porque Dios es infinito, la Gloria de Dios sea la bondad de Dios, al ternura de Dios, la cercanía de Dios, la amorosidad de Dios que llega hasta mí para atraerme a sí… y para “divinizarme”.
O, con otra palabra – que todo es posible – la Gloria de Dios sea su intimidad divina que quiere hacerla intimidad mía para hacer esta vida no solo soportable, sino, más bien, deleitable en la dulce compañía de su presencia. No es fácil vivir…, no, porque no acaban de ajustarse el deseo con la posesión…, porque acaso el Dios de la intimidad se nos muestre, en nuestros temores, como lejanía, lo cual sería hacerle habitar a Dios en el vacío.

6. En conclusión, y en medio de estas ráfagas o chispas que saltan del corazón, la transfiguración es el corazón de la Biblia. Y el amante peregrino es Pedro, es Santiago, es Juan. ¡Qué hermoso es quedarnos aquí…!
Mas de pronto se desvaneció la Nube. Y era Jesús solo, Jesús cotidiano, este Jesús de mi calendario y de mi agenda con la rutina de cada día.
Pero al bajar del monte, los ojos de Juan, de Santiago y Pedro (hermano…, hermana…, di tu nombre) estaban iluminados.
In laudem gloriae. Amén.

Puebla, martes de la II semana de Cuaresma, 6 febrero 2012.

lunes, 5 de marzo de 2012

199. Transfigurado (3). La luz tabórica del rostro del Señor

Primera meditación para la semana:
“Ver” la Gloria de Dios en el rostro de Jesús

Hermanos:

1. Acabamos de  celebrar en el Domingo II de Cuaresma el misterioso suceso de la Transfiguración del Señor, que los Evangelios colocan entre el primer y segundo anuncio de la Pasión del Señor. Prolonguemos en esta semana la meditación de este insondable misterio.
En la Trasfiguración hay dos vivencias de parte de los apóstoles: ver y oír. ¿Qué es lo que se ve? La luz, la gloria de Dios, focalizada en Jesús. Y desde Jesús la gloria de dos personajes centrales de la Historia de la salvación, Moisés y Elías (Elías y Moisés, según Marcos), mensajeros de un mundo celestial que gira en órbita en torno a Jesús. La Transfiguración, misterio de luz, misterio de contemplación.
La segunda vivencia es oír, escuchar: “Este es mi Hijo amado: escuchadle”. Será nuestra segunda meditación.

2. Hay un pensamiento que domina mi espíritu: ¿Cómo vivir en esta segunda semana cuaresmal la Transfiguración del Señor, sondeando venas de una mina espiritual que no tiene fondo? Porque partimos del principio de que la Transfiguración de Jesús no se cierra ni en el momento en que acontece, ni en la persona que la protagoniza. Detallando el pensamiento:
- La realidad de la Transfiguración – que hoy es la gloria de la resurrección – ha quedado eternizada en la santa humanidad celeste. Hoy Jesús vive en la realidad definitiva de su ser, que es el cuerpo glorioso.
- Además, partiendo del mismo principio enunciado en el Bautismo, de que Jesús y yo somos un sujeto en quien se realiza el misterio divino, ¿Cómo vivo yo mi solidaridad con Jesús Transfigurado? ¿Acaso la Eucaristía sea este misterio de Jesús Transfigurado; acaso la Biblia sea el monte de Jesús Transfigurado; acaso las obras de servicio caritativo el misterio de Jesús transfigurado.
Es precioso que yo, cristiano, tenga conciencia clara de estos misterios y sepa y me atreva a preguntar: ¿Cómo soy incorporado yo a este misterio?

3. Para el pensamiento oriental la Transfiguración acaso sea el centro de toda la Teología, como lo es en Gregorio Palamás (1296-1359, canonizado por la Iglesia ortodoxa).
Es el Jesús terrestre totalmente traspasado de la gloria celestial, de la que hoy tiene como Resucitado. La escena, pues, levanta una pregunta: ¿Quién es realmente Jesús, Jesús de Nazaret sin más, si es real la Transfiguración? En Oriente la Transfiguración, como su icono propio, es una fiesta “a se”, una de las diez grandes fiestas que jalonan el año litúrgico. De Oriente pasó a Occidente, y la celebramos el 6 de agosto (En ese día murió el Siervo de Dios Pablo VI).

4. Juan Pablo II, hoy Beato, tomó el Evangelio de la Transfiguración según Mateo (17,1-9) para tejer sobre él la teología de la renovación de la vida consagrada, en la Exhortación apostólica Vita consecrata (fechada en Roma, junto a san Pedro, el 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación del Señor, del año 1996, decimoctavo de mi Pontificado).  
De ninguna manera pueden apropiarse los consagrados, las consagradas, el icono de la Transfiguración como si fuese una página aparte, pensada para ellos. En realidad todas las páginas del Evangelio son para la Iglesia entera, pero es bello, sin quitar a nadie nada, hacer ciertas lecturas evangélicas con un impulso nuevo del Espíritu que ensanchas las alas del corazón.
He aquí una página contemplativa para ver la vida cristiana a la luz de la Transfiguración.
“En la unidad de la vida cristiana las distintas vocaciones son como rayos de la única luz de Cristo, « que resplandece sobre el rostro de la Iglesia »(Lumen gentium, 1) Los laicos, en virtud del carácter secular de su vocación, reflejan el misterio del Verbo Encarnado en cuanto Alfa y Omega del mundo, fundamento y medida del valor de todas las cosas creadas. Los ministros sagrados, por su parte, son imágenes vivas de Cristo cabeza y pastor, que guía a su pueblo en el tiempo del « ya pero todavía no », a la espera de su venida en la gloria. A la vida consagrada se confía la misión de señalar al Hijo de Dios hecho hombre como la meta escatológica a la que todo tiende, el resplandor ante el cual cualquier otra luz languidece, la infinita belleza que, sola, puede satisfacer totalmente el corazón humano. Por tanto, en la vida consagrada no se trata sólo de seguir a Cristo con todo el corazón, amándolo « más que al padre o a la madre, más que al hijo o a la hija » (cf. Mt 10, 37), como se pide a todo discípulo, sino de vivirlo y expresarlo con la adhesión «conformadora» con Cristo de toda la existencia, en una tensión global que anticipa, en la medida posible en el tiempo y según los diversos carismas, la perfección escatológica.
En efecto, mediante la profesión de los consejos evangélicos la persona consagrada no sólo hace de Cristo el centro de la propia vida, sino que se preocupa de reproducir en sí mismo, en cuanto es posible, «aquella forma de vida que escogió el Hijo de Dios al venir al mundo»(Lumen gentium, 44). Abrazando la virginidad, hace suyo el amor virginal de Cristo y lo confiesa al mundo como Hijo unigénito, uno con el Padre (cf. Jn 10, 30; 14, 11); imitando su pobreza, lo confiesa como Hijo que todo lo recibe del Padre y todo lo devuelve en el amor (cf. Jn 17, 7.10); adhiriéndose, con el sacrificio de la propia libertad, al misterio de la obediencia filial, lo confiesa infinitamente amado y amante, como Aquel que se complace sólo en la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34), al que está perfectamente unido y del que depende en todo.
Con tal identificación « conformadora » con el misterio de Cristo, la vida consagrada realiza por un título especial aquella confessio Trinitatis que caracteriza toda la vida cristiana, reconociendo con admiración la sublime belleza de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y testimoniando con alegría su amorosa condescendencia hacia cada ser humano” (Vita consecrata,16).
La belleza es un hilván de todo el documento (nn. 16. 19. 20. 21. 24. 28. 41. 64. 66. 75. 104. 107. 109. 111).

4. Tornemos de nuevo directamente al pasaje que contemplamos.
Los hermanos orientales, al meditar sobre la “luz tabórica”, así llamada la luz del Tabor, se han preguntado si esta luz que los tres predilectos han visto en Jesús es la luz increada o la luz creada, si bien no de este mundo. Vieron el rostro de Jesús más radiante que el sol, y sus vestidos más blancos que la nieva. Ciertamente que esta luz tabórica no es de este mundo, que no hay batanero en la tierra que pueda poner ese blancor…, esa blancura en el vestido de Jesús (Evangelio de san Marcos).
Jesús está vestido de un blanco que es la aurora de Dios en este mundo. Y si no hay batanero para esta túnica hecha de luz, tampoco hay criatura bajo Dios que puede iluminar el rostro de Jesús como brilla en el monte.
La luz tabórica, pues, no es de este mundo. Ahora, afirmar que sea la misma luz increada y que esta luz la están contemplando los apóstoles sería lo mismo que afirmar que estamos en la visión beatífica…
Quede ahí para que los amantes de Jesús sigan pensando sobre esta luz tabórica, creada o increada.

5. A esa luz somos destinados, y he aquí que ha habido discípulos de Jesús que han sido favorecidos de esta luz tabórica en vida terrenal, antes de deshacerse la tienda de nuestra morada. El cuerpo irradia la luz del Tabor.
Veamos en las vida de los santos.
San Simeón el Nuevo Teólogo (949–1022) es uno de los místicos de Oriente, de la Iglesia Ortodoxa. En su vida, escrita por Nicetas Estetatos leemos:

"Una noche en que estaba orando y en que su inteligencia purificada se encontraba unida a la inteligencia primera, vio una luz en lo alto. De repente, esta luz pura e inmensa que provenía del cielo arrojó su claridad sobre él, alumbrándolo todo y produciendo un esplendor parecido al día. Parecía que la casa y la celda donde se encontraba se habían desvanecido, pasando a la nada en un abrir y cerrar de ojos; que el mismo se encontraba arrebatado por los aires y había olvidado enteramente su cuerpo... "

La teología oriental ha sido muy sensible a esta mística de la luz a la que es destinado el cristiano; por eso el monje asume un camino singular, caracterizado por estos tres componentes: soledad, silencio, quietud. Así se llega a esa divinización luminosa que se da en la hesiquía, quietud, paz, estado beatífico del ser humano de cara a la eternidad.

6. Fuera de la vida monástica podemos hablar de la Transfiguración como habló san Pablo de la Gloria del rostro de Cristo, sin mencionar la Transfiguración, y dirigiéndose a todos los fieles.
Todo hombre espiritual es un buscador del rostro de Dios. Lo dice así el salmo: “Oigo en mi corazón: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor. No me escondas tu rostro” (Sal 27,8-9).
Moisés en el Sinaí y en la Tienda del Encuentro contemplaba el rostro de Dios. “Si hay entre vosotros un profeta del Señor, me doy a conocer a él en visión y le hablo en sueños; no así a mi siervo Moisés, el más fiel de todos mis siervos. A él le hablo cara a cara, abiertamente y no por enigmas, y contempla la figura del Señor” (Nm 12,6-8).
Este Moisés del Sinaí y de la Tienda nos lo presenta la Sagrada Escritura como el Moisés transfigurado, con el rostro radiante (el Moisés de Miguel Ángel), según aquellos textos del Éxodo: “Cuando Moisés bajó de la montaña del Sinaí con las dos tablas del testimonio en la mano, no sabía que tenía radiante la piel de la cara, por haber hablado con el Señor” (Ex 34,29).
Y esta es la experiencia de la Tienda: “Cuando terminó de hablar con ello, se cubrió la cara con un velo. Siempre que Moisés entraba ante el Señor para hablar con él, se quitaba el velo hasta la salida. Al salir, comunicaba a los hijos de Israel lo que se le había mandado. Ellos veían la piel de la cara de Moisés radiante, y Moisés se cubría de nuevo la cara con un velo, hasta que volvía a hablar con Dios” (Ex 34,33-35).

7. San Pablo ha pensado en estos textos y ha podido hablar de la Transfiguración del cristiano, que supera a la Transfiguración de Moisés, porque la nuestra viene directamente de la Transfiguración de Cristo. La gloria de Moisés, el resplandor de su cara, era pasajero: se iba diluyendo y amortiguando por sí mismo hasta desaparecer. La Gloria del rostro de Cristo, que es la misma Gloria de Dios, es inmortal. El cristiano transfigurado entra  a participar de esa gloria, y su rostro resplandece, cara a cara, con el rostro de Cristo, desde el rostro de Cristo.
Es muy audaz san Pablo cuando se enfrenta con los textos bíblicos, pero lo dice así:
“…Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor hay libertad. Mas todos nosotros, con la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente, por la acción del Espíritu del Señor” (2Co 3,17-18).
A los glorificados como “beatos” los representamos con una aureola que irradia de su cabeza; a los “santos” con un círculo perfecto…
San Pablo nos está hablando a todos los cristianos. Si conociéramos nuestra Transfiguración…, la que se está operando hoy, y que está en un proceso incesante, “de gloria en gloria” (de doxa a doxa; a gloria in gloriam, dice el texto latino).
El cristiano – es decir, humildemente yo – no necesita el velo sacro para cubrir su rostro, el velo de Moisés. Yo, bautizado, estoy contemplando, momento a momento, la Gloria de Dios en el rostro de su Hijo amado, y, como en un espejo, esa misma Gloria revierte sobre mi rostro.
¿Qué decir…?
¡En alabanza de Cristo, Amén!

Puebla de los Ángeles (México), 5 marzo 2012,
lunes de la II semana de Cuaresma.

sábado, 3 de marzo de 2012

198. Catecismo de Cuaresma en prosa y en verso

Una guía para vivir de raíz la santa Cuaresma


Hermanos:

1. Desde que éramos pequeños, al empezar la Cuaresma, nuestros maestros y educadores nos invitaban a hacernos algunas preguntas:
- Vamos a empezar la santa Cuaresma. ¿Qué vamos a hacer en esta Cuaresma? ¿Qué le vamos a ofrecer a Jesús? ¿Cuáles son nuestros propósitos para Cuaresma? Hagamos el programa de Cuaresma.
Estos buenos propósitos de Cuaresma, que tanto pueden educar a los niños y adolescentes, hoy se ven amplificados y reforzados por los proyectos de solidaridad cristiana que con frecuencia ofrecen las parroquias. El Cura joven de mi pueblo – Javi – que nos trae en jaque a los ochos “misioneros” alfareños regados por el mundo (India, Uruguay, Venezuela, Cuba, Ecuador, México…) y que nos nombra mucho en la catequesis – dice – comunica en su información: “Os envío la hoja parroquial y, junto a ella, el material que utilizaremos el Miércoles de Ceniza en la parroquia y en los colegios... Alfaro es solidario... y, como sabéis, desde hace 23 años, durante la Cuaresma, se hace un proyecto de limosna-solidaridad común en todo el pueblo (lo mueven los colegios religiosos y el público, Cáritas, la parroquia y muchas personas buenas que quieren colaborar). Cada 4 años presenta un proyecto una de las 4 entidades: Misioneras del Pilar, Hermanos de la Salle, Amor Misericordioso y las Misiones Diocesanas. Este año toca a las Misioneras del Pilar. Son acciones verdaderamente evangélicas”.
Todo esto está muy bien. Todo eso está muy bien. Lo aplaudimos, y que siga…, siga adelante.

2. Ahora yo, sin quitar un punto a lo dicho, vuelvo a lo esencial de Cuaresma, y me digo a mí y a quien quiera compartir esta confidencia: Vivir la Cuaresma, Cómo vivir la Cuaresma.
Y la respuesta más simple que escucho en el corazón es esta: Viviendo día a día la liturgia de Cuaresma. Ahí está la clave. Y desde ese centro, desde la Cuaresma de Jesús, tiene que venir todo. Y esto quiero decirlo yo en prosa y en verso.
Sucede que la Cuaresma es un monumento bellísimo, tallado con la experiencia de siglos. ¡Y tenemos que conocerlo para admirarlo y disfrutarlo! Tenemos que entrar en él para salir luego con ímpetu y fuego en el corazón.
El entramado espiritual de la Cuaresma es algo que debe conocer un cristiano bien formado; es algo que se debe estudiar y aprender en la catequesis: qué es espiritualmente la Cuaresma y cómo la Iglesia organiza y vive la Cuaresma en sus diversas etapas.
El año pasado, que era el año A de los tres ciclos dominicales (ciclo A, ciclo B, ciclo C), el Papa en la audiencia del Miércoles de ceniza (9 marzo 2011) explicó al detalle qué es la Cuaresma. Vamos a repasar esta catequesis y apreciar los detalles, poniendo titulillos y divisiones de nuestra parte. Es lo que decimos en prosa, para resumir luego lo dicho, en unos versos sencillos, en una especie de rima de juglar.
Advierto con los documentos litúrgicos que, siendo tan importantes los Evangelios de la Samaritana (domingo III), del Ciego de Nacimiento (domingo IV) y de la Resurrección de Lázaro (domingo V), se podrían repetir los mismo Evangelios en los años B y C, en especiales circunstancias.


3. (Habla Benedicto XVI) Queridos hermanos y hermanas:

Austero símbolo de la ceniza
Hoy, marcados por el austero símbolo de las Cenizas, entramos en el Tiempo de Cuaresma, iniciando un itinerario espiritual que nos prepara a celebrar dignamente los misterios pascuales. La ceniza bendecida impuesta sobre nuestra cabeza es un signo que nos recuerda nuestra condición de criaturas, nos invita a la penitencia y a intensificar el empeño de conversión para seguir cada vez más al Señor.

La Cuaresma como camino
La Cuaresma es un camino, es acompañar a Jesús que sube a Jerusalén, lugar del cumplimiento de su misterio de pasión, muerte y resurrección; nos recuerda que la vida cristiana es un “camino” que recorrer, que consiste no tanto en una ley que observar, sino la persona misma de Cristo, a la que hay que encontrar, acoger, seguir. Jesús, de hecho, nos dice: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga" (Lc 9,23). Es decir, nos dice que para llegar con Él a la luz y a la alegría de la resurrección, a la victoria de la vida, del amor, del bien.

Sentido íntimo y sacramental de la liturgia
También nosotros debemos tomar la cruz de cada día, como nos exhorta una bella página de la Imitación de Cristo:
"Carga con tu cruz y sigue a Jesús; así irás hacia la vida eterna. Él fue delante, llevando su propia cruz y murió por ti en la cruz para que tú lleves tu propia cruz y estés dispuesto a morir en ella. Porque si mueres con Él con Él igualmente vivirás. Y si eres su socio en la pena también lo serás en el triunfo” (L. 2, c. 12, n. 2).
En la Santa Misa del Primer Domingo de Cuaresma rezaremos:
“Oh Dios nuestro Padre, con la celebración de esta Cuaresma, signo sacramental de nuestra conversión, concede a tus fieles crecer en el conocimiento del misterio de Cristo y de dar testimonio de él con una digna conducta de vida” (Colecta).
Es una invocación que dirigimos a Dios porque sabemos que sólo Él puede convertir nuestro corazón. Y es sobre todo en la Liturgia, en la participación en los santos misterios, donde somos llevados a recorrer este camino con el Señor; es un ponernos a la escuela de Jesús, recorrer los acontecimientos que nos han traído la salvación, pero no como una simple conmemoración, un recuerdo de hechos pasados. En las acciones litúrgicas, Cristo se hace presente a través de la obra del Espíritu Santo, esos acontecimientos salvíficos se vuelven actuales.

Una palabra-clave: el “hoy” sacramental de la liturgia
Hay una palabra-clave a la que se recurre a menudo en la Liturgia para indicar esto: la palabra “hoy”; y esta debe entenderse en el sentido original, no metafórico. 
Ø  Hoy Dios revela su ley y nos da a elegir hoy entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte (cfr Dt 30,19); 
Ø  hoy "el Reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15);
Ø  hoy Cristo ha muerto en el Calvario y ha resucitado de entre los muertos; ha subido al cielo y se ha sentado a la derecha del Padre; 
Ø  hoy se nos da el Espíritu Santo; 
Ø  hoy es el tiempo favorable.
Participar en la Liturgia significa entonces sumergir la propia vida en el misterio de Cristo, en su presencia permanente, recorrer un camino en el que entramos en su muerte y resurrección para tener la vida.

Sentido de cada uno de los cinco domingos
En los domingos de Cuaresma, de forma muy particular en este año litúrgico del ciclo A, somos introducidos a vivir un itinerario bautismal, casi a recorrer el camino de los catecúmenos, de que ellos que se preparan a recibir el Bautismo, para reavivar en nosotros este don y para hacer de modo que nuestra vida recupere las exigencias y los compromisos de este Sacramento, que está en la base de nuestra vida cristiana. En el mensaje que he enviado para esta Cuaresma, que querido recordar el nexo particular que liga el Tiempo cuaresmal al Bautismo. Desde siempre la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a la celebración del Bautismo, paso a paso: en él se realiza ese gran misterio por el que el hombre, muerto al pecado, es hecho partícipe de la vida nueva en Cristo Resucitado y recibe el Espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cfr Rm 8,11).
Las Lecturas que escucharemos en los próximos domingos y a las que os invito a prestar especial atención, se toman precisamente de la tradición antigua, que acompañaba al catecúmeno en el descubrimiento del Bautismo: son el gran anuncio de lo que Dios obra en este Sacramento, una estupenda catequesis bautismal dirigida a cada uno de nosotros.

EL PRIMER DOMINGO, llamado Domingo de la tentación, porque presenta las tentaciones de Jesús en el desierto, nos invita a renovar nuestra decisión definitiva por Dios y a afrontar con valor la lucha que nos espera para permanecerle fieles. Siempre está de nuevo esta necesidad de la decisión, de resistir al mal, de seguir a Jesús. En este Domingo la Iglesia, tras haber oído el testimonio de los padrinos y catequistas, celebra la elección de aquellos que son admitidos a los Sacramentos Pascuales. 

El SEGUNDO DOMINGO es llamado de Abraham y de la Transfiguración. El Bautismo es el sacramento de la fe y de la filiación divina; como Abraham, padre de los creyentes, también nosotros somos invitados a partir, a salir de nuestra tierra, a dejar las seguridades que nos hemos construido, para volver a poner nuestra confianza en Dios; la meta se entrevé en la transfiguración de Cristo, el Hijo amado, en el que también nosotros nos convertimos en “hijos de Dios”.
En los domingos sucesivos se presenta el Bautismo en las imágenes del agua, de la luz y de la vida.

El TERCER DOMINGO nos hace encontrar a la Samaritana (cfr Jn 4,5-42). Como Israel en el Éxodo, también nosotros en el Bautismo hemos recibido el agua que salva; Jesús, como dice a la Samaritana, tiene un agua de vida, que extingue toda sed; y este agua es su mismo Espíritu. La Iglesia en este Domingo celebra el primer escrutinio de los catecúmenos y durante la semana les entrega el Símbolo: la Profesión de la fe, el Credo.

El CUARTO DOMINGO nos hace reflexionar sobre la experiencia del “ciego de nacimiento" (cfr Jn 9,1-41). En el Bautismo somos liberados de las tinieblas del mal y recibimos la luz de Cristo para vivir como hijos de la luz. También nosotros debemos aprender a ver la presencia de Dios en el rostro de Cristo y así la luz. En el camino de los catecúmenos se celebra el segundo escrutinio.

Finalmente, el QUINTO DOMINGO nos presenta la resurrección de Lázaro (cfr Jn 11,1-45). En el Bautismo hemos pasado de la muerte a la vida y somos hechos capaces de gustar a Dios, de hacer morir el hombre viejo para vivir del Espíritu del Resucitado. Para los catecúmenos, se celebra el tercer escrutinio y durante la semana se les entrega la oración del Señor, el Padrenuestro (…)”.

4. Ahora digamos estas cosas en sencillo romance


Catecismo de la santa Cuaresma

La Cuaresma es un camino
que nos lleva hasta la Pascua,
venerable sacramento
los Padres la designaban;
y es hermoso conocer
cuáles son las seis etapas.

I
Con ayuno y abstinencia,
la Ceniza nos declara:
Convertíos y creed
el Evangelio que salva.
Primer domingo el desierto:
el Espíritu empujaba
a Jesús tras el Bautismo,
su alma de Dios colmada,
a vivir con Dios su Padre,
en la misión que empezaba,
Vencedor del Tentador,
Nuevo Adán, nueva Alianza.
Y la Transfiguración
es la segunda jornada,
domingo de luz y amor
que asegura la esperanza.
Vienen las tres catequesis
en tres siguientes semanas:
junto al pozo de Jacob
yo soy la Samaritana,
y Jesús, el don de Dios,
agua viva que me sacia.
Yo soy el ciego mendigo
y Jesús la luz del alba.
Yo soy Lázaro enterrado;
Jesús, vida desbordada,
Cinco etapas del camino
hasta aquí son consumadas,
hasta el Domingo de Ramos,
que abre la Semana Santa.
Al Mesías recibimos,
agitando nuestras palmas.

II
Día a día, paso a paso,
la Escritura te acompaña:
no la sueltes de tu mano,
porque es la llave de casa.
No la leas por ti solo,
vete a la iglesia a escucharla;
cada día de Cuaresma
tienes mesa preparada,
el pan de la Eucaristía
con la divina Palabra.
Cada día hay un mensaje
que te da la Sacra Página;
es la mejor catequesis,
día a día Dios te habla.

III
Tres son las obras preciosas
de la Cuaresma cristiana:
la oración con el ayuno
y la limosna entregada.
La primera es la oración:
estar con el Padre al habla,
al cobijo de su amor
como Jesús siempre estaba.
El ayuno es muy valioso
si con limosna se trata:
lo que a nosotros quitamos
para los pobres es paga.
Compartir de corazón
eso a Dios mucho le agrada
y ayudarnos como hermanos
sin clases, color ni raza.

IV
El día de Jueves Santo
ya la Cuaresma se acaba,
para entrar al Sacro Triduo
de muerte y vida exaltada.
Viernes Santo sacratísimo
es día de pura gracia
para llorar la Pasión
y dar infinitas gracias.
Sábado Santo es la paz,
que el Rey divino descansa.
Y la Vigilia pascual,
de todas la más sagrada,
es la noche de las nupcias
de Cristo y su Iglesia amada.

* * *
Sepamos vivir, hermanos,
los dones que Dios regala,
la intimidad de Cuaresma
y la belleza de Pascua.
Cristo será nuestra guía,
y una presencia callada
la Virgen que es nuestra Madre
y al Hijo siempre acompaña.

Puebla de los Ángeles (México), 3 marzo 2012,
sábado de la primera semana de Cuaresma

jueves, 1 de marzo de 2012

197. Transfigurado (2): La conversación de Elías y Moisés con Jesús

Por los rumbos de la exégesis
Marcos 9,2-10

1. Esta página no es una  homilía; es una “meditatio cordis” por los rumbos de la exégesis, asomándonos a un versículo del Evangelio de la Transfiguración: la conversación de unos personajes celestiales con Jesús. 
(Para la homilía pulse: 196. Transfigurado: Jesús hombre, mi divina hermosura)
¿Quiénes son ellos? Moisés y Elías, responderá de pronto cualquiera de nosotros, es decir la Ley y los Profetas, que es la forma de decir todo el Antiguo Testamento. Moisés y Elías, Moisés el primero, el más importante.
Pero ¡atención a los detalles!, porque Marcos, evangelista especialmente apreciado por su primitividad, no da este orden de nombres, sino el contrario: “Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús” (Mc 9,4). Cuando se nombran dos personas, y una ocupa el primer lugar y la otra el segundo, alguna intención tiene el escritor para proceder así. Un detalle de exégesis que un intérprete minucioso no puede pasar por alto. Acaso Mateo (17,3) y Lucas (9,30) hayan acomodado el texto, amoldándose a un binomio existente: la Ley y los Profetas. El exegeta tantea, pero no puede dogmatizar.
O acaso Marcos ha dado esta primacía literaria a Elías, dado que acto seguido la vuelta de Elías al mundo va a ser el tema de conversación con los discípulos, descendiendo de la Transfiguración: “¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?” (Mc 9,11).

2. Sea lo que sea de este asunto – cuestión abierta – lo qué si parece más importante es la presentación de esta conversación en aquella sala celestial del Monte de la Transfiguración, “monte elevado” según san Marcos (v. 2), según san Mateo (17,1).
Según los evangelistas, no se trata de la conversación que Jesús tiene con Moisés y Elías, sino, a la inversa, la conversación que tienen Moisés y Elías con Jesús. Son ellos los que han venido a conversar con Jesús; no es Jesús el que ha ido a mendigar una palabra a dos personajes que resumen la Ley entera y la Profecía, sino que, al contrario, es la ley y la Profecía las que han venido a pedir la palabra definitiva a Jesús, Palabra del Padre,  o a rendir un homenaje a este Enviado que tiene la verdadera y última Palabra de Dios, que es la Biblia entera y transciende la Biblia.

3. Sigamos el hilo del relato para ver hasta dónde nos lleva.
Jesús ha proclamado, Jesús ha conversado. Son dos actividades de la Palabra, dos estilos con su contenido, que, al final, será el mismo. La proclamación resalta la autoridad, la conversación la amistad: dos vías de comunicación del único Dios con sus criaturas.
El predicador proclama; el profesor dicta. Los sabios de la antigüedad quisieron que su dictado – su enseñanza de sabiduría – fuera, en lo posible, conversación, esto es, diálogo. Sócrates, como se sabe, es el padre del “método socrático”, y con él su discípulo Platón. La verdad está dentro, piensan ellos; lo que hace falta es sacarla, suscitarla, desenterrarla. La verdad la ha sembrado Dios en el fondo del ser.
El sabio Jesús de Nazaret, en todos los Evangelios, utiliza tanto la proclamación como la conversación. Las parábolas, el elemento más característico de la enseñanza de Jesús en los Sinópticos, son, en el fondo, hilvanes de una conversación, que a  lo mejor ha comenzado con una pregunta coloquial: “¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas…” (Mt 18,12).
No obstante, el método de Jesús no es el “método socrático”. Lo que Jesús trae no estaba sin más en el fondo del alma como para que el hombre pudiera descubrirlo con la ayuda de un experto maestro. Lo que Jesús trae, al final nos lo tiene que decir él mismo, porque es la revelación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

4. Volvamos directamente a nuestro punto de partida, antes mencionado: “Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús”. Loquentes cum Iesu, dirá la versión latina. Es hermoso que el nombre de Jesús aparezca en esta expresión: conversando con Jesús.
¿Qué conversaban? Los tres discípulos predilectos ¿han oído…, han seguido esta conversación…? ¿Qué decían ellos…, qué respondía de Jesús…?
El corazón y la exégesis van a la par, y no puede el filólogo del diccionario prohibir estas preguntas al amoroso intérprete que las formula.
De hecho, san Lucas ha dado un pasito más para decirnos de qué conversaban. “De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su éxodo que él iba a consumar en Jerusalén” (Lc 9,31). Este versículo es de supremo interés y nos acerca a la intimidad sacrosanta de Jesús.
Muy bello, ante todo, que la muerte de Jesús sea el éxodo de Jesús. Ya nuestro Éxodo no va a ser el viejo Éxodo mosaico: la salida de Egipto y el paso del Mar Rojo. Nuestro Éxodo va a ser el camino de Jesús al Padre. La salida se va a consumar en Jerusalén…, pues el profeta de Israel tiene que morir en Jerusalén, “porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén” (Lc 13,33).

5. Esta conversación de Jesús nos puede llevar a otra, en muy distintas circunstancias, pero que, en el fondo, apuntan las dos a lo mismo. Aquella conversación tenida en el suplicio de la cruz, cuando había dos malhechores, colgados el uno a la izquierda y el otro a la derecha: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Jesús le dijo: En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,42-43).

6. Nosotros, asociados a la Transfiguración del Señor, puesto que su Transfiguración es la nuestra, quedamos igualmente asociados a la conversación celeste de Elías y Moisés con Jesús.
A un profesor de Sagrada Escritura (modestamente el que esto escribe) la conversación de aquellos dos que acuden a Jesús le está sugiriendo la clave de interpretación de toda la Biblia. La Sagrada Escritura confluye en Cristo Jesús. Él es la palabra interior de la Ley – pues Él es la nueva y eterna Alianza, “nueva Alianza en mi sangre” (Lc 22,20) – y Él es la Palabra última de la Profecía, la Palabra que el Padre daba al mundo. “Este es mi Hijo amado: escuchadlo” (Mc 9,7).
Elías y Moisés, desde lo recóndito de Dios, asisten a esta presentación del misterio pascual de Cristo.
Entiendo que toda exégesis concluye aquí: es una confesión tabórica de que Jesús es la Alianza del Padre en el Espíritu, la luz del Padre para el mundo, el inicio de la vida nueva que definitivamente se nos entrega. El profesor del Antiguo Testamento es un cristólogo, que presenta a Jesús a la Iglesia.

7. Mas, por encima de todo, yo soy un cristiano, discípulo de Jesús, que también quiere lo mismo que “escuchar a Jesús”, “hablar con Jesús” lo mismo que Elías y Moisés, y entrar en el mismo círculo de esta conversación.
La escena que contemplamos no es un divino espectáculo abierto a la curiosidad humana. Es una escena que involucra a los participantes en el drama de Jesús. Jesús, tras la confesión de Pedro, abre su catequesis definitiva, que es el misterio de la Cruz: el primer anuncio solemne de la muerte y resurrección (Mc 8,31-9,1).
Seis días después acontece la revelación de la Transfiguración. Tras el episodio completo, Jesús y sus discípulos “se fueron de allí y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Y les decía: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará” (Mc 9,30-31).
De estas cosas hablaban los personajes celestiales, protagonistas de la historia de Dios en el Antiguo Testamento, y de estas hemos de hablar nosotros con Él, cuando ya vive y reina con el Padre.
Las conversaciones entonces comenzaron, y hoy continúan.

Puebla, 1 marzo 2012.

miércoles, 29 de febrero de 2012

196. Transfigurado: Jesús hombre, mi divina hermosura

Domingo II de Cuaresma, ciclo B
Evangelio de san Marcos 9,2-10  
 

Hermanos:

1.  La escena más bella de los santos Evangelios es la Transfiguración del Señor. ¿Es posible decir esto? Desde la realidad última de Jesús, Dios y hombre verdadero, no se puede decir, porque en él todo es divinamente bello, y sería ridículo que nosotros pusiéramos recortes y calificaciones sobre los momentos diversos de su vida, dado que todo está ungido de divinidad.
Desde la impotencia de nuestro lenguaje, desde esa observación primera de las cosas del que está viendo la vida de Jesús y se deja impresionar, no es un disparate decir que de la vida terrestre de Jesús, el momento más bello, anuncio de la gloria de la Pascua, es la Transfiguración.
Para sustentar esta afirmación, que llena el corazón de gozo y nos abre a lo infinito, se tiene que precisar y apreciar los componentes de la escena. Porque efectivamente en esta única experiencia se juntan el dolor y la gloria, el sufrimiento y el gozo, la historia doliente de Jesús, y el premio que el Padre le reserva. Es una escena síntesis de toda su existencia humana, abierta al destino que el Padre le guarda. Es el paradigma de la vida del cristiano que, con las tres virtudes teologales, cree, ama y espera; es el resumen de la Biblia donde se juntan el Antiguo y el Nuevo Testamento.

2. Tenemos que tener muy claro, hermanos,  el principio de que nuestro acceso a Jesús no es tanto por vía histórica, sino por vía mística de comunión. Es el Jesús que Pablo nos ha presentado en sus cartas, que creó la fórmula mística de “en Cristo Jesús”. Solo cuando tú vives en Cristo, cuando lo has hecho vida de tu vida, y sientes que tú estás enraizado en él, respiras en él, lo percibes como tu pasado, tu presente y tu futuro, solo entonces puedes recuperar su historia, sus hechos, sus palabras.
Y lo mismo se palpa al transitar por las páginas del Evangelio de san Juan, llamado el Evangelio espiritual, Evangelio escrito desde la gloria para el amor.
Pero, con matices específicos, tenemos que decir lo mismo de los tres Evangelios sinópticos – Mateo, Marcos, Lucas – que en una visión somera parecen los biógrafos de Jesús.
Naturalmente que esa vinculación eclesial y personal con Jesús, base de su historia, sería ilusoria si en el fondo de todo no hubiera un Jesús de Nazaret, causante, por sus hechos y palabras, de tanto amor acumulado.

3. Vengamos al episodio. Anota san Marcos – cuyo texto estamos leyendo este año, pero también Lateo y Lucas –: “Cuando bajaban del monte, les ordenó que contasen a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos” (Mc 9,9).
“A nadie”, se supone que tampoco a sus compañeros. Si esta interpretación es correcta, tendremos que decir que Jesús tiene secretos también para unos íntimos dentro del grupo. Es muy delicado hacer esta consideración. Con todo, al hacerla, nos acercamos más al misterio mismo de toda vida humana. Los santos han tenido estos secretos dentro de su propio círculo; por ejemplo, san Francisco cuando recibe las llagas. Son secretos que debemos respetar en la vida de un hombre profundo. Acaso también nosotros guardemos en nuestra intimidad un secreto sagrado, que no lo vamos a ventilar sin más ante quienes llamamos amigos.

3. Hay unos componentes o circunstancias que acontecen en este episodio, que nos dan unas claves luminosas de interpretación.
- La Transfiguración ocurre por la mitad del ministerio de Jesús. Es un parte aguas de la vida del Señor.
- La Transfiguración sucede cuando Jesús, impulsado por una profunda necesidad interior, ha buscado la oración con el apoyo de tres íntimos, los que luego serán testigos de su agonía. Es una respuesta que Dios da a la suma indigencia de su Hijo y Siervo; en tal sentido la Transfiguración repite la vivencia del Bautismo: el ser humano, en el abismo de su indigencia es desbordado por la irrupción del misterio divino.
- La Transfiguración, como la ha vivido Jesús, está esencialmente unida al destino de su muerte en cruz.
- Y, en fin, la Transfiguración, que es la suprema intimidad de Jesús con su Padre y el Espíritu Santo, está vinculada a la historia de Dios con su pueblo, una vivencia en la que emerge lo que Jesús llevaba dentro: Elías y Moisés, los Profetas y la Ley de la Alianza.
En estas circunstancias se produce una eclosión interior, como si reventara aquella ebriedad espiritual, y apareciera lo que tenía que aparecer.

4. Los evangelistas hablan de una “metamorfosis” que se produjo. “Se transfiguró delante de ellos”, dice el texto sagrado (Mc 9,2). Esa transfiguración, ese cambio de figura, lo expresa el texto sagrado diciendo que “se metamorfoseó” delante de ellos. Los Evangelios nos ha hablado del rostro y los vestidos, y san Marcos ha descrito gráficamente la vestimenta de Jesús: “Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero en el mundo” (v. 3).
La transfiguración de Jesús, en cuanto uno puede barruntar, afecta a todo el ser: los vestidos, el cuerpo y el alma. Todo el ser humano arde en la gloria divina. Y la prueba de que el alma queda transfigurada es que, por un momento,  aparece el mundo interior que la habita: “Se les aparecieron (Elías y Moisés – este es el orden que ponen san Marcos – conversando con él” (v. 4). El mundo divino, la historia de Dios con los hombres, es la historia que le habita.
Ahora bien, la esencia de la Transfiguración de Jesús es la Nube del Espíritu y la voz del Padre: “Este es mi Hijo amado; escuchadlo” (v. 7).
Pero esta Transfiguración, desde su centro irradiante, es la transfiguración de la Iglesia. Pedro, Santiago y Juan son también transfigurados, inician el camino de la Transfiguración de la Iglesia.
Esto quiere decir que yo mismo entro en la Transfiguración de Jesús, y soy asumido en un proceso que afecta al misterio mismo de mi persona, que definitivamente me va a llevar a un camino infinito.
La Transfiguración de Jesús es misterio mío, justamente por ser misterio de él. Vivo en esta transfiguración, y en mi muerte, vencido el temor y la miseria del mundo, he de encontrar la metamorfosis divina. Entretanto somos la crisálida que aguarda ese toque último que me hará semejante a él. Nos dice san Juan: “Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún nos e ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es” (1Jn 3,2).

5. Volvamos sobre el acontecimiento, sobre lo sucedido, para preguntarnos cuál es la historia real de este episodio. Un crítico erudito podría decirnos que sencillamente se trata de un mito cristiano de la persona de Jesús. Necesitamos mitos para entender verdades profundas; en este caso su comunión con Dios. Y parece que esto sería una hipótesis aceptable.
Pero surge la duda: ¿No será precisamente más aceptable la contraria? En la vida del ser humano puede haber un momento supremo en que rompe la divinidad que llevamos dentro los límites estrechos que nos aprisionan, y entonces surge, de modo explosivo, el misterio operante de nuestro destino.
Si esto es así, este episodio, igual que la experiencia del desierto y del bautismo, son los hechos radicales y primarios de la vida del Jesús histórico, que, siendo hombre como nosotros, llevaba explosivamente a Dios consigo.
Y siendo esto así, se alerta mi corazón. La potencia de la divinidad radica en mí, y no sé hasta dónde puede llegar. Yo soy hijo de Dios en mi ser íntegro, en mi cuerpo y en mi alma. Soy hijo de Dios en esa miseria que parece que confina con la nada y en esa aspiración sublime que se abre a lo infinito.
La transfiguración del Señor, camino de la Pascua, es mi vocación.
Hermanos, que así sea. Amén.

Puebla, miércoles 29 febrero 2012.

Como himnos para este domingo II de Cuaresma sobre la Transgiguración, puede verse: Aquel hombre que asciende a la montaña; Llega el Reino de Dios en ese rostro; Ha transido tu carne.