domingo, 11 de marzo de 2012

204. Pero Jesús no se confiaba a ellos

Sobre el Evangelio del Domingo III de Cuaresma, ciclo B
Juan 2,13-22. 23-25
Un rasgo de Jesús: historia, psicología, teología
Pensamientos evangélicos de un corazón pensante


1. El Evangelio de la purificación del  templo – o, más bien, de la instauración del nuevo culto en el cuerpo del Señor – que fue el Evangelio del domingo III de Cuaresma (ciclo B) va enlazado con otros tres versículos, resumen de la primera actividad de Jesús en Jerusalén. Dice el texto:

Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre (Jn 2,23-25).

Y de aquí se pasa a la escena del diálogo nocturno de Nicodemo con Jesús.
Para interpretar los tres versículos citados – versículos que nos intrigan – sería necesario que el intérprete, el biblista, fuera simultáneamente profesional de tres disciplinas. Fuera historiador, fuera psicólogo y fuera teólogo. Y poniendo en funcionamiento sus tres especialidades, tuviera la humilde osadía de acercarse a la persona de Jesús, que en este Evangelio resplandece como “el Señor” y que desde el principio es "el Verbo de Dios”, el Verbo hecho carne.
El caso de Jesús es absolutamente único, para el escritor sagrado, y a lo mejor nuestra pretensión choca y queda sin respuesta. Pero de cualquier modo, hay que dar razón del texto escrito, porque, efectivamente, se ha escrito para nuestro conocimiento y aprovechamiento. Intentémoslo.

2. Lo primero que nos llama la atención es que san Juan, al escribir su Evangelio, es histórico y crítico. Con frecuencia el evangelista se comporta así:
- arranca de algo que está fuera; hay un hecho acaecido;
- lo traslada a la escritura, lo cuenta;
- y al contarlo reflexiona sobre el mismo. Son las anotaciones que él va poniendo en el Evangelio, como cuando, narrado el episodio de Caná de Galilea, el escritor teólogo, añade su encuadre y reflexión: “Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él” (Jn 2,11).
Y en el episodio de la estancia de Jesús en Jerusalén sucede lo mismo: san Juan cuenta y reflexiona sobre lo acontecido.

3. Lo que pasó fue que Jesús provocó un entusiasmo, debido a signos que realizaba (san Juan prefiere hablar de “signos” más bien que de “milagros”). El entusiasmo terminaba siendo adhesiones a Jesús. Pero he aquí la sorpresa: Jesús se mostraba cauteloso. No se fiaba, no se confiaba, no daba su confianza a cualquiera. Esto nos parece serio, y quizás nos obliga a cambiar una imagen fácil y endeble del temperamento o carácter del Jesús de carne y hueso.
Pero, al mismo tiempo, esta sorpresa nos produce un gran sentido de realismo y veracidad. Porque uno piensa: Es que eso me pasa a mí. Yo no me fío de todo el que me alaba y me aplaude. De unos sí, de otros no. Yo no doy a todos la misma confianza. No me sale del corazón abrir mi amistad a todos los que acaso dicen que son mis amigos.
Ni todas las personas dadas a devociones son, por el mero hecho, personas de fe. Porque la devoción puede ser una rutina; la fe, nunca. Y menos cuando la fe es sostenida prueba tras prueba.
El seguimiento de Jesús se establece en la fe; no en las devociones.
La fe es la roca; las devociones pueden ser construcciones de apariencia que nosotros mismos armamos.
En suma, Jesús no se fiaba de los entusiasmos; no daba su confianza a aquellos que cuya adhesión a él no la veía sólida y auténtica. La vistosidad, las apariencias no pueden construir la relación estable con Jesús.

4. Y después de la observación de este dato viene la reflexión de Juan evangelista.
Jesús no era un psicólogo, aunque humanamente pudiéramos pensar que sí lo era. Toda persona inteligente es experta en las emociones humanas, en el vaivén de los sentimientos que van y vienen, que vienen y van. En el sentir del evangelista, Jesús goza del don de la penetración divina de los corazones, lo cual, en su caso, no era un don del Espíritu Santo – el don de sabiduría o el don de consejo, por ejemplo –; no era un don, sino que era una condición de su ser.
Define san Juan el total conocimiento de Jesús con estas palabras:

los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

Parece que estamos saliendo del ámbito de la humanidad para pasar a la divinidad. Todo hombre, por muy dotado que esté de dones espirituales, es falible; se puede equivocar.
Esta posibilidad de equivocación no afecta a la santidad de uno, porque la santidad, que es la fidelidad a la gracia, consiste en cumplir siempre lo que uno estima que es la voluntad de Dios.
Jesús sabe lo que hay dentro de cada hombre.

5. ¿Estamos hablando de Jesús hombre o de Jesús Dios? La solución evangélica es inequívoca: estamos hablando de Jesús de Nazaret, de Jesús que estuvo en unas bodas en Caná de Galilea, de Jesús que arremetió contra los vendedores y cambistas del Templo.
Para san Juan el Jesús divino y el Jesús humano son históricamente uno; no hay dos.
Realmente el teólogo se queda perplejo… Con este modo de pensar ya hemos divinizado a Jesús; ya lo hemos sacados de “nosotros”, aunque sigamos contando su historia entre nosotros. Dios se ha metido en Jesús, y, siendo hombre el hijo de María, le vemos dotado del rayo divino de la penetración y del conocimiento.
La dificultad de la cristología con la doble naturaleza – humana y divina – en una sola persona – y esta no humana, sino divina – no la hemos inventado nosotros, sino que late en los mismos Evangelios.
El cómo ocurre esto queda sin resolver.

6. Parece que nuestra reflexión ondea por los campos del pensamiento y se pierde en lo abstracto. En realidad, no es así, porque tratamos de sondear el misterio personal de Jesús. Toda persona humana es, en sí, un misterio; Jesús, de forma eminente y única.
Ahora bien, el mensaje debe revertir en nosotros. Pues la pregunta definitiva deja de ser especulación y pasa a ser interpelación. Y así, del suceso de Jerusalén saltamos al suceso persona de Jesús y yo.
La pregunta se perfila así:
Y en resumen, ¿qué piensa Jesús de mí? ¿Se fía de mí? ¿Soy digno de fiar?
La vida alcanza su clave y su secreto, cuando se la interpreta como una relación recíproca entre Dios y yo y correlativamente entre mí y Dios, viviente y viviente.
San Pablo se sintió digno del Evangelio de Dios; esto, sintió que Dios había tenido confianza para darle el Evangelio de su Hijo. Y fue siempre ministro fiel. Y él, al ver la resistencia de algunos al Evangelio, dijo: El Evangelio no es de todos.
No es una frase fatalista, como si el destino predestinara a unos a la fe y a otros no, sino que es una frase misteriosa que apela a la responsabilidad, la cual acaece en los cauces de la Providencia.

7. Concluyamos. Jesús fue a Jerusalén y levantó entusiasmos, pero no se fiaba de todos, porque los conocía a todos y sabía lo hay dentro de cada uno. El conocimiento de Jesús es universal (de todos) y particular (de cada uno). Por eso, el conocimiento de Jesús llega hasta mí.
Solo la humildad puede abrir la hondura del ser, de mi ser, al conocimiento de Dios, que todo lo sabe y conoce.
Yo soy amado de Dios, y este “ser amado” es la constitución de mi ser cristiano. Existo y subsisto en el amor que se me ha dado, que se ha anticipado a mi aparición en el mundo.
Yo soy conocido por Dios, sabido por Dios; y solo este conocimiento de Dios, de Jesús, Hijo de Dios, es la inteligibilidad de mi ser. Existo por haber sido pensado, por ocupar un sitio en el pensamiento divino, del cual nunca he sido retirado.
Estoy invadido por Dios. De no ser así, regresaría a la nada.
¿Qué es, pues, Dios mío, mi libertad? Es el don de mi yo que responde al ser divino. Soy libre desde unas raíces divinas que han florecido en el ser de mis días.
Y aquí me hallo, Señor, en el camino.
Confío firmemente, Jesús de Jerusalén, en que tú te fíes de mí.
En todo caso, yo diré, con mi vida y mi muerte, que nunca tuve razón para no fiarme de ti.
Amén.

Puebla, domingo III de Cuaresma, 11 marzo 2012.

sábado, 10 de marzo de 2012

203. El celo de tu Casa me va a devorar

Domingo II de Cuaresma, ciclo B
Evangelio de san Juan 2,13-25

Hermanos:

1. La Cuaresma avanza. Vamos recorriendo un itinerario espiritual que, domingo tras domingo, nos lleva hasta la Pascua: el camino cuaresmal. Un camino que nos evoca aquel camino que hizo Dios con su pueblo desde el principio de la humanidad. Los orígenes, Abraham, Moisés con el éxodo y los mandamientos, el pueblo en la tierra prometida, los reyes y los profetas… son los cuadros que se nos representan para no olvidar las maravillas de Dios y provocar en nosotros una respuesta de amor, “porque es eterna su misericordia”. La humanidad va caminando hacia Dios, y todas las religiones intentan acompañar al hombre, indigente y desorientado, en esta ruta hacia los misterios divinos.
En la riqueza variada y ubérrima que tiene la Cuaresma nos encontramos hoy, tercer domingo, con el que podríamos llamar el Domingo de Moisés. En el Sinaí recibe las Tablas de la Alianza, código moral de la humanidad. Y contemplando la vida de Jesús, guía inmediata de nuestra vida hasta la muerte, hoy escuchamos un pasaje evangélico transido de grandeza y divinidad sobre el cual se quiere concentrar nuestra reflexión.

2. Si decimos “La expulsión del Templo de los vendedores y cambistas”, decimos muy poco; porque esa referencia es solo la corteza del episodio.
Esta actuación majestuosa de Jesús en el Templo la refieren los cuatro evangelistas. Los tres primeros (Mateo, Marcos, Lucas) la colocan en la semana última de Jesús, entre los gestos y palabras de la Semana Santa, tras la entrada mesiánica en Jerusalén el Domingo de Ramos. San Juan, en cambio, la coloca al principio. Después del primer signo de Jesús, en Caná de Galilea - la conversión del agua en vino – viene a continuación, y de repente, este episodio, que ocurre en Jerusalén, advirtiendo que está cercana la Pascua de los Judíos. Son dos episodios – Caná y el Templo – que desde el inicio marcan el estilo de Jesús: algo distinto, nuevo y definitivo, trae Dios a la humanidad nueva de sus hijos que anhela construir.
Si la historia es la sucesión de los hechos tal como van apareciendo cronológicamente, seguramente que los tres Sinópticos están transmitiendo la secuencia de los acontecimientos tal como pasaron. 
Jesús irrumpe con un estallido, que le viene de dentro, al ver ignorada y profanada la Gloria del Padre, que reside en el Templo. Actuando de tal forma, Jesús no es solo un vigoroso reformador que quiere poner en orden las cosas de Dios; Jesús es un enviado del cielo que está anunciando, con tan desusado proceder, que el Templo ha sido santificado y se inicia un mundo nuevo, con un Templo diferente. La imagen apacible de Jesús, ese Divino Corazón de suave y tierna mirada, no se corresponde con el Jesús del látigo que arremete y echa de los atrios del Templo a vendedores y cambistas.

3. Analizando el episodio, vemos que aquellos vendedores y cambistas están de alguna manera al servicio del Templo. Se trata de víctimas para las ofrendas y el cambio en moneda judía para satisfacer con el tributo debido al Templo. Hay que pensar, además, que estamos en el área de los gentiles, que en rigor es un área profana, abierta incluso a los no judíos. Son atenuantes o excusantes en favor de este comercio y datos que ponen más en evidencia el extraño comportamiento de Jesús.             
El gesto de Jesús va acompañado de una palabra no menos sorprendente. Habla de “la Casa de mi Padre”. Dice: “Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la Casa de mi Padre” (v. 16).  Jesús, exaltado, aparece, por lo tanto, como un místico y como un enérgico intromisor.
Jesús no es censurado como agresivo y violento, sino en razón de una autoridad y de un poderío soberano que, según las autoridades del Templo, no le corresponden.

4. Recordad, hermanos, que el asunto del Templo fue el cuerpo de delito del que se acusó a Jesús para tener un fundamento legal sobre el que pudiese apoyarse la sentencia de muerte. No se acusó a Jesús de una sedición, de una revuelta política para fundamentar la pena capital. Hubo sediciosos que pagaron con su cabeza el intento de rebelión contra los romanos; acaso a esto se refiera el Evangelio de san Lucas: “aquellos galileos cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían” (Lc 13,1).
A Jesús hubo que atacarlo por la palabra. Advierte el Evangelio: “Pues, aunque muchos daban falso testimonio contra él, los testimonios no concordaban” (Mc 14,56). Y entonces, en medio de esta confusión, se trae algo gravísimo, lo que Jesús dijo sobre el Templo: “Nosotros le hemos oído decir: Yo destruiré este templo, edificado por manos humanas, y en tres días construiré otro no edificado por manos humanos. Pero ni siquiera en esto concordaban los testimonios” (vv. 58-59).
El asunto se presentaba de extrema gravedad, y para liquidarlo se levantó el Sumo Sacerdote y formuló claramente la cuestión de que se trataba: “¿Eres tú  el Mesías, el Hijo del Bendito?” (v. 61). En este particular el Sumo Sacerdote tenía plena razón, porque hubiera dicho lo que fuera – esta frase u otra, cualquiera de ellas gravísima – ya el asunto no era  ni siquiera el Templo, sino la identidad del que así hablaba; y el Sumo Sacerdote va en picado a la pregunta mortal: ¿Eres tú  el Mesías, el Hijo del Bendito?
Porque si, efectivamente, aquel hombre responde, como respondió, “Sí, lo soy” (v. 62), la vida se volvía al revés. Todo tenía que cambiar y empezar un orden nuevo. Y la “blasfemia” (v.63) era la sentencia de muerte.
Las palabras de Jesús no eran una declaración teológica inofensiva, ni eran una declaración revolucionaria contra la teocracia judía o la soberanía del Imperio Romano. Jesús no iba a morir por política, sino por algo divinamente superior: porque era el Hijo del Bendito y desde ahí había que reestructurar toda la Alianza de Dios con su pueblo.

5. La palabra del Templo va unida a la resurrección, por lo tanto a la muerte y a todo el misterio pascual.
Jesús va a levantar otro templo en tres días, dicen los testigos que hablan en Marcos. Y con esta frase enlaza el texto de san Juan. “Cuarenta y seis años ha costado el construir este templo, y ¿tú lo vas a levantar en tres días?” (Jn 2,20) Y añade el evangelista teólogo: “Pero él hablaba del templo de su cuerpo” (v. 21).
Esto es bellísimo para nosotros, porque a partir de ahí ya sabemos cuál es nuestro templo: Jesús, el santísimo cuerpo de Jesús. Necesitamos edificios para juntarnos: una capillita en la selva, hecha de un modo rudimentario para reunir a los cristianos y enseñarles el catecismo y celebrar la Eucaristía, o una espléndida catedral, monumento y gloria de una ciudad… Al fin, valen lo mismo: lo que nos reúne es el cuerpo del Señor, y desde este cuerpo del Señor, nosotros somos también, Cuerpo de Cristo, y por el Espíritu Santo, templo del Espíritu Santo.
Esto es muy bello; pues ¡cuánto más hermoso será no simplemente el decirlo, sino el vivirlo!

6. Hay un detalle en este Evangelio de hoy que no quiero pasar por alto. “El celo de tu Casa me devora” (versículo 17). Es una frase del salmo (Sal 69,10). En realidad en el salmo está escrita en forma actual, cumplida: “me devora” (literalmente, me devoró: katégafe); pero san Juan, al tomar el salmo, la cambia en futuro: “me devorará” (katafágetai). No todos los traductores piensan que hay que estimar tal matiz (la versión latina, sí). Según esto, cabe la interpretación: El celo por tu Casa me va a devorar, me va a matar. Y así fue: el celo por la Casa de Dios le llevó a la muerte.
Ahora, tengamos el valor de decirnos: La Casa de Dios soy yo.
¡Gracias, Jesús, por haber muerto por el celo de la Casa de Dios, de la Casa de tu Padre! Amén.

Puebla, sábado, 10 marzo 2012.

Un Himno para este Domingo III de Cuaresma, ciclo B

1. El celo de la Casa de tu Padre
abrasa tus entrañas, Nazareno,
Jesús amado, Hijo del Bendito,
que anuncias con tu signo el nuevo Templo.

2. Jesús en cruz clavado, en luz surgido,
cumplido está el anuncio de tu cuerpo;
tu Gloria es nuestro templo consagrado,
tu santidad, hogar de nuestro encuentro.

3. La Casa de Oración abierta está,
pues eres tú, viviente y verdadero,
la nueva humanidad que a todos junta,
de todo peregrino abrazo y beso.

4. Tú eres el confín de la esperanza,
destino y unidad del mundo entero,
pureza que nos baña y santifica,
en el altar, purísimo Cordero.

5. Tú cambias el pecado en alabanza
y en nuestros yerros muestras tu trofeo,
excelso Sacerdote y Santuario,
y de tu eterno Padre, gozo pleno.

6. ¡Oh Trinidad beata y suspirada,
de todos los misterios el secreto,
la eterna gratitud ya desde ahora,
por Él, con Él y en Él un solo anhelo! Amén.


Puebla, sábado, 10 marzo 2012

viernes, 9 de marzo de 2012

202. Transfiguración (6) – ¡Escuchadle!: Y el silencio de Dios

Meditación sobre el silencio de Dios
para los hijos de Dios

Hermanos:

1. Quiero terminar estas reflexiones y meditaciones sobre la Transfiguración, escena de la que nos atrevimos a decir que era como el centro mismo de la Biblia. El Antiguo Testamento viene a desembocar allí, por conducto de Moisés y Elías, que son “la Ley y los Profetas”, que para un judío era la totalidad de los libros bíblicos (véase Mt 5,17). Y el Nuevo Testamento tiene en la Transfiguración una cima. En efecto  el protagonista es Jesús de Nazaret, el Hijo del hombre, que ya ha anunciado su pasión y muerte inexorables, y es el Hijo amado, el único de Dios, en el que el Padre tiene todas sus complacencias. Con lenguaje de esta tierra: Jesús es el cielo del Padre. No tiene otro. Y por la misma intimidad divina (la “circuninsesión” que dice la teología) es el gozo del Espíritu Santo.
Le escuchábamos al Santo Padre en su catequesis del miércoles pasado. Nos hablaba de “el silencio de Jesús”, recordad. Y decíamos cómo hay dos silencios:
- El silencio de Jesús para escuchar a Dios.
- Y el silencio de Dios que se vierte sobre el alma de Jesús. El Huerto de los Olivos y la Cruz son el silencio de Dios, amorosamente acogido por Jesús. Jesús muere, en efecto, arropado en el silencio de Dios: ¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?

2. Lo diré con las últimas palabras de Benedicto XVI, tan bellas, tan profundas y conmovedoras.

“La cruz de Cristo no sólo muestra el silencio de Jesús como su última palabra al Padre, sino que también revela que Dios habla a través del silencio: “El silencio de Dios, la experiencia de la lejanía del Omnipotente y Padre es la etapa decisiva en el camino terreno del Hijo de Dios, la Palabra encarnada. Colgado en la cruz, se ha lamentado por el dolor causado por este silencio: 'Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?' (Mc 15, 34, Mt 27, 46). Continuando en la obediencia hasta el último aliento de vida, en la oscuridad de la muerte, Jesús ha invocado al Padre. A Él se ha confiado en el momento del pasaje, a través de la muerte, a la vida eterna: 'Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu'. (Lc 23, 46)” (Verbum Domini, 21). La experiencia de Jesús en la cruz es profundamente reveladora de la situación del hombre que reza y de la culminación de la oración: después de haber escuchado y reconocido la Palabra de Dios, debemos mensurarnos con el silencio de Dios, expresión importante de la misma Palabra divina" (Audiencia general, 7 marzo 2012).

3. Este silencio de Dios lo han conocido los santos. Si prestamos atención, diremos que lo hemos conocido nosotros mismos, que queremos ser buenos cristianos. Jesús, Palabra de Dios, dulcísima palabra – pues solo él merece el ¡Escuchadle! – calla en determinados momentos de nuestra vida. Es así y tiene que ser así.
Es el momento del silencio; es el momento de la ausencia.
Si nuestra fe flaquea, si nos olvidamos de Dios, porque Dios no habla como si no existiese… entonces ese silencio de Dios (que es silencio de amor) puede ser arrasador.
Por el contrario, si nos mantenemos con la fe viva en esos meses – acaso años – de silencio de Dios, entonces la fe sale vigorizada, purificada, enardecida para nuevas empresas por Dios.
En la culminación de su vida santa Teresita del Niño Jesús sufrió meses de silencio de Dios, y entonces comprendió que terrible tiene que ser la situación de los ateos, que no creen en Dios. Comulgaba con los ateos. Y ese dolorosísimo sufrimiento era una oblación por los que no creen, o, al parecer, no pueden creer. Y mientras ella escribía poesías celestiales.
Tenemos, pues, que contar con el silencio de Dios; pero, por su gracia, no perder la sonrisa. Y si él quisiera que nosotros muriésemos en el silencio de Dios…, por doloroso que nos sea, ¡hágase la voluntad de Dios! Esto de ninguna manera lo hemos de pedir; al contrario, debemos pedir la dulzura de Dios para bien morir. Y, en todo caso, la paz que nunca nos la va a negar.

3. En la historia de los santos nos encontramos con el silencio de Dios, lo que san Juan de la Cruz llamó la “Noche oscura”.
Entre los santos modernos hay una santa que ha brillado en el silencio de Dios, que es la Beata Teresa de Calcuta (1910-1997), beatificada por Juan Pablo II en 2003. Su caso es estremecedor; es algo directamente místico, y tan sumamente delicado que, si uno no está avezado a este tipo de confidencias, es mejor que no las lea. Me estoy refiriendo al libro de la Madre Teresa de Calcuta que apareció en español en 2008: Ven, sé mi luz (Planeta), libro escrito básicamente con las cartas que esta excepcional  mujer escribió a sus directores espirituales, abriéndoles totalmente el corazón.
Un periodista (un “periodista”, repito, no un teólogo, no un experto en teología espiritual) escribía así cuando el libro estaba a punto de salir en español.

“ ¿Creía en Dios Teresa de Calcuta? (título del artículo). Cuando Teresa de Calcuta (1910-1997) recibió el premio Nobel de la Paz, en diciembre de 1979, pidió que la Navidad que llegaba sirviese para tener presente a Cristo. Once semanas antes, escribía a un confesor: "Jesús tiene un amor muy especial por ti, pero por mí... el silencio y el vacío son demasiado grandes, miro y no veo, escucho y no oigo, la lengua se mueve, pero no habla". Es una de las muchas frases escritas por la beata que resumen la profunda crisis de fe de los últimos 50 años de su vida. Un libro que se publicará en septiembre, El secreto de la madre Teresa, bucea en 40 cartas en las que cuenta estos sentimientos espirituales.
Son confidencias en forma de epístolas a varios confesores a lo largo de más de 60 años, que dan una imagen de la beata muy distinta de la pública. En ellas, Teresa de Calcuta describe su sentimiento como un "un enorme vacío y oscuridad", según un amplio reportaje de la revista británica Times Magazine. "¿Dónde está mi fe? Incluso en lo más profundo, no hay nada, excepto vacío" (Autor y artículo véase en El País. 25 agosto 2007).

4. La maravilla de la Madre Teresa es algo que no lo barrunta el periodista. En el mes de abril de 1942 la Madre Teresa hizo un “voto heroico”, que sin duda cumplió toda su vida: “Hice un voto a Dios, obligándome bajo pena de pecado mortal, a dar a Dios todo lo que me pidiera, a no negarle nada” (Carta a su director espiritual, Ven, sí mi luz, p. 47). Esto no lo supo nadie en vida de ella: sólo su director espiritual.
Ese voto tuvo una modalidad: sonreír siempre a Jesús. Las fotos de la Madre Teresa suelen estar sonriendo. Era la sonrisa que ella brindaba a Jesús, como diciéndole que ni se enterase de lo mal que lo estaba pasando.
La Madre Teresa hizo una obra que ha admirado al mundo entero: abrió 594 casas, “tabernáculos para Jesús”, decía, en 120 países, incluida la India. Una desilusión el no haber podido establecer una casa en la China continental.
Ella quiso amar a Jesús como nadie la había amado…, locura propia de los santos. Buscaba ser víctima de amor, y lo fue. Oía en su corazón la voz de Jesús, que le decía: “Quiero religiosas indias víctimas de Mi amor, quienes serían Marta y María, quienes estarían tan unidas a Mí como para irradiar Mi amor sobre las almas…” (Ven, sé mi luz, pp. 70-71).
Aquel voto de amor era la clave de su vida. Escribía a su director espiritual: “Esto es lo que oculta todo en mí” (p. 48).
Jesús aceptó aquella ofrenda, y le dio lo que a nadie se puede desear. Le dio la oscuridad, para que fuese luz para otros: ¡Ven, sé mi luz! “Si alguna vez llego a ser santa, seguramente seré una santa de la oscuridad. Estaré continuamente ausente del Cielo, para encender la luz a aquellos que en la tierra están en la oscuridad” (carta al P. Joseph Neuner, 6 marzo 1962).
No, la Madre Teresa jamás “dudó” de Dios, no tuvo “crisis” de fe en el sentido de “¿Existirá Dios o no existirá?”, pero Dios le consideró digna de soportar la oscuridad, el silencio de Dios, para asemejar su alma al alma humana de Jesús.
He aquí, para nuestro conocimiento y admiración en silencio, un párrafo estremecedor escrito a su director espiritual:
“El lugar de Dios en mi alma está vacío. No hay Dios en mí. Cuando el dolor de esta ansia es tan grande, yo simplemente deseo y deseo a Dios, y entonces es cuando siento: Él no me quiere, no está allí. El Cielo, las almas son solo palabras que no significan nada para mí. (…) No puedo explicar la tortura y el dolor. Desde mi infancia he tenido el amor más tierno a Jesús en el Santísimo Sacramento, pero eso también se ha ido. No siento nada ante Jesús, y sin embargo por nada perdería una Santa Comunión” (carta al P. Neuner, abril 1961. Ven, sé mi luz, p. 259).
No hace falta saber altísima teología para sospechar que aquí nos encontramos con una gran mística. Su fe aguanta todos los combates del infierno.

5. En todas las capillas de las Hermanas de la Madre Teresa de Calcuta (en Puebla, desde donde escribo, hay una) está Jesús Crucificado, y junto a la Cruz lo que dijo Jesús agonizante: Tengo sed.
Sed ¿de qué? Sed de amor. Es la única sed que tiene Jesús. Por eso le pidió agua a la Samaritana; y por eso, desde la oscuridad espiritual de la Cruz, el Sediento nos estaba diciendo a nosotros (mejor dicho, “a mí”): Tengo sed.
Desde el monte de la Transfiguración sigue resonando la voz del Padre: ¡Escuchadle!
En la Cruz habla: Tengo sed. Aquella pequeña Albanesa, que se hizo para siempre india, Teresa de Calcuta, escuchó la voz de Jesús. Y Jesús, para ayuda de los pobres, le regaló una sonrisa. Era la sonrisa de Dios. Misterio de la Transfiguración. Amén.

Puebla de los Ángeles, 9 marzo 2012.

jueves, 8 de marzo de 2012

201. Transfiguración (5). Los ecos del silencio

Instrucción
Sobre el Silencio en la celebración de la Eucaristía



Enlace: “Mi Hijo amado: ¡Escuchadle!”

Nos vamos deteniendo estos días (semana segunda de Cuaresma) en contemplar la Transfiguración del Señor: la Gloria y la Voz, la Gloria para verla,  la Voz para escucharla.
Y, estando en estos pensamientos, llega a nuestro corazón la catequesis que ayer (miércoles, 6 marzo 2012) daba el Papa a los diez mil fieles que acudieron en el encuentro habitual de los miércoles. Y comenzaba de esta manera: “En una serie de catequesis precedentes he hablado sobre la oración de Jesús y no quisiera concluir esta reflexión, sin detenerme brevemente sobre el tema del silencio de Jesús, tan importante en la relación con Dios”.
¡El silencio de Jesús! Hay dos tipos de silencio de Jesús que nosotros los tomamos como dejar que ese mismo silencio configure el nuestro.
Uno es el silencio que Jesús guarda para escuchar al Padre.
Otro es el silencio que el Padre guarda con su Hijo, especialmente el silencio de la cruz.
Los dos silencios están presentes en la vida de todo cristiano, porque arrancan de Jesús. “La dinámica de la palabra y el silencio, que marca la oración de Jesús en toda su vida terrena, sobre todo en la cruz, toca también nuestra vida de oración en dos direcciones”.


El silencio para escuchar a Dios

Benedicto XVI, artista de la palabra, comienza a hablar de este silencio de la escucha. Baste un párrafo:
“La primera es la que se refiere a la recepción de la Palabra de Dios. Es necesario el silencio interior y exterior para que esa palabra se puede escuchar. Y este es particularmente un punto difícil para nosotros en nuestro tiempo. De hecho, la nuestra es una época que no favorece el recogimiento; es más a veces se tiene la impresión de que haya miedo a salirse, aunque sea por un instante, del río de palabras e imágenes que marcan y llenan los días. Por esto en la citada Exhortación Apostólica Verbum Domini, he recordado la necesidad de educarnos sobre el valor del silencio: “Redescubrir la centralidad de la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia significa también redescubrir el sentido de paz interior y de meditación. La tradición patrística nos enseña que los misterios de Cristo están engastados al silencio, y sólo en el silencio la Palabra puede encontrar morada en nosotros, como ocurrió en María, inseparablemente mujer de la palabra y el silencio” (n. 21)”.

Silencio como oración litúrgica

Y acto seguido nos hace una reflexión, que, sin ser censura, podemos tomarla como un aviso, o, al menos, como una instrucción.
Sigue el texto de la alocución en la audiencia de ayer:

“Este principio de que sin el silencio no se oye, no se escucha, no se recibe una palabra, este principio vale para la oración personal, especialmente, pero también para nuestras liturgias: para facilitar una escucha auténtica, éstas deben también estar llenas de momentos de silencio y de acogida no verbal. Es siempre válida la observación de San Agustín: Verbo crescente, verba deficiunt - “Cuando la Palabra de Dios crece, disminuyen las palabras del hombre” (cf. Sermo 288,5: PL 38,1307, Sermón 120,2 PL 38.677).

Este pensamiento del Papa nos invita a una verdadera reflexión personal y a un compartir en comunidad (en comunidad de vida religiosa, en equipo parroquial que prepara la celebración de la Eucaristía…, o incluso en una reunión de estudio).
La liturgia, que por su naturaleza tienen a hacerse celebración festiva, expansiva, nos llama a la interioridad, porque es el supremo momento de contemplación de la Iglesia. Y esta interioridad requiere la paz del silencio.
 En onda con estos pensamientos y sentires, me han venido al recuerdo unas Notas sobre el silencio en la liturgia, apuntes que ofrecí a unas Clarisas en unos días sabrosos de reflexión en torno a la Eucaristía (Lardero, La Rioja, septiembre 2001). Hoy se las ofrezco a los hermanos, a las hermanas, que anhelan hacer de la celebración de la Eucaristía el centro de su vida.

* * *
PERFILES DEL SILENCIO EN LA
CELEBRACIÓN DE LA EUCARISTÍA

El silencio en la iglesia como lugar sagrado es un elemento muy deteriorado en la sensibilidad de estos decenios. Parece que era el sagrario la causa del silencio observado antes en nuestros templos. Al presente ni siquiera ciertos grupos espirituales guardan el silencio como relación con el misterio de adoración de una presencia. Esto es discutible.
Nada digamos del barullo que se forma en las iglesias con motivo de celebraciones como bodas, bautizos y otras celebraciones especialmente festivas.
Pero aquí hablamos específicamente de los momentos de silencio como parte de una armónica celebración de la Eucaristía.


Nuevo planteamiento

En la OGMR (Ordenación General del Misal Romano) todavía vigente se comienza a hablar de la Liturgia de la Palabra en el número 33 (léase en el misal). En la nueva Institutio ese número, tan rico de contenido, permanece igual, salvo la añadidura de una palabra: “silencio”. A saber, donde antes se decía:
“Esta palabra divina la hace suya el pueblo con los cantos...”, ahora se dice:
“Esta palabra divina la hace suya el pueblo con el silencio y los cantos...” (Actual número 55).
Y hay un número nuevo dedicado expresamente al silencio.


Silentium (Nueva Ordenación, número 55)

“La Liturgia de la Palabra hay que celebrarla de tal modo que se preste a la meditación;
por tanto se ha de evitar totalmente cualquier forma de prisa que impida el recogimiento.
En vista del recogimiento están los breves momentos de silencio, acomodados a la asamblea celebrante, mediante los cuales, con la acción del Espíritu Santo, se acoja la Palabra de Dios en el corazón, y se prepare la respuesta por la oración.
Estos momentos de silencio se pueden guardar oportunamente después de la primera y segunda lectura y al concluir la homilía”.


Comentario

Se trata de un número “nuevo”, que supone la experiencia de una falta observada en la liturgia: la necesidad de favorecer la interiorización.
Con silencios o sin ellos, en toda celebración ha de evitarse en absoluto la sensación de “prisa”. Esto es un criterio de base.
Estos silencios no son obligatorios, sino facultativos. Pero no son indiferentes (como si fuera igual hacerlos que no hacerlos); se los recomienda si, como se espera, cumplen una función interna en la celebración.
Los tiempos de silencio deben ser “breves”. La Eucaristía no es para “incrustar” meditaciones dentro de ella. Esto sería una desfiguración de su ritmo interno y armonía.
Hay que considerar con prudencia qué tipo de asamblea es la que está celebrando la Eucaristía. Hay asambleas para las que estos silencios les pondrían resultar enervantes. Hay también ocasiones en que, por otras circunstancias, los silencios pueden resultar tensos.
Estos tiempos de silencio aquí se contemplan en relación con la Palabra de Dios.
El silencio tiene una interioridad. Es silencio divino, por cuanto que el corazón, lo más recóndito de nosotros mismos, se abre a la Trinidad. Se menciona en concreto el Espíritu Santo y el “Dei Verbum” (escribiendo la palabra “Verbum”, en este caso, con mayúscula. En el número anterior, con minúscula: liturgia verbi, Christus per verbum suum, hoc verbum divinum).


Tres tipos de silencio en la celebración de la Eucaristía

Según esto, podemos configurar tres tipos de silencio -que a veces es breve pausa- en la Eucaristía

Acto penitencial e invitación a la oración:

- Silencio en el acto penitencial
Dice el Ordinario de la Misa en los tres modos del acto penitencial: “El sacerdote invita a los fieles al arrepentimiento... Se hace una breve pausa de silencio”.
- Silencio al “Oremos” de la Colecta diciendo:
Oremos. Todos, juntamente con el sacerdote, oran en silencio durante breve tiempo (OGMR actual, 88)
- Silencio al “Oremos” de la oración de después de la comunión.
Dice el Ordinario de la Misa: “Oremos. Y todos, junto con el sacerdote, oran en silencio durante unos momentos, a no ser que este silencio ya se haya tenido antes”

Acogida meditativa de la Palabra:

- Silencio antes de comenzar la liturgia de la Palabra
“Pueden guardarse estos momentos de silencio, por ejemplo, antes de empezar dicha liturgia de la palabra, después de la primera y segunda lectura y, por último, al terminar la homilía” (Ordo lectionum Missae, 28)
            - Silencio después de la primera lectura
            - Silencio después de la segunda lectura
            - Silencio después de la homilía

Silencio de alabanza y oración:
- Silencio después de la comunión.
          “Cuando se ha terminado de distribuir la comunión, el sacerdote y los fieles, si se juzga oportuno, pueden orar un rato recogidos. Si se prefiere, puede también cantar toda la asamblea un himno, un salmo o algún otro canto de alabanza” (OGMR 56 j).


Comentario al silencio de después de la comunión

La nueva Ordenación o Institutio habla de este silencio en los números 88 y 164; lo acentúa, y lo llama “Sacrum silentium”, que no lo había llamado así la Ordenación anterior (véase el número 121, que sería el correspondiente al 164).
No hablamos del momento de distribuir la comunión, sino del de después de la comunión, antes de la oración llamada “Postcomunión”.
Este sacrum silentium no es obligatorio, sino facultativo: “pro opportunitate”.
Este sacrum silentium no es alternativo, como hasta ahora (como lo interpretamos) o silencio o canto;  sino que es un elemento celebrativo que se puede añadir, a saber:
y silencio
y canto de después de la comunión, antes de la Postcomunión.
De esta manera se logra, a nuestro parecer, que la celebración con concluya tan rápidamente de la comunión a la despedida.


(Puebla de los Ángeles, 8 marzo 2012)