viernes, 16 de marzo de 2012

206. Tanto amó Dios al mundo

Domingo IV de Cuaresma, ciclo B
Evangelio de san Juan 3,14-21


Hermanos:

1. El domingo pasado el Evangelio según san Juan nos sumergía en el misterio del Templo. Este domingo, en una conversación reveladora de Jesús con Nicodemo, Jesús nos adentra en el misterio del amor del Padre.
Podemos tomar como frase central de nuestra reflexión de fe esa soberana declaración, que quede eternamente grabada en nuestro corazón. Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3,16).
¿De qué Dios está hablando Jesús? De un Dios que tiene un nombre único: de Dios Padre.
¿Y de qué Hijo está hablando Jesús? No de un rey, no de un profeta, no de un enviado humano muy querido de Dios. Está hablando del Unigénito.
¿Quién es el Unigénito? ¿En qué lugar de la Biblia habrá que encontrarlo? No es otro que él mismo: Jesús es el Unigénito de Dios.

2. Hay una trilogía en acción en esta obra en la que estamos implicados: el Padre, el Hijo unigénito, el mundo. Al decir “mundo” estamos hablando de nosotros mismos, de todos los seres humanos – pasado, presente y futuro – y aquí estoy yo. Estamos hablando de mí. No falsifico el sentido, si singularizo la frase y me introduzco yo con mi propia historia: Tanto me ha amado el Padre, que por mí ha enviado a su Unigénito.
El amor es el ámbito del sentido. Dios ha obrado así en aras del amor, y ha impregnado el mundo de amor.
La frase, palabra revelada, queda coronada, cuando se me dice que toda esta gesta de amor, tiene un fin: ser salvados de la perdición, teniendo vida eterna. La vida eterna es ni más ni menos que la vida misma de Dios. El Evangelio del amor es el Evangelio de la vida.

3.¡Diálogos de Jesús con Nicodemo…! Nicodemo era doctor de la ley, adherido espiritualmente a los fariseos (Jn 7,50). En la sepultura de Jesús, allí estaba junto con José de Arimatea (Jn 19,38-39), que era miembro del Sanedrín (Mc 15,42).
¡Diálogos nocturnos en Jerusalén de Jesús con Nicodemo! Evangelio de la reflexión y de la confidencia. Jesús ha predicado el reino de Dios, el amor del Padre, lo mismo en la plaza, que al aire libre en el campo, que en la sinagoga, que en el coloquio nocturno con este doctor… y que finalmente clavado en la cruz. Jesús tenía una palabra que decir al mundo y ha conseguido decirla. Y esta palabra es: el Padre nos ha amado. Solo el amor es la palabra de Dios; solo el amor es la noticia de Dios; solo el amor es el Evangelio de Dios.
También los humanos tenemos una palabra que decir, cada uno a nuestro estilo y manera. ¡Ojalá que esa palabra no sea, en el fondo, otra cosa que un eco de la palabra de amor que Jesús ha pronunciado! ¡Ojalá que la herencia nuestra que recojan nuestros herederos sea algo tan simple como esto: Dios nos ama!
Si esto es, hermanos, la evidencia del conocimiento divino, nosotros, ya regenerados por este amor, podemos añadir: Es que si Dios no nos amara dejaría de ser el Dios que es, y, a la verdad, que no hay otro Dios sino el que es.

4. La declaración de Jesús, al amor de la noche – alcoba de los secretos – tiene una resonancia sonora en la primera carta de san Juan: Dios es amor (1Jn 4,8.16). Dios es amor, primer mensaje que Benedicto XVI, en carta encíclica (Deus caritas est, 25 diciembre 2005), ha dirigido al mundo.
El pensador cristiano comienza a navegar por este mar infinito para investigar, sin nunca terminar, sobre la verdad clave del pensamiento. ¿Quién es Dios? ¿Cómo es Dios?
Dios no es la imaginación caprichosa del hombre. Dios es la realidad de Él, que pasa a ser realidad nuestra. El ser de una persona se lo conoce por la proyección que de sí misma irradia. La irradiación de Dios, es decir, la obra de Dios, la vida de Dios, sea hacia adentro o hacia fuera, es una: el amor. Dios existe amando, y si no amara, su propio ser sería la negación infinita. En cristiano, en esta filosofía, que puede tejer el corazón pensante, el ser de Dios es el mismo acto perenne de su amor.
Filosofía del amor, que es la única que puede dar pauta y sabiduría a nuestro comportamiento.
Contemplar estas cosas, hermanos, no es una fuga de la realidad, sino abordar la realidad en su más pura entraña, la realidad misma de Dios a la que estamos destinados.

5. El Evangelio de Juan avanza para sacar la consecuencia humana. El mensaje del amor tiene dos polos: Dios y nosotros, y lo que acabamos de decir giraba en torno a Dios.
Por lo que a nosotros respecta, por lo que ese amor creador y esperanzador anuncia, nuestro Evangelio, enseñado por Jesús, es absolutamente simple. Creer en el amor; creer en el amor de Dios, que en el anuncio que se nos está dando tiene la expresión más concreta, pues creer en el amor de Dios es creer en una persona, en Jesús de Nazaret, que aquella noche estaba hablando a Nicodemo y que en esta mañana me está hablando a mí.
Jesús es el enviado del Padre para mí, y en su corazón guarda una palabra: que el Padre Dios me ha amado.
Por ese principio de lo concreto e individual que estamos manejando, Jesús me puede decir y me dice: Yo te amo; esto es lo que significa que el Padre te ha amado. Yo te amo y te estoy amando, yo soy, como el Padre dice, “el entregado”, el que en la cruz te ha dicho, con una palabra de muerte y de vida: yo te amo.
Y así aceptar el amor de Dios Padre en su unigénito es aceptar la Cruz alzada de Jesús, en donde quedó el amor clavado y vencedor para siempre.

6. Así comienza la lectura de hoy, como una bandera alzada. Ha proclamado el texto sagrado: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna” (Jn 3,14-15).
Esta frase bíblica, que une Antiguo y Nuevo Testamento, da alas a la contemplación. Jesús, el Hijo del hombre, puesto en la cruz. Es no es el abatimiento de Jesús, sino, al contrario, la exaltación de Jesús: es que la cruz salvadora es resurrección y ascensión, es exaltación, es la soberanía del amor de Dios en el mundo.
Durante los cinco primeros siglos de cristianismo nadie osó pintar el cuerpo de Jesús en la Cruz. Se pintaba la Cruz, y a veces en múltiples símbolos, pero no al crucificado; que nadie pensara que el ajusticiado fuera la palabra final de la Cruz. La exaltación del Hijo del hombre es el triunfo del amor victorioso. Y la Cruz proclama, por encima de todo, la victoria del amor; también los dolores del Crucificado, a condición de que en los dolores del Doliente veamos el amor triunfante del Amante.
La Cruz de Jesús alzada proclama al mundo el amor del Padre.

7. Para que todo el que cree tenga vida eterna, dice el texto sagrado a propósito de la Cruz levantada.
Los israelitas miraban al signo alzado, y eran sanados.
Los alzamos los ojos a la cruz alzada y quedamos sanados. Dirigir la mirada a la Cruz es lo mismo que creer, pues la fe es esa apertura contemplativa hacia el misterio, aceptando cordialmente, el don que nos viene de lo alto.
Estamos en Cuaresma, y vamos caminando a Viernes Santo cuando la comunidad cristiana avanza para adorarla, poniendo a los pies de Cristo un beso ungido de amor.

Hermanos: Que el Padre en su misericordia nos conceda la fe que su Hijo ha anunciado, y que la fe se transforme en el milagro del amor. El verdadero creyente tanto cree cuanto ama y tanto ama cuanto cree. Amén.

Puebla, viernes de la III semana de Cuaresma, 16 marzo 2012. 

Pueden verse como himnos para este domingo en mercaba.org / Cuaresma:

lunes, 12 de marzo de 2012

205. Decálogo: Dios en la vida

Meditación cuaresmal sobre el sentido de
los Diez Mandamientos

Hermanos:

1. El domingo III de Cuaresma (ciclo B) se ha proclamado a la asamblea cristiana esa página inmortal de los Diez Mandamientos. Realmente son textos de la humanidad. La religión judía estriba ahí,  lo mismo la religión cristiana: en esa alianza de Dios con los hombres puesta en forma de Mandamientos, que el Deuteronomio llamará “las Diez Palabras”, los Diez Mandamientos (Deut 4,13; 10,4). Y tanto judíos como cristianos quisiéramos entregar a nuestros hermanos, los hombres, este Código de Dios, para decir a la humanidad que hay algo, que tiene que haber, que por encima de todas las religiones ha de ser punto de encuentro de la humanidad. Y eso no puede ser otro que Dios mismo.
Los Diez Mandamientos giran en torno a tres núcleos: Dios, la familia, la sociedad. Y esto es válido de por sí mismo, lo formules con la Torá de Moisés o con los principios del Corán, con las antiguas tradiciones de la India o de China.
El asunto es este: Dios en la vida. Si aceptamos que la vida es terreno de Dios o simple terreno del poderío humano; si somos nosotros quieres hemos de poner pauta a nuestro comportamiento, para que todo quepa en él, o si hay un Dios en el cielo, a quien debemos someternos, lo mismo como personas humanas individuales que como comunidad solidaria.
La voz del Señor sigue resonando. Ese estruendo del Sinaí, esa voz de trompetas es un símbolo, de que la voz de Dios, firme e inquebrantable, ha de resonar en los oídos de los hombres. Dios en la vida. El día en que lo quitemos, día en que no tengamos una regla de conducta más allá de nosotros mismos, se desmorona nuestra convivencia, y en lugar de Dios sería el poderío del capricho, el recelo e incluso el odio, lo que nos desgobierna y destruye.
Abramos los ojos y, como personas reflexivas (no como predicadores tremendistas), pensemos si realmente un sordo trabajo de la humanidad, queriendo desprenderse del Dios de los Mandamientos, no quiere empujarnos por el camino del caos.

2. Vengamos al texto bíblico para saber cómo nace y qué alcance tiene para darnos no una filosofía moral para la familia humana, sino una revelación del Dios celoso y amante, que nos quiere atar a sí, por el amor.
Este excelso documento comienza por una declaración fundamento de todo el resto: “Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud” (Ex 20,1). 
El Decálogo es revelación de Dios, revelación del ser de Dios y de la voluntad de Dios. Es ciertamente un texto legal, pero, antes que eso, es el Acta de un pacto. La antigüedad ha conservado textos de viejos pactos: el rey vencedor y el rey vasallo: “mis enemigos serán tus enemigos”.
La forma con que están promulgados los Diez Mandamientos nos recuerda lo que era un pacto, una alianza. Por ello, lo más grave del Documento del Pacto es   la primera parte:
No tendrás otros dioses frente a mí.
No te fabricarás ídolos…
No te postrarás ante ellos, ni les darás culto, porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso…
De aquí fluye todo lo demás, de esta soberanía que han defendido invictamente los profetas: “Mi gloria no la cedo a nadie” (Is 48,11).  

3. Hermanos, aquí es donde nos jugamos nuestra vida, el sentido de nuestra existencia: si aceptamos a Dios Creador, a  Dios  en la historia, a Dios en la vida. Si lo aceptamos, el resto viene de sí.
A esto se consagró Jesús, a predicar el reino operante de Dios en el mundo. Jesús puso a Dios como origen y punto final. No hay nada de nuestra vida que pueda sustraerse a la plena soberanía de Dios. Dios podrá pedirnos cuenta de nuestros  actos justamente porque es el iniciador y dueño de nuestra vida, y esto – volvemos a repetirlo – como personas y como sociedad.
A esta base se la puede llamar “estipulación central” de la Alianza. Luego vienen las “estipulaciones particulares”, que son representaciones emblemáticas de lo que puede abarcar la vida entera.
Cosa curiosa para la exégesis: los Mandamiento son Diez, “las Diez Palabras”, pero es diferente el modo de enumerarlos en las tradiciones religiosas de quienes los admiten como palabra revelada: los rabinos, los católicos y luteranos, los ortodoxos y reformados.
Además el sentido  original de los mandamientos lo hemos amplificado nosotros para que abarquen la gama completa de la moral. Por ejemplo, “No matarás”: se puede matar con la espada o se puede matar con la lengua, con el pensamiento… Es decir, lo que es una proclamación y acta de una Alianza ha pasado a ser un Catecismo mediante el cual se quiere instruir de todas las obligaciones a que nos lleva la recta moral y, sobre todo, el seguimiento de Jesús.  

4. Cada mandamiento para aquella sociedad nómada del desierto y para una sociedad sedentaria después tiene un sentido preciso, que los exegetas estudian con cuidado. Pero en su inspiración íntima los mandamientos nos dan una dinámica de vida, y como tal agarran la existencia humana en su raíz, y, según vamos exponiendo, bien los podemos interpretar no como el código judío o cristiano, sino como el código de la soberanía y del amor de Dios para toda la humanidad.  En esta línea reflexionaba Juan Pablo II, cuando en el Bimilenario de la Encarnación (año 200) llegó peregrino a los pies del monte Sinaí y en la celebración en el monasterio de santa Catalina, tuvo su homilía.
Guardar los mandamientos significa ser fieles a Dios, pero también ser fieles a nosotros mismos, a nuestra verdadera naturaleza y a nuestras aspiraciones más profundas. El viento que aún hoy sopla en el Sinaí nos recuerda que Dios quiere ser honrado en sus criaturas y en su crecimiento: gloria Dei, homo vivens. En este sentido, ese viento lleva una insistente invitación al diálogo entre los seguidores de las grandes religiones monoteístas para el bien de la familia humana. Sugiere que en Dios podemos encontrar nuestro punto de encuentro: en Dios omnipotente y misericordioso, Creador del universo y Señor de la historia, que al final de nuestra existencia terrena nos juzgará con perfecta justicia” (Juan Pablo II, homilía en el monasterio de Santa Catarina, al pie del monte Sinaí, 26 febrero 2000).  

5. Hermanos, digamos claramente: Los humanos nos equivocamos en redondo si  quitamos el  nombre de Dios de nuestra legislación.
Sin Dios no hay moral posible. Un ejemplo al contrario nos viene de esa asociación tan benemérita de Alcohólicos Anónimos. “No me importa la religión a que tú perteneces; pero si no aceptas la existencia de un Ser Superior (llámale como quieras) que es el único que te puede sacar del abismo de tu miseria, si no aceptas esto, no hay curación; seguirás donde estás”.
¿Qué es, pues, el Decálogo, hermanos? Es la alianza de Dios que sale a nuestro encuentro y que quiere santificar nuestra vida en la libertad y el amor.
Después de esto, no cabe otra respuesta que la de la oración y del amor:
¡Dios mío, guíame por el camino de tus mandamientos! Amén.

Puebla, lunes III semana de Cuaresma (12/III/2012).       

domingo, 11 de marzo de 2012

204. Pero Jesús no se confiaba a ellos

Sobre el Evangelio del Domingo III de Cuaresma, ciclo B
Juan 2,13-22. 23-25
Un rasgo de Jesús: historia, psicología, teología
Pensamientos evangélicos de un corazón pensante


1. El Evangelio de la purificación del  templo – o, más bien, de la instauración del nuevo culto en el cuerpo del Señor – que fue el Evangelio del domingo III de Cuaresma (ciclo B) va enlazado con otros tres versículos, resumen de la primera actividad de Jesús en Jerusalén. Dice el texto:

Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre (Jn 2,23-25).

Y de aquí se pasa a la escena del diálogo nocturno de Nicodemo con Jesús.
Para interpretar los tres versículos citados – versículos que nos intrigan – sería necesario que el intérprete, el biblista, fuera simultáneamente profesional de tres disciplinas. Fuera historiador, fuera psicólogo y fuera teólogo. Y poniendo en funcionamiento sus tres especialidades, tuviera la humilde osadía de acercarse a la persona de Jesús, que en este Evangelio resplandece como “el Señor” y que desde el principio es "el Verbo de Dios”, el Verbo hecho carne.
El caso de Jesús es absolutamente único, para el escritor sagrado, y a lo mejor nuestra pretensión choca y queda sin respuesta. Pero de cualquier modo, hay que dar razón del texto escrito, porque, efectivamente, se ha escrito para nuestro conocimiento y aprovechamiento. Intentémoslo.

2. Lo primero que nos llama la atención es que san Juan, al escribir su Evangelio, es histórico y crítico. Con frecuencia el evangelista se comporta así:
- arranca de algo que está fuera; hay un hecho acaecido;
- lo traslada a la escritura, lo cuenta;
- y al contarlo reflexiona sobre el mismo. Son las anotaciones que él va poniendo en el Evangelio, como cuando, narrado el episodio de Caná de Galilea, el escritor teólogo, añade su encuadre y reflexión: “Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él” (Jn 2,11).
Y en el episodio de la estancia de Jesús en Jerusalén sucede lo mismo: san Juan cuenta y reflexiona sobre lo acontecido.

3. Lo que pasó fue que Jesús provocó un entusiasmo, debido a signos que realizaba (san Juan prefiere hablar de “signos” más bien que de “milagros”). El entusiasmo terminaba siendo adhesiones a Jesús. Pero he aquí la sorpresa: Jesús se mostraba cauteloso. No se fiaba, no se confiaba, no daba su confianza a cualquiera. Esto nos parece serio, y quizás nos obliga a cambiar una imagen fácil y endeble del temperamento o carácter del Jesús de carne y hueso.
Pero, al mismo tiempo, esta sorpresa nos produce un gran sentido de realismo y veracidad. Porque uno piensa: Es que eso me pasa a mí. Yo no me fío de todo el que me alaba y me aplaude. De unos sí, de otros no. Yo no doy a todos la misma confianza. No me sale del corazón abrir mi amistad a todos los que acaso dicen que son mis amigos.
Ni todas las personas dadas a devociones son, por el mero hecho, personas de fe. Porque la devoción puede ser una rutina; la fe, nunca. Y menos cuando la fe es sostenida prueba tras prueba.
El seguimiento de Jesús se establece en la fe; no en las devociones.
La fe es la roca; las devociones pueden ser construcciones de apariencia que nosotros mismos armamos.
En suma, Jesús no se fiaba de los entusiasmos; no daba su confianza a aquellos que cuya adhesión a él no la veía sólida y auténtica. La vistosidad, las apariencias no pueden construir la relación estable con Jesús.

4. Y después de la observación de este dato viene la reflexión de Juan evangelista.
Jesús no era un psicólogo, aunque humanamente pudiéramos pensar que sí lo era. Toda persona inteligente es experta en las emociones humanas, en el vaivén de los sentimientos que van y vienen, que vienen y van. En el sentir del evangelista, Jesús goza del don de la penetración divina de los corazones, lo cual, en su caso, no era un don del Espíritu Santo – el don de sabiduría o el don de consejo, por ejemplo –; no era un don, sino que era una condición de su ser.
Define san Juan el total conocimiento de Jesús con estas palabras:

los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

Parece que estamos saliendo del ámbito de la humanidad para pasar a la divinidad. Todo hombre, por muy dotado que esté de dones espirituales, es falible; se puede equivocar.
Esta posibilidad de equivocación no afecta a la santidad de uno, porque la santidad, que es la fidelidad a la gracia, consiste en cumplir siempre lo que uno estima que es la voluntad de Dios.
Jesús sabe lo que hay dentro de cada hombre.

5. ¿Estamos hablando de Jesús hombre o de Jesús Dios? La solución evangélica es inequívoca: estamos hablando de Jesús de Nazaret, de Jesús que estuvo en unas bodas en Caná de Galilea, de Jesús que arremetió contra los vendedores y cambistas del Templo.
Para san Juan el Jesús divino y el Jesús humano son históricamente uno; no hay dos.
Realmente el teólogo se queda perplejo… Con este modo de pensar ya hemos divinizado a Jesús; ya lo hemos sacados de “nosotros”, aunque sigamos contando su historia entre nosotros. Dios se ha metido en Jesús, y, siendo hombre el hijo de María, le vemos dotado del rayo divino de la penetración y del conocimiento.
La dificultad de la cristología con la doble naturaleza – humana y divina – en una sola persona – y esta no humana, sino divina – no la hemos inventado nosotros, sino que late en los mismos Evangelios.
El cómo ocurre esto queda sin resolver.

6. Parece que nuestra reflexión ondea por los campos del pensamiento y se pierde en lo abstracto. En realidad, no es así, porque tratamos de sondear el misterio personal de Jesús. Toda persona humana es, en sí, un misterio; Jesús, de forma eminente y única.
Ahora bien, el mensaje debe revertir en nosotros. Pues la pregunta definitiva deja de ser especulación y pasa a ser interpelación. Y así, del suceso de Jerusalén saltamos al suceso persona de Jesús y yo.
La pregunta se perfila así:
Y en resumen, ¿qué piensa Jesús de mí? ¿Se fía de mí? ¿Soy digno de fiar?
La vida alcanza su clave y su secreto, cuando se la interpreta como una relación recíproca entre Dios y yo y correlativamente entre mí y Dios, viviente y viviente.
San Pablo se sintió digno del Evangelio de Dios; esto, sintió que Dios había tenido confianza para darle el Evangelio de su Hijo. Y fue siempre ministro fiel. Y él, al ver la resistencia de algunos al Evangelio, dijo: El Evangelio no es de todos.
No es una frase fatalista, como si el destino predestinara a unos a la fe y a otros no, sino que es una frase misteriosa que apela a la responsabilidad, la cual acaece en los cauces de la Providencia.

7. Concluyamos. Jesús fue a Jerusalén y levantó entusiasmos, pero no se fiaba de todos, porque los conocía a todos y sabía lo hay dentro de cada uno. El conocimiento de Jesús es universal (de todos) y particular (de cada uno). Por eso, el conocimiento de Jesús llega hasta mí.
Solo la humildad puede abrir la hondura del ser, de mi ser, al conocimiento de Dios, que todo lo sabe y conoce.
Yo soy amado de Dios, y este “ser amado” es la constitución de mi ser cristiano. Existo y subsisto en el amor que se me ha dado, que se ha anticipado a mi aparición en el mundo.
Yo soy conocido por Dios, sabido por Dios; y solo este conocimiento de Dios, de Jesús, Hijo de Dios, es la inteligibilidad de mi ser. Existo por haber sido pensado, por ocupar un sitio en el pensamiento divino, del cual nunca he sido retirado.
Estoy invadido por Dios. De no ser así, regresaría a la nada.
¿Qué es, pues, Dios mío, mi libertad? Es el don de mi yo que responde al ser divino. Soy libre desde unas raíces divinas que han florecido en el ser de mis días.
Y aquí me hallo, Señor, en el camino.
Confío firmemente, Jesús de Jerusalén, en que tú te fíes de mí.
En todo caso, yo diré, con mi vida y mi muerte, que nunca tuve razón para no fiarme de ti.
Amén.

Puebla, domingo III de Cuaresma, 11 marzo 2012.

sábado, 10 de marzo de 2012

203. El celo de tu Casa me va a devorar

Domingo II de Cuaresma, ciclo B
Evangelio de san Juan 2,13-25

Hermanos:

1. La Cuaresma avanza. Vamos recorriendo un itinerario espiritual que, domingo tras domingo, nos lleva hasta la Pascua: el camino cuaresmal. Un camino que nos evoca aquel camino que hizo Dios con su pueblo desde el principio de la humanidad. Los orígenes, Abraham, Moisés con el éxodo y los mandamientos, el pueblo en la tierra prometida, los reyes y los profetas… son los cuadros que se nos representan para no olvidar las maravillas de Dios y provocar en nosotros una respuesta de amor, “porque es eterna su misericordia”. La humanidad va caminando hacia Dios, y todas las religiones intentan acompañar al hombre, indigente y desorientado, en esta ruta hacia los misterios divinos.
En la riqueza variada y ubérrima que tiene la Cuaresma nos encontramos hoy, tercer domingo, con el que podríamos llamar el Domingo de Moisés. En el Sinaí recibe las Tablas de la Alianza, código moral de la humanidad. Y contemplando la vida de Jesús, guía inmediata de nuestra vida hasta la muerte, hoy escuchamos un pasaje evangélico transido de grandeza y divinidad sobre el cual se quiere concentrar nuestra reflexión.

2. Si decimos “La expulsión del Templo de los vendedores y cambistas”, decimos muy poco; porque esa referencia es solo la corteza del episodio.
Esta actuación majestuosa de Jesús en el Templo la refieren los cuatro evangelistas. Los tres primeros (Mateo, Marcos, Lucas) la colocan en la semana última de Jesús, entre los gestos y palabras de la Semana Santa, tras la entrada mesiánica en Jerusalén el Domingo de Ramos. San Juan, en cambio, la coloca al principio. Después del primer signo de Jesús, en Caná de Galilea - la conversión del agua en vino – viene a continuación, y de repente, este episodio, que ocurre en Jerusalén, advirtiendo que está cercana la Pascua de los Judíos. Son dos episodios – Caná y el Templo – que desde el inicio marcan el estilo de Jesús: algo distinto, nuevo y definitivo, trae Dios a la humanidad nueva de sus hijos que anhela construir.
Si la historia es la sucesión de los hechos tal como van apareciendo cronológicamente, seguramente que los tres Sinópticos están transmitiendo la secuencia de los acontecimientos tal como pasaron. 
Jesús irrumpe con un estallido, que le viene de dentro, al ver ignorada y profanada la Gloria del Padre, que reside en el Templo. Actuando de tal forma, Jesús no es solo un vigoroso reformador que quiere poner en orden las cosas de Dios; Jesús es un enviado del cielo que está anunciando, con tan desusado proceder, que el Templo ha sido santificado y se inicia un mundo nuevo, con un Templo diferente. La imagen apacible de Jesús, ese Divino Corazón de suave y tierna mirada, no se corresponde con el Jesús del látigo que arremete y echa de los atrios del Templo a vendedores y cambistas.

3. Analizando el episodio, vemos que aquellos vendedores y cambistas están de alguna manera al servicio del Templo. Se trata de víctimas para las ofrendas y el cambio en moneda judía para satisfacer con el tributo debido al Templo. Hay que pensar, además, que estamos en el área de los gentiles, que en rigor es un área profana, abierta incluso a los no judíos. Son atenuantes o excusantes en favor de este comercio y datos que ponen más en evidencia el extraño comportamiento de Jesús.             
El gesto de Jesús va acompañado de una palabra no menos sorprendente. Habla de “la Casa de mi Padre”. Dice: “Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la Casa de mi Padre” (v. 16).  Jesús, exaltado, aparece, por lo tanto, como un místico y como un enérgico intromisor.
Jesús no es censurado como agresivo y violento, sino en razón de una autoridad y de un poderío soberano que, según las autoridades del Templo, no le corresponden.

4. Recordad, hermanos, que el asunto del Templo fue el cuerpo de delito del que se acusó a Jesús para tener un fundamento legal sobre el que pudiese apoyarse la sentencia de muerte. No se acusó a Jesús de una sedición, de una revuelta política para fundamentar la pena capital. Hubo sediciosos que pagaron con su cabeza el intento de rebelión contra los romanos; acaso a esto se refiera el Evangelio de san Lucas: “aquellos galileos cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían” (Lc 13,1).
A Jesús hubo que atacarlo por la palabra. Advierte el Evangelio: “Pues, aunque muchos daban falso testimonio contra él, los testimonios no concordaban” (Mc 14,56). Y entonces, en medio de esta confusión, se trae algo gravísimo, lo que Jesús dijo sobre el Templo: “Nosotros le hemos oído decir: Yo destruiré este templo, edificado por manos humanas, y en tres días construiré otro no edificado por manos humanos. Pero ni siquiera en esto concordaban los testimonios” (vv. 58-59).
El asunto se presentaba de extrema gravedad, y para liquidarlo se levantó el Sumo Sacerdote y formuló claramente la cuestión de que se trataba: “¿Eres tú  el Mesías, el Hijo del Bendito?” (v. 61). En este particular el Sumo Sacerdote tenía plena razón, porque hubiera dicho lo que fuera – esta frase u otra, cualquiera de ellas gravísima – ya el asunto no era  ni siquiera el Templo, sino la identidad del que así hablaba; y el Sumo Sacerdote va en picado a la pregunta mortal: ¿Eres tú  el Mesías, el Hijo del Bendito?
Porque si, efectivamente, aquel hombre responde, como respondió, “Sí, lo soy” (v. 62), la vida se volvía al revés. Todo tenía que cambiar y empezar un orden nuevo. Y la “blasfemia” (v.63) era la sentencia de muerte.
Las palabras de Jesús no eran una declaración teológica inofensiva, ni eran una declaración revolucionaria contra la teocracia judía o la soberanía del Imperio Romano. Jesús no iba a morir por política, sino por algo divinamente superior: porque era el Hijo del Bendito y desde ahí había que reestructurar toda la Alianza de Dios con su pueblo.

5. La palabra del Templo va unida a la resurrección, por lo tanto a la muerte y a todo el misterio pascual.
Jesús va a levantar otro templo en tres días, dicen los testigos que hablan en Marcos. Y con esta frase enlaza el texto de san Juan. “Cuarenta y seis años ha costado el construir este templo, y ¿tú lo vas a levantar en tres días?” (Jn 2,20) Y añade el evangelista teólogo: “Pero él hablaba del templo de su cuerpo” (v. 21).
Esto es bellísimo para nosotros, porque a partir de ahí ya sabemos cuál es nuestro templo: Jesús, el santísimo cuerpo de Jesús. Necesitamos edificios para juntarnos: una capillita en la selva, hecha de un modo rudimentario para reunir a los cristianos y enseñarles el catecismo y celebrar la Eucaristía, o una espléndida catedral, monumento y gloria de una ciudad… Al fin, valen lo mismo: lo que nos reúne es el cuerpo del Señor, y desde este cuerpo del Señor, nosotros somos también, Cuerpo de Cristo, y por el Espíritu Santo, templo del Espíritu Santo.
Esto es muy bello; pues ¡cuánto más hermoso será no simplemente el decirlo, sino el vivirlo!

6. Hay un detalle en este Evangelio de hoy que no quiero pasar por alto. “El celo de tu Casa me devora” (versículo 17). Es una frase del salmo (Sal 69,10). En realidad en el salmo está escrita en forma actual, cumplida: “me devora” (literalmente, me devoró: katégafe); pero san Juan, al tomar el salmo, la cambia en futuro: “me devorará” (katafágetai). No todos los traductores piensan que hay que estimar tal matiz (la versión latina, sí). Según esto, cabe la interpretación: El celo por tu Casa me va a devorar, me va a matar. Y así fue: el celo por la Casa de Dios le llevó a la muerte.
Ahora, tengamos el valor de decirnos: La Casa de Dios soy yo.
¡Gracias, Jesús, por haber muerto por el celo de la Casa de Dios, de la Casa de tu Padre! Amén.

Puebla, sábado, 10 marzo 2012.

Un Himno para este Domingo III de Cuaresma, ciclo B

1. El celo de la Casa de tu Padre
abrasa tus entrañas, Nazareno,
Jesús amado, Hijo del Bendito,
que anuncias con tu signo el nuevo Templo.

2. Jesús en cruz clavado, en luz surgido,
cumplido está el anuncio de tu cuerpo;
tu Gloria es nuestro templo consagrado,
tu santidad, hogar de nuestro encuentro.

3. La Casa de Oración abierta está,
pues eres tú, viviente y verdadero,
la nueva humanidad que a todos junta,
de todo peregrino abrazo y beso.

4. Tú eres el confín de la esperanza,
destino y unidad del mundo entero,
pureza que nos baña y santifica,
en el altar, purísimo Cordero.

5. Tú cambias el pecado en alabanza
y en nuestros yerros muestras tu trofeo,
excelso Sacerdote y Santuario,
y de tu eterno Padre, gozo pleno.

6. ¡Oh Trinidad beata y suspirada,
de todos los misterios el secreto,
la eterna gratitud ya desde ahora,
por Él, con Él y en Él un solo anhelo! Amén.


Puebla, sábado, 10 marzo 2012

viernes, 9 de marzo de 2012

202. Transfiguración (6) – ¡Escuchadle!: Y el silencio de Dios

Meditación sobre el silencio de Dios
para los hijos de Dios

Hermanos:

1. Quiero terminar estas reflexiones y meditaciones sobre la Transfiguración, escena de la que nos atrevimos a decir que era como el centro mismo de la Biblia. El Antiguo Testamento viene a desembocar allí, por conducto de Moisés y Elías, que son “la Ley y los Profetas”, que para un judío era la totalidad de los libros bíblicos (véase Mt 5,17). Y el Nuevo Testamento tiene en la Transfiguración una cima. En efecto  el protagonista es Jesús de Nazaret, el Hijo del hombre, que ya ha anunciado su pasión y muerte inexorables, y es el Hijo amado, el único de Dios, en el que el Padre tiene todas sus complacencias. Con lenguaje de esta tierra: Jesús es el cielo del Padre. No tiene otro. Y por la misma intimidad divina (la “circuninsesión” que dice la teología) es el gozo del Espíritu Santo.
Le escuchábamos al Santo Padre en su catequesis del miércoles pasado. Nos hablaba de “el silencio de Jesús”, recordad. Y decíamos cómo hay dos silencios:
- El silencio de Jesús para escuchar a Dios.
- Y el silencio de Dios que se vierte sobre el alma de Jesús. El Huerto de los Olivos y la Cruz son el silencio de Dios, amorosamente acogido por Jesús. Jesús muere, en efecto, arropado en el silencio de Dios: ¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?

2. Lo diré con las últimas palabras de Benedicto XVI, tan bellas, tan profundas y conmovedoras.

“La cruz de Cristo no sólo muestra el silencio de Jesús como su última palabra al Padre, sino que también revela que Dios habla a través del silencio: “El silencio de Dios, la experiencia de la lejanía del Omnipotente y Padre es la etapa decisiva en el camino terreno del Hijo de Dios, la Palabra encarnada. Colgado en la cruz, se ha lamentado por el dolor causado por este silencio: 'Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?' (Mc 15, 34, Mt 27, 46). Continuando en la obediencia hasta el último aliento de vida, en la oscuridad de la muerte, Jesús ha invocado al Padre. A Él se ha confiado en el momento del pasaje, a través de la muerte, a la vida eterna: 'Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu'. (Lc 23, 46)” (Verbum Domini, 21). La experiencia de Jesús en la cruz es profundamente reveladora de la situación del hombre que reza y de la culminación de la oración: después de haber escuchado y reconocido la Palabra de Dios, debemos mensurarnos con el silencio de Dios, expresión importante de la misma Palabra divina" (Audiencia general, 7 marzo 2012).

3. Este silencio de Dios lo han conocido los santos. Si prestamos atención, diremos que lo hemos conocido nosotros mismos, que queremos ser buenos cristianos. Jesús, Palabra de Dios, dulcísima palabra – pues solo él merece el ¡Escuchadle! – calla en determinados momentos de nuestra vida. Es así y tiene que ser así.
Es el momento del silencio; es el momento de la ausencia.
Si nuestra fe flaquea, si nos olvidamos de Dios, porque Dios no habla como si no existiese… entonces ese silencio de Dios (que es silencio de amor) puede ser arrasador.
Por el contrario, si nos mantenemos con la fe viva en esos meses – acaso años – de silencio de Dios, entonces la fe sale vigorizada, purificada, enardecida para nuevas empresas por Dios.
En la culminación de su vida santa Teresita del Niño Jesús sufrió meses de silencio de Dios, y entonces comprendió que terrible tiene que ser la situación de los ateos, que no creen en Dios. Comulgaba con los ateos. Y ese dolorosísimo sufrimiento era una oblación por los que no creen, o, al parecer, no pueden creer. Y mientras ella escribía poesías celestiales.
Tenemos, pues, que contar con el silencio de Dios; pero, por su gracia, no perder la sonrisa. Y si él quisiera que nosotros muriésemos en el silencio de Dios…, por doloroso que nos sea, ¡hágase la voluntad de Dios! Esto de ninguna manera lo hemos de pedir; al contrario, debemos pedir la dulzura de Dios para bien morir. Y, en todo caso, la paz que nunca nos la va a negar.

3. En la historia de los santos nos encontramos con el silencio de Dios, lo que san Juan de la Cruz llamó la “Noche oscura”.
Entre los santos modernos hay una santa que ha brillado en el silencio de Dios, que es la Beata Teresa de Calcuta (1910-1997), beatificada por Juan Pablo II en 2003. Su caso es estremecedor; es algo directamente místico, y tan sumamente delicado que, si uno no está avezado a este tipo de confidencias, es mejor que no las lea. Me estoy refiriendo al libro de la Madre Teresa de Calcuta que apareció en español en 2008: Ven, sé mi luz (Planeta), libro escrito básicamente con las cartas que esta excepcional  mujer escribió a sus directores espirituales, abriéndoles totalmente el corazón.
Un periodista (un “periodista”, repito, no un teólogo, no un experto en teología espiritual) escribía así cuando el libro estaba a punto de salir en español.

“ ¿Creía en Dios Teresa de Calcuta? (título del artículo). Cuando Teresa de Calcuta (1910-1997) recibió el premio Nobel de la Paz, en diciembre de 1979, pidió que la Navidad que llegaba sirviese para tener presente a Cristo. Once semanas antes, escribía a un confesor: "Jesús tiene un amor muy especial por ti, pero por mí... el silencio y el vacío son demasiado grandes, miro y no veo, escucho y no oigo, la lengua se mueve, pero no habla". Es una de las muchas frases escritas por la beata que resumen la profunda crisis de fe de los últimos 50 años de su vida. Un libro que se publicará en septiembre, El secreto de la madre Teresa, bucea en 40 cartas en las que cuenta estos sentimientos espirituales.
Son confidencias en forma de epístolas a varios confesores a lo largo de más de 60 años, que dan una imagen de la beata muy distinta de la pública. En ellas, Teresa de Calcuta describe su sentimiento como un "un enorme vacío y oscuridad", según un amplio reportaje de la revista británica Times Magazine. "¿Dónde está mi fe? Incluso en lo más profundo, no hay nada, excepto vacío" (Autor y artículo véase en El País. 25 agosto 2007).

4. La maravilla de la Madre Teresa es algo que no lo barrunta el periodista. En el mes de abril de 1942 la Madre Teresa hizo un “voto heroico”, que sin duda cumplió toda su vida: “Hice un voto a Dios, obligándome bajo pena de pecado mortal, a dar a Dios todo lo que me pidiera, a no negarle nada” (Carta a su director espiritual, Ven, sí mi luz, p. 47). Esto no lo supo nadie en vida de ella: sólo su director espiritual.
Ese voto tuvo una modalidad: sonreír siempre a Jesús. Las fotos de la Madre Teresa suelen estar sonriendo. Era la sonrisa que ella brindaba a Jesús, como diciéndole que ni se enterase de lo mal que lo estaba pasando.
La Madre Teresa hizo una obra que ha admirado al mundo entero: abrió 594 casas, “tabernáculos para Jesús”, decía, en 120 países, incluida la India. Una desilusión el no haber podido establecer una casa en la China continental.
Ella quiso amar a Jesús como nadie la había amado…, locura propia de los santos. Buscaba ser víctima de amor, y lo fue. Oía en su corazón la voz de Jesús, que le decía: “Quiero religiosas indias víctimas de Mi amor, quienes serían Marta y María, quienes estarían tan unidas a Mí como para irradiar Mi amor sobre las almas…” (Ven, sé mi luz, pp. 70-71).
Aquel voto de amor era la clave de su vida. Escribía a su director espiritual: “Esto es lo que oculta todo en mí” (p. 48).
Jesús aceptó aquella ofrenda, y le dio lo que a nadie se puede desear. Le dio la oscuridad, para que fuese luz para otros: ¡Ven, sé mi luz! “Si alguna vez llego a ser santa, seguramente seré una santa de la oscuridad. Estaré continuamente ausente del Cielo, para encender la luz a aquellos que en la tierra están en la oscuridad” (carta al P. Joseph Neuner, 6 marzo 1962).
No, la Madre Teresa jamás “dudó” de Dios, no tuvo “crisis” de fe en el sentido de “¿Existirá Dios o no existirá?”, pero Dios le consideró digna de soportar la oscuridad, el silencio de Dios, para asemejar su alma al alma humana de Jesús.
He aquí, para nuestro conocimiento y admiración en silencio, un párrafo estremecedor escrito a su director espiritual:
“El lugar de Dios en mi alma está vacío. No hay Dios en mí. Cuando el dolor de esta ansia es tan grande, yo simplemente deseo y deseo a Dios, y entonces es cuando siento: Él no me quiere, no está allí. El Cielo, las almas son solo palabras que no significan nada para mí. (…) No puedo explicar la tortura y el dolor. Desde mi infancia he tenido el amor más tierno a Jesús en el Santísimo Sacramento, pero eso también se ha ido. No siento nada ante Jesús, y sin embargo por nada perdería una Santa Comunión” (carta al P. Neuner, abril 1961. Ven, sé mi luz, p. 259).
No hace falta saber altísima teología para sospechar que aquí nos encontramos con una gran mística. Su fe aguanta todos los combates del infierno.

5. En todas las capillas de las Hermanas de la Madre Teresa de Calcuta (en Puebla, desde donde escribo, hay una) está Jesús Crucificado, y junto a la Cruz lo que dijo Jesús agonizante: Tengo sed.
Sed ¿de qué? Sed de amor. Es la única sed que tiene Jesús. Por eso le pidió agua a la Samaritana; y por eso, desde la oscuridad espiritual de la Cruz, el Sediento nos estaba diciendo a nosotros (mejor dicho, “a mí”): Tengo sed.
Desde el monte de la Transfiguración sigue resonando la voz del Padre: ¡Escuchadle!
En la Cruz habla: Tengo sed. Aquella pequeña Albanesa, que se hizo para siempre india, Teresa de Calcuta, escuchó la voz de Jesús. Y Jesús, para ayuda de los pobres, le regaló una sonrisa. Era la sonrisa de Dios. Misterio de la Transfiguración. Amén.

Puebla de los Ángeles, 9 marzo 2012.