lunes, 2 de abril de 2012

212. La Iglesia unge los pies del Señor


Meditación sobre
el Evangelio de Lunes Santo

Hermanos:

1. La liturgia del Domingo de Ramos semana nos introdujo en esta semana única que la tradición cristiana ha llamado “la semana Santa”. La los libros litúrgicos la llaman Semana de la Pasión del Señor.
La Pasión del Señor, Passio Domini, que significa sufrimiento que incluye la muerte, es el corazón de esta semana, dedicada a la contemplación de Cristo doliente. “Me amó y se entregó por mí”. El Lunes Santo contemplamos Mesías doliente, escuchando en la celebración de la Eucaristía el primer Canto del Siervo de Yahveh del libro de Isaías; el Martes Santo, el segundo Canto; el Miércoles Santo, el tercero. El Cuarto Canto del Siervo de Yahveh, que ha sido considerado como el Evangelio anticipado de la Pasión de Jesús, se reserva para la celebración sagrada de Viernes Santo en la muerte del Señor.
Semana de contemplación. Es el mejor obsequio que la Iglesia puede dar a Cristo, su Señor, su Esposo, su amor verdadero.
En los textos evangélicos se van tomando las perícopas o secciones de aquellos episodios que en aquellos días precedieron inmediatamente a los sucesos del Jueves y Viernes Santo. Hoy, Lunes, tenemos el relato de la Unción de Jesús en Betania.

2. He aquí el texto bíblico proclamado en la Eucaristía, del Evangelio de san Juan (12,1-11):

“Seis días antes de la Pascua, Jesús volvió a Betania, donde estaba Lázaro, al que había resucitado. Allí le prepararon una cena: Marta servía y Lázaro era uno de los comensales. María, tomando una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, ungió con él los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se impregnó con la fragancia del perfume. Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dijo: "¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?". Dijo esto, no porque se interesaba por los pobres, sino porque era ladrón y, como estaba encargado de la bolsa común, robaba lo que se ponía en ella. Jesús le respondió: "Déjala. Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura. A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre". Entre tanto, una gran multitud de judíos se enteró de que Jesús estaba allí, y fueron, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado. Entonces los sumos sacerdotes resolvieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos se apartaban de ellos y creían en Jesús, a causa de él”.
“La casa se impregnó con la fragancia del perfume”. Y ese perfume dura hasta hoy; nosotros lo aspiramos.
¿Qué es contemplar, hermanos, sino quedarse preso e inmerso en aquello que los ojos ven, que los oídos del alma escuchan, que el paladar espiritual gusta, que el olfato sensitivo del Espíritu percibe…? Contemplar es entrar en comunión sencilla de algo que nos transporta, y que deleitosamente nos gana.
La escena de la unción sagrada del cuerpo del Señor está despertando a la Iglesia para que se acerque vea, toque y adore. Hay una mujer protagonista de la unción; y sin duda que esto nos remite a un episodio concreto de los días de Jesús Nazareno. Pero detrás de esa mujer estoy yo, amoroso lector del Evangelio, está, más bien, la Iglesia que abraza a su esposo.
Los sagrados textos nos lo están diciendo, y hemos descubrirlo para gustar de esa dulce comunión.

3. Los cuatro Evangelios tienen, cada uno, una escena de unción; pero cpon detalles diferentes, que el crítico sentirá dificultad en concertar.
La escena popularmente más conocida es la unción de aquella pecadora, muy conocida en la ciudad, que arrepentida se lanzó a los pies del Señor en casa de un tal Simón: los regó con sus lágrimas, los ungió con el perfume, los acarició con sus manos, los besó con sus labios, los enjugó no con un lienzo, sino con su cabellera destrenzada. Los cabellos, atractivo de pecado, ahora se hacían homenaje femenino, delicadísimo, al más amado, al verdadero y desde ahora único amor. ¿Quién era aquella mujer? Lo dice el Evangelio: una anterior pecadora, ahora agradecida.
Estamos en el relato que describe san Lucas (7,35-49). ¿Y cómo se llamaba? El evangelista no dice su nombre – “una pecadora” (v. 37), una pecadora pública  - como, después de esta escena el mismo texto evangélico habla de las mujeres que seguían a Jesús (8, 1-3), la principal de ellas María llamada Magdalena, “de la que habían salido siete demonios” (v.2), una antigua interpretación que durante siglos ha dominado, ha identificado a la pecadora con la Magdalena; y ha visto en la expulsión de los demonios la liberación de los pecados que había cometido, cuando el Evangelio, al hablar de las expulsiones de los demonios, nunca dicen que los los posesos fueran unos pecadores, sí unos enfermos.

4. Los otros tres Evangelios – san Mateo, san Marcos, san Juan – hablan de una unción que ocurren precisamente dentro de la semana Santa (Mt 26,6-13; Mc 14,3-9; y el texto de san Juan que hemos transcrito), con detalles claramente distintos, pero, en todo caso,
- una unción que ocurre en Betania,
- y donde entran en escena dos personajes: la mujer enamorada de Jesús que hace un despilfarro de perfume, y Judas (o algunos “indignados”) que hacen un comentario: ¡Qué derroche inútil cuando se podía haber vendido ese precioso y con el producto haber socorrido a los pobres…!
En el puro centro de la escena está Jesús,
- que descalifica en absoluto ese comentario,
- que defiende a la mujer,
- y que acepta gustosamente el homenaje que se le hace.
Obviamente estamos ante una revelación de lo más puro de nuestra fe.
Al recibir la Iglesia en sus libros sagrados esta escena, pese a las dificultades internas que la crítica puede descubrir, está identificándose a sí misma. Está trazando su propio retrato, de quién es ella si su Señor es su Esposo.
Una esposa puede despilfarrar por su esposo, puede darle una joya, un perfume, sin que su esposo le reproche:
Mejor que lo vendas y se lo des a los pobres. ¡Qué grosería la de un esposo, si así procediera!

5. ¿Quién es, por lo tanto, la Iglesia? La amorosa esposa de su Señor, Jesús.
Si se ha conservado, hermanos, el relato de la Pasión de Jesús es porque la Iglesia lo necesita para recordar, para amar, para ansiar y deleitarse siempre con el amor de su Señor.
Hay que evocar el cantar de los cantares para entrar en esta escena divina de la unción y el perfume de Betania.
“Mientras el rey se halla en su diván,
mi nardo exhala su fragancia.
Bolsita de mirar es mi Amado para mí,
que reposa entre mis pechos” (Cant 1,12-13).

6. ¿Qué podemos hacer en Semana Santa, hermanos? ¿Qué “obra buena”? Pues a lo mejor lo que hizo la mujer enamorada: ir a los pies de Jesús y derramar sobre ellos el perfume de nuestra vida.
El Señor, en su misericordia, nos conceda la más sublime gracia que puede existir en esta vida… y en la otra: ¡la gracia del amor! Amén.

Lunes Santo, 2 abril 2012.

domingo, 1 de abril de 2012

211. Hoy, Domingo de Ramos, en Asís hace 800 años

Domingo de Ramos de Clara
(1212-2012)

El Santo Padre Benedicto XVI acaba de firmar un mensaje con fecha de 1 de abril de 2012, dirigido al Obispo de Asís, Domenico Sorrentino, y a través de él a la familia franciscana, muy particularmente a las clarisas y a los jóvenes. El mensaje ha sido proclamado en Asís en las primeras Vísperas del Domingo de Ramos. Hoy, Domingo de Ramos, precisamente hoy, hace 800 años de lo que estamos celebrando en este Año Clariano.
Al eco de este mensaje (publicado en “L’Osservatore romano”) van escritos estos versos de oración.

1. Ojos hermosos de Cristo
que enamoraron a Clara,
ojos grandes como el mundo
que miran y paz derraman.
Belleza pura de Dios
que ella miraba extasiada,
suspendida en suave afecto
en el Domingo de Palmas.

2. El Obispo bendecía
a la joven que buscaba
y a un Esposo inmaculado
su tierna mano entregaba.
Conversión ella decía
la vida que ahora iniciaba,
la conversión al amor
Clara y en pos sus hermanas.

3. Aquella noche de Ramos
la alianza se firmaba,
y ante el altar de la Virgen
la cabellera quedaba.
El Obispo lo sabía
y el propósito apoyaba,
que era obra de la Iglesia
y el Espíritu alentaba.

4. Fue de noche y a escondidas
cuando Clara se fugaba,
diciendo adiós a la sangre
que en el pecho le sangraba.
Era más bello el esposo
por el que todo dejaba,
Clara esposa, Clara madre
de hermanas que Dios le daba.

5. Con el hermano Francisco
hacía una sola alma,
los dos mirando a la cruz
como única Palabra.
Se vistieron de pobreza
la que Dios solo enseñaba,
y una hermosura divina
sus almas una bañaba.

6. La Iglesia de Asís recuerda
y toda la Iglesia santa
y del confín de la tierra
vienen pidiendo posada.
Vienen, en alas de amor,
jóvenes iluminadas,
brindando a Cristo amoroso
lo que Clara le brindaba.

7. Jesús de los ojos grandes
y hermosas perlas de llagas,
viviente en los corazones
de cuantos sufren y aman.
Jesús amor de mi vida,
juventud y fresca savia,
Jesús, que al mirar fascinas,
míranos con tu mirada.

Alfaro (La Rioja, España), Monasterio de la Concepción,
Domingo de Ramos, 1 abril 2012.

Sobre este centenario espiritual de Santa Clara véase en nuestro blog:
78. Clara, perfume de 800 años
Fr. Rufino María Grández, OFMCap.

viernes, 30 de marzo de 2012

210. Domingo de Ramos: Pasión de Jesús según san Marcos

Meditación en torno a la Pasión de Jesús egún san Marcos
(Evangelio de san Marcos, capítulos 14 y 15)


Hermanos:

1. Domingo de Ramos, Domingo de la Pasión del Señor. Se inicia la Semana Santa, que nos llena de respeto, de adoración y de amor.
El Domingo de las palmas tiene todos los años un escenario doble: el humilde triunfo del Mesías Redentor, aclamado por el pueblo hebreo rumbo a la ciudad santa de Jerusalén, triunfo que dilata nuestras almas, disponiéndonos a celebrar la Eucaristía; y la proclamación sagrada de la Pasión del Señor. Un año se toma la Pasión de Jesús según san Mateo; el segundo, que es este, se toma la Pasión de Jesús según san Marcos; el tercero, que será el año próximo, la Pasión de Jesús según san Lucas. Y todos los años, el Viernes Santo, la Pasión de Jesús según san Juan.
En la recentísima visita del Papa a Cuba, Su Santidad Benedicto XVI ha solicitado al Presidente del país que Viernes Santo sea declarado día festivo, respetando la sensibilidad, tan arraigada en el pueblo cubano, de venerar el misterio de la pasión y muerte de Jesús.

2. Ante la Pasión del Señor el cristiano se queda mudo, y uno evoca aquella escena que describe la Escritura cuando sobrevino la desgracia a Job, tipo del hombre doliente en suprema gravedad. Vinieron a consolarle tres amigos. “Al verlo de lejos y no reconocerlo, rompieron a llorar, se rasgaron el manto y echaron polvo sobre sus cabezas y hacia el cielo” (Jb 2,12). Y tras este drama viene lo más expresivo: “Después se sentaron con él en el suelo y estuvieron siete días con sus noches, pero ninguno le decía nada viendo lo atroz de sus sufrimientos” (v. 13).
La Pasión escrita en los Evangelios es, ante todo, la meditación de la comunidad de Jesús que maternalmente lo ha llevado en su corazón, lo ha llorado como se llora a un hijo, y ha pedido perdón a Dios, porque han sido nuestros pecados los autores del drama de la humanidad. Al mismo tiempo, da gracias a Dios y bendice con serenidad, porque, como Pablo dirá: “Me amó y se entregó por mí”. Es que no se puede ver y meditar lo que allí ocurre, sin no pasar al instante al propio escenario de nuestra vida. Dice Pablo: “Mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Ga 2,20).

3. La Pasión de Jesús no se podrá nunca entender sin lo que pasó en el Cenáculo aquella noche sagrada, cuando Jesús nos dio la Eucaristía y abrió de par en par el corazón. De allí salieron al Huerto, el Huerto de la agonía. Y aquí comienzan las escenas del desenlace final, que tienen una secuencia de tres momentos: el Huerto, el Juicio y la Cruz. Los evangelistas son ricos en detalles, y desde siempre a los cristianos les ha gustado hacer de los cuatro relatos una narración continua para no perder ningún rasgo que mueva el corazón a la meditación. Pero la verdad es que cada evangelista tiene su propia línea de reflexión y en esto queremos centrarnos.
En el Huerto hay una palabra suprema. Es una palabra divina que el evangelista la ha guardado, tal como la pronunció Jesús y la ha entregado a la Iglesia. Esta palabra es Abbá, "padre" en lengua aramea, que para Jesús es lo más tierno y sublime que se puede decir de Dios. “Y decía: ¡Abbá!, Padre: tú lo puedes todo, aparta de mí este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres” (Mc 14,36).
Esta es la palabra esencial de Jesús en el Huerto. En esa palabra, que ha quedado ahí en lengua aramea, está encerrada toda la historia de Jesús: todos los recuerdos de su vida, toda la entrega del presente, toda la esperanza del futuro. Jesús dice ¡Abbá!, ¡Abbá! Y el evangelista nos advierte: “y oraba repitiendo las mismas palabra”: ¡Abbá!, ¡Abbá!
Eso y solo eso, infinitamente eso, fue la oración del Huerto. Y entretanto el Padre, que se moría de ternura por su Hijo, callaba. ¡Qué misteriosa forma de amar! Dejar en el silencio desolado al Hijo de sus entrañas. En suma, hermanos: “Me amó y se entregó por mí”.

4. Pero avancemos en la Pasión de Jesús según san Marcos. Olvidémonos, ahora, del relato de la Pasión de los otros Evangelios. Concluida la escena del prendimiento en el Huerto, Jesús ya no habla sino tres veces: una para responder al Sumo Sacerdote, otra para responder a la autoridad del Imperio, otra, dirigida al Padre, para morir en la cruz.
Las tres palabras – entendámoslo bien – son la explicación de la única palabra que Jesús lleva en su corazón: ¡Abbá! Son las tres palabras de la Pasión de Jesús según san Marcos. Meditémoslo. Tres palabras que está diciendo quién es él, quién es su Padre, por qué muere.

5. Ante el Sanedrín, reunido en pleno, el Sumo Sacerdote, “levantándose y poniéndose en el centro”, apelando de esta manera a toda su autoridad sagrada, preguntó a Jesús: “¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?” (Mc 14,61). Esta era la cuestión, la única cuestión de todo lo que estaba pasando, y nos alegramos de que el Sumo Sacerdote así pusiera los términos. Y Jesús, que hasta ahora había callado con admiración de todos, ahora sí habló. Y dijo son voz humilde, serena y eterna: “YO SOY. Y veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene entre las nubes del cielo” (v.62).
Ante la conciencia de Jesús y ante la conciencia de todos está claro: Jesús va a morir por esta horrenda blasfemia que hace estallar toda la religión, por ser el Hijo del Bendito, cuyo nombre no se puede pronunciar. Pero Jesús en el fondo de su corazón sigue diciendo: ¡Abbá!, ¡Abbá!
Jesús no se avergonzó de su Padre y murió por Él: ¡Abbá!, ¡Abbá!

6. Lo llevaron a Pilato para formalizar la sentencia. Pilato le hizo una pregunta, que era política, y misteriosamente más que política: “Pilato le preguntó: ¿Eres tú el rey de los judíos? Él respondió: Tú lo dices” (Mc 15,2). Pilato trató de desembarazarse de esta muerte, y para ello les dio a elegir entre un criminal y Jesús. Ellos gritaron para que soltara al criminal y crucificara a Jesús. “Y Pilato, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran” (Mc 15,15). Y Jesús, fiel a su propia conciencia, en el fondo de su corazón seguía diciendo: ¡Abbá!, ¡Abbá!

7. Tercera y última palabra de Jesús en su Pasión, según san Marcos. Fue después de las burlas que le hacían al rey de los judíos, título escrito en la cruz: “Y a la hora nona, Jesús clamó con voz potente: Eloí, Eloí, lemá sabactaní (que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”)" (Mc 15,34). Jesús está orando a su Dios, a su ¡Abbá!, ¡Abbá!, y ante Él está desahogando, en la oscuridad y el abandono, todo su corazón, porque su amor era más fuerte que su soledad. Era la suprema hora del ¡Abbá!, ¡Abbá!
Luego “Jesús, dando un fuerte grito, expiró” (v. 37). Ese fue el grito triunfal de la victoria, que nos llega hasta hoy, y que resuena en nuestro corazón y lo levanta hasta Dios.

8. Hermanos, la Pasión de Jesús la vivió san Marcos así, la celebró su comunidad así. Era la Pasión del Hijo de Dios. ¡Abbá!, ¡Abbá!
“Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios” (1,1), había puesto san Marcos en el título del Evangelio.
Y tras la muerte de Jesús, “el centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (v. 39).
Hermanos, nos callamos para clamar con toda la vida del corazón: Jesús, tú eres el Hijo de Dios. Toma mi vida dentro de tu muerte. Amén.

Viernes de Dolores, 30 marzo 2012.

Como himnos espirituales para este día véase: En Betfagé nos unimos, Jerusalén, Iglesia del Mesías

miércoles, 28 de marzo de 2012

209. Cincuenta años del Concilio: Crónica Huaorani

Memoria de dos humildes y grandes misioneros
a la altura de un Concilio


1. Hace 25 años que en la selva amazónica, atravesado por quince lanzas, murió el Obispo Alejandro Labaka; y con él la hermana Inés Arango, ambos a dos ínclitos misioneros en el sentido nuevo y puro que se le puede dar a esta palabra (21 julio 1987). Y hace 50 años que se iniciaba el Concilio Vaticano II, que preparaba una vuelta al modo y estilo de hacer Iglesia, de vivir la comunión de los cristianos y el entronque con el mundo (11 octubre).
Una Facultad de Teología – Facultad de Teología del Norte, Sede en Vitoria-Gasteiz – ha querido unir estos dos eventos en un mismo tronco del árbol vigoroso y fecundo de la Iglesia. Quien esto escribe, recién llegado de América (mis escritos anteriores normalmente están firmado en Puebla de los Ángeles, México) ha estado allí. El acto académico, en memoria y honor de un vasco guipuzcoano, Alejandro Labaka Ugarte (1920-1987), capuchino, misionero, obispo y mártir, era un acto académico universitario. Para mí era una espléndida celebración de fe y de Iglesia.
El tema concreto, que ha centrado las cuatro intervenciones y el diálogo, era un pequeño libro, titulado “Crónica Huaorani”, y el ponente decía: Se trata de un texto constitucional.

2. Seguramente que la gran mayoría de quienes se asomen a esta ventana no saben quién fue Alejandro Labaka. Nacido en las montañas de Guipúzcoa, en los tiempos en que esta tierra soñadora era un hervidero de vocaciones, Alejandro Labaka, es un muchacho que como tantísimos otros siguió los pasos de la carrera sacerdotal como religioso capuchino. Fue ordenado sacerdote en diciembre de 1945, y el 1947 estaba de misionero en China. Allí permaneció hasta que las circunstancias políticas de la revolución de Mao en 1953 le obligaron a repatriarse.
Pero este hombre de temple apostólico de ninguna manera se quedó en casa. Como los capuchinos acababan de asumir una misión amazónica en el Ecuador, él se ofreció y se apuntó para continuar siendo misionero de avanzada entre los indios, a los que amó sencillamente como a hermanos.
No puedo contar en tres párrafos lo que he escrito en un respetable volumen de 669 páginas, de página amplia y letra pequeña y 1300 notas documentales…

Vida y martirio del Obispo Alejandro Labaka y de la Hermana Inés Arango. Vicariato Apostólico de Aguarico, Coca, Ecuador, 2009.
Comienza a germinar la información de Labaka en Internet y el internauta lector de esta página puede acudir al Blog de Alejandro Labaka ha comenzado a gestionar el joven misionero mexicano Néstor Wer. A este Blog nos remitimos. Véase:
Mons. Alejandro Labaka, OFMCap., Mártir de la Iglesia de Aguarico.

3. ¿Qué tiene que ver este misionero vasco con el Concilio Vaticano II?
Lo que tiene que ver es esto: Que sin el Vaticano II no habría existido este misionero, que hoy ha sido ensalzado como uno de los grandes en la estela de los Grandes Misioneros de la Iglesia.
Labaka merece ser conocido, y pienso (así lo he dicho en voz alta y lo repito aquí para quien me oiga) que merece ser reconocido por la gente de su tierra, por el Gobierno Vasco, para alzarle un monumento y se tenga clara conciencia de que gentes así ha producido esta tierra.
La horrible crónica de pólvora (que ojalá por la gracia de Dios, sea crónica pasada) no es la Crónica del Pueblo Vasco; la Crónica Huaorani, y del grupo específico de los Tagaeri a punto de extinguirse en la selva, esa sí es la crónica de los ideales más generosos del pueblo vasco.
La Crónica Huaorani (cinco ediciones, cinco mil ejemplares en total) son los apuntes que un misionero iba tomando al entrar en contacto con los pueblos ignorados, tomando el latido de su porpio corazón y el latido de ellos, y que, tras la muerte martirial, un compañero (Miguel Ángel Cabodevilla) ha publicado.
Él expuso su vida “propter Evangelium”: así se lo consultó en su día a Pablo VI, y así ocurrió en la fecha, hoy gloriosa, del 21 de julio de 1987.
Él entendió que la salvación es salvación integral de la persona y él, como misionero y como obispo, buscó la libertad, la ciudadanía, la autonomía cultural de unas minorías poseedoras de unos derechos ancestrales que nadie les podía arrebatar.
Con su vida pagó en sangre – y la Hermana Inés igual – lo que él había aprendido en el Vaticano II. Dios ha puesto las “semillas del Verbo” (expresión que usó el Concilio, tomada de san Justino, en el siglo II) en todos los pueblos y culturas, y esas semillas, que germinan, llevan a Cristo nuestro Hermano y Redentor.
Alejandro, que profesionalmente no es un teólogo, es una luz en la Iglesia, como avanzado testigo del amor.
El episcopado ecuatoriano firmó en pleno, todos y cada uno, la petición de que se abriera la causa de este misionero-obispo que murió en la selva, desnudo como Cristo en la Cruz. Y en efecto, la Causa está abierta.
Y esto – añadiré – al honor de la audacia del Vaticano II.
Hoy, que se les rinde este homenaje a dos testigos vivientes del Concilio, como preámbulo del Simposio que se tendrá en la Universidad Católica de Quito (21-24 mayo 2012), al conmemorar los XXV años de martirio, no me podía acostar sin dejar constancia y memoria de esta celebración eclesial.

4. ¡Hermanos Alejandro e Inés, Siervos de Dios, mártires de Cristo, rogad por mí…, rogad por vuestra Iglesia santa de Aguarico, que regasteis con vuestra sangre!

Pamplona, 28 marzo 2012.

miércoles, 21 de marzo de 2012

208. La alianza nueva escrita en el corazón y la muerte gloriosa de Jesús

                                                      Domingo V de Cuaresma, Ciclo B
Jeremías 31,31-34; Hebreos 5, 7-9; San Juan 12,20-33

Hermanos:

1. Hay pasajes en el Antiguo Testamento que nos resultan particularmente esplendentes y llegan hasta nosotros como verdaderos manantiales de Evangelio. Me estoy refiriendo ahora al texto de Jeremías de la Nueva Alianza, primera lectura de este domingo; un texto muy semejante al anuncio del don absoluto de Dios cuando en Ezequiel, un poco después de Jeremías, el Dios de la alianza promete: Os daré un corazón nuevo e infundiré mi Espíritu en vuestro interior.
El proyecto de Dios que han intuido los profetas es la divinización del hombre, lo cual jamás podrá alcanzarlo el hombre con su empeño; Dios mismo tiene que entrar en acción y hacer esa obra sublime como obra suya, absolutamente suya, fruto de su amor.
Acerquémonos al texto de Jeremías, palabra creadora de Dios.

2. El profeta, que tanto ha luchado y tanto ha sufrido, después de tanta experiencia y dolor, llega a concluir algo que lo ha percibido como revelación divina. La Ley, dada por Dios a  Moisés, sin duda que como un don de amor, ha resultado ser un fracaso, porque la historia ya larga del pueblo sacado de Egipto ha sido una amarga historia de pecado, de infidelidad a esa confianza que Dios había deposita en su pueblo elegido. De Moisés a Jeremías han pasado más de 500 años, y los hechos hablan por sí solos. Incluso la amenaza que se cierne y la realidad que ya ha comenzado se presenta fatal. En los años de Jeremías han comenzado las deportaciones a Babilonia, los setenta años de la cautividad, que los profetas han interpretado como castigo a la alianza pactada, como prueba de una infidelidad declarada. La Ley, con toda su hermosura, con toda la mística que lleva dentro, no ha sido capaz de detener el aluvión del pecado.
No es culpa de la Ley, el profeta lo sabe, como siglos más tarde lo dirá san Pablo: la ley es santa, el precepto es bueno; pero el corazón del hombre es torcido, y en el fondo es malo. De nada me sirve que me pongan ahí delante un ideal sublime para que lo cumpla, si a mí no me da la gana.
La única solución posible para que la realidad sea otra es que se opere un cambio en el corazón del hombre; pero el hombre radicalmente no quiere, y estaremos siempre en las mismas.
Dios promete una alianza nueva. Una alianza “nueva” no es repetir la anterior, sino hacer otra distinta.

3. “No será una alianza como la que hice con sus padres, cuando lo tomé de la mano para sacarlos de Egipto, pues quebrantaron mi alianza, aunque yo era su Señor – oráculo del Señor – esta será la alianza que haré con ello después de aquellos días – oráculo del Señor - :
Pondré mi ley en su interior
y la escribiré en sus corazones:
yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (Jer 31,32-33).

Esto es igual que hacer una creación nueva. Es sanar el corazón de raíz. Esto es iniciar un mundo nuevo, la familia de la verdadera amistad con Dios. La alianza nueva se expresa con la fórmula recíproca del amor: “Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”.
En estas nuevas relaciones establecidas con Dios se entiende lo que a continuación dice el oráculo:
“Ya no tendrá que enseñarse unos a otros diciendo: ‘Conoce al Señor’, pues todos me conocerán, desde el más pequeño al mayor – oráculo del Señor –, cuando perdone su culpa y no recuerde ya sus pecados” (v. 34).

4. Hermanos, es bellísimo este panorama. ¿Cómo ha podido anunciar y escribir semejantes cosas el grande y doliente profeta Jeremías?
Seguramente que estas cosas no se pueden escribir sino después de un éxtasis celestial. Un sociólogo dirá: Esto es una pura utopía. Esa situación humana ni ha existido ni va a existir, porque el hombre, antes y después, es lo que es; está viciado en su raíz, como la historia hasta hoy cruelmente lo demuestra.
Acaso un teólogo diga: Es el estado escatológico el que está describiendo el profeta. Si dice solo eso porque el profeta no está hablando de un tiempo más allá de la historia, sino de una comunidad que ha de realizarse con estos parámetros, aquí mientras dura la historia de Dios.
¿Será posible? La respuesta está en el Evangelio. “Y cuando yo sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32).
Nos acababa de decir: “y donde esté yo, allí también estará mi servidor” (v. 26). Todo esto supone una alianza de igualdad, de reciprocidad que se establece entre Jesús y nosotros, a quienes llama sus servidores.

5.  Estamos al final del ministerio público de Jesús.
“Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora.
Pero si por eso he venido para esta hora.
Padre, glorifica tu nombre” (Jn 12,27-28).

En el corazón de Jesús hay un estallido, el estallido mismo de la vida, que en este punto cenital se llama “la hora”. Es el momento en que el grano de trigo tiene que desaparecer para convertirse en espiga.
Jesús se lanza a esta aventura celestial: tiene que morir. Ya no le importa mirarse a sí mismo; mira al Padre. “Padre, glorifica tu nombre” (v. 28).

6. Y el texto sagrado dice que tras esta ofrenda, tras esta oblación perfecta a la gloria de Dios, llegó una voz del cielo, que algunos confundieron con un trueno. A nosotros nos parece que estamos en el monte Sinaí, en el monte de la Transfiguración. Decía esa voz:
“Lo he glorificado
y volveré a glorificarlo” (v. 28).
Jesús, destinado a la muerte, era el glorificado; y vencedor de la muerte será también el glorificado.
Con esa dinámica de muerte y vida está estableciendo la realidad de la alianza nueva.
Para entrar en esta alianza nueva, y amanecer como criaturas nuevas – el Nuevo Mundo del Evangelio – Jesús nos pide que se verifique en nosotros lo que en él se está verificando:
- la muerte del grano de trigo, que entonces, y solo entonces, dejará salir la vida increíble que lleva en sus entrañas. “El que quiera servirme, que me siga” (v. 26), dice Jesús.
- Que comprenda el seguidor que la muerte es glorificación, si bien es cierto que solo el amor puede entender la muerte como glorificación.
- Que acepte el seguidor seguirle tras la muerte, donde habita la gloria. Hoy nos envuelve una lectura sagrada de Hebreos, que suena así: “Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado pro su piedad filial” (Hb 5,7).

7. Todos estos pasajes, que hemos citado y mezclado, nos invitan a una cosa: a vivir en profundidad los misterios de Dios, que están como diluidos en lo cotidiano de la vida.
Ahora volvemos al principio de nuestra reflexión y nos preguntamos: Esa alianza nueva de Dios y el hombre, que entrevé y anuncia Jeremías, ¿será posible?
Sí es posible, porque en la vida de Jesús se ha verificado y Jesús nos invita a entrar en ese interior, como servidores suyos, como amigos, y, al final, como esposos copartícipes de una alianza circulatoria de amor.

El amor hace ver donde no se ve.
El amor diviniza lo que es humano.
El amor cambia la vida, y la eleva hasta donde está Cristo.
El amor es lo más nuestro de nosotros mismos, y es la realidad más recóndita del ser que está pidiendo ser despertada para mirar amablemente y entender creyendo.
Hermano, sigamos adelante, hasta el final, con Jesús; y donde esté él, estaremos nosotros sus servidores. Amén,

Puebla de los Ángeles, 21 marzo 2012.

Hermano, hermana:
Si son mexicanos les invito a entrar en el número precedente a este, que dice: 
207. Santo Padre Benedicto, ¡bienvenido a México!

martes, 20 de marzo de 2012

207. Santo Padre Benedicto, ¡bienvenido a México!

Humilde Salutación
al Papa Benedicto XVI
(A los pies de El Cubilete, 23 marzo 2012)


Las revistas y periódicos escriben sobre la venida del Papa a México.
¿Yo tengo también una palabra, una opinión, una palabra de doctor…, o al menos de periodista?
No, no la tengo. Quizás porque hay tanto que pensar.
Pero tengo una palabra de amor, y aquí está.


Creyente luminoso, humilde y dulce,
Benedicto,
espejo de piedad y de coraje,
de todo corazón, ¡sed bienvenido!

En México, memoria y esperanza
de un tesoro crecido entre sencillos,
te sentirás muy tiernamente amado,
padre, y “apapachado” con cariño;
allí en lo alto te protege y cuida
el Corazón Divino.

Naciste todo entero y consagrado
para mirar a Dios con ojos limpios.
Tu tierra es la belleza y el amor,
que el pensamiento allí alcanza sentido;
y tu palabra cae suavemente,
y quien te escucha siente a un buen amigo.

El Céfiro que todo lo penetra,
del corazón conoce el entresijo,
y Espíritu de amor y de consuelo,
sabe cuarenta y siete mil delitos,
y más…, de cada uno nombre y vida,
que Dios es Padre tierno de sus hijos.

Clemente Papa, de dolor muy lleno,
en busca vamos, bien adoloridos,
de una palabra cierta que contagie
valor para acertar en el camino.

Acaso el Padre tenga reservada
adentro de tu pecho pensativo,
un hálito y estímulo seguro.
Si tú lo sabes, Papa Benedicto,
pastor del Buen Pastor, Jesús, el único,
en nombre del Señor, humilde, dinos.

Se llamará justicia, y más al fondo
tendrá otro nombre en el que yo me implico.
Humano soy, y nada humano, ajeno
y extraño considero a mi destino.

¡Bendito por venir entre nosotros!
Tu abrazo muy sincero recibimos.
Contigo celebramos, suplicamos.
Contigo, blanca túnica, Contigo.

La Virgen interceda,
y en todo brille Cristo,


Puebla, 20 marzo 2012

Rufino María Grández