Homilía para el Domingo XXXIII del tiempo ordinario, ciclo C,
Sobre Lc 21,5-19
Texto
evangélico:
5 Y como algunos hablaban del templo, de lo
bellamente adornado que estaba con piedra de calidad y exvotos, 6 Jesús
les dijo: «Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre
piedra que no sea destruida». 7 Ellos le preguntaron: «Maestro,
¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para
suceder?».
8 Él dijo: «Mirad que nadie os engañe. Porque
muchos vendrán en mi nombre, diciendo: “Yo soy”, o bien: “Está llegando el
tiempo”; no vayáis tras ellos. 9 Cuando oigáis noticias de
guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque es necesario que eso
ocurra primero, pero el fin no será enseguida».
10 Entonces les decía: «Se
alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, 11 habrá
grandes terremotos, y en diversos países, hambres y pestes. Habrá también
fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo.
12 Pero antes de todo eso os
echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y
haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. 13 Esto
os servirá de ocasión para dar testimonio. 14 Por ello, meteos
bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, 15 porque
yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir
ningún adversario vuestro. 16 Y hasta vuestros padres, y
parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros,
17 y todos os odiarán a causa de mi nombre. 18 Pero
ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; 19 con vuestra
perseverancia salvaréis vuestras almas.
Hermanos:
1. Estamos en el domingo penúltimo del año eclesiástico. El domingo que
viene es Cristo Rey, Fin del Año de la Misericordia, y ya el siguiente
iniciaremos el tiempo del Adviento, que precede a la Navidad y que abre un
nuevo ciclo de cara a la Pascua del próximo año 2017.
Por estas fechas todos los años evocamos a Jesús en Jerusalén, En estos
días finales de su historia en estos días que corresponden a la Semana Santa,
Jesús habla de los misterios finales: de su muerte, de la desolación que va a
seguir a su partida y del destino de su pueblo.
Son pasajes difíciles de entender, y su lectura, para que no derive en la
propia fantasía tiene que ser una lectura inteligente e informada. Esperamos hacerlo
con la gracia de Dios.
2. Jesús ve la destrucción del Templo de Dios, que él había amado con todo
el corazón, hacia el que había peregrinado año tras año según las santas
tradiciones judías. Dos, tres días antes
Jesús había llorado contemplando, en la bajada del monte de los Olivos,
contemplando el Templo y la ciudad. Nos lo acaba de decir san Lucas: “Al acercarse y ver la ciudad, lloró sobre
ella, mientras decía: «¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a
la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos. Pues vendrán días sobre ti en que
tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco de
todos lados, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre
piedra. Porque no reconociste el tiempo de tu visita» (Lc 19,41-44).
3. Las lágrimas de Jesús sobre el Templo y la ciudad no son simplemente las
lágrimas de un judío patriota, que ama a su pueblo hasta el tuétano. Son
lágrimas de Dios en Jesús.
Jesús ve el fracaso de la historia de Dios con su pueblo, y en ello el
fracaso mismo de su propia vida. Hay que ir a los profetas para comenzar a
entender cómo vive Jesús desgarradoramente la ruina de su pueblo, No era el
poder político del imperio romano lo que explica la conquista de Jerusalén, la
conquista y destrucción de la ciudad el año 70 por el emperador Tito y el
general Vespasiano. Es no es la explicación. Eso no es lo que hace llorar a
Jesús, sino, como lloraron los profetas, el ver que el pueblo elegido fue permanentemente
infiel a la elección.
El historiador judío Flavio Josefo nos ha contado al por menudo todo lo que
pasó en la destrucción de Jerusalén, y nuestros hermanos hebreos lo siguen
lamentando en sus celebraciones sagradas. Nuestros hermanos hebreos recuerdan
con horror sus propias tradiciones. “Cuando Vespasiano se retiró enviaron a
Tito, el malvado, sobre el cual está escrito: "Dirá el impío, dónde está
su Dios, la roca en la que se protegían" (Devarim 32:37), los sabios estudian que este versículo se refiere a
Tito, quien blasfemó en contra del cielo. ¿Qué hizo? Tomó a una prostituta de
la mano, entró dentro del Kodesh
HaKodashim [Santo de los Santos], extendió un pergamino de la Torá sobre el
suelo y pecó con ella sobre él. Además agarró una espada en la mano y rasgó el
velo del Templo, entonces ocurrió un milagro y sangre empezó a escurrir de él;
así el impío pensó que había matado a Dios, como se declara: "Gritaron tus
enemigos dentro de tu santuario y pusieron sus señales por señales" (Tehilim 74:4). Estas son las tradiciones rabínicas.
Nada extraño, porque ya en el profeta Ezequiel, encontramos escenas
horrorosas de la profanación del Segundo Templo de Jerusalén (véase el capítulo
16). Se mezclan, sin duda, hechos y leyendas, todo ello signo de algo
absolutamente espantoso y execrable, la situación a la que ha llegado el
haberse alejado del Dios de la alianza.
4. Ahora bien, hermanos, lo más grave de todo esto no es el contemplar a
Jesús como espectador de excepción de esa desgracia que se avecina, sino el verse
él mismo involucrado en ella y con él toda su comunidad de seguidores. Sucede
que en la Biblia Dios se mezcla en la historia de su pueblo, que es historia
suya.
Ahora es Jesús el que se ha mezclado con la historia de las naciones y el
que se ha mezclado en la historia de sus testigos. El texto sagrado del
Evangelio nos anticipa esta situación: “os
echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y
haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre”.
El nombre de Jesús va a ser causa de persecución, de ruina y de martirio. Y hasta vuestros padres, y parientes, y
hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os
odiarán a causa de mi nombre.
5. La historia de Jesús continúa y está mezclada con la nuestra. Nada
humano es ajeno a él, nada humano es ajeno a nosotros.
Estamos viviendo meses y años de guerra y martirio. En todo ello está
presente Jesús, como el Señor.
Como cristianos podemos pedir esta sublime gracia: Entender y contemplar que Cristo es el punto
final y la fuerza de la historia. Por ese triunfo de Cristo vivimos, y por ese
triunfo hemos de estar dispuesto a dar nuestro testimonio hasta el final.
Señor Jesús, concédeme poder llorar contigo por lo que tú has llorado y
creer sin condiciones en la misericordia y en el triunfo de tu Padre, que se ha
de realizar en ti y por ti. Amén.
Guadalajara, Jalisco, jueves, 10 noviembre 2016.