Bautizados y enviados – Domund 2019
Lc 18,1-8
Texto
evangélico:
Lc18 1 Les decía
una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer. 2
«Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. 3
En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia
frente a mi adversario”. 4 Por algún tiempo se estuvo negando, pero
después se dijo a sí mismo:
“Aunque ni temo a Dios ni me
importan los hombres, 5 como esta viuda me está molestando, le voy a
hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme”». 6
Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; 7 pues
Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les
dará largas? 8 Os digo que les hará justicia sin tardar.
Pero, cuando venga el Hijo del
hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».
Hermanos:
1.
Hoy es el Domund, Domingo Mundial de Misiones. Hace 100 años el Papa Benedicto
XV, a quien se ha llamado el Papa de las Misiones publicó una célebre encíclica
misional: Maximum illud, aquel
mandamiento máximo del Señor Resucitado, cuando dijo a sus discípulos: «Id por
todo el mundo y predicad el Evangelio a todas las naciones» (Mc 16,15). Fue
como un relanzamiento de la misión en la Iglesia, después de los estragos que
había causado en Europa la primera guerra mundial. Célebre encíclica que
suscitó tanta generosidad y fervor.
Es
una placer espiritual y una maravilla para quienes amamos de corazón a la
Iglesia leer estos documentos, hoy antiguos, donde nos encontramos con
iniciativas tan audaces como esta, cuando dirigiéndose a los obispos, les dice:
“Ssabed que será la más exquisita prueba de afecto que daréis a la Iglesia si
os esmeráis en fomentar la semilla de la vocación misionera, que tal vez
empiece a germinar en los corazones de vuestros sacerdotes y seminaristas.
No
os dejéis engañar de ciertas apariencias de bien, ni de meros motivos humanos,
so pretexto de que los sujetos que consagréis a las Misiones serán una pérdida
para vuestras diócesis, ya que, por cada uno que permitáis salga fuera de ella,
el Señor os suscitará dentro muchos y mejores sacerdotes.” (Maximun illud, 87-88).
Podríamos
preguntarnos con lealtad: ¿Cuántos sacerdotes tiene esta arquidiócesis?
¿Cuántos de ellos han emprendido la misión “ad gentes”…, a impulsos de la
fuerza del Espíritu?
El
Papa Francisco, al principio de su mensaje para el Domund 2019, recordando a su
antecesor Benedicto XV reflexiona y dice: “La visión profética de su propuesta
apostólica me ha confirmado que hoy sigue siendo importante renovar el
compromiso misionero de la Iglesia, impulsar evangélicamente su misión de
anunciar y llevar al mundo la salvación de Jesucristo, muerto y resucitado”.
2.
Lo peculiar del mensaje misionero de hoy, que resuena vigorosamente en los
documentos de estos años, de todos estos últimos papas es este: Que si yo soy bautizado, yo soy misionero.
La
fe vivida, siempre es fe misionera; fe expansiva. Ser misionero no es ser
proselitista. La misión de ninguna manera es un asunto de “marketing”
espiritual para atraer más gentes a la Iglesia Católica. La misión, ni hoy ni
nunca, se podrá medir por la estadística. Esta íntima convicción nos debe traer
serenidad y paz en el corazón.
La
misión es, ante todo, tomar conciencia de que yo soy una lámpara encendida,
portador del Evangelio que se me ha dado en el bautismo, y allí donde esté mi
vida, por humilde que aparezca en su radio de acción, ha de ser bella y
atrayente, de tal manera que, sin vanidad, esté invitando a otros: Verdaderamente es hermoso lo que este
hombre, esta mujer, está viviendo. Esa vida tiene un secreto, que no sé cuál
es, pero me parece que, sin conocerlo, lo voy descubriendo.
3.
El venerable Papa Benedicto XVI decía en el mes de mayo de 2007 en la Aparecida
ante todo el episcopado latinoamericano: “La Iglesia se siente discípula y
misionera de este Amor: misionera sólo en cuanto discípula, es decir, capaz de
dejarse atraer siempre, con renovado asombro, por Dios que nos amó y nos ama
primero (cf. 1 Jn 4, 10). La Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho más por
"atracción": como Cristo "atrae a todos a sí" con la fuerza
de su amor, que culminó en el sacrificio de la cruz, así la Iglesia cumple su misión en la medida en
que, asociada a Cristo, realiza
su obra conformándose en espíritu y concretamente con la caridad de su
Señor” (Homilía del 13 mayo 2007).
4.
Centrándonos en el Evangelio de hoy, veamos qué nos dice el Señor, y cuál es la
pregunta escalofriante que nos hace al final.
Como
en otras ocasiones Jesús ha tomado un ejemplo incorrecto de la vida para enseñarnos
algo divino. El juez de la parábola es un juez oportunista e injusto. ¿Qué voy
a ganar yo con esta pobre mujer? Nada… Hazme justicia de mi adversario, hazme
justicia, hazme justicia… Y el juez, para quitársela de encima, al final
accede: Sí, tienes razón, toma tu sentencia, y déjame en paz y no me molestes.
Jesús
ha tomado ese mal ejemplo para enseñarnos una verdad sublime: Tenéis que ser
con vuestro Padre Dios como esa viuda, impertinentes hasta decir ¡basta!
La
primera reflexión del Señor, al ver la impertinencia de la viuda es esta;
“«Fijaos en lo que dice el juez injusto; 7
pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o
les dará largas? 8 Os digo que les hará justicia sin tardar”.
A
Dios, que es nuestro Padre, tenemos que pedirle siempre, día y noche, sin
cansarnos.
-
No nos escucha.
-
Sí nos escucha, que no es sordo, aunque se quede en silencio.
5.
Ahora bien, el punto álgido de la parábola es la frase final, que, como he
dicho es una palabra escalofriante.
Hay
un cambio de escenario. Ahora no se habla del Padre. Ahora se va a hablar de
Jesús, Hijo del hombre, que se ha de presentar un día…
Pero, cuando venga el Hijo del
hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».
A
veces se traduce: ¿encontrará fe en la tierra? (como es la versión que usamos
en América). Pero parece más correcto esta fe especificada en el ejemplo de la
mujer. En cualquier caso se habla de la fe, y con un modo de interrogación que
parece insinuar una respuesta negativa.
No,
cuando venga el Hijo del hombre, no va a encontrar.
O
más exactamente: Si no cambiamos no va a encontrar esa fe. Encontrará tibieza e
indiferencia.
Ahora
bien, si cambiamos, sí que encontrará esa fe. O, al menos, si cambio yo, sí que
va a encontrar en mí esa fe.
Esa
es la fe de Moisés, que durante la batalla, levanta los brazos al cielo y vence
el ejército; y cuando los bajaba el ejército palidecía.
Esa
es la fe de Pablo, cuando dice a su discípulo que anuncie “a tiempo y a
destiempo”. Esa es la fe que yo quiero para mí, la fe del auténtico misionero,
marche a tierras lejanas o esté anunciando a Jesús en su barrio.
Escuchemos
la frase de san Pablo a su discípulo Timoteo: “Te conjuro delante de Dios y de
Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y a muertos, por su manifestación y por
su reino: proclama la palabra, insiste a
tiempo y a destiempo” (2 Tim 4,1-2).
“A
destiempo” nada debemos hacer. Es una manera de decir: Que la fe, que el
anuncio de Dios sea la pasión de tu vida en todo momento.
Señor Jesús, nos unimos a toda la
Iglesia, todos los que nos confesamos discípulos tuyos para orar como tú nos
enseñaste: Padre, santifica tu Nombre, trae tu Reino. Amén.
Guadalajara,
jueves, 17 octubre 2019.