¿Qué mandamiento es el primero de todos?
Mc 12,28-34
Texto evangélico:
28 Un escriba que oyó la discusión, viendo lo acertado de la respuesta, se acercó y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?». 29 Respondió Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: [1]0 amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. 31 El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos». 32 El escriba replicó: «Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; 33 y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». 34 Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:
«No estás lejos del reino de Dios». Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.
Hermanos:
1. Jesús viene en esta homilía a anunciarnos de pleno el amor de Dios: amar a Dios,, a mi Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.
San Juan nos dirá: Él nos amó primero. Y nosotros reflexionamos: Solo el que ha sido amado puede amar, porque el amor nos e conoce con la cabeza, sino con el corazón. Y sigue nuestra reflexión: Si Él me amó con todo su corazón, yo no puedo amarle con la mitad con la mitad ni con las tres cuartas partes; tengo que amarle con todo mi corazón y con todas las fuerzas vitales de mi ser. En castellano decimos: con alma, vida y corazón; con todo cuanto soy, con todo cuanto poseo ser un día. He de cultivar todas las posibilidades a mi alcance – mi talento, mis haberes – para una sola cosa: para amar a Dios. En esto está mi plenitud, mi realización, en una palabra, mi felicidad.
2. Ahora bien, Jesús, metiéndose dentro de esta frases, saca lo que estaba dentro: Y al prójimo igual, con todo tu ser, es decir: has de amar a tu prójimo como te amas a ti mismo.
Pensando en estas cosas, san Pablo dirá: Estos es la Ley y los Profetas. Aquí están todos los mandamientos; de aquí se deriva todo.
Por poner un ejemplo, es como si dijéramos a unos padres: Padre y Madre, tenéis que amar a cada uno de veustros hijos con todo el corazón, toda el alma, con todas las fuerzas, con todo el tiempo, con toda vuestra vida. Es decir, y concretando:
Tenéis que darles de comer cada día, ya para eso trabajar y ganar lo necesario:
Tenéis que darles educación, y para eso, llevarlos a la escuela.
Tenéis que cuidar su salud, y para eso, si están enfermos, tenéis que llevarlos al médico.
Tenéis que mirar por su futuro, y para eso proveerles de un oficio.
Tenéis que orientarlos en la vida, y para eso darles los consejos oportunos.
Y así sucesivamente podríamos trazar los Diez y los Veinte mandamientos de los padres de familia, los cuales se resumen en uno: Tenéis que amarlos, amarlos de verdad, amarlos como Dios los ama y como Dios quiere que los améis, respetando su libertad a la hora de las grandes decisiones de la vida porque nos sois los dueños de vuestros hijos. El dueño es solamente Dios Creador y Padre, y vosotros sois los cuidadores a los que Él os los ha confiado.
3. Volviendo, pues, a las palabras centrales de Jesús, ¿qué significado y repercusiones entrañan para nosotros hoy y ahora en nuestra vida?
Hoy admitimos como un principio válido y universal que todo estado debe ser laico; y por lo tanto debe dejar a Dios a un lado.
Pero por otra parte decimos, que en el centro de toda legislación debe ser el Hombre, la dignidad humana, la igualdad entre el hombre y la mujer, los derechos humanos, el derecho constituido por la sociedad a lo largo de los siglos para convivir en un recto comportamiento. Es decir, hay toda una Filosofía del ser humano, como base de un pensamiento y de una legislación. Esa Filosofía, con unos principios firmes, defiende unos modos de comportamiento, que llamamos “valores”. Hay que educar en valores, se dice hoy.
En esta Filosofía Dios no entra como referente del ser humano. El ser humano puede prescindir de Dios y funcionar según los pensamientos a su alcance.
4. Hermanos, es muy fácil enrollarse en los propios pensamientos para justificar nuestros malos instintos y acabar en un caos. Todo es opinable, todo es justificable; pero así vamos al caos, a la desintegración de unos principios absolutos que ordenen el sentido y la orientación de la vida.
En un texto central de la revelación en el Antiguo Testamento leemos estas majestuosas palabras:
Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Estas palabras que yo te mando hoy estarán en tu corazón, se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado; las atarás a tu muñeca como un signo, serán en tu frente una señal; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portales. (Deut 6,4-9).
Dios existe; Dios es Uno; Dios es tu Dios. Si esto es verdad, tenemos ya un punto de partida, la vida recibe un sentido nuevo. Dios manda, Dios protege; a Él se lo debemos todo: todo viene de Él, todo retorna a Él. Y ahí es donde surge el amor, que es la consagración del ser entero al Señor.
Él nos ha amado; yo correspondo a ese amor con mi consagración total a Él, con alma y vida: Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.
5. En este modo de hablar y en esta perspectiva, hermanos, Dios no es una idea, perdida allá en lo infinito. Dios es su presencia real en la vida, lo m ismo en la vida personal que comunitaria; Dios es la compañía de mi vida. Dios no es u estorbo; bien al contrario, Dios es seguridad, Dios es presencia, Dios es presente, Dios es futuro.
Pero todavía hay más. Sin negar nada a cuanto llevamos dicho, el cristiano se adelante y dice: Dios es hombre; Dios es Jesús. Por tanto, amarás al Señor Jesús, tu Dios, que vive en el Evangelio, que vive en la Eucaristía, que vive en tu propia vida con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.
Y el mismo Señor Jesús nos dice: Y amarás al prójimo como a ti mismo.
Esta es nuestra fe; esto es lo que creemos y lo que debemos anunciar al mundo.
Podré cambiar las palabras para decir lo mismo, como escuchamos hoy en la Carta a los Hebreos: Cristo es nuestro Sacerdote – es el misterio que celebramos en la Eucaristía – nuestro único y sumo Sacerdote. De una vez para siempre ha ofrecido su Sacrificio en al Cruz, que se actualiza cada vez que nos reunimos y celebramos la Eucaristía.
Terminamos con una súplica del todo simple:
Señor Jesús, te reconocemos como Hijo de Dios, como nuestro Dios. Haz que te amemos con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas; y al prójimo – tú nos lo has dicho – como a nosotros mismos. Amén.
Madrid, viernes, 29 octubre 2021.