El Evangelio de este domingo nos presenta una escena
encantadora:
41 Estando Jesús sentado enfrente del tesoro
del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban
mucho; 42 se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir,
un cuadrante. 43 Llamando a sus discípulos, les dijo: «En verdad os
digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. 44
Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad,
ha echado todo lo que tenía para vivir».
Es admirable y
gozo contemplar esta hermosura escondida de la Iglesia.
Y, al mismo
tiempo, con cierta intuición espiritual, la viuda, como icono de la Iglesia,
nos tarslada de alguna manera a la profunda crisis que está padeciendo la Iglesia,
una de cuiyas manifestaciones es el caso de los abusos desubiertos. El Papa se
ha expresado ante los Obispos franceses, reñidos en asalblea plenaria en
Lourdes (2-8 nov.), dirigiéndose al Presidente:
“Mientras
atraviesas la tormenta causada por la vergüenza y el drama del abuso infantil
de la Iglesia, te animo a que lleves tu carga con fe y esperanza, y la llevo
contigo. …
Estoy seguro de
que juntos, y bajo la guía del Espíritu Santo, encontrarán los medios para
rendir homenaje a las víctimas y consolarlas; exhortar a todos los creyentes a
la penitencia y conversión de corazones; tomar todas las medidas necesarias
para que la Iglesia sea un hogar seguro para todos; atender al Pueblo santo de
Dios herido y escandalizado; finalmente retomamos con alegría la misión,
definitivamente orientada hacia el futuro”
38 Y él, instruyéndolos, les decía: «¡Cuidado
con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan
reverencias en las plazas, 39 buscan los asientos de honor en las
sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; 40 y devoran los
bienes de las viudas y aparentan hacer largas oraciones. Esos recibirán una
condenación más rigurosa».
41 Estando Jesús sentado enfrente
del tesoro del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos
ricos echaban mucho; 42 se acercó una viuda pobre y echó dos
monedillas, es decir, un cuadrante. 43 Llamando a sus discípulos,
les dijo: «En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las
ofrendas más que nadie. 44 Porque los demás han echado de lo que les
sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».
Hermanos:
1. Este pasaje
del Evangelio que acabamos de escuchar nos remite a una escena que ocurre en
los días finales de la vida de Jesús, a algo sucedido en los días que llamamos
la Semana Santa. Los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas han acumulado muchas
enseñanzas y episodios de la vida de Jesús en estos últimos días. Así suele
ocurrir que lo que pasa en los últimos días de una persona, para quienes convivimos
con ella es lo que se queda más en la memoria.
Hemos escuchado
un párrafo de un discurso muy crítico pronunciado Jesús contra determinados
escribas, que, de algún modo, representa lo que es el estilo y el modo de ser
de la casta como tal: ¡Cuidado con los escribas! No todos serán como los que
describe Jesús, pero parece que esto es una tónica dominante.
Esto, por una
parte. Y acto seguido asistimos a una escena encantadora: la viuda pobrecita,
aquella sencilla mujer que, sin criticar a nadie, echó para Dios en la hucha
del templo todo lo que llevaba en el bolsillo. Era muy poco, pero era todo.
Hay un punto de unión
entre las dos partes del Evangelio de este domingo, y es precisamente la
mención de la viuda. Devoran los bienes de las viudas, dice Jesús en sus
palabras contra los escribas, y ahora viene justamente la escena de la viuda.
Vamos a detenernos primero en esta escena maravillosa de la viuda alabada por
el Señor.
2. Todos somos
sensibles a las cosas bellas de la vida, pero hay, en ocasiones, una belleza divina,
escondida, que quizás no sepamos apreciar. Jesús y sus discípulos acompañantes
están en el área del templo, delante del arca de las ofrendas. Va pasando la
gente y van echando sus ofrendas. Y hay cosas que se notan. Muchos ricos
echaban mucho, cuenta el Evangelio. Y he aquí que pasa una sencilla mujer, una
viuda. Sus vestidos la delatan. Y esta he echados dos moneditas.
Se diría que para
los ingresos del templo esas dos moneditas ni van ni vienen; no aumenta el
caudal. Es igual que las eche o que se las guarden. No es este el comentario de
Jesús, sino que el Señor se ha quedado impresionado. Seguramente que no ha
podido decirle nada: ¿Muy bien, señora, felicidades!
Cuántas cosas hermosas
vamos viendo en el camino de la vida, que tocan las fibras sensibles del
corazón, y que no tenemos ocasión de decirles a sus autores: Qué hermoso hacer así.
Hoy, si
supiéramos el nombre de aquella mujer podríamos ponerla en los altares, porque Jesús
ya la ha bendecido. Esta mujer sencilla, de la que no sabemos más que esta
anécdota, es la digna representante de tantas personas sencillas como ella que
llenan la Iglesia de hermosura.
Hoy recordamos a
la viuda de Sarepta, la que socorrió al profeta Elías, también con todo lo que
tenía. Es un ejemplo.
3. Pero de
aquella acción Jesús sacó un Evangelio para nosotros. San Marcos nos lo cuenta:
43 Llamando a sus discípulos, les dijo: «En verdad os digo que
esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. 44
Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad,
ha echado todo lo que tenía para vivir».
Esta mujer, que
recibe todo el aplauso de nuestro corazón, nos da una santa envidia. Jesús nos dice que ha dado “todo” lo que tenía para
vivir. El domingo pasado escuchábamos al Señor cuando nos recordaba que Dios es
nuestro Dios y que hay que amarle con todo el corazón, con toda el alma, con todas
las fuerzas; no con la mitad ni con las tres cuartas partes: con todo. Pues he
aquí el ejemplo. Esta mujer, que a lo mejor era analfabeta, es una mujer que
ama a Dios con todo el corazón.
Esta mujer, que a
lo mejor está representando a nuestra propia madre, nos está enseñando cómo hay
que amara Dios: desde la sencillez y la humildad, desde el anonimato, con todo lo
que yo tengo para vivir. La iglesia es grande y permanece incólume, porqueunca han faltado ni van a faltar amadores de
este estilo.
Hermanos, el amor,
si es verdadero, es amor total y amor gratis. Amor total, sin reservarse nada;
amor para siempre. Y amor gratis, no esperando un pago.
Hoy la Iglesia está
viviendo momentos de mucha tribulación y necesita más que esas inteligencia críticas,
que nos quieren dar lecciones de cómo hay que cambiarlo todo al compás de un
mundo nuevo que se nos ha echado encima (análisis que, por otra parte, no
despreciamos), hoy la Iglesia necesita de esos amadores – lo mismo hombre que
mujeres – que en la humildad y el anonimato, estén dispuesto a amar del todo y
toda la vida, sin pretender negociar con el amor y recibir pro ello una fama u otro
beneficios: amor total y gratis; servir al hombre, al necesitado, y dejar que Dios
disponga lo demás: las obras que permanecen y las que pasan; los nombres famosos
y los que quedan en el olvido. La viuda del Evangelio, alabada por Jesús, días
antes de la muerte en cruz, es para nosotros guía y modelo: dar a Dios todo lo
que tenemos para vivir.
3. Y frente a
esta escena, tenemos el aviso del Señor: Cuidado con los escribas. Los escribas
con los doctos, los que han estudiado la Ley, los que saben interpretar las Escritura,
los guardianes de la fe y las buenas costumbres, los maestros que deben
guiarnos por el camino de la salvación. ¡Cuidado con los escribas!, dice Jesús.
¿Por qué? Porque su posición privilegiada les ha hecho caer en el orgullo, que
es el peor enemigo de Dios. Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les
hagan reverencias en las plazas, 39 buscan los asientos de honor en
las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes.
Las palabras de Jesús,
como son vivas y vivificantes no son palabras de ayer para que saquemos
consecuencias hoy. Son palabras vivas que nos las está diciendo hoy a nosotros.
Y así, por ejemplo, a los que tenemos como oficio predicar el Evangelio:
¡Cuidado con lo que decís! Solo podéis hablar desde la humildad y la sinceridad
de nuestra vida, desde la oración y el humilde deseo de hacer bien a los demás;
nunca jamás desde la prepotencia y el orgullo, que tan fácilmente se nos puede
filtrar.
Vamos a terminar
mirando a Jesús. Él es nuestro Sumo Sacerdote que ha entrada en el cielo. Cristo
se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos. La segunda vez
aparecerá, sin ninguna relación al pecado, para salvar a los que lo esperan
(Heb 9,28).
Señor Jesús,
en ti ponemos toda nuestra confianza. En medio de los caminos inseguras de nuestra
vida, condúcenos. Que tu humildad traspase toda nuestra vida. Protege a tu
santa Iglesia, dentro de la cual nos has elegido, y guárdala en el amor total y
para siempre. Amén.