domingo, 17 de marzo de 2024

1954. Queremos ver a Jesús - Rima espiritual sobre el Evangelio de hoy, V dom. Cuaresma

Queremos ver a Jesús


La vida pública de Jesús, en el Evangelio de Juan, comienza con una escena encantadora: “«Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?». 39 Él les dijo: «Venid y veréis»” (Jn 1,38-39). Fueron aquellos dos discípulos (Andrés y otro) y se quedaron con él aquella tarde y aquella noche; y se hicieron discípulos suyos. Habían encontrado lo que buscaban.: “Hemos encontrado al Mesías” (v. 41). Y la vida pública de Jesús, contada por el mismo evangelista, se cierra con una escena similar. Unos griegos, que habían venido a la Pascua, le dijeron a Felipe: “«Señor, queremos ver a Jesús». 22 Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús” (Jn 12,21-22). Felipe (Filipos) y Andrés son los dos únicos nombres griegos de los Doce.

Las palabras de Jesús son el balance de su vida y el balance de toda su historia posterior. Y a continuación viene la cena.

 

Queremos ver a Jesús.

La voz que sueva y resuena,

y tras reguero de siglos

sigue sonando con fuerza.

 

¿A quién buscáis?, les decía

a la turba que se acerca

aquella noche agonía,

noche de la luna llena.

 

Con armas ellos buscaban

y con palos de pelea.

“A Jesús el Nazareno”.

Yo soy, dijo sin defensa.

 

¿A quién buscas y persigues,

Saulo con tanta fiereza?

Soy Jesús a quien persigues,

puedes hacer lo que quieras.

 

¿A quién buscas, buscador,

turbado entre tanta niebla?

Voy buscando, por instinto,

sin saberlo a ciencia cierta?

 

Queremos ver a Jesús,

la voz venía de Grecia.

En Grecia estaban los Sabios,

allí estaba la Academia.

 

Queremos ver a ese Hombre

que enseña desde otra escuela,

y su palabra es distinta

que no conoce la ciencia.

 

¿A quién buscas, Nicodemo,

en tu visita secreta,

si no tienes que buscar,

Sanhedrita de altas letras?

 

Voy buscando a quien no encuentro

en mi piedad farisea,

voy buscando a quien buscaron

inspirados los profetas.

 

¿A quién buscas, tu, mi hermano,

a quién buscas tú, poeta?

¿A quién buscas, soñador,

si sueñas metas eternas?

 

Voy buscando, que buscar

es mi vida verdadera,

porque buscar es abrirse

más allá de las estrellas.

 

En esta divina búsqueda

solo busca aquel que encuentra;

por haber sido encontrado,

buscarle a él es tarea.

 

Buscarle a él más y más

es amor que vuelva y vuela,

que el amor que se nos da

es promesa y es sorpresa.

 

Quisieron verle y le vieron,

y Jesús les dio respuesta,

Voy a ser trigo que muere,

para ser la gran cosecha.

 

Cosecha, Jesús, lo fuiste,

si es que vuelves la cabeza,

y nos ves a los que estamos

buscando más norabuena.

 

El que me busca hallará,

conmigo estará a mi vera,

y mi Padre le honrará,

y yo serviré a la mesa.

 

Yo buscador de Jesús

me declaro sin reserva,

buscador de su Verdad

para encontrarle de veras.

 

No es desprecio o altanería,

profesar esta firmeza,

que soy de la raza humana,

vecino de otras creencias.

 

Búscame en la Cruz alzada,

me decía en mi conciencia,

que desde allí te busqué

sintiendo tu sed sedienta.

 

A todos atraeré,

cuando ya alzado me vean,

que amándote hasta morir,

no buscarás otra prueba.

 

Es la verdad y la paz

la Cruz que mis ojos ciegan,

y abrazado al todo Amor

haz que mi vida muera.

 

Venciste, sí. Galileo,

vencido entre tanta afrenta;

y por decirlo a los vientos,

estos versos no se cierran. Amén.

 

Cuautitlán Izcalli, Domingo V de Cuaresma, 17 marzo 2024

sábado, 16 de marzo de 2024

1953. Dom V Cuaresma B. Jesús hace el balance de su vida y se ofrece al Padre

                            Jesús hace el balance de su vida y se ofrece al Padre
                                                                                Jn 12,20-33                                                                       


Texto

 20Entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; 21estos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: «Señor, queremos ver a Jesús». 22Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. 

23Jesús les contestó: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. 24En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. 25El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. 26El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará. 

27Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora: 28Padre, glorifica tu nombre». Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo». 29La gente que estaba allí y lo oyó, decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. 30Jesús tomó la palabra y dijo: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. 31Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. 32Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí». 33Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

Hermanos:

1.  Este Domingo V de Cuaresma nos trae una página divina del Evangelio, resumen de toda la vida de Jesús, y quisiéramos recibir con gozo y paz la revelación que de ahí se desprende. El domingo que viene será ya el Domingo de Ramos, comienzo de la Semana Santa.

Estamos escuchando estos tres domingos últimos al evangelista san Juan. Cada Evangelio tiene su propio perfil y su propia visión de Jesús, y ninguno de ellos es más importante que el otro; los cuatro Evangelio por igual nos transmiten la historia, la presencia, el misterio de Jesús.

Vamos a acercarnos al Evangelio de hoy, apreciando cada una de sus partes.

 

2. San Juan había comenzado la vida pública de Jesús con una pregunta: Rabí, ¿dónde vives? Y Jesús se volvió y respondió: Venid y lo veréis. Fueron con él aquella tarde y se quedaron con él toda la noche, hasta la mañana siguiente. Eran discípulos de Juan el Bautista que pasaron a ser discípulos de Jesús.

Y, sorprendentemente, al terminar la vida pública, dentro de la Semana Santa, y antes de comenzar el relato de la Cena y la Pasión, el evangelista nos cuenta un suceso semejante, paralelo: Queremos ver a Jesús. Estamos en los días de la Pascua judía; habían venido a Jerusalén peregrinos de muchas regiones. Y había llegado algunos griegos. Decir griegos era decir paganos, pero al parecer prosélitos judíos, y ahora quieren ver, visitar a un Judío del todo especial: Queremso ver a Jesús. Y con todo respeto se lo dicen a Felipe, es decir, Filipos, que es un nombre griego: Señor, queremos ver a Jesús. Y este se lo dice a Andrés. Cosa curiosa: Felipe y Andrés son los dos únicos nombres griegos del Colegio Apostólico. El mundo griego se va a abrir a Jesús.

3. Y tenemos la respuesta de Jesús: Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre.

Ha llegado la hora. Jesús ha cumplido su misión. Él había venido para las ovejas perdidas de la casa de Israel, sí; para aquel pueblo de la Alianza, su propio pueblo, que andaba como ovejas sin pastor; pero Jesús era consciente de que había venido para el mundo entero. Y comienza a llegar la caravana de Grecia. Efectivamente Pablo comenzará su ruta por aquellas regiones de Oriente y en su segunda misión pasará a Grecia: Filipos, Atenas, Éfeso, Tesalónica.

Jesús ha dejado esta huela para toda la humanidad, y aquellos griegos alzan la bandera: Queremos ver a Jesús.

Ojalá pudiéramos pasear esta bandera por las calles: Queremos ver a Jesús. Con otro lenguaje distinto es lo que los Magos venidos de Oriente dijeron a Herodes: ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo (Mt 2,2).

4. Queremos ver a Jesús, es una voz que nace en lo profundo del corazón.  Es el anhelo que el ser humano lleva dentro de sí como buscador de la verdad y como fascinado por la belleza del bien.

Jesús acepta este anhelo que él ha escuchado en lo íntimo del ser. Y en el Evangelio encontramos su respuesta: 24En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. 

Estas palabras pertenecen a la propia vida de Jesús. La vida de Jesús no puede entenderse sin su propia muerte. El tuvo que morir, como el grano de trigo, para convertirse en espiga… No solo en espiga, porque han pasado dos mil años y sigue dando fruto y seguirá dando fruto hasta el fin del mundo. Si hoy celebramos la Eucaristía es porque Jesús vive.

No podemos perdernos ninguna de sus palabras. Lo que Jesús ha vivido quiere que lo vivamos nosotros, y sigue diciendo para todos y cada uno de sus discípulos, si de verdad queremos oírle:

El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará.

Jesús canta el triunfo dinar de su vida y nos lo propone a nosotros. Nos dice que estaremos donde él está. El premio total es este: el Padre lo honrará.

Estas palabras de Jesús son la Carta de nuestra Fe; esta es la verdad cristiana.

5. Pero sigamos escuchando porque no ha terminado el Evangelio. Al principio de la Cuaresma vimos a Jesús en el desierto, orando y tentado; pero los ángeles le sirvieron. Y el domingo segundo, todos los años, es la escena de la Trasfiguración, signo del triunfo final de su vida. Aquí, al concluir su breve vida pública, y antes de entrar en el Cenáculo, ocurre algo celestial, que es como una segunda Transfiguración, anticipo de la Pascua.

27Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora: 28Padre, glorifica tu nombre». Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo». 

Esta es nuestra ruta, hermanos. La Cuaresma no tiene sentido sin la Pascua. Recordemos una frase de san Pablo: “… y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él” (Rom 8,17).

Queremos ver a Jesús, y Jesús también nos quiere ver a nosotros. Dos personas enamoradas, sean jóvenes o sean ancianos, y con una simple mirada se lo han dicho todo, y encuentra el gozo y la paz

Señor Jesús, la vida corre, la vida en torno a mí, que es un barullo de ideas, de políticas y proyectos – y tantas veces un barullo de mentiras – y acaso mi corazón sea también un barullo…, ¿dónde vives? Quiero verte como tus primeros discípulos, como aquellos extranjeros del Evangelio de hoy.

Y Jesús me dice: Estoy en la Cruz; mírame y encontrarás la paz. Amén.

Cuautitlán Izcalli, viernes 15 marzo 2024.

1952. El mismo Dios de los cielos Rima espiritual al eco del Evangelio del Dom IV de Cuaresma

Rima espiritual al eco del Evangelio
del Dom IV de Cuaresma (Jn 3,14-21)


Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. 18 El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios. 19 Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. 20 Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. 21 En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios».


El mismo Dios de los cielos,
el todo santo y glorioso,
cuando creó cielo y tierra,
pensó venir con nosotros.

Y por amor envió,
al propio Hijo del trono,
para vivir y morir
en nuestras penas y odios.

Por amor, por solo amor,
para salvarnos a todos,
porque nadie era excluido,
ni fiel ni facineroso.

La culpa había dañado
en sus raíces y tronco
al árbol de nuestra raza
con mortal virus dañoso.

Ser hombre, ser pecador…,
no lo sabrán los filósofos,
pero la fe me lo advierte
en mi pecho doloroso.


Y por mí, que así lo creo,
que a sus ojos soy precioso,
a mi familia envió
al que era su amor y gozo.

No envió para juzgar
y hacer el balance roto,
para ser el juez del mundo
y ver todos los destrozos.

Que el Evangelio nos dice
lo contrario de esta foto,

Dios vino para salvarme
en sus brazos amorosos.

Amor que yo no comprendo,
que el Dios de amor está loco,
pues viendo nuestra locura,
él descendió hasta mi lodo.

Con el amor y la fe
nuestro Dios lo ha dicho todo;
Dios me ama, Dios me ama,
calle ya todo alboroto.

Él no vino a condenar
a la cárcel con cerrojo;
él solo vino a salvar
a los hombres temerosos.

El que cree está salvado,
dijo el Misericordioso,
esta es la fe de la Iglesia,
que yo, cristiano, pregono.

Creer es mirarle a él,
mirar a su bello rostro,
y entender lo que nos dice
que se adivina muy pronto.

Es hacer su voluntad,
dejando atrás mis antojos,
y decirle: yo soy tuyo,
como soy, de todos modos.

Voy en busca de la luz,
de la verdad deseoso,
y Jesús, mi redentor,
es y será mi tesoro.

Dios es gracia, Dios es gracia,
Dios es amor hasta el colmo;
y de ese amor me traspasa
el cuerpo y alma hasta el fondo.

Él mora dentro de mí,
Él me abraza y yo le adoro;
Y gratis me lo regala,
si lo quiero y no me opongo.

Dios es libre, Dios me ama,
y por su amor yo sí lloro…,
por su amor arrepentido,
y a ese amor yo me dono.

Caminaré por la vida,
limpio a la luz de sus ojos,
su piedad para conmigo
es mi gloria sin sonrojo.

A ti, Jesús, mi alabanza
y esto versos temblorosos;
hpy eres tú mi energía
y mañana mi reposo. Amén.

Cuautitlán Izcalli, lunes, 11 marzo 2024.

1951. Dom IV Cuaresma B. Dios envió a su Hijo al mundo para que el mundo se salve por él

Dios envió a su Hijo al mundo para
que el mundo se salve por él
Jn 3,14-21


Texto

14 Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, 15 para que todo el que cree en él tenga vida eterna. 16 Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. 17 Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. 18 El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios. 19 Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. 20 Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. 21 En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios».

Hermanos:

1. Hemos llegado ya a la mitad de la Cuaresma. Dentro de tres domingos será la Pascua del Señor, precedida por esos días tan especiales que llamamos la Semana Santa.

Seguimos escuchando a San Juan, como el domingo anterior, cuando Jesús expulsó a los vendedores del templo., al que llamó la Casa de mi Padre. Jesús defendió de esta manera tan singular la santidad de Dios. La santidad de Dios está en el Templo, ciertamente, pero, sobre todo, la santidad de Dios está en el pueblo santo de Dios, que somos los cristianos, santificados en al bautismo para que nuestra vida sea de acuerdo al Evangelio que Jesús nos ha predicado.

Allí en Jerusalén tuvo una entrevista nocturna con Nicodemo, un doctor de la Ley, que pertenecía al Sanedrín y que fue a ver a Jesús en busca de la verdad. Nicodemo defendió a Jesús en el Sanedrín y aparecerá, sobre todo, a la hora de la muerte de Jesús. Allí estaba con José de Arimatea, que pidió el cuerpo de Jesús apara enterrarlo en su sepultura.

 

2. El texto que hemos escuchado es la terminación del diálogo con Nicodemo. Comienza el texto con esta frase: Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, 15 para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

Los judíos entendían esta frase, por pertenecer a sus libros sagrados. El pueblo había murmurado y pecado en el desierto, y aparecieron serpientes abrasadoras, serpientes de veneno mortífero. El pueblo se arrepintió, pidió perdón, y Dios les perdonó. “Moisés rezó al Señor por el pueblo y el Señor le respondió: «Haz una serpiente abrasadora y colócala en un estandarte: los mordidos de serpientes quedarán sanos al mirarla»” (Núm. 21,7-8).

Una serpiente de bronce no era un rito mágico, sino que Moisés, de parte de Dios, la puso como un signo de fe. La serpiente fue alzada y quien la miraba con fe, era curado, era salvado.

Jesús toma este signo sagrado y se lo aplica: Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

Jesús es elevado, es alzado. Es la Cruz y lo que sigue a la Cruz. En otra ocasión Jesús dirá: “Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,31-32).

La fe, que es el abandono en el amor que Dios nos ha mostrado, eso es nuestra salvación. Una mirada a la Cruz con fe redime todos nuestros pecados. Hermanos, que no falte la Cruz, el Crucifijo, la imagen de Jesús crucificado, en nuestros hogares; un crucifijo devoto ante el que podamos orar. Desde la Cruz Jesús atrae a todos hacia él.

 

3. Pero ahora viene la frase principal que queremos recoger en nuestros corazones, para que marque toda la dirección de nuestra vida: Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. 17 Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

Vamos a hacer algunas reflexiones, que nos convenzan y penetren. ¿Quién es Dios y dónde está Dios? Dios es el Infinito y está más allá de todo. Dios es transcendente, que nunca podrá ser abarracado por nadie. Esto es verdad, pero hay otro modo de responder, que en esta ocasión nos puede ser más oportuno. Dios está dentro el mundo, aun estando fuera; y es el que lo penetra todo, lo dirige todo, lo gobierna todo.

Y el texto sagrado dice que el Hijo de Dios ha sido enviado al medio del mundo para salvar a todos. Estas palabras de fe nos están afirmando dos cosas:

1) La primera, que Dios está en medio del mundo, y que Él debe ser la referencia suprema de todo. Hablar de Dios no es salirse del mundo, sino ir al centro del mundo, a todas las cosas. Dios está aquí.

2) Y la segunda verdad es no menos llamativa. Dios está aquí no para condenar, sino, todo lo contrario, para salvar.

Si aceptamos estas dos cosas nuestra vida queda iluminada de otra manera.

 

4. Hermanos, Dios no es inútil, algo que puede valer para los que creen, pero que no lo necesitamos para dar sentido a la sociedad y a nuestros trabajos. No es así. Dios es lo esencial, y sin Él no pdoemso concebir nuestra felicidad.

Ayer, 8 de marzo (estoy grabando estos pensamientos el sábado, día 9, víspera del IV domingo de Cuaresma) era mundialmente el Día no solo de la Mujer trabajadora, sino el Día de la Mujer sin más. Pudimos ver, a través de la pantalla, caravanas y caravanas de mujeres que habían salido a la calle, reclamando sus derechos, protestando, con toda razón, por tantos feminicidios que nos ofenden a todos.  Desde el lugar en donde vivo, me digo: Vamos a ver qué dicen los periódicos de mi tierra. Y de repente, sin pensar en malas intenciones, me encuentro con la fotografía de esta pancarta: “Yo elijo cómo me visto y con quién me desvisto”.

Y, como tenemos cabeza para pensar, pienso: No, hermana, esos no son los derechos de la dignidad de la mujer; estás organizando tu vida a tu aire y voluntad lo que piensas que son los valores de tu vida, y estás prescindiendo de un Dios de amor. Dios quiere nuestra felicidad, segura y fuerte, pero no es ese el camino.

“Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante” (Jn 10,10), nos dijo también Jesús.

Justamente también la prensa de mi país me dice que el domingo día 10 va a haber una gran concentración en Madrid en favor de la vida. El ds de amor que Jesús ha predicado es el Dios de la vida.

 

5. En fin, hermanos, esta imagen de Dios que nos presenta Jesús llena todo el ser de seguridad interior, de gozo y esperanza. Él nos pide una cosa: que tengamos fe, porque el hombre es capaz de aceptar y de rechazar. El que pone a Dios en el centro de su vida, ha encontrado la clave, y, pase lo que pase, nunca se arrepentirá.

Quisiera termina con la última frase del texto evangélico: el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

Miremos a Jesús alzado en la Cruz y alzado a la derecha del Padre:

Señor Jesús, tú eres el Dios con nosotros, el Dios vivo y verdadero que diriges nuestra vida, que nos das el sentido de nuestra existencia. Tú eres la felicidad que esperamos y que ya hemos empezado a disfrutar. Tú eres nuestra salvación; tú eres la vida eterna. Amén.

Cuautilán Izcalli, sábado, 9 marzo 2024.


1950. El celo de tu casa me devora – Himno a la santidad de la Iglesia

 1950. El celo de tu casa me devora
Himno a la santidad de la Iglesia

El celo de tu casa me devora, o “me devorará”, según otra lectura crítica. Y la verdad es que Jesús murió por salvar la santidad de Dios. Al fin, el Templo de Dios, la verdadera Casa de Dios, no va a ser un edificio monumental que el paso de los siglos lo van  a erosionar. El Templo del Señor, la Casa de Dios, la Casa de mi Padre, va a ser la Comunidad del Reino que inicia Jesús con su Palabra, con sus signos, con su Cuerpo Resucitado. La Casa de Dios somos nosotros. La Comunidad de Jesús es la Comunidad de los Santos. Y este lenguaje pasará, como lenguaje de fe, a la Iglesia. No podemos renunciar a él, porque es Palabra revelada de las santas Escrituras. Somos “hermanos santos”. Por citar solo el cuerpo de Cartas paulinas, leamos:

“…Pero ahora voy a Jerusalén, para el servicio de los SANTOS, pues Macedonia y Acaya tuvieron a bien hacer una colecta para los pobres que hay entre los SANTOS de Jerusalén. Tuvieron el gusto y además estaban obligados a ello; pues si los gentiles han compartido los bienes espirituales de los SANTOS, ellos por su parte deben prestarles ayuda en lo material” (Rom 15,25-27). Y en la despedida de la misma carta: “Os recomiendo a Febe, nuestra hermana, que además es servidora de la Iglesia que está en Cencreas; recibidla en el Señor de un modo que sea digno de los SANTOS y asistidla en cualquier cosa que necesite de vosotros” (16,1-2). “Saludad a Filólogo y a Julia, a Nereo y a su hermana, y a Olimpas y a todos los SANTOS que están con ellos” (16, 15).

(Puede verse: Rom 8,27; 12,12; 1 Cor 6,1; 14,34; 16,1.15; 2 Cor 131,12; Ef 1,1. 15. 18. 19; 3,8. 18. 19; 4,11; 5,3; Flp 1,1; 4,21; Col 1,1; 1 Tim 5, 19; Flm 4). El mismo san Pablo se llama a sí mismo santo, como miembro de la Comunidad de Cristo: “A mí, el más insignificante de los SANTOS, se me ha dado la gracia de anunciar a los gentiles la riqueza insondable de Cristo” (Ef 3,8).

La Iglesia de Jesús en la que vivimos es santa. Y yo, pecador convertido a Jesucristo, soy unos de los SANTOS de esta Comunidad, y como Santo quiero permanecer, por su gracia, hasta el final de mi vida.

 

El celo de tu casa me devora,

y vivo y muero en esa santidad;

la Casa de mi Padre es bella y santa,

y es mi Iglesia, mi amor y mi heredad.

 

Y hermanos santos son quienes la habitan,

salvados del pecado y cenagal,

la gracia los envuelve y santifica,

nacidos en la fuente bautismal.

 

La Casa de Jesús, Casa del Padre,

la llamo y llamaré Casa natal,

y santo yo he de ser en compañía

de mi familia, que es fraternidad.

 

Oh dulce mi destino, el más amable,

mi excelsa vocación de vida y paz,

ser claro resplandor del solo Santo,

Jesús, el Redentor de todo mal.

 

Jesús, él va delante en el sendero

y su camino es senda de humildad;

la Madre le siguió, la humilde esclava,

la llena de hermosura y de verdad.

 

Camino de la Iglesia, mi camino,

en tiempo de bonanza y tempestad,

la Iglesia es santa, y santa la confieso

y en ella goza el alma y gozará.

 

La santa Eucaristía es el convite

que nos abre a la mesa celestial;

el Santo de los Santos se hace mío,

tan todo entero mío, que es manjar.

 

Honor a mi Señor, Feliz y Santo,

de toda santidad el manantial,

nosotros, peregrinos, te alabamos.

Verbo santo en la santa Trinidad. Amén.

 

Cuautitlán Izcalli, dom. III de Cuaresma, 3 marzo 2024.

1949. Dom III Cuaresma B. Jesús purifica el templo de Dios


Jesús purifica el templo de Dios
Mc 9,2-10

Texto

13Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. 14Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, 15haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; 16y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre». 17Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora». 

18Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?». 19Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré». 20Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». 21Pero él hablaba del templo de su cuerpo. 22Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y creyeron a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús. 

23Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; 24pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos 25y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

Hermanos:

1. Vamos avanzando en este sagrado tiempo de Cuaresma, y estamos ya en el tercer domingo. El día final de este mes de marzo, después de haber recorrido un itinerario de seis semanas (la última la llamamos al Semana Santa) será la Pascua del Señor, centro de nuestra fe y eje de todas las fiestas.

Recordemos una vez más: Primer domingo de Cuaresma: el desierto y las tentaciones; segundo domingo, la transfiguración del Señor, en una alta montaña adonde había acudido a orar con sus tres predilectos, el monte tabor, los tres predilectos que iban a estar junto a él en el Monte de los Olivos Y ahora vienen los tres domingos siguientes, con el Evangelio variable según sea el año A, B, o C, porque las lecturas se distribuyen en tres años.

Este año es el año segundo de los tres, el año B, y las lecturas que vamos a hacer son del Evangelio de San Juan, lecturas que nos adentran en el misterio divino y humano de la persona de Jesús. Hoy la purificación del Templo de Dios, que Jesús la llama “la Casa de mi Padre”. Es un hecho que nos cuentan con detalle cada uno de los cuatro evangelistas.

Pero sucede algo sorprendente: Los tres primeros Evangelios, es decir, Mateo, Marcos, Lucas, ponen este episodio al final de la vida de Jesús, en la Semana Santa, Y justamente una palabra que Jesús pronuncia sobre el templo, la llevan ante el juicio de Caifás (cinco días después) para hallar una causa para condenar a Jesús, aunque los mismo Evangelios dicen que los testigos falsos no acaban de concordar exactamente sobre lo que Jesús había dicho sobre el templo. San Juan, sin embargo, coloca esta escena al principio de la vida de Jesús. ¿Es que Jesús purificó dos veces el templo de Dios con este gesto de soberanía que le otorgaba la misión que él había traído a la tierra? Seguramente que no, sino más bien podemos pensar que san Juan se ha tomado la libertad de colocar este episodio al principio para dejar bien claro quién es este enviado de Dios, a quien él llama al principio, el Verbo de Dios, la Palabra creadora de Dios por quien se hizo el cielo y al tierra; y para darnos a entender con esta escena de majestad divina qué es lo que pretende Jesús en la tierra: hacer que su Comunidad, que es el verdadero templo de Dios, inaugurado en la Resurrección de Jesús, sea un templo limpio, resplandeciente con la santidad misma de Dios. Y el templo de Dios somos nosotros, nos dirá san Pablo.

Veamos, pues, los detalles de esta escena que, de repente, nos deja desconcertados.

Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén.  San Juan nos habla de tres Pascuas en la vida pública de Jesús, Jesús fue, pues, a la Pascua, como había ido de niño, entonces llevado por sus padres. Fue a la Pascua y donde encuentra una escena en la plaza del templo, es decir, en lo que se llama el “atrio de los gentiles”, podían transitar judíos y no judíos, una algarabía como suele ocurrir en los lugares cercanos a los templos. El Evangelio nos habla de dos cosas: Han colocado puesto de cambio de moneda. El tributo al templo hay que pagarlo no con moneda romana, que es moneda pagana (seguramente impura), sino con moneda judía. Las autoridades no ven mal este proceder, porque, al fin, se trata de beneficio al Templo de Dios.

Por otra parte, en aquella plaza se venden animales para las ofrendas del templo; hay jaulas de palomas y muchas cosas más. San Juan apunta que había “bueyes, ovejas y palomas”. Aquello resulta un mercado popular.  Podemos imaginar todo el folklore que allí se organiza. San Marcos nos da también otro detalle: no permitía que transportaran bultos de un lado a otro por la plaza. Sin conocer las costumbres judías, podemos imaginar que allí también se vendían comidas para los peregrinos. Estamos, como he indicado antes en la plaza del público en general, en el atrio de los gentiles, no en el atrio de las mujeres, no en el atrio de los varones.

Y ahora viene la sorpresa y la revelación. Para Jesús todo aquello es una profanación de la santidad de Dios, que mora en el Templo. Y en un arrebato sagrado toma unos cordeles para deshacer aquel mercado. La frase exacta de est Evangelio es esta: “haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes” ¡Fuera de aquí, fuera! Los cordeles bien podemos suponer que eran para arrear a los animales.

San Marcos también ha sido muy duro al describir la escena, aunque solo san Juan habla de cordeles. San Marcos dice: “se puso a echar a los que vendían y compraban en el templo, volcando las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas” (Mc 11,15). San precisa el detalle de las palomas: “16y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre»”.

Ciertamente que es difícil de interpretar esta escena, porque a Jesús lo veremos siempre como defensor de Dios, pero de otro modo, con otras actitudes y modales. Mi Casa se llamará Casa de Oración para todos los pueblos, habían dicho los profetas. Y aquí Jesús, a esta Casa de Oración, la llama Casa de mi Padre.

Lo que le reprochan los judíos no es que haya tomado un látigo para hacer lo que acaba de hacer, sino “¿Quién te ha mandado a ti hacer lo que has hecho?” “¿Qué autoridad tienes tú para hacer esto? ¿Es que te crees que el Templo es tuyo? ¿Qué signos nos muestras para obrar así?

Y ahora cae la palabra misteriosa de Jesús: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.

El Evangelio se ha escrito para los creyentes, para los discípulos, y a nosotros, que hemos aceptado la divinidad de Jesús, no nos escandalizan estas palabras que a otros pueden escandalizar. Estas palabras snso están diciendo: que el Dios único y verdadero, el Dios de la santidad, que ha hecho una alianza de amor con su pueblo, va a hacer una comunidad santa y el templo de esa comunidad va a ser el cuerpo de Jesús resucitado.

Cando la mujer samaritana le pregunte a Jesús dónde hay que adorar a Dios, si en Garizim, como hacen los samaritanos, o en Jerusalén, como hacen los judíos, Jesús le responderá:

Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre… Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así*. 24 Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad» (Jn 4,21-24).

Hermanos, estas cosas que estamos escuchando, este Evangelio que llega a nuestro corazón, nos llevan a unas preguntas esenciales, frente a las cuales debemso tomar un a clara postura de un modo personal y también de un modo colectivo.

-         La fe no es una cultura hermosa que hemos heredado y en la cual nos sentimos cómodos, y mucho menos un folklore religioso que se renueva año tras año.

-         La fe nos son las procesiones de Semana Santa, que están bien, sin duda, aunque sean una oferta de turismo.

-         La fe tampoco es un templo, por muy bello y venerable que sea (se acaba de comenzara la restauración del baldaquino de Bernini, después de más de trescientos años, por un presupuesto de 700.000 euros; muy bien que se haga…, como proyectan para comenzar el Año Santo de la Redención, en el cuarto de siglo de 2025).

-         La fe es entrar en la santidad de Dios y transformar toda la vida por la fuerza de esa santidad, que se nos da por la gracia de Jesucristo.

Creer es creer en la santidad de Dios y vivir según según esa santidad. Y decir a Jesús, como le decimos en el Gloria de la Misa: que estas sentado a la derecha del Padre, ten piedad de nosotros, porque solo tu eres Santo, solo tu Señor, solo tu Altísimo Jesucristo.

La fe no son sentimientos y menos apariencia; la fe te agarra en al profundidad del ser.  Termina el Evangelio de hoy y con ello terminamos

23Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; 24pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos 25y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

Señor Jesús, danos la fe verdadera que tú nos has predicado, y haznos santos con la santidad de Dios que tú tienes en tu ser. Amén.

Cuautilán Izcalli, sábado 2 marzo 2024.