La vida pública de Jesús, en el Evangelio de Juan,
comienza con una escena encantadora: “«Rabí (que significa Maestro), ¿dónde
vives?». 39 Él les dijo: «Venid y veréis»” (Jn 1,38-39). Fueron
aquellos dos discípulos (Andrés y otro) y se quedaron con él aquella tarde y
aquella noche; y se hicieron discípulos suyos. Habían encontrado lo que
buscaban.: “Hemos encontrado al Mesías” (v. 41). Y la vida pública de Jesús,
contada por el mismo evangelista, se cierra con una escena similar. Unos
griegos, que habían venido a la Pascua, le dijeron a Felipe: “«Señor, queremos
ver a Jesús». 22 Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe
fueron a decírselo a Jesús” (Jn 12,21-22). Felipe (Filipos) y Andrés son los
dos únicos nombres griegos de los Doce.
Las palabras de Jesús son el balance de su vida y
el balance de toda su historia posterior. Y a continuación viene la cena.
Queremos ver a Jesús.
La voz que sueva y
resuena,
y tras reguero de siglos
sigue sonando con fuerza.
¿A quién buscáis?, les
decía
a la turba que se acerca
aquella noche agonía,
noche de la luna llena.
Con armas ellos buscaban
y con palos de pelea.
“A Jesús el Nazareno”.
Yo soy, dijo sin defensa.
¿A quién buscas y
persigues,
Saulo con tanta fiereza?
Soy Jesús a quien persigues,
puedes hacer lo que
quieras.
¿A quién buscas, buscador,
turbado entre tanta
niebla?
Voy buscando, por instinto,
sin saberlo a ciencia
cierta?
Queremos ver a Jesús,
la voz venía de Grecia.
En Grecia estaban los
Sabios,
allí estaba la Academia.
Queremos ver a ese Hombre
que enseña desde otra
escuela,
y su palabra es distinta
que no conoce la ciencia.
¿A quién buscas, Nicodemo,
en tu visita secreta,
si no tienes que buscar,
Sanhedrita de altas
letras?
Voy buscando a quien no
encuentro
en mi piedad farisea,
voy buscando a quien
buscaron
inspirados los profetas.
¿A quién buscas, tu, mi
hermano,
a quién buscas tú, poeta?
¿A quién buscas, soñador,
si sueñas metas eternas?
Voy buscando, que buscar
es mi vida verdadera,
porque buscar es abrirse
más allá de las estrellas.
En esta divina búsqueda
solo busca aquel que
encuentra;
por haber sido encontrado,
buscarle a él es tarea.
Buscarle a él más y más
es amor que vuelva y vuela,
que el amor que se nos da
es promesa y es sorpresa.
Quisieron verle y le
vieron,
y Jesús les dio respuesta,
Voy a ser trigo que muere,
para ser la gran cosecha.
Cosecha, Jesús, lo fuiste,
si es que vuelves la
cabeza,
y nos ves a los que
estamos
buscando más norabuena.
El que me busca hallará,
conmigo estará a mi vera,
y mi Padre le honrará,
y yo serviré a la mesa.
Yo buscador de Jesús
me declaro sin reserva,
buscador de su Verdad
para encontrarle de veras.
No es desprecio o
altanería,
profesar esta firmeza,
que soy de la raza humana,
vecino de otras creencias.
Búscame en la Cruz alzada,
me decía en mi conciencia,
que desde allí te busqué
sintiendo tu sed sedienta.
A todos atraeré,
cuando ya alzado me vean,
que amándote hasta morir,
no buscarás otra prueba.
Es la verdad y la paz
la Cruz que mis ojos
ciegan,
y abrazado al todo Amor
haz que mi vida muera.
Venciste, sí. Galileo,
vencido entre tanta
afrenta;
y por decirlo a los
vientos,
estos versos no se
cierran. Amén.
Cuautitlán
Izcalli, Domingo V de Cuaresma, 17 marzo 2024
20Entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos
griegos; 21estos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le
rogaban: «Señor, queremos ver a Jesús». 22Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a
decírselo a Jesús.
23Jesús
les contestó: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del
hombre. 24En
verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda
infecundo; pero si muere, da mucho fruto. 25El
que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este
mundo, se guardará para la vida eterna. 26El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo,
allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará.
27Ahora
mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por
esto he venido, para esta hora: 28Padre,
glorifica tu nombre». Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y
volveré a glorificarlo». 29La
gente que estaba allí y lo oyó, decía que había sido un trueno; otros decían
que le había hablado un ángel. 30Jesús
tomó la palabra y dijo: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. 31Ahora va a ser
juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. 32Y cuando yo sea
elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».33Esto lo decía dando a
entender la muerte de que iba a morir.
Hermanos:
1. Este Domingo V de Cuaresma nos trae una página
divina del Evangelio, resumen de toda la vida de Jesús, y quisiéramos recibir
con gozo y paz la revelación que de ahí se desprende. El domingo que viene será
ya el Domingo de Ramos, comienzo de la Semana Santa.
Estamos escuchando estos
tres domingos últimos al evangelista san Juan. Cada Evangelio tiene su propio
perfil y su propia visión de Jesús, y ninguno de ellos es más importante que el
otro; los cuatro Evangelio por igual nos transmiten la historia, la presencia,
el misterio de Jesús.
Vamos a acercarnos al
Evangelio de hoy, apreciando cada una de sus partes.
2. San Juan había comenzado
la vida pública de Jesús con una pregunta: Rabí, ¿dónde vives? Y Jesús se
volvió y respondió: Venid y lo veréis. Fueron con él aquella tarde y se
quedaron con él toda la noche, hasta la mañana siguiente. Eran discípulos de
Juan el Bautista que pasaron a ser discípulos de Jesús.
Y, sorprendentemente, al
terminar la vida pública, dentro de la Semana Santa, y antes de comenzar el
relato de la Cena y la Pasión, el evangelista nos cuenta un suceso semejante,
paralelo: Queremos ver a Jesús.
Estamos en los días de la Pascua judía; habían venido a Jerusalén peregrinos de
muchas regiones. Y había llegado algunos griegos. Decir griegos era decir
paganos, pero al parecer prosélitos judíos, y ahora quieren ver, visitar a un
Judío del todo especial: Queremso ver a
Jesús. Y con todo respeto se lo dicen a Felipe, es decir, Filipos, que es
un nombre griego: Señor, queremos ver a Jesús. Y este se lo dice a Andrés. Cosa
curiosa: Felipe y Andrés son los dos únicos nombres griegos del Colegio
Apostólico. El mundo griego se va a abrir a Jesús.
3. Y tenemos la respuesta
de Jesús: Ha llegado la hora de que sea
glorificado el Hijo del hombre.
Ha llegado la hora. Jesús
ha cumplido su misión. Él había venido para las ovejas perdidas de la casa de
Israel, sí; para aquel pueblo de la Alianza, su propio pueblo, que andaba como
ovejas sin pastor; pero Jesús era consciente de que había venido para el mundo
entero. Y comienza a llegar la caravana de Grecia. Efectivamente Pablo
comenzará su ruta por aquellas regiones de Oriente y en su segunda misión
pasará a Grecia: Filipos, Atenas, Éfeso, Tesalónica.
Jesús ha dejado esta huela
para toda la humanidad, y aquellos griegos alzan la bandera: Queremos ver a Jesús.
Ojalá pudiéramos pasear
esta bandera por las calles: Queremos ver
a Jesús. Con otro lenguaje distinto es lo que los Magos venidos de Oriente
dijeron a Herodes: ¿Dónde está el Rey de
los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a
adorarlo (Mt 2,2).
4. Queremos
ver a Jesús, es una voz que nace en lo profundo del corazón.Es el anhelo que el ser humano lleva dentro
de sí como buscador de la verdad y como fascinado por la belleza del bien.
Jesús acepta este anhelo
que él ha escuchado en lo íntimo del ser. Y en el Evangelio encontramos su
respuesta: . 24En
verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda
infecundo; pero si muere, da mucho fruto.
Estas palabras pertenecen a
la propia vida de Jesús. La vida de Jesús no puede entenderse sin su propia
muerte. El tuvo que morir, como el grano de trigo, para convertirse en espiga…
No solo en espiga, porque han pasado dos mil años y sigue dando fruto y seguirá
dando fruto hasta el fin del mundo. Si hoy celebramos la Eucaristía es porque
Jesús vive.
No podemos perdernos
ninguna de sus palabras. Lo que Jesús ha vivido quiere que lo vivamos nosotros,
y sigue diciendo para todos y cada uno de sus discípulos, si de verdad queremos
oírle:
El que se
ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se
guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté
yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará.
Jesús canta el triunfo
dinar de su vida y nos lo propone a nosotros. Nos dice que estaremos donde él
está. El premio total es este: el Padre
lo honrará.
Estas palabras de Jesús son
la Carta de nuestra Fe; esta es la verdad cristiana.
5. Pero sigamos escuchando
porque no ha terminado el Evangelio. Al principio de la Cuaresma vimos a Jesús
en el desierto, orando y tentado; pero los ángeles le sirvieron. Y el domingo
segundo, todos los años, es la escena de la Trasfiguración, signo del triunfo
final de su vida. Aquí, al concluir su breve vida pública, y antes de entrar en
el Cenáculo, ocurre algo celestial, que es como una segunda Transfiguración,
anticipo de la Pascua.
27Ahora
mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por
esto he venido, para esta hora: 28Padre,
glorifica tu nombre». Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y
volveré a glorificarlo».
Esta es nuestra ruta,
hermanos. La Cuaresma no tiene sentido sin la Pascua. Recordemos una frase de
san Pablo: “… y, si hijos, también
herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos
con él, seremos también glorificados con él” (Rom 8,17).
Queremos ver a Jesús, y
Jesús también nos quiere ver a nosotros. Dos personas enamoradas, sean jóvenes
o sean ancianos, y con una simple mirada se lo han dicho todo, y encuentra el
gozo y la paz
Señor
Jesús, la vida corre, la vida en torno a mí, que es un barullo de ideas, de
políticas y proyectos – y tantas veces un barullo de mentiras – y acaso mi
corazón sea también un barullo…, ¿dónde vives? Quiero verte como tus primeros
discípulos, como aquellos extranjeros del Evangelio de hoy.
Y Jesús me dice: Estoy en la Cruz; mírame y encontrarás la
paz. Amén.
1. Hemos
llegado ya a la mitad de la Cuaresma. Dentro de tres domingos será la Pascua
del Señor, precedida por esos días tan especiales que llamamos la Semana Santa.
Seguimos escuchando
a San Juan, como el domingo anterior, cuando Jesús expulsó a los vendedores del
templo., al que llamó la Casa de mi Padre. Jesús defendió de esta manera tan
singular la santidad de Dios. La santidad de Dios está en el Templo,
ciertamente, pero, sobre todo, la santidad de Dios está en el pueblo santo de
Dios, que somos los cristianos, santificados en al bautismo para que nuestra
vida sea de acuerdo al Evangelio que Jesús nos ha predicado.
Allí en
Jerusalén tuvo una entrevista nocturna con Nicodemo, un doctor de la Ley, que
pertenecía al Sanedrín y que fue a ver a Jesús en busca de la verdad. Nicodemo
defendió a Jesús en el Sanedrín y aparecerá, sobre todo, a la hora de la muerte
de Jesús. Allí estaba con José de Arimatea, que pidió el cuerpo de Jesús apara
enterrarlo en su sepultura.
2. El
texto que hemos escuchado es la terminación del diálogo con Nicodemo. Comienza
el texto con esta frase: Lo mismo que
Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del
hombre, 15 para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
Los
judíos entendían esta frase, por pertenecer a sus libros sagrados. El pueblo
había murmurado y pecado en el desierto, y aparecieron serpientes abrasadoras,
serpientes de veneno mortífero. El pueblo se arrepintió, pidió perdón, y Dios
les perdonó. “Moisés rezó al Señor por el pueblo y el Señor le respondió: «Haz
una serpiente abrasadora y colócala en un estandarte: los mordidos de
serpientes quedarán sanos al mirarla»” (Núm. 21,7-8).
Una
serpiente de bronce no era un rito mágico, sino que Moisés, de parte de Dios,
la puso como un signo de fe. La serpiente fue alzada y quien la miraba con fe,
era curado, era salvado.
Jesús
toma este signo sagrado y se lo aplica: Lo
mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado
el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
Jesús es
elevado, es alzado. Es la Cruz y lo que sigue a la Cruz. En otra ocasión Jesús
dirá: “Ahora va a ser juzgado el mundo;
ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado
sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,31-32).
La fe,
que es el abandono en el amor que Dios nos ha mostrado, eso es nuestra
salvación. Una mirada a la Cruz con fe redime todos nuestros pecados. Hermanos,
que no falte la Cruz, el Crucifijo, la imagen de Jesús crucificado, en nuestros
hogares; un crucifijo devoto ante el que podamos orar. Desde la Cruz Jesús
atrae a todos hacia él.
3. Pero
ahora viene la frase principal que queremos recoger en nuestros corazones, para
que marque toda la dirección de nuestra vida: Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que
todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. 17 Porque Dios
no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se
salve por él.
Vamos a
hacer algunas reflexiones, que nos convenzan y penetren. ¿Quién es Dios y dónde
está Dios? Dios es el Infinito y está más allá de todo. Dios es transcendente,
que nunca podrá ser abarracado por nadie. Esto es verdad, pero hay otro modo de
responder, que en esta ocasión nos puede ser más oportuno. Dios está dentro el
mundo, aun estando fuera; y es el que lo penetra todo, lo dirige todo, lo
gobierna todo.
Y el
texto sagrado dice que el Hijo de Dios ha sido enviado al medio del mundo para
salvar a todos. Estas palabras de fe nos están afirmando dos cosas:
1) La
primera, que Dios está en medio del mundo, y que Él debe ser la referencia suprema
de todo. Hablar de Dios no es salirse del mundo, sino ir al centro del mundo, a
todas las cosas. Dios está aquí.
2) Y la
segunda verdad es no menos llamativa. Dios está aquí no para condenar, sino,
todo lo contrario, para salvar.
Si
aceptamos estas dos cosas nuestra vida queda iluminada de otra manera.
4.
Hermanos, Dios no es inútil, algo que puede valer para los que creen, pero que
no lo necesitamos para dar sentido a la sociedad y a nuestros trabajos. No es
así. Dios es lo esencial, y sin Él no pdoemso concebir nuestra felicidad.
Ayer, 8
de marzo (estoy grabando estos pensamientos el sábado, día 9, víspera del IV
domingo de Cuaresma) era mundialmente el Día no solo de la Mujer trabajadora,
sino el Día de la Mujer sin más. Pudimos ver, a través de la pantalla,
caravanas y caravanas de mujeres que habían salido a la calle, reclamando sus
derechos, protestando, con toda razón, por tantos feminicidios que nos ofenden
a todos.Desde el lugar en donde vivo,
me digo: Vamos a ver qué dicen los periódicos de mi tierra. Y de repente, sin
pensar en malas intenciones, me encuentro con la fotografía de esta pancarta:
“Yo elijo cómo me visto y con quién me desvisto”.
Y, como
tenemos cabeza para pensar, pienso: No, hermana, esos no son los derechos de la
dignidad de la mujer; estás organizando tu vida a tu aire y voluntad lo que
piensas que son los valores de tu vida, y estás prescindiendo de un Dios de
amor. Dios quiere nuestra felicidad, segura y fuerte, pero no es ese el camino.
“Yo he
venido para que tengan vida y la tengan abundante” (Jn 10,10), nos dijo también
Jesús.
Justamente
también la prensa de mi país me dice que el domingo día 10 va a haber una gran
concentración en Madrid en favor de la vida. El ds de amor que Jesús ha
predicado es el Dios de la vida.
5. En
fin, hermanos, esta imagen de Dios que nos presenta Jesús llena todo el ser de
seguridad interior, de gozo y esperanza. Él nos pide una cosa: que tengamos fe,
porque el hombre es capaz de aceptar y de rechazar. El que pone a Dios en el
centro de su vida, ha encontrado la clave, y, pase lo que pase, nunca se
arrepentirá.
Quisiera
termina con la última frase del texto evangélico: el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus
obras están hechas según Dios.
Miremos a
Jesús alzado en la Cruz y alzado a la derecha del Padre:
Señor Jesús, tú eres el Dios con nosotros, el
Dios vivo y verdadero que diriges nuestra vida, que nos das el sentido de
nuestra existencia. Tú eres la felicidad que esperamos y que ya hemos empezado
a disfrutar. Tú eres nuestra salvación; tú eres la vida eterna. Amén.
El celo de tu casa me
devora, o “me devorará”, según otra lectura crítica. Y la verdad es que Jesús
murió por salvar la santidad de Dios. Al fin, el Templo de Dios, la verdadera
Casa de Dios, no va a ser un edificio monumental que el paso de los siglos lo vana erosionar. El Templo del Señor, la Casa de
Dios, la Casa de mi Padre, va a ser la Comunidad del Reino que inicia Jesús con
su Palabra, con sus signos, con su Cuerpo Resucitado. La Casa de Dios somos
nosotros. La Comunidad de Jesús es la Comunidad de los Santos. Y este lenguaje
pasará, como lenguaje de fe, a la Iglesia. No podemos renunciar a él, porque es
Palabra revelada de las santas Escrituras. Somos “hermanos santos”. Por citar
solo el cuerpo de Cartas paulinas, leamos:
“…Pero ahora voy a Jerusalén,
para el servicio de los SANTOS, pues Macedonia y Acaya tuvieron a bien hacer
una colecta para los pobres que hay entre los SANTOS de Jerusalén. Tuvieron el
gusto y además estaban obligados a ello; pues si los gentiles han compartido
los bienes espirituales de los SANTOS, ellos por su parte deben prestarles
ayuda en lo material” (Rom 15,25-27). Y en la despedida de la misma carta: “Os
recomiendo a Febe, nuestra hermana, que además es servidora de la Iglesia que
está en Cencreas; recibidla en el Señor de un modo que sea digno de los SANTOS
y asistidla en cualquier cosa que necesite de vosotros” (16,1-2). “Saludad a
Filólogo y a Julia, a Nereo y a su hermana, y a Olimpas y a todos los SANTOS
que están con ellos” (16, 15).
(Puede verse: Rom 8,27;
12,12; 1 Cor 6,1; 14,34; 16,1.15; 2 Cor 131,12; Ef 1,1. 15. 18. 19; 3,8. 18.
19; 4,11; 5,3; Flp 1,1; 4,21; Col 1,1; 1 Tim 5, 19; Flm 4). El mismo san Pablo
se llama a sí mismo santo, como miembro de la Comunidad de Cristo: “A mí, el
más insignificante de los SANTOS, se me ha dado la gracia de anunciar a
los gentiles la riqueza insondable de Cristo” (Ef 3,8).
La Iglesia de Jesús en la
que vivimos es santa. Y yo, pecador convertido a Jesucristo, soy unos de los
SANTOS de esta Comunidad, y como Santo quiero permanecer, por su gracia, hasta
el final de mi vida.
El celo
de tu casa me devora,
y vivo y muero
en esa santidad;
la Casa de
mi Padre es bella y santa,
y es mi
Iglesia, mi amor y mi heredad.
Y hermanos
santos son quienes la habitan,
salvados del
pecado y cenagal,
la gracia
los envuelve y santifica,
nacidos en
la fuente bautismal.
La Casa de
Jesús, Casa del Padre,
la llamo y
llamaré Casa natal,
y santo yo
he de ser en compañía
de mi
familia, que es fraternidad.
Oh dulce mi
destino, el más amable,
mi excelsa
vocación de vida y paz,
ser claro
resplandor del solo Santo,
Jesús, el
Redentor de todo mal.
Jesús, él va
delante en el sendero
y su camino
es senda de humildad;
la Madre le
siguió, la humilde esclava,
la llena de
hermosura y de verdad.
Camino de la
Iglesia, mi camino,
en tiempo de
bonanza y tempestad,
la Iglesia
es santa, y santa la confieso
y en ella
goza el alma y gozará.
La santa
Eucaristía es el convite
que nos abre
a la mesa celestial;
el Santo de
los Santos se hace mío,
tan todo
entero mío, que es manjar.
Honor a mi
Señor, Feliz y Santo,
de toda
santidad el manantial,
nosotros,
peregrinos, te alabamos.
Verbo santo
en la santa Trinidad. Amén.
Cuautitlán
Izcalli, dom. III de Cuaresma, 3 marzo 2024.
13Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. 14Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes,
ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, 15haciendo un azote de cordeles, los
echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las
monedas y les volcó las mesas; 16y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí: no convirtáis
en un mercado la casa de mi Padre». 17Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me
devora».
18Entonces intervinieron los judíos
y le preguntaron: «¿Qué signos nos muestras para obrar
así?». 19Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres
días lo levantaré». 20Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este
templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». 21Pero él hablaba del templo de su
cuerpo. 22Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que
lo había dicho, y creyeron a la Escritura y a la palabra que había dicho
Jesús.
23Mientras estaba en Jerusalén por
las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que
hacía; 24pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos 25y no necesitaba el testimonio de
nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.
Hermanos:
1. Vamos avanzando en
este sagrado tiempo de Cuaresma, y estamos ya en el tercer domingo. El día
final de este mes de marzo, después de haber recorrido un itinerario de seis
semanas (la última la llamamos al Semana Santa) será la Pascua del Señor,
centro de nuestra fe y eje de todas las fiestas.
Recordemos una vez más: Primer domingo de Cuaresma: el
desierto y las tentaciones; segundo domingo, la transfiguración del Señor, en
una alta montaña adonde había acudido a orar con sus tres predilectos, el monte
tabor, los tres predilectos que iban a estar junto a él en el Monte de los
Olivos Y ahora vienen los tres domingos siguientes, con el Evangelio variable
según sea el año A, B, o C, porque las lecturas se distribuyen en tres años.
Este año es el año segundo de los tres, el año B, y
las lecturas que vamos a hacer son del Evangelio de San Juan, lecturas que nos
adentran en el misterio divino y humano de la persona de Jesús. Hoy la
purificación del Templo de Dios, que Jesús la llama “la Casa de mi Padre”. Es
un hecho que nos cuentan con detalle cada uno de los cuatro evangelistas.
Pero sucede algo sorprendente: Los tres primeros
Evangelios, es decir, Mateo, Marcos, Lucas, ponen este episodio al final de la
vida de Jesús, en la Semana Santa, Y justamente una palabra que Jesús pronuncia
sobre el templo, la llevan ante el juicio de Caifás (cinco días después) para
hallar una causa para condenar a Jesús, aunque los mismo Evangelios dicen que
los testigos falsos no acaban de concordar exactamente sobre lo que Jesús había
dicho sobre el templo. San Juan, sin embargo, coloca esta escena al principio
de la vida de Jesús. ¿Es que Jesús purificó dos veces el templo de Dios con
este gesto de soberanía que le otorgaba la misión que él había traído a la
tierra? Seguramente que no, sino más bien podemos pensar que san Juan se ha
tomado la libertad de colocar este episodio al principio para dejar bien claro quién
es este enviado de Dios, a quien él llama al principio, el Verbo de Dios, la
Palabra creadora de Dios por quien se hizo el cielo y al tierra; y para darnos
a entender con esta escena de majestad divina qué es lo que pretende Jesús en
la tierra: hacer que su Comunidad, que es el verdadero templo de Dios,
inaugurado en la Resurrección de Jesús, sea un templo limpio, resplandeciente con
la santidad misma de Dios. Y el templo de Dios somos nosotros, nos dirá san
Pablo.
Veamos, pues, los detalles de esta escena que, de
repente, nos deja desconcertados.
Se acercaba la
Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. San Juan nos
habla de tres Pascuas en la vida pública de Jesús, Jesús fue, pues, a la
Pascua, como había ido de niño, entonces llevado por sus padres. Fue a la
Pascua y donde encuentra una escena en la plaza del templo, es decir, en lo que
se llama el “atrio de los gentiles”, podían transitar judíos y no judíos, una
algarabía como suele ocurrir en los lugares cercanos a los templos. El
Evangelio nos habla de dos cosas: Han colocado puesto de cambio de moneda. El
tributo al templo hay que pagarlo no con moneda romana, que es moneda pagana (seguramente
impura), sino con moneda judía. Las autoridades no ven mal este proceder,
porque, al fin, se trata de beneficio al Templo de Dios.
Por otra parte, en aquella plaza se venden animales
para las ofrendas del templo; hay jaulas de palomas y muchas cosas más. San
Juan apunta que había “bueyes, ovejas y
palomas”. Aquello resulta un mercado popular. Podemos imaginar todo el folklore que allí se
organiza. San Marcos nos da también otro detalle: no permitía que transportaran
bultos de un lado a otro por la plaza. Sin conocer las costumbres judías,
podemos imaginar que allí también se vendían comidas para los peregrinos.
Estamos, como he indicado antes en la plaza del público en general, en el atrio
de los gentiles, no en el atrio de las mujeres, no en el atrio de los varones.
Y ahora viene la sorpresa y la revelación. Para Jesús
todo aquello es una profanación de la santidad de Dios, que mora en el Templo.
Y en un arrebato sagrado toma unos cordeles para deshacer aquel mercado. La
frase exacta de est Evangelio es esta: “haciendo un azote de cordeles, los echó
a todos del templo, ovejas y bueyes” ¡Fuera de aquí, fuera! Los cordeles bien
podemos suponer que eran para arrear a los animales.
San Marcos también ha sido muy duro al describir la
escena, aunque solo san Juan habla de cordeles. San Marcos dice: “se puso a echar a los que vendían y
compraban en el templo, volcando las mesas de los cambistas y los puestos de
los que vendían palomas” (Mc 11,15). San precisa el detalle de las palomas:
“16y a los que vendían palomas les
dijo: «Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre»”.
Ciertamente que es difícil de interpretar esta escena,
porque a Jesús lo veremos siempre como defensor de Dios, pero de otro modo, con
otras actitudes y modales. Mi Casa se llamará Casa de Oración para todos los
pueblos, habían dicho los profetas. Y aquí Jesús, a esta Casa de Oración, la
llama Casa de mi Padre.
Lo que le reprochan los judíos no es que haya tomado
un látigo para hacer lo que acaba de hacer, sino “¿Quién te ha mandado a ti
hacer lo que has hecho?” “¿Qué autoridad tienes tú para hacer esto? ¿Es que te
crees que el Templo es tuyo? ¿Qué signos
nos muestras para obrar así?
Y ahora cae la palabra misteriosa de Jesús: Destruid este templo, y en tres días lo
levantaré.
El Evangelio se ha escrito para los creyentes, para
los discípulos, y a nosotros, que hemos aceptado la divinidad de Jesús, no nos
escandalizan estas palabras que a otros pueden escandalizar. Estas palabras
snso están diciendo: que el Dios único y verdadero, el Dios de la santidad, que
ha hecho una alianza de amor con su pueblo, va a hacer una comunidad santa y el
templo de esa comunidad va a ser el cuerpo de Jesús resucitado.
Cando la mujer samaritana le pregunte a Jesús dónde
hay que adorar a Dios, si en Garizim, como hacen los samaritanos, o en
Jerusalén, como hacen los judíos, Jesús le responderá:
“Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén
adoraréis al Padre… Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos
adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo
adoren así*. 24 Dios es espíritu, y los que lo adoran
deben hacerlo en espíritu y verdad» (Jn 4,21-24).
Hermanos, estas cosas que estamos escuchando, este
Evangelio que llega a nuestro corazón, nos llevan a unas preguntas esenciales,
frente a las cuales debemso tomar un a clara postura de un modo personal y
también de un modo colectivo.
-La fe no es una
cultura hermosa que hemos heredado y en la cual nos sentimos cómodos, y mucho
menos un folklore religioso que se renueva año tras año.
-La fe nos son las
procesiones de Semana Santa, que están bien, sin duda, aunque sean una oferta
de turismo.
-La fe tampoco es un
templo, por muy bello y venerable que sea (se acaba de comenzara la
restauración del baldaquino de Bernini, después de más de trescientos años, por
un presupuesto de 700.000 euros; muy bien que se haga…, como proyectan para
comenzar el Año Santo de la Redención, en el cuarto de siglo de 2025).
-La fe es entrar en la
santidad de Dios y transformar toda la vida por la fuerza de esa santidad, que
se nos da por la gracia de Jesucristo.
Creer es creer en la santidad de Dios y vivir según según esa santidad. Y
decir a Jesús, como le decimos en el Gloria de la Misa: Túque estas sentado a la
derecha del Padre, ten piedad de nosotros, porque solo tu eres Santo, solo tu
Señor, solo tu Altísimo Jesucristo.
La fe no son sentimientos y menos apariencia; la fe te agarra en al
profundidad del ser.Termina el
Evangelio de hoy y con ello terminamos
23Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en
su nombre, viendo los signos que hacía; 24pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos 25y no necesitaba el testimonio de
nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.
Señor Jesús, danos la fe verdadera que tú nos has
predicado, y haznos santos con la santidad de Dios que tú tienes en tu ser.
Amén.