sábado, 16 de marzo de 2024

1950. El celo de tu casa me devora – Himno a la santidad de la Iglesia

 1950. El celo de tu casa me devora
Himno a la santidad de la Iglesia

El celo de tu casa me devora, o “me devorará”, según otra lectura crítica. Y la verdad es que Jesús murió por salvar la santidad de Dios. Al fin, el Templo de Dios, la verdadera Casa de Dios, no va a ser un edificio monumental que el paso de los siglos lo van  a erosionar. El Templo del Señor, la Casa de Dios, la Casa de mi Padre, va a ser la Comunidad del Reino que inicia Jesús con su Palabra, con sus signos, con su Cuerpo Resucitado. La Casa de Dios somos nosotros. La Comunidad de Jesús es la Comunidad de los Santos. Y este lenguaje pasará, como lenguaje de fe, a la Iglesia. No podemos renunciar a él, porque es Palabra revelada de las santas Escrituras. Somos “hermanos santos”. Por citar solo el cuerpo de Cartas paulinas, leamos:

“…Pero ahora voy a Jerusalén, para el servicio de los SANTOS, pues Macedonia y Acaya tuvieron a bien hacer una colecta para los pobres que hay entre los SANTOS de Jerusalén. Tuvieron el gusto y además estaban obligados a ello; pues si los gentiles han compartido los bienes espirituales de los SANTOS, ellos por su parte deben prestarles ayuda en lo material” (Rom 15,25-27). Y en la despedida de la misma carta: “Os recomiendo a Febe, nuestra hermana, que además es servidora de la Iglesia que está en Cencreas; recibidla en el Señor de un modo que sea digno de los SANTOS y asistidla en cualquier cosa que necesite de vosotros” (16,1-2). “Saludad a Filólogo y a Julia, a Nereo y a su hermana, y a Olimpas y a todos los SANTOS que están con ellos” (16, 15).

(Puede verse: Rom 8,27; 12,12; 1 Cor 6,1; 14,34; 16,1.15; 2 Cor 131,12; Ef 1,1. 15. 18. 19; 3,8. 18. 19; 4,11; 5,3; Flp 1,1; 4,21; Col 1,1; 1 Tim 5, 19; Flm 4). El mismo san Pablo se llama a sí mismo santo, como miembro de la Comunidad de Cristo: “A mí, el más insignificante de los SANTOS, se me ha dado la gracia de anunciar a los gentiles la riqueza insondable de Cristo” (Ef 3,8).

La Iglesia de Jesús en la que vivimos es santa. Y yo, pecador convertido a Jesucristo, soy unos de los SANTOS de esta Comunidad, y como Santo quiero permanecer, por su gracia, hasta el final de mi vida.

 

El celo de tu casa me devora,

y vivo y muero en esa santidad;

la Casa de mi Padre es bella y santa,

y es mi Iglesia, mi amor y mi heredad.

 

Y hermanos santos son quienes la habitan,

salvados del pecado y cenagal,

la gracia los envuelve y santifica,

nacidos en la fuente bautismal.

 

La Casa de Jesús, Casa del Padre,

la llamo y llamaré Casa natal,

y santo yo he de ser en compañía

de mi familia, que es fraternidad.

 

Oh dulce mi destino, el más amable,

mi excelsa vocación de vida y paz,

ser claro resplandor del solo Santo,

Jesús, el Redentor de todo mal.

 

Jesús, él va delante en el sendero

y su camino es senda de humildad;

la Madre le siguió, la humilde esclava,

la llena de hermosura y de verdad.

 

Camino de la Iglesia, mi camino,

en tiempo de bonanza y tempestad,

la Iglesia es santa, y santa la confieso

y en ella goza el alma y gozará.

 

La santa Eucaristía es el convite

que nos abre a la mesa celestial;

el Santo de los Santos se hace mío,

tan todo entero mío, que es manjar.

 

Honor a mi Señor, Feliz y Santo,

de toda santidad el manantial,

nosotros, peregrinos, te alabamos.

Verbo santo en la santa Trinidad. Amén.

 

Cuautitlán Izcalli, dom. III de Cuaresma, 3 marzo 2024.

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