El celo de tu casa me
devora, o “me devorará”, según otra lectura crítica. Y la verdad es que Jesús
murió por salvar la santidad de Dios. Al fin, el Templo de Dios, la verdadera
Casa de Dios, no va a ser un edificio monumental que el paso de los siglos lo van a erosionar. El Templo del Señor, la Casa de
Dios, la Casa de mi Padre, va a ser la Comunidad del Reino que inicia Jesús con
su Palabra, con sus signos, con su Cuerpo Resucitado. La Casa de Dios somos
nosotros. La Comunidad de Jesús es la Comunidad de los Santos. Y este lenguaje
pasará, como lenguaje de fe, a la Iglesia. No podemos renunciar a él, porque es
Palabra revelada de las santas Escrituras. Somos “hermanos santos”. Por citar
solo el cuerpo de Cartas paulinas, leamos:
“…Pero ahora voy a Jerusalén,
para el servicio de los SANTOS, pues Macedonia y Acaya tuvieron a bien hacer
una colecta para los pobres que hay entre los SANTOS de Jerusalén. Tuvieron el
gusto y además estaban obligados a ello; pues si los gentiles han compartido
los bienes espirituales de los SANTOS, ellos por su parte deben prestarles
ayuda en lo material” (Rom 15,25-27). Y en la despedida de la misma carta: “Os
recomiendo a Febe, nuestra hermana, que además es servidora de la Iglesia que
está en Cencreas; recibidla en el Señor de un modo que sea digno de los SANTOS
y asistidla en cualquier cosa que necesite de vosotros” (16,1-2). “Saludad a
Filólogo y a Julia, a Nereo y a su hermana, y a Olimpas y a todos los SANTOS
que están con ellos” (16, 15).
(Puede verse: Rom 8,27;
12,12; 1 Cor 6,1; 14,34; 16,1.15; 2 Cor 131,12; Ef 1,1. 15. 18. 19; 3,8. 18.
19; 4,11; 5,3; Flp 1,1; 4,21; Col 1,1; 1 Tim 5, 19; Flm 4). El mismo san Pablo
se llama a sí mismo santo, como miembro de la Comunidad de Cristo: “A mí, el
más insignificante de los SANTOS, se me ha dado la gracia de anunciar a
los gentiles la riqueza insondable de Cristo” (Ef 3,8).
La Iglesia de Jesús en la
que vivimos es santa. Y yo, pecador convertido a Jesucristo, soy unos de los
SANTOS de esta Comunidad, y como Santo quiero permanecer, por su gracia, hasta
el final de mi vida.
El celo
de tu casa me devora,
y vivo y muero
en esa santidad;
la Casa de
mi Padre es bella y santa,
y es mi
Iglesia, mi amor y mi heredad.
Y hermanos
santos son quienes la habitan,
salvados del
pecado y cenagal,
la gracia
los envuelve y santifica,
nacidos en
la fuente bautismal.
La Casa de
Jesús, Casa del Padre,
la llamo y
llamaré Casa natal,
y santo yo
he de ser en compañía
de mi
familia, que es fraternidad.
Oh dulce mi
destino, el más amable,
mi excelsa
vocación de vida y paz,
ser claro
resplandor del solo Santo,
Jesús, el
Redentor de todo mal.
Jesús, él va
delante en el sendero
y su camino
es senda de humildad;
la Madre le
siguió, la humilde esclava,
la llena de
hermosura y de verdad.
Camino de la
Iglesia, mi camino,
en tiempo de
bonanza y tempestad,
la Iglesia
es santa, y santa la confieso
y en ella
goza el alma y gozará.
La santa
Eucaristía es el convite
que nos abre
a la mesa celestial;
el Santo de
los Santos se hace mío,
tan todo
entero mío, que es manjar.
Honor a mi
Señor, Feliz y Santo,
de toda
santidad el manantial,
nosotros,
peregrinos, te alabamos.
Verbo santo
en la santa Trinidad. Amén.
Cuautitlán
Izcalli, dom. III de Cuaresma, 3 marzo 2024.
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