Jesús
anunciando el Reino, expulsando demonios y sanando
Mc
1,29-39
Texto:
29Y enseguida, al salir ellos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a la casa de Simón y Andrés. 30La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, e inmediatamente le hablaron de ella. 31Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. 32Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. 33La población entera se agolpaba a la puerta. 34Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar. 35Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar. 36Simón y sus compañeros fueron en su busca y, 37al encontrarlo, le dijeron: «Todo el mundo te busca». 38Él les responde: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido». 39Así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.
Hermanos:
1.Estamos
leyendo este año el Evangelio según san Marcos. Una vez más hemos de recordar
la primera frase de este escrito, al parecer el más primitivo de los cuatro
Evangelios. Esta primera frase, que es al mismo tiempo, el título del libro,
dice así: Evangelio de Jesucristo, Hijo
de Dios. Todo lo que se va a narrar en este Evangelio tiene un
protagonista, que es el Hijo de Dios.
Seamos muy conscientes, hermanos, de todos y cada uno de los cuatro Evangelio no son simples relatos de una historia que ya pasó. Todos los Evangelios son relatos de fe. El centro de los Evangelio es la persona de Jesús, que un día fue y que hoy sigue siendo; todo lo que un día lo sigue haciendo hoy, incluso, como se nos recuerda en san Juan, hará cosas mayores, porque me voy al Padre.
2. La
primera imagen que se nos da de Jesús se apoya en cuatro verdades, pilares fundaméntales
de nuestra fe.
Primera. Jesús
anuncia la revelación de Dios, el Reino, que se abraza con un requisito
esencial: Convertíos. Sin conversión no hay Evangelio.
Segunda verdad: El
Evangelio, trayendo el perdón de los pecados, trae la derrota de Satanás. Lo
veíamos el domingo pasado en el episodio de la sinagona de Cafarnaúm: ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo,
Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de
Dios.
La tercera verdad es Jesús,
dando el Evangelio da, lo mismo la sanación del cuerpo; lo cual nos anuncia que
Jesús es la salvación integral del hombre.
Y la cuarta es que
todas estas maravillas las hace él por la fuerza de su Palabra. La palabra de Jesús
es la Presencia y la Fuerza del poder de Dios.
3. Ese es el Jesús en quien creemos y al que celebramos en el culto. No nos sorprenda, por tanto, que en esta primera página del Evangelio - estamos todavía en el capítulo Primero de san Marcos – se nos presente esta escena, que parece un apocalipsis, poco menos que un cuento y fantasía: todos los males de la ciudad se abalanzan sobre Jesús, se le echan encima. Y él, con el amor y el poder de Dios, arroja demonios y cura a enfermos.
4. Ahora
bien, en este Evangelio que acabamos de escuchar hay un detalle que todavía no hemos
mencionado, y que en el conjunto de la escena es mucho más que un detalle del
cual se pueda prescindir, porque resulta ser esencial. Escuchemos con atención:
Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se
marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar.
Sin la
oración Jesús deja de ser el que es. Él ha ido al desierto para estar con Dios,
no para preparar un plan táctico de batalla y de conquista. Se oyó una voz
desde los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco». Esto es lo que
pasó en el bautismo, y aquí se nos da la total identidad de su persona. Jesús
es el Hijo amado del Padre. Se lo está diciendo el Padre, que él ya lo sabe. Se
lo está diciendo para que lo oigamos todos, y no nos confundamos. ¿Quién es
Jesús? Es el Hijo amado del Padre tiene que disfrutarlo él, tenemos que
disfrutarlo nosotros. No nos confundamos y queramos presentar en nuestra
predicación como a un líder que nos va a librar de nuestras esclavitudes. Jesús
es el liberador de los pobres, el que dijo y sigue diciendo: Tuve hambre y me disteis
de comer, y todo lo demás. Sí, Jesús es todo eso; pero en el bautismo Dios le
dijo: Tú eres mi Hijo amado, y en i me complazco; tú eres mi felicidad.
Por eso
dice a renglón seguido el evangelista: A
continuación, el Espíritu lo empujó al desierto. Y ese mismo Espíritu lo ha
empujado esta mañana a levantarse, el primero, y quitarle tiempo a la noche
para orar. Orar, hermanos, es sencillamente estar con Dios, gastar el tiempo
con Dios, escuchar a Dios, sentir el consuelo y la caricia de Dios que todos
necesitamos para navegar por los mares de esta vida y también por el mar oscuro
de nosotros mismos.
De este comportamiento de Jesús, claramente podemos deducir que el tesoro de su vida es Dios. Y lo mismo debe ser para nosotros: vivir la vida de Dios como vida nuestra es el mayor logro, la mayor dicha y felicidad. Cuanto más dinero, más felicidad; cuantos más éxitos sociales, más felicidad. Todo ello es muy movedizo, pero, aunque tuviéramos tales conquistas, al punto veríamos que semejantes logros no llenan los vacíos del corazón. Solo Dios es plenitud.
5.
Siguiendo con el Evangelio, vemos que los apóstoles van a buscarle: se lo
figuraban. Y le dicen en un tono, que casi puede sonar a regaño y reproche: Todos te buscan.
Ya lo sé,
dice Jesús, pero hay algo más importante y por eso he venido aquí. Se ha
olvidado de tomar un bocado de desayuno, porque el Padre le espera.
Y, al final, contesta: Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.
Si
quisiéramos escribir sobre Jesús, se perfilan los grandes capítulos y
titulares:
Jesús y la
intimidad con Dios, su Padre: esto es la clave de todo.
Jesús y la
apertura a todo dolor humano, pero desde Dios, no en un plan altruista de
buenas personas. Vámonos a otra parte,
dice el Señor; Vámonos a otra parte para
predicar también allí; que para eso he salido.
Es la
misión que la Iglesia debe cumplir, y nosotros como hijos de la Iglesia:
anunciar a Dios con nuestra vida transparente, inconfundible, y, cuando sea
oportuno también con nuestras palabras.
Job ha aparecido hoy en la primera lectura. Job es el símbolo del mundo sufriente. El dolor está ahí, la a vuelta de la esquina; quizás en nuestra propia casa. Jesús traea la consolación, la paz, y, si es necesario, el milagro. No es algo que ya pasó; hoy es lo mismo. Y nosotros somos los enviados de Jesús.
Señor Jesús, yo quiero ser cristiano entero y verdadero. Quiero vivir contigo, con Dios, en tu intimidad. Y quiero pasar mi vida haciendo el bien, como dijeron de ti: “Pasó haciendo el bien”. Como tu fiel discípulo san Pablo, quiero también poder decir: Todo lo hago por el Evangelio. Que esta fe que tú me has dado me lleve a todas sus consecuencias. Amén.
Cuautitlán
Izcalli, sábado, 3 febrero 2024.
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