domingo, 31 de marzo de 2024

1957. Domingo de Pascua 2024 Vio y creyó


Vio y creyó

Jn 20,1-9

Texto

1El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. 2Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». 3Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. 4Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; 5e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. 6Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos 7y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. 8Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. 9Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

 

Hermanos:

El Señor ah resucitado. Verdaderamente ha resucitado, y el misterio de la Fe, este que llamamos el Misterio pascual, que es el centro y raíz de todos los misterios, ilumina a la Iglesia y la llena de alegría. Cristo ha resucitado y nosotros con él, porque él nos ha unido a su propio ser y vida. La muerte de Cristo es nuestra propia muerte, muerte al pecado y su santa Resurrección para nunca más morir es la nueva vida que se nos con cede por él y desde él para siempre.

Pedro confiesa esta fe y dice:

 37Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. 38Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. 39Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén.

La muerte de Jesús, rechazado por los judíos – por una parte, de los judíos – y sentenciado por Pilato, parecía, de pronto, el triunfo de la maldad. “Pasó haciendo el bien”; era el resumen que daba Pedro de la vida de Jesús de Nazaret. Pasó haciendo el bien, pero no como una persona humanitaria, altruista, que busca el progreso de la sociedad y de la humanidad entera, afectada siempre por tantas desgracias, fruto de desigualdades y del poder de los poderosos. Pedro dice que este hombre estaba ungido por Dios y por la fuerza del Espíritu Santo, y que iba mucho más allá de todas nuestras buenas obras humanitarias. Él traía la salvación completa del hombre, sanándolo en sus propias raíces.

Continúa Pedro: A este lo mataron, colgándolo de un madero. 40Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, 41no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos. 

 

Mirad, hermanos, este primer Evangelio de la Resurrección después del anuncio de Pascua que anoche escuchamos en al santa Vigilia, nos dice cómo Pedro, columna de la Iglesia, pese a sus debilidades, y con él Juan, también columna de la Iglesia por la vía del amor, fueron favorecidos para que fueran y permanecieran como testigos privilegiados,

“Vio y creyó”, dice el discípulo amado, hablando de sí mismo, pero incluyendo también a Pedro. Vieron el hueco del sepulcro; vieron los lienzos y el sudario, y creyeron: el cuerpo glorioso del Señor está definitivamente con el Padre. Todo lo que él dijo era verdad.

Y graba esta verdad con letras indelebles para que las guardemos en nuestro corazón y vivamos la realidad que incluyen: 9Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

 

Prestemos atención a esta declaración. La Fe y solo la Fe nos introduce en el misterio. Para llegar a Cristo Resucitado, y hacer que esta verdad y realidad sean la nueva y definitiva experiencia de nuestra vida, no hay otro camino que la fe.

Los autores espirituales, por ejemplo, san Ignacio de Loyola en las meditaciones y contemplaciones de los Ejercicios espirituales, dice que Jesús se apreció, ante todo a su Madre.

San Ignacio de Loyola, al comenzar las contemplaciones de Jesús Resucitado, escribió así: “Se apareció a la Virgen María. Esto, aunque no se diga en la Escritura, se da por supuesto al decir que se apareció a tantos otros; porque la Escritura supone que tenemos entendimiento, como está escrito: “También vosotros estáis sin entendimiento?”. La Virgen permaneció en el camino de la fe hasta el Calvario, nos dice el Concilio Vaticano II. La Virgen, esclava del Señor, no tiene otro camino para conocer la divinidad de su Hijo, que la Fe, Y solo pro la Fe pudo conocer la Virgen María que su Hijo había resucitado.

Todas las apariciones de los cuatro Evangelios son eventos de fe. Si quitamos al Fe no hay ninguna aparición.

 

El Señor se apareció a Pedro y a Juan. Y hoy se nos aparece a nosotros. Y, al aparecerse, nos convierte en creyentes, lleno de luz, de gozo y de fuerza y en testigos.

Los apóstoles fueron los primeros testigos. Y nosotros, como bautizados, continuamos la misma misión.

Dice Pedro en las palabras que hoy escuchamos: Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dos lo ha constituido juez de vivos y muertos. De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados» (vv. 42-43).

Hermanos: La experiencia de que Jesús ha resucitado no es la ficción de la fantasía; no es la prueba que pueda dar un historiador con los métodos comunes de la historia. La Resurrección de Jesús no es algo que se pueda demostrar como se demuestran los eventos humanos. La Resurrección dentro ciertamente de la historia humana, es u evento de que, que pide la consagración entera de nuestro ser, El que no cree tendrá sus argumentos propios para sustentar su postura. También los tiene el creyente, pero, pro encima de todo, la Resurrección de Jesús es la obra de Dios en nosotros, que transforma de raíz toda nuestra vida, dándole un sentido nuevo y definitivo.

La resurrección de Jesús nos compenetra y transforma toda nuestra vida. Si é¡ ha resucitado nosotros, yo, he resucitado con él; su vida es mi propia vida.

Esto es el centro de toda la espiritualidad de san Pablo y de todo el Nuevo Testamento. Para san Pablo un cristiano es alguien “en Cristo Jesús”. Se trata de una incorporación a él de orden real, espiritual, que no se puede medir o configurar con mera psicología humana, ni con ningún  procedimiento o invento nuestro. Del mismo modo como nunca será demostrable que la Eucaristía es el Cuerpo y la Sangre de Cristo, tampoco será demostrable por técnicas humana que Jesús es el Viviente, el Resucitado, el que gobierna cielo y tierra, el que es el sentido y dinamismo de mi vida.

Sencillamente tenemos que vivir por gracia, y dar humilde y firme testimonio. Lo demás Dios lo hará.

Ante este Cirio Pascual, imagen y símbolo del Resucitado, miremos a Cristo que vive y reina:

Señor Jesús, creemos en ti, misterio último de nuestra vida. Tú eres la Palabra definitiva del Padre. Tú eres la vida. Haz que vida con la tuya sean una, porque yo creo en tu santa Resurrección; que esta Resurrección, sacramentalmente celebrar y vivida, sea la experiencia firme, gozo y eficaz de todos los días de mi vida. Amen. Aleluya.

Satélite, Hermana Capuchinas, Domingo de Pascua, 31 marzo 2024.

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