El
sagrado icono de la Transfiguración del Señor (meta-morfosis, dicen los griegos), es una imagen completa de quién
es Jesús, Hijo de Dios, Hijo del hombre. Ocurre además que esa “luz tabórica”.
Que resplandece en su rostro y en sus vestidos, envuelve también a la Profecía
(Elías) y a la Torá (Moisés), y me envuelve también a mí, que quedo en él
transfigurado. Toda la historia de Dios queda glorificada por el resplandor de
Cristo, a quien han mirado la Ley y los Profetas. Y la Iglesia entera – yo, que
soy Iglesia – queda transfigurada por esa Gloria que se manifestó en el Monte
santo. La Transfiguración de Jesús anuncia el logro de mi vida, y me lanza al
futuro, en que ha de triunfar su santa Pascua.
Mas
no lo contéis a nadie: vividlo, y Dios hará lo demás.
Como
cristiano, a todos los transfigurados por la gracia de Jesús dedico en la fe
esta sencilla rima espiritual en la fe de la Iglesia.
Más blancos que la blancura
eran aquellos vestidos,
porque era la luz divina
la que brillaba en el Hijo.
Mi Jesús en el Tabor,
el Sinaí de sus íntimos,
hablaba con Moisés
y con Elías, su amigo.
Hablaban los tres como hablan
los de antiguo conocidos,
y hablaban de la Pasión
como sagrado destino.
Pero una voz les cortó,
cuando Dios Padre intervino:
Este es mi Hijo, mi amado
escuchadle… con cariño.
Escucha, Israel, escucha,
abre perfecto el oído,
palabras de amor y vida
son esas que yo te dicto.
Escucha, Israel amado,
como mi pueblo elegido,
que una alianza de amor
con sangre hemos convenido.
Tendrás en mis mandamientos
mis secretos compartidos,
y su observancia será
mejor que los sacrificios.
Escucha, Israel, escucha,
que escucharás mis latidos,
por amor y solo amor
te digo lo que te digo.
Dios hablaba y escribía
la Torá desde el principio,
y aquella voz creadora
recreaba el Paraíso.
Mas hoy en el Monte santo
la voz del Padre amantísimo,
entregaba el Evangelio,
secreto definitivo.
Este es mi Hijo, escuchadle;
suene su voz por los siglos,
que más que mi Hijo amado
nada me guardo escondido.
Él es mi Sabiduría
y todo mi regocijo,
y el que lo escuche tendrá
la entrada en el Uno y Trino.
Este es mi Hijo, Jesús,
el compañero y vecino,
el que bajó de los cielos
para hacer cielo este sitio.
Caminar voy caminando,
como puedo, pobrecillo,
pero conmigo camina
el que bien sabe el destino.
Por la fe que me traspasa
Transfigurado lo he visto:
Creo en Jesús, creo en él,
Viviente, Dios encendido.
Pero volvieron los ojos
y era otro, aunque era el
mismo:
el cotidiano Jesús…,
y los demás eran idos.
Este Jesús Sacramento,
de mi oración y mis libros,
el cotidiano que adoro,
es mi todo y mi sentido.
Mi vida transfigurada
la arrojo en su pecho y nido,
no quiero ser otra cosa
que amor en él recibido.
Y no lo digáis a nadie,
que dirán que es un delirio:
demasiado extraordinario
para verse tan sencillo.
Bañado en la luz tabórica
yo soy yo y me identifico:
soy lo que soy, yo confieso
por lo que visto y oído.
Soy de Jesús resplandor,
suyo soy, por ser discípulo,
y no aspiro a nada más
que es el todo a lo que
aspiro.
Sé, Jesús, milagro en mí,
sé el que eres, yo te pido,
y hazme tuyo, todo tuyo,
y lo vean tus adictos. Amén.
Cuautitlán Izcalli, sábado
precedente al domingo II de Cuaresma,
24 febrero 2024
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