viernes, 27 de enero de 2012

181. Jesús, el Santo, Vencedor

Domingo 4 del tiempo ordinario, ciclo B
Evangelio de san Marcos 1,21-28


Hermanos: 


 1. Si hay escenas “fuertes” en la vida de Jesús, esta primera que rompe brecha en su itinerario evangélico apenas elegidos los apóstoles del Reino, es una de ellas. Se trata de la confrontación frontal entre el poder oscuro del reino de las tinieblas y el Evangelio de Jesús anunciado por sus divinos labios.
En la ribera del mar de Galilea ha llamado Jesús a Andrés y Simón y a Santiago y a Juan.
Con estos discípulos entra en Cafarnaúm, la ciudad comercial del lago, y el sábado siguiente va a la sinagoga. Aunque en este caso el Evangelio hable en singular, no es fantasioso suponer que el Maestro actúa delante de sus discípulos elegidos para ser enviados.
¿De qué habló Jesús en la sinagoga? “Entró en la sinagoga a enseñar”, dice escuetamente san Marcos, pero no sabemos qué doctrinas eran las que enseñaba. En este pueblo de la Alianza toda la doctrina era un fluir de la palabra de Dios, que habían transmitido Moisés y los Profetas. Los maestros habían aprendido la lección y eran los depositarios y transmisores de las sagradas tradiciones; eran transmisores y generadores de nuevas prácticas que enriquecían el caudal de la tradición recibida. Un buen predicador es un buen transmisor de lo que venía directamente de Moisés. Pronto se verá que Jesús es inconformista y quiebra mitos que se habían ido construyendo en virtud de la tradición, y saca a relucir una dura palabra que él la va a emplear muchas veces: ¡hipócritas! ¡Cuántas predicaciones ha tenido Jesús que soportar en silencio hasta que, al fin, estalló todo lo que él llevaba dentro.
No sabemos lo que predicó esta primera vez en Cafarnaúm. Sí que sabemos que habló del Reino de Dios, porque fuera de ese Reino no hablaba de otra cosa.

2. La doctrina de Jesús, hablando de lo que aparentemente otros habían hablado, resultaba nueva.
Sin duda que por aquella importante sinagoga de Cafarnaúm habían pasado rabinos importantes, es de suponerlo: hombres de estudio y hombres de santidad. Este joven predicador de Galilea, de Nazaret, a pocos kilómetros, resultaba ser un predicador de una doctrina nueva. La palabra de Dios tiene la misma cualidad del amor, y una cosa primera del amor es que, aun siendo antiguo, es nuevo. La novedad da una especial lozanía y fragancia, y será una nota distintiva de la predicación de la Iglesia. La Iglesia tiene que predicar, generación tras generación, esa doctrina nueva que nadie había predicado ni predica.
Nos cuenta san Marcos al final de su Evangelio: “A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán len-guas nuevas...” (Mc 16,17). ¿Cuáles son estas lenguas nuevas? No son propiamente lenguas extranjeras..., nuevas para ellos, porque no las sabían, sino lenguas nuevas para todos, un lenguaje que solo el Espíritu, que es la novedad de Dios, puede comunicar.
Hemos de tomar clara conciencia de esto que estamos exponiendo: la novedad atrayente y fascinante de la fe. La fe no se gasta nunca. Si en nuestros sermones no empalmamos con esta fibra nueva, no empalmamos con el lenguaje de Jesús.
Hay quien oye sin escuchar, porque en el fondo no le interesa; pero hay otros, hermanos, ávidos de la palabra nueva de Jesús. Y a estos no podemos defraudarles. Jesús tienen que hacer el milagro primero en nosotros, predicadores, para que contagiemos una palabra que, en verdad, es palabra nueva para nosotros.

3. La novedad de esta palabra está en la fuerza dinamizadora que lleva dentro. Es una palabra creadora. Dios para crear no necesitó de ningún instrumento. Pero su voluntad divina, su querer, que es el que saca las cosas de la nada, de alguna manera se condicionó a sí mismo en la palabra. Dios dijo primero: Hágase, y la luz fue hecha. El acto de Dios tuvo una palabra.
La palabra nueva de Jesús, que tanto ha sorprendido a la gente, tiene esta fuerza comunicativa. “¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y le obedecen” (v. 27).
Y así comenzó la fama de Jesús. “Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando al comarca entera de Galilea” (V. 28, final del relato).

4. La fe comenzaba a extenderse desde dentro, desde sí misma, desde la fuerza que la verdad contagia, no desde ningún apoyo que viniera de una institución. También este sencillo pensamiento nos clarifica a nosotros. Lo bueno por su propia calidad se vende a sí mismo. A esos aspiramos nosotros, a que nuestro servicio al Evangelio sea bueno desde dentro, como portador de la presencia de Cristo.
San Pablo, a quien no le faltaba el don de la palabra, tenía la firme convicción de que el cristianismo no se ha de difundir por la belleza oratoria de los griegos, sino por la fuerza misma que lleva la palabra.  Les recuerda a los fieles de Corinto: “Yo mismo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado” (1Co 2,1-2).

5. En el pasaje evangélico que estamos escuchando hay un enfrentamiento mortal entre un imperio que va a ser derrocado, y un reino nuevo que aparece, el reino y reinado de Dios.
El poseso, hablando no por sí mismo, sino por la invasión de quien le poesía, se enfrenta a Jesús: “¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios” (v. 24).
El relato sagrado continúa: “Jesús lo increpó: ‘Cállate y sal de él’. El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él” (vv. 25-26).
Jesús no ha venido a predicar sobre el demonio, sino sobre el Reino de Dios. Jesús no es una enciclopedia de Teología donde se tratan todos los temas, los importantes y los secundarios, escritos todos con la misma letra. Jesús, el profeta nuevo que había entrevisto Moisés (Dt 18,15-20, primera lectura de hoy), es un profeta, el definitivo, y habla como tal; habla, anunciando el acontecimiento de Dios en medio de los hombres.
Viene Dios a la tierra y se termina el poderío infernal que había agarrotado a los hombres. Pero Jesús no habla del reino de las tinieblas, derrocado, como habla del reino de Dios que está amaneciendo en la tierra. Jesús se atiene a la representación del maligno que ha tenido la fe de Israel - representación ciertamente oscura desde el pecado de Adán. Jesús no entra en polémica con esta doctrina. La acepta como plataforma para proclamar la novedad absoluta y victoriosa del Reino de Dios.
El reino de Satanás ha pasado. Y el demonio, instigador contra el hombre desde el principio, es ahora reo confeso de que su imperio ha sido derrocado. Sabe que Jesús ha llegado para acabar con él. Jesús es Dios, el Santo de Dios, consagrado por Dios para esta victoria.

5. Nosotros, mis queridos hermanos, estamos dentro del campo de Cristo victorioso.
Una vez que hemos puesto nuestra vida a la entera obediencia de Cristo, que tenemos el sincero deseo de no claudicar nunca jamás de él, por su gracia, hemos de ordenar nuestra vida desde la victoria de Cristo, y no desde el temor del demonio. Cristo ha vencido en mí y él me asegura que la victoria de su vida es la victoria de la mía.
Es cierto que la batalla no ha terminado, pero es seguro que la victoria ya está alcanzada.
Esa es nuestra fe, de donde arranca la esperanza.
Que la esperanza sea, al mismo tiempo, la medida de nuestro amor. Amén.

Puebla, viernes, 27 enero 2012.


¿Qué irradia tu ser divino...?
Canto de Comunión sobre el Evangelio de hoy

Estribillo
¿Qué irradia tu ser divino
por tu santa humanidad?
Tu enseñanza es la verdad;
tu gracia, nuestro camino.

Estrofas
1. Santo de Dios, Vencedor
que anula a todo enemigo;
cae al abismo el temido,
aherrojado y convicto.
Tú eres la fuerza del Padre,
nosotros, tus redimidos;
Tú eres el hijo y hermano,
contigo, nosotros hijos.

2. Tu palabra es creadora,
como lo fuera al principio;
la nada se hizo obediencia
cuando Dios lo quiso y dijo.
Un poseso encadenado
clava  en ti su angustia y grito,
y el espíritu en derrota
huyó con un alarido.

3. Tú eres paz de la victoria,
libertad de poseídos,
arco de nuestra esperanza,
inicio del Paraíso.
Yo anhelo la paz ganada
en el pascual sacrificio,
yo quiero tener por siempre,
yo, pobre, la paz de Cristo.

4. Jesús de mi intimidad,
fragor y descanso íntimo,
sin saber, sin entender,
gozo el don al que yo aspiro.
Concédeme el siempre estar,
vengan cual vengan los ruidos;
eres el tú de mi vida,
y yo, siervo, soy contigo. Amén.

martes, 24 de enero de 2012

180. Consagración por la unidad

Corona de la Semana de la Unidad

Hermanos:

1. Esta la cuarta entrega que hago estos días fomentando el espíritu de la unidad cristiana (Números precedentes: 175, 177 y 178). La unidad – lo hemos dicho y repetido – es la corona del amor.  Es la alianza trinitaria, si podemos hablar de la intimidad de Dios... La unidad nace en la Trinidad y retorna a la Trinidad. La unidad será nuestro estado celestial, en la nueva creación iluminados por Dios, en quien todo es luz y no hay tiniebla alguna.
Hay comunidades que han recibido esta gracia singular de Dios; así la Comunidad de Taizé, que tanta esperanza ha infundido en los cristianos. Estos hermanos, que han consagrado su vida en celibato en pro de la uni-dad, nos dicen, con el ejemplo de su existencia, que es posible curar las heridas y abrir el corazón a la esperanza.
En estas reflexiones hemos hablado de una obrita que publicamos en el “Instituto de Teología Espiritual de Barcelona”, a raíz de unas clases dedicadas a esta vivencia y oración de Jesús. (El librito se recoge, íntegro, en mercaba.org: Oblación por la unidad - En el índice: Oblación por la Unidad).
Aquellos pensamientos terminaban con un poema oracional que sirviera en la liturgia para orar por la unidad.
Pero aquella pequeña obra apuntaba a algo personal e íntimo, a que el lector, con una nueva gracia del Espíritu Santo hiciera una oblación por la Unidad de la Iglesia. Ignoramos hasta dónde han llegado esos pensamientos. Lo que sí estamos percibiendo en la Iglesia es una llamada a ofrecerse por la unidad, a trabajar desde el corazón por lo que estuvo en el corazón de Jesús.

2. Sin traspasar intimidades, he aquí en alguien el fruto de aquel librito de Oblación por la Unidad, que me permito transcribir. Acaso sea un estímulo. Cada uno, desde su medio donde está el día a día la realidad de su vida de hijo, de hija de Dios. Hay un ecumenismo del corazón, que une a las personas sin conocerse, porque las identifica, más allá de sus propios rostros, con el rostro de Jesús.
He aquí, pues, una oración en la que el cristiano ha fundido Unidad y Eucaristía, y hace una consagración por la Unidad en el Día del Amor, Jueves Santo.

Señor Jesús,
amor infinito del Padre,
hecho historia concreta,
entregado en la Cruz y en la Eucaristía,
unido a toda la Iglesia,
te adoro, te doy gracias y te alabo
en el seno de la Trinidad.
Por ti, que eres mi camino, mi verdad y mi vida,
quiero llegar al Padre,
impulsado por la fuerza del Espíritu Santo.

Tú que ves el fondo de mi corazón,
mírame con misericordia y acógeme.
Aquí tienes mi corazón para que sea tuyo,
enteramente tuyo,
por siempre tuyo
y sólo tuyo
en medio de tu santa Iglesia,
embellecida por el don de la virginidad y del martirio.
Que el amor sea la vida de mi vida;
que todo amor que en mí habite
sea amor traído por ti
para afianzar más mi vocación de amor
y para amarte más a ti.

En este día en que nos diste
todo tu amor en la santa Eucaristía,
preludio de tu Cruz y Resurrección,
acepta, como respuesta, todo el amor de mi corazón.

Me ofrezco, por tu misericordia,
para que mi vida sea, día a día, una oblación de amor a ti,
de modo que éste sea el único sentido y tarea de mi existencia,
sin otra aspiración que vivir en el amor.
Acoge esta oblación por la Unidad de la santa Iglesia.

Que la Virgen María, Madre tuya,
interceda piadosa
y me haga sentir su protección maternal.

Acepta, mi Señor Jesús, esta ofrenda
en la santa Eucaristía,
en ti, oh Espíritu divino,
para tu gloria y amor, oh Padre. Amén.

* * *

3. Es un ejemplo, que, a lo mejor, puede lanzar una pregunta: Y a mí ¿qué me pide el Señor para vivir en unidad y trabajar por la unidad?
Mencionábamos al principio el milagro de la Comunidad de Taizé. Diríamos cosa igual de la “Obra de María” que es el Movimiento de los Focolorares (focolar en italiano es “hogar”), iniciado por Chiara Lubich, muerta en olor de santidad. Vivir en la unidad es el alma de esta maravilla cristiana que ha despertado este momento.
Hermanos, dejémonos conducir por donde nos lleve el Espíritu. Y si él quisiera, hacer de nosotros una flor de unidad, silenciosamente, en la Iglesia, fiat, fiat.

Puebla, 24 enero 2012

Puebla, Seminario, Primero de Teología, noviembre 2011

179. Homenaje a los predicadores y escritores de la fe

En la fiesta de san Francisco de Sales
y evocando a san Francisco de Asís


Moneo quoque et exhortor eosdem fratres, ut in praedicatione, quam faciunt, sint examinata et casta eorum eloquia (cfr. Ps 11,7; 17,31), ad utilitatem et aedificationem populi, annuntiando eis vitia et virtutes, poenam et gloriam cum brevitate sermonis; quia verbum abbreviatum fecit Dominus super terram (cfr. Rom 9,28). (Regla de san Francisco, capítulo IX).

3Amonesto también y exhorto a los mismos hermanos a que, en la predicación que hacen, su lenguaje sea ponderado y sincero (sean examinadas y castas sus palabras)  (cf. Sal 11,7; 17,31), para provecho y edificación del pueblo, 4anunciándoles los vicios y las virtudes, la pena y la gloria con brevedad de sermón; porque palabra abreviada hizo el Señor sobre la tierra (cf. Rom 9,28).



Hermanos:

1. Hoy es san Francisco de Sales, que es obispo y doctor de la Iglesia... y, además de otras cosas, delicioso escritor. Por estos méritos es patrono de los periodistas católicos. Es normal que celebremos fiesta los que, los que por gracia y empeño, hacemos de la computadora (que así se llama hoy la pluma de escribir) oficio muy importante de nuestra vida.
Los que consumimos horas ante esta pantallita mágica somos quienes queremos darle cuerpo a la fe, prestándole la palabra o el mensaje escrito. ¡Qué bello y deleitoso este oficio, si el que habla o escribe tiene un mensaje que comunicar: Jesús! 
Es hermoso que los escritores hayan tendido su mirada a Cervantes y Shakespeare, evocando su muerte (23 abril) para que ese día memorable fuera el Día del Libro. Otros escritores han mirado al Obispo de Ginebra para aprender de él arte y talante, dos condiciones totales que requiere el buen escritor. Sin un talante, que no es la artesanía del escritor, no hay lite-rato que llegue adonde se ha propuesto llegar. Y San Francisco de Sales, que escribió la Introducción a la Vida devota, dedicada a la Amiga de Dios – Filotea -, que escribió igualmente el Tratado del amor de Dios, tiene ese “ta-lante” con el que pacientemente labró su santidad.

2. Hoy, cuando la buena literatura resplandece en óptimas firmas de grandes periódicos, hemos de ser muy sensibles para que la Fe, el mayor regalo que Dios nos ha hecho, tenga escritores perfectos como Fray Luis de León, místicos de la hermosura del misterio como Fray Juan de la Cruz.
La gente sencilla y de buen gusto quiere predicadores de calidad, como los quería san Francisco y así nos lo dejó escrito en la Regla. Los hermanos predicadores, que han de recibir su obediencia del Ministro general, deben poseer tres cualidades de exquisita maestría. Apelando a palabras que aprendió en la Biblia (o en el Oficio Divino, transmisor de la Biblia), Francisco da esta cartilla a sus hermanos predicadores. Que sus palabras (eloquia) sean
- examinadas,
- puras, castas
- y breves, “con brevedad de sermón”.
Este hermano predicador, cercano al pueblo, al que debe predicar “la pena y la gloria”, que todos le entiendan, debe tener un sermón de calidad.
Ha de “examinar” sus palabras, y las palabras tienen que pasar este exa-men que uno a sí mimo se impone: examinata... eloquia. Las palabras son hermosas y tienen una fuerza que nadie conoce; pero, de nuestra parte, tenemos que pasarles el examen.
Las palabras, en segundo lugar, tienen que ser “castas”, es decir, limpias y hermosas como el agua cristalina de la fuente. Esas palabras castas enamoran a quien las oye. Palabras finas de un gusto refinado, que, a lo mejor, por lo sencillas que son, de pronto el que escucha no lo advierte, aunque haya quedado prendado de ese humilde lenguaje del hermano me-nor. Una palabra vulgar (en bajo sentido) no se compadece con la belleza que tiene el mensaje divino.
Nuestras palabras han de tratar de imitar a Jesús cuando hablaba en parábolas conforme podían entenderle.
Y pide, además, el pobrecillo de Asís, que nuestro sermón sea breve. Cosa que, con la venia del Fundador (esperamos), no siempre se cumple... La brevedad es un arte de grandes pensadores. Y si uno no acaba de ma-durar, a lo mejor tendrá que refugiarse, con realismo humilde, en aquel di-cho de viejo discurseador: “Perdonen, señores, que no he tenido tiempo para ser más breve”.
El discurso franciscano es muy bello, si algún día tenemos tiempo y cal-ma para estudiar cómo era el convertido Francisco de Asís. Él se convirtió a la sensibilidad, a la paz, a la transparencia. Y sin estudio fue capaz de entonar un poema a nuestra hermana madre tierra, al sol, a la luna, a las estrellas..., que es el Cántico de las criaturas - loaba al Señor por ellas - cuando empezaba a manar la literatura de la lengua del pueblo.
Veía bien, además, que a la predicación acompañara el aire festivo de los juglares, pues sus hermanos eran juglares de Dios: el verso, y acaso el ritmo de la danza. En suma, siendo sencillo, por ser espiritual, por tener el alma pura, tuvo un paladar refinado.

3. Vengamos de nuevo a este Francisco de Sales, hoy día de su fiesta. Mi-rando a este doctor de los buenos modales, de la suavidad – tras dura lucha y vencimiento – de la dulzura... muchas cosas buenas podemos aprender de él. Todas ellas se resumen en una: que la luz que irradia la vida espiritual descienda plácida sobre nuestro modo de decir y de escribir.
La escritura así mirada no es una simple “ars poetica”, sino que es asce-sis e incluso mística. Las palabras salen de dentro y han de salir lavadas y purificadas por nuestro bautismo, hermoseadas por nuestro ardiente amor a Jesucristo. Los periodistas se lanzan a la palestra agudizando su ingenio con recursos incisivos, porque la crítica y la polémica parecen ser la arena para entrar en el ruego de la literatura interesante.
El escritor de la fe – con este carisma definido – es, ante todo, un testigo, y testigo apasionado, pues la causa de que se trata es Jesús. Su talante lo recibe de la Fe, que es nuestra patria. Y la fe es gracia. La literatura eclesial tiene el reverbero de la gracia Dios. Habrá mil estilos, pero el aire y el alma nos lo dan la Fe.

4. En fin..., por dar una flor al santo, aquí va un poema. Está compuesto en horas plácidas, convaleciente entonces de una operación quirúrgica.

Seré yo  buen prosista y buen poeta,
si es clara, pura y tersa mi conciencia;
yo sé que el buen decir es la inocencia
de quien, al verse bueno, se vio esteta.

El arte amor carece de receta,
y, al escribir, amor es mi querencia,
pues busco con afán la complacencia
de ser palabra santa de su veta.

Vivir quiero Evangelio cuando escribo
sentir lo que la mano deletrea,
de Cristo ser el pulso, en él cautivo,

que sea él quien guía y quien menea:
Jesús, Señor, que no sea yo esquivo
a esta gracia, que crea y que recrea (Pamplona, 6/V/2008).

Puebla, 24 enero 2012, San Francisco de Sales.

lunes, 23 de enero de 2012

178. “Consumados en uno”

Meditación sobre San Juan 17,23
“ut sint consummati in unum”

Hermanos:

1. Consumados siendo uno..., consumados hasta alcanzar ser uno...
 El remate del amor es la unidad, sin duda. Pero san Juan en esta que llamamos “Oración sacerdotal” ha evitado la palabra “unidad” (que existe en griego, y san Pablo la ha empleado Ef 4,3.12, hablándonos de la unidad del Espíritu y de la unidad de la fe) y ha elegido la palabra concreta: “uno”. Ser uno acaso sea algo más que vivir “en unidad”.
Para nada es fácil traducir, si se quiere plasmar ese matiz que uno percibe en el texto original.
Se trata de que hay una obra por hacer y que hay que hacerla perfecta-mente. “Ser consumado” está indicando que hay un proceso evolutivo que va siempre a más hasta alcanzar el remate maduro y completo.
La Carta a los Hebreos nos habla de un proceso que se opera en la santa humanidad de Dios, hasta que, por medio de la obediencia,  del sufrimiento y de la muerte, Jesús, el Hijo, es llevado a  la perfección. La unidad es eso: el ápice del amor, que Dios ha llevado a cabo. La unidad es la obra de Dios por excelencia.

2. Ya vimos en nuestra reflexión anterior (177. Padre, que sean completa-mente uno) que el proyecto de la unión visible de todos los cristianos bajo un solo cayado es un anhelo que excede toda posibilidad humana, que es un milagro de la gracia, y que solo puede llegar como don directo de Dios. Sería el triunfo pascual de Cristo por excelencia. Pero a lo mejor el Señor lo quiera de otra manera que nosotros ignoramos. Lo cual nos pide un acto incondicional de fe. Los caminos de Dios – ya lo dijo Isaías – no son nuestros caminos. Y quizás los de nuestra soñada unidad no se correspondan con los del Dios del amor y de la unidad.
Ahora bien, si esa divina imagen de Iglesia unida, a nuestro modo, no la hemos visto y quizás nuestros herederos tampoco la vean, hay otro proyecto base de unidad, cimiento de todos los demás esquemas, que ese sí está llamándonos a gritos. Es la unidad mía personal con Cristo, proyecto en el cual estamos implicados dentro de la Iglesia él y yo. Al decir “él”, decimos la Trinidad en pleno. Lograr esta unidad es la meta de la vida cristiana, mi empeño y mi tarea, de cuyo éxito el mismo Jesús se encarga. Lo demás, esa planificación de la Iglesia “una”, visiblemente una, vendrá por añadidura, según una voluntad soberana, acerca de la cual la Teología, ignorante, calla.

3. El ser uno en el amor es un anhelo – impetuoso unas veces, suave otras – que todos los amantes han experimentado. Y este es un punto de referencia que podemos analizar para ver por esta “via amoris” qué busca-mos cuando buscamos el ser uno con Jesús, el ser uno en una sola Iglesia, que, al final, es una con el Padre.
La literatura amorosa personal, que suele ser parcela de tantos poetas, nos pone a tono con esas aspiraciones que busca el “amor unitivo”.
El amor unitivo es el amor exhalado que ansía la fusión de amado y amada – el yo y el tú – en un pronombre que todavía no se ha inventado. No es el “nosotros”. Nosotros es un plural que supone dos personas. En el encuentro de amor se anhela que uno, sin desaparecer, sea el otro, y el otro sea ese “uno”, en mí y conmigo, que yo busco.
La filosofía es estrecha, y la suple la intuición. Los poetas suelen buscar esta fusión por la vía carnal (mas ahora no hablamos de pecado carnal) sino de la unidad del ser corporal con el ser corporal. El cuerpo, sin remedio, es la epifanía del Espíritu; al menos, el cuerpo resucitado será eso y todo eso. Por el cuerpo alcanzamos el Espíritu y desde el Espíritu retornamos el cuerpo. María dio a Jesús ese cuerpo espiritual, que era el suyo, de mujer, y en eso consiste la virginidad de la Madre del Verbo.
El amor unitivo, del que hablamos, es el amor encuentro.
El amor encuentro es amor contemplativo.
El amor contemplativo es amor oblativo.
Y ese amor oblativo, que es humano, resulta ser amor divino, porque el amor humano no puede humanizarse del todo si no queda divinizado.
El amor oblativo quiere que su vestido sea el silencio; busca el anonimato para concentrarse todo, sin crónicas externas, en la fruición que se piensa se va a regalar a la persona amada.
Cuando decimos que tenemos una vocación para ser consumados en uno, estamos diciendo lo que decimos.
¡Qué lluvia de revelación desciende sobre nosotros – un diluvio de la Trinidad – para hablar del amor concreto, con esas confesiones de fe!
Vuelvo a los poetas... (En 2010 se publicaron las Cartas de amor de Jorge Guillén, 1893-1984, a quien fuera su novia y primera esposa hasta la muerte de ella, Germaine, efusiones de amor que solo conozco en las abundantes primicias que ofrecían como adelanto del libro). Los poetas se quedan a medio camino, porque toda la dulzura del amor-carne, sin pecado; del amor-estética; del amor-fecundo... todo ello no acaba de ser eso mismo – humano y deseable – si no está transido del Espíritu de Dios.
Veo que, a fuerza de repetirme con cierta exaltación, estoy tocando el mismo toque de campana; estamos interpretando medio versículo de san Juan: “consumados en uno”.



4. Uno es él y yo, yo y él. Para decir esto, Pablo, con agravio de la gramática, e iniciando una gramática mística, ha inventado términos que fundían en un solo ser lo que aparentemente son dos: Jesús y yo: complantados, convivificados, consepultados, conresucitados, consentados.
También Jesús dijo: “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10,30).
La forma originaria del ecumenismo es el “Yo y el tú” establecido entre Jesús y yo.
Es el amor fontal, fuente de todos los amores, piedra angular de toda la arquitectura de la Iglesia y del mundo universo. Cuando yo estoy en paz, comienza a nacer la paz desde mi corazón y se vierte en el mundo entero.

5. La consecuencia sencilla e inmediata que se impone es tomarme radicalmente en serio esta alianza amorosa de Jesús y yo, fundada en la Encarnación del Verbo.
La clave de mi vida es esta: una diálogo ininterrumpido – día y noche, por ser  “diálogo vital”, diálogo de sangre, diálogo inmanente – vertido imaginativamente en esa presencia de Jesús que me acompaña.
Ya no importa mi victoria: la victoria en mi vida es episódica, pues es igual que destelle él o que, por irradiación, destelle yo. Ese brillo eventual ha de estar fuera de mi proyecto.
En México dicen chistosamente: “Cuando dos se quieren, con uno que coma basta”. Es un chiste que tiene dinamita teológica.
Ese sujeto estante de “Jesús y yo” es la realidad cultivada minuto a minuto, mediante el diálogo silencioso de amor
Hermanos: esto es la raíz de todo cuanto podemos anunciar de la unión de los cristianos: Consumados en uno.
En alabanza de Cristo. Amén.

Puebla, 23 enero 2012 (San Ildefonso).

domingo, 22 de enero de 2012

177. Padre, que sean completamente uno

 En la Semana de la Unidad de los Cristianos

Ego in eis et tu in me,
ut sint consummati in unum:
yo en ellos y tú en mí,
para que sean consumados en uno (Jn 18,23)

1. El 19 de enero, recién abierta la Semana de Oración por la Unidad de los cristianos, iniciábamos una reflexión salida de muy adentro, que en el título decía: “Un anhelo, un ofrecimiento – Soliloquio para un coloquio”, pensamientos que uno los lleva en las entretelas del alma, acariciados durante largos años.
Seguimos en órbita, y la órbita tiene como centro el corazón de Jesús, en aquella oración de la unidad de la última Cena. San Juan oyó los ecos resonantes del corazón de Jesús cuando escribía estas cosas. Esta oración de Jesús es la pura verdad, la que escuchó la Iglesia en los primeros años de su historia terrestre y la que hoy sigue oyendo, cuando entra en el aposento interior y ora al Padre.
Jesús, levantando los ojos al cielo, oraba a su Dios y Padre:
“... para que todos sean uno, para que tú, Padre en mí y yo en ti,
que ellos también sean uno en nosotros,
para que el mundo crea que tú me has enviado
” (Jn 17,21).
Esta mística oración nos habla de la Trinidad. Lo que Jesús quiere es que la Trinidad sea el cielo en la tierra, en tanto que llega la visión total. Los discípulos hemos de tener el mismísimo amor de la Trinidad: el amor unitario. Este es el amor inmanente, el amor que toma al ser en sus últimas raíces para hacerlo “uno” con el amado, con la amada; en este caso para deificarlo con la misma naturaleza divina que del Padre fluye al Hijo y del Hijo al Padre, y en ellos el Espíritu Santo.
La unidad cristiana es ésta.

2. Esta hipótesis divina de la unidad Jesús no la vivió en vida. La oró, sí; murió por ella, y su gloriosa Pasión y su santa Resurrección son el misterioso tejido de esta alma hecha para la unidad. Puede decirse – desde nuestra impotencia mental – que la “espiritualidad” de Jesús fue la delicia de la unidad anhelada, el drama de la unidad no conseguida..., porque lo que uno intuye es que Jesús vivió la soledad del ser. Quizás esta absoluta indigencia sea la ruta de la unidad, cuando, en nuestro aposento, nos ponemos a orar al Padre en sinceridad y verdad.
El hombre es un ser solitario en el desierto, habiendo nacido para la unidad del amor. Doloroso, misterioso y místico destino, que acaso en nuestra vida tenga un episodio de prueba, que sea la espada del ser...: aquella sincera amistad que nos la prometíamos eterna y que, sin saber cómo, fue quebrada y nunca volvió a ser la misma; el corazón mutilado en lo que más uno había anhelado. Si así fuera, sería el misterio de la desunión de la Iglesia, sufrido en la propia carne.
Misterios del corazón, terrible crónica de corazones que comenzaron el matrimonio y no acabaron..., porque la historia del matrimonio roto, por ser tan cotidiana, nos parece normal. Normal ni lo es, ni jamás lo puede ser. El ser humano – hombre o mujer – no ha sido configurado para el “desencuentro”, sino para el encuentro, para la fusión, para el abrazo abierto de por vida a la eternidad feliz desde la suave felicidad, tibia pero verdadera, de este mundo.
Y, con todo, la vida no es así..., ni hay visos de que lo vaya a ser. La comunidad del matrimonio, que era el reflejo y referencia de toda unidad, no logra su destino...
Padre, que sean uno, como tú en mí y yo en ti... ¿Qué está diciendo Jesús? ¿Qué está hablando a Dios...? ¿Podemos perdernos en ese anhelo infinito? ¿Podemos retomar esas palabras para hacerlas oración nuestra? ¿Qué misterio insondable de vida se esconde aquí...?

3. Estas vivencias de intimidad hemos de pasarlas del corazón a la convivencia humana de los discípulos, para ver que el deseo de Jesús es, de hecho, un deseo truncado; y para sospechar que nunca lo va a ser realizado, al menos, según nuestro esquema. Hace ya más de mil años que se produjo en la Iglesia la fractura de Oriente y Occidente, y, a pesar de que hayamos avanzado tanto en el pensamiento, e incluso en la cordialidad y en el afecto, la empresa de la unidad bajo un solo cayado nos parece imposible. Es una afirmación cruda; pero, al decirlo, a lo mejor estamos iluminando más meridianamente otra verdad correspondiente: la causa de la unidad es un puro milagro de la misericordia de Dios con sus hijos. Sin duda que la Iglesia Ortodoxa está poblada de santos excelsos, y entre sus pastores hay personas egregias; tal el Patriarca actual de Constantinopla, Su Santidad Bartolomé I (cuyos discursos ante el Papa han sido siempre del más puro amor), pero continuamos en la desunión, sin poder atravesar una barrera invisible, porque esa cinta que nos divide solo la puede cortar Dios, no ningún teólogo ni ninguna Comisión Teológica.

4. Antes, cortos de vista, decíamos con facilidad: Ellos se fueron de casa, ellos deben volver; podíamos pensar en Lutero, rebelde y pecador, y en los padres de la Reforma, que todo era como una madriguera de pasiones. Hoy hablamos de Lutero con otro respeto, y nos parece una apreciación simplista esa de que ellos se fueron de casa, ellos tienen que volver: la puerta está abierta.
El 23 de septiembre pasado (2011), con motivo de su visita pastoral a Alemania, el Papa se encontraba en el antiguo convento de Agustinos de Ehrfurt, y hablaba al Consejo Luterano de la Iglesia Evangélica de Alemania: “Aquí, Lutero estudió teología. Aquí, en 1507, fue ordenado sacerdote.... Lo que le quitaba la paz era la cuestión de Dios, que fue la pasión profunda y el centro de su vida y de su camino. "¿Cómo puedo tener un Dios misericordioso?": Esta pregunta le penetraba el corazón y estaba detrás de toda su investigación teológica y de toda su lucha interior. Para él, la teología no era una cuestión académica, sino una lucha interior consigo mismo, y luego esto se convertía en una lucha sobre Dios y con Dios”.
Hoy la fe cristiana se encuentra dolorosamente partida.
Hacer justicia para vuelvan los descarriados, no es el camino de la unidad. Mirar todos a Cristo, para que él tome el cayado de su Iglesia y haga el milagro cuando quiera, donde quiera, con quien quiera y como quiera, ése sí es camino del abrazo. Mientras tanto, oramos mutuamente y nos acercamos con cordialidad y simpatía, convencidos de que esta primera aproximación es gracia de Dios.

5. Pero de esta unión de familia, de quienes apelamos a Cristo como Hijo de Dios y único Salvador, pasamos a la unión de la aldea en que vivimos: el mundo. En el mundo florecen religiones milenarias con su credo, con su ascesis, con sus ritos, con su mística. Son nuestros vecinos de la misma aldea. Salimos de casa, nos saludamos – acaso con recelo, pero tratando de ser corteses –, mas cada uno va a su propio templo.
Y luego yo, un pobrecito ser humano, le he dicho a mi Dios en la intimidad, y alguna vez con lágrimas: Dios mío, ¿no has fracasado en tu designio amoroso al crearnos...?  Te llamamos Señor, Creador y Padre; sin embargo, con las mismas palabras decimos cosas distintas, porque el confesar que tú tienes un Hijo encarnado es, para otros hermanos míos creyentes, una horrenda blasfemia, empezando por mis hermanos judíos, a quienes desde Abraham debemos un amor aparte.
¿Cómo es posible, Dios mío, que hayas lanzado tus hijos al mundo, y sigas siendo, para una inmensa mayoría, “Padre desconocido”? ¿Quién te confiesa como Dios Uno y Trino? Los menos.
Esta pregunta mía me deja el corazón desolado, porque según la voy planteando tú, Dios mío, Dios nuestro, eres un soberano fracaso, un desconocido hasta después de nuestra muerte.
El ecumenismo cristiano es, más radicalmente, un ecumenismo simplemente humano, ecumenismo fallido. He de confesar que lo que voy diciendo, hablando del “fracaso de Dios”, no puede ser así..., porque es Dios Padre es más grande y amoroso que todo lo que voy pensando y torpemente, como puedo, voy diciendo. Entonces..., entonces toda mi Teología tiene que volverse al revés para “salvar a Dios” de este tremendo atolladero teologal, en que lo hemos (lo he) encerrado.
Y he de concluir confesando sin entender, y ni siquiera sin formular, que Dios es Grande, que es Misericordioso, que es Amante hasta la última locura impensable, que Dios es la Unidad secreta de todos, aunque nos sintamos rotos y distante.
No cabe otra solución que el silencio, la mística y un beso a Dios y al mundo entero desde los labios suavísimos del corazón.
Dios mío, nada sé.
Que mi pensamiento deje incólume la fe. Y que la fe sea un pétalo de rosa sobre mi vida.
Dios mío, no puedo más, y tú lo sabes todo. Nací para el amor, y ahora resulta que tú, Dios que vive en unidad, estás hecho astillas en nuestras varias religiones. No es así..., no puede ser así..., porque Dios es amor.
Amor y solo amor, en tiempo y eternidad.
Como el ciego de junto al camino, al sentir que me dices “¿Qué quieres que haga por ti?”, yo solo te digo: “¡Que vea!”
Dios es amor, y esta confesión última de nuestra historia significa: Dios es unidad.

6. Pero hay otro abismo de unidad; este es el cosmos, la creación entera. La Astronomía, la Física son ciencias crecientes, que nos están abriendo secretos incomparables... Ahora, con est}as portentosas vistas que nos ofrecen las “presentaciones”, desde este mínimo planeta azul que navega por los espacios, abrimos una ventanita para ver lo que ven los ojos divinos: nebulosas de estrellas cuyas dimensiones se miden por centenares y millares de años de luz. El Sol es un puntito casi invisible dentro del sistema de la Vía Láctea. La estrella Antares, por su brillo, es la quinceava entre las estrellas que podemos contemplar, y está a más de mil años de luz.
¿Qué es el cosmos, nuestra casa y heredad? ¿Quién puede decir dónde comienza y donde termina? La única respuesta posible es que comienza en Dios y termina en Dios, sin que se confunda con Dios, porque Dios es absolutamente Él mismo. El tiempo, que es el vestido del cosmos, es igualmente el ropaje de Dios, que se descubre a sí mismo solamente cuando se da.
Circula por ahí la opinión de que el mundo se explica por sí mismo, sin que haya lugar para Dios. Esto es un juicio de una mente cegada por tanta luz. El mundo, que es el querer de Dios, es la unidad de Dios. Un misterioso sentimiento nos lleva a querer diluirnos en el cosmos, para encontrarnos, en él, en el corazón de Dios.
El mundo, amasado en la luz y el tiempo, es antesala de Dios; es el signo sublime de la eternidad de Dios, de la unidad de Dios, del amor de Dios, en suma, de la Encarnación de Dios... El cosmos nos pone en carne viva nuestra vocación a la unidad.
La unidad de Dios, la unidad de la Iglesia, la unidad de la familia humana, giran en la misma órbita, que es el uno.
No nos queda otra cosa que decir, en esta escalada de pensamientos, sino desglosar las tres primeras peticiones del padrenuestro y suplicar:
Padre, haz que seamos consumados en la unidad; santifica tu Nombre, trae tu Reino; implanta tu Voluntad.
Amén, así sea
.

Puebla, domingo 22 enero 2012

viernes, 20 de enero de 2012

176. Jesús anuncia y entrega el Reino de Dios

Domingo III del tiempo ordinario, ciclo B
Evangelio de Mc 1,14-24

Hermanos:

1. Hoy llega hasta nosotros Jesús como el anunciador del Reino de Dios. Así quiere introducirse en nuestras vidas; así desea venir hasta mi propio corazón. El acontecimiento evangélico se actualiza en mí, y Jesús me trae este anuncio y esta revelación.  Nunca hemos de olvidar que el Evangelio es una vibrante historia que hoy acontece.
San Marcos es muy breve en el hilo de su relación al dar la secuencia de las escenas; pero esta brevedad de los relatos de san Marcos diríase que tiene una especie de fuerza sacramental.
Veamos cómo suceden y se concatenan los episodios: “Y sucedió que por aquellos días llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán” (1,9).
Jesús, crecido en Galilea, viene de Nazaret y se hace bautizar por Juan. Nazaret es un aldea desconocida que no se nombre en el Antiguo Testamento. Nazaret pertenece a todo lo que conlleva el misterio de la Encarnación de pequeñez y de humildad. Y el bautismo es la consagración de Dios del misterio inicial de la vida pública de Jesús. Se han rasgado los cielos, desciende el Espíritu y se escucha la voz del Padre, que hace una declaración de la identidad última de Jesús: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco.
Esta declaración suprema desborda divinidad, y es demasiado densa como para que se quede en un episodio. Esta declaración nos introduce en el misterio del desierto. Escribe el evangelista: “A continuación, el Espíritu lo empujó al desierto” (v. 12). Y de esta manera el desierto es presentado, ante todo, como una vivencia de intimidad trinitaria. Jesús va adonde le lleva el Espíritu; ahora el Espíritu  le lleva al desierto, donde no viven los hombres sino donde mora Dios. Allí experimenta Jesús lo más radical de su vida: su encuentro con Dios hasta lo infinito y su victoria frente al enemigo. El desierto es, en compendio, toda la vida de Jesús: la pasión por Dios, el combate y la victoria. “Y los ángeles le servían” (v. 13).
Y del desierto, armado de Dios, Jesús va al mundo. Este es el punto y el momento en que nos encontramos. Jesús, heraldo de Dios, proclama el Reino. Son cuatro grandes destellos  de un solo anuncio:
El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios irrumpe: convertíos; creed en el Evangelio. Frase última que, que, penetrando en la intimidad de su sentido, se podrá verter así: Convertíos creyendo en el Evangelio.
2. Al punto nos damos cuenta de que Jesús no está hablando como profe-sor de cátedra que da una lección, mucho menos como un locuaz orador de calle que vende su propaganda o su mercancía, sino como un antiguo profeta que de parte de Dios da un anuncio soberano. Jesús anuncia un gran acontecimiento, el acontecimiento de Dios.
El tiempo se ha cumplido y ya ha llegado lo que estaba viniendo y todavía no era acontecido. Jesús se pone en el escenario de Dios y contempla la historia que Dios ha ido haciendo desde el principio. En la trayectoria de la vida humana hay tiempos y tiempos, y en la gran historia de Dios hay igualmente tiempos privilegiados y hay un tiempo definitivo. Los profetas apuntaban hacia ese día soberano: “Aquel día...”, “aquel día...” Día en el que Dios actúa con su obra culminante, que resplandece en la Cruz y brilla radiante en Pentecostés.
Pero ahora Jesús nos dice que el tiempo ya ha madurado y ya se ha cumplido. San Pablo nos dirá que, “cuando llegó la plenitud del  tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Ga 4,4).
A partir de la venida de Jesús estamos en el tiempo cumplido, en la plenitud del tiempo, y no hay una etapa nueva que esperar, salvo el encuentro de la Parusía, cuando al Señor le plazca.
3. Este “tiempo de Dios” es la raíz de todos los tiempos litúrgicos que nosotros, en nuestra espiritualidad, tratamos de perfilar con sus gracias específicas: tiempo de Adviento, tiempo de Navidad, tiempo de Cuaresma, tiempo de Pascua.
Yendo a la raíz del misterio, no hay más que un solo tiempo. Jesús es el tiempo de Dios, tiempo saturado de toda gracia. Todas las promesas han desembocado en él, en Jesús, y Jesús nos las comunica, hechas gracia, en su tiempo, que es el nuestro.
Por eso Jesús anuncia: el Reino de Dios está cerca, está ahí, irrumpe sin posibilidad de marcha atrás. El tiempo de Jesús no es otro sino el tiempo del Reino, y es el tiempo en que nosotros estamos viviendo.
¡Qué pensamiento más fortificante: decir que estamos en el tiempo de Dios, y que en ese tiempo, en ese “hoy” de Dios tenemos encerradas todas las gracias! El tiempo de Dios está lleno de la victoria de Jesucristo, y es su presencia viva y actuante. Este es el tiempo de Dios; es la oportunidad que a todos nos da el hecho de haber hablado  Jesucristo.
4. El programa de Jesús tiene dos palabras: “convertíos y creed”. El objetivo es uno: el Evangelio.
Evangelio no es un libro, sino un anuncio. Más tarde, en el siglo II de nuestra era, pasará a significar también un libro: el libro de los cuatro Evangelios, o el libro de cada uno de los cuatro Evangelios.
La palabra Evangelio significa “Buena Noticia”, o “Buenas Noticias”, porque, si es cierto que en el Evangelio hay palabras severas, el compendio de todo, la síntesis a la que apunta, es una buena noticia, la mejor noticia que nosotros, pobres humanos, podemos recibir: que Dios está de nuestra parte y que nuestra vocación es ser copartícipes de la gloria, de la hermosura, de la vida de Dios que nos trae el Reino”.
5. Lo que vamos diciendo nos da para perdernos en una meditación a la que nos introduce la teología, en ocasiones seca en su terminología profesional académica. Jesús nos anuncia sencillamente que el Reino y reinado de Dios está con los hombres, y entre los hombres tenemos que encontrarlo y evangelizarlo.
Mas he aquí que la sección tomada para este domingo no termina en este versículo, lleno de sazón, sino que sigue algunas líneas más para presentarnos la elección de los cuatro primeros discípulos, la llamada a Simón y su hermano Andrés, como también la llamada a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano  Juan, “que estaban en la barca repasando las redes” (1, 19)
Proclamar el Reino de Dios y elegir a los apóstoles del Reino, es una unión estrecha que nunca se podrá romper. Dios continuamente está eligiendo apóstoles para el Reino. Y esto se hace no por una especie de mercadotecnia, abierta a la propaganda, sino por una necesidad intrínseca. Donde está vibrante el Reino, surge la llamada y el eco de la llamada es la respuesta generosa. Simón y Andrés dejan las redes tal cual estaban y siguen a Jesús; Santiago y Juan dejan a su padre y a los jornaleros y se fueron en pos de Jesús.
Jesús ha iniciado la nueva creación que trae de parte del Padre.
6. Esto es la Iglesia, hermanos. La Iglesia es vida, vida pujante del Reino, una generosidad que no pone límites. Los límites de la razón quedan fuera si queremos dar paso al Reino de Dios.
Todo esto es inmensamente bello y nos abre el corazón a la confianza. Quien ha abrazado el Reino al contagio de Jesús ha de sentir que su vida igualmente contagia la fuerza y la fascinación que Jesús irradia.
Terminamos con una jaculatoria:
¡Jesucristo, arráncanos de las redes, de la barca, de nuestra familia, y haznos seguidores incondicionales de tu llamada! ¡No te canses de llamar! 
Amén.

Viernes, 20 enero 2012.


Como himno para este domingo puede verse en mercaba.org
En tus labios florece la gracia

jueves, 19 de enero de 2012

175. Yo, cristiano, ¿qué puedo hacer por la unidad?

En la Semana de la Unidad de los Cristianos
Un anhelo, un ofrecimiento – Soliloquio para un coloquio


1. Las grandes cosas pueden comenzar – mejor, suelen comenzar – por algo muy pequeño: una idea seminal, un sencillo encuentro de dos personas, una sugerencia compartida que uno, rompiendo una barrera íntima, se ha atrevido a compartir.
Compartiré algunos pensamientos y anhelos de unidad nacidos en el corazón.
El Papa, ayer, miércoles y 18 de enero, inicio del Octavario de la Unidad de los cristianos, nos recordaba hechos sencillos que han removido en la Iglesia este gigantesco deseo de unidad. Nos decía, hablando a sus “queridos hermanos y hermanas”:
“La práctica de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos fue introducida en 1908 por el padre Paul Wattson, fundador de una comunidad religiosa anglicana que luego entró en la Iglesia católica. La iniciativa recibió la bendición del papa san Pío X y fue luego promovida por el papa Benedicto XV, que animó su celebración en toda la Iglesia católica con el breve Romanorum Pontificum, del 25 de febrero de 1916.
El octavario de oración fue desarrollado y perfeccionado en los años treinta del siglo pasado por el padre Paul Couturier de Lyon, que apoyó la oración “por la unidad de la Iglesia como quiere Cristo y conforme a los instrumentos que El quiere”. En sus últimos escritos, el padre Couturier ve tal Semana como un medio que permite a la oración universal de Cristo "entrar y penetrar dentro del Cuerpo cristiano"; debe crecer hasta convertirse en "un inmenso, unánime grito de todo el Pueblo de Dios", que pide a Dios este gran don” (Audiencia general, 18 junio 2012).
Mi vida va adelante, y cercano a mis 75, pude escribir, meditativo, hace unos meses:

Un corazón sencillo, humilde y puro
es todo lo que ansío, busco y pido,
amado del Señor y consentido
mi Dios es mi presente y mi futuro.

Busqué el Amor de joven y maduro
y la Verdad mi seductora ha sido;
diré de la Belleza que es mi nido
y que en su suave pecho estoy seguro.

Lo que adentro se siente y no se dice
es eso tu secreto, amigo mío;
y acaso nuestra alma sintonice

en ese misterioso escalofrío.
Amé, mi Dios, es todo cuanto hice:
ahora, ten piedad, en ti confío.

2. El deseo de la unidad brotó en mí de joven, y fue una gracia cursar la licencia de Teología en Friburgo de Suiza (1960-1962), país donde católicos y protestantes viven fraternamente.
En un seminario escolar había un pastor de la Iglesia Reformada, llamado Bruno Burki, cuyo nombre después he visto en Internet, Dr. Bruno Burki, *Berna 1931, como especialista en Liturgia. Era casado y tenía dos hijas, pastor de un pequeño pueblo cercano a Friburgo. Me invitó a su casa; tenía en la parte superior una pequeña habitación, condicionada para oratorio familiar. Oramos juntos; nunca lo he olvidado.
Recuerdo que me dijo que frecuentaba reuniones con párrocos católicos y que quedaba sorprendido de que utilizaban la Biblia de Jerusalén en francés, mas no directamente el texto original griego del Nuevo Testamento. El pastor se había tomado muy en serio el contacto directo de la Palabra divina.

2. El estudio de la Sagrada Teología en aquel ambiente propicio para el ecumenismo, abría mi mente a una cordial amistad afectiva con toda la tradición protestante, entrañablemente ligada a la Biblia.
Un don que he agradecido al Señor más y más en todos los años de mi vida. Si hoy selecciono libros que han marcado el curso de mi vida, uno primerísimo, es el del luterano Joachim Jeremías: Teología del Nuevo Testamento, vol I. El mensaje de los Evangelios. He pensado que este exegeta (que ciertamente merecería un Nobel en su especialidad), que vivió muchos años en Jerusalén, era un santo. De otra manera no podía haber escrito tanta hermosura y con tanto amor sobre Jesucristo.
¡Cuánto debemos agradecer a mis hermanos protestantes por todo lo que he leído de sus comentarios a la Sagrada Escritura!

3. A propósito de santos, he pensado que los Católicos podrían celebrar en nuestra liturgia a todos los santos que veneran nuestros hermanos de la Iglesia Ortodoxa. Sería un ecumenismo espiritual venido desde el cielo. Ya en el cielo no hay riñas y se acabaron todas las disputas de esta tierra. Además, que si yo venero, por ejemplo, a San Serafín de Sarov – cristiano indudablemente santo, seráfico como san Francisco de Asís – no con eso estoy profesando que la Iglesia Ortodoxa a la que perteneció tiene la misma validez canónica que la Iglesia Católica a la que, por gracia, pertenezco. Simplemente confieso que su vida estuvo consagrada a la gloria de Dios, y que, llegado a la meta, su vida ejemplar se ha convertido hoy en intercesión por la Iglesia peregrina.
Deseo ardientemente que nosotros, Católicos, veneremos litúrgicamente a nuestros hermanos Ortodoxos.

3. Muchas veces nosotros, Católicos, hemos visto cómo almas generosas han hecho oblación de su vida por la santificación de los Sacerdotes. Está muy bien, y nosotros, sacerdotes, lo necesitamos.
Yo aconsejaría – y aconsejo – que esa Oblación, en vez de hacerla en pro de los sacerdotes, se haga por algo más radical: por la Unidad de la Iglesia; también ahí dentro, siguiendo el espíritu de la Oración sacerdotal de Jesús, está la santificación de los Sacerdotes.

4. He aquí que, por divina misericordia, he escrito múltiples himnos que sirven de soporte para la oración litúrgica de los fieles. Quiero presentar un Himno por la unidad de la Iglesia, escrito al final del pequeño libro “Oblación por la Unidad” (fruto de un pequeño curso dado en el Instituto de Teología Espiritual de Barcelona, Barcelona, 4 de abril de 2001).

Oh Padre de Unidad, misericordia,
que soy un pecador y en ti confío;
al Hijo de tu amor, que es nuestro abrazo,
a ése has de mirar, oh Padre de mío.

Recibe nuestras lágrimas sinceras,
gemido del Espíritu divino,
y acepta la oblación de nuestra vida,
oh Padre, unida al llanto de tu Hijo.

Que sea nuestro claustro silencioso
coloquio al corazón, pasión contigo;
que el mundo entero sepa que lo amamos,
que es suya nuestra casa, el Pan y el Vino.

No tardes más, no tardes, Padre amado,
y haznos uno, como pan de trigo;
no tardes, por piedad, no tardes, Padre,
que estamos todos muy arrepentidos.

Los salmos de la noche lo susurren,
llegando hasta tu pecho enternecido;
¡a ti la Gloria y la Unidad, oh Padre,
a ti, eternamente agradecidos! Amén.

Desde México (Guadalajara, Jal.), 19 enero 2012.

Puede verse del autor, en mercaba.org, la pequeña obra titulada Oblación por la unidad,

viernes, 13 de enero de 2012

174. La noche en que nacía la Iglesia

 Evangelio de san Juan 1,35-42
Hermanos:

1. Pasado el Bautismo del Señor, que en la liturgia forma unidad con la escena de la epifanía a los pueblos de oriente, representados por los magos, en el Evangelio de san Mateo, hoy iniciamos el recorrido de los episodios de la vida pública de Jesús con la llamada de los primeros discípulos.
Estamos en el Jordán donde Juan bautizaba, en la parte sur de Palestina, un cuadro diferente que la escena de Galilea cuando Jesús llama de su oficio a unos pescadores, según cuentan los Sinópticos.
Aquí no sabemos todavía que Andrés y sus hermanos Simón sean trabajadores de la pesca, en Betsaida y Cafarnaúm, y lo mismo sus compañeros. Los hombres que aquí aparecen son discípulos del Bautista; son, sin duda, hombres buscadores de Dios, en esta oleada espiritual que parecen remover entonces los fondos del mundo judío. Para entender este encuentro de los primeros discípulos con el Rabí de Galilea, hemos de prescindir de las informaciones que recibimos de los otros Evangelios.
Aquí se narra el encuentro de cinco discípulos con Jesús, encuentro definitivo, sin marcha atrás, que acontece en una escena que funde elementos historia humana y divina, haciendo de los dos aspectos un solo relato. Como Evangelio de este domingo del tiempo ordinario (ciclo B), la lectura se restringe a los tres primeros: uno, discretamente anónimo, con todas las trazas de ser el mismo evangelista, es decir, Juan; Andrés, de Betsaida, y su hermano Simón, que a partir de ahora va a ser Pedro.
Esta trilogía apostólica, con Jesús, nos va a introducir en el secreto de la Iglesia naciente.
2. Estamos ante unos textos sagrados que fueron escritos bastantes décadas después, cuando la Iglesia se ha establecido en oriente y ha navegado por el mediterráneo hasta la Roma Imperial y hasta Hispania. Es bello recordar y, traspasando las realidades con el amor, narrar para los de entonces y sus herederos cómo Dios puso en marcha un proyecto en el cual vivimos. El relato nos atañe a nosotros – me habla a mí, en concreto – como al más interesado de todos.
El preámbulo de esta historia que Jesús ha iniciado es Juan el Bautista. ¿Quién era este valiente testigo? Testigo de la luz, lo califica san Juan:  “venía como testigo para dar testimonio de la luz..., el que daba testimonio de la luz” (Jn 1,7-8).
¿Qué es lo que vio este testigo? Se vio a sí mismo y vio al que lo anunciaba. Los papeles quedan perfectamente recortados, sin ninguna confusión por parte de nadie, cuando, por otros pasajes, se supone que las hubo. Todo está claro, y Juan, al negarse a sí mismo – pues Juan no es ni el Mesías, ni es Elías, que lo precede, ni es el profeta esperado – da paso a Jesús que lleva el Espíritu Santo y al que señala diciendo: “Este es el cordero de Dios” (Jn 1,35)
En su última confesión y testimonio (Jn 3,22ss), Juan se ve a sí mismo con una imagen delicada: el amigo del esposo” (Jn 2,29), que se alegra con el gozo del esposo. Con lo cual está calificando a Jesús como el esposo de la comunidad que emerge, venida del Antiguo Testamento.
El Antiguo Testamento ahora pasa a ser Nuevo Testamento junto a las aguas del Jordán.

3. Están, pues, allí el Bautista con dos discípulos suyos, “y, fijándose en Jesús, que pasaba, dice: “Este es el Cordero de Dios” (versículo 36).
Notemos con precisión cómo sigue el texto sagrado. “Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: ¿Qué buscáis? Ellos le contestaron: Rabí (que significa Maestro) ¿dónde vives? Él les dijo: venid y veréis. Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; era como la hora décima” (vv. 37-39).
El día judío, ayer y hoy, se inicia al caer el sol.
Era más o menos la hora décima, las cuatro de la tarde, y faltaban un par de horas para que viniera la noche. Se quedaron con él aquel día, es decir, aquella noche, la noche del encuentro, del diálogo y, en definitiva, la noche del amor. Se acaban de encontrar con Jesús el discípulo amado y el hermano de Simón, es decir Andrés, a quien la Iglesia de Oriente lo designa con el título de el Protoclito, el Primer llamado. Acabamos de abrir el álbum de la Iglesia y estamos evocando los recuerdos del primer día.
El exegeta literato puede darse un paseo por las historias de amor, las bellas historias de amor que están en el origen del encuentro de nuestros padres. Las familias felices los tienen, y acaso un día venturoso hemos oído esa historia de labios de nuestra madre. ¿Cómo fue el flechazo? Después de cuarenta y cincuenta años el reloj se ha detenido, y el primer recuerdo es la hora. Y vemos que nuestra madre, con los ojos iluminados, se acuerda perfectamente de la hora en que aquel suceso, semejante a la creación del mundo, ocurrió en su vida: Se enamoraron.
El Evangelio nos habla de primera historia de amor de la Iglesia: de aquella hora – que fue al atardecer -. Y de aquella noche. “Y se quedaron con él aquel día”.
También entonces se paró el reloj para que al conversación, a la luz de la lámpara, fuera más poderosa que el descanso. Lo que ocurrió se lo dijo a la mañana siguiente Andrés a su hermano Simón: “¡Hemos encontrado al Mesías! (que significa Cristo). Y lo llevó a Jesús”.
Aquella noche, pues, hablaron sobre el Mesías; hablaron sobre las profecías; hablaron sobre aquel anhelo espiritual y aquella búsqueda de Dios que les había traído hasta el Jordán, a recibir las aguas del Bautista. Jesús también se había acercado hasta allí.

4. Así nació la Iglesia, hermanos, la noche más maravillosa anterior a la noche pascual.
Es emocionante el recordarlo, porque pensamos que así debe renacer la Iglesia en el paso de las edades. La Iglesia es confidencia, y la predicación, que tiene múltiples formas, tiene una primordial, que es el encuentro perso-nal y el diálogo, como Pablo recuerda que hizo con los hermanos de Tesalónica, en una evocación llena de afecto: “... lo mismo que un padre con sus hijos, nosotros os exhortábamos a cada uno de vosotros, os animábamos...” (1Tes 2,11-12)
La Iglesia es confidencia, decimos, y esta escena nos recuerda la última Cena, cuando el discípulo amado reposó su cabeza sobre el pecho de Jesús. En este primer encuentro es de suponer que hay una cena, una cena frugal, pero cálida de amor, que el hospedero Jesús ha ofrecido a sus amigos.
La Iglesia es confidencia y el primer encuentro junto al Jordán nos evoca el encuentro del Resucitado junto al lago de Tiberíades, cuando les espera con un pescado sobre las brasas. El comienzo y el final del Evangelio, en el fondo, son igual; en ambos casos se trata de un encuentro de amor, al calor del corazón de Cristo.

5. La Iglesia es confidencia, y, dicho de otra manera, la Iglesia es encuentro. La intimidad es la nota sustantiva del cuerpo de la Iglesia.
Lo digo ahora en que nos movilizamos con la misión continental y se ex-pone un “planing” orgánico, inteligentemente pensado de asambleas diocesanas, reuniones zonales, reuniones por decanatos y reuniones parroquiales, un organismo piramidal, que tiene su metodología, su proceso y sus tácticas.
La Iglesia radicalmente es encuentro con Jesús, y el arma poderosa entre todas es el encuentro por vía de amistad. Ojalá que nuestras parroquias tengan muy clara esta pauta evangélica de la amistad, que abre la puerta al contagio de la fe.
Así nació la Iglesia aquella noche del primer encuentro. A la mañana siguiente, cuando Jesús vio a Simón, llevado por Andrés “se le quedó mirando y le dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que quiere decir Pedro)” (Jn 1,42).

* * *

Escribo estas reflexiones en el día de San Hilario, obispo y doctor de la Iglesia (c. 315-367). Al escribir su obra principal, De Trinitate, en el destierro (356-359), decía así en los párrafos iniciales:
“... Y el mayor premio que puede reportarme esta facultad de hablar, que tú me has concedido, es el de servirte predicándote a ti (ut praedicando te, tibi serviat) y demostrando al mundo, que lo ignora, o a los herejes, que lo niegan, lo que tú eres en realidad: PADRE, Padre, a saber, del Dios unigénito” (Oficio del día).

* * *
Aquella noche que evocamos, sin duda, que Jesús les habló del Padre.
Amén.

Puebla, 13 enero 2012



¿En dónde moras, Señor...?
(Jn 1,38)
Cántico de comunión

Estribillo
¿En dónde moras, Señor,
que anhelo tu compañía,
e intuyo lo que sería
enamorado en tu amor...?

Estrofas
1. Yo moro en la intimidad
de la noche silenciosa,
en el diálogo callado
y la oración amorosa.
Yo moro donde el Espíritu
se hace nube esplendorosa,
y baja como en María
a fecundar a la esposa.

2. Yo moro en la fe probada
del pobre que al cielo llora
y sin triunfar con palabras
en el Padre se abandona.
Mi morada trinitaria
se ha hecho cuna sin corona,
y en la humildad van mis huellas
como pétalos de rosas.

3. Lo pequeño es mi grandeza,
lo débil mi fuerza toda.
la cruz es resurrección
en donde la vida brota.
Pentecostés es el fuego
del amor que se desborda;
yo moro en la suma paz,
la paz es mi eterna hora.

4. Yo habito en tu corazón
con presencia creadora
y en la santa comunión
yo soy tú..., silencio, adora.
Y confía a lo infinito
que tu despojo es mi obra,
sin ti sería infeliz,
contigo el Verbo se goza. Amén.

Puebla, 12 enero 2012.