sábado, 10 de marzo de 2012

203. El celo de tu Casa me va a devorar

Domingo II de Cuaresma, ciclo B
Evangelio de san Juan 2,13-25

Hermanos:

1. La Cuaresma avanza. Vamos recorriendo un itinerario espiritual que, domingo tras domingo, nos lleva hasta la Pascua: el camino cuaresmal. Un camino que nos evoca aquel camino que hizo Dios con su pueblo desde el principio de la humanidad. Los orígenes, Abraham, Moisés con el éxodo y los mandamientos, el pueblo en la tierra prometida, los reyes y los profetas… son los cuadros que se nos representan para no olvidar las maravillas de Dios y provocar en nosotros una respuesta de amor, “porque es eterna su misericordia”. La humanidad va caminando hacia Dios, y todas las religiones intentan acompañar al hombre, indigente y desorientado, en esta ruta hacia los misterios divinos.
En la riqueza variada y ubérrima que tiene la Cuaresma nos encontramos hoy, tercer domingo, con el que podríamos llamar el Domingo de Moisés. En el Sinaí recibe las Tablas de la Alianza, código moral de la humanidad. Y contemplando la vida de Jesús, guía inmediata de nuestra vida hasta la muerte, hoy escuchamos un pasaje evangélico transido de grandeza y divinidad sobre el cual se quiere concentrar nuestra reflexión.

2. Si decimos “La expulsión del Templo de los vendedores y cambistas”, decimos muy poco; porque esa referencia es solo la corteza del episodio.
Esta actuación majestuosa de Jesús en el Templo la refieren los cuatro evangelistas. Los tres primeros (Mateo, Marcos, Lucas) la colocan en la semana última de Jesús, entre los gestos y palabras de la Semana Santa, tras la entrada mesiánica en Jerusalén el Domingo de Ramos. San Juan, en cambio, la coloca al principio. Después del primer signo de Jesús, en Caná de Galilea - la conversión del agua en vino – viene a continuación, y de repente, este episodio, que ocurre en Jerusalén, advirtiendo que está cercana la Pascua de los Judíos. Son dos episodios – Caná y el Templo – que desde el inicio marcan el estilo de Jesús: algo distinto, nuevo y definitivo, trae Dios a la humanidad nueva de sus hijos que anhela construir.
Si la historia es la sucesión de los hechos tal como van apareciendo cronológicamente, seguramente que los tres Sinópticos están transmitiendo la secuencia de los acontecimientos tal como pasaron. 
Jesús irrumpe con un estallido, que le viene de dentro, al ver ignorada y profanada la Gloria del Padre, que reside en el Templo. Actuando de tal forma, Jesús no es solo un vigoroso reformador que quiere poner en orden las cosas de Dios; Jesús es un enviado del cielo que está anunciando, con tan desusado proceder, que el Templo ha sido santificado y se inicia un mundo nuevo, con un Templo diferente. La imagen apacible de Jesús, ese Divino Corazón de suave y tierna mirada, no se corresponde con el Jesús del látigo que arremete y echa de los atrios del Templo a vendedores y cambistas.

3. Analizando el episodio, vemos que aquellos vendedores y cambistas están de alguna manera al servicio del Templo. Se trata de víctimas para las ofrendas y el cambio en moneda judía para satisfacer con el tributo debido al Templo. Hay que pensar, además, que estamos en el área de los gentiles, que en rigor es un área profana, abierta incluso a los no judíos. Son atenuantes o excusantes en favor de este comercio y datos que ponen más en evidencia el extraño comportamiento de Jesús.             
El gesto de Jesús va acompañado de una palabra no menos sorprendente. Habla de “la Casa de mi Padre”. Dice: “Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la Casa de mi Padre” (v. 16).  Jesús, exaltado, aparece, por lo tanto, como un místico y como un enérgico intromisor.
Jesús no es censurado como agresivo y violento, sino en razón de una autoridad y de un poderío soberano que, según las autoridades del Templo, no le corresponden.

4. Recordad, hermanos, que el asunto del Templo fue el cuerpo de delito del que se acusó a Jesús para tener un fundamento legal sobre el que pudiese apoyarse la sentencia de muerte. No se acusó a Jesús de una sedición, de una revuelta política para fundamentar la pena capital. Hubo sediciosos que pagaron con su cabeza el intento de rebelión contra los romanos; acaso a esto se refiera el Evangelio de san Lucas: “aquellos galileos cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían” (Lc 13,1).
A Jesús hubo que atacarlo por la palabra. Advierte el Evangelio: “Pues, aunque muchos daban falso testimonio contra él, los testimonios no concordaban” (Mc 14,56). Y entonces, en medio de esta confusión, se trae algo gravísimo, lo que Jesús dijo sobre el Templo: “Nosotros le hemos oído decir: Yo destruiré este templo, edificado por manos humanas, y en tres días construiré otro no edificado por manos humanos. Pero ni siquiera en esto concordaban los testimonios” (vv. 58-59).
El asunto se presentaba de extrema gravedad, y para liquidarlo se levantó el Sumo Sacerdote y formuló claramente la cuestión de que se trataba: “¿Eres tú  el Mesías, el Hijo del Bendito?” (v. 61). En este particular el Sumo Sacerdote tenía plena razón, porque hubiera dicho lo que fuera – esta frase u otra, cualquiera de ellas gravísima – ya el asunto no era  ni siquiera el Templo, sino la identidad del que así hablaba; y el Sumo Sacerdote va en picado a la pregunta mortal: ¿Eres tú  el Mesías, el Hijo del Bendito?
Porque si, efectivamente, aquel hombre responde, como respondió, “Sí, lo soy” (v. 62), la vida se volvía al revés. Todo tenía que cambiar y empezar un orden nuevo. Y la “blasfemia” (v.63) era la sentencia de muerte.
Las palabras de Jesús no eran una declaración teológica inofensiva, ni eran una declaración revolucionaria contra la teocracia judía o la soberanía del Imperio Romano. Jesús no iba a morir por política, sino por algo divinamente superior: porque era el Hijo del Bendito y desde ahí había que reestructurar toda la Alianza de Dios con su pueblo.

5. La palabra del Templo va unida a la resurrección, por lo tanto a la muerte y a todo el misterio pascual.
Jesús va a levantar otro templo en tres días, dicen los testigos que hablan en Marcos. Y con esta frase enlaza el texto de san Juan. “Cuarenta y seis años ha costado el construir este templo, y ¿tú lo vas a levantar en tres días?” (Jn 2,20) Y añade el evangelista teólogo: “Pero él hablaba del templo de su cuerpo” (v. 21).
Esto es bellísimo para nosotros, porque a partir de ahí ya sabemos cuál es nuestro templo: Jesús, el santísimo cuerpo de Jesús. Necesitamos edificios para juntarnos: una capillita en la selva, hecha de un modo rudimentario para reunir a los cristianos y enseñarles el catecismo y celebrar la Eucaristía, o una espléndida catedral, monumento y gloria de una ciudad… Al fin, valen lo mismo: lo que nos reúne es el cuerpo del Señor, y desde este cuerpo del Señor, nosotros somos también, Cuerpo de Cristo, y por el Espíritu Santo, templo del Espíritu Santo.
Esto es muy bello; pues ¡cuánto más hermoso será no simplemente el decirlo, sino el vivirlo!

6. Hay un detalle en este Evangelio de hoy que no quiero pasar por alto. “El celo de tu Casa me devora” (versículo 17). Es una frase del salmo (Sal 69,10). En realidad en el salmo está escrita en forma actual, cumplida: “me devora” (literalmente, me devoró: katégafe); pero san Juan, al tomar el salmo, la cambia en futuro: “me devorará” (katafágetai). No todos los traductores piensan que hay que estimar tal matiz (la versión latina, sí). Según esto, cabe la interpretación: El celo por tu Casa me va a devorar, me va a matar. Y así fue: el celo por la Casa de Dios le llevó a la muerte.
Ahora, tengamos el valor de decirnos: La Casa de Dios soy yo.
¡Gracias, Jesús, por haber muerto por el celo de la Casa de Dios, de la Casa de tu Padre! Amén.

Puebla, sábado, 10 marzo 2012.

Un Himno para este Domingo III de Cuaresma, ciclo B

1. El celo de la Casa de tu Padre
abrasa tus entrañas, Nazareno,
Jesús amado, Hijo del Bendito,
que anuncias con tu signo el nuevo Templo.

2. Jesús en cruz clavado, en luz surgido,
cumplido está el anuncio de tu cuerpo;
tu Gloria es nuestro templo consagrado,
tu santidad, hogar de nuestro encuentro.

3. La Casa de Oración abierta está,
pues eres tú, viviente y verdadero,
la nueva humanidad que a todos junta,
de todo peregrino abrazo y beso.

4. Tú eres el confín de la esperanza,
destino y unidad del mundo entero,
pureza que nos baña y santifica,
en el altar, purísimo Cordero.

5. Tú cambias el pecado en alabanza
y en nuestros yerros muestras tu trofeo,
excelso Sacerdote y Santuario,
y de tu eterno Padre, gozo pleno.

6. ¡Oh Trinidad beata y suspirada,
de todos los misterios el secreto,
la eterna gratitud ya desde ahora,
por Él, con Él y en Él un solo anhelo! Amén.


Puebla, sábado, 10 marzo 2012

viernes, 9 de marzo de 2012

202. Transfiguración (6) – ¡Escuchadle!: Y el silencio de Dios

Meditación sobre el silencio de Dios
para los hijos de Dios

Hermanos:

1. Quiero terminar estas reflexiones y meditaciones sobre la Transfiguración, escena de la que nos atrevimos a decir que era como el centro mismo de la Biblia. El Antiguo Testamento viene a desembocar allí, por conducto de Moisés y Elías, que son “la Ley y los Profetas”, que para un judío era la totalidad de los libros bíblicos (véase Mt 5,17). Y el Nuevo Testamento tiene en la Transfiguración una cima. En efecto  el protagonista es Jesús de Nazaret, el Hijo del hombre, que ya ha anunciado su pasión y muerte inexorables, y es el Hijo amado, el único de Dios, en el que el Padre tiene todas sus complacencias. Con lenguaje de esta tierra: Jesús es el cielo del Padre. No tiene otro. Y por la misma intimidad divina (la “circuninsesión” que dice la teología) es el gozo del Espíritu Santo.
Le escuchábamos al Santo Padre en su catequesis del miércoles pasado. Nos hablaba de “el silencio de Jesús”, recordad. Y decíamos cómo hay dos silencios:
- El silencio de Jesús para escuchar a Dios.
- Y el silencio de Dios que se vierte sobre el alma de Jesús. El Huerto de los Olivos y la Cruz son el silencio de Dios, amorosamente acogido por Jesús. Jesús muere, en efecto, arropado en el silencio de Dios: ¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?

2. Lo diré con las últimas palabras de Benedicto XVI, tan bellas, tan profundas y conmovedoras.

“La cruz de Cristo no sólo muestra el silencio de Jesús como su última palabra al Padre, sino que también revela que Dios habla a través del silencio: “El silencio de Dios, la experiencia de la lejanía del Omnipotente y Padre es la etapa decisiva en el camino terreno del Hijo de Dios, la Palabra encarnada. Colgado en la cruz, se ha lamentado por el dolor causado por este silencio: 'Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?' (Mc 15, 34, Mt 27, 46). Continuando en la obediencia hasta el último aliento de vida, en la oscuridad de la muerte, Jesús ha invocado al Padre. A Él se ha confiado en el momento del pasaje, a través de la muerte, a la vida eterna: 'Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu'. (Lc 23, 46)” (Verbum Domini, 21). La experiencia de Jesús en la cruz es profundamente reveladora de la situación del hombre que reza y de la culminación de la oración: después de haber escuchado y reconocido la Palabra de Dios, debemos mensurarnos con el silencio de Dios, expresión importante de la misma Palabra divina" (Audiencia general, 7 marzo 2012).

3. Este silencio de Dios lo han conocido los santos. Si prestamos atención, diremos que lo hemos conocido nosotros mismos, que queremos ser buenos cristianos. Jesús, Palabra de Dios, dulcísima palabra – pues solo él merece el ¡Escuchadle! – calla en determinados momentos de nuestra vida. Es así y tiene que ser así.
Es el momento del silencio; es el momento de la ausencia.
Si nuestra fe flaquea, si nos olvidamos de Dios, porque Dios no habla como si no existiese… entonces ese silencio de Dios (que es silencio de amor) puede ser arrasador.
Por el contrario, si nos mantenemos con la fe viva en esos meses – acaso años – de silencio de Dios, entonces la fe sale vigorizada, purificada, enardecida para nuevas empresas por Dios.
En la culminación de su vida santa Teresita del Niño Jesús sufrió meses de silencio de Dios, y entonces comprendió que terrible tiene que ser la situación de los ateos, que no creen en Dios. Comulgaba con los ateos. Y ese dolorosísimo sufrimiento era una oblación por los que no creen, o, al parecer, no pueden creer. Y mientras ella escribía poesías celestiales.
Tenemos, pues, que contar con el silencio de Dios; pero, por su gracia, no perder la sonrisa. Y si él quisiera que nosotros muriésemos en el silencio de Dios…, por doloroso que nos sea, ¡hágase la voluntad de Dios! Esto de ninguna manera lo hemos de pedir; al contrario, debemos pedir la dulzura de Dios para bien morir. Y, en todo caso, la paz que nunca nos la va a negar.

3. En la historia de los santos nos encontramos con el silencio de Dios, lo que san Juan de la Cruz llamó la “Noche oscura”.
Entre los santos modernos hay una santa que ha brillado en el silencio de Dios, que es la Beata Teresa de Calcuta (1910-1997), beatificada por Juan Pablo II en 2003. Su caso es estremecedor; es algo directamente místico, y tan sumamente delicado que, si uno no está avezado a este tipo de confidencias, es mejor que no las lea. Me estoy refiriendo al libro de la Madre Teresa de Calcuta que apareció en español en 2008: Ven, sé mi luz (Planeta), libro escrito básicamente con las cartas que esta excepcional  mujer escribió a sus directores espirituales, abriéndoles totalmente el corazón.
Un periodista (un “periodista”, repito, no un teólogo, no un experto en teología espiritual) escribía así cuando el libro estaba a punto de salir en español.

“ ¿Creía en Dios Teresa de Calcuta? (título del artículo). Cuando Teresa de Calcuta (1910-1997) recibió el premio Nobel de la Paz, en diciembre de 1979, pidió que la Navidad que llegaba sirviese para tener presente a Cristo. Once semanas antes, escribía a un confesor: "Jesús tiene un amor muy especial por ti, pero por mí... el silencio y el vacío son demasiado grandes, miro y no veo, escucho y no oigo, la lengua se mueve, pero no habla". Es una de las muchas frases escritas por la beata que resumen la profunda crisis de fe de los últimos 50 años de su vida. Un libro que se publicará en septiembre, El secreto de la madre Teresa, bucea en 40 cartas en las que cuenta estos sentimientos espirituales.
Son confidencias en forma de epístolas a varios confesores a lo largo de más de 60 años, que dan una imagen de la beata muy distinta de la pública. En ellas, Teresa de Calcuta describe su sentimiento como un "un enorme vacío y oscuridad", según un amplio reportaje de la revista británica Times Magazine. "¿Dónde está mi fe? Incluso en lo más profundo, no hay nada, excepto vacío" (Autor y artículo véase en El País. 25 agosto 2007).

4. La maravilla de la Madre Teresa es algo que no lo barrunta el periodista. En el mes de abril de 1942 la Madre Teresa hizo un “voto heroico”, que sin duda cumplió toda su vida: “Hice un voto a Dios, obligándome bajo pena de pecado mortal, a dar a Dios todo lo que me pidiera, a no negarle nada” (Carta a su director espiritual, Ven, sí mi luz, p. 47). Esto no lo supo nadie en vida de ella: sólo su director espiritual.
Ese voto tuvo una modalidad: sonreír siempre a Jesús. Las fotos de la Madre Teresa suelen estar sonriendo. Era la sonrisa que ella brindaba a Jesús, como diciéndole que ni se enterase de lo mal que lo estaba pasando.
La Madre Teresa hizo una obra que ha admirado al mundo entero: abrió 594 casas, “tabernáculos para Jesús”, decía, en 120 países, incluida la India. Una desilusión el no haber podido establecer una casa en la China continental.
Ella quiso amar a Jesús como nadie la había amado…, locura propia de los santos. Buscaba ser víctima de amor, y lo fue. Oía en su corazón la voz de Jesús, que le decía: “Quiero religiosas indias víctimas de Mi amor, quienes serían Marta y María, quienes estarían tan unidas a Mí como para irradiar Mi amor sobre las almas…” (Ven, sé mi luz, pp. 70-71).
Aquel voto de amor era la clave de su vida. Escribía a su director espiritual: “Esto es lo que oculta todo en mí” (p. 48).
Jesús aceptó aquella ofrenda, y le dio lo que a nadie se puede desear. Le dio la oscuridad, para que fuese luz para otros: ¡Ven, sé mi luz! “Si alguna vez llego a ser santa, seguramente seré una santa de la oscuridad. Estaré continuamente ausente del Cielo, para encender la luz a aquellos que en la tierra están en la oscuridad” (carta al P. Joseph Neuner, 6 marzo 1962).
No, la Madre Teresa jamás “dudó” de Dios, no tuvo “crisis” de fe en el sentido de “¿Existirá Dios o no existirá?”, pero Dios le consideró digna de soportar la oscuridad, el silencio de Dios, para asemejar su alma al alma humana de Jesús.
He aquí, para nuestro conocimiento y admiración en silencio, un párrafo estremecedor escrito a su director espiritual:
“El lugar de Dios en mi alma está vacío. No hay Dios en mí. Cuando el dolor de esta ansia es tan grande, yo simplemente deseo y deseo a Dios, y entonces es cuando siento: Él no me quiere, no está allí. El Cielo, las almas son solo palabras que no significan nada para mí. (…) No puedo explicar la tortura y el dolor. Desde mi infancia he tenido el amor más tierno a Jesús en el Santísimo Sacramento, pero eso también se ha ido. No siento nada ante Jesús, y sin embargo por nada perdería una Santa Comunión” (carta al P. Neuner, abril 1961. Ven, sé mi luz, p. 259).
No hace falta saber altísima teología para sospechar que aquí nos encontramos con una gran mística. Su fe aguanta todos los combates del infierno.

5. En todas las capillas de las Hermanas de la Madre Teresa de Calcuta (en Puebla, desde donde escribo, hay una) está Jesús Crucificado, y junto a la Cruz lo que dijo Jesús agonizante: Tengo sed.
Sed ¿de qué? Sed de amor. Es la única sed que tiene Jesús. Por eso le pidió agua a la Samaritana; y por eso, desde la oscuridad espiritual de la Cruz, el Sediento nos estaba diciendo a nosotros (mejor dicho, “a mí”): Tengo sed.
Desde el monte de la Transfiguración sigue resonando la voz del Padre: ¡Escuchadle!
En la Cruz habla: Tengo sed. Aquella pequeña Albanesa, que se hizo para siempre india, Teresa de Calcuta, escuchó la voz de Jesús. Y Jesús, para ayuda de los pobres, le regaló una sonrisa. Era la sonrisa de Dios. Misterio de la Transfiguración. Amén.

Puebla de los Ángeles, 9 marzo 2012.

jueves, 8 de marzo de 2012

201. Transfiguración (5). Los ecos del silencio

Instrucción
Sobre el Silencio en la celebración de la Eucaristía



Enlace: “Mi Hijo amado: ¡Escuchadle!”

Nos vamos deteniendo estos días (semana segunda de Cuaresma) en contemplar la Transfiguración del Señor: la Gloria y la Voz, la Gloria para verla,  la Voz para escucharla.
Y, estando en estos pensamientos, llega a nuestro corazón la catequesis que ayer (miércoles, 6 marzo 2012) daba el Papa a los diez mil fieles que acudieron en el encuentro habitual de los miércoles. Y comenzaba de esta manera: “En una serie de catequesis precedentes he hablado sobre la oración de Jesús y no quisiera concluir esta reflexión, sin detenerme brevemente sobre el tema del silencio de Jesús, tan importante en la relación con Dios”.
¡El silencio de Jesús! Hay dos tipos de silencio de Jesús que nosotros los tomamos como dejar que ese mismo silencio configure el nuestro.
Uno es el silencio que Jesús guarda para escuchar al Padre.
Otro es el silencio que el Padre guarda con su Hijo, especialmente el silencio de la cruz.
Los dos silencios están presentes en la vida de todo cristiano, porque arrancan de Jesús. “La dinámica de la palabra y el silencio, que marca la oración de Jesús en toda su vida terrena, sobre todo en la cruz, toca también nuestra vida de oración en dos direcciones”.


El silencio para escuchar a Dios

Benedicto XVI, artista de la palabra, comienza a hablar de este silencio de la escucha. Baste un párrafo:
“La primera es la que se refiere a la recepción de la Palabra de Dios. Es necesario el silencio interior y exterior para que esa palabra se puede escuchar. Y este es particularmente un punto difícil para nosotros en nuestro tiempo. De hecho, la nuestra es una época que no favorece el recogimiento; es más a veces se tiene la impresión de que haya miedo a salirse, aunque sea por un instante, del río de palabras e imágenes que marcan y llenan los días. Por esto en la citada Exhortación Apostólica Verbum Domini, he recordado la necesidad de educarnos sobre el valor del silencio: “Redescubrir la centralidad de la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia significa también redescubrir el sentido de paz interior y de meditación. La tradición patrística nos enseña que los misterios de Cristo están engastados al silencio, y sólo en el silencio la Palabra puede encontrar morada en nosotros, como ocurrió en María, inseparablemente mujer de la palabra y el silencio” (n. 21)”.

Silencio como oración litúrgica

Y acto seguido nos hace una reflexión, que, sin ser censura, podemos tomarla como un aviso, o, al menos, como una instrucción.
Sigue el texto de la alocución en la audiencia de ayer:

“Este principio de que sin el silencio no se oye, no se escucha, no se recibe una palabra, este principio vale para la oración personal, especialmente, pero también para nuestras liturgias: para facilitar una escucha auténtica, éstas deben también estar llenas de momentos de silencio y de acogida no verbal. Es siempre válida la observación de San Agustín: Verbo crescente, verba deficiunt - “Cuando la Palabra de Dios crece, disminuyen las palabras del hombre” (cf. Sermo 288,5: PL 38,1307, Sermón 120,2 PL 38.677).

Este pensamiento del Papa nos invita a una verdadera reflexión personal y a un compartir en comunidad (en comunidad de vida religiosa, en equipo parroquial que prepara la celebración de la Eucaristía…, o incluso en una reunión de estudio).
La liturgia, que por su naturaleza tienen a hacerse celebración festiva, expansiva, nos llama a la interioridad, porque es el supremo momento de contemplación de la Iglesia. Y esta interioridad requiere la paz del silencio.
 En onda con estos pensamientos y sentires, me han venido al recuerdo unas Notas sobre el silencio en la liturgia, apuntes que ofrecí a unas Clarisas en unos días sabrosos de reflexión en torno a la Eucaristía (Lardero, La Rioja, septiembre 2001). Hoy se las ofrezco a los hermanos, a las hermanas, que anhelan hacer de la celebración de la Eucaristía el centro de su vida.

* * *
PERFILES DEL SILENCIO EN LA
CELEBRACIÓN DE LA EUCARISTÍA

El silencio en la iglesia como lugar sagrado es un elemento muy deteriorado en la sensibilidad de estos decenios. Parece que era el sagrario la causa del silencio observado antes en nuestros templos. Al presente ni siquiera ciertos grupos espirituales guardan el silencio como relación con el misterio de adoración de una presencia. Esto es discutible.
Nada digamos del barullo que se forma en las iglesias con motivo de celebraciones como bodas, bautizos y otras celebraciones especialmente festivas.
Pero aquí hablamos específicamente de los momentos de silencio como parte de una armónica celebración de la Eucaristía.


Nuevo planteamiento

En la OGMR (Ordenación General del Misal Romano) todavía vigente se comienza a hablar de la Liturgia de la Palabra en el número 33 (léase en el misal). En la nueva Institutio ese número, tan rico de contenido, permanece igual, salvo la añadidura de una palabra: “silencio”. A saber, donde antes se decía:
“Esta palabra divina la hace suya el pueblo con los cantos...”, ahora se dice:
“Esta palabra divina la hace suya el pueblo con el silencio y los cantos...” (Actual número 55).
Y hay un número nuevo dedicado expresamente al silencio.


Silentium (Nueva Ordenación, número 55)

“La Liturgia de la Palabra hay que celebrarla de tal modo que se preste a la meditación;
por tanto se ha de evitar totalmente cualquier forma de prisa que impida el recogimiento.
En vista del recogimiento están los breves momentos de silencio, acomodados a la asamblea celebrante, mediante los cuales, con la acción del Espíritu Santo, se acoja la Palabra de Dios en el corazón, y se prepare la respuesta por la oración.
Estos momentos de silencio se pueden guardar oportunamente después de la primera y segunda lectura y al concluir la homilía”.


Comentario

Se trata de un número “nuevo”, que supone la experiencia de una falta observada en la liturgia: la necesidad de favorecer la interiorización.
Con silencios o sin ellos, en toda celebración ha de evitarse en absoluto la sensación de “prisa”. Esto es un criterio de base.
Estos silencios no son obligatorios, sino facultativos. Pero no son indiferentes (como si fuera igual hacerlos que no hacerlos); se los recomienda si, como se espera, cumplen una función interna en la celebración.
Los tiempos de silencio deben ser “breves”. La Eucaristía no es para “incrustar” meditaciones dentro de ella. Esto sería una desfiguración de su ritmo interno y armonía.
Hay que considerar con prudencia qué tipo de asamblea es la que está celebrando la Eucaristía. Hay asambleas para las que estos silencios les pondrían resultar enervantes. Hay también ocasiones en que, por otras circunstancias, los silencios pueden resultar tensos.
Estos tiempos de silencio aquí se contemplan en relación con la Palabra de Dios.
El silencio tiene una interioridad. Es silencio divino, por cuanto que el corazón, lo más recóndito de nosotros mismos, se abre a la Trinidad. Se menciona en concreto el Espíritu Santo y el “Dei Verbum” (escribiendo la palabra “Verbum”, en este caso, con mayúscula. En el número anterior, con minúscula: liturgia verbi, Christus per verbum suum, hoc verbum divinum).


Tres tipos de silencio en la celebración de la Eucaristía

Según esto, podemos configurar tres tipos de silencio -que a veces es breve pausa- en la Eucaristía

Acto penitencial e invitación a la oración:

- Silencio en el acto penitencial
Dice el Ordinario de la Misa en los tres modos del acto penitencial: “El sacerdote invita a los fieles al arrepentimiento... Se hace una breve pausa de silencio”.
- Silencio al “Oremos” de la Colecta diciendo:
Oremos. Todos, juntamente con el sacerdote, oran en silencio durante breve tiempo (OGMR actual, 88)
- Silencio al “Oremos” de la oración de después de la comunión.
Dice el Ordinario de la Misa: “Oremos. Y todos, junto con el sacerdote, oran en silencio durante unos momentos, a no ser que este silencio ya se haya tenido antes”

Acogida meditativa de la Palabra:

- Silencio antes de comenzar la liturgia de la Palabra
“Pueden guardarse estos momentos de silencio, por ejemplo, antes de empezar dicha liturgia de la palabra, después de la primera y segunda lectura y, por último, al terminar la homilía” (Ordo lectionum Missae, 28)
            - Silencio después de la primera lectura
            - Silencio después de la segunda lectura
            - Silencio después de la homilía

Silencio de alabanza y oración:
- Silencio después de la comunión.
          “Cuando se ha terminado de distribuir la comunión, el sacerdote y los fieles, si se juzga oportuno, pueden orar un rato recogidos. Si se prefiere, puede también cantar toda la asamblea un himno, un salmo o algún otro canto de alabanza” (OGMR 56 j).


Comentario al silencio de después de la comunión

La nueva Ordenación o Institutio habla de este silencio en los números 88 y 164; lo acentúa, y lo llama “Sacrum silentium”, que no lo había llamado así la Ordenación anterior (véase el número 121, que sería el correspondiente al 164).
No hablamos del momento de distribuir la comunión, sino del de después de la comunión, antes de la oración llamada “Postcomunión”.
Este sacrum silentium no es obligatorio, sino facultativo: “pro opportunitate”.
Este sacrum silentium no es alternativo, como hasta ahora (como lo interpretamos) o silencio o canto;  sino que es un elemento celebrativo que se puede añadir, a saber:
y silencio
y canto de después de la comunión, antes de la Postcomunión.
De esta manera se logra, a nuestro parecer, que la celebración con concluya tan rápidamente de la comunión a la despedida.


(Puebla de los Ángeles, 8 marzo 2012)

martes, 6 de marzo de 2012

200. Transfigurado (4) Escuchadle: La Biblia, lugar de la Transfiguración

Segunda meditación para la semana
“Oír” en la Escritura: Este es mi Hijo amado

Hermanos:
1. En la Transfiguración del Señor se dan dos experiencias, una que se refiere a los ojos: Vieron la Gloria de Dios, reflejada en el rostro de Cristo; otra que se refiere a los oídos: Oyeron al voz del Padre que decía: “Este es mi Hijo amado, escuchadle”.
En la segunda carta de san Pedro se vuelve sobre este divino episodio, apelando al testimonio de testigos oculares, y se lo pone como sublime testimonio de la fe que se nos ha entregado. “No nos fundábamos en fábulas fantasiosas cuando os dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, sino en que habíamos sido testigos oculares de su grandeza, Porque él recibió de Dios Padre honor y gloria cuando desde la sublime Gloria se le transmitió aquella voz. Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido. Y esta misma voz, transmitida desde el cielo, es la que nosotros oímos estando con él en la montaña sagrada” (2Pe 2,16-18).
El apóstol Pedro recuerda la Gloria y la Voz. Las dos cosas pertenecen a la misma experiencia, y entre las dos hacen una sola vivencia y son el fundamento de la fe cristiana.
El cristiano es un Vidente: ve la gloria de Dios, reflejada en Cristo, en su rostro resplandeciente de divina hermosa.
Y es un Oyente: Escucha la voz del Padre del cielo que le dice que Jesús es el Hijo amado.

2. Hoy nuestra atención se centra en este segundo aspecto: La Transfiguración nos hace Oyentes de la Palabra, y la Iglesia vive en un estado permanente de Transfiguración si permanece como oyente de la Palabra, escuchando que Jesús es el Hijo amado del Padre y que en este Hijo amado el Padre encuentra todas sus complacencias.
Esta escucha no es, por tanto, un mero acto informativo, revelador, instructivo. Es simultáneamente un acto de comunión y de fruición. El que conoce, conoce por comunión, y al entrar en esta posesión se hace partícipe de la fruición que este banquete espiritual le proporciona.
Cuando después del Concilio (1965) se promulgó el Misal Romano (1970), y en seguida se hicieron las traducciones a nuestras lenguas, la oración de este domingo fue vertida de este modo:

Señor, Padre santo,
tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto.
alégranos con el gozo interior de tu palabra;
y purificados por ella,
contemplaremos con  mirada limpia
la gloria de tus obras.

La escucha del Hijo amado del Padre va a producir en el corazón tres efusivas vivencias: alegría, purificación, contemplación.
Al punto se me antojó que este bello texto podría ser una oración muy oportuna para iniciar en clase las explicaciones de la Sagrada Escritura. Y así lo he venido haciendo hasta hoy. La explicación de la Escritura no puede reducirse a una ciencia académica; no queda satisfecha con la exposición de un maestro experto en la comunicación. Es muy deseable que la mejor pedagogía y arte de la comunicación se pongan al servicio  de la Palabra divina, para que llegue a su destino, que es el corazón de los hombres.

(Nota de paso. Al conocer el texto original latino de esta hermosa oración, que procede de la liturgia hispana, y que ya está atestiguada en el siglo IV por san Hilario y san Ambrosio, he comprendido que la primera traducción hay que matizarla bastante. Dice el texto latino:
Deus, qui nobis dilectum Filium tuum audire praecepisti,
verbo tuo interius nos pascere digneris,
ut, spiritali purificato intuitu,
gloriae tuae laetemur aspectu.)

3. Reflexionemos, dentro de la Transfiguración, sobre la escucha; y “apliquemos” (pues de una aplicación tan solo se trata) el evento de la escucha al acceso a la Biblia.
Estudiar la Biblia es necesario. Y rastrearla por dentro para sospechar cómo se ha ido formando hasta llegar, es necesario. Pero todavía no es la escucha tabórica; ni tampoco esas operaciones se requieren para entrar en el trance de la verdadera escucha.
La escucha de la Biblia es una íntima Teofanía: Dios se ha dejado ver según su divino beneplácito.
La escucha de la Biblia acontece en ese ámbito de la Transfiguración en el monte. Dios ha condescendido y ha bajado hasta mí.
Es el acto creador de un Dios amoroso que por amor llega y en amor se le recibe. El estudioso que humildemente quiere llegar al corazón de la Biblia, sin renunciar al estudio – necesario para la Iglesia – mediante la escucha, oye y ve lo que Dios dijo en la Transfiguración: Este es mi Hijo amado en quien tengo mis complacencias. En este acto de amor somos invitados a entender que Jesús, Hijo amado de Dios Encarnado, es el anuncio de toda la Biblia, desde el principio hasta el final. Jesús es el contenido de lo que estamos escuchando. Jesús es el tema de la Biblia, de la historia salvífica de Abraham, de Moisés, y de los tiempos sucesivos, tan fragorosos en batallas y pecados. El Hijo amado es la Palabra dada en los textos sagrados.
Pero… ¿cómo?
Al contemplativo no le importa mucho saber cómo…, que tanto se ha discutido y se discutirá mientras estudiemos la Biblia en el aula.
En suma, la Biblia en escucha de Transfiguración nos da este resultado: Jesús es su contenido. La Biblia es interesante porque nos habla de Jesús desde el principio hasta el final, de este Jesús que acontece en el meollo de mi ser.

4. La Biblia en escucha de Transfiguración nos invita a poner la vida a tono: spiritali purificato intuitu, que vale tanto como “purificada la intuición interior”. El mero intelecto natural no es suficiente para captar lo que dentro de la Escritura pasa. Hace falta que el Espíritu venga y purifique la capacidad perceptiva.  Para ver y escuchar es necesario un corazón puro, algo que sobrepasada nuestros alcances. Es el Dios del amor el que puede venir a nuestros adentros y crear en nosotros un corazón puro. Entonces, cuando Él entra en nosotros entramos en Él. El Dios del amor es el Dios de la humildad para hacer esta transformación creadora.
La humildad y la sencillez son el trono de Dios en nosotros, la Nube en la que el Espíritu desciende. Al atisbo de su gracia nosotros nos acercamos con el deseo simplemente.

5. En fin, la meta de la Transfiguración es la Gloria. Dios es Gloria, o, si se quiere, la Gloria es la irradiación de Dios, el fulgor de Dios, el resplandor incandescente de Dios, que a veces los latinos han traducido por maiestas (majestad) y claritas (claridad de Dios).
O, acaso, porque Dios es infinito, la Gloria de Dios sea la bondad de Dios, al ternura de Dios, la cercanía de Dios, la amorosidad de Dios que llega hasta mí para atraerme a sí… y para “divinizarme”.
O, con otra palabra – que todo es posible – la Gloria de Dios sea su intimidad divina que quiere hacerla intimidad mía para hacer esta vida no solo soportable, sino, más bien, deleitable en la dulce compañía de su presencia. No es fácil vivir…, no, porque no acaban de ajustarse el deseo con la posesión…, porque acaso el Dios de la intimidad se nos muestre, en nuestros temores, como lejanía, lo cual sería hacerle habitar a Dios en el vacío.

6. En conclusión, y en medio de estas ráfagas o chispas que saltan del corazón, la transfiguración es el corazón de la Biblia. Y el amante peregrino es Pedro, es Santiago, es Juan. ¡Qué hermoso es quedarnos aquí…!
Mas de pronto se desvaneció la Nube. Y era Jesús solo, Jesús cotidiano, este Jesús de mi calendario y de mi agenda con la rutina de cada día.
Pero al bajar del monte, los ojos de Juan, de Santiago y Pedro (hermano…, hermana…, di tu nombre) estaban iluminados.
In laudem gloriae. Amén.

Puebla, martes de la II semana de Cuaresma, 6 febrero 2012.

lunes, 5 de marzo de 2012

199. Transfigurado (3). La luz tabórica del rostro del Señor

Primera meditación para la semana:
“Ver” la Gloria de Dios en el rostro de Jesús

Hermanos:

1. Acabamos de  celebrar en el Domingo II de Cuaresma el misterioso suceso de la Transfiguración del Señor, que los Evangelios colocan entre el primer y segundo anuncio de la Pasión del Señor. Prolonguemos en esta semana la meditación de este insondable misterio.
En la Trasfiguración hay dos vivencias de parte de los apóstoles: ver y oír. ¿Qué es lo que se ve? La luz, la gloria de Dios, focalizada en Jesús. Y desde Jesús la gloria de dos personajes centrales de la Historia de la salvación, Moisés y Elías (Elías y Moisés, según Marcos), mensajeros de un mundo celestial que gira en órbita en torno a Jesús. La Transfiguración, misterio de luz, misterio de contemplación.
La segunda vivencia es oír, escuchar: “Este es mi Hijo amado: escuchadle”. Será nuestra segunda meditación.

2. Hay un pensamiento que domina mi espíritu: ¿Cómo vivir en esta segunda semana cuaresmal la Transfiguración del Señor, sondeando venas de una mina espiritual que no tiene fondo? Porque partimos del principio de que la Transfiguración de Jesús no se cierra ni en el momento en que acontece, ni en la persona que la protagoniza. Detallando el pensamiento:
- La realidad de la Transfiguración – que hoy es la gloria de la resurrección – ha quedado eternizada en la santa humanidad celeste. Hoy Jesús vive en la realidad definitiva de su ser, que es el cuerpo glorioso.
- Además, partiendo del mismo principio enunciado en el Bautismo, de que Jesús y yo somos un sujeto en quien se realiza el misterio divino, ¿Cómo vivo yo mi solidaridad con Jesús Transfigurado? ¿Acaso la Eucaristía sea este misterio de Jesús Transfigurado; acaso la Biblia sea el monte de Jesús Transfigurado; acaso las obras de servicio caritativo el misterio de Jesús transfigurado.
Es precioso que yo, cristiano, tenga conciencia clara de estos misterios y sepa y me atreva a preguntar: ¿Cómo soy incorporado yo a este misterio?

3. Para el pensamiento oriental la Transfiguración acaso sea el centro de toda la Teología, como lo es en Gregorio Palamás (1296-1359, canonizado por la Iglesia ortodoxa).
Es el Jesús terrestre totalmente traspasado de la gloria celestial, de la que hoy tiene como Resucitado. La escena, pues, levanta una pregunta: ¿Quién es realmente Jesús, Jesús de Nazaret sin más, si es real la Transfiguración? En Oriente la Transfiguración, como su icono propio, es una fiesta “a se”, una de las diez grandes fiestas que jalonan el año litúrgico. De Oriente pasó a Occidente, y la celebramos el 6 de agosto (En ese día murió el Siervo de Dios Pablo VI).

4. Juan Pablo II, hoy Beato, tomó el Evangelio de la Transfiguración según Mateo (17,1-9) para tejer sobre él la teología de la renovación de la vida consagrada, en la Exhortación apostólica Vita consecrata (fechada en Roma, junto a san Pedro, el 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación del Señor, del año 1996, decimoctavo de mi Pontificado).  
De ninguna manera pueden apropiarse los consagrados, las consagradas, el icono de la Transfiguración como si fuese una página aparte, pensada para ellos. En realidad todas las páginas del Evangelio son para la Iglesia entera, pero es bello, sin quitar a nadie nada, hacer ciertas lecturas evangélicas con un impulso nuevo del Espíritu que ensanchas las alas del corazón.
He aquí una página contemplativa para ver la vida cristiana a la luz de la Transfiguración.
“En la unidad de la vida cristiana las distintas vocaciones son como rayos de la única luz de Cristo, « que resplandece sobre el rostro de la Iglesia »(Lumen gentium, 1) Los laicos, en virtud del carácter secular de su vocación, reflejan el misterio del Verbo Encarnado en cuanto Alfa y Omega del mundo, fundamento y medida del valor de todas las cosas creadas. Los ministros sagrados, por su parte, son imágenes vivas de Cristo cabeza y pastor, que guía a su pueblo en el tiempo del « ya pero todavía no », a la espera de su venida en la gloria. A la vida consagrada se confía la misión de señalar al Hijo de Dios hecho hombre como la meta escatológica a la que todo tiende, el resplandor ante el cual cualquier otra luz languidece, la infinita belleza que, sola, puede satisfacer totalmente el corazón humano. Por tanto, en la vida consagrada no se trata sólo de seguir a Cristo con todo el corazón, amándolo « más que al padre o a la madre, más que al hijo o a la hija » (cf. Mt 10, 37), como se pide a todo discípulo, sino de vivirlo y expresarlo con la adhesión «conformadora» con Cristo de toda la existencia, en una tensión global que anticipa, en la medida posible en el tiempo y según los diversos carismas, la perfección escatológica.
En efecto, mediante la profesión de los consejos evangélicos la persona consagrada no sólo hace de Cristo el centro de la propia vida, sino que se preocupa de reproducir en sí mismo, en cuanto es posible, «aquella forma de vida que escogió el Hijo de Dios al venir al mundo»(Lumen gentium, 44). Abrazando la virginidad, hace suyo el amor virginal de Cristo y lo confiesa al mundo como Hijo unigénito, uno con el Padre (cf. Jn 10, 30; 14, 11); imitando su pobreza, lo confiesa como Hijo que todo lo recibe del Padre y todo lo devuelve en el amor (cf. Jn 17, 7.10); adhiriéndose, con el sacrificio de la propia libertad, al misterio de la obediencia filial, lo confiesa infinitamente amado y amante, como Aquel que se complace sólo en la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34), al que está perfectamente unido y del que depende en todo.
Con tal identificación « conformadora » con el misterio de Cristo, la vida consagrada realiza por un título especial aquella confessio Trinitatis que caracteriza toda la vida cristiana, reconociendo con admiración la sublime belleza de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y testimoniando con alegría su amorosa condescendencia hacia cada ser humano” (Vita consecrata,16).
La belleza es un hilván de todo el documento (nn. 16. 19. 20. 21. 24. 28. 41. 64. 66. 75. 104. 107. 109. 111).

4. Tornemos de nuevo directamente al pasaje que contemplamos.
Los hermanos orientales, al meditar sobre la “luz tabórica”, así llamada la luz del Tabor, se han preguntado si esta luz que los tres predilectos han visto en Jesús es la luz increada o la luz creada, si bien no de este mundo. Vieron el rostro de Jesús más radiante que el sol, y sus vestidos más blancos que la nieva. Ciertamente que esta luz tabórica no es de este mundo, que no hay batanero en la tierra que pueda poner ese blancor…, esa blancura en el vestido de Jesús (Evangelio de san Marcos).
Jesús está vestido de un blanco que es la aurora de Dios en este mundo. Y si no hay batanero para esta túnica hecha de luz, tampoco hay criatura bajo Dios que puede iluminar el rostro de Jesús como brilla en el monte.
La luz tabórica, pues, no es de este mundo. Ahora, afirmar que sea la misma luz increada y que esta luz la están contemplando los apóstoles sería lo mismo que afirmar que estamos en la visión beatífica…
Quede ahí para que los amantes de Jesús sigan pensando sobre esta luz tabórica, creada o increada.

5. A esa luz somos destinados, y he aquí que ha habido discípulos de Jesús que han sido favorecidos de esta luz tabórica en vida terrenal, antes de deshacerse la tienda de nuestra morada. El cuerpo irradia la luz del Tabor.
Veamos en las vida de los santos.
San Simeón el Nuevo Teólogo (949–1022) es uno de los místicos de Oriente, de la Iglesia Ortodoxa. En su vida, escrita por Nicetas Estetatos leemos:

"Una noche en que estaba orando y en que su inteligencia purificada se encontraba unida a la inteligencia primera, vio una luz en lo alto. De repente, esta luz pura e inmensa que provenía del cielo arrojó su claridad sobre él, alumbrándolo todo y produciendo un esplendor parecido al día. Parecía que la casa y la celda donde se encontraba se habían desvanecido, pasando a la nada en un abrir y cerrar de ojos; que el mismo se encontraba arrebatado por los aires y había olvidado enteramente su cuerpo... "

La teología oriental ha sido muy sensible a esta mística de la luz a la que es destinado el cristiano; por eso el monje asume un camino singular, caracterizado por estos tres componentes: soledad, silencio, quietud. Así se llega a esa divinización luminosa que se da en la hesiquía, quietud, paz, estado beatífico del ser humano de cara a la eternidad.

6. Fuera de la vida monástica podemos hablar de la Transfiguración como habló san Pablo de la Gloria del rostro de Cristo, sin mencionar la Transfiguración, y dirigiéndose a todos los fieles.
Todo hombre espiritual es un buscador del rostro de Dios. Lo dice así el salmo: “Oigo en mi corazón: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor. No me escondas tu rostro” (Sal 27,8-9).
Moisés en el Sinaí y en la Tienda del Encuentro contemplaba el rostro de Dios. “Si hay entre vosotros un profeta del Señor, me doy a conocer a él en visión y le hablo en sueños; no así a mi siervo Moisés, el más fiel de todos mis siervos. A él le hablo cara a cara, abiertamente y no por enigmas, y contempla la figura del Señor” (Nm 12,6-8).
Este Moisés del Sinaí y de la Tienda nos lo presenta la Sagrada Escritura como el Moisés transfigurado, con el rostro radiante (el Moisés de Miguel Ángel), según aquellos textos del Éxodo: “Cuando Moisés bajó de la montaña del Sinaí con las dos tablas del testimonio en la mano, no sabía que tenía radiante la piel de la cara, por haber hablado con el Señor” (Ex 34,29).
Y esta es la experiencia de la Tienda: “Cuando terminó de hablar con ello, se cubrió la cara con un velo. Siempre que Moisés entraba ante el Señor para hablar con él, se quitaba el velo hasta la salida. Al salir, comunicaba a los hijos de Israel lo que se le había mandado. Ellos veían la piel de la cara de Moisés radiante, y Moisés se cubría de nuevo la cara con un velo, hasta que volvía a hablar con Dios” (Ex 34,33-35).

7. San Pablo ha pensado en estos textos y ha podido hablar de la Transfiguración del cristiano, que supera a la Transfiguración de Moisés, porque la nuestra viene directamente de la Transfiguración de Cristo. La gloria de Moisés, el resplandor de su cara, era pasajero: se iba diluyendo y amortiguando por sí mismo hasta desaparecer. La Gloria del rostro de Cristo, que es la misma Gloria de Dios, es inmortal. El cristiano transfigurado entra  a participar de esa gloria, y su rostro resplandece, cara a cara, con el rostro de Cristo, desde el rostro de Cristo.
Es muy audaz san Pablo cuando se enfrenta con los textos bíblicos, pero lo dice así:
“…Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor hay libertad. Mas todos nosotros, con la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente, por la acción del Espíritu del Señor” (2Co 3,17-18).
A los glorificados como “beatos” los representamos con una aureola que irradia de su cabeza; a los “santos” con un círculo perfecto…
San Pablo nos está hablando a todos los cristianos. Si conociéramos nuestra Transfiguración…, la que se está operando hoy, y que está en un proceso incesante, “de gloria en gloria” (de doxa a doxa; a gloria in gloriam, dice el texto latino).
El cristiano – es decir, humildemente yo – no necesita el velo sacro para cubrir su rostro, el velo de Moisés. Yo, bautizado, estoy contemplando, momento a momento, la Gloria de Dios en el rostro de su Hijo amado, y, como en un espejo, esa misma Gloria revierte sobre mi rostro.
¿Qué decir…?
¡En alabanza de Cristo, Amén!

Puebla de los Ángeles (México), 5 marzo 2012,
lunes de la II semana de Cuaresma.