viernes, 7 de diciembre de 2018

1141. Perfume de Dios, María


Perfume de Dios, María
Romance espiritual para celebrar la Inmaculada



Al eco de san Ambrosio
San Ambrosio, obispo de Milán, doctor de la Iglesia, ha sido u santo de su querencia. El Papa S. Juan XXIII, con motivo del XVI centenario de la muerte de S. Ambrosio escribió a la Iglesia de Milán, una amplísima carta, con seis apartados, de la que me place extraer dos citas, una referente a la Virgen María (del apartado VI. «En cada uno esté el alma de María», n. 31), otra referente a la celebración litúrgica y en concreto a los gimnos para la liturgia, un aspecto del carisma de S. Ambrosio (en el apartado I. San Ambrosio, obispo, n. 10).
«Que en cada uno esté el alma de María para glorificar al Señor; en cada uno esté el espíritu de María para exultar en Dios» [Expositio ev. sec. Lucam, II, 26].
“Basta pensar en los himnos que compuso y rezó él mismo en las largas horas de vigilia durante el asedio de las iglesias: «Dicen que el pueblo se ha quedado encantado con el hechizo de mis himnos», rebatía a los arrianos que lo acusaban. «Es exactamente así; no lo niego. Se trata de un gran hechizo: el más fuerte de todos, pues ¿hay algo más fuerte que confesar a la Trinidad, ensalzada cada día por el pueblo entero? Todos se esfuerzan por proclamar su fe; todos han aprendido a alabar en verso al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Así se han convertido en maestros todos los que a duras penas podían ser discípulos» [Contra Auxentium = Ep. LXXV, 34]”.

I

Perfume de Dios, María,
Virgen pura, inmaculada,
si canto mi loa a ti
es por salud de mi alma.
Necesito respirar
y aspirar nuevas fragancias,
y saberme a mi cual soy
viendo a la llena de gracia.

II

Con pecado original
yo nací, triste desgracia,
herida el ala nacimos,
con una infinita ansia.
¿Quién osará dar razón :
de cuanto llevo en la entraña:
ímpetus de santidad
y un peso bajo que arrastra?
Soy de Dios, lo siento vivo,
su imagen y semejanza,
mi vocación es divina,
que, menos, nada me sacia;
yo nací para ser todo,
si bien nací de la nada.
Dios persona es mi destino,
su corazón es mi casa;
lo añoro y esa es mi fiebre,
mi enfermedad que me sana.
Si sigo mi soliloquio…,
métame Dios en su palma,
me agarre contra su pecho,
y me diga que me ama.
Me lo diga sin decirlo,
que esa sea mi sustancia,
sea mi ser puro amor,
amor que se llama gracia,
amor del Amor, creado
para entrar en su Morada,
cuando Dios me diga: ¡Ven!,
que ya cundió tu jornada.

III

Así pienso y así creo,
haciendo mi caminata,
peregrino y compañero
de toda la raza humana.
Pero ahora, mi Señor,
déjame mostrar la espada,
la herida que va conmigo
en mi alma atravesada.
Soy pecador, yo confieso,
y siento el alma manchada.
¿Por qué, Señor, mi soberbia,
y el pecado que me mata?;
son siete los capitales,
y los siete me amenazan.
Abro los ojos y veo
y contemplo el panorama.
¿Tan malos somos los hombres,
que es noticia cotidiana?
¿Es esa la historia nuestra,
es esa la faz humana?
Desde Caín hasta hoy
la muerte es terrible maza,
nadie lo entiende ni puede,
pero ahí está descarnada…
No quiero mirar…, no quiero
lo que mi alma rechaza…,
no quiero el parte del día
de envidias y malandanzas.
Denme las buenas noticias,
que las hay en abundancia,
salude el ramo de flores
para explayar la esperanza.

IV

Sale la Niña María:
humilde y hermosa avanza,
hija de Adán, mi familia,
y como hija, mi hermana.
Es ella la prometida,
la humilde, la pobre esclava,
mi sueño, sin pesadilla.
es ella la Inmaculada.

Eres tú mi pensamiento,
la flor que brindo a mi amada,
la pura teología,
la vida de Dios narrada..
A ti, María purísima,
van a anidar mis palabras,
nunca sabré yo decirlo,
y declaro mi ignorancia.
Eres divino pensar
en el Hijo sustanciada,
la paz de la Encarnación,
que ha culminado en la Pascua.
Eres la obra de Dios,
su creación consumada;
por el Hijo bienamado,
eres con él Bienamada.
Eres mi madre amantísima,
eres segura abogada;
eres tú mi intercesora,
la que inspira estas palabras.

Eres, María, mi fiesta,
en mi alma contemplada;
eres mi santa alegría,
bella…, bella… inmaculada.
Eres mi yo que he soñado,
mi oración apaciguada.
Felicidades y gracias….,
con lágrimas…, muchas gracias. Amén.

Guadalajara, Jalisco, víspera de la Inmaculada 2018

2 comentarios:

  1. Muy estimado P. Rufino.
    He leído su extensa y muy interesante reflexión dominical. Por ello sólo me va a permitir unos pequeños “apuntes” a la misma. Textualmente se afirma en ella lo siguiente:
    POR LA MERA HISTORIOGRAFIA LLEGAMOS EN LA FE A PUNTOS CIEGOS, SIN SALIDA. UN EJEMPLO. “LA LENGUA MATERNA DE JESÚS FUE EL ARAMEO. LO HABLABA SEGÚN UNA FORMA DIALECTAL CORRIENTE EN GALILEA. NO SABEMOS CON CERTEZA SI SABÍA LEER Y ESCRIBIR…” NO ES UNA AFIRMACIÓN, SINO UNA HIPÓTESIS. LA MISMA HIPÓTESIS VALE PARA LA MADRE DE JESÚS, PARA PEDRO Y ANDRÉS, PARA LOS OTROS APÓSTOLES, SALVO PARA EL RECAUDADOR DE IMPUESTOS…

    — Pues bien. Ciertamente el idioma de todos los apóstoles fue el arameo (uno de sus dialectos). Solamente san Pablo era políglota (griego y arameo) y hombre culto.

    — En el Oriente clásico los viejos idiomas de Mesopotamia desaparecieron para dejar paso al arameo (que llegó a ser idioma de comunicación internacional), que incluso suplantó al hebreo en Palestina. Numerosos pasajes de la Biblia están escritos en arameo.

    — Jesucristo ciertamente sabía leer. No es una hipótesis. Eso está demostrado en los mismos Evangelios (san Lucas) cuando entra en la sinagoga de Nazaret y se pone a leer el famoso texto de Isaías.

    — San Pedro y san Juan, en palabras de san Lucas, eran iletrados y del vulgo…. Lo mismo que los demás discípulos. Las cartas de los apóstoles no fueron escritas por ellos, sino al dictado a un amanuense.

    — El idioma de Palestina en la época de Jesucristo era el arameo. En Palestina se hablaban varios dialectos del arameo, dependiendo del lugar.

    — Ser “publicano” no implicaba otra cosa que “comprar” a Roma la franquicia para recaudar tributos en su nombre, cobrándose una sustanciosa comisión con cargo al pueblo. En la mesa donde ejercía su labor podría estar auxiliado por uno o varios escribanos. El publicano recaudaba, y el escribano anotaba. Así se repartía el trabajo para mayor rapidez y eficacia. A partir del emperador Claudio desapareció la figura del publicano.

    Saludos. Juan José.

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