jueves, 11 de junio de 2020

1398. Corpus Christi en el año de la pandemia



La Eucaristía, divinización y comunión
Jn 6,51-58

Texto evangélico
51 Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo». 52 Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?». 53 Entonces Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. 54 El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. 55 Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. 56 El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. 57 Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí. 58 Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre». 

Hermanos:
1. Todos los años el Domingo que sigue a Pentecostés es la Trinidad; y el Domingo que sigue a la Trinidad es Corpus Christi. Exactamente es una fiesta que se pensó aparte, una fiesta de supererogación nacida del amor de los cristianos a la Eucaristía, un jueves – Jueves de Corpus Christi – con la intención de pasear a Jesús por las calles, adorarle, darles gracias y manifestar visiblemente que nosotros queríamos que él organizara nuestra vida ciudadana con los criterios del verdadero amor.
La fiesta de la Eucaristía es Jueves Santo, fiesta de Alianza y de Amor, y fiesta del Lavatorio de los pies. El amor, si es verdadero amor, es operativo y creador: de Dios baja a los hombres, a todos los hombres. Este es el amor de Jesús que los cristianos hemos recibido como herencia y mandato. Donde está la Eucaristía allí está la adoración y allí está la caridad. Nada extraño, por tanto, que la fiesta del Corpus que, ante todo quiere venerar el Cuerpo y la Sangre del Señor, haya derivado en el Día de la Caridad.
Este año de la Pandemia este volcarse en la caridad toca muy especialmente nuestros corazones. Pero a la escucha del Evangelio, tenemos que hablar primero de qué es la Eucaristía.

2. Las palabras de Jesús hieren y escandalizan. De pronto diría uno que son un viejo mito, que pertenecen a la fantasía, no a la realidad. Pero no es así. Nosotros, creyentes, decimos que pertenecen a la Fe. La Fe y la Ciencia son cosas reales. Ahora bien, cada una tiene su propio ámbito y no podemos confundirnos.
La Ciencia abriga cosas sorprendentes, desconocidas, pero no son misterios. Si hace 500 años un científico hubiese dicho que las naves podían volar y transportar 300 pasajeros, y en una noche pasar de un continente a otro, esto habría parecido una fantasía absurda. Eso es una maravilla, pero no es un misterio.
O si un científico hubiese dicho que, una bacteria microscópica en un año podía haber generado medio millón de muertos sin que haya ejército que pueda derrotarla, igualmente estaríamos volando por el mundo de la imaginación. Esas verdaderas ocultas son absolutamente presentes, pero no son misterio.

4. Hermanos, que el pan y vino consagrados por la fuerza del Espíritu Santo, que ahí está todo Dios actuando con su infinito y divino poder esto nadie lo ha de demostrado ni nadie lo podrá demostrar. Esto es misterio y como misterio es verdad de fe.
Las consecuencias son increíbles. Dios es concorpóreo y consanguíneo del hombre, Dios me comparte su inmortalidad. En la Eucaristía está el absoluto perdón de Dios. En la Eucaristía está la vida divina que se nos regala. En la Eucaristía está toda la vida que nosotros anhelamos y esperamos. En una palabra, en la Eucaristía está nuestra salvación.
Si yo creo estas cosas, soy transportado a la divinidad.

5. Con una luz del Señor recibida con humildad, nuestro corazón se llena de sabiduría y empezamos a comprender qué fácil es desfigurar la Eucaristía y pasarla de lo que es en verdad, el acontecimiento sublime de nuestra salvación, para reducirla a un acto devocional, el más importante de todo, pero un acto devocional.
Durante generaciones cristianas la celebración de la Eucaristía tenía dos partes: la misa de los catecúmenos y la misa de los santificados. La primera parte era la biblia, las explicaciones, las preces… y ahí podían participar los que querían ser cristianos, pero en este momento se daba la orden: Salgan los catecúmenos.
Y empezaba la misa de los iniciados, de los santificados: ¿Quién podía creerse que el mismo Hijo de Dios, que se encarnó por nosotros, que murió en la Cruz que fue resucitado para gloria del Padre se hacía presente en medio de la comunidad?
Creer estas cosas es de locos… Pues esto precisamente es la Eucaristía.

6. Y entonces se podían comprender cosas como las que ha dicho hoy san Pablo: “El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan” (1Cor 10,16-17).
Estas inmensas verdades de nuestra fe nos llevan, hermanos, a pensar cosas que no alcanza la Ciencia ni el pensamiento humano de por sí.
La Eucaristía es un sacramento no solamente de veneración y acción de gracias a ese Dios que diviniza nuestra vida, es que simultáneamente es el sacramento de la solidaridad que hace de todos un solo cuerpo.
Después de la consagración el sacerdote pide, en la Plegaria Eucarística III, que por la acción del Espíritu Santo seamos, en Cristo, “un solo cuerpo y un solo espíritu”. El Cuerpo de Cristo es Uno y no se puede dividir.

7. Si eso es así, ahora comienza el mensaje de Cáritas. Comulgar el Cuerpo y la Sangre de Cristo es comulgar como Cristo ha comulgado con la humanidad, con los dolores y gozos de los hombres, porque el Cuerpo de Jesús, terrestre y celeste, es uno y no se puede romper. El Cristo que yo comulgo en la sagrada Hostia es el Cristo del Salvación y el Señor de la Resurrección, el único Hijo verdadero.
Esta es nuestra fe, cuyas derivaciones envuelven toda la vida.

Señor Jesús, ilumina mi corazón para que jamás celebre una misa con rutina. Abre mi corazón para que comprenda que todo el misterio de tu Pasión, Muerte y Resurrección, se está realizando en la comunión de la santa Eucaristía. Y yo sepa sacar las consecuencias de solidaridad con mis hermanos. Amén.

Madrid, jueves 11 de junio de 2020.

Al eco de esta homilía nace este Himno eucarístico, que recogemos de la siguiente entrada:


La boda del Cordero con su amada
se llama felizmente Eucaristía,
fue el día más dichoso de la historia,
el día que a la muerte seguiría.

Será la Encarnación los esponsales,
será la Cruz la dote que traía,
será el amor, amor acumulado:
preparativo solo se diría.

Y viene ya radiante el todo bello,
mirándole a la Esposa que venía,
y el Padre Dios, dador de tales nupcias
Él era el que firmaba y los unía.

Jesús Resucitado celebraba
sus nupcias con la Iglesia en este día,
se hacía Pascua todo el universo,
y aquí en la Eucaristía se vertía.

Misterio de misterios sobre el ara,
que ahora alumbra ya la Parusía,
aquí habita Dios a plena historia,
historia que es de Dios, historia mía.

¡Oh Dios Jesús, mi Dios de carne y Sangre,
que dices ser comida y ser bebida,
mi corazón amante es Trinidad
y vuelve saturado de tu vida! Amén.

1 comentario:

  1. El Verbo se hizo carne y permanece entre nosotros en la Sagrada Eucaristía...Sublime es este misterio del amor de Dios que diviniza nuestra vida y la dispone para la consumación de las bodas eternas...

    ResponderEliminar