Jesús valor supremo de la vida
Mt 10,37-42
Texto evangélico:
37 El
que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que
quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; 38 y
el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. 39 El que
encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. 40
El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que
me ha enviado; 41 el que recibe a un profeta porque es profeta,
tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo,
tendrá recompensa de justo. 42 El que dé a beber, aunque no sea más
que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi
discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».
Hermanos:
1. Con este párrafo se termina el capítulo
10 del Evangelio de san Mateo, capítulo de la misión. Jesús, en vida, ha
enviado a sus doce apóstoles, y detrás de ellos estamos nosotros, como
discípulos. Los discípulos han de ser – debemos de ser – testigos de Jesús,
anunciadores de Jesús. Recordemos las palabras fuertes y absolutas que
escuchamos el domingo pasado: A quien se declare por mí ante los hombres, yo
también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me
niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los
cielos (vv. 32-33). El Evangelio de hoy es la continuación y terminación de
aquellas consignas y de aquel programa.
Nunca agradeceremos bastante a las
personas que nos han dicho la verdad y nos han dado las fuerzas y el estímulo
para alcanzar esa verdad.
2. La sorpresa de las palabras de Jesús, a
quien llamamos el Señor, es que son Palabras de revelación, que no nos
las puede decir ningún profeta, ningún santo, sino solo Dios. Nadie las ha
podido decir en el Antiguo Testamento. Ni Moisés, ni ningún profeta.
Sencillamente habla Dios.
Con su lenguaje característico Jesús pinta
situaciones de vida, hechos concretos y reales, e incluso, al parecer, sin
mayor importancia. Pero en esos ejemplos se está jugando algo absoluto en la
vida.
La primera sentencia de Jesús se refiere a
la familia, y va dirigida a los hijos y a los padres. El que quiere a su
padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a
su hija más que a mí, no es digno de mí.
Jesús se ha pronunciado sobre la familia
en distintas ocasiones. La primera vez a los doce años: «Hijo, ¿por qué nos
has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados». Él les contestó:
«¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi
Padre?». Pero ellos no comprendieron lo que les dijo (Lc 2,48-50). Quizás
es la mejor ilustración para entender el pasaje de hoy.
Dios está por encima de la familia, y aquí
Jesús, en este momento de envío de los discípulos, nos está hablando, no como
un Capitán valeroso, que recluta a sus soldados; nos está hablando como Dios.
La familia es sagrada y Jesús la ha
defendido, pero Dios está antes y por encima de la familia.
3. Hermanos, hay en la vida momentos especialmente
graves, en los cuales hay que tomar opciones claras. Los Ejercicios
espirituales, es decir esos días de retiro, de reflexión y de encuentro consigo
mismo y con Dios, son días privilegiados para ver con claridad y decidir. San
Ignacio de Loyola, maestro singular en estos trances de la vida propone dos
cosas esenciales que hay que hacer en el curso de esos días: la elección de
estado (si no la has hecho todavía) y la reforma de vida. Y todo ello bajo una
luz única que marca el camino: ¿Qué es lo que Dios quiere que haga con mi
vida? Y en el silencio del corazón obtenemos la respuesta. A lo mejor
necesitamos la orientación (no el mandato) de un guía espiritual, entendido en
los caminos del Señor.
Lo importante es que cada uno esté en el
puesto en que Dios le ha llamado y encuentre allí la razón de su vida, algo
absoluto por lo cual merece la pena darlo todo. Yo no soy grande porque sea
conocido, alabado y estimado por una multitud. Soy grande si tengo una causa por
la que vivir y entregar mi vida, se conozca o no se conozca. Y la causa de mi
vida es Dios, o lo que es lo mismo: Jesús.
4. Por eso, el texto sagrado continúa: y
el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.
¿Dónde está la cruz, hermanos? ¿Dónde
iremos a buscarla, si realmente a los ojos de Dios es un tesoro que Él ha dado
a su Hijo? No hace falta ir a ningún sitio. La cruz está donde yo esté. La cruz
viene a mi encuentro, sin que yo vaya a buscarla. No hace falta inventarse
cruces; es un regalo que Dios nos lo da, para asemejarnos más a la vida y
pasión de su Hijo.
5. Otras de esas frases totales que Jesús nos
da es la que viene a continuación. El que encuentre su vida la perderá, y el
que pierda su vida por mí, la encontrará.
Encontrar la vida es encontrar a Jesús, y
jugarse todo por él, perder por Jesús incluso la vida, que es lo que más
estimamos; es encontrar definitivamente la verdadera vida, el triunfo de Jesús
y con Jesús.
Dicho ahora no con palabras de Jesús, sino
con palabras de su discípulo Pablo, como lo hemos oído en las lecturas de hoy: ¿Es
que no sabéis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados
en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que,
lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así
también nosotros andemos en una vida nueva (Rom 6,3-4).
6. Hermanos, hay un pensamiento final que
se desprende de las palabras del Señor, que queremos asimilar y meter en nuestro
corazón. Ser discípulo de Jesús es un honor, el mayor honor en la ida, igual
honor que ser discípulos de Dios.
El que dé a beber, aunque no sea más que
un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo,
en verdad os digo que no perderá su recompensa.
A aquella mujer que acogió al profeta
Eliseo, solo por ser profeta, Dios le dio el regalo de un hijo, que era el mayor
deseo, el mayor regalo que podía esperar la mujer: ser madre. Y Dios se lo
concedió por hospedar al profeta. Un vaso de agua a un discípulo de Jesús no
quedará sin recompensa. Lo dice Dios.
Señor Jesús, te agradezco infinitamente
que me hayas hecho discípulo tuyo. Dame fuerzas para seguirte hasta el final y
hallar en ti la vida verdadera. Amén.
Mil gracias Padre. Hermosas y profundas reflexiones...
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