jueves, 25 de junio de 2020

1404. Dom. XIII, A – Jesús valor supremo de la vida

Jesús valor supremo de la vida
Mt 10,37-42


Texto evangélico:
37 El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; 38 y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. 39 El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. 40 El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; 41 el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo. 42 El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».

Hermanos:
1. Con este párrafo se termina el capítulo 10 del Evangelio de san Mateo, capítulo de la misión. Jesús, en vida, ha enviado a sus doce apóstoles, y detrás de ellos estamos nosotros, como discípulos. Los discípulos han de ser – debemos de ser – testigos de Jesús, anunciadores de Jesús. Recordemos las palabras fuertes y absolutas que escuchamos el domingo pasado: A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos (vv. 32-33). El Evangelio de hoy es la continuación y terminación de aquellas consignas y de aquel programa.
Nunca agradeceremos bastante a las personas que nos han dicho la verdad y nos han dado las fuerzas y el estímulo para alcanzar esa verdad.

2. La sorpresa de las palabras de Jesús, a quien llamamos el Señor, es que son Palabras de revelación, que no nos las puede decir ningún profeta, ningún santo, sino solo Dios. Nadie las ha podido decir en el Antiguo Testamento. Ni Moisés, ni ningún profeta. Sencillamente habla Dios.
Con su lenguaje característico Jesús pinta situaciones de vida, hechos concretos y reales, e incluso, al parecer, sin mayor importancia. Pero en esos ejemplos se está jugando algo absoluto en la vida.
La primera sentencia de Jesús se refiere a la familia, y va dirigida a los hijos y a los padres. El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.
Jesús se ha pronunciado sobre la familia en distintas ocasiones. La primera vez a los doce años: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados». Él les contestó: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?». Pero ellos no comprendieron lo que les dijo (Lc 2,48-50). Quizás es la mejor ilustración para entender el pasaje de hoy.
Dios está por encima de la familia, y aquí Jesús, en este momento de envío de los discípulos, nos está hablando, no como un Capitán valeroso, que recluta a sus soldados; nos está hablando como Dios.
La familia es sagrada y Jesús la ha defendido, pero Dios está antes y por encima de la familia.

3. Hermanos, hay en la vida momentos especialmente graves, en los cuales hay que tomar opciones claras. Los Ejercicios espirituales, es decir esos días de retiro, de reflexión y de encuentro consigo mismo y con Dios, son días privilegiados para ver con claridad y decidir. San Ignacio de Loyola, maestro singular en estos trances de la vida propone dos cosas esenciales que hay que hacer en el curso de esos días: la elección de estado (si no la has hecho todavía) y la reforma de vida. Y todo ello bajo una luz única que marca el camino: ¿Qué es lo que Dios quiere que haga con mi vida? Y en el silencio del corazón obtenemos la respuesta. A lo mejor necesitamos la orientación (no el mandato) de un guía espiritual, entendido en los caminos del Señor.
Lo importante es que cada uno esté en el puesto en que Dios le ha llamado y encuentre allí la razón de su vida, algo absoluto por lo cual merece la pena darlo todo. Yo no soy grande porque sea conocido, alabado y estimado por una multitud. Soy grande si tengo una causa por la que vivir y entregar mi vida, se conozca o no se conozca. Y la causa de mi vida es Dios, o lo que es lo mismo: Jesús.

4. Por eso, el texto sagrado continúa: y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.
¿Dónde está la cruz, hermanos? ¿Dónde iremos a buscarla, si realmente a los ojos de Dios es un tesoro que Él ha dado a su Hijo? No hace falta ir a ningún sitio. La cruz está donde yo esté. La cruz viene a mi encuentro, sin que yo vaya a buscarla. No hace falta inventarse cruces; es un regalo que Dios nos lo da, para asemejarnos más a la vida y pasión de su Hijo.

5. Otras de esas frases totales que Jesús nos da es la que viene a continuación. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
Encontrar la vida es encontrar a Jesús, y jugarse todo por él, perder por Jesús incluso la vida, que es lo que más estimamos; es encontrar definitivamente la verdadera vida, el triunfo de Jesús y con Jesús.
Dicho ahora no con palabras de Jesús, sino con palabras de su discípulo Pablo, como lo hemos oído en las lecturas de hoy: ¿Es que no sabéis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva (Rom 6,3-4).

6. Hermanos, hay un pensamiento final que se desprende de las palabras del Señor, que queremos asimilar y meter en nuestro corazón. Ser discípulo de Jesús es un honor, el mayor honor en la ida, igual honor que ser discípulos de Dios.
El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa.
A aquella mujer que acogió al profeta Eliseo, solo por ser profeta, Dios le dio el regalo de un hijo, que era el mayor deseo, el mayor regalo que podía esperar la mujer: ser madre. Y Dios se lo concedió por hospedar al profeta. Un vaso de agua a un discípulo de Jesús no quedará sin recompensa. Lo dice Dios.

Señor Jesús, te agradezco infinitamente que me hayas hecho discípulo tuyo. Dame fuerzas para seguirte hasta el final y hallar en ti la vida verdadera. Amén.

Madrid, Jesús de Medinaceli, jueves 25 junio 2020.

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