2015 (959). Dom III Adviento C - La
venida del Señor causa de nuestra alegría
La venida del Señor causa de nuestra
alegría
Lc 3,10-18
Texto
10La gente le preguntaba: «Entonces, ¿qué debemos hacer?». 11Él contestaba: «El que
tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida,
haga lo mismo». 12Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron:
«Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros?». 13Él les contestó: «No exijáis más de lo establecido». 14Unos soldados
igualmente le preguntaban: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?». Él les contestó:
«No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino
contentaos con la paga». 15Como el pueblo estaba expectante, y todos se preguntaban en su
interior sobre Juan si no sería el Mesías, 16Juan les respondió dirigiéndose a todos: «Yo os bautizo con
agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la
correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego; 17en su mano tiene el
bieldo para aventar su parva, reunir su trigo en el granero y quemar la paja en
una hoguera que no se apaga». 18Con estas y otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo el
Evangelio.
Hermanos:
1. Estamos en el domingo III de Adviento.
Em la organización de este tiempo sagrado, compuesto de cuatro domingos, los
Evangelios se presentan de eta manera. En el primero contemplamos la venida
final de Jesús, el Señor de la historia humana, que como redentor nuestro tiene
la última palabra; los domingos segundo y tercero están dedicados a san Juan
Bautista, Precursor del Señor; y el domingo IV, ya inmediato a la Navidad,
todos los años el Evangelio nos habla de la Virgen María, en suyo seno se hizo
carne el Hijo de Dios, como hijo de la raza humana, como hermanos nuestros.
Y,
por otra parte, este domingo III, como lo apreciamos por las dos primeras
lecturas es el Domingo de la alegría, domingo Gaudete, en las palabras latina del texto sagrado. Alegraos en el
Señor. ¡Qué mayor alegría que la venida del mismo Hijo de Dios entre nosotros!
Hablemos, pues, de estos dos mensajes, de Juan Bautista y de la alegría que nos
trae el Señor.
2.
Apareció recorriendo el valle del Jordán y predicando un bautismo de conversión
para el perdón de los pecados. El decía que él bautizaba con agua, pero que el
que venía detrás de él iba a bautizar con Espíritu Santo, es decir, con una
transformación total. Se lo acabamos de escuchar en el Evangelio de hoy. Preparad
el camino del Señor, nos decía el domino anterior. El anunciaba, pues, la
venida de Dios, un mensaje espiritual y sublime. Él se consideró el Precursor. Ahora
bien, los grandes anuncios tienen que verse reflejados en la vida ordinaria.
Y
así entramos en el Evangelio de hoy: La gente le preguntaba: «Entonces, ¿qué debemos
hacer?». He aquí la respuesta: 11Él contestaba: «El que tenga dos
túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo
mismo».
Es
decir, el mensaje austero de Juan termina siendo un mensaje social. La fe, las grandes ideas tienen que
traducirse en obras. Los apóstoles, san Pablo en especial, cuando escribían sus
cartas a las comunidades que había evangelizado, exponían, ante todo, el
misterio de Cristo, la fuente de donde todo deriva; pero, en un segundo
momento, pasaban a las obligaciones que estos con lleva: obligaciones para con
uno mismo, que ha asumido una concepción de vida distinta de la de los paganos,
obligaciones para con la comunidad cristiana, obligaciones para con la familia
– esposos entre sí, padres e hijos, dueños y criados – y obligaciones para con
la sociedad como tal. La fe debe influir en todo. No se puede decir, por
ejemplo: una cosa es la política y otra la fe; el político cristiano debe ser
consecuente con su fe hasta en la misma política.
¿Qué debemos hacer?». «El que tenga dos
túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo
mismo. Este es el principio. En el mundo no tiene que haber hambre, porque hay pan para todos;
en el mundo no tiene que haber pobreza, porque hay recursos para compartirlos.
3.
La misma sociedad es muy variadas y ahora vienen las especificaciones. Los
publicanos eran funcionarios públicos, que, entre otras cosas se encargaban del
cobro de los impuestos. Cuántos abusos podía haber en un tiempo en que no
existían los medios de información y control que hoy existen. 12Vinieron también a bautizarse unos
publicanos y le preguntaron: «Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros?». 13Él les contestó: «No exijáis más de
lo establecido». La doctrina está
clara.
Otro
ejemplo, los soldados, la policía… 14Unos soldados igualmente le preguntaban: «Y
nosotros, ¿qué debemos hacer?». Él les contestó: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis
de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga». Los abusos han existido y existirán, y el más
fuerte puede abusar.
4.
Viene el Señor y él puede transformar todo desde dentro, donde comienzan las
verdaderas transformaciones. Y, por resumir el mensaje, san Lucas termina con
estas palabras: 1Con estas y otras muchas
exhortaciones, anunciaba al pueblo el Evangelio. El mensaje de Juan pertenece al Evangelio,
porque, en definitiva, Juan el Bautista anuncia a Cristo.
Viene el Señor. El vino, él viene, él vendrá. Con
él vienen todos los bienes, viene la salvación. Adviento, tiempo de piadosa y
piadosa expectación. Este era el eslogan inicial del Adviento. Y hoy resuena de
modo especial:
Qué cosas más sencillas y hermosas nos dice hoy san
Pablo: Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. Que vuestra
mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca. Nada os preocupe; sino
que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias,
vuestras peticiones sean presentadas a Dios (Flp 4,4-6). Claro que no lo
dice pensando en un misterio particular de la vida del Señor; lo dice hablando
de la vida cristiana como tal. Este es el talante y la tónica de nuestra vida:
una alegría que no el jolgorio y alboroto de una fiesta, que, como fuegos
artificiales, brilla y se deshace. Es una alegría permanente y serena, que
termina siendo paz.
Pero esta alegría puede tener unos momentos más
vibrantes, y así debe ser la experiencia de la alegría navideña. El Señor está
cerca, el Señor viene.
Hay momentos en que esta alegría puede ser festiva
y explosiva.
Un texto de
un profeta nos lo dice, el profeta Sofonías. El pueblo de Dios ha cumplido ya
su pena del destierro, y el profeta irrumpe:
“Alégrate
hija de Sión,
grita
de gozo Israel,
regocíjate
y disfruta con todo tu ser, hija de Jerusalén.
El
Señor ha revocado tu sentencia,
ha
expulsado a tu enemigo.
El
rey de Israel, el Señor,
está
en medio de ti, | no temas mal alguno” (Sof 3,14-16).
La vieja sabiduría dice que en la vida hay tiempo
de llorar y tiempo de reír. Es cierto que hay tiempo de estar triste, porque
también la tristeza pertenece a la condición humana. Pero la tristeza no puede
ser tónica dominante. Pero la alegría, sí, aunque a veces la alegría sea una
alegría como retenida y silenciosa. Un enfermo sufre, pero en el fondo de su
sufrimiento está resignado y alegre.
¿No hemos oído, en ocasiones, a personas que te
dicen: ¡Pero si estoy contento, contenta…!, y te lo dicen con lágrimas.
Hermanos, llegan las fiestas de Navidad, que, a lo
mejor, los comercios llaman “fiestas decembrinas”. Alegrémonos, porque el Señor
viene y nos trae la salvación. San Francisco llamaba a la Navidad la fiesta de
las fiestas. Pero ¿cómo…? La fiesta más grande y origen de todas las fiestas es
la Pascua. Pero san Francisco, desde sus pensamientos decía: Es que desde el
momento en que el Hijo de Dios se ha hecho hombre, ya podemos dar pro segura
nuestra salvación. Es decir, desde ahí nos vinieron todos los bienes.
Concluyamos, hermanos: Alegrémonos en el Señor, sí,
alegrémonos.
Señor
Jesús,
Que nos has traído la alegría, la paz y todos
los bienes, vuelve a nosotros; haz que desaparezca la guerra, que la hemos
inventado nosotros. Tráenos la verdadera alegría a nuestros corazones y a
nuestras familias. Amén.
Cuautitlán Izcalli, sábado 14 de diciembre de 2024
(San Juan de la Cruz).
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