La Madre de mi Señor
Lc 1,39-45
Texto
39En aquellos mismos días, María se levantó y se puso en camino
de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; 40entró en casa de
Zacarías y saludó a Isabel. 41Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó
la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo 42y, levantando la voz,
exclamó: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu
vientre! 43¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? 44Pues, en cuanto tu
saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. 45Bienaventurada la que
ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá»
Hermanos:
1. El domingo IV de Adviento, este año 22
de diciembre, está centrado en la Virgen, la joven madre de Nazaret, que con su
consentimiento ha hecho posible la Encarnación del Hijo de Dios. Todos los
años, en este domingo, tenemos un Evangelio referido a la Virgen, y este año
nos ha tocado el Evangelio de la Visitación. Volvamos a recordar que el primer
domingo nos presenta la figura de venida de Jesús al final de los tiempos, el
veredicto final a todas las naciones, porque Jesús, el Hijo de Dios, ha sido
constituido por su Padre, Señor y Juez del mundo. En los domingos segundo y
tercero, se nos presenta la figura de Juan el Bautista, , anunciador y
precursor del Mesías, que pide la conversión de los corazones, con hechos
concretos, para recibir al que viene, del cual él, el Bautista, no es digno de
desatarle la correa de sus sandalias. Y este domingo la Visitación de la Virgen
María a su parienta santa Isabel. Al decirle el ángel que para Dios no hay nada
imposible y que ha favorecida a Isabel, estéril y anciana, con el don de la
maternidad, al punto María se levantó y
corrió de Nazaret a Ain Kharem,
junto a Jerusalén, a felicitarla y bendecir al Señor por esta gracia y a
ofrecerle los servicios que requería en estos tres meses anteriores al parto.
2. La visita de María a su parienta Isabel es el
Evangelio que hace unos días proclamábamos aquí en México para celebrar la
solemnidad de la Virgen de Guadalupe. Tantas reflexiones nos trae esta escena…,
llena de verdad, de encanto y poesía.
En esta proximidad de Navidad, hay un pensamiento
central, del cual queremos recibir luz y armonía de fe, que es el siguiente:
Dios, para llevar a cabo su propósito eterno de que su Hijo se hiciera hombre y
unir así, en una familia, lo humano y lo divino, quiso servirse del concurso de
una mujer. El Concilio Vaticano II afirmaba esta verdad con palabras solemnes:
“Pero el Padre de la misericordia quiso que precediera a la encarnación la
aceptación de la Madre predestinada, para que, de esta manera, así como la
mujer contribuyó a la muerte, también la mujer contribuyese a la vida. Lo cual
se cumple de modo eminentísimo en la Madre de Jesús por haber dado al mundo la
Vida misma que renueva todas las cosas y por haber sido adornada por Dios con los
dones dignos de un oficio tan grande” (Lumen Gentium, 56).
3. Misterio que nos deja sin palabras.
Primero: Dios quiso la
Encarnación de su Hijo. Dios lo quiere y esto transforma la visión que podríamos
tener del mundo. Dios quiere que el mundo sea divino, porque en él va a habitar
el mismo Hijo de Dios. En ese instante Dios diviniza el mundo. Y si es un
querer divino, nadie lo puede impedir.
Segundo: Pero Dios quiso
el libre consentimiento de una Mujer para esta obra que él iba a hacer. Y aquí
es donde se estrellan todas nuestras ideas. El plan de Dios es absoluto y
total; pero una mujer, como criatura humana, como hija de Adán, es limitada; posee
una voluntad frágil, que puede decir sí y puede decir no, porque eso es la
libertad. El acto de la Virgen fue libre;
bien pensado el acto más libre y hermoso que se ha producido en la historia humana.
María dijo: Sí, aquí está ala esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.
El sí humano de María trajo al mundo el hecho divino de la encarnación.
4. El Hijo de Dios, que se va a llamar Jesús de
Nazaret, comenzó a ser hombre, desde esa célula inicial en el útero de una
joven madre; comenzó a ser uno de nosotros siguiendo todo el proceso generativo
que se produce en las entrañas de una madre, hasta que a los nueve meses fue
dado a luz a través de un parto, parto que no empañó su ser virginal. La
historia se transforma: a partir de ahora la historia humana es historia
divina, e incluso toda la historia anterior es recompuesta, porque toda la
historia, desde la creación del mundo, era la preparación para lo que ahora
acontece. El mismísimo Hijo de Dios es miembro de la familia humana, porque una
mujer dijo: Sí, acepto la voluntad de Dios.
5. Este es el acontecimiento central para ubicarnos
en la historia y en la vida. La mujer adquiere una dignidad, que nadie jamás la
habría podido imaginar. Parece que es una conquista de la cultura moderna el
feminismo. Entramos en un terreno confuso. Naturalmente que la mujer, sea quien
sea en su procedencia racial, es poseedora de una dignidad igual al hombre.
Esto es del todo cierto, y se evidencia más si nuestro punto de partida es la
fe. El hombre no es más digno que la mujer, ni la mujer es más digna que el
hombre. Pero hombre y mujer, siendo iguales en su ser y dignidad, nacemos con
características distintas, y mutuamente nos necesitamos y nos complementamos.
La presencia de María y la referencia a ella es la
revelación mayor que Dios nos ha dado para saber cuál es la dignidad única que
ella posee y cuál es la misión que ha de cumplir en este mundo.
Son puntos de iluminación, hermanos, que nos sucita
este IV domingo de Adviento, a la espera de la venida del Señor en Navidad.
6. Pero sigamos nuestra reflexión viendo lo que
sucede reciba en su casa a la que llama la Madre de mi Señor. ¿De dónde ha
sabido Isabel lo que ha ocurrido en María? Lo dice la misma Escritura: quedó
llena del Espíritu Santo. La presencia de María irradia al Espíritu: en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la
criatura saltó de alegría en mi vientre. Ese hijo que Isabel lleva en sus
entrañas ya ha sentido lo que dice el Cantar
de los cantares: llega el Amado brincando por montañas y colinas. Isabel,
que es la voz de toda la Iglesia, ha exclamando diciendo lo que nadie podría
haber dicho: ¡Bendita tú entre las
mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la
madre de mi Señor?
Isabel confiesa que María, hoy desconocida, vecina
de una aldea sin importancia, que es Nazaret, es la mujer bendita entre todas
las mujeres, es decir, la mujer más bendita de todas las mujeres de la tierra.
Y la llama la Madre de mi Señor. Este es el
título más grande que ha recibido la Virgen en los Evangelios. El Señor para un
judío es el Señor a quien se reza en los salmos, el verdadero Dios de Israel.
Pues esta es la Mujer que merece, y ella sola lo merece, este título: la Madre de mi Señor Dios.
Cuando san Lucas escribe estas cosas, es toda la
Iglesia la que está confesando la fe de los cristianos. La Virgen María es la
Madre del Señor, la Madre de Dios.
Hermanos, estamos hablando de cosas divinas. No son
fantasías legendarias; no es el folklore de una cultura religiosas. Son las
verdades que desde el principio hemos recibido de nuestra Madre la Iglesia, y
que gozosamente profesamos y celebramos en los actos sagrados de la liturgia.
Esta es la Navidad que tenemos delante.
Nos unimos, pues, a la voz de Israel, para decirle
a la Virgen:
¡Bendita
tú entre todas las mujeres, pro ese Hijo que llevas en tu vientre y que es
nuestra salvación y la salvación del mundo entero! Tú eres la Madre de Jesús,
Hijo de Dios, y por eso eres también nuestra Madre. Por ti nos vino la
salvación, pues nos entregaste a Jesús, y por ti nos ha de venir todo el bien
en nuestra vida. Amén.
Cuautitlán Izcalli, sábado 21 diciembre 2024.
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