viernes, 6 de diciembre de 2024

2010 (955). Dom I Adv. Año C – Jesús vino, Jesús viene, Jesús vendrá

 2010 (955). Dom I Adv. Año C – Jesús vino, Jesús viene, Jesús vendrá

Jesús vino, Jesús viene, Jesús vendrá

Lc 21, 25-28.34-36



Texto

25Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, 26desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas. 27Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. 28Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación». […]

34Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; 35porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. 36Estad, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre».

 

 

Hermanos:

 

1.  Comenzamos el Adviento, el ciclo litúrgico mediante el cual recorremos los misterios de la vida del Señor, para celebrarlos en la liturgia como sagrado misterio, en el cual Dios se hace sacramentalmente presente y actúa obran nuestra salvación.

¿Qué es exactamente el Adviento? Todos los años, al llegar esta fecha me place acudir al Misa Romano, con el cual celebramos la Eucaristía, y donde al principios, en largas páginas introductorias con explicaciones teológicas y pastoral, aparte de indicaciones normativas, se nos orienta sobre el sentido auténtico de lo que, por gracia de Dios, celebramos.

“39. El tiempo de Adviento tiene dos características:

- es a la vez un tiempo de preparación a las solemnidades de Navidad en que se conmemora la primera Venida del Hijo de Dios entre los hombres,

- y un tiempo en el cual, mediante esta celebración, el ánimo se dirige a esperar la segunda Venida de Cristo al fin de los tiempos.

Por estos dos motivos, el Adviento se presenta como un tiempo

-          de piadosa

-          y alegre ESPERANZA.

(Tomado de: Normas universales sobre el año litúrgico, núm. 39).

2. Según esta definición descriptiva la característica espiritual del Adviento es esta: “tiempo de piadosa y alegre ESPERANZA”. ¿Podemos decir que el Adviento es la Cuaresma que precede a la Navidad? No. La Cuaresma y el adviento son tiempos muy diferentes. Lo característico de la Cuaresma es la conversión y la penitencia.  Lo característico del Adviento es la “expectación piadosa y alegre de lo que va a venir”. La Madre que espera a su Hijo que va a nacer y tiene el corazón rebosante de alegría.

En nuestro hemisferio español el Adviento es invierno; en América del Sur diciembre es verano; pero hablando con los textos de la liturgia diremos que el Adviento es la primevara de la Iglesia. Los textos de nuestras oraciones – así las antífonas o breves lecciones del Oficio de lecturas de cada día, al que tiene acceso todos los cristianos que lo deseen, porque no es un libro privativo de los monjes y monjas y del estamento clerical, - está lleno de llamadas a la esperanza y la alegría, preciosas florecillas de un prado de primavera.

Quedémonos, hermanos, con estas palabras muy grabadas en el corazón: tiempo de expectación piadosa y alegre.

3. El centro de todos los misterios es siempre Cristo, sea Adviento o Navidad, Cuaresma o Pascua. Vayamos, pues a la vida de Jesús y veamos cómo Jesús vivió y entendido el Adviento. Las primeras palabras con ue se abre el ministerio público de Jesús fueron estas: “Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,14-15).

Dios iba marcando un tiempo para la llegada del Reino de Dios. Ese tiempo ya se ha cumplido y llega y entra el Reino de Dios por la presencia de Jesús, que va a obrar y predicar.  Adviento significa llegada, traduciendo la palabra latina, que en el griego, lengua en que se escribieron los santos Evangelios, es “parusía”, palabra que también la hemos conservado en castellano para la venida del final de los tiempos, la parusía. Así pues, con la llegada de Jesús, llega el Reino. Así, pues, hermanos, Jesús anunció el Adviento de Dios y eso fue el centro de la predicación.

Pero lo más característico de su predicación es el hecho de que él mismo se consideró el protagonista de este Adviento. 

4. Recordemos, hermanos, el mensaje del domingo pasado, que era el Domingo de Cristo Rey.

- ¿Eres tú el Rey de los judíos?, le preguntar el procurador romano.

Jesús le responde que aclare la pregunta, porque puede ser una pregunta política o una pregunta religiosa.

-          En definitiva… ¿luego tú eres Rey?

Y Jesús nos sorprende:

-          Tú lo has dicho. Soy Rey, yo para esto nací para esto veine al mundo, para dar testimonio de la verdad.

Ningún profeta había dicho: Yo soy Rey. Jesús es Rey y Pilato mandó que en la cruz  quisiera este letrero, en lengua hebrea, que era la lengua de los judíos, en latín, la lengua del emperador de roma, y en griego, y en griego, la lengua más hablada por las naciones del Mediterráneo en aquella época.

Pero hay más. En el juicio ante el tribunal judío, ante el Sanedrín ene pleno, presidido por Caifás, en determinado momento, viendo que los testimonios se revolvían y no acabana de concordar, Caifás se levanta, se pone en medio y le pregunta solemnemente:

-          ¿Eres tú el Hijo del Bendito?

-          - “Jesús contestó: «Yo soy. Y veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene entre las nubes del cielo». El sumo sacerdote, rasgándose las vestiduras, dice: «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos?» Habéis oído la blasfemia. ¿Qué os parece?». Y todos lo declararon reo de muerte” (Mc 14,62-64).

De manera que Jesús murió por declararse lo que era, por ser el Hijo del Bendito, el Hijo de Dios, por decir que él que había venido humildemente, vendría un día como Rey y Juez de los judíos y del mundo entero.

De hecho en su muerte en cruz, hubo signo extraordinarios en el cielo.

 

5. Hermanos, este es el panorama del Adviento: Jesús vino en la Encarnación; Jesús viene hoy, íntima y realmente al corazón; Jesús vendrá un día como Señor de la Historia.

Surge, pues, la pregunta operativa: ¿Qué actitud tomar frente a su venida? Caben múltiples actitudes.

Una, muy frecuente: No quiero pensar en ello. Voy a vivir la vida conforme vaya viniendo. La vida es una serie de oportunidades, y triunfa y disfruta el que saber aprovecharse de ella, sin tener escrúpulos ante la falsedad y la mentira. Esta actitud de momento, por apetitosas que sean las apariencias, no resuelve las preguntas que yo llevo dentro.

O caben otras dos actitudes:

-          El miedo

-          o la confianza.

Hay razones para tener miedo, si leemos algunas frases del Evangelio, que presentan unas decisiones absolutas.

. “Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos (Mt 7,13-14).

Aquel día muchos dirán: “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre hemos echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?”. Entonces yo les declararé: “Nunca os he conocido. Alejaos de mí, los que obráis la iniquidad” (Mt 7,22-23).

 

Todo esto es muy serio.

Pero cabe otra actitud. Si yo me he declarado discípulos de Jesús, y quiero seguir su vida y doctrina, si yo creo firmemente que él me ha creado por amor, que él me ama, y que me va a amar hasta el fin, entonces, cabe una actitud de confianza sin límites, una confianza que me llena de alegría, “y nadie os podrá arrebatar vuestra alegría”, les dijo Jesús a sus discípulos en la cena.

Y esta es la actitud legítima y verdadera del Adviento. Y volvemos al principio: “Adviento, tiempo de una expectación piadosa y alegre”. Nos lo ha dicho el Evangelio: “Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación.

Y nos lo recordaba san Pablo en la primera carta que escribió, que es la primera carta a los Tesalonicenses. “(que el Señor) afiance así vuestros corazones, de modo que os presentéis ante Dios, nuestro Padre, santos e irreprochables en la venida de nuestro Señor Jesús con todos sus santos” (1Tes 3,13).

Terminemos, pues, hermanos, estas palabras alzando la cabeza y mirando a Jesuscristo, autor de nuestra salvación:

Señor Jesús, yo quiero vivir un Adviento hermoso, guiados por los mensajes que voy a ir recibiendo en la celebración de la Eucaristía; quiero vivir una expectación piadosa y alegre, porque eres tú, que me amas, que vienes a mí. Amén.

(Nota, homilía remodelada, una vez que se pronunció de modo espontáneo antes de ser escrita).

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