sábado, 16 de junio de 2012

243. El Jesús de las parábolas




Homilía sobre el Evangelio del Domingo XI del ciclo B,
Marcos 4, 26-34
La semilla que crece sola - El grano de mostaza 

Texto del Evangelio

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo.  La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano.  Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega.»
Dijo también: « ¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra.»
Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender.  Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

Hermanos:

1.  Las parábolas del Evangelio nos llevan al corazón mismo de Jesús. Y esto por dos motivos. Ningún rabino, como él, ha enseñado en parábolas: es una novedad de su modo y estilo. Es algo que Jesús ha inventado en la forma de la predicación. Esto por una parte; y por otra, el contenido de las parábolas gira en torno al núcleo del anuncio de Jesús: el Reino de Dios.
Ha sido san Marcos, testigo de testigos, quien nos da esta preciosa información: Todo se lo exponía con parábolas.
Un gran investigador de los Evangelios, un hombre lleno de piedad y sabiduría, el luterano Joaquín Jeremias, que se destaca, quizás como nadie, en el estudio de las parábolas, escribía ya hace muchos años – en 1947 – : “Las parábolas de Jesús son algo enteramente nuevo. En toda la literatura rabínica no encontramos ni una sola parábola del tiempo anterior a Jesús” (Presentación). Las parábolas transpiran el puro frescor del Evangelio que Jesús ha anunciado. Estamos ante él, escuchándole, cuando escuchamos las parábolas.

2. Y hay otra cosa: todas las parábolas hablan del Reino de Dios. Incluso, más. “Todas las parábolas de Jesús obligan a los oyentes a tomar posición sobre su persona y sobre su misión. Pues todas están llenas del ‘misterio del reino de Dios’ (Mc 4,11)” que se está realizando, y en el que Jesús es el protagonista  (Conclusión de la obra citada).

3.  “A vosotros se os ha dado el misterio del Reino de Dios”, dice Jesús, en las expresiones que nos ha transmitido san Marcos.
Entender las parábolas del Reino es entender el “misterio del reino de Dios”, y nadie lo puede entender, porque esto es don de Dios, fruto de una sabiduría que Dios pone en el corazón.

Entremos en este misterio, hermanos, con la primera de las dos parábolas de este domingo, la de la simiente que crece sola. El sembrador ha esparcido la semilla; ha hecho lo suyo y vuelve a casa. Y aquí comienza el misterio. El hombre duerme o el hombre vela, y se queda la semilla a merced de Dios. Dios tiene el sol, Dios tiene la lluvia; sobre todo, Dios tiene el secreto de la vida yacente en el germen de la semillita que está debajo de la tierra. Dios va a ser el secreto de todo lo que viene.
Y Jesús ve los campos de su tierra galilea. La historia del misterio es esta: que la semilla se hace tallo, luego espiga, luego grano, luego cosecha. Jesús se queda contemplando a Dios. No se queda mirando a las nubes, si tienen agua; ni al sol, si va a calentar las tierras humedecidas. Jesús se queda contemplando a Dios, que no va a perder un segundo en el proceso de meses de la semilla, desde la siembra a la cosecha.
Dios, solo Dios, nos está diciendo Jesús, vidente de las cosas divinas. Es que Jesús nos está hablando del Reino de Dios, y el Reino de Dios es algo infinitamente más grande de todo lo que puedan cavilar los sembradores y segadores de la semilla de la palabra de Dios.

4. Hermanos, a quienes andamos en estas cosas de Dios, de la religión, de la fe en medio del mundo, esta parábola nos deja atónitos. Porque nos invita a un cambio total de nuestros pensamientos, nos rinde y nos lanza a una fe que seguramente no tenemos, a creer que Dios está en medio del mundo, día y noche, minuto y segundo, dando germinación al Reino, que es Reino de Dios, y no Reino de los hombres, ni Reino de la Iglesia: Reino de Dios, solo de Dios.
Preocupados por el anuncio del Evangelio, vamos contemplando con dolor cómo se desmorona en tantas partes la que nosotros habíamos soñado como sociedad cristiana, y en particular como sociedad católica. México (desde donde escribo y hablo) va perdiendo católicos, pese al entusiasmo que los mexicanos han mostrado a los Papas que les han visitado: Juan Pablo II cinco veces y Benedicto XVI en marzo de este año. Brasil es especialmente el centro de nuestras preocupaciones, porque en estos últimos decenios Brasil ha causado pérdida de treinta millones de católicos.
Son asuntos que a los pastores solícitos deben preocupar. De hecho, los Papas han lanzado la consigna de la “nueva evangelización”: nueva evangelización en este nuevo continente, y nueva evangelización en la vieja Europa, de donde ha nacido este secularismo que va corroyendo la fe. A mí, sacerdote, todo esto me preocupa y me hace sufrir; pero no como causa de la propia empresa, sino como causa de Dios, de la fe en medio del mundo. Y ¿cómo no me va a preocupar, si de verdad he puesto todo el afán de mi vida en Cristo…?

5. Y ahora viene el mismo Jesucristo que me dice: El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra… la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo…
Yo, predicador del Evangelio, he de preguntarme con una pregunta que llegue hasta el fondo de mi ser: ¿Me creo de verdad lo que dice Jesús?
Jesús gustó, al parecer, el fracaso de su obra, que terminaba en el rechazo y la cruz; pero creyó en el Reino de Dios y en la acción de Dios en el mundo. Nos dijo, vuelvo a repetir, que la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo.
¡Qué difícil es renunciar a este deseo de saber, de controlar, de ver el éxito de nuestras planificaciones y sudores…! Sin que él sepa cómo, sigue sonando la frase.
Esto pide a los predicadores el amor más desprendido, más puro, libre de todo protagonismo. Esto nos está gritando a voces que nos convirtamos del todo a Dios, y solo a Dios le demos el honor y la gloria que Él merece, porque, al final, sólo Él lleva adelante la obra del Reino, del Reino de Dios.

6. La parábola siguiente nos invita al mismo desprendimiento, poniendo nuestra mirada en solo Dios. Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña.
Un granito de mostaza se pierde entre las arrugas de la mano. Así es el Reino que nosotros predicamos, el Reino que ha predicado Jesús. A los ojos humanos es algo insignificante, sin apenas apariencia. Pero esta semillita casi invisible será un día un arbusto…, un árbol que extenderá sus ramas a todas las gentes. El profeta Ezequiel, en la primera lectura de este domingo, contempla este árbol de Dios: “Aves de todas las clases anidarán en él, anidarán al abrigo de sus ramas” (Ez 17,23).

7. Mis hermanos, saquemos el corazón del fondo de las preocupaciones. Lo que está pasando en el mundo nosotros lo analizamos, pero solo Dios lo sabe.
Solo Dios, solo Dios…, a Dios y solo a Dios la gloria y el poder.
Oremos como Jesús: Padre, santifica tu Nombre, trae tu Reino, implanta tu Voluntad aquí en la tierra como la haces en el cielo.
Padre, por tu solo honor y gloria, cumple en nosotros la obra de tu Reino. Amén.

Puebla, 16 junio 2012

jueves, 14 de junio de 2012

242. Sagrado Corazón: Nací para ser amado y amar


Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús:
Juan 19,31-37

Texto del Evangelio

Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: "No le quebrarán un hueso"; y en otro lugar la Escritura dice: "Mirarán al que atravesaron."

Hermanos:

1. Hoy es el día del sagrado Corazón de Jesús. Sagrado Corazón de Jesús, así decimos por abreviar. Sacratísimo Corazón de Jesús, dice el título de la liturgia de esta solemnidad. Y, al amparo de la Escritura, vamos a reflexionar – a contemplar, más bien – el amor invicto de Dios, que tiene un nombre en la creación y en la familia humana: Jesús.
Jesús de Nazaret, contemporáneo de todas las edades, compaisano de todos los hombres. Mirarán al que atravesaron, esta es la consigna de hoy, una frase del profeta Zacarías que san Juan la ha tomado como el primer icono del Corazón de Jesús. Jesús en la Cruz, con el corazón abierto, manando vida – sangre y agua- como palabra de Dios en la historia.
Hermanos, a velas desplegadas tenemos que hablar del amor, dirigidos también con la mano de Juan que escribió en sus cartas: Dios es amor. Y repitió: Dios es amor.
El actual Papa, Benedicto XVI, al dar su primera palabra al mundo en la encíclica inicial de su pontificado (Navidad 2005), tomó esta proclamación para decir todo de una vez: Dios es amor, Deus caritas est.
Insisto, vamos  navegar por los mares sin fondo del amor.

2. Si yo fuera filósofo, quisiera decir a mis hermanos los hombres: La vida es el punto de arranque de todo pensamiento. Nada hay superior a la vida, y todo retorna a ella, abierta a lo infinito. ¿Qué es el amor, humanos que me escucháis? El amor no es otra cosa que la revelación de la vida, la comparecencia de la vida, la presencia de la vida, el amanecer, la plenitud y el ocaso infinito de la vida. El amor es la forma suprema de la vida, la esencia misma de la vida.
Pero como filósofo que ha bebido en las aguas de la Escritura, tendría que añadir, y añado: El amor no es otra cosa que la vida de Dios aparecida en medio de los hombres; porque Dios es amor, y, por lo tanto, el amor es Dios.
El amor es la revelación de Dios, la aparición de Dios, la presencia de Dios, la comunión de Dios vuelto al mundo. Estamos bajo la omnipotencia del amor de Dios, único rector de la historia, que no puede quedar domeñada por poderes extraños. Dios es el amor invicto del hombre.

3. Y tornamos al punto de arranque: Mirarán al que atravesaron. Nosotros no miramos una idea; miramos a un ser humano que ahora vivía y acaba de morir. No le han bajado todavía de la Cruz, y ese costado abierto, con el corazón que mana sangre, es el lazo que une la vida terrestre y ultraterrestre de Jesús, la única vida del Hijo de Dios.
Ahora resulta, mis queridos hermanos, afinando el perfil de nuestros pensamientos que el amor no solamente es Dios, sino que del modo más preciso, el amor es la historia de Dios, esto es:
- la encarnación de Dios en Jesús,
- la muerte de Dios en su Hijo amado, Jesús,
- la resurrección de Dios en Jesús de Nazaret, vencedor en el amor.
El amor  no es un ente de pensamiento; no es ese punto central y radial para dar sentido a todo cuanto se agita en la mente del ser humano, que por necesidad intrínseca no puede menos de pensar. El amor ya no es una palabra abstracta, la más bella de cuantas existen; el amor es Alguien, el amor es lo más concreto, es el amante Jesús. Y demos a las palabras la densidad que llevan consigo mismas, ajenos a todo romanticismo.

4. Mirarán al que atravesaron. Jesús en la Cruz: de él estamos hablando. Esa es la efigie del Corazón de Jesús, del Sagrado, del Sacratísimo Corazón de Jesús:
- amor de sangre,
- amor de muerte,
- amor de la entrega exhaustiva.
Los amó hasta el extremo, dice san Juan, antes de la Cena. Amar…, ni más no pudo, ni se puede pensar que pudiera.
Sigamos, pues, hermanos, filosofando como amantes del pensar. ¿Qué es el amor? El amor es el amor total de Dios, sin posibilidad de que pueda haber una amor más grande.
Y ese amor total – puntualiza el filósofo – es el amor gratuito, porque es de la esencia divina que Dios no pueda amar, sino amando gratis. Dios no puede rebajarse a amar a cambio de una mercancía provechosa. Dios, amando, ama gratis: gratis, y del todo y para siempre.
Todo esto lo estamos contemplando, admirados y atónitos, en la imagen que se yergue en el Calvario.
El Dios de los cristianos es el Dios del amor;
el mensaje cristiano, el Evangelio de Jesús, no es otro que éste: Dios es amor.

5. Pues esta es la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús que en este viernes celebra la Iglesia.
Si esto toca nuestro corazón, transforma radicalmente nuestra vida.
En efecto, aquí se produce el encuentro. El ser humano ha nacido para ser amado, y para abrirse en correspondencia al amor experimentado: ser amado y amar; ser amado por Dios y amar a lo divino, arrebatando en ello todas las fuerzas humanas del corazón.
Estamos, pues, dando vueltas y vueltas al eje de la existencia, divina y humana: Dios es amor.

6. Pero un extraño pensamiento, como una sombra, se acerca al acecho: Pero Dios es justicia, y hay que poner la balanza en el justo medio.
Dios es justicia – en el sentido más usual de la palabra – sí es cierto; como es cierto que Dios es santidad, Dios es sabiduría, Dios es verdad…
Ahora bien, hermanos, si en la cápsula de nuestro cerebro queremos poner al par el amor y la justicia, seguro que descomponemos la imagen de Dios, al quitarle el centro de unidad. La Escritura pone ese centro de unidad en el amor, y de ninguna manera en un atributo vindicativo del honor divino.
Dios es amor, seguiremos repitiendo con respecto y adoración, ensalzando la gloria divina.
Y al amparo de ese amor trataremos de recoger nosotros nuestra vida con la seguridad humilde y firme de que no andamos errados.
Dios es amor total y gratuito, decíamos.
Para nuestro propio consuelo, miremos otro perfil: Dios es amor misericordioso. Y esa misericordia ¿en quién la vemos sino en el Hijo amado, que “me amó y se entregó por mí”…?

7. Mirarán al que atravesaron. ¡Oh Jesús, infinito amor del Padre, yo te miro, porque primero me has mirado tú a mí!
Que al atravesar la frontera de la muerte me encuentro con esos ojos misericordiosos y en ellos encontraré el infinito amor de Dios, que mana de tu Corazón. Amén.

Puebla de los Ángeles, jueves víspera del Sacratísimo Corazón de Jesús, 14 junio 2012.

sábado, 9 de junio de 2012

241. En torno a la verdadera familia de Jesús


Homilía sobre el Evangelio del Domingo X del ciclo B,
Marcos 3,20-35


Texto del Evangelio (versión oficial de la Conferencia Episcopal Española)

Llega a casa y de nuevo se junta tanta gente que no les dejaban ni comer.
Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí. Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: “Tiene dentro a Belzebú y expulsa  a los demonios con el poder del jefe de los demonios”. Él los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas: “¿Cómo va a echar a Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa.
En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre”. Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.
Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dice: “Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan”. Él les pregunta: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?” Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice: “Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”

Hermanos:

1. El texto del Evangelio de hoy junta tres momentos de la vida de Jesús – tres escenas muy sorprendentes – que la Biblia de la Conferencia Episcopal Española los reúne con este título: Los escribas de Jerusalén y la familia de Jesús.
Jesús, que ha salido de una aldea sin importancia – Nazaret -,  es un hombre público, y han bajado escribas de Jerusalén, escribas, por lo tanto. autorizados para examinar esta conducta desconcertante, especialmente esa actividad contra los demonios que Jesús tan llamativamente está ejerciendo.
Y esto acontece en medio de la que podríamos llamar la vida fragorosa de Jesús. Es el primer momento de esta sección Evangelio y vamos a prestarle la atención que merece.

2. Llega Jesús a casa. Estamos en Cafarnaúm, se supone. Y es tanta la apretura y el barullo de la gente que lo requiere, que ni les dejan comer. Para sentarse y comer, uno necesita un poco de tranquilidad, un poco de tiempo, un poco de paz. Cuántas veces le acontece a alguien, en la vida febril de hoy, comer a medio comer, de pie, devorar más bien que comer, porque le está presionando una situación urgente que ha de resolver. Esto le puede ocurrir a cualquier trabajador. Y es una situación muy típica que muchas veces les sucede a los sacerdotes los sábados y domingos.
Si comenzamos a deshilar un poco este pensamiento, a lo mejor nos apartaríamos de este Evangelio, que lleva por dentro tal carga dramática. Esta situación de agobio estresante la conocemos de cerca.
En cierta ocasión en que yo daba Ejercicios a una tanda de jóvenes sacerdotes, les preguntaba familiarmente: 
- Díganme, ¿cuántas misas celebraron ustedes el último domingo o sábado por la tarde y domingo? 
Hay quien cinco, hay quien siete…, acaso más.
- Eso no puede ser así.
- Ya lo sabemos…, pero… ni modo.
Problema serio de pastoral, mencionado solo de pasada, para que, como fieles, también caigamos en la cuenta de esto, y sepamos comprender a los sacerdotes. A veces uno no tiene tiempo ni para ser simpático…
Pero volvamos al corazón del Evangelio, que esconde un tremendo drama.

3. Ha habido momentos en la vida de Jesús en que han pensado que estaba loco, o poco menos que loco. Ese entusiasmo, esa exaltación, esa especie de furor sagrado, hace pensar a gente no bien intencionada que Jesús es un psicópata.  Y anota el texto evangélico de Marcos que su familia fue a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí, esto es, loco... El texto queda un tanto ambiguo y no han faltado quienes han conjeturado que esa opinión de que estaba fuera de sus cabales pertenece también a miembros de su familia; pero exegéticamente el juicio queda indeterminado: “se decía que estaba fuera de sí”.
Nos gustaría poder examinar esta supuesta locura de Jesús, porque si el Evangelio no nos vuelve locos…, a lo mejor es que no lo entendemos.

4. Jesús ha expulsado demonios, y puede que estos incidentes son interpretados por sus críticos como signos de locura. Es un hecho firmemente constatado que Jesús lanza demonios, y que los demonios salen con signos violentos e, incluso, echando espumarajos… Nos gustaría que la figura divina de Jesús – de ese a quien llamamos el sagrado Corazón de Jesús – fuera más normal, acompasada a lo que nosotros asignamos a un carácter dulce y apacible. Ahora bien, aunque no se puede encasillar el carácter o temperamento de Jesús en ninguna de las clasificaciones ideadas por los psicólogos, bien vemos por múltiples textos evangélicos que Jesús era pasión y fuego.
Esa pasión Jesús la ha sacado a flote en contra del poder de Satanás. Jesús ha expulsado a demonios más que nadie. Y los inquisidores venidos de Jerusalén tienen su veredicto: Jesús mismo es un endemoniado; lleva dentro a Belzebú, el príncipe de los demonios. Jesús entra en combate y aniquila la acusación: Si Satanás arroja a Satanás, se acabó el imperio de Satanás. ¡Qué más quisiera un endemoniado que endemoniar a todo el mundo y hacer que Satanás fuera el Rey del mundo! Las sectas diabólicas, con sus ritos macabros, pretenden la muerte y el dominio de Satanás.
Pensar eso de Jesús y no ver en él al Espíritu Santo, Espíritu de santidad, de liberación y de amor, de la bondad de Dios misericordioso, es el mayor pecado que se puede cometer: ver al Enviado de Dios, que es enviado de gracia, como el demonio. Y lo escribas escrutadores, mientras contemplan a Jesús así, están en diametral oposición al Espíritu de amor de Dios. Un pecador, por gran criminal que sea, si reconoce que es pecador, al instante queda perdonado por Dios; pero si uno rechaza al Enviado de Dios como demonio, está dentro del pecado puro. Eso, y no otra cosa, es pecar contra el Espíritu Santo.

5. El Evangelio de hoy también nos habla de la familia de Jesús, un tema delicado e incluso espinoso, donde quedan flecos al aire sin resolver.
Entre los familiares de Jesús hubo quienes se resistieron y no pasaron a ser discípulos suyos. Otros sí, y el caso más distinguido fue el de Santiago, “el hermano del Señor”, que estuvo al frente de la comunidad de Jerusalén.
Hablando de familia, el Evangelio – y en este caso son Marcos, Mateo y Lucas – nos hablan de una escena llena de realismo. Jesús está hablando del Reino de Dios, y llegan su madre y sus parientes. La gente que tenía en corro le dice que su madre y familiares lo buscan. Respuesta de Jesús: ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y ahora Jesús responde con la mirada, con el gesto y con las palabras: “Estos son mi madre y mis hermanos”.  Y la sentencia definitiva que alcanza hasta nosotros: “El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”.

6. Nunca lo acabaremos de meditar: ¿Yo soy madre de Jesús, intimidad de Jesús? ¿Yo soy hermano de Jesús, hermana de Jesús? ¿Yo soy la nueva familia de Jesús, la que permanece para toda la eternidad? ¿Yo soy miembro de la Voluntad de Dios? ¿Yo estoy totalmente traspasado por la Voluntad de Dios?
Si digo de verdad que sí, entonces he nacido de Dios por obra del Espíritu Santo; estoy en la Voluntad de Dios y soy hermano de Jesús.
La Virgen María como nadie ha tenido este parentesco con Jesús.
Podemos terminar diciendo: Madre de Jesús, Virgen María, que hiciste perfectamente la Voluntad de Dios, ruega por mí, para que yo también cumpla siempre la Voluntad de Dios y sea verdaderamente hermano de Jesús. Amén.

Puebla de los Ángeles, 9 junio 2012

miércoles, 6 de junio de 2012

240. Corpus Christi y la nueva “primavera eucarística”

Meditación eucarística
para derramar todo el ser en la presencia del Señor




Hermanos:

1. Mañana es Corpus Christi. Abro la agenda litúrgica aquí donde estoy (México), y encuentro este aviso: “Por disposición de la Santa Sede, debe haber en el calendario de cada país cuatro fiestas de precepto que habitualmente no caigan en domingo. En México son: Corpus, Guadalupe, Navidad y Santa María Madre de Dios”.
Mañana es Corpus Christi, una fiesta de homenaje y de adoración a Jesús. Cuántas veces he pensado que el Corpus es una fiesta de “supererogación”, porque es un mero capricho de amor. Acaso un teólogo y un liturgista, con razones brillantes, pueda decir: ¿Y para qué? Si la Eucaristía es fiesta por sí misma cada vez que la celebramos, cada domingo, incluso cada día…
Es que el corazón tiene razones que la razón no comprende, como dijo Pascal, siglos después, hablando no precisamente de esto. Y hubo un gran teólogo, Tomás de Aquino, que por encargo del Papa escribió un himno, una ritmo jubiloso – Adoro te devote – para esta fiesta, que nacía, incluso todo el oficio.

2. La fiesta del Corpus nos sumerge en un clima de meditación y de dulce adoración del cuerpo santísimo del Señor. Vuelvo sobre antiguos pensamientos míos que alimentaron mi corazón y en su día traté de compartir:
“¿Qué es la Eucaristía?, se preguntaba la Iglesia mientras va caminando entre los hombres, pensando con el pensamiento de las épocas, sintiendo con los dolores y gozos de cada generación. La respuesta complexiva nos desborda. Porque la Eucaristía es Presencia, es Sacrificio, es Acción de gracias o ‘Eucaristía’, es Memorial, es Actualización, es Escatología, es Cena y Banquete, es Comunidad-Iglesia, es Compromiso por ser Muerte por el mundo… La Eucaristía es, en suma, cuerpo de Cristo.
Al cuerpo de Cristo viene a parar la historia de Israel y la breve historia de Jesús en su paso por nosotros; y desde este cuerpo se abre la nueva historia, el mundo que viene, en el que ya estamos. La teología del cuerpo de Cristo es sin más la teología de la historia. En ese cuerpo se concentra la historia: el cosmos que surge gratuitamente por voluntad de Dios (sólo la fe nos descubre la comparecencia del mundo), la historia de la humanidad doliente, la espera del hombre que, por instinto del Espíritu, aguarda un destino en Dios…”

2. La fiesta del Corpus tiene razón por sí misma, sea cual sea su origen en la Iglesia, un sentido que se justifica por la teología eucarística de la adoración. Benedicto XVI contempla en la Iglesia el amanecer de una primavera eucarística: “Quiero afirmar con alegría que la Iglesia vive hoy una «primavera eucarística»: ¡Cuántas personas se detienen en silencio ante el Sagrario para entablar una conversación de amor con Jesús! Es consolador saber que no pocos grupos de jóvenes han redescubierto la belleza de orar en adoración delante del Santísimo Sacramento” (en la audeincia que a continuación citaré).
Tiene sentido esta fiesta por sí sola, pero es emocionante conocer cómo nació, porque esta y tantas cosas bellas han sido por obra de una mujer. Recordarán que en las catequesis de las audiencias de los miércoles el Papa, estos últimos años, ha rescatado a unas grandes mujeres de la Edad Media, nombres que casi se diría que antes estaban reservados a los estudiosos de la historia de la espiritualidad. Pero el Papa ha considerado que el conocer estos nombres y estas vidas es patrimonio vital de todo cristiano adulto que siente humilmente el orgullo de pertenecer a la Iglesia santa a la que pertenecemos. El 17 de noviembre de 2010 hablaba de esta santa que está en el origen de esta fiesta: santa Juliana de Cornillon.
Si quien lee o escucha estas páginas es una hermana o un hermano de la familia franciscana, le diré que la biografía de santa Juana de Cornillon coincide en años con la de santa Clara: Nació un año antes que ella; murió cinco años después (santa Clara en 1253; santa Juana de Cornillon en 1258).
Es tan hermosa y sencilla la catequesis del Papa, que me deleita volver a ella.

3. “Juliana nació entre 1191 y 1192 cerca de Lieja, en Bélgica. Es importante subrayar este lugar, porque en aquel tiempo la diócesis de Lieja era, por decirlo así, un verdadero «cenáculo eucarístico». Allí, antes que Juliana, teólogos insignes habían ilustrado el valor supremo del sacramento de la Eucaristía y, también en Lieja, había grupos femeninos dedicados generosamente al culto eucarístico y a la comunión fervorosa. Estas mujeres, guiadas por sacerdotes ejemplares, vivían juntas, dedicándose a la oración y a las obras de caridad…”
Juliana creció y fue educada en un monasterio  “Adquirió una notable cultura, hasta el punto de que leía las obras de los Padres de la Iglesia en latín, en particular las de san Agustín y san Bernardo. Además de una inteligencia vivaz, Juliana mostraba, desde el inicio, una propensión especial a la contemplación; tenía un sentido profundo de la presencia de Cristo, que experimentaba viviendo de modo particularmente intenso el sacramento de la Eucaristía y deteniéndose a menudo a meditar sobre las palabras de Jesús: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20)”.
El Papa en su catequesis familiar nos ha contado la vida de esta monja virtuosa y tenaz que se sintió con esta vocación de adoración pública a la Eucaristía. Tras muchos recelos, incomprensiones e incluso persecución… vio cumplido su deseo.
“Fue precisamente el obispo de Lieja, Roberto de Thourotte, quien, después de los titubeos iniciales, acogió la propuesta de Juliana y de sus compañeras, e instituyó, por primera vez, la solemnidad del Corpus Christi en su diócesis”.
“Falleció en 1258 en Fosses-La-Ville, Bélgica. En la celda donde yacía se expuso el Santísimo Sacramento y, según las palabras del biógrafo, Juliana murió contemplando con un último impulso de amor a Jesús Eucaristía, a quien siempre había amado, honrado y adorado”.
El Papa Urbano IV, de tres breves años de pontificado, la estableció en la Iglesia en 1264; un año antes había ocurrido el milagro de Bolsena.

4. Fiesta del Corpus Christi, fiesta de adoración. ¿Qué es adorar, hermanos? Adorar es derramar el ser entero ante la presencia de Cristo, a quien amamos.
Solo el que ama puede adorar.
Solo el que ama fascinado puede adorar fascinado.
La adoración es una forma de contemplación en silencio. Adorar es estar recibiendo y entregando. El que adora recibe, escucha, acoge. Todo Dios en todo su misterio llega al corazón adorante, a la criatura, que ha nacido dispuesta para adorar y unirse con su Dios.
El Jesús a quien adoramos en el Santísimo Sacramento es todo Dios. Cuando estamos ante el sagrario, fijos los ojos en Jesús, nos dejamos seducir por ese Jesús del sagrario, que es el Jesús de los Apóstoles, el Jesús de los caminos de Palestina. El sagrario ha sido el hogar de muchas vocaciones.
Adorar a Jesús es hundir su mirada en él. Y mucho agrada a los jóvenes esta forma de contemplación. Por eso habló el Papa de una primavera eucarística.
Termino, hermanos, mi sencilla consideración con esa jaculatoria que millones de veces ha resonado en el corazón de los adoradores:
¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar!
¡Sea por siempre bendito y alabado! Amén.

Puebla de los Ángeles, miércoles 6 de junio de 2012.

viernes, 1 de junio de 2012

239. Dios es Trinidad: relación, comunión, amor


Homilía sobre el Evangelio de Mt 28,16-20

En aquel tiempo o los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron. Acercándose a ellos,  Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos,  el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos».




Hermanos:
                                                                                                           
1. Hoy es el Domingo de la Santísima Trinidad. Algunos pueden pensar: Si hoy es la fiesta de la Trinidad, es el día más grande del año, porque la Trinidad es lo más sublime y sagrado que creemos los cristianos y de la Trinidad viene todo: el misterio de la Encarnación, el misterio de la Cruz y de la Resurrección, el misterio del Pentecostés y del Espíritu Santo, y, en fin, el misterio de la Iglesia.
Este pensamiento grandioso, en realidad, es erróneo. Hoy no es la fiesta de la Trinidad, como tampoco Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo. Si así lo fuera el Padre Dios se quedaría sin ninguna fiesta, lo cual sería una injusticia fatal.
La fiesta central del año, la fiesta de las fiestas, es la Pascua, la santa Resurrección del Señor, fiesta que dura cincuenta días, coronados con la manifestación de Pentecostés.
En realidad, no celebramos la fiesta de la Trinidad. La  Trinidad no necesita ninguna fiesta. La celebramos todos los días y varias veces al día, desde el momento que, al empezar la misa y otros actos, decimos, haciendo la señal de la Cruz: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.
Es, sí, el Domingo de la Trinidad, por cuanto que en este domingo se nos invita a reflexionar en el misterio infinito de Dios. ¿Quién es realmente Dios para nosotros, cristianos, que lo confesamos según lo que Jesús nos ha enseñado? Dios es misterio infinito, y para balbucear alguna palabra, decimos: Nuestro Dios, el Dios de las santas Escrituras, desde el principio al final de la Biblia, Dios es personal, Dios es relación, Dios es comunión, Dios es amor, Dios es amor desbordado, Dios es vida de amor, historia de amor. Eso es la Trinidad.

2. La puerta de acceso a la Trinidad es Jesucristo. En el momento en que a los humanos se le dio el verdadero conocimiento de Jesucristo, se le dio la Trinidad. Apareció que el Padre de Jesús, era el Padre Dios, origen de todo y creador del mundo. Y se descubrió que el Espíritu que actuaba en la vida de Jesús era ni más ni menos que el Espíritu de Dios, era el ósculo de amor del Padre y del Hijo, era el fruto de la Trinidad, la ultimidad de Dios, la belleza sustancial de Dios, que ningún pecado pueda manchar.
Al descubrir la divinidad de Jesús, se descubrió que Jesús, el Hijo amado de Dios, era el Dios inmanente del hombre, que está en el centro  de mi ser. Se descubrió que la inmanencia de Dios en el fondo del ser es la misma inmanencia de la Trinidad en mi corazón.
El ser humano ha sido divinizado, y es portador de Dios hasta pasar la barrera de este mundo. Yo, criatura en medio del mundo, soy el sagrario de Dios, la morada de Dios. “He hallado mi cielo en la tierra – decía la carmelita sor Isabel de la Trinidad (hoy beata Isabel de la Trinidad) – porque el cielo es Dios, y Dios está conmigo”. Se trata de esa verdad de fe de nuestra religión que llamamos “la inhabitación de la Trinidad en el alma en gracia.

3. ¿Qué dicen, pues, los textos evangélicos?
El Evangelio san Mateo nos presenta la última aparición de Jesús y en ella el misterio de la Trinidad. Los discípulos fueron al monte que Jesús les había indicado.
Jesús se aparece en una montaña. Jesús es el Sinaí de los hombres; es la montaña de paz que vio Isaías, hacia la que confluyen todos los pueblos. Jesús es la montaña de Dios, la cima de mi vida.
Al verlo, los discípulos se postraron, rindiendo su adoración. Pero algunos dudaron, porque la vida ha sido, es y será misterio. Y humanamente hay razones para dudar de lo más sagrado. No dudar no es mérito; es gracia que Dios concede. Y por ello tenemos que tener respeto y comprensión de los que dudan, incluso siendo discípulos, de aquellas personas que, según confiesan, tienen más incertidumbres que certezas.
Y Jesús, que es el Dios de la Encarnación, se acerca a ellos, como hoy se acerca a nosotros. Este acercarse de Jesús es la venida permanente que tiene llegando a nuestros corazones. Les dice que se le ha concedido pleno poder en el cielo y en la tierra. Jesús es la toda salvación de Dios para todos los hombres; es el anillo de Dios con el universo y el abrazo del Padre para todas las criaturas, abrazo que nosotros, al sentirlo, nos estremece con la ternura de Dios, porque Jesús ha sido, es y será el “Dios con nosotros”.
Se me ha dado pleno poder; por eso, haced discípulos a todos los pueblos. No es fanatismo, hermanos; no es imperialismo de alguien que jamás ambicionó poder alguno en esta tierra. Es el celo de un hermano que quiere que todos los pueblos reconozcan a ese Dios de amor, que es el único Dios que existe y vive.

4. Y el último don que Jesús tiene que darnos es el don de Dios mismo, el Dios viviente y verdadero que es Dios-Trinidad. El bautismo no es más que la donación Dios: del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Nosotros, poseyendo a Dios, tenemos el secreto de la vida, y la esperanza y la rotunda seguridad.
Al pronunciar las tres palabras juntas, que no las queremos separar ni por una coma – el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo – estamos diciendo que Dios ciertamente es persona, pero una persona tan singular que no existe una sin la otra, y que no actúa ninguna sin la otra. El Dios interpersonal, ante el cual adora la filosofía, es uno y es trino. Dios es relación, Dios es comunión, Dios es donación; donación en la intimidad de sí mismo y donación que es desbordamiento de amor hacia el mundo.
Si aceptamos a este Dios viviente, ¡qué chiquitos y hasta ridículos nos parecen nuestros más graves problemas!
La dimensión de nuestra vida la debemos tomar de Dios: ver que toda criatura arranca de Dios y vuelve a Dios.

5. Jesús pone su firma, que es su presencia vital: Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos.
La presencia dinámica de Jesús día tras día, todos y cada uno de los días hasta que el mundo se acabe, sin que nadie sepa cuándo ni cómo, esa presencia de Jesús, rostro esplendente de la Trinidad es la serenidad de nuestra vida, y el futuro perfilado de la Humanidad.

Mis hermanos ¡cómo deberíamos grabar en el corazón estas firmes convicciones…!
Que la Trinidad no es abstracción, sino realidad y presencia.
Que la Trinidad no es una verdad filosófica, sino historia de amor.
Que la Trinidad no es la in finita lejanía de Dios solitario más allá de todas las galaxias por descubrir, sino el Dios cotidiano, el Espíritu derramado por el cual somos hijos de Dios, la compañía cotidiana de mi intimidad y mi diálogo.
Sublime Trinidad de adoración y Dios esponsal que arrebata todos los amores.
Esa es la Trinidad; ese es el Dios de la fe, que con un lenguaje siempre inacabado nos presentan las santas Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento.
¡A ese Dios derramado sea la gloria y la alabanza por los siglos de los siglos! Amén.

Puebla, 1 junio 2012 (memoria de san Justino).


Nos remitimos a los Himnso que hemso compuestos para adorar el misterio de la Trinidad (para el segundo y tercero ir bajando en la misma página): Misterio original, final misterio;  Divinas Tres Personas que sois uno;; Es Trinidad.

viernes, 25 de mayo de 2012

238. El Espíritu infundido del aliento de Jesús



Homilía sobre el Evangelio de Pentecostés
Ciclo B,  Evangelio según San Juan (Jn 20,19-23).

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús  repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».  Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».


Hermanos:

1. Hoy es Pentecostés, corona de la Pascua.
Si la Biblia es historia de la salvación, Pentecostés es la explosión de la Trinidad en el mundo y en la historia humana, y el anuncio del triunfo soberano de Dios en el remate.
La resurrección de Jesús nos revela la filiación divina del Hijo; y en correspondencia la paternidad soberana, entrañable y amorosa del Padre, que en su Hijo tiene su historia total.
Y esta fiesta de Pentecostés, que es la fiesta de la promesa cumplida, nos revela el rostro de la Trinidad beatífica y salvadora.
Todas nuestras palabras se quedan tímidas, lejanas a lo infinito de la realidad que quisieran transmitir. Nuestras palabras humanas quisieran portadoras de Dios, la carroza de la divinidad que se pasea por la tierra de los hombres, pero que es y no puede dejar de serlo, tierra de Dios.
Pentecostés aparece como el presente y el futuro de Dios, presente y futuro que me cubre a mí, y yo también quedo traspasado de fuego y de luz, ungido con los siete dones del Espíritu Santo, en espera de que pase el día de este mundo y la patria sea la posesión plenaria de Dios, Dios como Padre, Dios como Hijo, Dios como Espíritu y yo quede asumido y glorificado en el seno de la Trinidad. ¡Ven, Señor Jesús!, proclamaban los cristianos y sigue clamando la Iglesia en sus celebraciones.

2. Hay dos formas en que se manifiesta el Espíritu en la Iglesia:
una es la que podríamos llamar Sinaítica, cuando Dios desciende a la montaña y ese Dios en nuestra esfera se hace teofanía, esplendor y gloria;
otra es la manifestación personalizada en la intimidad mía, fundiendo el Dios del cielo su vida con la mía, o en la vida sacramental donde el Espíritu actúa como fuerza creadora de Dios. En todo caso, Dios llega al hombre en la fe y a través de la fe.
En Pentecostés celebraban los judíos el don de la Ley en Pentecostés y lo siguen celebrando, ateniéndose, en cuanto a las fechas, a su tradicional calendario.

3. Pentecostés es el Sinaí del Nuevo Testamento. Dios baja a la tierra en forma de lenguas de fuego, y quiere que el mundo se encienda por labios de los apóstoles.
“Al cumplirse los días de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados” (Hch 2,1-2).
Jesús había dicho: “He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!” (Lc 12,49). Pues ya ha bajado el fuego del Sinaí; ya los apóstoles, por el Espíritu, hablan en la lengua del amor de todos los pueblos; ya comienza la Misión por múltiples países: partos, medos, elamitas, Mesopotamia, Judea, Capadocia, Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, romanos, cretenses, árabes… Y todos cantan las grandezas de Dios.
Los discípulos de Jesús quieren hacerse presentes en todos los países de la tierra, y por la gracia de Dios, lo están. La Iglesia no es una sociedad proselitista; es una comunidad de testigos que quiere expandirse y llenar la tierra.

4. Pero el Espíritu, que llega cuando Cristo ha terminado su obra y es el fruto de la obra de Jesús, acontece en la misma tarde de la resurrección. Y es lo que hoy nos anuncia el Evangelio con un lenguaje de intimidad, en un evento místico que sucede en los apóstoles en nosotros, si nos dejamos invadir por el Espíritu de Dios.
Vayamos a revivir lo que entonces pasó, que pasa en medio de nosotros.
Jesús se apareció a sus discípulos y les dio la paz. No era un saludo de rutina, sino que, en verdad, entregaba el don supremo de la paz. La paz es el abrazo de Dios; es el supremo bien, porque es el conjunto de todos los bienes. Y esto es lo que el Señor, el Resucitado anuncia y entrega a su Comunidad, y con ella hoy a nosotros, porque pentecostés es un misterio que hoy queda actualizado. Pentecostés es el día de la Paz, abrazo de Dios.
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Ya no se trataba de dar pruebas. Ese signo de Jesús, que bien podemos interpretarlo como signo sacramental, es un signo de apertura y donación. Era decirles: Acercaos, entrad; soy vuestro. Vuestra casa, a partir de ahora, va ser este atrio de mis manos abiertas para vosotros, y el santuario de mi corazón, en el cual podéis entrar y allí vivir. La vida divina de Dios en Jesús será nuestra vida: en ella respiraremos. El cuerpo santísimo de Jesús es el santuario de los cristianos. Jesús ah entrado con las puertas cerradas, y él abre una puerta nueva y una morada distinta y para siempre: su corazón.

5. Hay un nuevo signo corporal y sacramental. Jesús recoge el aliento de sus pulmones y lo exhala sobre ellos. San Juan nos había contado en otro pasaje cómo, cuando María de Betania, antes de la Pascua, ungió los pies del Señor, “la casa se llenó de la fragancia del perfume” (Jn 12,3). Ahora la Casa, pero la casa espiritual, que es la Iglesia, se impregna del aliento de una persona, Jesús, ye se Aliento, como en el día primordial de la creación, es el Espíritu. La Iglesia toda huele a Jesús, huele a Espíritu Santo, huele a Dios. Y nosotros nos dejamos embriagar de ese perfume que pasa a nuestros pulmones.

Recibid el Espíritu Santo, dice Jesús. Donde está el Espíritu santo estará la santidad de Dios; por ello, con el don pleno del Espíritu, Jesús entrega el don de perdonar los pecados.
Jesús nos ha entregado con el Espíritu la gracia de Dios, la amistad divina.
¡Qué hermosa es esta doctrina que luego los apóstoles van a desarrollar”. San Pablo nos explica:
“A cada cual se le da la manifestación del Espíritu para el bien común. Del mismo modo que el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Porque todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, fuimos bautizados en un solo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido del mismo Espíritu” (1Cor 12,7. 12-13).

Grabemos esta frase de la lectura de hoy: Y todos hemos bebido del mismo Espíritu.
Ese Espíritu lo bebemos en la Eucaristía, hermanos.

6. Día de Pentecostés, solemnidad suprema de la Pascua. Oremos, contemplemos, gocémonos en estas realidades, que no tienen nombre adecuado en la tierra, y sin embargo son para la tierra.
En lo más auténtico y sincero de nosotros mismos dejémonos llenar del Espíritu Santo. San Francisco puso en la Regla y Vida para sus hermanos: “Sobre todas las cosas deben desear tener el Espíritu de Dios y su santa operación”.
¡Espíritu creador, Espíritu de Jesús, Espíritu, supremo don del Padre, ven a nuestros corazones y llénanos con tu presencia! Amén.

Quito, 24 mayo 2012.

En la sección de PACUA (mercba.org / Rufino María Grández) se puede ver los himnos para la solemnidad de Pentecostes


Espíritu entrañable, alto silencio