jueves, 21 de junio de 2012

244. Esencias de santa Clara - 1 Un solo carisma


Cartas de un hermano menor
a una hermana clarisa capuchina
en torno a santa Clara y su Forma de vida (2007),
reeditadas hoy (2012) con motivo de los 800 años
del comienzo de la vida evangélica de Clara (Assisi, 1212)

Carta 1
Un solo carisma


Mi querida Lidia:
Continuamos. Tras meses de silencio, continuamos. Nota al final.

En el Jardín de San Damián
Al abordar a Clara, en el Jardín de San Damián, a nuestra hermana Clara (nuestra Madre Santa Clara, dirás tú, sin que nadie pueda arrebatar de tus labios este privilegio), lo hago desde mi propio corazón pensante, con ese pensamiento amoroso, que es el único que da pureza, agudeza y fuerza..
Hay en mí un clamor callado, no por silencioso menos verdadero; no porque no salga y resuene al aire, menos armonioso. Te diré, de un golpe, como un Poeta que deja florecer sus íntimas verdades.
Clara es el soñado amor que uno quiere tener en la vida, lo que uno casi no se atreve a decírselo a sí mismo.
Clara es mi Azucena. La veo en un altar sencillo y campestre en medio de la fragancia del campo.
Desde el primer momento Clara ha enamorado a los hermanos. Fray Tomás de Celano, que tenía el alma como las cuerdas de un violín, ha tejido como un poema en alabanza a las Hermanas de San Damián, sin rubor de que la vanidad empañase a aquellas almas puras. En la Vita I de Francisco (1228) dice de Clara: “Noble por la sangre, más noble por la gracia. Virgen en su carne, en su espíritu castísima. Joven por los años, madura en el alma. Firme en el propósito y ardentísima en deseos del divino amor. Adornada de sabiduría y singular en la humildad: Clara de nombre; más Clara por su vida; clarísima por su virtud” (1Cel 18).
Las Florecillas (cap. 15) se han atrevido a imaginar un banquete celestial entre Francisco y Clara en la Porciúncula - una fantasía amorosa - cuando ardía toda la Porciúncula en una llamarada de amor.
Muy sencillamente Francisco escribió un poemita que hoy nosotros podemos disfrutar: Audite, poverelle... ¡Cuánta ternura, cuánto Evangelio en unas palabras traspasadas de candor!
Clara, sobre una biografía histórica innegable, bien documentada, viene a ser como una ensoñación o una sublimación en alas del amor. Si el amor, al hablar, no crease, se quedaría prisionero de sí mismo, y este amor comedido no sería el amor alado que llevamos dentro.


Una evocación: versos por santa Clara
Permite una evocación para entrar  en este Jardín de San Damián con poesía. Un jardín es un templo de poesía.
Clara es como una palabra que guardo escondida,  acaso como una crisálida, de la que nace la mariposa. He aquí el último Himno que he compuesto para celebrar a santa Clara, como al eco del 750 aniversario de su Tránsito, que movió tal oleada de cosas hermosas.

Encuentro matutino del amor
tu vida, hermana Clara, cual la mía:
un ímpetu que anhela y rasga el cielo
y emprende tras Jesús su travesía.

Pobreza es tu pureza, bella virgen,
pobreza es sólo Él en tus caricias;
pobreza es tu cantar de soledades
pues sólo Él, Jesús, es compañía.

Tu pecho, hermana, es tierno como un nido,
es todo para Él, a quien cobijas,
regalo que te da, virginidad,
al cálido vaivén de tus delicias.

Pobreza pura, el último misterio
de carne casta, rama florecida,
Clara, fontana fresca del amor,
resurrección de Cristo en esta vida.

¡Oh, quién pudiera en mí a ti encontrarte
oh, quién pudiera ver lo que uno ansía,
mendigo yo, oh Clara, de tu mano,
mendigo sin palabras si me miras!

¡Jesús, oh Dios, festín de enamorados,
belleza y paz, y luz de bienvenida:
a ti suba el incienso de los votos;
acéptalos, cual gloria que en ti brilla! Amén.


Por una revisión a fondo del Oficio de Santa Clara
Al escribir esta poesía (que un día entregué en Santa Verónica), también en aquella ocasión reflexioné sobre los desajustes que encontramos en el Oficio de Santa Clara, que merece otra cosa mejor, como bien patente está que toda la Liturgia de las Horas para la Familia Franciscana requiere una revisión a fondo. Me place traer aquí aquellas puntualizaciones.

Los textos bíblicos de las I y II Vísperas son textos del Antiguo Testamento, cuando ante el Magníficat sólo se lee actualmente el Nuevo Testamento.
 ¿Puedo decir yo, como antífona de Laudes: “La bendijo el Señor, y por medio de ella aniquiló a los enemigos”?
 Se introducen las preces de Vísperas dirigiéndonos al “Padre de las misericordias”, bella expresión querida por Clara; y luego... dirigimos las preces a Jesucristo. No es lógico.
 En Vísperas, en la prez por los difuntos, rogamos por “nuestros hermanos y hermanas franciscanos”. No es así: en Vísperas rezamos por todos los difuntos de la Iglesia, e incluso por todos los difuntos.
 Y hay otros interrogantes para los expertos: ¿Conviene que sea distinta la lectura del Oficio de lectura que hacemos la familia franciscana de la lectura del Oficio de toda la Iglesia? En el Oficio de san Francisco no ocurre tal.
Comparen también los expertos las antífonas en la solemnidad de santa Clara con las de la celebración de las santas vírgenes...
(Nota. Son observaciones hechas hace varios años).

Y tras esto, sigamos.
Mis reflexiones, amada hermana, giran en torno a la Regla de santa Clara, que tomamos con el alma de la vida clarisa. Y, al mismo tiempo, estas reflexiones tienen una orientación que afecta a cuanto quiero compartir contigo: son cartas de “un hermano menor” (que, en el caso, se llama Rufino). Pero, por el sentido crítico de la vida y de las situaciones que Dios ha puesto en mi mente, me pregunto en voz alta: Pero ¿tiene algo que decir un hermano menor a unas hermanas de santa Clara? Y mi respuesta es sencilla y total:
- Pues tiene tanto que decir como una hermana a un hermano.
Establecemos una ley de autoridad y una ley de reciprocidad. El carisma es uno, y la palabra, soporte natural del carisma, reposa en el hermano igual que en la hermana; en la hermana igual que en el hermano.             Soy consciente de que, hablando así, salgo del uso que ha prevalecido durante siglos. Los hermanos podían decir a las hermanas; las hermanos a los hermanos, no.

Pero también hay un matiz de consecuencias bien claras. No podemos intercambiar las palabras de un modo arbitrario. Es obvio que la Regla de santa Clara la deben comentar las Hermanas de Santa Clara, pues ellas son las que están viviendo, no los hermanos.
Y la verdad vital mana de la experiencia, no de los libros desempolvados - aunque, cierto, esté también allí, que son tesoros valiosísimos -, y lo femenino fluye de lo femenino. A Clara hay que leerla “con ojos de mujer”, y detrás de las palabras hay que captar lo que la intuición femenina está captando. De hecho, una regla dice cosas y sobreentiende otras, mas solo el que está dentro de la vida entiende lo que, sin decirse, está palpitando en la vida que se vive y que se quiere proyectar o - quizás, más bien - “significar” en una regla.


Tres argumentos convergentes hacia un solo carisma
Hay, a mi modo de ver, tres argumentos mayores, en la lectura de la Regla, que convergen  en este punto: Nuestro carisma es uno.  He aquí estos argumentos.

El primero. Hoy porfían los autores en decir que la Regla de santa Clara es Regla de santa Clara, no de ningún otro; que ella es la autora. Más aún, Clara es la primera mujer en la historia que escribe su propia Regla. ¡Enhorabuena, porque esto es un canto a la mujer!
Si esto es así - que lo admitimos - ¿por qué la Regla de santa Clara tiene doce capítulos, como la de Francisco? ¿Y por qué, sobre todo, calca y transcribe tantas frases y párrafos que ya estaban en al Regla de san Francisco? La respuesta se impone: porque Clara se siente al unísono con lo profundo de Francisco.  La Regla - diremos -, como el carisma, es una, si bien es diversas la proyección masculina y la femenina.
Se da por descontado de que la vida de plena consagración femenina es vida en reclusión, de ahí la clausura.
Otros dos aspectos habrá que aclarar, porque se muestran como desajustes de lo que vamos exponiendo. Hay dos palabras que no están en la terminología de los hermanos: abadesa y monasterio. Son conceptos jurídicos obligados del momento. ¿Habría preferido Francisco otros vocablos más afines con la sencillez de su ideal? Acaso. Pero, para dar respuesta a estas preguntas que no dejan de tener vivo interés, hay que tener más conocimiento del alma de los documentos medievales. El nombre de “Abadesa”, que en la tradición franciscana es más de oficio que de vida, lo usan tanto el Papa que aprueba la Regla, Inocencio IV, como el cardenal a quien se transmite la autoridad pontificia, Rainaldo.

El segundo argumento que apunta hacia ese solo carisma  de la misma familia - hermanos y hermanas - es el hecho de que Clara expresamente dice de Francisco que es el que instituyó esta forma de vida para las hermanas, y que él es, en sentido fuerte, el “benditísimo padre de esta plantita”.
Así pues, el fundador de la Clarisas es el bienaventurado Francisco (esto es, beatus Franciscus, que se puede traducir simplemente por: san Francisco), no Clara. Francisco es el fundador, Francisco es el autor de esta vida, que, ciertamente, ha recibido de Jesús.
Estamos leyendo simplemente el capítulo primero.

Y un tercer argumento es el siguiente: que Clara promete obediencia a Francisco.  Es una obediencia espiritual que otorga, sin duda, a Francisco no solo una autoridad carismática, sino una autoridad de decisión, si el caso lo requiere.
Hoy de ninguna manera una hermana pobre de Santa Clara puede prometer obediencia al Ministro General de los Hermanos Menores, en cualquiera de sus tres designaciones.


En suma: lo mismo que a ellos
El hecho más elocuente de este único carisma podemos verlo en aquel pequeño escrito de Francisco que Clara incluye en el cofre de su Regla: “Ya que, por divina inspiración, os habéis hecho hijas y siervas del altísimo sumo Rey Padre celestial y os habéis desposado con el Espíritu Santo, eligiendo vivir según la perfección del santo Evangelio,  quiero y prometo dispensaros siempre, por mí mismo y por medio de mis hermanos, y como a ellos, un amoroso cuidado y una especial solicitud” (Regla VI,3-4).
Y a renglón seguido remarca: “Lo que cumplió diligentemente mientras vivió, y quiso que sus hermanos hiciesen siempre lo mismo” (v. 5).
Promesa sorprendente de san Francisco, porque sus palabras, leídas con el rigor propio de lo que significan, está equiparando a hermanos y hermanas en una misma entrega de su parte. Francisco sabía perfectamente que su presencia y su palabra eran la salvaguarda segura del ideal.
Y sorprendente también el recordatorio de santa Clara: Francisco cumplió su palabra, Francisco quiso que también sus hermanos la cumplieran


Via amoris
Lidia, me parece que lo que vamos diciendo es bastante obvio; fluye como el agua que sale del manantial. Parece que, de acuerdo a estas palabras fundacionales, leídas “sin glosas”, hermanos y hermanas deberíamos ser simplemente hermanos, en una grata sinfonía sin recelos, con fragante acogida.
La realidad cotidiana es bastante distinta. La ascética levanta al punto un velo de separación, y se va imponiendo una praxis de cautela y reserva... Todo el ambiente lo propicia y las leyes canónicas lo sancionan desde el mismo nacimiento de la Regla franciscana: “Los hermanos no entren en monasterios de monjas. Mando firmemente a todos los hermanos que no tengan sospechoso trato o consejos de mujeres; y que no entren en monasterios de monjas, fuera de aquellos hermanos que tienen una licencia especial concedida por la Sede Apostólica...” (Capítulo XI). Y las fuentes biográficas se mostrarán muy advertidas para decir que Francisco a ninguna mujer miraba a la cara: solo a tal y tal... “Una vez llegó a decir al compañero: "Carísimo, te confieso la verdad: si las mirase, no las reconocería por la cara, si no es a dos. Me es conocida ‑ añadió ‑ la cara de tal y de tal otra; de ninguna más" (2Cel 112).
Acaso fuera así..., pero sentimos como si algo se nos rompiera... En el mismo capítulo, tan moralizador, Celano insiste, contando un devoto episodio: “...En cuanto lo oyó, ella, con una hija virgen consagrada a Dios, corrió a donde el Santo a llevarle lo que necesitaba. Mas el Santo, reanimado algún tanto con la refección, a la recíproca, confortó él a madre e hija con la palabra de Dios. Pero mientras les hablaba no miró a la cara de ninguna de las dos. Cuando ellas se fueron, el compañero le dijo: "Hermano, ¿por qué no has mirado a esa virgen santa que ha venido a ti con tanta devoción?" El Padre le respondió: "¿Quién no tendrá reparo en mirar a una esposa de Cristo? Porque, si los ojos y la cara dan expresión a la predicación, ella tenía que mirarme a mí y no yo a ella" (2Cel 114).
No imaginamos que Jesús negara sus ojos llenos de ternura a aquellas mujeres que se le acercaron. Cierto, que no se puede sostener el diálogo con la Samaritana con los ojos bajos por la modestia... Y el evangelista es testigo de la sorpresa: ¡A solas hablando con una mujer!
¡Cuánta maldad hay en nuestro corazón para ser nosotros malos y para pensar que los demás son, al menos, tan malos como yo y cercar la vida de tantas precauciones! ¡Qué pena! ¡Cuánta maldad para no pensar que el cuerpo purísimo de Jesús hace posible el encuentro del hombre con la mujer, corazón a corazón!
No nos engañemos: el hombre impuro, mirando o sin mirar, apetecerá la impureza; el puro con su mirada santifica. Una mirada de amor es lo más hermoso que puede entregar el hombre... El Señor nos guarde el corazón. Sólo él puede guardarlo; no ninguna ley.

No existe una vía jurídica que vincule a las dos entidades para que una esté sometida la otra en algo... Cada cual es familia independiente; diríamos que, en lo jurídico, caminamos por vías distintas, si bien sean paralelas.
Meditando en el sentido que mana de la Regla no parece que la solución buena se haya conseguido en el decurso de los siglos. Opinamos con humildad (y diremos que con valentía) que la solución está pendiente. Acaso tengamos que recorrer todo un camino, no ya en la familia franciscano-clariana sino en la misma teología eclesial, para llegar al verdadero punto de encuentro que se inspira en los orígenes.

No existe hoy la vía institucional adecuada; existe, sí, otro camino de encuentro: una via amoris que abre el Espíritu del Señor. Nada impide el crear lazos de profunda amistad entre ambas familias, como familias hermanas.
(Nota aclaratoria: El Asistente Religioso no es el representante de la Orden en favor de las Hermanas; es el Representante de la Iglesia. Por ello, podría ser sacerdote de otra familia religiosa o del clero diocesano.
El Delegado del Ministro General él, sí, es Representante de la Orden, pero el Ministro general no puede otorgarle poderes institucionales que él, actualmente, no posee. Su autoridad no es otra que la que se deriva de una mutua confianza previamente aceptada).

Por esta via amoris nuestra comunión, fuera del encaje institucional, puede hacer estrechísima. Teresita del Niño Jesús ha cautivado a muchísimos corazones masculinos y femeninos, que han entablado con ella un misterioso parentesco; y en vida tuvo dos hermanos espirituales.
Cuando uno lee a alguien que le gusta, se mezclan ideas, sentimientos y afectos, y ese mundo, que soy yo, hasta en sueños puede crear mis ámbitos de comunión. Nadie me lo puede impedir, y sólo Dios conoce la sinceridad de mi corazón y los secretos amores que fecundan mi vida. El ser humano ha nacido para una simbiosis en el amor, y el amor es inteligencia y fuerza. Sin un inmenso amor la inteligencia queda obtusa.
     

Un proyecto común
Descubrir a santa Clara - redescubrirla con la fascinación  que produce - es volver al centro de nuestra espiritualidad franciscana, al carisma que el Señor ha otorgado conjuntamente a Francisco y Clara.
Clara se siente que es nadie sin Francisco; pero... ¿y Francisco sin Clara, en el proyecto que Dios tiene en su Iglesia?
Este encuentro de Francisco y Clara nos lleva serenamente a determinada posición de pensamiento:
1) Francisco tiene mucho que dar a Clara.
2) Por Providencia divina, Clara otro tanto que dar a Francisco.
Quizás esto no se vio en la primera hora, cuando nacía nuestro carisma. Lo vemos mejor hoy, cuando la Iglesia percibe con más afinamiento la función maternal de la mujer en la Iglesia.

Por fidelidad a un carisma único Clara es la madre de la Orden franciscana, y la Hermana Pobre de santa Clara debe heredar las mismas entrañas maternales de santa Clara.

Mi querida Lidia, os necesitamos; te necesito. Seguro que más de lo que tú piensas de mí.
Te necesito, si has de ser una buena clarisa capuchina, si he de ser un buen hermano menor capuchino.

 (Y de paso: Tengo cierto reparo por las personas estas reflexiones, que podrían considerarse de una mística vaporosa..., resbalosa..., peligrosa... Pero, ya sabes, el filo de la verdad es muy agudo y cortante, y las verdades fecundas suelen ser peligrosas. Pero sigamos).

Los hermanos menores tenemos una función de gran responsabilidad frente a la salvaguarda de ese patrimonio común, base de nuestra Regla. Diré algo.
Los hermanos menores, con frecuencia, vivimos junto a los libros, estanterías que son talleres de pensamiento. Sin libros, imposible haber rescatado la pureza de nuestra espiritualidad. Los libros son arcas de viejos tesoros. No podemos despreciarlos. Sin libros, sin teólogos, no se habría hecho el Concilio, que ha sido un vendaval del Espíritu.
Y la espiritualidad franciscana necesita libros, que también son vida. Hoy también las hermanas están llamadas a la instrucción especializada de nuestras cosas de familia. Sería gran torpeza pensar que ellas son menos inteligentes y hábiles para ser doctoras de lo que a ellas y a nosotros nos interesa.
Pero..., bueno..., no obstante, todavía esta tarea profesional queda, más fuerte, en nuestras manos.

Con todo, el don del silencio, que parece más propio del Jardín de San Damián ha de encontrar la palabra adecuada y la gracia de la buena literatura para que por labios y pluma de mujer se trasvase a nosotros, varones, esencias de un carisma cuyos aromas vosotras - Lidia querida - percibís. Hay tesoros que solo como mujeres nos habréis de entregar. Y es una misión de cara a esto que vamos compartiendo.

Verónica Giuliani es una montaña altísima que nos abruma... ¡Ah!, si yo hubiera sido su director espiritual (compréndeme, Lidia) para decirle: Y ahora esos millares de páginas resúmelas en 200, con la mayor gracia y sencillez que puedas, para que tus hermanas puedan leerte. Que si no, tu sabiduría se queda en los estantes...

Sí, mi querida hermana: si nuestro carisma es uno, es simultáneamente recíproco. Yo tengo una palabra para ti; tú tienes una para mí. Démonosla mutuamente con mucha sencillez y amor.

Aquí comienza la Regla la “Forma vitae Ordinis Sororum Pauperum, quam beatus Franciscus instituit, haec est: Domini Iesu Christi sanctum Evangelium observare...”
Seguiremos otro día.
Un abrazo


Tres Ojitos (junto a Ciudad Madera), Chihuahua, 20 de febrero de 2007, martes precedente al Miércoles de Ceniza


NOTA para mis hermanas capuchinas
Sobre el “género” de las Cartas a Lidia recordamos lo siguiente. Las CARTAS A LIDIA (en referencia a la primera mujer cristiana de Europa Hech 16) son los últimos números de Lectio divina 2003-2004: En el umbral de la Eucaristía (12/V///2004); Venid, adoremos al Señor: Liturgia de las Horas y Eucaristía (21/VII/2004); Sobre el asombro ante el misterio (21/VII/2004); Gloria in excelsis Deo: “...todo honor y toda gloria. Amén” (29/VII/2004). Y una serie de “Coloquios espirituales” del curso sucesivo: El epitafio de san Francisco (23/IX/2004); El epitafio del Padre Jaime (10/X/2004); El Congreso Eucarístico, una oleada de amor (17/18 octubre 2004);  Ante la fiesta de Todos los Santos: Sobre el cielo...y las Santas capuchinas (29/X/2004); La Presentación de María (20/XI/2004­); Dominus flevit (Lc 19,41): Sobre las lágrimas de Jesús, puerta de su santa e insondable humanidad, y sobre el borriquillo que llevó a Jesús (24/XI/2004); Navegando por el misterio de la vida (Meditación a los 68 años) (dic.2004); Del amor y la amistad (13/II/2005); El Soñador: Pascua 2005, (27 marzo 2005); La alegría pascual en la vida del Padre Pio (Rescate de una entrevista del P. Jaime Zudaire) (12/III/ 2005); Memoria y herencia de Juan Pablo II (Ante el cuerpo yacente de Juan Pablo II) (5/IV/2005); El corazón, confín de Dios y su divina Morada   (2/VII/ 2005); 2005-2006: Crónicas del corazón (sept. 2005); Adiós, con el morral de la verdad, la palabra y el amor (26/VI/2006.) 

sábado, 16 de junio de 2012

243. El Jesús de las parábolas




Homilía sobre el Evangelio del Domingo XI del ciclo B,
Marcos 4, 26-34
La semilla que crece sola - El grano de mostaza 

Texto del Evangelio

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo.  La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano.  Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega.»
Dijo también: « ¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra.»
Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender.  Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

Hermanos:

1.  Las parábolas del Evangelio nos llevan al corazón mismo de Jesús. Y esto por dos motivos. Ningún rabino, como él, ha enseñado en parábolas: es una novedad de su modo y estilo. Es algo que Jesús ha inventado en la forma de la predicación. Esto por una parte; y por otra, el contenido de las parábolas gira en torno al núcleo del anuncio de Jesús: el Reino de Dios.
Ha sido san Marcos, testigo de testigos, quien nos da esta preciosa información: Todo se lo exponía con parábolas.
Un gran investigador de los Evangelios, un hombre lleno de piedad y sabiduría, el luterano Joaquín Jeremias, que se destaca, quizás como nadie, en el estudio de las parábolas, escribía ya hace muchos años – en 1947 – : “Las parábolas de Jesús son algo enteramente nuevo. En toda la literatura rabínica no encontramos ni una sola parábola del tiempo anterior a Jesús” (Presentación). Las parábolas transpiran el puro frescor del Evangelio que Jesús ha anunciado. Estamos ante él, escuchándole, cuando escuchamos las parábolas.

2. Y hay otra cosa: todas las parábolas hablan del Reino de Dios. Incluso, más. “Todas las parábolas de Jesús obligan a los oyentes a tomar posición sobre su persona y sobre su misión. Pues todas están llenas del ‘misterio del reino de Dios’ (Mc 4,11)” que se está realizando, y en el que Jesús es el protagonista  (Conclusión de la obra citada).

3.  “A vosotros se os ha dado el misterio del Reino de Dios”, dice Jesús, en las expresiones que nos ha transmitido san Marcos.
Entender las parábolas del Reino es entender el “misterio del reino de Dios”, y nadie lo puede entender, porque esto es don de Dios, fruto de una sabiduría que Dios pone en el corazón.

Entremos en este misterio, hermanos, con la primera de las dos parábolas de este domingo, la de la simiente que crece sola. El sembrador ha esparcido la semilla; ha hecho lo suyo y vuelve a casa. Y aquí comienza el misterio. El hombre duerme o el hombre vela, y se queda la semilla a merced de Dios. Dios tiene el sol, Dios tiene la lluvia; sobre todo, Dios tiene el secreto de la vida yacente en el germen de la semillita que está debajo de la tierra. Dios va a ser el secreto de todo lo que viene.
Y Jesús ve los campos de su tierra galilea. La historia del misterio es esta: que la semilla se hace tallo, luego espiga, luego grano, luego cosecha. Jesús se queda contemplando a Dios. No se queda mirando a las nubes, si tienen agua; ni al sol, si va a calentar las tierras humedecidas. Jesús se queda contemplando a Dios, que no va a perder un segundo en el proceso de meses de la semilla, desde la siembra a la cosecha.
Dios, solo Dios, nos está diciendo Jesús, vidente de las cosas divinas. Es que Jesús nos está hablando del Reino de Dios, y el Reino de Dios es algo infinitamente más grande de todo lo que puedan cavilar los sembradores y segadores de la semilla de la palabra de Dios.

4. Hermanos, a quienes andamos en estas cosas de Dios, de la religión, de la fe en medio del mundo, esta parábola nos deja atónitos. Porque nos invita a un cambio total de nuestros pensamientos, nos rinde y nos lanza a una fe que seguramente no tenemos, a creer que Dios está en medio del mundo, día y noche, minuto y segundo, dando germinación al Reino, que es Reino de Dios, y no Reino de los hombres, ni Reino de la Iglesia: Reino de Dios, solo de Dios.
Preocupados por el anuncio del Evangelio, vamos contemplando con dolor cómo se desmorona en tantas partes la que nosotros habíamos soñado como sociedad cristiana, y en particular como sociedad católica. México (desde donde escribo y hablo) va perdiendo católicos, pese al entusiasmo que los mexicanos han mostrado a los Papas que les han visitado: Juan Pablo II cinco veces y Benedicto XVI en marzo de este año. Brasil es especialmente el centro de nuestras preocupaciones, porque en estos últimos decenios Brasil ha causado pérdida de treinta millones de católicos.
Son asuntos que a los pastores solícitos deben preocupar. De hecho, los Papas han lanzado la consigna de la “nueva evangelización”: nueva evangelización en este nuevo continente, y nueva evangelización en la vieja Europa, de donde ha nacido este secularismo que va corroyendo la fe. A mí, sacerdote, todo esto me preocupa y me hace sufrir; pero no como causa de la propia empresa, sino como causa de Dios, de la fe en medio del mundo. Y ¿cómo no me va a preocupar, si de verdad he puesto todo el afán de mi vida en Cristo…?

5. Y ahora viene el mismo Jesucristo que me dice: El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra… la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo…
Yo, predicador del Evangelio, he de preguntarme con una pregunta que llegue hasta el fondo de mi ser: ¿Me creo de verdad lo que dice Jesús?
Jesús gustó, al parecer, el fracaso de su obra, que terminaba en el rechazo y la cruz; pero creyó en el Reino de Dios y en la acción de Dios en el mundo. Nos dijo, vuelvo a repetir, que la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo.
¡Qué difícil es renunciar a este deseo de saber, de controlar, de ver el éxito de nuestras planificaciones y sudores…! Sin que él sepa cómo, sigue sonando la frase.
Esto pide a los predicadores el amor más desprendido, más puro, libre de todo protagonismo. Esto nos está gritando a voces que nos convirtamos del todo a Dios, y solo a Dios le demos el honor y la gloria que Él merece, porque, al final, sólo Él lleva adelante la obra del Reino, del Reino de Dios.

6. La parábola siguiente nos invita al mismo desprendimiento, poniendo nuestra mirada en solo Dios. Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña.
Un granito de mostaza se pierde entre las arrugas de la mano. Así es el Reino que nosotros predicamos, el Reino que ha predicado Jesús. A los ojos humanos es algo insignificante, sin apenas apariencia. Pero esta semillita casi invisible será un día un arbusto…, un árbol que extenderá sus ramas a todas las gentes. El profeta Ezequiel, en la primera lectura de este domingo, contempla este árbol de Dios: “Aves de todas las clases anidarán en él, anidarán al abrigo de sus ramas” (Ez 17,23).

7. Mis hermanos, saquemos el corazón del fondo de las preocupaciones. Lo que está pasando en el mundo nosotros lo analizamos, pero solo Dios lo sabe.
Solo Dios, solo Dios…, a Dios y solo a Dios la gloria y el poder.
Oremos como Jesús: Padre, santifica tu Nombre, trae tu Reino, implanta tu Voluntad aquí en la tierra como la haces en el cielo.
Padre, por tu solo honor y gloria, cumple en nosotros la obra de tu Reino. Amén.

Puebla, 16 junio 2012

jueves, 14 de junio de 2012

242. Sagrado Corazón: Nací para ser amado y amar


Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús:
Juan 19,31-37

Texto del Evangelio

Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: "No le quebrarán un hueso"; y en otro lugar la Escritura dice: "Mirarán al que atravesaron."

Hermanos:

1. Hoy es el día del sagrado Corazón de Jesús. Sagrado Corazón de Jesús, así decimos por abreviar. Sacratísimo Corazón de Jesús, dice el título de la liturgia de esta solemnidad. Y, al amparo de la Escritura, vamos a reflexionar – a contemplar, más bien – el amor invicto de Dios, que tiene un nombre en la creación y en la familia humana: Jesús.
Jesús de Nazaret, contemporáneo de todas las edades, compaisano de todos los hombres. Mirarán al que atravesaron, esta es la consigna de hoy, una frase del profeta Zacarías que san Juan la ha tomado como el primer icono del Corazón de Jesús. Jesús en la Cruz, con el corazón abierto, manando vida – sangre y agua- como palabra de Dios en la historia.
Hermanos, a velas desplegadas tenemos que hablar del amor, dirigidos también con la mano de Juan que escribió en sus cartas: Dios es amor. Y repitió: Dios es amor.
El actual Papa, Benedicto XVI, al dar su primera palabra al mundo en la encíclica inicial de su pontificado (Navidad 2005), tomó esta proclamación para decir todo de una vez: Dios es amor, Deus caritas est.
Insisto, vamos  navegar por los mares sin fondo del amor.

2. Si yo fuera filósofo, quisiera decir a mis hermanos los hombres: La vida es el punto de arranque de todo pensamiento. Nada hay superior a la vida, y todo retorna a ella, abierta a lo infinito. ¿Qué es el amor, humanos que me escucháis? El amor no es otra cosa que la revelación de la vida, la comparecencia de la vida, la presencia de la vida, el amanecer, la plenitud y el ocaso infinito de la vida. El amor es la forma suprema de la vida, la esencia misma de la vida.
Pero como filósofo que ha bebido en las aguas de la Escritura, tendría que añadir, y añado: El amor no es otra cosa que la vida de Dios aparecida en medio de los hombres; porque Dios es amor, y, por lo tanto, el amor es Dios.
El amor es la revelación de Dios, la aparición de Dios, la presencia de Dios, la comunión de Dios vuelto al mundo. Estamos bajo la omnipotencia del amor de Dios, único rector de la historia, que no puede quedar domeñada por poderes extraños. Dios es el amor invicto del hombre.

3. Y tornamos al punto de arranque: Mirarán al que atravesaron. Nosotros no miramos una idea; miramos a un ser humano que ahora vivía y acaba de morir. No le han bajado todavía de la Cruz, y ese costado abierto, con el corazón que mana sangre, es el lazo que une la vida terrestre y ultraterrestre de Jesús, la única vida del Hijo de Dios.
Ahora resulta, mis queridos hermanos, afinando el perfil de nuestros pensamientos que el amor no solamente es Dios, sino que del modo más preciso, el amor es la historia de Dios, esto es:
- la encarnación de Dios en Jesús,
- la muerte de Dios en su Hijo amado, Jesús,
- la resurrección de Dios en Jesús de Nazaret, vencedor en el amor.
El amor  no es un ente de pensamiento; no es ese punto central y radial para dar sentido a todo cuanto se agita en la mente del ser humano, que por necesidad intrínseca no puede menos de pensar. El amor ya no es una palabra abstracta, la más bella de cuantas existen; el amor es Alguien, el amor es lo más concreto, es el amante Jesús. Y demos a las palabras la densidad que llevan consigo mismas, ajenos a todo romanticismo.

4. Mirarán al que atravesaron. Jesús en la Cruz: de él estamos hablando. Esa es la efigie del Corazón de Jesús, del Sagrado, del Sacratísimo Corazón de Jesús:
- amor de sangre,
- amor de muerte,
- amor de la entrega exhaustiva.
Los amó hasta el extremo, dice san Juan, antes de la Cena. Amar…, ni más no pudo, ni se puede pensar que pudiera.
Sigamos, pues, hermanos, filosofando como amantes del pensar. ¿Qué es el amor? El amor es el amor total de Dios, sin posibilidad de que pueda haber una amor más grande.
Y ese amor total – puntualiza el filósofo – es el amor gratuito, porque es de la esencia divina que Dios no pueda amar, sino amando gratis. Dios no puede rebajarse a amar a cambio de una mercancía provechosa. Dios, amando, ama gratis: gratis, y del todo y para siempre.
Todo esto lo estamos contemplando, admirados y atónitos, en la imagen que se yergue en el Calvario.
El Dios de los cristianos es el Dios del amor;
el mensaje cristiano, el Evangelio de Jesús, no es otro que éste: Dios es amor.

5. Pues esta es la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús que en este viernes celebra la Iglesia.
Si esto toca nuestro corazón, transforma radicalmente nuestra vida.
En efecto, aquí se produce el encuentro. El ser humano ha nacido para ser amado, y para abrirse en correspondencia al amor experimentado: ser amado y amar; ser amado por Dios y amar a lo divino, arrebatando en ello todas las fuerzas humanas del corazón.
Estamos, pues, dando vueltas y vueltas al eje de la existencia, divina y humana: Dios es amor.

6. Pero un extraño pensamiento, como una sombra, se acerca al acecho: Pero Dios es justicia, y hay que poner la balanza en el justo medio.
Dios es justicia – en el sentido más usual de la palabra – sí es cierto; como es cierto que Dios es santidad, Dios es sabiduría, Dios es verdad…
Ahora bien, hermanos, si en la cápsula de nuestro cerebro queremos poner al par el amor y la justicia, seguro que descomponemos la imagen de Dios, al quitarle el centro de unidad. La Escritura pone ese centro de unidad en el amor, y de ninguna manera en un atributo vindicativo del honor divino.
Dios es amor, seguiremos repitiendo con respecto y adoración, ensalzando la gloria divina.
Y al amparo de ese amor trataremos de recoger nosotros nuestra vida con la seguridad humilde y firme de que no andamos errados.
Dios es amor total y gratuito, decíamos.
Para nuestro propio consuelo, miremos otro perfil: Dios es amor misericordioso. Y esa misericordia ¿en quién la vemos sino en el Hijo amado, que “me amó y se entregó por mí”…?

7. Mirarán al que atravesaron. ¡Oh Jesús, infinito amor del Padre, yo te miro, porque primero me has mirado tú a mí!
Que al atravesar la frontera de la muerte me encuentro con esos ojos misericordiosos y en ellos encontraré el infinito amor de Dios, que mana de tu Corazón. Amén.

Puebla de los Ángeles, jueves víspera del Sacratísimo Corazón de Jesús, 14 junio 2012.

sábado, 9 de junio de 2012

241. En torno a la verdadera familia de Jesús


Homilía sobre el Evangelio del Domingo X del ciclo B,
Marcos 3,20-35


Texto del Evangelio (versión oficial de la Conferencia Episcopal Española)

Llega a casa y de nuevo se junta tanta gente que no les dejaban ni comer.
Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí. Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: “Tiene dentro a Belzebú y expulsa  a los demonios con el poder del jefe de los demonios”. Él los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas: “¿Cómo va a echar a Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa.
En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre”. Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.
Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dice: “Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan”. Él les pregunta: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?” Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice: “Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”

Hermanos:

1. El texto del Evangelio de hoy junta tres momentos de la vida de Jesús – tres escenas muy sorprendentes – que la Biblia de la Conferencia Episcopal Española los reúne con este título: Los escribas de Jerusalén y la familia de Jesús.
Jesús, que ha salido de una aldea sin importancia – Nazaret -,  es un hombre público, y han bajado escribas de Jerusalén, escribas, por lo tanto. autorizados para examinar esta conducta desconcertante, especialmente esa actividad contra los demonios que Jesús tan llamativamente está ejerciendo.
Y esto acontece en medio de la que podríamos llamar la vida fragorosa de Jesús. Es el primer momento de esta sección Evangelio y vamos a prestarle la atención que merece.

2. Llega Jesús a casa. Estamos en Cafarnaúm, se supone. Y es tanta la apretura y el barullo de la gente que lo requiere, que ni les dejan comer. Para sentarse y comer, uno necesita un poco de tranquilidad, un poco de tiempo, un poco de paz. Cuántas veces le acontece a alguien, en la vida febril de hoy, comer a medio comer, de pie, devorar más bien que comer, porque le está presionando una situación urgente que ha de resolver. Esto le puede ocurrir a cualquier trabajador. Y es una situación muy típica que muchas veces les sucede a los sacerdotes los sábados y domingos.
Si comenzamos a deshilar un poco este pensamiento, a lo mejor nos apartaríamos de este Evangelio, que lleva por dentro tal carga dramática. Esta situación de agobio estresante la conocemos de cerca.
En cierta ocasión en que yo daba Ejercicios a una tanda de jóvenes sacerdotes, les preguntaba familiarmente: 
- Díganme, ¿cuántas misas celebraron ustedes el último domingo o sábado por la tarde y domingo? 
Hay quien cinco, hay quien siete…, acaso más.
- Eso no puede ser así.
- Ya lo sabemos…, pero… ni modo.
Problema serio de pastoral, mencionado solo de pasada, para que, como fieles, también caigamos en la cuenta de esto, y sepamos comprender a los sacerdotes. A veces uno no tiene tiempo ni para ser simpático…
Pero volvamos al corazón del Evangelio, que esconde un tremendo drama.

3. Ha habido momentos en la vida de Jesús en que han pensado que estaba loco, o poco menos que loco. Ese entusiasmo, esa exaltación, esa especie de furor sagrado, hace pensar a gente no bien intencionada que Jesús es un psicópata.  Y anota el texto evangélico de Marcos que su familia fue a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí, esto es, loco... El texto queda un tanto ambiguo y no han faltado quienes han conjeturado que esa opinión de que estaba fuera de sus cabales pertenece también a miembros de su familia; pero exegéticamente el juicio queda indeterminado: “se decía que estaba fuera de sí”.
Nos gustaría poder examinar esta supuesta locura de Jesús, porque si el Evangelio no nos vuelve locos…, a lo mejor es que no lo entendemos.

4. Jesús ha expulsado demonios, y puede que estos incidentes son interpretados por sus críticos como signos de locura. Es un hecho firmemente constatado que Jesús lanza demonios, y que los demonios salen con signos violentos e, incluso, echando espumarajos… Nos gustaría que la figura divina de Jesús – de ese a quien llamamos el sagrado Corazón de Jesús – fuera más normal, acompasada a lo que nosotros asignamos a un carácter dulce y apacible. Ahora bien, aunque no se puede encasillar el carácter o temperamento de Jesús en ninguna de las clasificaciones ideadas por los psicólogos, bien vemos por múltiples textos evangélicos que Jesús era pasión y fuego.
Esa pasión Jesús la ha sacado a flote en contra del poder de Satanás. Jesús ha expulsado a demonios más que nadie. Y los inquisidores venidos de Jerusalén tienen su veredicto: Jesús mismo es un endemoniado; lleva dentro a Belzebú, el príncipe de los demonios. Jesús entra en combate y aniquila la acusación: Si Satanás arroja a Satanás, se acabó el imperio de Satanás. ¡Qué más quisiera un endemoniado que endemoniar a todo el mundo y hacer que Satanás fuera el Rey del mundo! Las sectas diabólicas, con sus ritos macabros, pretenden la muerte y el dominio de Satanás.
Pensar eso de Jesús y no ver en él al Espíritu Santo, Espíritu de santidad, de liberación y de amor, de la bondad de Dios misericordioso, es el mayor pecado que se puede cometer: ver al Enviado de Dios, que es enviado de gracia, como el demonio. Y lo escribas escrutadores, mientras contemplan a Jesús así, están en diametral oposición al Espíritu de amor de Dios. Un pecador, por gran criminal que sea, si reconoce que es pecador, al instante queda perdonado por Dios; pero si uno rechaza al Enviado de Dios como demonio, está dentro del pecado puro. Eso, y no otra cosa, es pecar contra el Espíritu Santo.

5. El Evangelio de hoy también nos habla de la familia de Jesús, un tema delicado e incluso espinoso, donde quedan flecos al aire sin resolver.
Entre los familiares de Jesús hubo quienes se resistieron y no pasaron a ser discípulos suyos. Otros sí, y el caso más distinguido fue el de Santiago, “el hermano del Señor”, que estuvo al frente de la comunidad de Jerusalén.
Hablando de familia, el Evangelio – y en este caso son Marcos, Mateo y Lucas – nos hablan de una escena llena de realismo. Jesús está hablando del Reino de Dios, y llegan su madre y sus parientes. La gente que tenía en corro le dice que su madre y familiares lo buscan. Respuesta de Jesús: ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y ahora Jesús responde con la mirada, con el gesto y con las palabras: “Estos son mi madre y mis hermanos”.  Y la sentencia definitiva que alcanza hasta nosotros: “El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”.

6. Nunca lo acabaremos de meditar: ¿Yo soy madre de Jesús, intimidad de Jesús? ¿Yo soy hermano de Jesús, hermana de Jesús? ¿Yo soy la nueva familia de Jesús, la que permanece para toda la eternidad? ¿Yo soy miembro de la Voluntad de Dios? ¿Yo estoy totalmente traspasado por la Voluntad de Dios?
Si digo de verdad que sí, entonces he nacido de Dios por obra del Espíritu Santo; estoy en la Voluntad de Dios y soy hermano de Jesús.
La Virgen María como nadie ha tenido este parentesco con Jesús.
Podemos terminar diciendo: Madre de Jesús, Virgen María, que hiciste perfectamente la Voluntad de Dios, ruega por mí, para que yo también cumpla siempre la Voluntad de Dios y sea verdaderamente hermano de Jesús. Amén.

Puebla de los Ángeles, 9 junio 2012

miércoles, 6 de junio de 2012

240. Corpus Christi y la nueva “primavera eucarística”

Meditación eucarística
para derramar todo el ser en la presencia del Señor




Hermanos:

1. Mañana es Corpus Christi. Abro la agenda litúrgica aquí donde estoy (México), y encuentro este aviso: “Por disposición de la Santa Sede, debe haber en el calendario de cada país cuatro fiestas de precepto que habitualmente no caigan en domingo. En México son: Corpus, Guadalupe, Navidad y Santa María Madre de Dios”.
Mañana es Corpus Christi, una fiesta de homenaje y de adoración a Jesús. Cuántas veces he pensado que el Corpus es una fiesta de “supererogación”, porque es un mero capricho de amor. Acaso un teólogo y un liturgista, con razones brillantes, pueda decir: ¿Y para qué? Si la Eucaristía es fiesta por sí misma cada vez que la celebramos, cada domingo, incluso cada día…
Es que el corazón tiene razones que la razón no comprende, como dijo Pascal, siglos después, hablando no precisamente de esto. Y hubo un gran teólogo, Tomás de Aquino, que por encargo del Papa escribió un himno, una ritmo jubiloso – Adoro te devote – para esta fiesta, que nacía, incluso todo el oficio.

2. La fiesta del Corpus nos sumerge en un clima de meditación y de dulce adoración del cuerpo santísimo del Señor. Vuelvo sobre antiguos pensamientos míos que alimentaron mi corazón y en su día traté de compartir:
“¿Qué es la Eucaristía?, se preguntaba la Iglesia mientras va caminando entre los hombres, pensando con el pensamiento de las épocas, sintiendo con los dolores y gozos de cada generación. La respuesta complexiva nos desborda. Porque la Eucaristía es Presencia, es Sacrificio, es Acción de gracias o ‘Eucaristía’, es Memorial, es Actualización, es Escatología, es Cena y Banquete, es Comunidad-Iglesia, es Compromiso por ser Muerte por el mundo… La Eucaristía es, en suma, cuerpo de Cristo.
Al cuerpo de Cristo viene a parar la historia de Israel y la breve historia de Jesús en su paso por nosotros; y desde este cuerpo se abre la nueva historia, el mundo que viene, en el que ya estamos. La teología del cuerpo de Cristo es sin más la teología de la historia. En ese cuerpo se concentra la historia: el cosmos que surge gratuitamente por voluntad de Dios (sólo la fe nos descubre la comparecencia del mundo), la historia de la humanidad doliente, la espera del hombre que, por instinto del Espíritu, aguarda un destino en Dios…”

2. La fiesta del Corpus tiene razón por sí misma, sea cual sea su origen en la Iglesia, un sentido que se justifica por la teología eucarística de la adoración. Benedicto XVI contempla en la Iglesia el amanecer de una primavera eucarística: “Quiero afirmar con alegría que la Iglesia vive hoy una «primavera eucarística»: ¡Cuántas personas se detienen en silencio ante el Sagrario para entablar una conversación de amor con Jesús! Es consolador saber que no pocos grupos de jóvenes han redescubierto la belleza de orar en adoración delante del Santísimo Sacramento” (en la audeincia que a continuación citaré).
Tiene sentido esta fiesta por sí sola, pero es emocionante conocer cómo nació, porque esta y tantas cosas bellas han sido por obra de una mujer. Recordarán que en las catequesis de las audiencias de los miércoles el Papa, estos últimos años, ha rescatado a unas grandes mujeres de la Edad Media, nombres que casi se diría que antes estaban reservados a los estudiosos de la historia de la espiritualidad. Pero el Papa ha considerado que el conocer estos nombres y estas vidas es patrimonio vital de todo cristiano adulto que siente humilmente el orgullo de pertenecer a la Iglesia santa a la que pertenecemos. El 17 de noviembre de 2010 hablaba de esta santa que está en el origen de esta fiesta: santa Juliana de Cornillon.
Si quien lee o escucha estas páginas es una hermana o un hermano de la familia franciscana, le diré que la biografía de santa Juana de Cornillon coincide en años con la de santa Clara: Nació un año antes que ella; murió cinco años después (santa Clara en 1253; santa Juana de Cornillon en 1258).
Es tan hermosa y sencilla la catequesis del Papa, que me deleita volver a ella.

3. “Juliana nació entre 1191 y 1192 cerca de Lieja, en Bélgica. Es importante subrayar este lugar, porque en aquel tiempo la diócesis de Lieja era, por decirlo así, un verdadero «cenáculo eucarístico». Allí, antes que Juliana, teólogos insignes habían ilustrado el valor supremo del sacramento de la Eucaristía y, también en Lieja, había grupos femeninos dedicados generosamente al culto eucarístico y a la comunión fervorosa. Estas mujeres, guiadas por sacerdotes ejemplares, vivían juntas, dedicándose a la oración y a las obras de caridad…”
Juliana creció y fue educada en un monasterio  “Adquirió una notable cultura, hasta el punto de que leía las obras de los Padres de la Iglesia en latín, en particular las de san Agustín y san Bernardo. Además de una inteligencia vivaz, Juliana mostraba, desde el inicio, una propensión especial a la contemplación; tenía un sentido profundo de la presencia de Cristo, que experimentaba viviendo de modo particularmente intenso el sacramento de la Eucaristía y deteniéndose a menudo a meditar sobre las palabras de Jesús: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20)”.
El Papa en su catequesis familiar nos ha contado la vida de esta monja virtuosa y tenaz que se sintió con esta vocación de adoración pública a la Eucaristía. Tras muchos recelos, incomprensiones e incluso persecución… vio cumplido su deseo.
“Fue precisamente el obispo de Lieja, Roberto de Thourotte, quien, después de los titubeos iniciales, acogió la propuesta de Juliana y de sus compañeras, e instituyó, por primera vez, la solemnidad del Corpus Christi en su diócesis”.
“Falleció en 1258 en Fosses-La-Ville, Bélgica. En la celda donde yacía se expuso el Santísimo Sacramento y, según las palabras del biógrafo, Juliana murió contemplando con un último impulso de amor a Jesús Eucaristía, a quien siempre había amado, honrado y adorado”.
El Papa Urbano IV, de tres breves años de pontificado, la estableció en la Iglesia en 1264; un año antes había ocurrido el milagro de Bolsena.

4. Fiesta del Corpus Christi, fiesta de adoración. ¿Qué es adorar, hermanos? Adorar es derramar el ser entero ante la presencia de Cristo, a quien amamos.
Solo el que ama puede adorar.
Solo el que ama fascinado puede adorar fascinado.
La adoración es una forma de contemplación en silencio. Adorar es estar recibiendo y entregando. El que adora recibe, escucha, acoge. Todo Dios en todo su misterio llega al corazón adorante, a la criatura, que ha nacido dispuesta para adorar y unirse con su Dios.
El Jesús a quien adoramos en el Santísimo Sacramento es todo Dios. Cuando estamos ante el sagrario, fijos los ojos en Jesús, nos dejamos seducir por ese Jesús del sagrario, que es el Jesús de los Apóstoles, el Jesús de los caminos de Palestina. El sagrario ha sido el hogar de muchas vocaciones.
Adorar a Jesús es hundir su mirada en él. Y mucho agrada a los jóvenes esta forma de contemplación. Por eso habló el Papa de una primavera eucarística.
Termino, hermanos, mi sencilla consideración con esa jaculatoria que millones de veces ha resonado en el corazón de los adoradores:
¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar!
¡Sea por siempre bendito y alabado! Amén.

Puebla de los Ángeles, miércoles 6 de junio de 2012.

viernes, 1 de junio de 2012

239. Dios es Trinidad: relación, comunión, amor


Homilía sobre el Evangelio de Mt 28,16-20

En aquel tiempo o los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron. Acercándose a ellos,  Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos,  el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos».




Hermanos:
                                                                                                           
1. Hoy es el Domingo de la Santísima Trinidad. Algunos pueden pensar: Si hoy es la fiesta de la Trinidad, es el día más grande del año, porque la Trinidad es lo más sublime y sagrado que creemos los cristianos y de la Trinidad viene todo: el misterio de la Encarnación, el misterio de la Cruz y de la Resurrección, el misterio del Pentecostés y del Espíritu Santo, y, en fin, el misterio de la Iglesia.
Este pensamiento grandioso, en realidad, es erróneo. Hoy no es la fiesta de la Trinidad, como tampoco Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo. Si así lo fuera el Padre Dios se quedaría sin ninguna fiesta, lo cual sería una injusticia fatal.
La fiesta central del año, la fiesta de las fiestas, es la Pascua, la santa Resurrección del Señor, fiesta que dura cincuenta días, coronados con la manifestación de Pentecostés.
En realidad, no celebramos la fiesta de la Trinidad. La  Trinidad no necesita ninguna fiesta. La celebramos todos los días y varias veces al día, desde el momento que, al empezar la misa y otros actos, decimos, haciendo la señal de la Cruz: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.
Es, sí, el Domingo de la Trinidad, por cuanto que en este domingo se nos invita a reflexionar en el misterio infinito de Dios. ¿Quién es realmente Dios para nosotros, cristianos, que lo confesamos según lo que Jesús nos ha enseñado? Dios es misterio infinito, y para balbucear alguna palabra, decimos: Nuestro Dios, el Dios de las santas Escrituras, desde el principio al final de la Biblia, Dios es personal, Dios es relación, Dios es comunión, Dios es amor, Dios es amor desbordado, Dios es vida de amor, historia de amor. Eso es la Trinidad.

2. La puerta de acceso a la Trinidad es Jesucristo. En el momento en que a los humanos se le dio el verdadero conocimiento de Jesucristo, se le dio la Trinidad. Apareció que el Padre de Jesús, era el Padre Dios, origen de todo y creador del mundo. Y se descubrió que el Espíritu que actuaba en la vida de Jesús era ni más ni menos que el Espíritu de Dios, era el ósculo de amor del Padre y del Hijo, era el fruto de la Trinidad, la ultimidad de Dios, la belleza sustancial de Dios, que ningún pecado pueda manchar.
Al descubrir la divinidad de Jesús, se descubrió que Jesús, el Hijo amado de Dios, era el Dios inmanente del hombre, que está en el centro  de mi ser. Se descubrió que la inmanencia de Dios en el fondo del ser es la misma inmanencia de la Trinidad en mi corazón.
El ser humano ha sido divinizado, y es portador de Dios hasta pasar la barrera de este mundo. Yo, criatura en medio del mundo, soy el sagrario de Dios, la morada de Dios. “He hallado mi cielo en la tierra – decía la carmelita sor Isabel de la Trinidad (hoy beata Isabel de la Trinidad) – porque el cielo es Dios, y Dios está conmigo”. Se trata de esa verdad de fe de nuestra religión que llamamos “la inhabitación de la Trinidad en el alma en gracia.

3. ¿Qué dicen, pues, los textos evangélicos?
El Evangelio san Mateo nos presenta la última aparición de Jesús y en ella el misterio de la Trinidad. Los discípulos fueron al monte que Jesús les había indicado.
Jesús se aparece en una montaña. Jesús es el Sinaí de los hombres; es la montaña de paz que vio Isaías, hacia la que confluyen todos los pueblos. Jesús es la montaña de Dios, la cima de mi vida.
Al verlo, los discípulos se postraron, rindiendo su adoración. Pero algunos dudaron, porque la vida ha sido, es y será misterio. Y humanamente hay razones para dudar de lo más sagrado. No dudar no es mérito; es gracia que Dios concede. Y por ello tenemos que tener respeto y comprensión de los que dudan, incluso siendo discípulos, de aquellas personas que, según confiesan, tienen más incertidumbres que certezas.
Y Jesús, que es el Dios de la Encarnación, se acerca a ellos, como hoy se acerca a nosotros. Este acercarse de Jesús es la venida permanente que tiene llegando a nuestros corazones. Les dice que se le ha concedido pleno poder en el cielo y en la tierra. Jesús es la toda salvación de Dios para todos los hombres; es el anillo de Dios con el universo y el abrazo del Padre para todas las criaturas, abrazo que nosotros, al sentirlo, nos estremece con la ternura de Dios, porque Jesús ha sido, es y será el “Dios con nosotros”.
Se me ha dado pleno poder; por eso, haced discípulos a todos los pueblos. No es fanatismo, hermanos; no es imperialismo de alguien que jamás ambicionó poder alguno en esta tierra. Es el celo de un hermano que quiere que todos los pueblos reconozcan a ese Dios de amor, que es el único Dios que existe y vive.

4. Y el último don que Jesús tiene que darnos es el don de Dios mismo, el Dios viviente y verdadero que es Dios-Trinidad. El bautismo no es más que la donación Dios: del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Nosotros, poseyendo a Dios, tenemos el secreto de la vida, y la esperanza y la rotunda seguridad.
Al pronunciar las tres palabras juntas, que no las queremos separar ni por una coma – el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo – estamos diciendo que Dios ciertamente es persona, pero una persona tan singular que no existe una sin la otra, y que no actúa ninguna sin la otra. El Dios interpersonal, ante el cual adora la filosofía, es uno y es trino. Dios es relación, Dios es comunión, Dios es donación; donación en la intimidad de sí mismo y donación que es desbordamiento de amor hacia el mundo.
Si aceptamos a este Dios viviente, ¡qué chiquitos y hasta ridículos nos parecen nuestros más graves problemas!
La dimensión de nuestra vida la debemos tomar de Dios: ver que toda criatura arranca de Dios y vuelve a Dios.

5. Jesús pone su firma, que es su presencia vital: Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos.
La presencia dinámica de Jesús día tras día, todos y cada uno de los días hasta que el mundo se acabe, sin que nadie sepa cuándo ni cómo, esa presencia de Jesús, rostro esplendente de la Trinidad es la serenidad de nuestra vida, y el futuro perfilado de la Humanidad.

Mis hermanos ¡cómo deberíamos grabar en el corazón estas firmes convicciones…!
Que la Trinidad no es abstracción, sino realidad y presencia.
Que la Trinidad no es una verdad filosófica, sino historia de amor.
Que la Trinidad no es la in finita lejanía de Dios solitario más allá de todas las galaxias por descubrir, sino el Dios cotidiano, el Espíritu derramado por el cual somos hijos de Dios, la compañía cotidiana de mi intimidad y mi diálogo.
Sublime Trinidad de adoración y Dios esponsal que arrebata todos los amores.
Esa es la Trinidad; ese es el Dios de la fe, que con un lenguaje siempre inacabado nos presentan las santas Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento.
¡A ese Dios derramado sea la gloria y la alabanza por los siglos de los siglos! Amén.

Puebla, 1 junio 2012 (memoria de san Justino).


Nos remitimos a los Himnso que hemso compuestos para adorar el misterio de la Trinidad (para el segundo y tercero ir bajando en la misma página): Misterio original, final misterio;  Divinas Tres Personas que sois uno;; Es Trinidad.