jueves, 21 de junio de 2012

246. Esencias de Santa Clara - 3 Criatura evangélica, mujer

Cartas de un hermano menor
a una hermana clarisa capuchina
en torno a santa Clara y su Forma de vida (2007),
reeditadas hoy (2012) con motivo de los 800 años
del comienzo de la vida evangélica de Clara (Assisi, 1212)

Carta 3
Una criatura evangélica, una mujer


Mi querida Lidia:

Clara ante nuestros ojos. Intentábamos trazar su perfil en nuestra anterior comunicación, y quisiéramos darle el último retoque ahora. Cuando celebrábamos el 750 aniversario del Tránsito (1253-1993), Juan Pablo II, de venerada memoria, escribió un mensaje bellísimo a las Clarisas, y decía así:

"Esta mujer nueva, como han escrito refiriéndose a ella en una carta reciente los ministros generales de las familias franciscanas, vivió como una pequeña planta a la sombra de san Francisco, que la condujo a las cimas de la perfección cristiana. La celebración de esta criatura verdaderamente evangélica quiere ser, sobre todo, una invitación al redescubrimiento de la contemplación..." (11 agosto 1993).

Tomamos para dar ese matiz último que el pintor da al cuadro antes de entregarlo, estas dos referencias que me suscitan estas palabras, que, sin duda, harán vibrar de gozo tu corazón.
- Una criatura evangélica.
- Una mujer.


I. Una criatura evangélica

Ancilla Christi

Tomando palabras de san Lucas, decimos en el Ángelus: Ecce ancila Domini. Y respondemos: Fiat mihi secundum verbum tuum. He aquí la esclava del Señor; Hágase en mí según tu palabra.
Estamos de nuevo en el capítulo básico de la Regla, el primero. Clara ha dicho que "forma vitae" de la Orden de las Hermanas Pobres, instituida por san Francisco es ésta: guardar en santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo...
Y sigue: Clara, indigna ancilla Christi. Es su retrato, vista ella desde sí misma. Clara es la sierva de Cristo. Suena como texto un texto mariano, como si debajo de este texto estuviera la escena de la Anunciación.
Podemos perseguir estas palabra: cuándo, dónde y cómo la utiliza Clara. La encontraremos al comienzo de la primera carta a Inés de Bohemia, al comienzo de la segunda, al comienzo de la tercera, al comienzo de la cuarta. La encontraremos también al principio de la carta a Ermentrudis de Brujas. La encontraremos en su Testamento y la encontraremos, por fin, en la Bendición, la Bendición de santa Clara.

Como sabes, Lidia, esta bella palabra latina, ancilla, es femenina, y nunca he oído yo que exista su masculino: un "ancillus", y es que me atrevo a pensar que hay una forma de ser "esclava y sierva", que pertenece como una hermosura aparte a la mujer... Por tus conocimientos latinos sabes que hay en el diccionario otras dos palabras de algún modo sinónimas: fámulus/fámula, servus/serva. Sí, también Clara  se ha llamado una vez "fámula de Jesucristo y ancilla de las Damas cerradas de San Damián" (carta I), y en la III se ha llamado "sierva" (serva) de estas sus hermanas Damas de San Damián.
Pronunciando esta palabra latina de "ancilla", me viene a la mente un texto de san Ignacio: lo de la "criadita" que va a Belén, con María montada en un asna y José, tirando la muchachita del ramal al buey, como se puede meditar piamente... Dice el santo contemplativo, enseñándonos a contemplar el Nacimiento: "El primer preámbulo es la historia: y será aquí cómo desde Nazaret salieron nuestra Señora, grávida cuasi de nueve meses, como se puede meditar piamente, asentada en un asna, y Josep y una ancila (así lo escribe la edición que tengo), llevando un buey, para ir a Bethlem, a pagar el tributo que César echó en todas aquellas tierras" (Ejercicios Espirituales 111).
Tornando, pues, al texto de santa Clara:
- Cuando Clara dice que se siente sierva de Cristo,  - nunca dice "sierva de María" - su referencia  en este caso directamente al Señor.
- Pero también le gusta asociar la otra referencia de su servicio, que son sus hermanas de San Damián. Una unión que es del todo evangélica, según aquellas palabras de Jesús en la Cena: "Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros. En verdad, en verdad os digo: no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que le envía.  Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís" (Jn 13,14-17).
El ser sierva de las hermanas lo dejará santa Clara en la Regla encomendado a todas las que hayan de ser abadesas. "Y la abadesa tenga para con ellas una familiaridad tan grande, que puedan las hermanas hablar y comportarse con la abadesa como las señoras a sus siervas;  pues así debe ser, que la abadesa sea sierva de todas las hermanas" (Regla X, 4-5).
- Le gusta también poner un epíteto a esta palabra sagrada de ancilla: es la sierva indigna. Clara no es la sierva infiel, la sierva que no ha sabido servir, sino la que no merece tanto honor de ser sierva de Cristo, sierva de sus hermanas. También ha empleado otro epíteto evangélico: "inutilis": "Servi inutiles sumus..." (Lc 17,10), que hoy traducen, no por "siervos inútiles, que no valen para nada", sino: "somos unos pobres siervos" (Biblia de Jerusalén), somos simplemente eso que debemos ser: unos siervos puestos al servicio...
Clara, pues, es la Sierva de Cristo, un título de nobleza espiritual que arranca del bautismo, mayor del cual no puede haber otro. Moisés fue Siervo de Dios, y esa fue su última grandeza. "Allí murió Moisés, siervo de Yavéh" (Dt 34,5).
Clara es toda evangélica por ser la ancilla Christi, la sierva de Cristo.
Pablo tiene dos títulos, que los reivindica como su mayor gloria; los dos de alguna manera se cubren y se sobreponen uno a otro, y vienen a significar lo mismo con matices diferentes: "Pablo, esclavo de Jesucristo, apóstol por llamada" (Rm 1,1).
Clara, en la primera carta a Inés de Praga (o de Bohemia, como prefiere llamarla hoy la liturgia) se deleita en una especie de exaltación de los títulos que pueden honrar a una consagrada, como esposa, madre y hermana de Jesucristo. Pero observemos con mucha atención y delicadeza este pasaje, que pensamos que es finísimo y agudo en su percepción espiritual. Clara siente a Inés como hermana; mas - aquí viene la sorpresa - la siente como a su Señora, porque Inés místicamente es la esposa de aquel de quien Clara es humilde sierva. Inés no tiene ningún dominio, ningún poder sobre Clara - como es obvio -, y, sin embargo, Clara le escribe en este tono que es espiritual y místico:

Así, pues, hermana carísima, y aún más, señora respetabilísima, pues sois esposa y madre y hermana (2Co 11,2; Mt 12,50) de mi Señor Jesucristo... (1CtCl 12-13)

Clara, que se siente sierva de Cristo, traspasa espiritualmente esta actitud de sierva, y por lo tanto de obsequio y deferencia, hacia Inés en cuanto esposa de Jesús. ¡Qué vivencias y qué sentimientos tan sutiles y purísimos...!


II. Mujer

Con motivo del 750 aniversario de la muerte de santa Clara, que se avecinaba, el P. Giovanni Boccali, OFM, publicó una edición crítica, con introducción y comentarios, de la Legenda latina sanctae Clarae virginis Assisiensis (Assisi, 338 pp.). Dentro de la amplia "Introduzione" (pp. 7-84) de este calificado experto del franciscanismo, leemos estos puntos que me place transcribir, de las  pp. 37-38. Estoy recordando, con ello, alguna clase dada a mis hermanas sobre esta admirable Mujer, que tal amor suscita en nuestra sensibilidad franciscana.
 Mujer recibida en la Orden por Francisco, (como hace con los demás hermanos), si bien es cierto que es destinada a un lugar distinto y con un programa diverso (Legenda 4,8-9);
 mujer que promete obediencia a Francisco, responsable del grupo masculino (Testamento 25; Legenda 8,2);
 mujer que inicia una forma nueva de vida en la Iglesia (Legenda 4,10-11; 7,8);
 mujer que anima una orden nueva en la Iglesia sin haber salido jamás de su monasterio (Legenda 7,1-3. 7-9);
 mujer que escribe una regla monástica para mujeres (Legenda 26,16-17);
 mujer consciente de su misión pública en la Iglesia (Legenda 9,13-15; 29,10);
 mujer a homenajean cardenales y prelados de la Iglesia (Legenda 26,13; 30,5);
 mujer que piensa, como Francisco, poner la nueva orden bajo la protección de un cardenal (Regla 12,12);
 mujer en estrecha relación con los papas (Legenda 9,9-15; 24,7-10);
 mujer que promete personalmente obediencia al papa (Regla 1,3);
 mujer a quien Gregorio IX e Inocencio visitan personalmente en San Damián (Legenda 9,13-15; 27,4-9);
 mujer a quien el papa se dirige personalmente por escrito para pedir la ayuda de la oración (Legenda 17,4-7);
 mujer para la cual un papa escribe de puño y letra el borrador del Privilegio (Legenda 9,11), y otro papa sa orden por escrito para la redacción de la Regla que va a ser bulada (Regla, verso);
 mujer a quien Inocencio III y Gregorio IX le concede un Privilegio inusual en la Iglesia (Legenda 9,9-11.15), y que obtiene de Inocencio IV la bula de confirmación de la Regla (Regla, P, 8; Legenda 26,16-17), a pesar de que el concilio IV de Letrán había dado otras disposiciones;
 mujer a quien el papa y la curia romana celebran el funeral en la pequeña iglesia de San Damián (Legenda 30,6-12);
 mujer a quien se quiso canonizar antes de ser sepultada (Legenda 30,7-8).



III. La capuchina: ser mujer en la Iglesia, hoy


El eterno femenino

El Antiguo y el Nuevo Testamento están pensando y construidos en función de la centralidad del hombre, si bien la igualdad absoluta de Hombre y Mujer están marcadas en la vocación de Adán y Eva, y si bien Pablo ha de proclamar vigorosamente: "Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" Ga 3,26-28). Expresión atemperada, al parecer, en Col 3, 10-11: "...y revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador, donde no hay griego y judío; circuncisión e incircuncisión; bárbaro, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo y en todos" (se ha suprimido la homologación de "hombre/mujer").
Con todo, la Historia de Salvación, tal como ha sido escrita, va siendo marcada por la elección de lo masculino: Abraham, Moisés, David, los Profetas; y Jesús escoge como Apóstoles solo a varones.
La Iglesia hasta el presente ha visto en este designio no solo una realidad "de hecho", sino también una realidad "de principio": así tiene que seguir siendo la Iglesia.
El teólogo y el contemplativo se encuentra, ciertamente, ante una realidad-misterio, que respeta y sigue pidiendo luz al Señor, para que vaya descubriendo, al paso de las culturas que se suceden, el verdadero puesto de la mujer en la Iglesia y en el mundo.
Hasta hoy se ha visto a la mujer en la Iglesia de acuerdo a la función biológica, materna y educadora de la mujer en el matrimonio.
Es terrible que ya en las primeras páginas de la Biblia se haya visto al varón como el Dominador: "Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará" (Gn 3,16). Hecho cruel, que no puede ser así, si es verdad que "sois uno en Cristo Jesús" (Ga 3,11).
La Unidad sólo se hace en el amor. La unidad es el fruto supremo del amor, y la unidad es don recíproco.
Sin duda que de aquí podemos partir para hablar de la función de la mujer en la Iglesia. La mujer ¡no puede estar bajo la dominación del marido, ni bajo la dominación de la jerarquía, que sería - si así ocurriera - un camuflaje del mal marido!
El hombre y la mujer deben vivir, en el matrimonio y en la Iglesia, en lo humano y en lo divino, en la unidad del amor, bajo la suave autoridad de Cristo.
Y justamente en la mujer la irradiación del amor tiene un resplandor del todo puro y singular en la mujer. Por eso, los literatos nos han hablado del "eterno femenino".
Mi querida Lidia: muchas veces me ha tocado decir - y me lo has oído - algo que me he inventado, aunque otros lo hayan dicho con otras palabras: "Lo más masculino del hombre es su anhelo (suave, amoroso, ardiente...) de la mujer; y lo más femenino de la mujer es su anhelo (suave, amoroso, ardiente...) del hombre". Es decir, el hombre y la mujer conspiran mutuamente a la unidad del amor, que es la perfección plena del ser hasta el encuentro con el Señor. El hombre y la mujer son mutuamente, el uno para el otro, dos polos de gravitación.
Así, pues, más allá de toda palabra maliciosa, la mujer es el secreto del hombre; el hombre es el secreto de la mujer. Pongamos en uno y en otro caso: el dulce secreto.
Todo esto tiene sentido, si hemos conocido nuestra vocación inicial y radical de humanidad, porque hemos nacido para realizar,  en el curso de nuestra vida, nuestra vocación de humanidad, bella vocación que nos ha dado nuestro Padre Creador.
Que la mujer tiene una palabra de amor en la Iglesia es evidente. Es la misión que le confió Jesús Resucitado a la mujer amante, María Magdalena, según el Discípulo amado: ¡Vete, y anuncia a mis hermanos: Subo a mi Padre, que es vuestro Padre; subo a mi Dios, que es vuestro Dios...! (Jn 20,17).
Y esta palabra no es una palabra secundaria. Es la palabra vivificante que despertó a la Iglesia y que trajo vida y esperanza a los apóstoles. Por eso, María Magdalena fue venerada por los Padres como la Apóstol de los Apóstoles. Es la palabra al corazón de la Iglesia, para que la Iglesia pueda llevar la palabra al mundo.
El eterno femenino en la Iglesia se hizo amor; el amor se hizo palabra; y por el amor y la palabra la mujer ejerció el don de su maternidad en la Iglesia naciente, junto a la cruz y en el alba de la resurrección.
Un declarado parentesco une la función de María, Madre Virgen, con la función de la mujer, en cuanto mujer; y muy singularmente si esta mujer ha unido virginalmente su vida a la causa de Jesús.
Con facilidad se relega la mujer al silencio, que es ciertamente un amor ambiental para que la Iglesia respire. Sin una atmósfera oxigenada no podríamos respirar y nos moriríamos de asfixia. El amor en el silencio es el oxígeno de la Iglesia.

Sobre Palabra y Silencio tendríamos que decir lo siguiente:
Hay ciertamente una Palabra-Silencio, que es la fe en oración, que fortifica a la Iglesia, que le da solidez, cimiento, espesor. Y es necesaria esa Palabra-Silencio.
Pero también, fruto de la misma revelación, hay otra Palabra-Clamor, que da identidad y resonancia a la iglesia ante sí misma y los demás.
Y justamente la mujer es portadora de esta misma Palabra-Silencio y esta Palabra-Clamor.

La capuchina de hoy, en el hoy de la Iglesia

La mayor parte de nosotros, capuchinos, somos hijos de familias sencillas del pueblo. Decir esto y remontarnos a hace 50 años es lo mismo que decir que somos hijos (yo me incluyo) de familias que, en los tiempos de entonces, su perspectiva era sencillamente la educación primaria... Dios seguía llamando a los sencillos para hacer obras grandes con ellos. Luego, en la Orden, con un esfuerzo sostenido, hemos ido progresando; hemos escalado nuevo rango de cultura, e incluso para algunos la obediencia ha sido los estudios superiores y las tareas de formación.
En este cuadro, al hacer balance de las Clarisas Capuchinas en México, con motivo de la reunión internacional del año pasado (mayo 2006), era normal que encontráramos, por poner un ejemplo, que en la Federación más numerosa, el 33,3 % contasen con solo la enseñanza primaria, y el 48,09% la secundaria; la Preparatoria, pocas (no alcanzaba el 10 %).
Y esto... ¿es defecto? En modo alguno. Pensar lo contrario sería ofender a Dios, negar el Evangelio, que el Padre  ha dado - dijo Jesús - "a los que no cuentan", a "los pequeños" frente a los importantes, a los mayores (Mt 11,25; Lc 10,21).           
Pero la vida evangélica tiene una irradiación cautivadora para todos, y también los nobles y letrados acuden en pos de ella. Esto le ocurrió a san Francisco. "Asimismo, muchos varones sabios y letrados, tanto seglares como clérigos prebendados, despreciando los atractivos de la carne y renunciando a la impiedad y deseos del siglo, ingresaron en la Orden de los menores, siguiendo en todo la pobreza y las huellas de Cristo y de su siervo el bienaventurado Francisco, según la medida de la gracia divina" (Tres Compañeros, 73).
Fray Tomás de Celano era uno de estos letrados que llegaron a la Orden: "...Pero loado sea el buen Dios, que tuvo a bien, por su sola benignidad, acordarse de mí y de otros muchos: y es que, una vez que entró en España, se enfrentó con él, y, para evitar que continuara adelante, le mandó una enfermedad que le hizo retroceder en su camino.
Volvióse a la iglesia de Santa María de la Porciúncula, y al poco tiempo se le unieron, muy gozosos, algunos literatos y algunos nobles. Siendo él nobilísimo de alma y muy discreto, los trató con toda consideración y dignidad, dando con delicadeza a cada uno lo que le correspondía. Dotado de singular discreción, ponderaba con prudencia la dignidad de cada uno" (1Celano 56-57).
Muchas veces, mi querida Lidia, me he preguntado: Pero ¿es que santa Clara no ha pasado por la Universidad? ¿Por qué no vienen más y más universitarias al Jardín de San Damián...? ¿Es que santa Clara no les iba a convencer - qué digo - a fascinar...? ¿O es que somos nosotros quienes no irradian la fascinación de Clara?
No pretendemos en modo alguno hacer de nuestra familia una Orden erudita. Iríamos contra nuestro hermano y padre Francisco de Asís: "Esta [sencillez o simplicidad] la requería el Padre santísimo en los hermanos letrados y en los laicos, por no creerla contraria, sino verdaderamente hermana de la sabiduría; bien que los desprovistos de ciencia la adquieren más fácilmente y la usan más expeditamente. Por eso, en las alabanzas a las virtudes que compuso dice así: ¡Salve, reina sabiduría, el Señor te salve con tu hermana la pura santa simplicidad!" (1 Celano, 189).
Si hoy la hermana clarisa capuchina ha de estar a la altura de lo que pertenece a la mujer en la Iglesia, el Señor le dará la Sabiduría hermana de la pura santa Sencillez. La Ciencia es camino de Sabiduría, aunque ella de por sí, no sea sin más Sabiduría.
¡Ser mujer hoy en la Iglesia! ¡Qué apertura mental, qué frescor, qué fragancia...! Y ¡qué audacia, rompiendo tópicos que han sido sacralizados...!
¡Qué libertad! ¡Qué mutua confianza nos debemos otorgar para que en nuestras comunidades reine ese espíritu del Concilio que ha dado un rostro nuevo a la Iglesia! ¡Qué sentido de la dignidad personal..., que es anterior a toda dignidad de oficio!


Viejas convicciones, sin añoranzas

Me encomiendo a Santa Teresita del Niño Jesús, doctora de la Iglesia con 24 años y sin Universidad para decir lo que quiero decir. Ella ni fue Priora ni fue Maestra de novicias..., sólo una simple ayudante. (¿Y es que tenía menos sabiduría, menos discreción, menos tacto... que todas las que fueron sus prioras...?)
Mi vieja convicción es ésta:
- Que la verdadera renovación viene por una vía: por esa intuición que tienen "los jóvenes de Dios" (no cualquier joven, por favor). Con poquito más de 20 años Clara se vio al frente de una familia espiritual que nacía en la Iglesia. ¡Nunca lo olvidemos...! Muy joven era Francisco cuando vio lo que los sabios mayores no pudieron ver.
- Y con la misma fuerza puedo decir que Dios se sirve de los mayores (78 años cumplidos tenía Joseph Ratzinger cuando comenzó a ser Benedicto XVI), si  en este mayor (legalmente Jubilado) encontramos que su vida - por su forma de pensar, por su fragancia, por su esperanza - siguen vibrando aquellas intuiciones que le animaron a sus 20, a sus 25, a sus 30 años...
Estas convicciones no todos ni todas las comparten; por eso, he traído a colación personas fuera de sospecha...
Mi querida Lidia, bien sabes que escribo desde esta altura respetable de 70 años...; el cuerpo se resiente, cierto... Me parece que puedo contar con cierta sabiduría "acumulada" por la edad, estudios y cargos... Pero... no te espantes - que sé que no te espantas -: de ningún modo pienso que aquel capuchino de 28, de 30, de 33, de 35 años, pese a su pretendida "inexperiencia" estuvieran en inferiores condiciones de consejo y de buen sentido, de generosidad... que este capuchino de hoy, para llevar adelante un gran proyecto. La identidad última de cada uno nos hace ser lo que somos y lo que aspiramos, atravesando las variaciones que la vida lleva consigo.
Esta es mi confianza probada de la Juventud, pero - ¡atención! - no de toda Juventud, como, a la inversa, no haré la alabanza de la ancianidad, como si el viejo fuera sabio por su edad..., que sólo alabaré a tales ancianos, a otros no.

* * *
En fin, mi querida Lidia. He hilvanado pensamientos teniendo en mi pupitre solo tres libros: la Biblia, san Francisco, santa Clara. Espero haberte traído un aire fresco a tu corazón.
Recibe mi cariño y abraz
Tres Ojitos, 6 de marzo de 2007

245. Esencias de Santa Clara - 2 Franciscana, hermana, pobre


Cartas de un hermano menor
a una hermana clarisa capuchina
en torno a santa Clara y su Forma de vida (2007),
reeditadas hoy (2012) con motivo de los 800 años
del comienzo de la vida evangélica de Clara (Assisi, 1212)

Carta 2
El Perfil:
franciscanas, hermanas, pobres



Querida Lidia:
En años recientes ha salido al mercado esta palabra: “el perfil”, que viene a ser el retrato que uno presenta cuando aspira a un oficio, o cuando quieren darle a conocer. El perfil, así usado, es el conjunto de rasgos que definen mi identidad: tengo tantos años, casado/soltero, he cursado tales estudios, mis gustos y preferencias son estos. De una manera más ordinaria se puede decir, como a la antigua, ficha personal. Pero “el perfil”, aparte de ser más poético, es más sugerente.
Pues, tomando esta cultura, vamos a ver cuál es el perfil de la Hermana Pobre que Clara dibuja en el primer capítulo de su Regla. Porque de aquí podemos sacar el perfil, esos rasgos distintivos que diseñan inconfundiblemente a Clara y a sus hermanas.


El heptagrama de Celano

Fray Tomás de Celano, con quien creo sentir una cierta afinidad - para consuelo mío - pues quisiera tener, como él, tres notas: espiritualidad, literatura y cultura, pintó el convento de San Damián con siete rasgos. Vendría a ser no un eneagrama - clave mágica de la psicología de hoy - sino un heptagrama. Acaso tenga su intención de que el número sea precisamente “siete”, y no seis. Siete es un número místico de perfección.
Me refiero a aquella página escrita por el ilustre hermanos en la Biografía oficial de al canonización de san Francisco (1228), que ya mencionábamos en la carta anterior. Habla, en concreto, “de cómo reparó (Francisco) la iglesia de San Damián y del tenor de vida de las señoras que moran en aquel lugar”.
Y después de haber tejido el elogio de Madona Clara, prosigue con la impresión que él tuvo del protomonasterio, que viene a ser el espejo para todas las hermanas de la misma familia, que ya comienzan a multiplicarse”.
“Antes de nada y por encima de todo, resplandece en ellas la virtud de una mutua y continua caridad, que de tal modo coaduna las voluntades de todas, que, conviviendo cuarenta o cincuenta en un lugar, el mismo querer forma en ellas, tan diversas, una sola alma.
En segundo lugar, brilla en cada una la gema de la humildad, que tan bien les guarda los dones y bienes recibidos de lo alto, que se hacen merecedoras de las demás virtudes.
En tercer lugar, el lirio de la virginidad y de la castidad en tal forma derrama su fragancia sobre todas, que, olvidadas de todo pensamiento terreno, sólo anhelan meditar en las cosas celestiales; y de esta fragancia nace en sus corazones tan elevado amor del esposo eterno, que la plenitud de este sagrado afecto les hace olvidar toda costumbre de la vida pasada.
En cuarto lugar, en tal grado se hallan todas investidas del título de la altísima pobreza, que apenas o nunca se avienen a satisfacer, en lo tocante a comida y vestido, lo que es de extrema necesidad.
En quinto lugar, han conseguido la gracia especial de la mortificación y del silencio en tal grado, que no necesitan hacerse violencia para reprimir las inclinaciones de la carne ni para refrenar su lengua; algunas de ellas han llegado a perder la costumbre de conversar, hasta el extremo de que, cuando se ven precisadas a hablar, apenas si lo pueden hacer con corrección.
En sexto lugar, en todo esto tienen tan maravillosamente adornadas de la virtud de la paciencia, que ninguna tribulación o molestia puede abatir su ánimo ni aun inmutarlo.
Finalmente, en séptimo lugar, han merecido la más alta contemplación en tal grado, que en ella aprenden cuanto deben hacer u omitir, y se saben dichosas abstraídas en Dios, aplicadas noche y día a las divinas alabanzas y oraciones” (1Cel 19-20).


La mutua y santa caridad
Celano no es el profesor que entra en la palestra: ¿Cuál es el rasgo específico que contradistingue a la clarisa de cualquier otar consagrada? Celano simplemente narra; toma la foto de lo que ve; habla “de conversatione Dominarum in eodem loco”, del modo de vivir y comportarse aquellas Madonas en el mismo lugar. Y nos da como una primera característica lo que habría de anotar cualquier otra comunidad ideal: la caridad, con dos epítetos que la hacen perfecta:
- caridad mutua,
- caridad continua.
La caridad está por encima de todo. No es carisma, en el esquema paulino; es un “camino más excelente”; es - todo lo más - un supercarisma, asequible a todos y necesario para todos, porque las expresiones que anota Pablo son las cotidianas del diario vivir.
Lo difícil de la caridad es que sea “constante”. Esto es lo que le hace ser un cántico heroico de amor.
Aceptando esto, que es básico, esencial, insustituible..., lo más precioso de todo, no diremos, sin embargo, que es el rasgo típico de la hermana de santa Clara.
Ahora bien, todo lo demás sin esto sería nada, recordando a san Pablo: sonido hueco.


La “santa unidad” en la “suma pobreza”
Pasando a un terreno más directamente teológico, nos interesa ver con qué precisión, el cardenal Rainaldo presenta la bula pontificia de Inocencio IV, que contiene la Regla de santa Clara.
Dice: “Vosotras, amadas hijas en Cristo, despreciasteis las pompas y placeres de este mundo y decidisteis seguir las huellas (cf. 1Pe 2,21) del mismo Cristo y de su santísima Madre y elegisteis vivir encerradas y servir al Señor en suma pobreza para daros a Él con plena libertad del espíritu. Nos, alabando ante el Señor vuestro santo propósito, acogemos de muy buen grado y con afecto paternal vuestros votos y santos deseos. Por lo que, inclinados a secundar vuestros piadoso ruegos, con la autoridad del señor Papa y nuestra, confirmamos para siempre y en virtud del presente escrito corroboramos, en favor vuestro y de cuantas os sucedieren en el monasterio, la forma de vida y el modo de santa unidad y altísima pobreza (cf. 2Co 8,2) que tanto de palabra como por escrito os enseñó a observar el bienaventurado padre san Francisco”.
En este escrito que introduce la Regla hallamos, como piedras bien talladas, estas expresiones:
- seguir las huellas de Cristo
- suma pobreza
- santa unidad
- altísima pobreza.

El Cardenal protector ve, ante todo, que el motor que desencadena la forma de vida es un absoluto: el Evangelio, dicho aquí con esta frase de Pedro (referida a la pasión de Cristo), frase que agradaba tanto a Francisco, a juzgar por las veces que recurre a ella: seguir las huellas de Jesús, seguir sus huellas: sequi eius vestigia.
Lo que quiere el hermano menor Francisco, lo que quiere la hermana Clara es simplemente esto: seguir las huellas de Jesús. ¿Cómo? Él lo dirá.

Y efectivamente lo dice con una palabra grávida: la suma pobreza, la altísima pobreza.
¡La pobreza! Aquí tocamos la esencia. Aunque hablemos de “virtud” de pobreza, la pobreza - en la perspectiva franciscana - no es virtud: es todo un modo de haber concebido el misterio de Cristo y adherirse a él en un despojo total. Es el mysterium paupertatis. La pobreza franciscana se entiende desde la perspectiva de la mística, no desde la ascética; se comprende, más bien, desde el desnudo Crucificado que desde la legítima teología de la liberación, que clama justicia por el pobre; desde el Esposo en cruz más bien que desde la solidaridad y el compartir con los pobres, aunque sean todas ellas vivencias que debamos integrar.


Trilogía del carisma de la clarisa

A mi modo de ver, la clave de la espiritualidad de santa Clara puede compendiarse en tres palabras:
- ser franciscana
- ser hermana
- ser pobre.

Yo creo que es la esencia, si analizamos cuidadosamente el capítulo primero de la Regla, donde están las bases.

Sería un éxito para concentrar nuestra espiritualidad poder llegara fórmulas sencillas, transparentes y vivas.
Para nosotros, varones, el binomio que formula nuestro carisma específico está en el título de la regla: “Regla de los hermanos menores”.
- Ser hermanos
- ser menores: Esto es todo.
Acaso san Buenaventura tuviera otros modos de decir: El Crucificado, desnudo y pobre.
Cuando en España celebrábamos el IV Centenario de la muerte de santa Teresa de Jesús, un carmelita, Tomás Álvarez, eminente teresianista (y exquisito literato, según la buena tradición carmelitana), nos definía así, en tres palabras, el ideal que movió a doña Teresa de Ahumada a dejar el convento de la Encarnación e iniciar al Reforma en el palomarcico de San José: “pocas, pobres, definidas”.
Pocas: En la Encarnación había no menos de 160 monjas, y, sin duda, que entre ellas, también las había de gran perfección, santas; pero la Reforma pedía otro estilo. Pocas: es decir, casas de 12. (Con el correr del tiempo se permitió hasta 21, luego hasta 25...).
Pobres, con lo que esta palabra significa. Doce pueden ser pobres con lo que todo el mundo entiende; 160... quizás no.
Y definidas: saber qué queremos y cómo lo queremos.
Así nació la Reforma del Carmelo, valientemente llevada a cabo por brazo de una mujer.
En el inicio del carisma de Clara las cosas, por la luminosidad de Francisco, por la consagración virginal de la joven, transida de amor, están limpias y definidas por el instinto del Espíritu.


Ser franciscana
Aquí “ser franciscana” significa algo muy pequeño, muy singular, muy profundo. Es sentirse una con Francisco por impulso del Espíritu. Lo cual para nada significa dependencia, sino otra cosa: sintonía.
Esta sintonía llega a unos extremos que requiere un lenguaje... de iniciados. ¿Cómo se pudo escribir aquello que declaró sor Felipa en el proceso de canonización de Clara, cuando a los pocos meses de la muerte de la Madre se pidió declaración de las hermanas?
“Sor Felipa, hija de messer Leonardo de Gislerio, monja del monasterio de San Damián, declaró bajo juramento que cuatro años después de la entrada de santa Clara en religión por la predicación de san Francisco, entró en la misma también la testigo, porque la predicha santa le hizo meditar cómo, por la salvación de la humanidad, nuestro Señor Jesucristo soportó la pasión y murió en la cruz. Y así, la testigo, compungida, decidió entrar en religión y hacer penitencia juntamente con ella. Y permaneció con la dicha madonna Clara desde entonces hasta el día de su muerte, unos treinta y ocho años” (Proceso, testigo III).
Esta sor Felipa contó lo siguiente: “Contaba también madonna Clara que una vez, en visión, le había parecido que llevaba a san Francisco una vasija de agua caliente, con una toalla para que se enjugara las manos. Y subía por una alta escalera; pero caminaba con tal agilidad como si anduviese por suelo llano. Y, cuando llegó junto a san Francisco, el santo sacó de su seno una tetilla y le dijo a la virgen Clara: "Ven, toma y mama". Y, cuando hubo sorbido, el santo la animaba a chupar otra vez; y al sorber, lo que de allí tomaba era tan dulce y grato que no podía expresarlo de ninguna manera.
Y cuando se sació, la redondez o boca del pecho de donde salía la leche quedó entre los labios de Clara; y, al tomar ella en sus manos lo que se le había quedado en la boca, le pareció un oro tan claro y brillante, que se veía toda como si fuera en un espejo” (Proceso, testigo III, 29).
Digan los psicoanalistas sus opiniones... La cosa es más sencilla: es muy espiritual..., es divina... Por eso, callen las palabras.
Entre Francisco y Clara se dio una simbiosis de vida, algo que obró el Espíritu Santo como don suyo. Por eso será mejor que callen las palabras.
Nosotros simplemente daremos explicaciones eruditas, o incluso podremos poner en verso nuestros ideales y aspiraciones, pero la realidad que existió, que está en el fondo del carisma, fue muy sencilla y del todo de Dios.
Recuerdo que, al poco de llegar yo a México, compuse unos versos que me place traer aquí pues tratan de esta conjunción espiritual de ese que dijimos que es nuestro único carisma.

Francisco y Clara juntos, alma y alma,
unida la Oración y la Palabra;
un solo corazón que se dilata,
un único carisma por la gracia.

Francisco en un espejo se retrata,
y Clara es su plantita delicada;
no existe el pobrecillo sin la hermana,
sin él la flor nacida fuera nada.

Y en esta comunión de regla y vida
queremos ser nosotros su familia,
en oración callada y ofrecida
y en la misión al mundo enardecida.

Jesús crucificado, que unificas
el corazón humano que te ansía,
condúcenos, Señor, bajo tu guía,
y da al sincero amor sabiduría.

¡Oh Dios de la unidad, oh Trino y Uno,
destino de quien busca el absoluto,
a ti la gloria viva, eterno fruto,
y todo nuestro amor como tributo! Amén.
Lago de Guadalupe, 12 de diciembre de 2002


El Testamento de Clara como elocuente proclamación de la paternidad de Francisco

El Testamento de Clara es, como el de Francisco, una evocación y una recomendación. La evocación toda ella transida del amor entrañable de Clara a Francisco, a nuestro bienaventurado padre Francisco. “Padre” es la palabra dominante, con un sentido verdadero, cálido, del todo personal. Clara es toda de Jesús - Dios así lo quiso - por medio de Francisco. He aquí la secuencia de versículos más señalada.

24   Después que el altísimo Padre celestial se dignó iluminar con su misericordia y su gracia mi corazón para que, siguiendo el ejemplo y la enseñanza de nuestro bienaventurado padre Francisco, yo hiciera penitencia,
25       poco después de su conversión, junto con las pocas hermanas que el Señor me había dado poco después de mi conversión, le prometí voluntariamente obediencia,
26   según la luz de su gracia que el Señor nos había dado por medio de su admirable vida y enseñanza.

27   Y el bienaventurado Francisco, considerando que si bien éramos frágiles y débiles según el cuerpo, no rehusábamos ninguna necesidad, pobreza, trabajo, tribulación o menosprecio y desprecio del siglo,
28   antes al contrario, los teníamos por grandes delicias, como a ejemplo de los santos y de sus hermanos había comprobado frecuentemente en nosotras, se alegró mucho en el Señor;
29   y movido a piedad hacia nosotras, se obligó con nosotras a tener siempre, por sí mismo y por su Religión, un cuidado amoroso y una solicitud especial de nosotras como de sus hermanos.

30   Y así, por voluntad de Dios y de nuestro bienaventurado padre Francisco, fuimos a morar junto a la iglesia de San Damián,
31    don­de el Señor, en poco tiempo, nos multiplicó por su misericordia y gracia, para que se cumpliera lo que el Señor había predicho por su Santo;
32      pues antes habíamos permanecido en otro lugar, aunque por poco tiempo.

33   Después, escribió para nosotras una forma de vida, sobre todo para que perseveráramos siempre en la santa pobreza.

34   Y no se contentó con exhortarnos durante su vida con muchas palabras y ejemplos al amor de la santísima pobreza y a su observancia, sino que nos entregó varios escritos para que, después de su muerte, de ninguna manera nos apartáramos de ella,
35   como tampoco el Hijo de Dios, mientras vivió en el mundo, jamás quiso apartarse de la misma santa pobreza.
36   Y nuestro bienaventurado padre Francisco, habiendo imitado sus huellas (cf. 1 Pe 2,21), su santa pobreza que había elegido para sí y para sus hermanos, no se apartó en absoluto de ella mientras vivió, ni con su ejemplo ni con su enseñanza.

El retorno a Francisco, mi querida Lidia, es un surtidor de fuerza en el “franciscanismo”; y es el vigor de la vida clariana.
¡Cuántos sentimientos nos envuelven al evocar su figura, recuperándola en nuestro estudio y en nuestro corazón! Acaso envidia (que es pecado), al verle a él y al vernos a nosotros..., cuentas y comparaciones que a Dios no le agradan. Por encima de cualquier sentimiento, Francisco debe provocar amor, pues él y nosotros somos de la misma familia, que él no ha creado, sino el Señor.
Resumiendo consideraciones: lo franciscano afinará lo que de verdad nos interesa, dar brillo y fragancia a nuestro ser de Cristo. Francisco no es más que referencia; el Señor a quien servimos no es Francisco, sino Jesús.

Ser hermanas

Quizás ser hermanas no sea lo que todo el mundo opina, sino eso mismo visto con una luz nueva..., hasta el punto de ser distinto.
El sentirse hermano no es una igualación de cargos y dignidades, puesto que la fraternidad se basa en lo que a todos nos da el mismo rango de pertenencia plena a una familia; no estriba en la democratización. La fraternidad nace de una revelación bautismal; nace de un encuentro con el Espíritu Santo. Aquella frase, de una lógica desconcertante de Francisco: “...porque si la madre nutre y quiere a su hijo carnal (cf. 1Ts 2,7), ¿cuánto más amorosamente debe cada uno querer y nutrir a su hermano espiritual?” (RB 6,6). Criterio que Clara repite en el contexto de la atención a las enfermas: “Y exponga confiadamente la una a la otra su necesidad, porque si la madre ama y nutre  a su hija carnal, ¡cuánto más amorosamente deberá cada una querer y nutrir a su hermana espiritual!” (Regla VIII, 15-16).
No podemos olvidar este principio tan elemental: que la fraternidad en que quedamos constituidos viene como creación del Espíritu. Se proyectará en detalles aparentemente no espirituales, pero, nacida del Espíritu, es siempre fraternidad espiritual.
Es un modo de amor de cercanía, de unción, que ha purificado todos los sentimientos. Ser hermanos es el sentido de la Iglesia a honra de la Trinidad; ser hermanos es, sustancialmente, el sentido de nuestra Fraternidad.
Cultivar la fraternidad, interior y exteriormente, es la tarea de la comunidad; es realizar en forma pequeña lo que es la misión interna de la Iglesia.
Francisco la ha sellado con una nota, que no es la propia de la Comunidad; la fraternidad tiene como nota la familiaridad. La familiaridad es la cercanía entre iguales, si realmente es “cercanía”, si realmente es entre “iguales”, porque caben camuflajes de realidades espirituales tan delicadas.
Los predios del Espíritu nos traen sorpresas. Francisco es padre, pero sus hermanos no son su hijos, sino sus hermanos.
Clara es constituida en “abadesa y madre” (Iv,8), pero la Regla no dirá de sus hermanas que son sus hijas... Por ejemplo: “La abadesa llame a sus hermanas a capítulo al menos una vez cada semana” (IV,15); “La abadesa exhorte y visite a sus hermanas...”  (X,1).
Cuando ya va avanzando nuestra vida religiosa hacia la cumbre, uno se pregunta con más luz interior: ¿Hemos sido iluminados en el verdadero sentido de la fraternidad? ¿Somos - o hasta qué punto lo somos - verdaderamente hermanos?

Paupertas
     
¿Qué calificativo daremos a la Pobreza como nota esencial y sintética del carisma? ¿Será la santa pobreza? Puede serlo perfectamente, como la “santa caridad”. La santidad es el halo de toda virtud perfecta.
     
La pobreza por sí misma es la pobreza-pobreza..., la que ante Dios no admite engaños, y se hurta a toda demagogia. Francisco - y Clara - metiéndose dentro de la misma, la llaman “altísima”, “suma...” Quizás no sea un epíteto de grado, sino de calidad. Como si dijéramos: La pobreza es pobreza, si es ella misma, si es verdadera, si viene de la iluminación de Dios, no del empeño humano. La pobreza es la figura de Jesús.
Es una virtud de nunca acabar, porque es una virtud luz, vida... De hecho, ser pobre, sin más, valdría como voto del franciscano, como expresión del carisma total...

Mi querida Lidia: son cincuenta años y más pensando sobre pobreza, luchando, sin armas intelectuales y menos sin otro armamento, por los fueros de la pobreza, de la que san Francisco decía (Sacrum Commercium) que desde el tiempo de los Apóstoles era la Desconocida...
Tiene carácter divino la Pobreza. Parece como si en la Orden fuese el alma invisible, que debe reflejarse en todo...
A lo largo de mi vida - puedo confiarte - la Pobreza siempre ha sido un pensamiento purificador, que, al final, termina en humildad y silencio.
En una palabra: la Pobreza es el misterio de Jesús tal como apareció a Francisco.
Señor, yo me callo y simplemente amo. Te pido una gracia: que las elucubraciones ni me aplasten, ni alejen mi alma de la altísima pobreza, o más sencillamente, de Jesús Pobre,  en el cual está la Sabiduría.
Mi querida Lidia: oremos en silencio.
Con mi afecto, que cada día crece (para algo sirven los años), fraternalmente




Tres Olitos,  24 de febrero de 2007

244. Esencias de santa Clara - 1 Un solo carisma


Cartas de un hermano menor
a una hermana clarisa capuchina
en torno a santa Clara y su Forma de vida (2007),
reeditadas hoy (2012) con motivo de los 800 años
del comienzo de la vida evangélica de Clara (Assisi, 1212)

Carta 1
Un solo carisma


Mi querida Lidia:
Continuamos. Tras meses de silencio, continuamos. Nota al final.

En el Jardín de San Damián
Al abordar a Clara, en el Jardín de San Damián, a nuestra hermana Clara (nuestra Madre Santa Clara, dirás tú, sin que nadie pueda arrebatar de tus labios este privilegio), lo hago desde mi propio corazón pensante, con ese pensamiento amoroso, que es el único que da pureza, agudeza y fuerza..
Hay en mí un clamor callado, no por silencioso menos verdadero; no porque no salga y resuene al aire, menos armonioso. Te diré, de un golpe, como un Poeta que deja florecer sus íntimas verdades.
Clara es el soñado amor que uno quiere tener en la vida, lo que uno casi no se atreve a decírselo a sí mismo.
Clara es mi Azucena. La veo en un altar sencillo y campestre en medio de la fragancia del campo.
Desde el primer momento Clara ha enamorado a los hermanos. Fray Tomás de Celano, que tenía el alma como las cuerdas de un violín, ha tejido como un poema en alabanza a las Hermanas de San Damián, sin rubor de que la vanidad empañase a aquellas almas puras. En la Vita I de Francisco (1228) dice de Clara: “Noble por la sangre, más noble por la gracia. Virgen en su carne, en su espíritu castísima. Joven por los años, madura en el alma. Firme en el propósito y ardentísima en deseos del divino amor. Adornada de sabiduría y singular en la humildad: Clara de nombre; más Clara por su vida; clarísima por su virtud” (1Cel 18).
Las Florecillas (cap. 15) se han atrevido a imaginar un banquete celestial entre Francisco y Clara en la Porciúncula - una fantasía amorosa - cuando ardía toda la Porciúncula en una llamarada de amor.
Muy sencillamente Francisco escribió un poemita que hoy nosotros podemos disfrutar: Audite, poverelle... ¡Cuánta ternura, cuánto Evangelio en unas palabras traspasadas de candor!
Clara, sobre una biografía histórica innegable, bien documentada, viene a ser como una ensoñación o una sublimación en alas del amor. Si el amor, al hablar, no crease, se quedaría prisionero de sí mismo, y este amor comedido no sería el amor alado que llevamos dentro.


Una evocación: versos por santa Clara
Permite una evocación para entrar  en este Jardín de San Damián con poesía. Un jardín es un templo de poesía.
Clara es como una palabra que guardo escondida,  acaso como una crisálida, de la que nace la mariposa. He aquí el último Himno que he compuesto para celebrar a santa Clara, como al eco del 750 aniversario de su Tránsito, que movió tal oleada de cosas hermosas.

Encuentro matutino del amor
tu vida, hermana Clara, cual la mía:
un ímpetu que anhela y rasga el cielo
y emprende tras Jesús su travesía.

Pobreza es tu pureza, bella virgen,
pobreza es sólo Él en tus caricias;
pobreza es tu cantar de soledades
pues sólo Él, Jesús, es compañía.

Tu pecho, hermana, es tierno como un nido,
es todo para Él, a quien cobijas,
regalo que te da, virginidad,
al cálido vaivén de tus delicias.

Pobreza pura, el último misterio
de carne casta, rama florecida,
Clara, fontana fresca del amor,
resurrección de Cristo en esta vida.

¡Oh, quién pudiera en mí a ti encontrarte
oh, quién pudiera ver lo que uno ansía,
mendigo yo, oh Clara, de tu mano,
mendigo sin palabras si me miras!

¡Jesús, oh Dios, festín de enamorados,
belleza y paz, y luz de bienvenida:
a ti suba el incienso de los votos;
acéptalos, cual gloria que en ti brilla! Amén.


Por una revisión a fondo del Oficio de Santa Clara
Al escribir esta poesía (que un día entregué en Santa Verónica), también en aquella ocasión reflexioné sobre los desajustes que encontramos en el Oficio de Santa Clara, que merece otra cosa mejor, como bien patente está que toda la Liturgia de las Horas para la Familia Franciscana requiere una revisión a fondo. Me place traer aquí aquellas puntualizaciones.

Los textos bíblicos de las I y II Vísperas son textos del Antiguo Testamento, cuando ante el Magníficat sólo se lee actualmente el Nuevo Testamento.
 ¿Puedo decir yo, como antífona de Laudes: “La bendijo el Señor, y por medio de ella aniquiló a los enemigos”?
 Se introducen las preces de Vísperas dirigiéndonos al “Padre de las misericordias”, bella expresión querida por Clara; y luego... dirigimos las preces a Jesucristo. No es lógico.
 En Vísperas, en la prez por los difuntos, rogamos por “nuestros hermanos y hermanas franciscanos”. No es así: en Vísperas rezamos por todos los difuntos de la Iglesia, e incluso por todos los difuntos.
 Y hay otros interrogantes para los expertos: ¿Conviene que sea distinta la lectura del Oficio de lectura que hacemos la familia franciscana de la lectura del Oficio de toda la Iglesia? En el Oficio de san Francisco no ocurre tal.
Comparen también los expertos las antífonas en la solemnidad de santa Clara con las de la celebración de las santas vírgenes...
(Nota. Son observaciones hechas hace varios años).

Y tras esto, sigamos.
Mis reflexiones, amada hermana, giran en torno a la Regla de santa Clara, que tomamos con el alma de la vida clarisa. Y, al mismo tiempo, estas reflexiones tienen una orientación que afecta a cuanto quiero compartir contigo: son cartas de “un hermano menor” (que, en el caso, se llama Rufino). Pero, por el sentido crítico de la vida y de las situaciones que Dios ha puesto en mi mente, me pregunto en voz alta: Pero ¿tiene algo que decir un hermano menor a unas hermanas de santa Clara? Y mi respuesta es sencilla y total:
- Pues tiene tanto que decir como una hermana a un hermano.
Establecemos una ley de autoridad y una ley de reciprocidad. El carisma es uno, y la palabra, soporte natural del carisma, reposa en el hermano igual que en la hermana; en la hermana igual que en el hermano.             Soy consciente de que, hablando así, salgo del uso que ha prevalecido durante siglos. Los hermanos podían decir a las hermanas; las hermanos a los hermanos, no.

Pero también hay un matiz de consecuencias bien claras. No podemos intercambiar las palabras de un modo arbitrario. Es obvio que la Regla de santa Clara la deben comentar las Hermanas de Santa Clara, pues ellas son las que están viviendo, no los hermanos.
Y la verdad vital mana de la experiencia, no de los libros desempolvados - aunque, cierto, esté también allí, que son tesoros valiosísimos -, y lo femenino fluye de lo femenino. A Clara hay que leerla “con ojos de mujer”, y detrás de las palabras hay que captar lo que la intuición femenina está captando. De hecho, una regla dice cosas y sobreentiende otras, mas solo el que está dentro de la vida entiende lo que, sin decirse, está palpitando en la vida que se vive y que se quiere proyectar o - quizás, más bien - “significar” en una regla.


Tres argumentos convergentes hacia un solo carisma
Hay, a mi modo de ver, tres argumentos mayores, en la lectura de la Regla, que convergen  en este punto: Nuestro carisma es uno.  He aquí estos argumentos.

El primero. Hoy porfían los autores en decir que la Regla de santa Clara es Regla de santa Clara, no de ningún otro; que ella es la autora. Más aún, Clara es la primera mujer en la historia que escribe su propia Regla. ¡Enhorabuena, porque esto es un canto a la mujer!
Si esto es así - que lo admitimos - ¿por qué la Regla de santa Clara tiene doce capítulos, como la de Francisco? ¿Y por qué, sobre todo, calca y transcribe tantas frases y párrafos que ya estaban en al Regla de san Francisco? La respuesta se impone: porque Clara se siente al unísono con lo profundo de Francisco.  La Regla - diremos -, como el carisma, es una, si bien es diversas la proyección masculina y la femenina.
Se da por descontado de que la vida de plena consagración femenina es vida en reclusión, de ahí la clausura.
Otros dos aspectos habrá que aclarar, porque se muestran como desajustes de lo que vamos exponiendo. Hay dos palabras que no están en la terminología de los hermanos: abadesa y monasterio. Son conceptos jurídicos obligados del momento. ¿Habría preferido Francisco otros vocablos más afines con la sencillez de su ideal? Acaso. Pero, para dar respuesta a estas preguntas que no dejan de tener vivo interés, hay que tener más conocimiento del alma de los documentos medievales. El nombre de “Abadesa”, que en la tradición franciscana es más de oficio que de vida, lo usan tanto el Papa que aprueba la Regla, Inocencio IV, como el cardenal a quien se transmite la autoridad pontificia, Rainaldo.

El segundo argumento que apunta hacia ese solo carisma  de la misma familia - hermanos y hermanas - es el hecho de que Clara expresamente dice de Francisco que es el que instituyó esta forma de vida para las hermanas, y que él es, en sentido fuerte, el “benditísimo padre de esta plantita”.
Así pues, el fundador de la Clarisas es el bienaventurado Francisco (esto es, beatus Franciscus, que se puede traducir simplemente por: san Francisco), no Clara. Francisco es el fundador, Francisco es el autor de esta vida, que, ciertamente, ha recibido de Jesús.
Estamos leyendo simplemente el capítulo primero.

Y un tercer argumento es el siguiente: que Clara promete obediencia a Francisco.  Es una obediencia espiritual que otorga, sin duda, a Francisco no solo una autoridad carismática, sino una autoridad de decisión, si el caso lo requiere.
Hoy de ninguna manera una hermana pobre de Santa Clara puede prometer obediencia al Ministro General de los Hermanos Menores, en cualquiera de sus tres designaciones.


En suma: lo mismo que a ellos
El hecho más elocuente de este único carisma podemos verlo en aquel pequeño escrito de Francisco que Clara incluye en el cofre de su Regla: “Ya que, por divina inspiración, os habéis hecho hijas y siervas del altísimo sumo Rey Padre celestial y os habéis desposado con el Espíritu Santo, eligiendo vivir según la perfección del santo Evangelio,  quiero y prometo dispensaros siempre, por mí mismo y por medio de mis hermanos, y como a ellos, un amoroso cuidado y una especial solicitud” (Regla VI,3-4).
Y a renglón seguido remarca: “Lo que cumplió diligentemente mientras vivió, y quiso que sus hermanos hiciesen siempre lo mismo” (v. 5).
Promesa sorprendente de san Francisco, porque sus palabras, leídas con el rigor propio de lo que significan, está equiparando a hermanos y hermanas en una misma entrega de su parte. Francisco sabía perfectamente que su presencia y su palabra eran la salvaguarda segura del ideal.
Y sorprendente también el recordatorio de santa Clara: Francisco cumplió su palabra, Francisco quiso que también sus hermanos la cumplieran


Via amoris
Lidia, me parece que lo que vamos diciendo es bastante obvio; fluye como el agua que sale del manantial. Parece que, de acuerdo a estas palabras fundacionales, leídas “sin glosas”, hermanos y hermanas deberíamos ser simplemente hermanos, en una grata sinfonía sin recelos, con fragante acogida.
La realidad cotidiana es bastante distinta. La ascética levanta al punto un velo de separación, y se va imponiendo una praxis de cautela y reserva... Todo el ambiente lo propicia y las leyes canónicas lo sancionan desde el mismo nacimiento de la Regla franciscana: “Los hermanos no entren en monasterios de monjas. Mando firmemente a todos los hermanos que no tengan sospechoso trato o consejos de mujeres; y que no entren en monasterios de monjas, fuera de aquellos hermanos que tienen una licencia especial concedida por la Sede Apostólica...” (Capítulo XI). Y las fuentes biográficas se mostrarán muy advertidas para decir que Francisco a ninguna mujer miraba a la cara: solo a tal y tal... “Una vez llegó a decir al compañero: "Carísimo, te confieso la verdad: si las mirase, no las reconocería por la cara, si no es a dos. Me es conocida ‑ añadió ‑ la cara de tal y de tal otra; de ninguna más" (2Cel 112).
Acaso fuera así..., pero sentimos como si algo se nos rompiera... En el mismo capítulo, tan moralizador, Celano insiste, contando un devoto episodio: “...En cuanto lo oyó, ella, con una hija virgen consagrada a Dios, corrió a donde el Santo a llevarle lo que necesitaba. Mas el Santo, reanimado algún tanto con la refección, a la recíproca, confortó él a madre e hija con la palabra de Dios. Pero mientras les hablaba no miró a la cara de ninguna de las dos. Cuando ellas se fueron, el compañero le dijo: "Hermano, ¿por qué no has mirado a esa virgen santa que ha venido a ti con tanta devoción?" El Padre le respondió: "¿Quién no tendrá reparo en mirar a una esposa de Cristo? Porque, si los ojos y la cara dan expresión a la predicación, ella tenía que mirarme a mí y no yo a ella" (2Cel 114).
No imaginamos que Jesús negara sus ojos llenos de ternura a aquellas mujeres que se le acercaron. Cierto, que no se puede sostener el diálogo con la Samaritana con los ojos bajos por la modestia... Y el evangelista es testigo de la sorpresa: ¡A solas hablando con una mujer!
¡Cuánta maldad hay en nuestro corazón para ser nosotros malos y para pensar que los demás son, al menos, tan malos como yo y cercar la vida de tantas precauciones! ¡Qué pena! ¡Cuánta maldad para no pensar que el cuerpo purísimo de Jesús hace posible el encuentro del hombre con la mujer, corazón a corazón!
No nos engañemos: el hombre impuro, mirando o sin mirar, apetecerá la impureza; el puro con su mirada santifica. Una mirada de amor es lo más hermoso que puede entregar el hombre... El Señor nos guarde el corazón. Sólo él puede guardarlo; no ninguna ley.

No existe una vía jurídica que vincule a las dos entidades para que una esté sometida la otra en algo... Cada cual es familia independiente; diríamos que, en lo jurídico, caminamos por vías distintas, si bien sean paralelas.
Meditando en el sentido que mana de la Regla no parece que la solución buena se haya conseguido en el decurso de los siglos. Opinamos con humildad (y diremos que con valentía) que la solución está pendiente. Acaso tengamos que recorrer todo un camino, no ya en la familia franciscano-clariana sino en la misma teología eclesial, para llegar al verdadero punto de encuentro que se inspira en los orígenes.

No existe hoy la vía institucional adecuada; existe, sí, otro camino de encuentro: una via amoris que abre el Espíritu del Señor. Nada impide el crear lazos de profunda amistad entre ambas familias, como familias hermanas.
(Nota aclaratoria: El Asistente Religioso no es el representante de la Orden en favor de las Hermanas; es el Representante de la Iglesia. Por ello, podría ser sacerdote de otra familia religiosa o del clero diocesano.
El Delegado del Ministro General él, sí, es Representante de la Orden, pero el Ministro general no puede otorgarle poderes institucionales que él, actualmente, no posee. Su autoridad no es otra que la que se deriva de una mutua confianza previamente aceptada).

Por esta via amoris nuestra comunión, fuera del encaje institucional, puede hacer estrechísima. Teresita del Niño Jesús ha cautivado a muchísimos corazones masculinos y femeninos, que han entablado con ella un misterioso parentesco; y en vida tuvo dos hermanos espirituales.
Cuando uno lee a alguien que le gusta, se mezclan ideas, sentimientos y afectos, y ese mundo, que soy yo, hasta en sueños puede crear mis ámbitos de comunión. Nadie me lo puede impedir, y sólo Dios conoce la sinceridad de mi corazón y los secretos amores que fecundan mi vida. El ser humano ha nacido para una simbiosis en el amor, y el amor es inteligencia y fuerza. Sin un inmenso amor la inteligencia queda obtusa.
     

Un proyecto común
Descubrir a santa Clara - redescubrirla con la fascinación  que produce - es volver al centro de nuestra espiritualidad franciscana, al carisma que el Señor ha otorgado conjuntamente a Francisco y Clara.
Clara se siente que es nadie sin Francisco; pero... ¿y Francisco sin Clara, en el proyecto que Dios tiene en su Iglesia?
Este encuentro de Francisco y Clara nos lleva serenamente a determinada posición de pensamiento:
1) Francisco tiene mucho que dar a Clara.
2) Por Providencia divina, Clara otro tanto que dar a Francisco.
Quizás esto no se vio en la primera hora, cuando nacía nuestro carisma. Lo vemos mejor hoy, cuando la Iglesia percibe con más afinamiento la función maternal de la mujer en la Iglesia.

Por fidelidad a un carisma único Clara es la madre de la Orden franciscana, y la Hermana Pobre de santa Clara debe heredar las mismas entrañas maternales de santa Clara.

Mi querida Lidia, os necesitamos; te necesito. Seguro que más de lo que tú piensas de mí.
Te necesito, si has de ser una buena clarisa capuchina, si he de ser un buen hermano menor capuchino.

 (Y de paso: Tengo cierto reparo por las personas estas reflexiones, que podrían considerarse de una mística vaporosa..., resbalosa..., peligrosa... Pero, ya sabes, el filo de la verdad es muy agudo y cortante, y las verdades fecundas suelen ser peligrosas. Pero sigamos).

Los hermanos menores tenemos una función de gran responsabilidad frente a la salvaguarda de ese patrimonio común, base de nuestra Regla. Diré algo.
Los hermanos menores, con frecuencia, vivimos junto a los libros, estanterías que son talleres de pensamiento. Sin libros, imposible haber rescatado la pureza de nuestra espiritualidad. Los libros son arcas de viejos tesoros. No podemos despreciarlos. Sin libros, sin teólogos, no se habría hecho el Concilio, que ha sido un vendaval del Espíritu.
Y la espiritualidad franciscana necesita libros, que también son vida. Hoy también las hermanas están llamadas a la instrucción especializada de nuestras cosas de familia. Sería gran torpeza pensar que ellas son menos inteligentes y hábiles para ser doctoras de lo que a ellas y a nosotros nos interesa.
Pero..., bueno..., no obstante, todavía esta tarea profesional queda, más fuerte, en nuestras manos.

Con todo, el don del silencio, que parece más propio del Jardín de San Damián ha de encontrar la palabra adecuada y la gracia de la buena literatura para que por labios y pluma de mujer se trasvase a nosotros, varones, esencias de un carisma cuyos aromas vosotras - Lidia querida - percibís. Hay tesoros que solo como mujeres nos habréis de entregar. Y es una misión de cara a esto que vamos compartiendo.

Verónica Giuliani es una montaña altísima que nos abruma... ¡Ah!, si yo hubiera sido su director espiritual (compréndeme, Lidia) para decirle: Y ahora esos millares de páginas resúmelas en 200, con la mayor gracia y sencillez que puedas, para que tus hermanas puedan leerte. Que si no, tu sabiduría se queda en los estantes...

Sí, mi querida hermana: si nuestro carisma es uno, es simultáneamente recíproco. Yo tengo una palabra para ti; tú tienes una para mí. Démonosla mutuamente con mucha sencillez y amor.

Aquí comienza la Regla la “Forma vitae Ordinis Sororum Pauperum, quam beatus Franciscus instituit, haec est: Domini Iesu Christi sanctum Evangelium observare...”
Seguiremos otro día.
Un abrazo


Tres Ojitos (junto a Ciudad Madera), Chihuahua, 20 de febrero de 2007, martes precedente al Miércoles de Ceniza


NOTA para mis hermanas capuchinas
Sobre el “género” de las Cartas a Lidia recordamos lo siguiente. Las CARTAS A LIDIA (en referencia a la primera mujer cristiana de Europa Hech 16) son los últimos números de Lectio divina 2003-2004: En el umbral de la Eucaristía (12/V///2004); Venid, adoremos al Señor: Liturgia de las Horas y Eucaristía (21/VII/2004); Sobre el asombro ante el misterio (21/VII/2004); Gloria in excelsis Deo: “...todo honor y toda gloria. Amén” (29/VII/2004). Y una serie de “Coloquios espirituales” del curso sucesivo: El epitafio de san Francisco (23/IX/2004); El epitafio del Padre Jaime (10/X/2004); El Congreso Eucarístico, una oleada de amor (17/18 octubre 2004);  Ante la fiesta de Todos los Santos: Sobre el cielo...y las Santas capuchinas (29/X/2004); La Presentación de María (20/XI/2004­); Dominus flevit (Lc 19,41): Sobre las lágrimas de Jesús, puerta de su santa e insondable humanidad, y sobre el borriquillo que llevó a Jesús (24/XI/2004); Navegando por el misterio de la vida (Meditación a los 68 años) (dic.2004); Del amor y la amistad (13/II/2005); El Soñador: Pascua 2005, (27 marzo 2005); La alegría pascual en la vida del Padre Pio (Rescate de una entrevista del P. Jaime Zudaire) (12/III/ 2005); Memoria y herencia de Juan Pablo II (Ante el cuerpo yacente de Juan Pablo II) (5/IV/2005); El corazón, confín de Dios y su divina Morada   (2/VII/ 2005); 2005-2006: Crónicas del corazón (sept. 2005); Adiós, con el morral de la verdad, la palabra y el amor (26/VI/2006.)