Cartas de un hermano
menor
a una hermana clarisa
capuchina
en torno a santa Clara y
su Forma de vida (2007),
reeditadas hoy (2012)
con motivo de los 800 años
del comienzo de la vida
evangélica de Clara (Assisi, 1212)
Carta 3
Una
criatura evangélica, una mujer
Mi querida Lidia:
Clara ante nuestros ojos. Intentábamos trazar su
perfil en nuestra anterior comunicación, y quisiéramos darle el último retoque
ahora. Cuando celebrábamos el 750 aniversario del Tránsito (1253-1993), Juan
Pablo II, de venerada memoria, escribió un mensaje bellísimo a las Clarisas, y
decía así:
"Esta mujer nueva, como han escrito
refiriéndose a ella en una carta reciente los ministros generales de las
familias franciscanas, vivió como una pequeña planta a la sombra de san
Francisco, que la condujo a las cimas de la perfección cristiana. La celebración
de esta criatura verdaderamente
evangélica quiere ser, sobre todo, una invitación al redescubrimiento de la
contemplación..." (11 agosto 1993).
Tomamos para dar ese matiz último que el pintor
da al cuadro antes de entregarlo, estas dos referencias que me suscitan estas
palabras, que, sin duda, harán vibrar de gozo tu corazón.
- Una criatura evangélica.
- Una mujer.
I. Una criatura
evangélica
Ancilla
Christi
Tomando palabras de san Lucas, decimos en el
Ángelus: Ecce ancila Domini. Y respondemos: Fiat mihi secundum verbum tuum. He
aquí la esclava del Señor; Hágase en mí según tu palabra.
Estamos de nuevo en el capítulo básico de la
Regla, el primero. Clara ha dicho que "forma vitae" de la Orden de
las Hermanas Pobres, instituida por san Francisco es ésta: guardar en santo
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo...
Y sigue: Clara, indigna ancilla Christi. Es su retrato, vista ella desde sí misma.
Clara es la sierva de Cristo. Suena como texto un texto mariano, como si debajo
de este texto estuviera la escena de la Anunciación.
Podemos perseguir estas palabra: cuándo, dónde y
cómo la utiliza Clara. La encontraremos al comienzo de la primera carta a Inés
de Bohemia, al comienzo de la segunda, al comienzo de la tercera, al comienzo
de la cuarta. La encontraremos también al principio de la carta a Ermentrudis
de Brujas. La encontraremos en su Testamento y la encontraremos, por fin, en la
Bendición, la Bendición de santa Clara.
Como sabes, Lidia, esta bella palabra latina,
ancilla, es femenina, y nunca he oído yo que exista su masculino: un "ancillus", y es que me atrevo a
pensar que hay una forma de ser "esclava y sierva", que pertenece
como una hermosura aparte a la mujer... Por tus conocimientos latinos sabes que
hay en el diccionario otras dos palabras de algún modo sinónimas: fámulus/fámula, servus/serva. Sí,
también Clara se ha llamado una vez
"fámula de Jesucristo y ancilla de las Damas cerradas de San Damián"
(carta I), y en la III se ha llamado "sierva" (serva) de estas sus hermanas
Damas de San Damián.
Pronunciando esta palabra latina de "ancilla", me viene a la mente un
texto de san Ignacio: lo de la "criadita" que va a Belén, con María
montada en un asna y José, tirando la muchachita del ramal al buey, como se
puede meditar piamente... Dice el santo contemplativo, enseñándonos a
contemplar el Nacimiento: "El primer preámbulo es la historia: y será aquí
cómo desde Nazaret salieron nuestra Señora, grávida cuasi de nueve meses, como
se puede meditar piamente, asentada en un asna, y Josep y una ancila (así lo
escribe la edición que tengo), llevando un buey, para ir a Bethlem, a pagar el
tributo que César echó en todas aquellas tierras" (Ejercicios Espirituales
111).
Tornando, pues, al texto de santa Clara:
- Cuando Clara dice que se siente sierva de
Cristo, - nunca dice "sierva de María"
- su referencia en este caso
directamente al Señor.
- Pero también le gusta asociar la otra
referencia de su servicio, que son sus hermanas de San Damián. Una unión que es
del todo evangélica, según aquellas palabras de Jesús en la Cena: "Pues si
yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis
lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también
vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros. En verdad, en verdad os digo: no
es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que le envía. Sabiendo esto, dichosos seréis si lo
cumplís" (Jn 13,14-17).
El ser sierva de las hermanas lo dejará santa
Clara en la Regla encomendado a todas las que hayan de ser abadesas. "Y la
abadesa tenga para con ellas una familiaridad tan grande, que puedan las
hermanas hablar y comportarse con la abadesa como las señoras a sus
siervas; pues así debe ser, que la abadesa sea sierva de todas las hermanas"
(Regla X, 4-5).
- Le gusta también poner un epíteto a esta
palabra sagrada de ancilla: es la sierva indigna. Clara no es la sierva
infiel, la sierva que no ha sabido servir, sino la que no merece tanto honor de
ser sierva de Cristo, sierva de sus hermanas. También ha empleado otro epíteto
evangélico: "inutilis": "Servi inutiles sumus..." (Lc
17,10), que hoy traducen, no por "siervos inútiles, que no valen para
nada", sino: "somos unos pobres siervos" (Biblia de Jerusalén),
somos simplemente eso que debemos ser: unos siervos puestos al servicio...
Clara, pues, es la Sierva de Cristo, un título de nobleza espiritual que arranca del
bautismo, mayor del cual no puede haber otro. Moisés fue Siervo de Dios, y esa
fue su última grandeza. "Allí murió Moisés, siervo de Yavéh" (Dt 34,5).
Clara es toda evangélica por ser la ancilla Christi, la sierva de Cristo.
Pablo tiene dos títulos, que los reivindica como
su mayor gloria; los dos de alguna manera se cubren y se sobreponen uno a otro,
y vienen a significar lo mismo con matices diferentes: "Pablo, esclavo de
Jesucristo, apóstol por llamada" (Rm 1,1).
Clara, en la primera carta a Inés de Praga (o de
Bohemia, como prefiere llamarla hoy la liturgia) se deleita en una especie de
exaltación de los títulos que pueden honrar a una consagrada, como esposa,
madre y hermana de Jesucristo. Pero observemos con mucha atención y delicadeza
este pasaje, que pensamos que es finísimo y agudo en su percepción espiritual.
Clara siente a Inés como hermana; mas - aquí viene la sorpresa - la siente como
a su Señora, porque Inés místicamente es la esposa de aquel de quien Clara es
humilde sierva. Inés no tiene ningún dominio, ningún poder sobre Clara - como
es obvio -, y, sin embargo, Clara le escribe en este tono que es espiritual y
místico:
Así, pues, hermana carísima, y aún más, señora
respetabilísima, pues sois esposa y madre y hermana (2Co 11,2; Mt 12,50) de mi Señor Jesucristo... (1CtCl 12-13)
Clara, que se siente sierva de Cristo, traspasa
espiritualmente esta actitud de sierva, y por lo tanto de obsequio y
deferencia, hacia Inés en cuanto esposa de Jesús. ¡Qué vivencias y qué
sentimientos tan sutiles y purísimos...!
II. Mujer
Con motivo del 750 aniversario de la muerte de
santa Clara, que se avecinaba, el P. Giovanni Boccali, OFM, publicó una edición
crítica, con introducción y comentarios, de la Legenda latina sanctae Clarae
virginis Assisiensis (Assisi, 338 pp.). Dentro de la amplia
"Introduzione" (pp. 7-84) de este calificado experto del franciscanismo,
leemos estos puntos que me place transcribir, de las pp. 37-38. Estoy recordando, con ello, alguna
clase dada a mis hermanas sobre esta admirable Mujer, que tal amor suscita en
nuestra sensibilidad franciscana.
Mujer
recibida en la Orden por Francisco, (como hace con los demás hermanos), si bien
es cierto que es destinada a un lugar distinto y con un programa diverso
(Legenda 4,8-9);
mujer que
promete obediencia a Francisco, responsable del grupo masculino (Testamento 25;
Legenda 8,2);
mujer que
inicia una forma nueva de vida en la Iglesia (Legenda 4,10-11; 7,8);
mujer que
anima una orden nueva en la Iglesia sin haber salido jamás de su monasterio
(Legenda 7,1-3. 7-9);
mujer que
escribe una regla monástica para mujeres (Legenda 26,16-17);
mujer
consciente de su misión pública en la Iglesia (Legenda 9,13-15; 29,10);
mujer a
homenajean cardenales y prelados de la Iglesia (Legenda 26,13; 30,5);
mujer que
piensa, como Francisco, poner la nueva orden bajo la protección de un cardenal
(Regla 12,12);
mujer en
estrecha relación con los papas (Legenda 9,9-15; 24,7-10);
mujer que
promete personalmente obediencia al papa (Regla 1,3);
mujer a
quien Gregorio IX e Inocencio visitan personalmente en San Damián (Legenda
9,13-15; 27,4-9);
mujer a
quien el papa se dirige personalmente por escrito para pedir la ayuda de la
oración (Legenda 17,4-7);
mujer
para la cual un papa escribe de puño y letra el borrador del Privilegio
(Legenda 9,11), y otro papa sa orden por escrito para la redacción de la Regla
que va a ser bulada (Regla, verso);
mujer a
quien Inocencio III y Gregorio IX le concede un Privilegio inusual en la
Iglesia (Legenda 9,9-11.15), y que obtiene de Inocencio IV la bula de confirmación
de la Regla (Regla, P, 8; Legenda 26,16-17), a pesar de que el concilio IV de
Letrán había dado otras disposiciones;
mujer a
quien el papa y la curia romana celebran el funeral en la pequeña iglesia de
San Damián (Legenda 30,6-12);
mujer a
quien se quiso canonizar antes de ser sepultada (Legenda 30,7-8).
III. La capuchina: ser
mujer en la Iglesia, hoy
El eterno
femenino
El Antiguo y el Nuevo Testamento están pensando
y construidos en función de la centralidad del hombre, si bien la igualdad
absoluta de Hombre y Mujer están marcadas en la vocación de Adán y Eva, y si
bien Pablo ha de proclamar vigorosamente: "Pues todos sois hijos de Dios
por la fe en Cristo Jesús. En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis
revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre
ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" Ga 3,26-28).
Expresión atemperada, al parecer, en Col 3, 10-11: "...y revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta
alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador, donde no hay
griego y judío; circuncisión e incircuncisión; bárbaro, escita, esclavo, libre,
sino que Cristo es todo y en todos" (se ha suprimido la homologación de
"hombre/mujer").
Con todo, la Historia de Salvación, tal como ha
sido escrita, va siendo marcada por la elección de lo masculino: Abraham,
Moisés, David, los Profetas; y Jesús escoge como Apóstoles solo a varones.
La Iglesia hasta el presente ha visto en este
designio no solo una realidad "de hecho", sino también una realidad
"de principio": así tiene que seguir siendo la Iglesia.
El teólogo y el contemplativo se encuentra,
ciertamente, ante una realidad-misterio, que respeta y sigue pidiendo luz al
Señor, para que vaya descubriendo, al paso de las culturas que se suceden, el
verdadero puesto de la mujer en la Iglesia y en el mundo.
Hasta hoy se ha visto a la mujer en la Iglesia
de acuerdo a la función biológica, materna y educadora de la mujer en el
matrimonio.
Es terrible que ya en las primeras páginas de la
Biblia se haya visto al varón como el Dominador: "Hacia tu marido irá tu
apetencia, y él te dominará" (Gn 3,16). Hecho cruel, que no puede ser así,
si es verdad que "sois uno en Cristo Jesús" (Ga 3,11).
La Unidad sólo se hace en el amor. La unidad es
el fruto supremo del amor, y la unidad es don recíproco.
Sin duda que de aquí podemos partir para hablar
de la función de la mujer en la Iglesia. La mujer ¡no puede estar bajo la
dominación del marido, ni bajo la dominación de la jerarquía, que sería - si
así ocurriera - un camuflaje del mal marido!
El hombre y la mujer deben vivir, en el
matrimonio y en la Iglesia, en lo humano y en lo divino, en la unidad del amor,
bajo la suave autoridad de Cristo.
Y justamente en la mujer la irradiación del amor
tiene un resplandor del todo puro y singular en la mujer. Por eso, los
literatos nos han hablado del "eterno femenino".
Mi querida Lidia: muchas veces me ha tocado
decir - y me lo has oído - algo que me he inventado, aunque otros lo hayan
dicho con otras palabras: "Lo más masculino del hombre es su anhelo
(suave, amoroso, ardiente...) de la mujer; y lo más femenino de la mujer es su
anhelo (suave, amoroso, ardiente...) del hombre". Es decir, el hombre y la
mujer conspiran mutuamente a la unidad del amor, que es la perfección plena del
ser hasta el encuentro con el Señor. El hombre y la mujer son mutuamente, el
uno para el otro, dos polos de gravitación.
Así, pues, más allá de toda palabra maliciosa,
la mujer es el secreto del hombre; el hombre es el secreto de la mujer.
Pongamos en uno y en otro caso: el dulce secreto.
Todo esto tiene sentido, si hemos conocido
nuestra vocación inicial y radical de humanidad, porque hemos nacido para
realizar, en el curso de nuestra vida,
nuestra vocación de humanidad, bella vocación que nos ha dado nuestro Padre
Creador.
Que la mujer tiene una palabra de amor en la
Iglesia es evidente. Es la misión que le confió Jesús Resucitado a la mujer
amante, María Magdalena, según el Discípulo amado: ¡Vete, y anuncia a mis hermanos: Subo a mi Padre, que es vuestro
Padre; subo a mi Dios, que es vuestro Dios...! (Jn 20,17).
Y esta palabra no es una palabra secundaria. Es
la palabra vivificante que despertó a la Iglesia y que trajo vida y esperanza a
los apóstoles. Por eso, María Magdalena fue venerada por los Padres como la
Apóstol de los Apóstoles. Es la palabra al corazón de la Iglesia, para que la
Iglesia pueda llevar la palabra al mundo.
El eterno femenino en la Iglesia se hizo amor;
el amor se hizo palabra; y por el amor y la palabra la mujer ejerció el don de
su maternidad en la Iglesia naciente, junto a la cruz y en el alba de la
resurrección.
Un declarado parentesco une la función de María,
Madre Virgen, con la función de la mujer, en cuanto mujer; y muy singularmente
si esta mujer ha unido virginalmente su vida a la causa de Jesús.
Con facilidad se relega la mujer al silencio,
que es ciertamente un amor ambiental para que la Iglesia respire. Sin una
atmósfera oxigenada no podríamos respirar y nos moriríamos de asfixia. El amor
en el silencio es el oxígeno de la Iglesia.
Sobre Palabra y Silencio tendríamos que decir lo
siguiente:
Hay ciertamente una Palabra-Silencio, que es la
fe en oración, que fortifica a la Iglesia, que le da solidez, cimiento,
espesor. Y es necesaria esa Palabra-Silencio.
Pero también, fruto de la misma revelación, hay
otra Palabra-Clamor, que da identidad y resonancia a la iglesia ante sí misma y
los demás.
Y justamente la mujer es portadora de esta misma
Palabra-Silencio y esta Palabra-Clamor.
La
capuchina de hoy, en el hoy de la Iglesia
La mayor parte de nosotros, capuchinos, somos
hijos de familias sencillas del pueblo. Decir esto y remontarnos a hace 50 años
es lo mismo que decir que somos hijos (yo me incluyo) de familias que, en los
tiempos de entonces, su perspectiva era sencillamente la educación primaria...
Dios seguía llamando a los sencillos para hacer obras grandes con ellos. Luego,
en la Orden, con un esfuerzo sostenido, hemos ido progresando; hemos escalado
nuevo rango de cultura, e incluso para algunos la obediencia ha sido los
estudios superiores y las tareas de formación.
En este cuadro, al hacer balance de las Clarisas
Capuchinas en México, con motivo de la reunión internacional del año pasado
(mayo 2006), era normal que encontráramos, por poner un ejemplo, que en la
Federación más numerosa, el 33,3 % contasen con solo la enseñanza primaria, y
el 48,09% la secundaria; la Preparatoria, pocas (no alcanzaba el 10 %).
Y esto... ¿es defecto? En modo alguno. Pensar lo
contrario sería ofender a Dios, negar el Evangelio, que el Padre ha dado - dijo Jesús - "a los que no
cuentan", a "los pequeños" frente a los importantes, a los
mayores (Mt 11,25; Lc 10,21).
Pero la vida evangélica tiene una irradiación
cautivadora para todos, y también los nobles y letrados acuden en pos de ella.
Esto le ocurrió a san Francisco. "Asimismo, muchos varones sabios y
letrados, tanto seglares como clérigos prebendados, despreciando los atractivos
de la carne y renunciando a la impiedad y deseos del siglo, ingresaron en la
Orden de los menores, siguiendo en todo la pobreza y las huellas de Cristo y de
su siervo el bienaventurado Francisco, según la medida de la gracia
divina" (Tres Compañeros, 73).
Fray Tomás de Celano era uno de estos letrados
que llegaron a la Orden: "...Pero loado sea el buen Dios, que tuvo a bien,
por su sola benignidad, acordarse de mí y de otros muchos: y es que, una vez
que entró en España, se enfrentó con él, y, para evitar que continuara
adelante, le mandó una enfermedad que le hizo retroceder en su camino.
Volvióse a la iglesia de Santa María de la
Porciúncula, y al poco tiempo se le unieron, muy gozosos, algunos literatos y
algunos nobles. Siendo él nobilísimo de alma y muy discreto, los trató con toda
consideración y dignidad, dando con delicadeza a cada uno lo que le
correspondía. Dotado de singular discreción, ponderaba con prudencia la
dignidad de cada uno" (1Celano 56-57).
Muchas veces, mi querida Lidia, me he
preguntado: Pero ¿es que santa Clara no ha pasado por la Universidad? ¿Por qué
no vienen más y más universitarias al Jardín de San Damián...? ¿Es que santa
Clara no les iba a convencer - qué digo - a fascinar...? ¿O es que somos
nosotros quienes no irradian la fascinación de Clara?
No pretendemos en modo alguno hacer de nuestra
familia una Orden erudita. Iríamos contra nuestro hermano y padre Francisco de
Asís: "Esta [sencillez o simplicidad] la requería el Padre santísimo en
los hermanos letrados y en los laicos, por no creerla contraria, sino
verdaderamente hermana de la sabiduría; bien que los desprovistos de ciencia la
adquieren más fácilmente y la usan más expeditamente. Por eso, en las alabanzas
a las virtudes que compuso dice así: ¡Salve, reina sabiduría, el Señor te salve
con tu hermana la pura santa simplicidad!" (1 Celano, 189).
Si hoy la hermana clarisa capuchina ha de estar
a la altura de lo que pertenece a la mujer en la Iglesia, el Señor le dará la
Sabiduría hermana de la pura santa Sencillez. La Ciencia es camino de
Sabiduría, aunque ella de por sí, no sea sin más Sabiduría.
¡Ser mujer hoy en la Iglesia! ¡Qué apertura
mental, qué frescor, qué fragancia...! Y ¡qué audacia, rompiendo tópicos que
han sido sacralizados...!
¡Qué libertad! ¡Qué mutua confianza nos debemos
otorgar para que en nuestras comunidades reine ese espíritu del Concilio que ha
dado un rostro nuevo a la Iglesia! ¡Qué sentido de la dignidad personal..., que
es anterior a toda dignidad de oficio!
Viejas
convicciones, sin añoranzas
Me encomiendo a Santa Teresita del Niño Jesús,
doctora de la Iglesia con 24 años y sin Universidad para decir lo que quiero
decir. Ella ni fue Priora ni fue Maestra de novicias..., sólo una simple
ayudante. (¿Y es que tenía menos sabiduría, menos discreción, menos tacto...
que todas las que fueron sus prioras...?)
Mi vieja convicción es ésta:
- Que la verdadera renovación viene por una vía:
por esa intuición que tienen "los jóvenes de Dios" (no cualquier
joven, por favor). Con poquito más de 20 años Clara se vio al frente de una
familia espiritual que nacía en la Iglesia. ¡Nunca lo olvidemos...! Muy joven
era Francisco cuando vio lo que los sabios mayores no pudieron ver.
- Y con la misma fuerza puedo decir que Dios se
sirve de los mayores (78 años cumplidos tenía Joseph Ratzinger cuando comenzó a
ser Benedicto XVI), si en este mayor
(legalmente Jubilado) encontramos que su vida - por su forma de pensar, por su
fragancia, por su esperanza - siguen vibrando aquellas intuiciones que le
animaron a sus 20, a sus 25, a sus 30 años...
Estas convicciones no todos ni todas las
comparten; por eso, he traído a colación personas fuera de sospecha...
Mi querida Lidia, bien sabes que escribo desde
esta altura respetable de 70 años...; el cuerpo se resiente, cierto... Me
parece que puedo contar con cierta sabiduría "acumulada" por la edad,
estudios y cargos... Pero... no te espantes - que sé que no te espantas -: de
ningún modo pienso que aquel capuchino de 28, de 30, de 33, de 35 años, pese a
su pretendida "inexperiencia" estuvieran en inferiores condiciones de
consejo y de buen sentido, de generosidad... que este capuchino de hoy, para
llevar adelante un gran proyecto. La identidad última de cada uno nos hace ser
lo que somos y lo que aspiramos, atravesando las variaciones que la vida lleva
consigo.
Esta es mi confianza probada de la Juventud,
pero - ¡atención! - no de toda Juventud, como, a la inversa, no haré la
alabanza de la ancianidad, como si el viejo fuera sabio por su edad..., que
sólo alabaré a tales ancianos, a otros no.
* * *
En fin, mi querida Lidia. He hilvanado pensamientos
teniendo en mi pupitre solo tres libros: la Biblia, san Francisco, santa Clara.
Espero haberte traído un aire fresco a tu corazón.
Recibe mi cariño y abraz

