martes, 28 de agosto de 2012

282. Dejad que los niños se acerquen a mí – Comunión de los niños


Instrucción acerca de la Comunión de los niños


Han sido cinco las homilías sobre la Eucaristía, cinco homilías correspondientes a los cinco domingos en que hemos hablado sobre el Pan de vida bajado de cielo, Jesús en la Encarnación, Jesús en la Cruz, Jesús en la Eucaristía.
En una de ellas - “El que coma este pan vivirá para siempre” (homilía 4/5) tocamos un punto: la Comunión de los niños, y nos referimos a un decreto que hubo hace 100 años (exactamente en 1910), mediante el cual el Papa San Pío X estableció la edad de la Primera Comunión al llegar al uso de razón, más o menos a la edad de 7 años.
Parece que esto de la Comunión de los niños ha tocado el corazón y ha tenido su eco. Hasta el punto que han llamado en la puerta del convento (28 agosto 2012) con una exquisita gelatina de pastelería “para el padre que habló de la comunión de los niños, que nos gustó mucho lo que dijo”, de parte del matrimonio tal y cual. Hemos tenido rico postre de gelatina.
Ignoro si ese matrimonio tiene Internet. Como sea, a ellos y a cuantos sienten lo hermoso que es que los niños vayan a comulgar, incluso diariamente, les dedico el documento que fijó una disciplina tan beneficiosa en la Iglesia: la comunión de los niños – niños y niñas – a partir del uso de razón, incluso la comunión diaria.
Un documento que es de rica instrucción. Helo aquí.

* * *

Quam Singulari
Decreto de san Pío X sobre la edad
para la primera comunión  8 de agosto de 1910

Cuán singular amor profesó Jesucristo a los niños, durante su vida mortal, claramente lo manifiestan las páginas del Evangelio. Eran sus delicias estar entre ellos; acostumbraba a imponerles sus manos, los abrazaba, los bendecía. Llevó a mal que sus discípulos los apartasen de El, reconviniéndoles con aquellas graves palabras: Dejad que los niños vengan a Mí, y no se lo vedéis, pues de ellos es el reino de Dios 1 . En cuánto estimaba su inocencia y el candor de sus almas, lo expresó bien claro cuando, llamando a un niño, dijo a sus discípulos: En verdad os digo, si no os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Cualquiera, pues, que se humillare como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos. El que recibiere a un niño así en mi nombre, a Mí me recibe 2 .

Los pequeñuelos, a Cristo

2. Teniendo presente todo esto, la Iglesia católica, ya desde sus principios, tuvo cuidado de acercar los pequeñuelos a Cristo por medio de la Comunicación eucarística, que solía administrarles aun siendo niños de pecho. Esto, según aparece mandado en casi todos los rituales anteriores al siglo XIII, se hacía en el acto del bautismo, costumbre que en algunos sitios perseveró hasta tiempos posteriores; aun subsiste entre los griegos y los orientales. Y, para alejar el peligro de que, concretamente, los niños de pecho arrojasen el Pan consagrado, desde el principio se hizo común la costumbre de administrarles la Sagrada Eucaristía bajo la especie de vino.
Y no sólo en el acto del bautismo, sino después y repetidas veces los niños eran alimentados con el divino manjar; pues fue costumbre de algunas Iglesias el dar la Comunión a los niños inmediatamente después de comulgar el clero; y en otras partes, después de la Comunión de los adultos, los niños, recibían los fragmentos sobrantes.
Esta costumbre desapareció más tarde en la Iglesia latina y los niños no eran admitidos a la Sagrada Mesa hasta que el uso de la razón estuviera de algún modo despierto en ellos y pudieran tener alguna idea del Augusto Sacramento. Esta nueva disciplina, admitida ya por varios sínodos particulares, fue solemnemente sancionada por el Concilio general cuarto de Letrán, en el año 1215, promulgando su célebre canon número 21, por el cual se prescribe la confesión sacramental y la Sagrada Comunión a los fieles que hubiesen llegado al uso de la razón, con las siguientes palabras: Todos los fieles de uno y de otro sexo, en llegando a la edad de la discreción, deben por sí confesar fielmente todos sus pecados, por lo menos una vez al año, al sacerdote propios, procurando según sus fuerzas cumplir la penitencia que les fuere impuesta y recibir con reverencia, al menos por Pascua, el sacramento de la Eucaristía, a no ser que por consejo del propio sacerdote y por causa razonable creyeren oportuno abstenerse de comulgar por algún tiempo.

3. El Concilio de Trento 3 , sin reprobar la antigua disciplina de administrar la Sagrada Eucaristía a los niños antes del uso de la razón, confirmó el decreto de Letrán, lanzando anatema contra los que opinasen lo contrario: Si alguno negase que todos y cada uno de los fieles de Cristo, de uno y otro sexo, al llegar a la edad de la discreción, están obligados a comulgar cada año, por lo menos en Pascua, según precepto de nuestra Santa Madre la Iglesia, sea anatema 4 .
Por lo tanto, en virtud del citado decreto lateranense -aun vigente-, los cristianos, tan pronto como lleguen a la edad de la discreción, están obligados a acercarse por lo menos una vez al año a los sacramentos de la Confesión y de la Comunión.

Edad de la discreción

4. Pero al fijar cuál sea esta edad de la razón o de la discreción, se han introducido en el curso del tiempo muchos errores y lamentables abusos. Hubo quienes sostuvieron que la edad de la discreción era distinta, según se tratase de recibir la Penitencia o la Comunión. Para la Penitencia juzgaron ser aquella en que se pudiera distinguir lo bueno de lo malo, y en que, por lo mismo, se podía pecar; pero para la Comunión exigían más edad, en la que se pudiese tener más completo conocimiento de las cosas de la fe y una preparación mayor. Y así, según las diferentes costumbres locales y según las diversas opiniones, se fijaba la edad de la primera Comunión en unos sitios a los diez años o doce, y en otros a los catorce o aún más, excluyendo, entre tanto, de la Comunión Eucarística a los niños o adolescentes menores de la edad prefijada.

5. Esta costumbre, por la cual, so pretexto de mirar por el decoro del Santísimo Sacramento, se alejaba de él a los fieles, ha sido causa de no pocos males. Sucedía, pues, que la inocencia de los primeros años, apartada de abrazarse con Cristo, se veía privada de todo jugo de vida interior; de donde se seguía que la juventud, careciendo de tan eficaz auxilio, y envuelta por tantos peligros, perdido el candor, cayese en los vicios antes de gustar los santos Misterios. Y aunque a la primera Comunión preceda una preparación diligente y una confesión bien hecha, lo cual no en todas partes ocurre, siempre resulta tristísima la pérdida de la inocencia bautismal, que, recibiendo en edad más temprana la Santa Eucaristía, acaso pudiera haberse evitado.
Ni merece menos reprobación la costumbre existente en muchos lugares de prohibir la confesión a los niños no admitidos a la Sagrada Mesa, o de no darles la absolución, con lo cual es muy fácil que permanezcan largo tiempo tal vez, en pecado mortal, con gravísimo peligro de su salvación.
Y aun es más grave, que en algunos sitios, a los niños no admitidos a la primera Comunión, ni aun en peligro de muerte se les permite recibir el Santo Viático; y si fallecen, enterrados como párvulos, no se les aplican sufragios de la Iglesia.

 

Restos de jansenismo

6. Tales daños ocasionan los que insisten tenazmente, más de lo debido, en exigir que a la primera Comunión antecedan preparaciones extraordinarias, no fijándose quizá en que tales excesivas precauciones son resto de errores jansenistas, pues sostenían que la Santísima Eucaristía era un premio, pero no medicina de la fragilidad humana. Muy al contrario sentía el Concilio de Trento, al enseñar que era antídoto para librarnos de las culpas diarias y para preservarnos contra los pecados mortales 5 ; doctrina poco ha inculcada con empeño por la Sagrada Congregación del Concilio en su decreto del 26 de diciembre de 1905, por el cual se abre camino a toda clase de personas para comulgar diariamente, ya sean de madura, ya de tierna edad, exigiendo tan sólo dos condiciones: estado de gracia y pureza de intención.
Ni hay justa razón para que, si en la antigüedad se distribuían los residuos de las Sagradas Especies a los niños, aun a los de pecho, ahora se exija extraordinaria preparación a los niños que se encuentran en el felicísimo estado de su primera inocencia, los cuales, por muchos peligros y asechanzas que les rodean, tanto necesitan de este místico Pan.

Doctrina conciliar

7. Los abusos que hemos reprendido proceden de que no fijaron bien cuál era la edad de la discreción, quienes señalaron una para la confesión y otra distinta para la Comunión. El Concilio de Letrán exige sólo una misma edad para uno y otro sacramento, al imponer conjuntamente el precepto de confesar y comulgar. Y si para la confesión se juzga que la edad de la discreción es aquella en que se puede distinguir lo bueno de lo malo, es decir, en la que se tiene algún uso de razón, para la Comunión será aquella en que se pueda distinguir el Pan Eucarístico del pan ordinario: es la misma edad en que el niño llega al uso de su razón.

8. No de otro modo lo entendieron los principales intérpretes del Concilio de Letrán y los escritores contemporáneos. Consta, en efecto, según la historia eclesiástica, que los niños de siete años fueron admitidos a la primera Comunión por muchos concilios y decretos episcopales ya desde el siglo XIII, poco después del citado Concilio Lateranense.
Tenemos, además, como testigo de suma autoridad, a Santo Tomás de Aquino, que dice: Cuando los niños empiezan ya a tener algún uso de razón, de modo que puedan concebir devoción a este sacramento (de la Eucaristía), entonces pueden ya recibirle 6 . Lo cual explana así Ledesma: Digo, fundado en unánime consentimiento, que se ha de dar la Eucaristía a todos los que tienen uso de razón, aunque lleguen muy pronto a este uso de razón, y a pesar de que el niño no conozca aún con perfecta claridad lo que hace 7 . El mismo lugar explica Vásquez con estas palabras: Desde el momento en que el niño llega al uso de razón queda obligado, por derecho divino, de tal manera que no puede la Iglesia desligarle de un modo absoluto 8 . Lo mismo enseña San Antonino: Cuando el niño es capaz de malicia y puede, por lo mismo, pecar mortalmente, queda por esto obligado a la confesión y, por consiguiente, a la Comunión 9 . El mismo Concilio de Trento llega a la misma conclusión cuando, al señalar en su citada sesión XXI, cap. 4, la causa por la cual el párvulo que carece de razón no está obligado por ninguna necesidad a la comunión de la Eucaristía, señala como única el que, en efecto, dice, en aquella edad no pueden perder la gracia de hijos de Dios que han recibido. De todo esto se deduce con claridad la mente del santo Concilio, a saber, que entonces vienen necesariamente obligados los niños a comulgar, cuando puedan ya perder la gracia por el pecado. Eco de tales palabras son las del Concilio Romano, celebrado bajo Benedicto XIII, al enseñar que la obligación de recibir la Eucaristía empieza después que los niños y niñas llegaren al uso de razón, a saber, en aquella edad, en la cual pueden discernir este manjar sacramental, que no es otro que el verdadero Cuerpo de Jesucristo, del pan común y profano, y saber acercarse a recibirle con la debida piedad y devoción 10 . Y el Catecismo Romano afirma que nadie puede determinar mejor la edad en que deben darse a los niños los sagrados misterios que el padre y el sacerdote con quien aquéllos confiesan sus pecados. A ellos pertenece, pues, explorar y averiguar de los niños si tienen éstos algún conocimiento y sabor de este admirable sacramento 11 .

Edad de la Comunión

9. De todo esto se desprende que la edad de la discreción para la Comunión es aquella, en la cual el niño sepa distinguir el Pan Eucarístico del pan común y material, de suerte que pueda acercarse devotamente al altar. Así, pues, no se requiere un perfecto conocimiento de las verdades de la Fe, sino que bastan algunos elementos, esto es, algún conocimiento de ellas; ni tampoco se requiere el pleno uso de la razón, pues basta cierto uso incipiente, esto es, cierto uso de razón. Por lo cual, la costumbre de diferir por más tiempo la Comunión y exigir, para recibirla, una edad ya más reflexiva, ha de reprobarse por completo -y la Sede Apostólica la ha condenado muchas veces-. Y así el Papa Pío IX, de feliz memoria, en la carta del Cardenal Antonelli a los Obispos de Francia, fechada el 12 de marzo del año 1866, reprobó severamente la costumbre que se introducía en algunas diócesis de retardar la primera Comunión hasta una edad más madura y predeterminada. La Sagrada Congregación del Concilio, el día 15 de marzo de 1851, corrigió un capítulo del Concilio Provincial de Ruán, que prohibía a los niños recibir la Comunión antes de cumplir los doce años. Con igual criterio se condujo esta Sagrada Congregación de Sacramentos en la causa de Estrasburgo, el día 25 de marzo de 1910, en la cual se preguntaba si se podían admitir a la Sagrada Comunión los niños de catorce o de doce años, y resolvió: "Que los niños y las niñas fuesen recibidos a la Sagrada Mesa tan pronto como llegasen a los años de la discreción o al uso de la razón".

 

Normas obligatorias

10. Bien considerados estos antecedentes, esta Sagrada Congregación de Sacramentos, en la sesión general celebrada en 15 de julio de 1910, para evitar los mencionados abusos y conseguir que los niños se acerquen a Jesucristo desde sus tiernos años, vivan su vida de El y encuentren defensa contra los peligros de la corrupción, juzgó oportuno establecer las siguientes normas, sobre la primera comunión de los niños, normas que deberán observarse en todas partes:
                  1. La edad de la discreción, tanto para la confesión como para la Sagrada Comunión, es aquella en la cual el niño empieza a raciocinar; esto es, los siete años, sobre poco más o menos. Desde este tiempo empieza la obligación de satisfacer ambos preceptos de Confesión y Comunión.
                 2. Para la primera confesión y para la primera Comunión, no es necesario el pleno y perfecto conocimiento de la doctrina cristiana. Después, el niño debe ir poco a poco aprendiendo todo el Catecismo, según los alcances de su inteligencia.
                 3. El conocimiento de la religión, que se requiere en el niño para prepararse convenientemente a la primera Comunión, es aquel por el cual sabe, según su capacidad, los misterios de la fe, necesarios con necesidad de medio, y la distinción que hay entre el Pan Eucarístico y el pan común y material, a fin de que pueda acercarse a la Sagrada Eucaristía con aquella devoción que puede tenerse a su edad.
                4. El precepto de que los niños confiesen y comulguen afecta principalmente a quienes deben tener cuidado de los mismos, esto es,
- a sus padres,
- al confesor,
- a los maestros
y al párroco.
Al padre, o a aquellos que hagan sus veces, y al confesor, según el Catecismo Romano, pertenece admitir los niños a la primera Comunión.
                 5. Una o más veces al año cuiden los párrocos de hacer alguna comunión general para los niños, pero de tal modo, que no sólo admitan a los noveles, sino también a otros que, con el consentimiento de sus padres y confesores, como se ha dicho, ya hicieron anteriormente su primera Comunión. Para unos y para otros conviene que antecedan algunos días de instrucción y de preparación.
                6. Los que tienen a su cargo niños deben cuidar con toda diligencia que, después de la primera Comunión, estos niños se acerquen frecuentemente, y, a ser posible, aun diariamente a la Sagrada Mesa, pues así lo desea Jesucristo y nuestra Madre la Iglesia, y que los practiquen con aquella devoción que permite su edad. Recuerden, además, aquellos a cuyo cuidado están los niños, la gravísima obligación que tienen de procurar que asistan a la enseñanza pública del Catecismo, o, al menos, suplan de algún modo esta enseñanza religiosa.
                 7. La costumbre de no admitir a la Confesión a los niños o de no absolverlos nunca, habiendo ya llegado al uso de la razón, debe en absoluto reprobarse, por lo cual los Ordinarios locales, empleando, si es necesario, los medios que el derecho les concede, cuidarán de desterrar por completo esta costumbre.
                8. Es de todo punto detestable el abuso de no administrar el viático y la extremaunción a los niños que han llegado al uso de la razón, y enterrarlos según el rito de los párvulos. A los que no abandonen esta costumbre castíguenlos con rigor los Ordinarios locales.
Dado en Roma, en el palacio de la misma Sagrada Congregación, el 8 de agosto de 1910.

Notas
1  Marc. 10, 13. 14. 16.
2  Mat. 18, 3, 4. 5.
3  Sess. 21 de Commun. c. 4.
4  Sess. 13 de Euchar. c. 8, can. 9.
5  Ibid. c. 2.
6  3, 80, 9 ad 3.
7  In S. Th. 3, 80, 9 dub. 6.
8  In 3 S. Th. disp. 214, c. 4, n. 43.
9  P. 3, tit. 14, c. 2, 5.
10 Istruzione per quei che debbono la prima volta ammettersi alla S. Comunione. Append. XXX, 6, 11.
11 1 Part. 2, n. 63.

jueves, 23 de agosto de 2012

281. Eucaristía: Fe en Jesús, mi decisión final


Homilía 5/5 sobre el capítulo 6 de san Juan
Domingo XXI del tiempo ordinario, ciclo B
Jn 6,60-60

Texto del Evangelio
Muchos de sus discípulos, al oírlo, dijeron: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?” Sabiendo Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: “¿Esto os escandaliza?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? El Espíritu es quien da vida: la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y, con todo,  hay algunos entre vosotros que no creen”.  Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede. Desde entonces muchos de sus discípulos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.
Entonces Jesús les dijo a los Doce: “¿También vosotros queréis marcharos?”. Simón Pedro le contestó: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres Santo de Dios”.


Hermanos:
1. Este pasaje final del capítulo 6 del Evangelio de san Juan es el remate dramático de la multiplicación de los panes. El discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm ha sido tenso en las reacciones que ha provocado; y al final hay una especie de estallido. Ninguna escena violenta, ninguna agresión física.
No es un rechazo agresivo, como ocurrirá en capítulos posteriores cuando quieren echarle mano a Jesús. Aquí no hay enemigos de Jesús. Aquí se trata exclusivamente de amigos, de discípulos, de quienes le habían seguido con curiosidad, con simpatía y entusiasmo. La palabra “discípulos” es la palabra que se usa, en este caso, al hablar de los interlocutores. No se trata de los judíos, sino del círculo de los que hasta este momento eran sus adictos. Y este rasgo es precisamente lo que da gravedad a la escena.
Se hace una criba. Vamos a saber quién es discípulo de Jesús y quién no lo es.

2. ¿Qué pasaría, hermanos, si entre nosotros, que somos discípulos de Jesús, que hemos venido a la iglesia por eso, porque somos católicos, e incluso católicos practicantes, qué pasaría si hacemos un examen para saber quiénes quedan y quiénes se van?
Escuchemos de nuevo la primera frase del Evangelio: Muchos de sus discípulos, al oírlo, dijeron: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?” Ya veis: eran “muchos” y eran “de sus discípulos”.
Este lenguaje era duro, hasta el punto de que se preguntaban: ¿quién puede hacerle caso? Y, sin embargo, Jesús no había pedido ninguna exigencia de muerte: no se trataba de dejar al padre o a la madre para seguirle. No había que hacer ninguna cosa heroica, que arriesgara nuestra vida… Aparentemente Jesús no pedía nada.
No es así, hermanos: Jesús estaba pidiendo el todo. Estaba pidiendo la fe total en él. Estaba hablando de su Padre, y él se ponía en el mismo rango divino. Estaba recordando a Moisés, y él era una alternativa superior.
En realidad, bien considerado todo, estaba pidiendo lo más que podía pedir: creer en él como Hijo de Dios.

3. Muchos de sus discípulos, al oírlo, dijeron: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?”
Y la consecuencia nos dice el Evangelio cuál fue: Desde entonces muchos de sus discípulos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.
Sencilla y limpiamente, dejaron de ser discípulos de Jesús y prefirieron ser discípulos de la Ley y volvieron a ser discípulos de Moisés. Y de una manera tan expresiva anota el texto sagrado:
- se echaron atrás
y no volvieron a ir con él.
Es siempre bueno, hermanos, que se aclaren las cosas.
La verdad es que nos da pavor que un examen así se hiciera entre los discípulos, para saber quiénes son de verdad discípulos de Jesús, y quiénes no lo son, aunque lleven el nombre, porque un día fueron bautizados.
Hermanos, estamos hablando de cosas muy serias, en la que nos molestaría mucho entrar de verdad en clarificaciones, porque no nos incomoda demasiado un cristianismo sociológico. ¿A quién puede hacer mal el que la fe esté llena de folklore, de fiestas y de celebraciones vistosas? Todo eso es muy bonito, y da un colorido a la vida, y sería insensato el alcalde que pretendiera suprimir esos festejos que pertenecen a las tradiciones del pueblo.
Todo eso legítimo, si es verdadero, si responde a una fe que lo justifica. Pero todo eso es ambiguo – incluso vacuo – si no responde a una fe cristiana que lo motiva.

4. El texto sagrado nos lleva a la Encarnación y a la Eucaristía, y en esto debería centrarse el examen de nuestra fe:
- ¿Tú crees en la venida del Hijo de Dios a la tierra? ¿O acaso esto será un puro mito religioso?
- ¿Tú crees en la presencia de Dios encarnado en la tierra, Cristo presente en los humildes, en los dolientes, en los pobres?
- ¿Tú crees que Cristo está en la Eucaristía, que celebramos los cristianos especialmente los domingos, como memorial del Señor muerto y resucitado?
- ¿Tú crees que la Eucaristía es la carne del Hijo de Dios, la sangre del mismo Hijo de Dios?

5. Hermanos, estas serían las preguntas para contestar en un examen, preguntas que no hay que contestar en un papel, sino que tienen que verse puestas en la vida.
Sigamos con el Evangelio, porque Jesús hace el examen al grupo de los apóstoles, a ese grupo que ya en aquellos tiempos se llamaba “los Doce”.
 Les hizo, pues, el examen:
“¿También vosotros queréis marcharos?”
Y Pedro dio la respuesta, como jefe de grupo. A lo mejor creía que hablaba por todo. Si era así, se equivocaba.
Simón Pedro dijo:
Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres Santo de Dios.
Hermanos, esta es la fe de la Iglesia, la que nosotros queremos profesar, la que nosotros desde lo íntimo del corazón queremos pronunciar hoy ante Jesús en el momento de la sagrada Comunión.
Pedro hablaba y decía la verdad, pero, sin saberlo, no representaba a todos. Había uno que no habría dado su conformidad. Y ¡ojalá que en aquel momento hubiera sido valiente y se hubiera echado atrás!
Ojalá que Judas, entonces, hubiese dicho: No estoy convencido; me voy.
Estamos hablando de una imaginación, claro – legítima, me parece – de algo que no se dio, y que es un profundo misterio: lo que cada uno lleva dentro de su propio corazón.
Dejémoslo y vamos a centrarnos solo en la confesión de Pedro.

6. Con mucha humildad, hermanos, con sinceridad y amor, ahondando en el Evangelio de hoy, digámosle a Jesús dos cosas:
Primera. Jesús, yo quiero creer y creo en tu divinidad, que se manifiesta en la Encarnación, en la Eucaristía, en lo que llamas tu subida adonde estabas antes, que se cumplió en tu santa resurrección.
Segunda. Jesús, yo creo que tú, que eres el Santo de Dios, el único Santo, tú tienes palabras de vida eterna, y que en tus manos está el camino de mi vida.
Hermanos, sea este el final de las cinco homilías sobre el Evangelio del Pan de vida. El Señor nos conceda esta gracia. Pidámoslo con confianza, para cada uno y para todos. Amén.

Himno espiritual sobre estos versículos: ¿A quién iremos, Señor?

Guadalajara, jueves, 23 agosto 2012.

lunes, 20 de agosto de 2012

280. Iglesia del Concilio, ¡qué hermosa eres!


A los 50 años del Concilio
Octubre 1962 – Octubre 2012


En el mes de octubre será el Sínodo de la nueva evangelización; en el ems de octubre se abrirá el Año de la Fe; en el mes de octubre, el día 11, se cumplirán 50 años del comienzo del Concilio Vaticano II. Yo era entonces un joven sacerdote capuchino de 25 años que iniciaba la licenciatura en Sagrada Escritura en el Pontificio Instituto Bíblico. Estaba en la plaza de San Pedro aquel día histórico, comtemplando, transido de emoción, las más de mil mitras que procesionalmente entraban en la Basílica. Y recuerdo…
Al final, la amable figura del beato Juan XXIII, el Papa Bueno, admirable artífice del Concilio.
Hoy (20 de agosto, san Bernardo) he pronunciado la lección inaugural del Instituto Teológico Salesiano Cristo Resucitado en Guadalajara, Jalisco…, cuyo título ha sido: A los 50 años del Concilio: el rostro de la Iglesia.
He ido desgranando de modo expositivo el contenido de 30 folios que había preparado. Confío que un grupo de lectores – religiosos, religiosas… - que frecuentan este blog de “Las hermosas palabras del Señor” me agradecerán que les cuente algo. Aquí van las conclusiones de la lección, que, tomando pie de las circunstancias, he titulado: Tres conclusiones ante un Centro de estudios teológico de jóvenes. Advierto que en el Instituto estudian lo mismo hombres que mujeres.

* * *
Al pensar sobre el evento del Concilio en la Iglesia, es lógico que uno, de modo ordenado, haga un balance con un género de interrogaciones como éstas:
- Qué ha logrado el Concilio en el ámbito del pensamiento cristiano.
- En qué punto nos encontramos para examinar nuevos pensares y sentires que ha traído la evolución de la vida hasta hoy[1].
- Y, por tanto, cuál es la tarea teológica que incumbe hoy a la Iglesia, que nos incumbe a nosotros.
Mis conclusiones van por otro rumbo en este aterrizaje al curso de la exposición. Las concentro en tres puntos que dejo a la consideración de ustedes.

1°. El Concilio, como tarea.

Tenemos el libro del Concilio: constituciones, decretos, declaraciones. Son dieciséis documentos, manantial de pensamiento y vida. Tomemos el libro del Concilio como tarea teológica, como tarea de vida. En este cincuentenario este libro tiene que ser para nosotros libro de escritorio; un libro personal para leerlo y estudiarlo, incluso para subrayarlo como libro de uso propio. Es un hermoso obsequio que podemos hacer en el Año de la Fe, obsequio al Señor con agradecimiento, y auto-regalo a nosotros mismos.
El contacto con los textos conciliares hace germinar en la Iglesia guías y profetas. La Iglesia, edificada sobre los apóstoles, eslabón de la cadena que nos une a Jesús histórico, se mantiene sostenida por profetas y maestros. Los profetas son los guías espirituales de la comunidad. Son aquellos, según Pablo, que, a impulso del Espíritu, son capaces de “edificar, exhortar y consolar” (1Cor 14,3). La Iglesia peregrina necesita más de la consolación y la parénesis que de la denuncia. Y esto nos enseña el Concilio. Es un legado por recoger. En esta escuela deben formarse los ministros del Evangelio.
El Concilio nos abre, por la vía de la modernidad, a la cuestión suprema del ser humano, que es la pasión por Dios. Lo advertía Karl Rahner, a raíz del  Concilio:
“El futuro no preguntará a la Iglesia por la estructura más exacta y bella de la liturgia, ni tampoco por las doctrinas teológicas controvertidas que distinguen la doctrina católica de los cristianos no católicos, ni por un régimen más o menos ideal de la curia romana. Preguntará si la Iglesia puede atestiguar la proximidad orientadora del misterio inefable que llamamos Dios. (…) Y por esta razón, las respuestas y soluciones del pasado Concilio no podrían ser sino un comienzo muy remoto del que hacer de la Iglesia del futuro”[2].
Jóvenes que me escucháis, soñar no es una veleidad, una fuga de la realidad, cuando los sueños arrancan de un gran amor que por algún lado quiere estallar. El Señor da vigor si los sueños los ha provocado el amor a Jesús; y hay que pensar que, de ordinario, nada eficaz se hace en la vida si primero no ha pasado por un sueño de amor. Acaso la primera lección del Concilio, y, por ende, la primera tarea que nos deja es aprender a soñar y a expresar nuestros sueños, en los cuales nosotros hemos de ser pequeños protagonistas. Es lícito ser protagonista en los sueños. Os quiero compartir mis sueños, que anhelan pensamientos de profundas raíces.

- Uno sueña en los grandes anhelos de la humanidad, propiedad de todo corazón nacido: que los niños no sean profanados, que los pobres no sean humillados, que nadie pase hambre porque hay pan para todos, que la buena convivencia, sin guerras (pues todas ellas son injustas, nacidas del pecado), sea el “status” de nuestra aldea global. Y que, si yo no puedo actuar, al menos que me presente, cuando camino por el mundo, aunque no lo diga, como hermano universal.
- Y dentro de la Iglesia, mi sueño central, que me ha acompaña de muchos años atrás, es “que todos sean uno, como tú, Padre, en mi, y yo en ti”. Mi sueño es que milagrosamente hagamos las paces con las Iglesias de la Reforma, ahora mismo, frente al V centenario de Lutero.
- Mi sueño es que un milenio de separación fraterna del oriente ya es demasiado, y que cualquier día tiene que ser el día del abrazo, y diré que sin hacernos, incluso, una examen teológico.
- Mi sueño es poder leer con mis hermanos hebreos las santas Escrituras.
- Mi sueño es que se aparezca la Virgen a los teólogos y les diga, sin reivindicaciones, cuál es el hermoso puesto de la mujer en la Iglesia, como reflejo del eterno femenino, como perenne manantial de vida, y que se vea cuál es sentido de aquellas palabras sagradas: “Compañera te doy, y no sierva”. Tiene que ser por vía de revelación, porque yo no aceptaría un machismo femenino más repugnante que su propia humillación.
- Mi sueño es que la Comunidad santa de Jesús se abra a Asia y en las milenarias culturas de aquellos pueblos encuentre callada profecía.
- Mi sueño es que la Iglesia comparta la Eucaristía y la danza con África, porque ellos son alegres hijos de Dios.
Moriremos en la almohada de muchos sueños, pero en la paz de haber soñado por Dios lo que Dios sueña por nosotros, y quizás con la honrada satisfacción de haber aportado un granito a la causa.


2°. El Concilio, como vocación teológica

Puede ser que personas que me escuchan – igual hombres que mujeres – sientan o vayan a sentir una especie de vocación a la teología. Es un carisma dentro de la Iglesia, que tiene su entidad propia, y que no podemos confinarlo en exclusiva en los miembros de la jerarquía. Si algunos de ustedes han sentido una misteriosa llamada por el pensamiento y la exposición del pensamiento, la llamada a ser teólogo, a ser teóloga, piensen que de ninguna manera se ha acabado la reflexión que suscitó el Vaticano II. El Concilio suena como un eco de la Biblia y con un diálogo leal con la modernidad. Vayan al Vaticano II, sitúense allí, y desde allí láncense a la reflexión teológica, que es un bien que necesita la Iglesia no menos que la mesa familiar el pan de cada día.
Al final de unos Ejercicios espirituales con las cuatro semanas de San Ignacio, y precisamente allí en Manresa, donde nacieron los Ejercicios, “el que daba los Ejercicios” nos decía: Hoy la Iglesia tiene más necesidad de lucidez que de generosidad[3]. Seguramente que es verdad. La lucidez de la Iglesia es la teología, que va de mano con la profecía. Una y otra vienen del mismo Espíritu. Y el teólogo recibe el Concilio como un catecismo para el arranque de su reflexión.
Dios suscite – suscite de entre nosotros – teólogos iluminados, teólogas iluminadas, es decir maestros de sabiduría, y vayan estrechamente unidos a los profetas. Sin duda que el Buen Pastor quiere esto para el gobierno de su Iglesia.


3°. El Concilio llave de un nuevo amor a la Iglesia

El Concilio suscitó una eclosión de entusiasmo eclesial en los años sesenta y setenta. Esa euforia ha amainado y, en los mejores, se ha cambiado en discernimiento.  Parece como si el Concilio haya ido a parar a las mentes y corazones que piensan.
Creo que ha llegado el momento de nuestra “conversión” – o “reconversión”, nueva conversión – al Concilio, para leerlo como libro de vida, como “libro de vida mío”, y tenerlo a mi vera como plataforma y trampolín. El Concilio debe suscitar un amor vibrante, amor de fuego y pasión por la Iglesia y la causa de Jesús que ella trata de anunciar.
Acaso a cada uno nos toque una parcelita en que trabajar. Esa parcela de la arada de Dios, hemos de hacerla con primor, sabiendo que todo lo que se hace con amor, por insignificante que parezca, permanece para siempre. Nuestra misión histórico-personal puede ser muy reducida, pero en lo pequeño resplandece la gloria de Dios, y en lo más reducido Dios puede construir su santa Morada. Yo puedo hacer algo por la Iglesia universal.
Con motivo del año bimilenario de la redención, escribí un artículo en una revista sacerdotal (Surge, Vitoria-Gasteiz): ¡Qué bella eres, Iglesia!
Al leer el Vaticano II rebrotan los sentimientos: ¡Qué bella eres, Iglesia! Hablo con la sinceridad que alcanzo. La lectura de estas páginas lanza nuestro corazón.
Somos hijos de la Iglesia. Y en esta era ¡somos hijos del Concilio! Y con esta frase termino: ¡Qué bella eres, Iglesia!
Que Cristo Redentor, a quien está dedicado este centro, sea fuerza y guía.
Que María, auxilio de los cristianos, sea en este curso ¡sabiduría!
He dicho. Gracias.

Guadalajara, 19 de agosto de 2012

(Pero terminando no terminé…, porque entonces brotó este himno, que recién salido del horno, lo leo y proclamo como corona de esta conferencia)


HIMNO A CRISTO RESUCITADO
A LOS 50 AÑOS DEL CONCILIO
(Inauguración de curso)

1. Confieso yo con Pedro y Benedicto
que tú eres el Mesías, el Ungido.
no lo dijo la carne ni la sangre,
que solo quien lo sabe me lo ha dicho.

2. Confieso que la Iglesia es tu conquista,
que tú eres su belleza, eterno brillo;
trabajas con el Padre sin descanso
y gozas contemplando a tus discípulos.

3. No manchan los pecados tu hermosura,
que tú eres el amor, Jesús dulcísimo;
y amor de fuego ardiente y azucenas
mantiene tu memoria, Cristo vivo.

4. Con el amor profeso la esperanza
y el gozo tuyo, límpido camino;
enséñame a soñar, pues tú soñabas
y el Evangelio es sueño de tus hijos.

5. Yo pido un corazón tan anchuroso
como las anchas playas del Concilio;
sea Pentecostés y nuevas lenguas
y guarde yo el fuego en mí encendido.

6. Es hora de Jesús, el más amado,
el caos es kairós, yo soy testigo;
y tú, Jesús, serás lo que tú eres
amor incandescente, amor invicto.

7. ¡A ti la ofrenda, oh Cristo Eucaristía,
a ti, que en Trinidad eres latido;
a ti, Sabiduría y Libro abierto,
en quien mi amor entero deposito! Amén.

Guadalajara (Zapopan), lunes 20 agosto 2012, San Bernardo.
Fr. Rufino María Grández, OFMCap


[1] Bien sabemos que el Concilio, porque – al parecer – así lo pedían las circunstancias dejó puntos pendientes: el celibato sacerdotal (que asumió Pablo VI para su reflexión de supremo pastor), elección de obispos, puesto de la mujer en la Iglesia.
[2] K. Rahner, El Concilio, nuevo comienzo, Barcelona 1966, p 22.
[3]  P. Jaime Roig, S.I., Manresa, octubre 1996.