domingo, 14 de septiembre de 2014

594. La Virgen de Valvanera



Oh Virgen cobijada en árbol bueno

Hoy es domingo XXIV del tiempo ordinario, hoy es la Exaltación de la Santa Cruz… Hoy, domingo siguiente a la Natividad de María (8 de septiembre, día titular de innumerables Vírgenes) es la Virgen de Valvanera...
Sí, en la liturgia de mi diócesis de Calahorra-La Calzada y Logroño hoy es - se celebra - la Virgen de Valvanera, que no recuerdo qué escritor le dio el piropo y el apodo que le ha quedado: “el Sol de La Rioja”.


Pues brilláis en Valvanera
como Sol de esta región,
miradnos, Madre amorosa,
con tierna predilección
Así canta el coro del Himno oficial. Y sigue la primera estrofilla, con mucha ternura:
Virgencita adorada
de Valvanera;
Serranilla graciosa,
Bien de esta tierra.

La antiquísima imagen, llena de leyenda y de teología, fue coronada en El Espolón de Logroño, el 15 de octubre de 1954. Era el Año Mariano. Un decenio después el Papa Pablo VI con la bula “Amor dulcissimus” la proclamaba Patrona de nuestra Diócesis (23 octubre 1965).
En el entretanto los capuchinos, que hacía unos años habíamos venido a Logroño, dedicábamos una iglesia parroquia a la Virgen de Valvanera. Allí he vivido cinco años (1990-1995: ¡se abalanzan recuerdos en el corazón!); y anteriormente tres en el Camero Viejo (que esta Virgen de los Montes Distercios fue primero Patrona de Cameros).
El año 1960 se bendecía nuestra iglesia bajo la advocación de Ntra. Sra. de Valvanera, y el P. Gumersindo de Pamplona (luego José Luis Álvarez de Eulate, de grata recordación), describía así la imagen y el camarín.
Imagen de la Virgen de Valvanera en la iglesia de capuchinos de Logroño

“Al fondo, en el ábside, se destaca el camarín, muy logrado por cierto, con su techumbre de estrellas y el colorido del rosetón como fondo.
Y en el centro, sobre un pedestal de mármol, la Virgen de Valvanera, talla ciprés; policromada y dorada en oro fino y metal. Mide uno con noventa. En sus líneas generales conserva todo el sabor y tipismo de la efigie auténtica, si bien apunta un muy laudable acierto de presentarla al día. Es obra del escultor aragonés (Enrique) Pueyo”.

Cuando los monjes de Valvanera bajaban de aquellas alturas a la ciudad, se hospedaban en nuestro convento, y el recordado Padre Casiano, Prior, derroche de simpatía, nos aseguraba: “Salir de Valvanera para ir a Valvanera, no es salir de Valvanera”.

Yo también quise ser poeta de la Virgen de Valvanera. Recordando la leyenda de aquel penitente, el ladrón Nuño Oñez, a quien se le mostró la Virgen en un roble, que tenía panales de dulce miel de abeja y junto al cual brotaba una fuente, peregriné espiritualmente montaña arriba hasta la Patrona. Y me acordé de que ella es “el Sol de la Rioja” y de un vaso de vino que hace tantos siglos, en los albores de la lengua castellana, cantó el piadoso Gonzalo de Berceo.
Nos acercamos reverentes y confiados a María evocando: en la figura de Nuño es refugio de contritos; en labios de Berceo es Señora bien cantada; en las carabelas de Colón es Santa María; y, en fin, en la fe de la Iglesia, es la Madre de Cristo, la Madre del Verbo, la esclava fiel y Madre verdadera.
El P. Iñaki Aranguren, cisterciense, capellán entonces de sus hermanas cistercienses de Nuestra Señora de Vico, Arnedo (La Rioja) les puso música a las estrofas cuarta y quita como antífona mariana que se canta en Vico.


Oh Virgen cobijada en árbol bueno,
oh Virgen de la miel, que a Cristo engendras,
oh sol de nuestro vino y alegría,
Patrona y dulce Madre en Valvanera.

Refugio de contritos, compasiva,
entraña de la Iglesia, humilde sierva,
pureza de la fe de nuestro pueblo,
Señora bien cantada, amor que llena.

A ti acudimos, Madre clementísima,
sentada y coronada como reina,
y hundida en tu regazo nuestra frente,
a ti entregamos cánticos y penas.

Levántanos, piadosa hasta tu pecho,
hogar de paz que ahuyenta la tristeza,
oh tú, que al Verbo diste tu ternura,
esclava fiel y Madre verdadera.

María, Iglesia viva del Espíritu,
enséñanos a ser Iglesia alerta,
y tú que cruzas mares con apóstoles,
infúndenos el alma misionera.

(Oh Hijo de María, juez del mundo,
qu vences con tus plantas a la izquierda,
a ti la gloria, acógenos benigno
y tiéndenos tu rostro a la derecha! Amén.


Laguna de Cameros, 31 agosto 1989.
Guadalajara, Jal., domingo II de septiembre 2014.

viernes, 12 de septiembre de 2014

593. Domingo XXIV A – El perdón de Jesús



Homilía en el domingo XXIV del tiempo ordinario, ciclo A

Mt 18,21-35 - (14 septiembre 2014)

Lapsus y aclaración
Este domingo XXIV, ciclo A, del tiempo ordinario corresponde este año 2014 al día 14 de septiembre. Por una distracción mental, al decir verbalmente que este año estamos leyendo a San Mateo (como es verdad), se añade que hoy precisamente es día 21 de septiembre, día de S. Mateo, lo cual obviamente es un lapsus.
Estamos en el día 14 de septiembre, Fiesta de la Santa Cruz. En México, por concesión de la Santa Sede, dado el arraigo que tiene la antigua celebración del 3 de mayo, la Fiesta de la Santa Cruz se celebra el 3 de mayo.

Texto evangélico:
Acercándose Pedro, le preguntó: “Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces? Jesús le contesta: “No te digo siete veces sino hasta setenta veces siete.
Por eso, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron  uno que le debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que le vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y pagara así. El criado, arrojándose a sus pies le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.
Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulada diciendo: “Págame lo que me debes”. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo. “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”.

Hermanos:

1. Durante los últimos domingos estamos hablando de la Iglesia, de esa kigl que Jesús llama “mi Iglesia”, explicando, en cuanto podemos, la palabra del Evangelio, y hoy tenemos que hablar del perdón, que es ni más ni menos que el perdón de Jesús, el perdón de Dios mismo.

2. Todo parte de una pregunta de Pedro, que en este caso, es el vocero de los apóstoles. Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?
Esta pregunta y esta cuestión que plantea Pedro va en consonancia con el párrafo anterior – recordad – que decía: Si tu hermano pecado contra ti. Y Jesús establecía los pasos que hay que dar, aquellos tres pasos: corregirle a solas, corregirlo con el apoyo de dos o tres testigos, que la comunidad cristiana, la Iglesia, lo corrija. Y si ni las tres correcciones no han surtido efecto, si él no quiere seguir el camino de los cristianos, a nadie se fuerza: ya no es miembro de la comunidad, es un pagano; queda excluido.

3. Ahora bien, cuántas veces puede ocurrir estoy, y, por lo tanto, cuántas veces hemos de recorrer este camino. ¿Una y no más, como dice el proverbio? Si uno es reincidente, si uno peca de nuevo y se arrepiente, ¿tiene posibilidad de un nuevo perdón? Y si peca tres veces… Y si peca cuatro y cinco y seis y siete veces. Habrá que poner un término razonable…
La respuesta de Jesús es taxativa y rotunda: No te digo siete veces sino hasta setenta veces siete.
El perdón es constitutivo de la Iglesia; no tiene límites, no puede tener límites, como es el perdón de Dios a nosotros; Dios perdona siempre que se le pide perdón. Como dice el Papa Francisco: Dios no se cansa de perdonar; nosotros sí nos cansamos de pedir perdón a Dios.
Aunque, si bien es verdad, hermanos, tenemos que añadir que Dios nos ha perdonado antes de que le pidamos perdón.

4. Jesús inventa una parábola, un ejemplo de algo que nunca ocurrió, pero cuya íntima realidad ocurre trágicamente todos los días. Y con esta parábola nos quiere enseñar dos cosas:
- que el perdón de Dios no tiene fondo,
. y que nuestro proceder es, en tantos caso, el contrario al perdón de Dios.
Un deudor debe 10.000 talentos, una fortuna de un sátrapa difícil de imaginar. Este deudor insolvente tiene a su vez un compañero deudor que le deben cien denarios, lo que traducido en otros términos significa cien sueldos diarios. Recuerden aquella parábola en la que el dueño de la viña contrata a los viñadores por un denario al día, que era un precio justo. Dicen los arqueólogos que la proporción entre 10.000 talentos y 100 denarios es de un millón a uno. Por trasladar la comparación a la moneda nacional, aunque no sea exacto, quedándonos por lo bajo: si uno debe a su compañero 10.000 pesos, este debía a su gran señor 10.000 millones de pesos.
Y la parábola es esta: a mí me han perdonado 10.000 millones de pesos, y yo no soy capaz de perdonar 10.000 pesos.
El panorama es trágico: El que no perdona, no tiene perdón de Dios. Concluye Jesús con una amenaza: Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

5. Hermanos, esta fantasía de Jesús no ha ocurrido nunca… Pues sí ha ocurrido: la primera parte, por de pronto, ha ocurrido en mí. Yo soy el deudor insolvente. Yo he sido perdonado por Dios, totalmente y para siempre; perdonado y amado. Y de sus pecados no me acordaré más, ya nos decía el Señor por medio del profeta Jeremías (por poner un ejemplo), cuando el profeta anunciaba la Nueva y definitiva Alianza de Dios con el hombre (Jer 31,34).
El compromiso es el que nos plantea Jesús en la última conclusión: cada cual ha de perdonar de corazón a su hermano. ¿Qué quiere decir esto?
- Que el perdón ha de ser verdadero, es decir, del corazón
- Que ha de ser total: el que perdona, de verdad perdona.
- Y que, por lo tanto, hay que olvidar. El perdón cierra una etapa y abre otra.

6. Sobre estas bases que Jesús nos pone es cuando podemos iniciar un lenguaje social y político para la convivencia humana.  En España tenemos muy viva la memoria de las víctimas del terrorismo, lo cual es noble y digno. Por otra parte existe la memoria histórica de tiempos anteriores, que es razonable. ¿Qué es perdonar, hermanos, cuando de los casos personales de la convivencia humana, de lo que ocurre en mi propia casa y en el círculo de mis amistades, pasamos a la convivencia social? ¿Perdonar será dejar que la Historia por la fuerza de los siglos vaya dejando detras de sí en el olvido a los inocentes? No; perdonar, perdonarse es llegar a un encuentro, a un acuerdo. Ese abrazo de dos que pueden dialogar es el mutuo perdón.
Para un cristiano, la fuente de todo ello es el perdón de Jesús en la cruz, que es la reconciliación de todos los seres.

7. Jesús crucificado, que nos has perdonado a todos en tu cruz, te pido una gracia: que a la hora de mi muerte no haya ningún resentimiento en mi corazón, que no tenga que perdonar a nadie, porque a todos los he perdonada, como yo mismo he pedido perdón. Amén.

Guadalajara, viernes 12 septiembre 2014.

martes, 9 de septiembre de 2014

592. Oración de petición, comunión infalible en Jesús



Jesús presente, en unión con el Padre, seguridad de su Iglesia

Meditatio sobre Mt 18,19-20

El Evangelio del domingo pasado (XXIII del tiempo ordinario, Mt 18,15-20) hablaba de ese camino de caridad, de genuina fraternidad, que hay que emprender para abordar progresivamente, y salvarlo, al hermano que ha caído en pecado. Si ningún paso de caridad ha obtenido el efecto deseado, venía la exclusión. Y concluía con dos frases que nos abren a un profundo misterio existente en el corazón de Dios Padre, traspasado al corazón de su Hijo, en una reciprocidad total de vida y amor.  Quisiéramos asomarnos a este misterio fascinante, pilar seguro de mi esperanza, de mi abandono. Dice el texto sagrado:
 “Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en el cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio  de ellos” (Mt 18,19-20).
Mirando con cuidado el contenido de ambas frases (y más si tenemos el texto original delante), percibimos que estas dos frases forman un conjunto unitario de sentido. La “principal” es la primera; la segunda es “complementaria” y “explicativa” de la primera. Pero también la segunda se puede leer separada y en sí mismas, como un axioma, sea lo que sea lo que precede. Se puede leer absolutamente así: Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos.
La declaración de Jesús, hablándonos de las relaciones que se dan en su Iglesia (“mi Iglesia” Mt 16,18), pone en nuestro corazón varias preguntas:
¿De qué tiempo está hablando Jesús: del tiempo en el que él vivía, o el tiempo en que nosotros vivimos?
¿Quién es el que concede, mi Padre o Jesús?
¿Qué significa “cualquier cosa” que piden dos que se ponen de acuerdo? Nótese que algunas versiones, como la Biblia de Jerusalén, resaltan un inciso de la frase cuando Jesús dice que podemos pedir todo “sea lo que fuere” recalca este tipo de traducción, matiz nada despreciable.
¿Cuál es el significado de esa presencia de Jesús “en medio de ellos”, en medio de nosotros?
¿Qué nos está diciendo Jesús del Padre y qué nos está diciendo de sí mismo? ¿Adónde apunta esta declaración de Jesús: a una “autodeclaración” basada en la conciencia que tiene de sí mismo, o a una simple afirmación del poder de “mi Padre”?
¿Son sutilezas de lenguaje lo que estamos diciendo, que anula la fuerza expresiva del conjunto, o son, más bien, matices y matices, perfiles definidos, que uno va descubriendo a medida que uno avanza en sus consideraciones? Estas nuevas “oportunidades de sentido”, que enriquecen más y más el texto, mejor dicho, la comprensión del texto, pueden traer nuevos veneros de luz a nuestra alma, entrando directamente en el texto con un corazón contemplativo. Por aquí queremos avanzar, no precisamente por vericuetos académicos que pueden ser útiles y necesarios en otro momento. Con la gracia de Dios así procederemos. Escuchemos lo que adentro va sonando.

* * *
1. Jesús está hablando de sí mismo y está hablando simultáneamente del Padre. Justamente la relación de “Padre-Hijo” y de “Hijo-Padre” es la clave de unidad de este texto.
 Está hablando Jesús-Hombre, Jesús histórico, pero está hablando con una conciencia que supera la conciencia de todo hombre. Ningún hombre, ni por imaginación ni por recurso alguno como la agudeza de entendimiento, puede tener la conciencia personal de “ser divino” que aquí se refleja.
Ningún hombre puede descubrir que es “Hijo de Dios”. Ese es un descubrimiento infinito, y el hombre no puede alcanzar lo infinito. Si Jesús habla de esta manera no lo hace por efecto de un descubrimiento que hiciera de sí mismo con el paso de los años, por ejemplo, tras el bautismo. Ese descubrimiento sería ilusión y engaño; estamos tocando el misterio de la autoconciencia de Dios humano, que no puede tener una solución teológica. Sencillamente ignoramos el misterio: no sabemos cuál es ese punto de confluencia de lo divino y lo humano en Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, tan hombre como Dios, tan Dios como hombre. No hay talleres para analizar este fenómeno, por ejemplos comparativos o cosa similar.
Jesús, te acepto con fe, y doy el paso a ti, dejando enredos y problemas, y perdiéndome en ti, que no tienes más que un Yo – un Tú para el diálogo – en tu unicidad que es la que quieres compartir conmigo.

2. Está hablando, por tanto, el único Jesús que hoy existe, el Jesús de mi fe, que es Hijo de Dios, que vive en comunión indisoluble con Dios. Desde aquí, y solamente desde aquí, podemos hacer “hoy” exégesis. Todos los planos anteriores quedan fundidos en un solo.
El Evangelio de san Juan llegará a formulaciones más explícitas, tales como “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10,30). Y en el sermón de la cena, Jesús hablará, con variedad de expresiones, de esa igualdad y reciprocidad que existe entre el Padre y el hijo; igualdad en el amor, igualdad en el poder; igualdad en la comunión.

3. El ser humano es indigencia – también Jesús lo era – y requiere la oración de petición. Nosotros pedimos porque no tenemos. Si tuviéramos, no nos haría falta pedir, porque ya lo teníamos, aunque fuera como don otorgado.
Más aún, mientras el ser humano sea creatura y no Creador, habrá de reconocer que puede ser llenado con los dones de su Creador.

4. Aquí comienza el misterio que queremos abordar. La Iglesia es indigente y necesita, hoy y siempre, del don de Dios, en toda época, en todo momento de la historia, en cada día, en cada hora, en cada minuto, la Iglesia, como no puede abastecerse a sí  misma necesitar “pedir” el don de Dios, y vivir de ese don de Dios que se le otorga.
Jesús nos dice dos cosas que va a realizar su Padre Dios:
- La primera, que como Padre (y en atención  a su Hijo, por mediación de su Hijo) va a conceder el don.
- La segunda, que lo va a conceder siempre.

- Y hay una tercera: que va a conceder incluso “cualquier cosa que le pidan” dos que se han juntado en el nombre del Señor.
Son afirmaciones absolutas, que no admiten excepciones ni reinterpretaciones. Urge, pues, entenderlas para captar la grandiosa verdad que encierran en sí mismas, porque la evidencia histórica parece decir lo contrario. ¿Es que no nos convenimos en un lenguaje unívoco, o es que, más bien, no acabamos de asomarnos al abismo de sentido del texto?
Pedimos los cristianos, “unidos dos y tres” y millones y millones, y durante años y años, ese bien supremo que es la unidad de los cristianos, y no acabamos de conseguirlo, y vemos cuándo lo vamos a conseguir.
Entonces, ¿la palabra firme de Jesús no se cumple? Lo cual es blasfemo el plantearlo, y blasfemo el mero pensarlo.
O más bien, ¿nuestra ceguedad del misterio nos impide ver la realidad absoluta de la palabra de Jesús que siempre se cumple, pues Jesús siempre es escuchado por el Padre?
Sin duda, que el misterio hay que decantarlo por aquí.

5. Me alzo, por lo tanto, hasta el corazón del Padre y allí veo al Padre unido a Jesús – en el Espíritu Santo o con el Espíritu Santo, que aquí no se nombra, pero en la totalidad del Evangelio bien podemos contemplarlo – y ¿qué veo?
Veo, por de pronto, que la Iglesia vive en el corazón del Padre, vive en Jesús con el Padre. Esa realidad originaria es una realidad permanente y ha de ser su realidad final. La Iglesia está deificada desde su origen; es Iglesia celestial, siendo una Iglesia pobre peregrinante, acosada de necesidades.
La Iglesia es lo que es desde sus raíces celestiales, y Jesús es lo que es viviendo hoy con el Padre. El tiempo pasado no podrá regresar. Soy Iglesia celestial, aun siendo Iglesia peregrina, cercada de necesidades. La unidad absoluta de la Iglesia en el corazón de Dios, que abarca la eternidad, me invita a hablar así.

6. En esta Iglesia celestial, en la que vivo en la tierra, todo está consumado, toda está dado, al darnos Dios el don de su amor. Jesús está presente y constituyente como don del Padre, asegurando el ir y venir de toda gracia.
Yo sé que Jesús me lo da a todo, cuando mi hermano y yo (mi hermana y yo), tomamos conciencia de que somos y existimos en él, mirándole a él, y por él al Padre.
Entonces yo me veo penetrado del don. Toda la vida, desde sus vivas raíces, raíces trinitarias, es don. Voy caminando como don, como afirmación de Jesús, como transparencia de su gracia, como resplandor de su gloria, splendor gloriae.
La palabra final de Jesús de que todo será concedido, afecta, primeramente a su propia dignidad. Siendo yo, en el camino difícil de mi vida, regalo de Jesús, Jesús se está afirmando a sí mismo.
Por eso, que Jesús nos conceda todo cuanto le pedimos, no es algo que redunda primero en ventaja nuestra… Que él nos lo conceda es gloria y ganancia suya; es su afirmación ante el Padre.
Por eso, la oración cristiana “natura sua” (por su propia naturaleza) es interés de Jesús, ganancia de Jesús, emanación de su gloria.
La eficacia de la oración, eficacia ilimitada que no excluye ningún don, está ahí, es interés de Jesús.
Puedo decirle, por tanto, a mi Señor, a Cristo, esposo mío y espso de la Iglesia: Lo que te pido, Jesús, no te lo pido por mí… Te lo estoy pidiendo por ti.

Bajo tu luz, Señor Jesús,
con tu amor y por tu amor, que empieza a ser la entrada en el infinito amor.

Guadalajara, Jal, 9 septiembre 2014.