miércoles, 31 de julio de 2019

1239. Fin de vacaciones


Fin de vacaciones

“¡qué inapreciable es tu misericordia, oh Dios!,
… porque en ti está la fuente viva,
y tu luz nos hace ver la luz”
(Salmo 36, liturgia matinal de hoy).


Extraña sensación: es un mareo
que todo me parece un alboroto,
política y placer, el mundo roto,
que todo es al revés y nada veo…

También la Iglesia sufre el balanceo
con este vendaval y terremoto:
la barca está en la mar, y el puerto ignoto,
que ya no es como fue, ni cual deseo.

¡Oh gracia del amor más limpio y puro:
es hora de Jesús, esta es su hora,
mi consuelo secreto que maduro!

Recibe mi impureza redentora,
oh Dios, mi Dios, mi único seguro,
y gracias por tu gracia que en mí mora.

Pamplona, 31 julio 2019,
S. Ignacio de Loyola, miércoles sem. XVII.

martes, 30 de julio de 2019

1238. Que solo tu piedad es mi autoestima


Que solo tu piedad es mi autoestima
(Súplica de abandono)

En memoria de mi hermana
Esperanza (Alfaro + 8 / VII / 2019),
primogénita de seis hermanos.
“Él modeló cada corazón,
y comprende todas sus acciones”
(Salmo 33,15, liturgia matinal de hoy).


Mi vida va tocando la alta cima
y es hora, cuando quieras, de partir;
te doy la llave - gracia fue vivir -,
y, con la llave, mi postrera rima.

Mi corazón en paz a ti se arrima
para alabar, oh Padre, y bendecir;
tu abrazo espero, y más no sé decir,
que solo tu piedad es mi autoestima.

Quisiera…, yo quisiera tanto, tanto…
pues rezaré tan solo un Padrenuestro,
diré que tu ternura fue mi encanto,

que fue Jesús mi guía y mi maestro.
El mundo es tu familia y tú eres santo,
y quise ser, Jesús, yo todo vuestro.

Pamplona, 30 julio 2019, martes sem. XVII,
S. Pedro Crisólogo, doctor de la Iglesia.

viernes, 26 de julio de 2019

1237. Domingo XVII, ciclo C – Padre, hacia el secreto de la oración de Jesús


Padre: hacia el secreto de la oración de Jesús Lc 11,1-13

Lc11 1 Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos». 2 Él les dijo: «Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, 3 danos cada día nuestro pan cotidiano, 4 perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación”».
5 Y les dijo: «Suponed que alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche y le dice: “Amigo, préstame tres panes, 6 pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”; 7 y, desde dentro, aquel le responde: “No me molestes; la puerta ya está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”; 8 os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. 9 Pues yo os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; 10 porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre. 11 ¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez? 12 ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? 13 Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?».

Hermanos:
1. Este párrafo que acabamos de escuchar nos introduce en la intimidad de Jesús, en ese santuario del todo personal, el más sagrado, que es nuestra relación con Dios, nuestra oración.
En todo ser humano hay una barrera infranqueable de intimidad que debemos respetar. Nadie tiene derecho a entrar en lo más íntimo de mí mismo, por grande que sea la confianza que nos hayamos otorgado.
Solo Dios es el testigo de esa zona invulnerable de nosotros mismos; sería una propia autodestrucción que yo tratara de expresar la identidad de mi yo ante una persona como se la expreso a Dios, mi Creador y mi Padre, ante quien he de dar cuenta de mis actos. El ser humano es lo que es, por ser eso ante Dios, su Creador y su Dueño.
Pero es que es más. Tampoco nosotros mismos podemos verternos a nosotros mismos hacia afuera, como realmente somos ante Dios y ante nosotros.
Hasta en el cielo, yo seré yo, yo, distinto, único e irrepetible. No quedaré diluido, anulado. Yo seré yo por toda la eternidad. Pensamiento que nos da un respeto total ante nosotros mismos y ante Dios.

2. Estas consideraciones, hermanos, son el preámbulo y la ambientación para abordar las palabras de Jesús, con las que nos ha enseñado a orar. Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.
La súplica de los apóstoles nos resulta muy iluminadora para ver en qué circunstancias ha nacido el “Padre nuestro”.
Jesús va a ser Maestro de oración. Como maestro de oración, Jesús puede acudir al libro de oración de Israel, que es el Salterio, la oración que todo israelita tiene a diario en sus labios y en el corazón, y que nosotros la hemos recibido como la herencia preciosa de un pueblo que ha orado y sigue orando.
Jesús en su respuesta,
- ante todo, nos va a dar una oración que es nueva, absolutamente nueva, que anteriormente nadie la había pronunciado; no es un salmo nuevo que nos va a enseñar, el salmo 151, puesto que los salmos son 150.
- Y además nos afirma que esta oración, que marca un estilo, va a ser la oración distintiva de todo cristiano.
Un Padrenuestro, hermanos, vale más que los 150 salmos de la Oración de Israel; pero tampoco queremos hacer demagogia espiritual con este género de lenguaje.
Vayamos directamente al texto sagrado y pidamos luz al Espíritu para comprender lo que este texto nos está revelando.

3. Que el hombre llamara a Dios “Padre” y que entrara en diálogo continuo con esta clase de lenguaje, es algo del todo nuevo. La novedad está no en el tono familiar para tratar a Dios, sino en el misterio de donde procede esa fraternidad, esa filiación, para relacionarnos con el ser Supremo de esa manera. Solo Jesús puede llamar a Dios “Padre”, y, al invitarnos a llamar a Dios “Padre”, nos está asociando a su filiación única, para que participemos en ella y desde ahí oremos al Padre. Jesús declara abierto su corazón para que los discípulos y, por medio de ellos, la humanidad entera pueda asociarse a este misterio de la Encarnación y tratar de Dios de esta manera. Nos encontramos, hermanos, en el centro de la revelación.
Dios es nuestro Padre, y, si realmente lo es, apoyados en el mandato de Jesús, nosotros nos atrevemos a decir: “Padre nuestro”.

4. Cuando Jesús nos enseña a orar, más que una enseñanza o doctrina quiere transmitirnos una experiencia. Y ahí está el último secreto del “Padre nuestro”. Jesús ha pasado noches en oración; Jesús fue al desierto a orar…, a la montaña a orar… Y oraba al fresco de la madrugada y en solitario. El Monte de la Transfiguración y el Monte de los Olivos han quedado en la conciencia de los cristianos como dos recuerdos del todo singulares. Y lo mismo la oración sacratísima que hizo en la Cena, pronunciad ante sus apóstoles, oración consecratoria de la Pasión que iba a acontecer comenzando aquella noche.
¿Qué vivía Jesús en su corazón cuando oraba?
Ese es el secreto y de eso se trata.
Obviamente eso no se puede transmitir.

5. Jesús oraba mirando al Padre, mirándose a sí mismo y mirando al mundo. Es la oración de Jesús, que ha de ser la oración de los discípulos de Jesús:
Padre, santifica tu nombre. Solo tú puedes santificar tu nombre…
Cuando uno piensa, hermanos, en las múltiples religiones que hay en el mundo, se hace, con sumo respeto a los demás, más orante. Pues cuando oramos, no oramos contra nadie, sino uniendo al mundo entero, porque el Dios que nos ama es Uno y Único.
Al decir “Padre, santifica tu Nombre” quisiéramos decir todo. Quisiéramos unir al mundo entero en un abrazo, a todos los hombres y mujeres de la tierra, diciéndoles: Hermanos, Dios es nuestro Padre; él nos ha creado, él nos ama… El único mandato que nos ha dado es que le glorifiquemos y confiemos en él con una confianza sin medida. Lo demás se nos dará por añadidura.
Estamos comenzando a hablar del “Padre nuestro”, de la oración cristiana. Es el comienzo, nada más, porque si continuáramos pasaríamos de una homilía a una meditación… y de una meditación a un retiro espiritual, acaso a una noche de amor y de oración.

Concluyamos:
Señor y Dios nuestro tu Hijo nos ha enseñado a orar. Haz que nunca recemos un Padrenuestro por rutina, como quien reza una fórmula. Que al rezar la Oración del Señor, vivamos de modo consciente lo que es la fe, la alabanza, el amor y la entrega. Amén.

Alfaro, viernes 26 de julio de 2019