miércoles, 16 de septiembre de 2020

1429 - Por la vida hasta el martirio – Al filo de la prensa y de la liturgia


16 de septiembre
Santos Cornelio, Papa, y Cipriano, Obispo, mártires


Cipriano (Obispo de Cartago) a su hermano Cornelio (Obispo de Roma),
Mediados del siglo III:
Hemos tenido noticia, hermano muy amado, del testimonio glorioso que habéis dado de vuestra fe y fortaleza; y hemos recibido con tanta alegría el honor de vuestra confesión, que nos consideramos partícipes y socios de vuestros méritos y alabanzas. En efecto, si formamos todos una misma Iglesia, si tenemos todos una sola alma y un solo corazón, ¿qué sacerdote no se congratulará de las alabanzas tributadas a un colega suyo, como si se tratara de las suyas propias? ¿O qué hermano no se alegrará siempre de las alegrías de sus otros hermanos?
No hay manera de expresar cuán grande ha sido aquí la alegría y el regocijo, al enterarnos de vuestra victoria y vuestra fortaleza: de cómo tú has ido a la cabeza de tus hermanos en la confesión del nombre de Cristo, y de cómo esta confesión tuya, como cabeza de tu Iglesia, se ha visto a su vez robustecida por la confesión de los hermanos; de este modo, precediéndolos en el camino hacia la gloria, has hecho que fueran muchos los que te siguieran, y ha sido un estímulo para que el pueblo confesara su fe el hecho de que te mostraras tú, el primero, dispuesto a confesarla en nombre de todos; y, así, no sabemos qué es lo más digno de alabanza en vosotros, si tu fe generosa y firme o la inseparable caridad de los hermanos. Ha quedado públicamente comprobada la fortaleza del obispo que está al frente de su pueblo y ha quedado de manifiesto la unión entre los hermanos que han seguido sus huellas. Por el hecho de tener todos vosotros un solo espíritu y una sola voz, toda la Iglesia de Roma ha tenido parte en vuestra confesión.
Ha brillado en todo su fulgor, hermano muy amado, aquella fe vuestra, de la que habló el Apóstol. Él preveía, ya en espíritu, esta vuestra fortaleza y valentía, tan digna de alabanza, y pregonaba lo que más tarde había de suceder, atestiguando vuestros merecimientos, ya que, alabando a vuestros antecesores, os incitaba a vosotros a imitarlos. Con vuestra unanimidad y fortaleza, habéis dado a los demás hermanos un magnífico ejemplo de estas virtudes.
Y, teniendo en cuenta que la providencia del Señor nos advierte y pone en guardia y que los saludables avisos de la misericordia divina nos previenen que se acerca ya el día de nuestra lucha y combate, os exhortamos de corazón, en cuanto podemos, hermano muy amado, por la mutua caridad que nos une, a que no dejemos de insistir, junto con todo el pueblo, en los ayunos, vigilias y oraciones. Porque éstas son nuestras armas celestiales, que nos harán mantener firmes y perseverar con fortaleza; éstas son las defensas espirituales y los dardos divinos que nos protegen.
Acordémonos siempre unos de otros, con grande concordia y unidad de espíritu, encomendémonos siempre mutuamente en la oración y prestémonos ayuda con mutua caridad cuando llegue el momento de la tribulación y de la angustia.

Carta pública del Cardenal Cañizares, publicada por la prensa,
Ante el proyecto de la legislación sobre la eutanasia, o suicidio asistido, aceptado por el Gobierno

Señor Presidente del Gobierno, miembros del Gobierno, ministros, parlamentarios que aprobaron semejante injusticia, por lo demás, monstruosa, ¿están ustedes locos, han perdido la cabeza o su moral es no tenerla? Dense cuenta que ustedes como Gobierno o como Parlamentarios están para defender, proteger, tutelar el bien común, basado en derechos y deberes fundamentales de la sociedad a la que representan, -el primero es el de la vida-, y resulta que se han convertido en enemigos, que se oponen a la sociedad, dispuestos a derrotar esa sociedad a la que representan y deben proteger, al propugnar semejante propuesta de Ley, que difunde y agranda una cultura de muerte, además, en medio de la Pandemia del Covid-19. ¿qué credibilidad pueden mantener ante dicha Pandemia? ¿Con qué autoridad moral pueden dirigirse a ese pueblo y pedirnos lo que se nos pide? ¿No se ven como un signo de contradicción?
Todavía están a tiempo de rectificar, como tantas veces se rectifica en la gestión de Gobierno o en tareas y responsabilidades parlamentarias. No es inmiscuirme en política, pero mi responsabilidad como Obispo y como ciudadano no me permite callar. Y así debo denunciar ante la opinión pública este comportamiento, como también a medios de comunicación que tanta importancia le han dado al "asunto de los alcaldes", y tan poco relieve, sin embargo, le han dado al de la eutanasia que constituye no una derrota histórica de un Gobierno, sino una derrota de todo un Estado, y que es un problema infinitamente mayor y grave, aunque ustedes no lo vean así, y les respeto. Con legislaciones como esa no se edifica una verdadera fraternidad de auténticos hermanos de una nueva civilización de amor que construye la paz y es capaz de hacer frente a la pandemia.
Antonio Cañizares Llovera
(Arzobispo de Valencia, Cardenal)


Testigos de la vida hasta el martirio,
defendiendo a inocentes criaturas;
la vida en nacimiento y en ocaso
son dones de Dios vivo que nos cuida.

Que sea, Dios excelso, tu verdad,
la Ley y la Razón primera y última,
que solo vida engendra vida y paz,
y en muerte no hay felicidad ninguna.

Creado fui en amor, que en Dios bullía,
y en Él caricia soy de su ternura,
que nadie entre en combate contra el cielo
ni nadie rompa de otro la hermosura.

Pastores de la Iglesia y fieles todos,
cual hermanos sed firmes en la lucha,
amor es el presente y el futuro,
y humanidad feliz de mutua ayuda.

¡Jesús crucificado y vencedor,
Jesús hijo de Dios, senda segura,
acoge nuestro ruego, sé tú mismo,
la luz que pacifica toda duda! Amén.

Madrid, 16 septiembre 2020

lunes, 14 de septiembre de 2020

1428. Himno en la Exaltación de la Santa Cruz


En medio de la tierra está la Cruz


En medio de la tierra está la Cruz
que Dios Padre clavó para su Hijo,
bandera del amor ensangrentado
ofrenda del Espíritu a Dios Trino.

Misterio del dolor de todo hombre
por nuestro hermano Cristo recogido,
y en su carne mortal santificado
donde yo fui y soy su redimido.

Te beso dando gracias, Cruz sagrada,
que dentro de Jesús eras suplicio,
y hoy eres sacramento de esperanza
brocal de toda vida que recibo.

Oh santa Cruz, latente en los mortales,
que solo en gracia entregas tus designios,
tú serás a la vera de Jesús
segura senda del feliz destino.

Te adoramos, belleza del amor,
memoria en el altar del sacrificio,
vida y don en la Iglesia cada día,
para mí convertida en pan y vino.

¡Gloria a ti, Jesucristo Redentor,
regalo a cada uno de ti mismo,
por la cruz, corona de tus dones,
gloria a ti, por los siglos de los siglos! Amén.

Madrid, Jesús de Medinaceli 14 septiembre 2020

viernes, 11 de septiembre de 2020

1427. Domingo XXIV, A – Perdonar como Dios perdona, hasta setenta veces siete


 
Perdonar como Dios perdona, hasta setenta veces siete
Mt 18,21-35

Texto evangélico
21 Acercándose Pedro a Jesús le preguntó: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». 22 Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. 23 Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. 24 Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. 25 Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. 26 El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. 27 Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. 28 Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: “Págame lo que me debes”. 29 El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”. 30 Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. 31 Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. 32 Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. 33 ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. 34 Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. 35 Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

Hermanos:
1. El Domingo pasado decíamos en la homilía que el perdón es el mayor milagro que existe en la vida cristiana. La gracia de perdonar es un don que Dios mismo nos concede, para que nuestro corazón se parezca al suyo. Sobre esta verdad esencial vamos a insistir, al amparo del texto de hoy, cuyo tema específico es justamente este.
Pedro, jefe y portavoz del grupo apostólico; Pedro, que lleva en sí la representación de la Iglesia “se acerca al Señor”, y pregunta al Señor, al único Señor de la Iglesia, a Jesús, que vive en medio de nosotros: Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?
¿Qué significa exactamente la pregunta que ha formulado Pedro, que sigue ondeando sobre nuestras cabezas?
Pedro pregunta sobre el hermano; evidentemente sobre el discípulo, de aquel que como yo es miembro de la comunidad de la Iglesia. Pedro, en este caso, no pregunta acerca de los que están fuera, del orden que habrá que guardar en la sociedad sobre el perdón y el castigo. Lo que pregunta Pedro es cómo debemos comportarnos dentro de la Iglesia.
En la misma pregunta hay un indicio de respuesta. Así nos ocurre tantas veces, que en la forma de preguntar ya está la respuesta o parte de la respuesta. Pedro está diciendo: Ya sabemos que hay que perdonar, pero el perdón tendrá una forma, unos límites.

2. La primera lectura de hoy es un texto sapiencial. Es una vieja y sabía reflexión sobre el perdón entre hombres religiosos: “Si un ser humano alimenta la ira contra otro, ¿cómo puede esperar la curación del Señor? Si no se compadece de su semejante, ¿cómo pide perdón por sus pecados? Si él, simple mortal, guarda rencor, ¿quién perdonará sus pecados? Piensa en tu final y deja de odiar, acuérdate de la corrupción y de la muerte y sé fiel a los mandamientos”.
Partimos, pues, de este principio: de que hay que perdonar; pero ahora viene la segunda parte: ¿Cuántas veces, cómo, con qué condiciones…? Son cosas reales en la vida, que quieten que estar previstas y pasar a una reglamentación.
Y aquí las respuestas pueden variar. Un ejemplo: Si en el matrimonio el marido es infiel a la esposa, o la esposa es infiel al esposo, ¿habrá que perdonar ese tipo de ofensa? Para cierta tradición exegética el adulterio es, sin más, causa de anulación del matrimonio; la Iglesia católica no acepta el adulterio como causa de anulación del matrimonio, sino que invita al perdón.
En el proceder humano decimos ante hechos muy graves: “Una y no más”. A la segunda, fuera.
La Iglesia tiene un derecho penal, para regular el proceder de sus miembros; a esto se refería el Evangelio del Domingo pasado: corrígelo a solas, llama a dos testigos; en última instancia, díselo a la Iglesia, y si no hace caso a la Iglesia, ¡fuera!
“Una y no más”, decimos; o “a la tercera va la vencida”, y si no, ¡fuera!

3. Pedro entonces presenta un caso absurdo: perdonar no una…, dos…, tres…, cinco veces…, sino hasta siete. Se supone que es imposible que se cometa hasta siete veces la misma ofensa. Es una hipótesis para hablar y aclararnos. Pedro pone un caso absurdo y Jesús responde con otro caso más absurdo. Pero por delante va la respuesta: No hasta veces siete, sino hasta 70 veces siete. Que es como decir: hasta setenta mil veces siete, hasta 70 millones de veces siete.
Y para explicarse Jesús pone un ejemplo absurdo. Había un deudor que debía 10.000 talentos. ¿Quién tiene 10.000 talentos para deber tanto? Había un deudor que debía 100 millones de euros: Que lo vendan a él, a su mujer, a sus hijos, todas sus propiedades, y que pague. Estamos en un mundo oriental; estamos trabajando con fantasías para entendernos.
El dueño, un sátrapa de grandísimo corazón, tuvo compasión y se lo perdonó todo.
Pero resultó que este deudor perdonado tenía, a su vez, otro deudor que el debía a él, y la cantidad era 100 denarios, un millón de veces menos (calculan los exegetas), de manera que, poniéndolo en dinero de hoy, si el primero debía 100 millones de euros, el segundo debía tan solo 100 euros. Lo agarró del cuello, lo estrangulaba diciendo: Págame lo que me debes, y, si no, a la cárcel.

4. Ahora vengamos, hermanos, a la doctrina pura y verdadera. Y la doctrina de Jesús pura y limpia es esta:
- Dios perdona.
- Dios perdona siempre.
- Dios perdona todo.
- El hombre, el hermano, tiene que imitar el comportamiento de Dios.
- Por lo tanto, el hermano tiene que perdonar como Dios perdona.

Hermanos, esto es la misericordia, la compasión, la ternura de Dios.
Y de aquí viene una pregunta que nos atrevemos a hacernos a nosotros mismos, como miembros de la Iglesia, con humildad, pero con sinceridad y valentía: ¿Ha entendido la Iglesia lo que es la misericordia de Dios, la ternura para aplicar el perdón?
- “Por supuesto que sí”.
No parece que sea la respuesta correcta. Lo puedo explicar con un ejemplo. Hace cerca de treinta años se publicó el Catecismo de la Iglesia Católica, y allí, en determinado artículo del “No matar”, la Iglesia no defendía la pena de muerte, pero aceptaba, con un sentir común, que lo estados pudieran legislar con la pena de muerte, en casos absolutamente extremos. Algo crujía en nosotros, lectores, a esta formulación. ¿Para qué murió Cristo, sin continuamos con la pena de muerte…, si ya todas las muertes están pagadas en él? Eso es lo que tiene que predicar.
Pasaron los años y se corrigió el texto, y a los XXV años se ha introducido una nueva redacción, y actualmente dice el Catecismo: la pena de muerte es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona.
Nos enfrentamos a muchos estados que tienen la muerte, pero, si somos discípulos del Crucificado, está es nuestra postura: la pena de muerte es siempre, absolutamente siempre, inadmisible.

Señor Jesús, tu doctrina del amor y de la misericordia de Dios no tiene fondo; haz que mi Madre, la santa Iglesia, lo comprenda siempre, absolutamente siempre; sepa perdonar a sus hijos, siempre, absolutamente siempre; y que yo, pecador, al ver la misericordia de Dios, yo deudor insolvente perdonado, sepa perdonar. Amén.

Madrid, viernes, 11 septiembre 2020.