jueves, 31 de diciembre de 2020

1473. Bajo la bendición del Señor y la protección de la Santa Madre de Dios

Bajo la bendición del Señor

y la protección de la Santa Madre de Dios

Lc 2,16-21


Texto evangélico:

Lc 2,16-21 [Los pastores] fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. 17 Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño. 18 Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. 19 María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. 20 Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho. 21 Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

 

(Bendición de Aarón, Núm 6,22-27)

22 Locutusque est Dominus ad Moysen dicens:

23 “ Loquere Aaron et filiis eius: Sic benedicetis filiis Israel et dicetis eis:

24 "Benedicat tibi Dominus et custodiat te!

25 Illuminet Dominus faciem suam super te et misereatur tui!

26 Convertat Dominus vultum suum ad te et det tibi pacem!".

27 Invocabuntque nomen meum super filios Israel, et ego benedicam eis

 

Hermanos:

1. Todos los años abrimos el calendario de la Iglesia con el mismo texto de la Sagrada Escritura. Es la bendición que el Señor mandó a Moisés que la pronunciaran Aarón y sus hijos, es decir, los sacerdotes sobre el pueblo de Israel. Y con estas palabras quiero empezar yo las homilías de este año de gracia 2021, en este día que es la octava de Navidad en la que la Iglesia contempla el misterio de la Encarnación bajo el signo de la maternidad divina de María.

La tradición sagrada de Israel ha tenido sumo respeto a estas palabras, y nunca las ha querido traducir del hebrero original a otra lengua. Cuando los judíos hablaban el arameo, los sacerdotes, no obstante, no pronunciaban estas palabras en la lengua aramea, sino en el hebreo original.

 

2. ¿Qué dice esta bendición? Hemos de saber que esta bendición es la invocación del nombre sacratísimo de Dios, el nombre de YHWH. Cuando los judíos veían en el texto sagrado el nombre de YHWH no lo pronunciaban; lo sustituían por el SEÑOR. Y se pronuncia tres veces.

Imaginemos al Sumo sacerdote alzando las manos al cielo y pidiendo que descienda el santo Nombre de Dios. Tres veces se pide que descienda el Nombre de Dios, y en cada uno de estas tres veces se pide que descienda ese nombre divino, que va a cubrir el pueblo, expresándolo con dos palabras. Vamos a invocar el Nombre santo de Dios, vamos a mirar el rostro de Dios.

Primera invocación y descenso: El Señor te bendiga y te guarde: Benedicat tibi Dominus et custodiat te.

Segunda invocación y descenso: El Señor ilumine su rostro sobre ti y tenga misericordia de ti: Illuminet Dominus faciem suam super te et misereatur tui.

Tercera invocación y descenso: El Señor vuelva su rostro sobre ti y te pose la paz: Convertat Dominus vultum suum ad te et det tibi pacem.

El sacerdote debía decir estas palabras, y Dios desde el cielo iba a hacer un milagro. El versículo siguiente dice: Invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel, y Yo los bendeciré.

Es como en las palabras de la consagración. El sacerdote dice las palabras y Dios hace el Cuerpo y la Sangre de Cristo estén en el pan y el vino consagrado.

La bendición se da sobre todo el pueblo reunido, sobre todos los hijos de Israel, pero no se dice en plural (el Señor os bendiga y os guarde), como normalmente nosotros damos las bendiciones, sino en singular, llegando a cada uno. En medio del pueblo Dios llega a mí y me bendice a mí, a mí, que un día me he de presentar ante su divina presencia.

 

3. ¿Qué es, pues, lo que se pide hermanos, en cada una de esas bendiciones o invocaciones del Nombre de Dios? Con palabras diferentes y repetidas en todas esas bendiciones y en cada una de sus partes se pide lo mismo: la presencia de Dios en nuestra vida.

Si Dios está presente en mi vida, mi vida está plenamente defendida.

Si la mirada de Dios se ha vuelto a mí, yo estoy cubierto de su misericordia y nada malo me puede pasar.

Si Dios vuelve su rostro a mí, Dios con sus ojos me da la paz, y la paz para la Sagrada Escritura es el conjunto de todos los bienes.

 

4. Y ahora cada uno de nosotros puede reflexionar sobre esta bendición justamente después de un año de pandemia y ante la absoluta incertidumbre del año que comienza.

Uno vuelve su reflexión hacia sí mismo, y piensa con realismo. El virus hace su propia labor; el virus actúa destructivamente. Acaso este año sea para mí el paso a la otra ribera.  Esto nos infunde respeto, porque nadie puede presumir ante la muerte. Nadie es dueño de los que viene; y todos los recursos que tú poseas en este mundo no son capaces de librarte de dar ese paso definitivo hacia lo absolutamente desconocido; para el cristiano, al Dios de tu fe, en quien siempre has creído y a quien has tratado de amar.

Recibir la bendición del Señor en tiempo de la pandemia la podemos considerar como la gracia suprema. San Pablo llegó a decir: “Después de esto, ¿qué diremos? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?” (Rm 8,31-32).

Hermanos, la gracia de este día, la gracia del Año Nuevo es la gracia de la bendición de Dios. Con ella iniciamos este camino.

 

5. Pero he aquí que hoy la Iglesia, al contemplar el misterio, quiere que especialmente pongamos la mirada en la Virgen María. Hoy es la solemnidad de San María, Madre de Dios.

He aquí un pensamiento continuo de Navidad. El Hijo de Dios, al hacerse hombre, al entrar en nuestra familia como hermano nuestro, hace que una mujer de la familia humana, una hija de Adán, una hija de Israel, sea la Madre del Hijo de Dios.

El lenguaje de nuestros antiguos Padres en la fe ha creado una palabra para precisar mejor este misterio. Han llamado a María no solamente “Madre de Dios”, por ser la Madre de Jesús, Hijo de Dios, sino que la han llamado “Theotókos”, Dei Génitrix, Engendradora de Dios.

De las entrañas puras de la Virgen ha nacido Dios. Misterio que acerca a la Virgen de una manera absolutamente única al mismo misterio de Dios.

Nuestra hermana, María de Nazaret, es la misma Madre del Hijo de Dios. Esto establece una relación de María con Cristo, pero al mismo tiempo crea una relación e María con nosotros. Nuestra Madre, es decir, la que nos va a defender, es la misma Madre del Hijo de Dios.

Comprendemos esa forma misteriosa que ha tenido el arte de Orienté de representar a al Virgen. Es una mujer, sí, pero no es una mujer sin más del pueblo; es la Theotókos, la Madre del Hijo de Dios, la Madre que intercede por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte.

 

6. Día primero del año, hermanos, que es también el Día de la Paz. Todo esto lo juntamos en nuestra oración.

 

Cristo Jesús, que nos has dado como Madre a tu propia Madre, hoy recibimos la bendición de Dios que tú nos has alcanzado con tu nacimiento, vida, muerte y resurrección, por intercesión de tu Madre, concédenos la paz que viene del cielo, conjunto de todos los bienes. Amén.

 

Madrid, 31 de diciembre de 2020.

martes, 29 de diciembre de 2020

1472. Fin del Año de la Pandemia – Dios mío, cuánto te amo

 

Despedida:

¡Dios mío, cuánto te amo!

Al concluir este año, damos gracias. La pandemia también es una Teofanía. Con los ojos de la fe, el Coronavirus es Coronavida. Vamos a cerrar con este poema una serie de poemas que hemos ido componiendo (son más de 90), como un diario espiritual, al paso de la pandemia este año singular en la Humanidad. La gracia que pedimos sea esta: que sepamos ver, percibir, sentir en esta “desgracia” una Presencia. Entonces “todo es gracia” (Santa Teresita).


Ya lo dijiste, Poeta;

silencio y vete al Sagrario;

toma tu Biblia, amoroso,

y acaricia con tu mano.

 

Cuidado, no tengas prisa,

sigue en silencio pensando;

observa tus ojos…, piensa,

que orar es pensar amando.

 

No hay ruidos en el recinto,

solo ángeles acaso,

el universo está quieto

y eres tú, que está mirando.

 

Respiro amor, sí, Jesús

y alma y cuerpo no separo,

cierro los ojos y siento

que soy amado mirado.

 

¿Qué pasa, Jesús, qué pasa?

¿Quién sabe qué está pasando?

¡Si yo te veía a ti…!

¿O acaso me estoy engañando…?

 

Una presencia infinita

en un vórtice calmado,

envuelve mares y tierra

con el virus que aspiramos.

 

Eres tú, que llenas todo,

aunque no sepa explicarlo,

tú, el amante omnipresente,

oh Dios, cálido a mi lado.

 

Abiertos los poros íntimos,

soy un pobre acurrucado

a una ternura divina

que en virus se ha desbordado.

 

Nada entiendo, no hace falta,

basta sentirse llevado

a una incógnita ribera

que no había visitado.

 

Y es bella por ser de Dios,

es amor desentrañado;

el paisaje de mi alma

poco a poco va cambiando.

 

Solo una cosa yo pido

al concluir este año:

ver a Dios en la pandemia,

que es Sinaí desatado.

 

Y si el virus llega a mí ,

cual guerrero bien armado,

yo te diré sin combate:

¡Dios mío, cuánto te amo! Amén.

 

FIN

 


Madrid, 29 diciembre 2020.