1666. Dom. XXVII, B –
Mc 10,2-16
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Texto evangélico:
2 Acercándose unos fariseos, le preguntaban
para ponerlo a prueba: «¿Le es lícito al hombre repudiar a su mujer?». 3
Él les replicó: «¿Qué os ha mandado Moisés?».
4 Contestaron: «Moisés permitió escribir el
acta de divorcio y repudiarla». 5 Jesús les dijo: «Por la dureza de
vuestro corazón dejó escrito Moisés este precepto. 6 Pero al
principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. 7 Por eso
dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer 8 y
serán los dos una sola carne*.
De
modo que ya no son dos, sino una sola carne. 9 Pues lo que Dios ha
unido, que no lo separe el hombre».
10
En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. 11
Él les dijo: «Si uno repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio
contra la primera. 12 Y si ella repudia a su marido y se casa con
otro, comete adulterio».
13 Acercaban a Jesús niños para que los
tocara, pero los discípulos les regañaban. 14 Al verlo, Jesús se
enfadó y les dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis,
pues de los que son como ellos es el reino de Dios. 15 En verdad os
digo que quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él». 16
Y tomándolos en brazos los bendecía imponiéndoles las manos.
Hermanos:
1. Acabamos de
escuchar la página más bella del matrimonio, explicado por Jesús con su plena
autoridad de Hijo de Dios. La revelación de la belleza del matrimonio en labios
de Jesús queda resumida en esta frase: lo que Dios ha
unido, que no lo separe el hombre.
Según esto, el
fundador del matrimonio es Dios mismo, desde el principio de la creación. Y
Jesús nos asegura que, pese a todos los pesares, este proyecto de Dios es para
todos los siglos. Él ha salvado el matrimonio; incluso, él lo ha salvado de la
Ley de Moisés.
A Jesús le van a
hacer una pregunta de un tema central de la vida humana. Todos los que
existimos en la tierra somos el fruto de la colaboración de un hombre y de una
mujer. Pero el matrimonio, según épocas, religiones y culturas han traído
problemas.
La pregunta que
le hacen a Jesús no es una pregunta inocente, no es la pregunta de uno que no
sabe y busca conocimientos en el sabio, que tiene un don especial. El
evangelista san Marcos, al introducirnos la escena, nos advierte que la
pregunta era para ponerlo a prueba, para tentarlo, a ver a qué escuela se
adhiere este maestro, porque ya que se que los rabinso discuten. No nos sorprenda
que al recoger esta pesaje de la vida de Jesús, el Evangelio de san Mateo
formule la pregunta en estos términos: «¿Es lícito a un hombre repudiar a su
mujer por cualquier motivo?»
No discutimos
sobre el hecho, que eso ya está permitido en la Ley de Moisés; preguntamos
sobre la causa suficiente para el repudio. Si es una causa gravísima, como el
adulterio, o es una causa menor, en virtud de la prepotencia que corresponde al
varón sobre la mujer.
Y la respuesta de
Jesús es sorprendente: No hay causa grande ni causa menor; el matrimonio es de
Dios: Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
2. La réplica
brota al instante: Moisés permió el divorcio. El asunto es saber cuándo y cómo.
Jesús acaba de
responder: Por la dureza de vuestro corazón dejó escrito Moisés este
precepto. 6 Pero al principio de la creación Dios los creó hombre y
mujer. 7 Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá
a su mujer 8 y serán los dos una sola carne.
Jesús se alza
sobre la autoridad incuestionable de Moisés, y Jesús se remite al mismo Dios y
al proyecto que va unido con la creación del muindo.
Hermanos, ¡qué
hermoso resulta este pensamiento! Pensar que cada matrimonio que se constituye
ante la presencia de Dios es el comienzo de la creación del mundo: el hombre
anhela a la mujer más que al padre y a la madre – y equivalentemente la mujer respecto
al hombre - y serán los dos una sola
carne.
3. Esta escena
toda human y espiritual del Evangelio tiene una continuación en privado, cuando
Jesús, fuera de polémica y al margen de toda pregunta insidiosa fue consultado
por los apóstoles. Escuchemos atentamente: 10 En casa, los
discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. 11 Él les dijo:
«Si uno repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la
primera. 12 Y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete
adulterio».
Aquí Jesús nos
hace ver cómo es exactamente igual la dignidad y el derecho de la mujer que del
hombre: comete adulterio el hombre, comete adulterio la mujer, si rompen esa
alianza que entre el hombre y la mujer ha sido sellada por el mismo Dios de la
creación, el Creador del cielo y tierra.
El matrimonio es
de Dios, solo de Dios, es parte de la creación universal; es santo por la
santidad de Dios y es para toda la vida.
Al fin, Jesús ha
salvado el matrimonio en la historia humana. Y le damos gracias. El matrimonio
es bello y santo, fuente de felicidad, de paz y de plenitud.
En las leyes
humanas el matrimonio es algo muy distinto. Al justo y comprensible estar unido
directamente con Dios, el matrimonio es un contrato – suponemos que entre un
hombre y una mujer – libre y voluntario, para convivir y procrear hijos, pero
revisable de mutuo acuerdo, si cambian las circunstancias. Lo deseable es que
el matrimonio dure toda la vida, pero vista la experiencia contraria en tantos
y tantos matrimonios que comenzaron y quebraron, es justo y comprensible
legislar, incluso, sobre una ordenada separación de bienes dentro del
matrimonio, por lo que pudiera ocurrir.
En este esquema
el matrimonio ya no se establece sobre el ideal pleno del amor – que ha de ser total
y único, gratuito y para siempre – sino sobre criterios de Razón, por lo
avatares que puede traer la vida.
De hecho, la casuística
ha acompañado a la realidad del matrimonio en todo tiempo, como lo vemos en san
Pablo: ¿Qué hacer, cuando en un matrimonio pagano, uno de los dos se ha
convertido a la fe cristiana? El primer matrimonio ¿no era verdaderamente
matrimonio y habrá que casarse de nuevo? No es esta la solución; el matrimonio
fue válido y adelante con el mismo proyecto hasta el final. Dios estaba allí,
Pero surgen las dificultades: cómo proceder si la parte no creyente hace la
vida imposible a quien ha sido bautizado. Una respuesta sería que la parte
creyente aguante hasta el final y así se convertirá el otro o la otra… San
Pablo, sin embargo, escribe a los cristianos de Corinto: “Ahora bien, si el no
creyente quiere divorciarse, que se divorcie; en estos casos, el hermano o la
hermana no están esclavizados; pues Dios os ha llamado en paz. ¿Qué sabes tú,
mujer, si salvarás al marido?, ¿o qué sabes tú, marido, si salvarás a la mujer?”
(1Cor 7,15-16).
Hoy todavía hay
una praxis diferente entre la Iglesia cristiana Ortodoxa y la Iglesia Católica.
La indisolubilidad del matrimonio es total y para siempre.
4. Después de toda esta reflexión,
hermanos, si de la doctrina pasamos a la práctica y vamos a consultar
estadísticas, vemos, con tristeza y preocupación, qué golpe tan duro está
recibiendo en los tiempos actuales el matrimonio tanto en la sociedad civil como
en la Iglesia. Cada vez son menos los que se casan por el registro civil, y son
menos los que se casan, como creyentes, ante la Iglesia. As´, por ejemplo, nos
dicen las estadística del Internet. El año pasado, 2020, “sólo 1 de cada 10
bodas en España en 2020 fueron por la Iglesia”.
Hemos de pedir al Señor esta gracia: que
ilumine los ojos del corazón de todos los bautizados, para que perciban que el
matrimonio es un proyecto divino de amor, y que Dios lo quiere como base de la
familia humana.
Madrid, domingo 3 de octubre de 2021.