sábado, 13 de noviembre de 2021

1691. Dom. XXXIII, B – El Hijo del hombre con gran poder y gloria

 


El Hijo del hombre con gran poder y gloria

Mc 13,24-32


 

Texto bíblico

24 En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, 25 las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. 26 Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y gloria; 27 enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo. 28 Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; 29 pues cuando veáis vosotros que esto sucede, sabed que él está cerca, a la puerta. 30 En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo suceda. 31 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. 32 En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, solo el Padre.

 

 

Hermanos:

1. Nosotros, como cristianos, por la gracia de Dios, tenemos una fe, que es la que nos da el sentido de la nuestra existencia, sometida a tanos dolores, la seguridad, la paz, la esperanza.

Nuestra fe está, toda ella, en los santos Evangelio. Y el Evangelio que es un libro, es, por encima de todo, una persona. Jesús es nuestra fe, él es el amor y la seguridad de nuestra vida.

El Señor ha vivido toda su existencia en unión plena con el Padre, como Hijo, en una intimidad que ha sido su vida entera. Es el misterio de su propia persona, que nunca nosotros, humildes criaturas, podremos abarcar.

Jesús ha visto su muerte en cruz como parte esencial de su existencial. Sin la muerte en cruz la vida de Jesús dejaría de ser su vida. En la trayectoria de su vida pública, repetidamente la ha anunciado. Recordemos el primero de los tres anuncios solemnes de la Pasión: “Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días»” (Mc 8,31).

El anuncio de la muerte, que de pronto los discípulos no entienden, no termina en la muerte, sino en la resurrección.

 

2. Con todo, hermanos, el Evangelio hoy nos presenta una escena terminal, más allá de la resurrección de Jesús. Bien podemos pensar que esta es la revelación final, expresada de varios modos en los distintos Evangelios. Se trata de la revelación última que Jesús hace de sí mismo, de la conciencia que él tiene de sí, de la misión que se la ha confiado, del triunfo último al lado del Padre, como Señor de la creación y de la historia humana.

Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y gloria; enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.

Dios tiene la palabra final de la historia, la palabra sobre la creación y sobre el hombre.

Esta creación pasará y vendrá el mundo nuevo, Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, dice san Juan en el Apocalipsis (21,1).

Pertenece, pues, al ámbito gozoso de nuestra fe esta visión de Jesús en su triunfo final, que no es otro sino el triunfo mismo de Dios.

Los libros sagrados del pueblo elegido han hablado de la protección del arcángel Miguel en la hora de la suprema lucha, como lo hemos escuchado en primera lectura: Por aquel tiempo se levantará Miguel, el arcángel que se ocupa de tu pueblo: serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora. Entonces se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro (Dan 12).

Jesús, que sepamos, nunca ha hablado del arcángel san Miguel como proyector del pueblo elegido, cuando él mismo es el que va a aparecer como nuestro juez triunfante y liberador.

Pero sí ha hablado de los ángeles como enviados suyos: enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.

 

3. Esta imagen de Jesús, lleno de gloria y de amor, nos produce confianza, mirando nuestro futuro. Hemos orado:

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;

mi suerte está en tu mano.

Tengo siempre presente al Señor,

con él a mi derecha no vacilaré.

 

En esta imagen de fe hemos visto a Cristo nuestro Sacerdote ante el Padre:

Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio; está sentado a la derecha de Dios … Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a lo que van siendo consagrados. Donde hay perdón, no hay ofrenda por los pecados.

 

El próximo domingo vamos a coronar el año litúrgico con la fiesta de Cristo Rey: Jesucristo, Rey del universo.

 

4. La vida avanza, hermanos, y con la vida avanzan nuestros pensamientos. A medida que se van acumulando los años, es lógico que aumenten nuestras preocupaciones. La imagen de Jesús, revelada en los Evangelio, tal como él mismo se nos ha presentado nos conforta.

Los grandes poderes que dominan el mundo, que son la economía, la política, y el deseo desenfrenado de cuanto produce placer, no pueden ser las fuerzas definitivas de la historia; ni pueden ser tampoco, como es evidente, las fuentes de nuestra felicidad. Lo que el ser humano ansía lo encuentra en Dios, puesto que ha sido creado con un ansia indestructible de inmortalidad.

En Jesús encontramos sentido y paz. Y esto vale lo mismo para darnos serenidad en los acontecimientos mundiales, si los grandes problemas de la humanidad nos preocupan (se acaba de celebrar los días pasados la cumbre de Glasgow sobre el cambio climático y el deterioro del planeta), como los acontecimientos familiares que nos afectan en carne propia; y todavía más, la propia situación personal que puede pasar por trances difíciles.

Jesús nos da seguridad y confianza en toda ocasión.

No es evadirnos de los problemas, que como familia humana que compartimos a todos nos importan y a todos nos afectan, sino que es ir a la raíz de las cosas, de donde nace la luz y de donde viene el equilibrio y la confianza.

Para nosotros, creyentes, es Dios.

Para nosotros, cristianos, es Jesús.

Él pasó por la Cruz y un día aparecerá en gloria. El nos asiste, él nos va a juzgar. En el Evangelio de Juan leemos estas manifestaciones que nadie sino él habría podido hacer: el Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo todo el juicio, para que todos honren al Hijo como honran al Padre (Jn 5,22-23).

 

Concluimos mirando a ese Cristo, Hijo de Dios que ha de venir.

Señor Jesús, un día vendrás en gloria y será nuestro juez; haz que nuestra vida brille en tu presencia y que nuestro juicio final sea un abrazo contigo por toda la eternidad. Amén.

 

Madrid, sábado, 13 nov. 2021.

jueves, 11 de noviembre de 2021

1690. Está en medio de vosotros – El Juglar del Evangelio al eco de Ln 17,21

 

Está en medio de vosotros

 

Muchas veces hemos dicho: No hay una forma de celebrar la Misa – ni ha habido, ni hay, ni puede haber – que recoja la inmensidad del misterio de la Eucaristía.

Jesús nos dice en el Evangelio de hoy (Lc 17,20-25), al preguntarle ¿Cuándo va a llegar el reino de Dios?: Mirad, el Reino de Dios está en medio de vosotros.

Jesús, que anuncia el Reino de Dios, él mismoe s el Reino de Dios: su vida, sus obras, sus palabras. La Comunidad que Jesús deja en la tierra, que es la Iglesia, es Reino de Dios. La Iglesia ha sido, es y será Reino de Dios. Pero el Reino de Dios, siendo Iglesia, transciende de la Iglesia. La Iglesia Católica del Imperio, del Medievo, del Renacimiento, de la era moderna ¿era Reino de Dios? Era Reino de Dios igual que la Iglesia Católica de hoy, con todos sus defectos y miserias, de las que yo soy parte. Llegará un día en que la Iglesia dejará de ser Iglesia, y no habrá otra realidad que el Reino de Dios. Mientras tanto en “esta Iglesia”, de la que yo, pecador santificado, soy parte, lucho y trabajo contemplando su belleza infinita que le viene de Jesús, que es quien la preside.

Esa Iglesia de Jesús está en medio de nosotros, y yo también soy esa Iglesia.

 


Está en medio de vosotros

el Reino que yo he traído;

está y siempre ha de estar,

siempre abierto y escondido.

 

No busquéis fuerzas ni imperio

para extenderlo y vivirlo,

que, al fin, poderes humanos

acaban por oprimirlo.

 

Dios es santo y es de todos,

que a todo nos llama hijos,

y por todos ha enviado

al que es Único y Bendito.

 

El reino de Dios está

donde están los dos unidos,

y el Espíritu con ellos,

Amor que une indiviso.

 

Dios reina y la tierra goza;

todo es suyo, que Él lo hizo,

y el remate de su obra

es sentirlo y proferirlo.

 

Dios es Rey omnipotente,

Dios es Padre amorosísimo;

y entrar en sus posesiones

es su regalo divino

 

Él ejerce su reinado,

si aceptamos su dominio,

y con alma y corazón

en sus planes le servimos.

 

Dios es Rey, y solo Él,

y amar es su poderío;

para entrarnos a su mesa

envió al Hijo querido.

 

Entre vosotros está,

porque vive y está en activo,

que si Dios no trabajara,

sería un inserte ídolo.

 

Vivo mi Dios en mis días,

lanzándome en mi camino,

su Reino vive en mi vida,

que de Él todo recibo.

 

Y voy tejiendo de amor

el Reino que yo predico:

sea fuente de parábolas,

de anuncios jamás oídos.

 

Soy esa Iglesia, Jesús,

santos y santas que admiro,

Iglesia donde tú reinas,

Reino de Dios prometido.

 

Y este Reino germinal

anuncia el definitivo,

cuando vengas en tu Día

para reinar por los siglos.

 

Mas primero has de sufrir

en el terrible suplicio,

y la Cruz será tu cetro

para nosotros, testigos.

 

Rey de amor y de dulzura,

mi Jesús, meta y camino,

reina ya en los corazones

de quienes Dios te decimos.

 

Rey vencedor del Calvario,

tú nos ves cuánto sufrimos,

reina al norte, reina al sur,

y haznos ver tus bellos signos. Amén.


 

Madrid, 11 nov. 2021 (San Martín de Tours).