jueves, 19 de julio de 2012

263. Se compadeció y se puso a enseñarles


Homilía del domingo 16 del ciclo B,
Evangelio de san Marcos 6,30-34

Texto del Evangelio
Llamó Lectura del Santo Evangelio según San Marcos.
En aquel tiempo los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: «Venid conmigo a solas a un lugar desierto a descansar un poco». Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en la barca a solas a un lugar desierto. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron;  entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y de compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor y se puso a enseñarles muchas cosas.

Hermanos:

1. Estamos leyendo este año del ciclo B al evangelista san Marcos (las lecturas se repiten cada tres años: A, B y C) y nos hallamos en el momento que precede a la multiplicación de los panes, la cual sigue a aquella larga predicación que Jesús hizo aquel día. Será el Evangelio del domingo siguiente.
Pero presten atención. San Marcos, que en todas sus líneas rezuma teología –la confesión de fe de la comunidad cristiana – es un Evangelio breve. Para narrar la multiplicación de los panes, pasamos al Evangelio de san Juan, y durante los cinco domingos siguientes (los domingos 17, 18, 19, 20 y 21), vamos a ir gustando, paladeando el largo capítulo del Pan de vida en san Juan: la multiplicación de los panes, con el discurso de revelación que sigue, y las reacciones encontradas que provoca. Y luego se torna san Marcos (ya será fin de agosto) y se sigue con él.

2. Pues bien, vengamos a esta escena biográfica, de tan entrañable humanismo. Coincide que, cuando se lee cada tres años, estamos en julio, mes de vacaciones. De alguna manera se podría hablar de las frustradas vacaciones de Jesús y sus discípulo. El proyecto del descanso se vino abajo porque había algo más importante: participar en la compasión de Dios.
Anota el evangelista, con cierto estilo pintoresco, que eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer. Si recordamos, ya anteriormente se había hecho una observación semejante, cuando recogieron a Jesús y lo llevaron a casa, porque se decía que se había vuelto loco.
Quisiéramos muchos rasgos biográficos de Jesús, pero en este aspecto los evangelistas son parcos. Pero aquí encontramos este detalle, que nos agrada mucho, porque de alguna manera uno se ve retratado. Hay circunstancias en que uno no tiene tiempo ni para comer…
Jesús, con ese rasgo de humanismo que pertenece a su retrato humano-divino, les invita a retirarse a un lugar desierto, a un paraje deshabitado y tranquilo, para descansar. ¿Nos imaginamos a Jesús descansando? El descanso sería una comida parca, un sueño restaurador, una conversación de cosas agradables, seguramente que intranscendentales. En suma, un descanso como el nuestro. El mejor descanso es el disfrute de la amistad, y ciertamente que Jesús ha cultivado la amistad con los suyos, como la ha cultivado con Lázaro, Marta y María, sus amigos de Betania.
Ese paraje tranquilo en las orillas del lago, ribera occidental u oriental, no podemos localizarlo.

3. Pero he aquí algo sorpresa: Mientras la barca cruza a remo el lago, la gente ha tomado la delantera a pie, y corriendo, y, al desembarcar, se encuentra Jesús prisionero. La gente, que le adora, lo quiere secuestrar; quiere que le hable, que le hable…
Y ahora viene el narrador con un dato divino: Jesús sintió compasión. La compasión es un atributo divino, y es digno de Dios el hacer partícipe a sus criaturas de algo que él lleva en su propia naturaleza. Recordad aquella frase: Sed compasivos, como vuestro Padre celestial es compasivo (Lc 6,36). Es lo más grande que podemos hacer en esta vida: asemejarnos a Dios, y Dios es imitable solo en la compasión. La compasión no es humillante para quien la recibe, y es dignificante para quien la da.
La compasión es la solidaridad gratuita con el que está padeciendo y es tanto más hermosa cuanto más generosa sea en quien la regala. La compasión no es la superioridad en tu desgracia, porque entonces sería arrogancia.
Qué bello es encontrarse por la vida con personas que han descubierto en la compasión, o piedad al prójimo, su vocación. En un hospital psiquiátrico puede haber salas especiales para pacientes que requieren atenciones extraordinarias: que no hablan, que no pueden asearse, que no pueden comer, en suma, que, aunque adultos, necesitan los cuidados de una madre. Y hay personas – mujeres y hombres – que dedican su vida a eso. Es claro que no ha sido el sueldo necesario lo que les ha hecho escoger ese servicio, porque lo habría buscado me otra parte. Ha sido, por el contrario, el misterio atractivo de una vocación de humanismo y de piedad. Están participando de la compasión de Dios, y sus nombres están escritos en el Libro de la Vida.

4. La compasión de Jesús está aquí motivada por algo: porque andaban como ovejas que no tienen pastor y se puso a enseñarles muchas cosas.
En el pueblo nómada de Israel la imagen del pastor, la imagen del pastor es del todo familiar. Por eso, hoy en la Eucaristía se reza – se canta, más bien – el bello salmo del pastor: El Señor es mi pastor, nada me falta.
El pastoreo de Jesús es darle a su pueblo la doctrina de Dios. Es el mejor de los alimentos que ha de dar un pastor a su rebaño.
Cuando Moisés, frente a la tierra prometida, tenía que despedirse de su pueblo, pedía a Dios este pastor para el pueblo: “Moisés dijo al Señor. Que el Señor, Dios de los espíritus de todo viviente, ponga un hombre al frente de esta comunidad, uno que salga y entre al frente de ellos y que los conduzca en sus entradas y salidas, para que no quede la comunidad del Señor como ovejas sin pastor” (Nm 27,15-17). Josué fue el pastor elegido por Dios, para introducir en la heredad del Señor a la “comunidad del Señor”. Y Dios le dirá. “Que el libro de esta Ley no se caiga de los labios, medítalo día y noche…” (Jos 1,8).
Es el primer pasto que necesita el pueblo de Dios. Es el alimento que un padre, una madre, han de dar a sus hijos: les han de enseñar el camino de Dios.

5. Sigue contando el Evangelio lo que sucedió al final de aquella jornada: Cuando se hizo tarde se acercaron sus discípulos a decirle. Estamos en despoblado y ya es muy tarde. Despídelos, que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer. Él les replicó: Dadles vosotros de comer (Mc 6,35-37). Y así es como se introduce la multiplicación de los panes, con una clara significación eucarística.
Que lo aprendan los apóstoles y lo aprendamos nosotros, continuadores de aquella primera comunidad de Jesús, que estaba naciendo.
Dadles vosotros de comer. ¿Qué nos deben dar nuestros pastores, si quieren ser los buenos pastores de Jesús, y no como los malos pastores de los que nos ha hablado Jeremías: ¡Ay de los pastores que dispersan y dejan que se pierdan las ovejas de mi rebaño! (Jr 23,1).
Los buenos pastores, que cuidan el rebaño de Jesús, que es el rebaño de Dios, nos deben dar dos alimentos: el Pan de la Palabra y el Pan de la Eucaristía. El Evangelio de hoy nos lo está diciendo esplendorosamente.
Desde aquí quiero proclamarlo: ¡Dichosas las mujeres catequistas de Primera Comunión! Están repartiendo el Pan de la Palabra, el Pan de Dios. Están compartiendo el don de la compasión de Dios, del amor entrañable de Dios. Dichosos, sí, los catequistas y las catequistas, que gratuitamente, desde el corazón, gastan tiempo y estudio para dar el pan de Dios a los hijos de Dios.

6. Concluyamos, hermanos. Jesús tuvo compasión y se puso a enseñarles muchas cosas. Seamos nosotros discípulos de Jesús, que nos sigue hablando en e l silencio del corazón, y, de nuestra parte, seamos también continuadores de la obra de Dios para enseñarles a nuestros hermanos el camino de Dios. Amén.

Guadalajara, Jalisco, jueves 19 julio 2012.

Un poema espiritual para el Evangelio de hoy, véase en mercaba.org: El descanso de Jesús

domingo, 15 de julio de 2012

262. Buenaventura, Doctor Seráfico del Amor


      Hoy es San Buenaventura, fiesta cubierta este año por el domingo.
Decía así el Papa Benedicto (17 marzo 2010), sabio enamorado de san Buenaventura:

“(El destino último del hombre)
En consecuencia, santo Tomás y san Buenaventura definen de modo distinto el destino último del hombre, su felicidad plena:
Ø  para santo Tomás el fin supremo, a que se dirige nuestro deseo, es ver a Dios. En este sencillo acto de ver a Dios encuentran solución todos los problemas: somos felices, no necesitamos nada más.
Ø  Para san Buenaventura el destino último del hombre es en cambio: amar a Dios, el encuentro y la unión de su amor y del nuestro. Ésta es para él la definición más adecuada de nuestra felicidad.

En esta línea, podríamos decir también que la categoría más alta para santo Tomás es lo verdadero, mientras que para san Buenaventura es el bien. Sería erróneo ver en estas dos respuestas una contradicción. Para ambos lo verdadero es también el bien, y el bien es también lo verdadero; ver a Dios es amar y amar es ver. Se trata por tanto de acentos distintos de una visión fundamentalmente común. Ambos acentos han formado tradiciones diversas y espiritualidades diversas y así han mostrado la fecundidad de la fe, una en la diversidad de sus expresiones.

(San Buenaventura y el carisma franciscano)
Volvamos a san Buenaventura. Es evidente que el acento específico de su teología, del que he dado solo un ejemplo, se explica a partir del carisma franciscano: el Pobrecillo de Asís, más allá de los debates intelectuales de su tiempo, había mostrado con toda su vida la primacía del amor: era un icono viviente y enamorado de Cristo y así hizo presente, en su tiempo, la figura del Señor – convenció a sus contemporáneos no con las palabras, sino con su vida.
En todas las obras de san Buenaventura, también en sus obras científicas, de escuela, se ve y se encuentra esta inspiración franciscana; es decir, se nota que piensa partiendo del encuentro con el Pobrecillo de Asís. “

A la luz de estas palabras, que tocan mente y corazón, van estas aspiraciones de mis versos

El rayo de la luz se vuelve amor,
subiendo hasta final de seis peldaños:
la ruta del vidente iluminado
al cabo se hace anhelo, se hace tránsito.

Jesús crucificado en noche oscura
tú eres el umbral atravesado,
que calle la razón inquisitiva
y avance el corazón tan solo amando.

Amor, felicidad que se regala,
de Dios viviente el puro y mero pálpito;
amor, palabra terminal que sacia
y eterna paz que aguarda en su regazo.

Amor, sabiduría de mi búsqueda,
silcncio de mis voces y quebrantos,
gemido de la espera hasta que venga,
mi pan de cada día, pan y vaso.

Cuál gime y cuál ansía el pobrecillo
perderse en ti, de todo ya olvidado,
y en ti reencontrar el don perdido,
amor de mis quereres y mis labios.

¡El santo sacrificio a Dios se eleve,
del fuego del amor arrebatado.
la gloria y paz a ti, Amor Fontal,
mi dulce amor, mi Dios enamorado! Amén.

Guadalajara-Zapopan, 15 julio 2012.

jueves, 12 de julio de 2012

261. Jesús envía a los Doce sin pan, alforja y dinero


Homilía del domingo 15 del ciclo B,
Evangelio de san Marcos 6,7-14


Texto del Evangelio
Llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero  ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y les decía: «Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies en testimonio contra ellos».
Ellos salieron a predicar la conversión; echaban muchos demonios, ungían con  aceite a muchos enfermos y los curaban.

Hermanos:

1. En los santos Evangelio hay dos envío de los apóstoles: uno en la vida pública de Jesús: es el envío a Israel. Otro, después de la resurrección: es el envío a las naciones.
Acabamos de escuchar el primer envío, según nos lo narra san Marcos. La misma escena la cuentan los otros dos Evangelios Sinópticos, Mateo y Lucas, cada uno con sus detalles peculiares.
Esta página del envío de los apóstoles fue para san Francisco como el acta fundacional de lo que había de ser su orden. Aquí nació el franciscanismo. El Evangelio, que está traspasado por el Espíritu de Dios, es palabra creadora, y una sola frase de Jesús, que cambia el corazón, puede crear en el mundo una obra maravillosa de amor.
El joven Francisco de Asís, hijo de un mercader acomodado, rey de la juventud bullanguera, ha sido tocado por Dios. Se ha acercado al leproso, ha despreciado trajes y riquezas, ha sido desheredado por su padre. Está en el tercer año de su cambio de vida o conversión de las vanidades del mundo, pero no sabe exactamente por dónde dirigir sus pasos. Y estando en tales circunstancias, oigamos lo que narra su primer biógrafo, en la obra que escribió a los dos años de la muerte.
“Cierto día se leía en esta iglesia el evangelio que narra cómo el Señor había enviado a sus discípulos a predicar; presente allí el santo de Dios, no comprendió perfectamente las palabras evangélicas; terminada la misa, pidió humildemente al sacerdote que le explicase el evangelio. Como el sacerdote le fuese explicando todo ordenadamente, al oír Francisco que los discípulos de Cristo no debían poseer ni oro, ni plata, ni dinero; ni llevar para el camino alforja, ni bolsa, ni pan, ni bastón; ni tener calzado, ni dos túnicas, sino predicar el reino de Dios y la penitencia (40), al instante, saltando de gozo, lleno del Espíritu del Señor, exclamó: «Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo busco, esto es lo que en lo más íntimo del corazón anhelo poner en práctica» (Vida de san Francisco escrita por fray Tomás de Celano el año 1228, n. 22).
Definitivamente el joven Francisco, que tendría entonces 26 o 27 años – estamos en 1208 – había nacido a un mundo nuevo. A los pocos meses se le adhirieron unos compañeros, que querían seguir esa forma de vida, y cuando el grupo fueron ocho, Francisco los dividió de dos en dos enviándoles a los cuatro puntos cardinales.
Cuando fueron doce, acudieron a los pies del Papa, que era Inocencio III, para contarle lo sucedido y pedirle que les aprobase, de viva voz, sin ninguna bula, esa forma de vivir. Y así lo hizo el Papa.
Todo esto, hermanos, fue por la fuerza del Evangelio.

2. Volvamos, pues, al texto sagrado para interrogarnos qué dice el Evangelio, qué está diciendo a la Iglesia de hoy, qué me está diciendo a mí.
Lo primero de todo dice el Evangelio que el envío fue de dos en dos. Cuántas veces uno sueña en ser un héroe, pero un héroe en solitario, porque un segundo me estorba, puede hacer sombra a mi personalidad y a mis proyectos. Así ciertamente no se construye la Iglesia, porque al Iglesia es comunión. Ya hace muchos siglos, cerca de mil cuatrocientos años, el Papa san Gregorio Magno comentaba que, en efecto, la caridad no se puede ejercitar si no tengo a mi lado alguien con quien ejercitarla. Por eso envía a sus discípulos de dos en dos. Y el Evangelio, hermanos, tenemos que darlo como obra de amor. La Iglesia está comprometida en él, y la Iglesia somos los pobres humanos, que tenemos que soportarnos unos a otros hasta en las cosas más santas.
En el mundo moderno de la globalización y de la comunión también tenemos que transparentar que la Iglesia es comunión, pero no por razones técnicas de eficacia, sino por razones de amor. Nunca dejará de haber personas líderes, hombre y mujeres de cualidades destacadas que los demás no poseemos; pero aun esos mismos líderes prodigiosos tienen que estar abiertos a la comunión: de dos en dos, dice el Señor.

3. Jesús, al enviarlos, les da el poder de expulsar demonios, “autoridad sobre los espíritus inmundos”. Es el poder divino inherente a la palabra de Dios, un poder que no puede ser suplido ni por la oratoria, ni por el don de gentes, ni por una fuerza magnética de arrastre que posee un líder de esta tierra.
La palabra de los profetas era poderosa porque era palabra de Dios, en hombres tímidos, como Jeremías por ejemplo, poderosa para derribar muros de bronce, porque era el Dios de la alianza el que hablaba por medio de sus siervos.
El mensajero de Jesús va en nombre del Hijo de Dios, para dar su mismo mensajes, para hacer sus mismas obras.

4. Y dice el Evangelio que no lleven nada: un bastón de caminante, para apartar obstáculos del camino; unas simples sandalias, nada más. Pero ni alforja, ni la ración de pan para hoy, ni dinero en la faja para comprar provisiones.
Les está diciendo que Dios proveerá, que son sus embajadores, que estos asuntos terrenales no les pertenece a ellos y que Dios mismo los va a resolver. Una vida así va a ser un ininterrumpido milagro de la providencia divina.
Y ¿dónde pernoctar…? Y ¿Dónde hospedarse…? Ninguna preocupación, porque Dios ya lo tiene previsto y ha de suscitar alguna familia que los acoja. Aceptad ese hospedaje y no cambiéis de casa hasta que salgáis del pueblo. Este rasgo de Jesús es de un entrañable humanismo. Los misioneros enviados por Jesús  no son unos mendigos, unos vagabundos… Son unos hermanos que han de encontrar cariñosa acogida en alguna familia. El Señor mismo les da ese hospedaje, que han de estimar como un regalo de comunión y de amor.
Hermanos, esta consigna de Jesús es puramente verdad, porque nunca han faltado ni van a faltar personas de bien que acojan a los mensajeros de Dios.

En este pasaje del Evagelio, Evangelio de la misión, halló Francisco la "altísima pobreza" que el Señor el regalaba. Creo que es más exacto decir que, a la escucha de este pasaje,  vio y recibió el don de la filiación divina. El núcleo de la espiritualidad franciscana noe s el don de la pobreza y minoridad, no es el don de la fraternidad; es el don de saberse hijo del Padre, y vivirlo así sencillamente derramando amor y fraternidad en el mundo. El verdadero hijo de Dios se encuentra del todo pobre, del todo rico, del todo libro, del todo hermano.

Concluye este párrafo diciendo que, en efecto, los apóstoles fueron como Jesús les había dicho, que salieron a predicar la conversión; echaban muchos demonios, ungían con  aceite a muchos enfermos y los curaban

4. Lo que estamos explicando y anunciando se refiere ciertamente a algo muy concreto de la vida de Jesús, pero para nosotros hoy en la Iglesia marca
- tanto un estilo de misión
- como un estilo de vida de donde nace la misión.

La Iglesia que Jesús ha querido es una Iglesia de hermanos, que vive del amor de Dios, que tiene su fuerza no en los medios humanos sino en la pura providencia de Dios, que no ha de fallar, y que los mensajeros de esta Iglesia, al ir por el mundo, deben llevar la cercanía de Dios.
Estas palabras pueden parecer muy idealizadas, porque viene el pensador y dice que la Iglesia necesita medios y mediaciones humanas. De acuerdo, pero la Iglesia ni es ni puede ser un estado, ni podemos soñarla como una organización que campee en el mundo. La Iglesia es puramente la familia de los hijos de Dios, y el amor su fuerza verdadera.
La página del Evangelio queda como una referencia para todos los siglos.
El Señor nos ilumine. Amén.

México-Tlalpan, 11 julio 2012.

martes, 10 de julio de 2012

260. Retiro de julio - Sangre de Cristo, embriágame


1. Fe y devoción en torno a la Sangre de Cristo

1. Las aspiraciones piadosas del “Anima Christi” (“Alma de Cristo, santifícame”), que se encuentran recogidas en los Ejercicios Espirituales de san Ignacio y han pasado como ejercicio devocional al Apéndice del Misal Romano, nos introducen en una veneración afectuosa y entrañable de la humanidad santísima de Jesús. Nos postramos espiritualmente ante Jesús crucificado. Lo contemplamos como la oferta de salvación que el Padre nos ofrece, y, prendidos de un amor sincero que nace del corazón, vamos repasando su cuerpo y le decimos lo que a solo él, - no a ningún santo, ni tampoco a la Virgen, nuestra Madre - podemos decirle:

Anima Christi, sanctifica me.
Corpus Christi, salve me.
Sanguis Christi, inebria me.
Aqua lateris Christi, lava me.
Passio Christi, conforta me.
O bone Iesu, exaudi me.
Intra tua vulnera absconde me.
Ne permittas me separari a te.
Ab hoste maligno defende me.
In hora mortis meae voca me.
Et iube me venire ad te,
ut cum Sanctis tuis laudem te
in saecula saeculorum. Amen.

Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del maligno enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos. Amén.

Es una oración que ha nacido en los claustros medievales, y que se halla en varios códices del siglo XIV.

2. Esta piedad afectiva y deleitosa ha alimentado a innumerables fieles de la Iglesia en épocas sucesivas. Es una piedad
- de intimidad personal
- abierta a la experiencia espiritual y directamente mística,
- con la adoración del cuerpo santo del Señor
- con un secreto latido esponsal.
- Piedad en torno a la Pasión sangrienta de Jesús,
- vivida como piedad eucarística.
- Piedad de consagración oblativa, en la cual se pide el supremo don de la identificación con Cristo.
- En suma, una piedad válida en sí misma, que pide ser siempre “reencentrada” en la Escritura, para que no degenere en devocionalismo, que entonces quedaría desvirtuada.

(“… Por mucho tiempo, Santa Brígida había deseado saber cuántos latigazos había recibido Nuestro Señor en Su Pasión. Cierto día se le apareció Jesucristo, diciéndole: “Recibí en Mi Cuerpo cinco mil, cuatrocientos ochenta latigazos; son 5.480 azotes (recordemos que fueron sesenta los verdugos quienes lo azotaron, quienes se iban relevando, Pilato había prometido dejarlo libre después del castigo y los judíos sobornaron a los verdugos para que resultara muerto, pero Jesús no moría y seguían azotándolo y azotándolo, por ello se explica la cantidad de azotes que recibió y se podrán dar cuenta en las condiciones deplorables en que llevó la Cruz). Si queréis honrarlos en verdad, con alguna veneración, decid 15 veces el Padre Nuestro; también 15 veces el Ave María, con las siguientes oraciones, durante un año completo. Al terminar el año, habréis venerado cada una de Mis Llagas”. -  Nuestro Señor mismo le dictó las oraciones a la santa –.
Obviamente no entramos en discusión de esta gran santa medieval; ni analizamos la subjetividad de una experiencia mística real.
Para el sencillo es obvio que Jesús no recibió 5480 azotes, ni que fueron 60 los verdugos que lo azotaron).

3. La “Preciosa Sangre de Cristo” es honrada con el culto litúrgico, con la fiesta propia, culto plenamente legítimo, que tanto bien ha hecho en la Iglesia. Recordemos lo escrito en otra ocasión (En este blog, n, 68. Preciosa Sangre de Cristo, 2 de julio de 2011).

El 1 de julio se celebraba en la Iglesia universal la fiesta de la “Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo” (éste era el título litúrgico), fiesta a la que el Papa Beato Juan XXIII quiso darle un esplendor especial con una carta apostólica que escribió el año 1959. Es bueno recordar este documento, no para lamentar una disposición litúrgica que luego veremos, sino para evocar ese latido de amor con que los fieles cristianos se han acercado a adorar la santa humanidad de Cristo, ensangrentada en la cruz. Citaré algunas frases.
Decía el Papa: “Esta devoción se nos infundió en el mismo ambiente familiar en que floreció nuestra infancia y todavía recordamos con viva emoción que nuestros antepasados solían recitar las Letanías de la Preciosísima Sangre en el mes de julio”.
“Nos parece muy oportuno – añadía - llamar la atención de nuestros queridos hijos sobre la conexión indisoluble que debe unir a las devociones, tan difundidas entre el pueblo cristiano, a saber, la del Santísimo Nombre de Jesús y su Sacratísimo Corazón, con la que tiende a honrar la Preciosísima Sangre del Verbo encarnado "derramada por muchos en remisión de los pecados".
En aquella carta apostólica hacía una breve historia.
“Conviene recordar que por mandato de Benedicto XIV se compusieron la Misa y el Oficio en honor de la Sangre adorable del Divino Salvador; y que Pío IX, en cumplimiento de un voto hecho en Gaeta, extendió la fiesta litúrgica a la Iglesia universal. Por último Pío XI, de feliz memoria, como recuerdo del XIX Centenario de la Redención, elevó dicha fiesta a rito doble de primera clase, con el fin de que, al incrementar la solemnidad litúrgica, se intensificase también la devoción y se derramasen más copiosamente sobre los hombres los frutos de la Sangre redentora.”
Cuando el Papa escribía estas cosas no se había celebrado el Concilio Vaticano II (1962-1965), si bien ya estaba anunciado (enero 1959).
Sin duda que fue un momento muy delicado, cuando después del Concilio, al hacer la reforma general del Calendario de la Iglesia (1969), llegando al primero de julio, se suprimió esta fiesta. En el nuevo Calendario fue suprimida y se razonó de esta manera:
“1 de julio. Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Se suprime la fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, establecida en el Calendario Romano en 1849, cuando Roma fue liberada de una sedición. La razón es que la Preciosísima Sangre de Cristo Redentor ya se venera en las solemnidades de la Pasión, como también en las de la Santísima Eucaristía y del Sacratísimo Corazón de Jesús y en la fiesta de la Exaltación de la Cruz. Con todo, la Misa de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo pasa a figurar entre las Misas Votivas” (Calendarium Romanum, editio typica 1969, p. 128).


2. En las fuentes de la Sagrada Escritura

4. La sangre humana aparece en las primeras páginas de la Biblia, triste tragedia que marca una hendidura en la historia: “¿Qué has hecho? La sangre de tu hermano me está gritando desde el suelo” (Gn 4,8).
Pero tenemos otro Hermano y otra Sangre, la Sangre de la nueva Alianza: “Vosotros os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo… y al Mediador de la nueva Alianza, Jesús, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel” (Hb 12,22-24).
En la alianza de Dios con Noé, la sangre – sangre de animal, sangre de hombre – adquiere una sacralidad total, que se va a respetar a lo largo de la Biblia. La sangre es la evidencia misma de la vida, y sobre la vida solo Dios tiene dominio, solo Dios.
“… Pero no comáis carne con sangre, que es su vida. Pediré cuentas de vuestra sangre, que es vuestra vida; se las pediré a cualquier animal. Y al hombre le pediré cuentas de la vida de su hermano.
Quien derrame la sangre de un hombre,
por otro hombre será su sangre derramada;
porque a imagen de Dios hizo él al hombre” (Gn 9,4-6).

5. Desde este último trasfondo hemos de entender las palabras de Jesús, que nos ponen ante el realismo total de la Encarnación, de la Cruz y de la Eucaristía.
Jesús hablaba del pan, del pan de la vida, del pan vivo. “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre” (Jn 6,51). Esto es muy bello, y resulta delicioso oírlo y aceptarlo.
Pero, de pronto, las palabras de Jesús se convierten en estas otras:
“Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo” (en el mismo versículo 51).
El pan pasa a ser carne, carne de Jesús, que es la carne de la crucifixión y la carne de la Eucaristía.
Esto provoca una reacción de rechazo, y Jesús nos adentra más en el misterio:
“Entonces Jesús les dijo:
Si no coméis la carne del Hijo del hombre
y no bebéis su sangre.
El que come mi carne
y bebe mi sangre
tiene vida eterna,
y yo lo resucitaré en el último día” (vv. 53-54).
Las palabras de Jesús, que han avanzado hasta el final, nos dan la clave del misterio.
Donde está la sangre está la vida, según toda la tradición de la Escritura; pero Jesús aquí equipara carne y sangre, y las pone en unidad indisoluble. Por tanto, grabemos estas conclusiones:
1ª. El come la carne y bebe la sangre tiene vida, vida eterna.
2ª. El no come la carne ni bebe la sangre no tiene vida, vida eterna.
3ª. La vida eterna es la vida duradera hasta la eternidad y esa vida incluye la resurrección.

6. Según esta revelación, se trata de comer la carne y de beber la sangre. Como si Jesús nos introdujera en un rito iniciático y secreto en el cual el discípulo entra en comunión con Dios que le va a dar el secreto de la vida divina.
Ya no se trata de comer el pan espiritual que nos une con la divinidad y acaso con nuestros seres que cruzaron la barrera de la muerte; se trata de comerle a él, la carne del Hijo del hombre. Ni se trata tampoco de libar una bebida celestial de esta tierra, sino que se traba de beber la sangre del Hijo del hombre.
No se trata de ponerse bajo la parrilla de una víctima sacrificada, para que su sangre caiga sobre mi cabeza y bañe mi cuerpo; se trata de que la sangre del Hijo del hombre, la misma sangre del Hijo de Dios, derramada en la cruz, yo la alce en una copa, la copa de la salvación, y la beba entera hasta agotarla.
Ya no se trata de aquello que dice el Apóstol: “No os embriaguéis con vino (Pro 23,31), que es causa de libertinaje; llenaos más bien del Espíritu” (Ef 3,18). Se trata de embriagarse con la sangre de Cristo: Sangre de Cristo, embriágame.

6. El que lee críticamente la Biblia, a lo mejor puede pensar que este lenguaje y esta formulación proceden de experiencias cultuales ya avanzadas de determinados cenáculos de vida cristiana, de los cuales son testigos las comunidades de Juan.
Pero ocurre que, saliendo del Evangelio místico de Juan, el Discípulo amado, el comer la carne de Jesús y beber la sangre de Jesús, la comunidad cristiana lo guarda como herencia de lo que realmente Jesús dijo al celebrar la última Cena pascual.
Jesús habla de comer y habla de beber, y al nombrar el pan y al nombrar el vino, Jesús habla de cuerpo y de sangre: eso es lo que hay que comer y beber. El relato transmitido por san Mateo nos dice así:
“Tomad, comed: esto es mi cuerpo… Bebed todos; porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados” (Mt 26,26-28).
Las palabras de la cena, que están ajustada a las primeras celebraciones eucarísticas de las comunidades, nos dicen claramente que el rito del pan y del vino definitivamente ya no es el rito de la Pascua de los judíos, sino que es mística y realmente
- la comida de la carne del Señor,
- y la bebida de la misma sangre del Señor.
Es lo más sublime y divino que se ha dado a un ser humano en esta tierra.


3. En la órbita de mi intimidad y espiritualidad

7. Si yo digo “Sangre de Cristo, embriágame” quizás, llevado de la emoción, estoy expresando un deseo desmedido. A lo mejor, debajo de estas palabras arrebatadas y explosivas, estoy manifestando un anhelo muy sincero de mi corazón que lo percibo en dimensiones más realistas. Yo deseo en verdad
- que Jesús sea el todo de mi vida,
- que su santa humanidad penetre toda mi humanidad,
- que su vida, en fin, sea vida mía en tiempo y eternidad.
Esta confesión de fe está muy bien expresada en las aspiraciones que dirigimos al alma y al cuerpo de Jesús y al agua de su divino costado.
Para hablar de la sangre de Cristo, que quisiéramos que fuera sangre nuestra y verdadero manantial de vida, el recuerdo de san Pablo, cuando les habla de los sacrificios paganos a la comunidad de Corinto, nos da unas claves preciosas de espiritualidad.
“El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo?” (1Co 10,16). He aquí la guía de una auténtica espiritualidad de la sangre de Cristo.
Beber el cáliz es comulgar la sangre de Cristo. San Pablo saca una consecuencia inmediata: Si todos comemos de lo mismo, si todos nos abrevamos de lo mismo, nos convertimos todos en uno. “Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues comemos todos del mismo pan” (v. 17).
La unidad de la Iglesia – y de la pequeña comunidad donde vivimos, que es imagen de la Iglesia – se hace eminentemente del único pan que todos comemos, del único cáliz-sangre que todos compartimos.

8. El Beato Juan XXIII, en la carta citada, nos invitaba a "devotas meditaciones" sacando nuestros pensamientos de las santas Escrituras, especialmente de los Evangelios.
"Así, pues, al acercarse la fiesta y el mes consagrado al culto de la Sangre de Cristo, precio de nuestro rescate, prenda de salvación y de vida eterna, que los fieles la hagan objeto de sus más devotas meditaciones y más frecuentes comuniones sacramentales. Que reflexionen, iluminados por las saludables enseñanzas que dimanan de los Libros Sagrados y de la doctrina de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia en el valor sobreabundante, infinito, de esta Sangre verdaderamente preciosísima, cuius una stilla salvum facere totum mundum quit ab omni scelere (de la cual una sola gota puede salvar al mundo de todo pecado) (Himno Adoro te devote), como canta la Iglesia con el Doctor Angélico y como sabiamente lo confirmó nuestro Predecesor Clemente VI (Bula Unigenitus Dei Filius, 25 de enero de 1343). Porque, si es infinito el valor de la Sangre del Hombre Dios e infinita la caridad que le impulsó a derramarla desde el octavo día de su nacimiento y después con mayor abundancia en la agonía del huerto (Lc 22,43), en la flagelación y coronación de espinas, en la subida al Calvario y en la Crucifixión y, finalmente, en la extensa herida del costado, como símbolo de esa misma divina Sangre, que fluye por todos los Sacramentos de la Iglesia, es no sólo conveniente sino muy justo que se le tribute homenaje de adoración y de amorosa gratitud por parte de los que han sido regenerados con sus ondas saludables.

Y al culto de latría, que se debe al Cáliz de la Sangre del Nuevo Testamento, especialmente en el momento de la elevación en el sacrificio de la Misa, es muy conveniente y saludable suceda la Comunión con aquella misma Sangre indisolublemente unida al Cuerpo de Nuestro Salvador en el Sacramento de la Eucaristía. Entonces los fieles en unión con el celebrante podrán con toda verdad repetir mentalmente las palabras que él pronuncia en el momento de la Comunión: Calicem salutaris accipiam et nomem Domini invocabo... Sanguis Domini Nostri Iesu Christi custodiat animam meam in vitam aeternam. Amen. Tomaré el cáliz de salvación e invocaré el nombre del Señor... Que la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo guarde mi alma para la vida eterna. Así sea. De tal manera que los fieles que se acerquen a él dignamente percibirán con más abundancia los frutos de redención, resurrección y vida eterna, que la sangre derramada por Cristo "por inspiración del Espíritu Santo" (Hb 9,14) mereció para el mundo entero. Y alimentados con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, hechos partícipes de su divina virtud que ha suscitado legiones de mártires, harán frente a las luchas cotidianas, a los sacrificios, hasta el martirio, si es necesario, en defensa de la virtud y del reino de Dios, sintiendo en sí mismos aquel ardor de caridad que hacía exclamar a San Juan Crisóstomo: "Retirémonos de esa Mesa como leones que despiden llamas, terribles para el demonio, considerando quién es nuestra Cabeza y qué amor ha tenido con nosotros... Esta Sangre, dignamente recibida, ahuyenta los demonios, nos atrae a los ángeles y al mismo Señor de los ángeles... Esta Sangre derramada purifica el mundo... Es el precio del universo, con ella Cristo redime a la Iglesia... Semejante pensamiento tiene que frenar nuestras pasiones. Pues ¿hasta cuándo permaneceremos inertes? ¿Hasta cuándo dejaríamos de pensar en nuestra salvación? Consideremos los beneficios que el Señor se ha dignado concedernos, seamos agradecidos, glorifiquémosle no sólo con la fe, sino también con las obras" (In Ioannem, Homil. XLVI).

9. Hay una línea de espiritualidad para acceder a los misterios. Es la de la intimidad personal. ¿Qué pasa entre Cristo y yo, cuando yo he sido amorosamente atraído para hacer unidad con él?
¿Podemos pedirle tanto como “Sangre de Cristo, embriágame”?
Sí.
Podemos decirle, suplicantes, sin presunción, temblorosos: Yo sé, Jesús, que tu sangre es tu vida, tu lucha, tu historia. Y sé que, al comulgar, recibo todo eso. Lo que haya de ser mi vida futura está dentro de tu sangre que recibo. Tu sangre es mi destino. Pero de tu sangre vino tu resurrección: al comulgarte tal como eres, comulgo tu resurrección; comulgo tu vida, comulgo la resurrección de la carne.
Tú dijiste: Padre, aparta de mí este cáliz.
Pero también dijiste: “El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?” (Jn 18,11).
Ahora, Jesús, el cáliz para mí es tu cáliz. Pensándolo así, te puedo de puedo decir: Sangre de Cristo, embriágame. Amén.


ORACIÓN
A LA PRECIOSA SANGRE DE CRISTO
EN LA SANTA EUCARISTÍA

(Esta oración, rimada en sencilla poesía puede ser orada de modo individual, meditando el contenido espiritual de los versos; o puede rezarse comunitariamente a dos coros, alternando las estrofas impares y las pares. En una oración comunitaria se puede ir leyendo a dos coros las estrofas, o – mejor – se puede cantarlas con un semitonado, con ritmo contemplativo, compuesta para mi Parroquia de la Preciosa Sangre de Cristo).


(Coro primero)
1. Preciosa Sangre de Cristo,
por nosotros derramada,
de cinco heridas manantes
eres Amor que nos salva.

(Coro segundo)
2. Sangre de Dios humanado,
sangre mía, de mis llagas,
toda mi vida y pasión
la veo ahí reflejada.

(Coro primero)
3. Conmigo te hiciste uno,
amándome hasta la entraña:
nada que humano se diga
fue ajeno a tu vida humana.

(Coro segundo)
4. Y todo ofreciste al Padre:
mis alegrías y lágrimas;
mi vida y muerte son tuyas,
mía será tu morada.

(Coro primero)
5. Hoy vives resucitado
y sobre el mundo te alzas;
eres perdón de los hombres
y tu gracia nos regalas.

(Coro segundo)
6. Sangre preciosa, purísima,
de María inmaculada,
eres la paz, la belleza
que adorna a tu Iglesia santa.

(Coro primero)
7. Cuando miro al Crucifijo,
te veo, Sangre adorada,
de manos, pies y costado,
Sangre que riega y que salva.

(Coro segundo)
8. A esa llaga del Costado
me acerco para besarla,
y me siento refugiado,
libre de toda acechanza.

(Coro primero)
9. Corazón que un día abrió
el soldado con la lanza,
y de esa fuente brotan
ríos de sangre y de agua.


(Coro segundo)
10. Era el signo del Espíritu
que Dios Padre nos mostraba,
y en los siete Sacramentos
a la Iglesia confiaba.

(Coro primero)
11. Sangre divina de Cristo,
al Padre sean las gracias;
te adoro en la Eucaristía
que entera traspasa el alma.

(Coro segundo)
12. Preciosa Sangre de Cristo,
en mi iglesia venerada,
tú serás mi eterna gloria,
Sangre de Dios sacrosanta. Amén.


Sangre de Cristo, embriágame

Embriágame de dulzura,
Sangre de Cristo preciosa,
y que el alma silenciosa
sienta el amor que le cura.

Embriágame de pasión,
sangre por mí derramada,
para que en mí no haya nada
extraño a su corazón.

Embriágame de pureza,
sangre de Dios virginal,
para que el hombre animal
no profane mi grandeza.

Embriágame de bondad,
sangre santa del Calvario,
para que no haya adversario
que ofenda tu santidad.

Embriágame hasta perder
el raciocinio y sentido,
que, al verme de Dios transido,
Dios será mi amanecer. (Julio 2009).
Desde México-Tlalpan, 10 julio 2012
(en la memoria santa Verónica Giuliani)