Lc 13,1-9
Texto evangélico:
13 1 En aquel momento se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. 2 Jesús respondió: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque han padecido todo esto? 3 Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. 4 O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre en Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? 5 Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera».
6 Y les dijo esta parábola: «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. 7 Dijo entonces al viñador: “Ya ves, tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a perjudicar el terreno?”. 8 Pero el viñador respondió: “Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, 9 a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar”».
Hermanos:
1. En el camino que vamos recorriendo durante los días de la Cuaresma. Vamos haciendo memoria de la historia de salvación que por etapas Dios fue haciendo con paciencia de padre con el hombre: el primer domingo, los orígenes; el segundo, Abraham, padre de los creyentes; el tercero, en el que estamos, la figura de Moisés, y así en los domingos sucesivos.
Dios escogió a Moisés para una obra inmensa que perdura hasta hoy. Para esta elección Dios en persona vino al encuentro de Moisés. Fue un encuentro en el que Dios le manifestó su misericordia.
2. Moisés se atrevió a preguntar: Moisés replicó a Dios: «Mira, yo iré a los hijos de Israel y les diré: “El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros”. Si ellos me preguntan: “¿Cuál es su nombre?”, ¿qué les respondo?». 14 Dios dijo a Moisés: «“Yo soy el que soy”; esto dirás a los hijos de Israel: “Yo soy” me envía a vosotros». 15 Dios añadió: «Esto dirás a los hijos de Israel: “El Señor, Dios de vuestros padres, el Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a vosotros. Este es mi nombre para siempre: así me llamaréis de generación en generación”».
El nombre de Dios es la intimidad última de Dios. En realidad esa intimidad jamás la podrá captar el hombre. Y con todo, estamos destinados a entrar en esa intimidad, a vivir en esa relación personal e intransferible con Dios como el ser que nos sustenta. Dios es el “Yo soy”, que es la afirmación absoluta de Dios en la vida personal y comunitaria. Yo soy significa: Yo soy el que existe y da el ser, el que asiste en todo instante, yo soy tu único futuro. en una palabra, Dios es el todo de nuestra vida. Con ese “Yo soy” Dios envió a Moisés; con ese mismo “Yo soy” Él me envía a mí, Él queda constituido como el íntimo y supremo dialogante de mi existe; yo soy tu presente y tu fututo, porque yo soy tu raíz.
Yo soy tu oración, yo soy tu alegría, yo soy el que genera la intimidad de ti mismo.
3. Por todo ello, Jesús tomó esta expresión divina para expresarse a sí mismo en múltiples variantes: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Yo soy la luz del mundo, el que camina en mí no anda en tinieblas. Y al final para quedarse con el simple soy yo. Entonces conoceréis que yo soy.
En una palabra, hermanó: ese “Yo soy” de las santas Escrituras nos abren la puerta parar entrar, adorando, en la presencia de Dios, y esto nos da confianza y seguridad plena.
4. Este Dios de la misericordia y la ternura tienen en este domingo, a través de Jesús, una palabra que nos invita a la conversión. Jesús comenta dos sucesos trágicos que ocurrieron en aquel tiempo, y que pueden ser noticias de periódico de cualquier día: una represalia política que Pilato ahogó con la sangre de unos rebeldes galileos, y el derrumbe de un edificio monumental, la torre de Siloé, catástrofe que produjo la desgracia de 18 muertos.
Aquellos sucesos de sangre y muerte ¿eran castigos de Dios? Jesús rechaza semejante interpretación. No eran castigos de Dios, pero uno los puede considerar como avisos de Dios, llamadas para que yo pueda reorientar mi vida desordenada. Jesús dice: Si nos os convertís, todos pereceréis del mismo modo. Eso es lo serio y lo grave; no lo que les pasó a ellos, sino lo que me puede ocurrir a mí, si o acepto los mandamientos de Dios, y de raíz la conversión total de mi corazón de cara a Dios.
5. Este comentario de Jesús nos invita a nosotros a pensar: ¿Qué es la conversión?
Convertirse, en el rigor de la palabra, significa volverse, dar un viraje hacia una determinada dirección. Si uno estaba dando la espalda a Dios, volverse, dar la vuelta completa y mirarle frente a frente a él. Si uno no le daba la espalda pero estaba mirando a otro lado, como se dice, convertirse es enderezarse y volver el cuerpo y la mente hacia donde debe dirigirse, dejar a un lado cosas accidentales y pasajeras y orientar la vida hacia lo que realmente importa. Muchas veces ocurre en la vida que uno recibe como una fuerte sacudida, producido por un acontecimiento inesperado, y uno se dice: Dios mío, ¡cuánto tiempo perdido en cosas que no conducen a nada!
La conversión, hermanos, es una cosa que nos incumbe a todos. Jesús, de hecho, comenzó su ministerio con esta proclama: El tiempo se ha cumplido; el Reino de Dios está irrumpiendo; convertíos aceptando el Evangelio. Convertirse es, ni más ni menos, que aceptar el Evangelio con todas sus consecuencias como clave de mi propia vida.
Sería una hipocresía dar lecciones a los demás, cerrando los ojos a mi propia realidad.
En este momento, hermanos, todos estamos viviendo y sufriendo esta guerra que comenzó el día 24 de febrero, que todos la repudiamos, y que no sabemos cómo va a evolucionar y cuándo terminar. Cuando empezó la pandemia, hace más de dos años, a lo mejor pensamos: Será cuestión de unos meses y pronto volveremos a la normalidad. Pero tampoco hoy sabemos cuando va a terminar.
6. La guerra es un crimen, y hablando en cristiano, es un pecado. Es una iniquidad ante los ojos de Dios cortar la vida de un bebé, de un niño que acaba de abrir los ojos a la tarea de este mundo, y que ni sabe ni tiene responsabilidad alguna de lo que está pasando. El Dios del cielo hará justicia de los actos humanos; de los que comunica la prensa y la política, y de los que se cometen y los ignoramos. Solo Él tiene la verdad de nuestras acciones, mientras que nosotros según pertenezcamos a un bando u a otro, tratamos de justificar nuestro comportamiento.
Ese Dios del cielo, a quien hemos de rendir cuentas de nuestro comportamiento, nos dice: Convertíos que, si no, esa ruina y destrucción que estáis contemplando aterrados con vuestros ojos, puede ser el mismo final de vuestra existencia. Si no so convertís, todos pereceréis del m ismo modo, nos ha dicho el Evangelio de hoy.
Concluimos mirando a Jesús y presentándole sinceramente nuestra peticiñon:
Señor Jesús, tú nos has anunciado al Dios de la misericordia y del perdón: convierte nuestros corazones a ese Dios revelado, y desde nuestra sinceridad y coherencia haz que colaboremos en la construcción de un mundo de justicia y de paz. Amén.
Alfaro, La Rioja (España), viernes 18 marzo 2022.