viernes, 13 de diciembre de 2019

1285. Adviento A, Dom III – Jesús anuncia: los ciegos ven y los cojos andan y se anuncia el Evangelio


Jesús anuncia: los ciegos ven y los cojos andan y se anuncia el Evangelio
Mt 11,2-11

Texto evangélico:
2 Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, mandó a sus discípulos a preguntarle: 3 «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». 4 Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: 5 los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados. 6 ¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!».
7 Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: “¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? 8 ¿Qué salisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Mirad, los que visten con lujo habitan en los palacios. 9 Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. 10 Este es de quien está escrito: “Yo envío a mi mensajero delante de ti, el cual preparará mi camino ante ti”. 11 En verdad so digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.
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Hermanos:
1. Recordemos, para comenzar, que los Domingos II y III de Adviento, están dedicados en el Evangelio a la figura de Juan el Bautista, el Precursor del Señor. El Evangelio de hoy tiene dos partes:
- la primera, es la embajada de Juan en la cárcel a Jesús, por medio de unos mensajeros;
- la segunda, el solemne testimonio que Jesús da de Juan, que es el mayor de los nacidos de mujer.
Pero estas dos partes tienen una coronación, y aquí está el sentido final de lo que Jesús anuncia, una frase que no se refiere ni a Juan ni a sus enviados, sino directamente a nosotros, personalmente a mí: El más pequeño en la nueva economía del Reino de Dios que se inaugura con Jesús (por ejemplo, yo mismo), es más grande que el más grande de la antigua Alianza: Abraham, Isaías…, y el mismo Juan Bautista.
Tratemos de entender con exactitud el lenguaje de Jesús, porque esto  es una revelación que solo él pudo darnos.

2. En este grandioso Evangelio lo primero que se nos revela es que se cumplen las antiguas profecías, tan bellamente expresadas en los oráculos de consolación de Isaías. El capítulo 35 de este libro es bellísimo, abriendo de par en par las promesas de Dios. He aquí el anuncio que resuena en la celebración eucarística de este Domingo:

“Sed fuertes, no temáis.
¡He aquí vuestro Dios! […]
Viene en persona y os salvará».
Entonces se despegarán los ojos de los ciegos,
los oídos de los sordos se abrirán;       
entonces saltará el cojo como un ciervo
y cantará la lengua del mudo,
porque han brotado aguas en el desierto
y corrientes en la estepa “(Is 35,4-6).

Es el lenguaje que usaron los profetas para cantar sus esperanzas. El ser humano, los hombres que se han dedicado a indagar la acción del Espíritu de Dios. Y Dios nos está diciendo en el corazón que la derrota no es su palabra. Dios es maravilla, Dios es sorpresa, Dios es esperanza. La cautividad de Babilonia – 70 años de esclavitud – terminó con el triunfo de Dios, y los profetas se llenaron de consolación y de palabras que crearon el nuevo pueblo de Dios tras el destierro, purificado y humilde.

3. Todo lo que iba sucediendo era promesa de algo superior y definitivo. «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan.
Las antiguas promesas espirituales se hacían signos concretos y visibles en la acciones de Jesús. Los milagros de Jesús no eran para remediar necesidades y miserias humanas, con las cuales tarde o temprano hemos de contar en nuestra vida, destinada, al fin, a una muerte y transformación. Los milagros de Jesús eran signos, y como tales, cumplimiento y promesa: cumplimiento de lo que Dios nuestro Padre nos había anunciado, y promesa de algo último y definitivo, de esa situación última que se inauguraba la con venida de Cristo, que nos traía la salvación completa.

4. En las palabras que escuchamos Jesús nos habla de cinco milagros que en él se realizan: los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan.
Pero hay un sexto milagro, que es el mayor de todos. Dice Jesús: y los pobres son evangelizados. ¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!.
¿Quién se va a escandalizar de que los ciegos vean y los cojos anden y brinquen…? ¡Bendito sea Dios si tales cosas ocurren!
De eso no viene el escándalo. El escándalo es que los pobres son evangelizados. Ese es el escándalo. Ni tampoco es el escándalo frente a los pobres, sino el escándalo frente a Jesús.
¡Benditos los pobres si son evangelizados! Pero ¿quién es este Jesús, que ha revuelto de tal forma la sociedad, como para decir que los pobres, justamente los pobres, los que no cuentan en este mundo, porque carecen de poder y de prestigio, esos justamente son los privilegiados? ¿Quién es Jesús?, esa es la pregunta. ¿Quién es ese Dios con nosotros, que nos disponemos a recibir en su Adviento de Navidad? Y hoy mismo si así lo deseamos.

5. Les decía, hermanos, que el Evangelio de hoy tiene un punto que corona esta revelación que estamos recibiendo. Y esto va en consonancia con lo que estamos explicando.
En la ciudadanía el Reino los pobres (y no hablamos de ninguna manera en meros términos económicos), los humildes, los insignificantes… son los que han comprendido, los que han escuchado a Jesús. Con estos Jesús va creando su nueva comunidad, conmigo por ejemplo, si yo acepto meterme en esta lógica de la inapariencia, de la sencillez, de la insignificancia…
Ahora bien, la última sorpresa, la verdadera lotería de Navidad es la frase terminal de Jesús. Juan es el más grande los nacidos de mujer, porque él no anuncia de lejos, sino que lo señala con el dedo. Con todo, el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.
Con estas palabras Jesús nos está dando su verdadera identidad y categoría. Está hablando, sí, de los pobres y pequeños; y se está definiendo a sí mismo como protagonista de la obra definitiva que el Padre le ha confiado.
El Reino de Dios, llamado igualmente el Reino de los cielos, es la obra de Jesús en la tierra, y a esta obra maravillosa estamos convocados.
Esto es el Adviento de Jesús, esto es la Navidad de Jesús, esto es la Epifanía de Jesús.

Jesús, Mesías, Hijo de Dios, escucharé tu palabra, seguiré tu Evangelio, acéptame entre los ciudadanos del Reino que has traído a la tierra. Amén.

Guadalajara, Jalisco, viernes 13 diciembre 2019 (50 aniversario de la ordenación sacerdotal del Papa Francisco).

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