Caminando por la via
pulchritudinis, camino recto para llegar a Jesús, he aquí, en versos eneasílabos,
una rima para coronar el retiro pascual. Recordemos: I. Punto de partida (Identidad,
espacio y tiempo del Resucitado, el Hoy de Dios). II. Mi Yo en Jesús Resucitado.
III. La liturgia… IV. Ser todo de Jesús. Ser todo de la Iglesia.
Una poesía es
sencillamente poner un florero al pie del altar. Paz y Bien.
Jn21 1 Después de esto
Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se
apareció de esta manera: 2 Estaban juntos Simón Pedro, Tomás,
apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos
discípulos suyos. 3 Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar». Ellos
contestan: «Vamos también nosotros contigo». Salieron y se embarcaron; y
aquella noche no cogieron nada. 4 Estaba ya amaneciendo, cuando
Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. 5
Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?». Ellos contestaron: «No». 6
Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron,
y no podían sacarla, por la multitud de peces. 7 Y aquel discípulo a
quien Jesús amaba le dice a Pedro: «Es el Señor». Al oír que era el Señor,
Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. 8
Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más
que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces. 9 Al
saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. 10
Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger». 11 Simón
Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces
grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la
red.12
Jesús les dice: «Vamos, almorzad». Ninguno de los discípulos se atrevía a
preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. 13 Jesús
se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
14Esta fue la tercera vez que Jesús se
apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.
15Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro*:
«Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le contestó: «Sí, Señor, tú
sabes que te quiero».
Jesús le dice: «Apacienta mis corderos». 16
Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le contesta:
«Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Él le dice:
«Pastorea
mis ovejas». 17 Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan,
¿me quieres?».
Se
entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: «¿Me quieres?» y le
contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero». Jesús le dice:
«Apacienta mis ovejas. 18 En verdad, en verdad te digo: cuando eras
joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo,
extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras». 19
Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto,
añadió: «Sígueme».
Hermanos:
1. Cuando
uno escucha el Evangelio que acabamos de oír uno queda embargado por una misteriosa
impresión: sorpresa, dulzura intimidad, confianza, y deseo de conocer más de
qué se trata.
Todo está lleno de
símbolos que uno se los puede aplicar; pero resulta al mismo tiempo, que los
datos que se nos dan son de un realismo histórico inmediato. Están siete
discípulos, de los que se nos dan los nombres de cinco, a saber: Simón, Tomás,
Natanael, los dos hermanos hijos de Zebedeo, es decir, Santiago y Juan (“aquel discípulo
a quien Jesús amaba”) y otros dos discípulos más.
Se nos dice que,
al mando de Jesús, pescaron – lo que no habían podido conseguir durante la
noche – y que al sacar las redes a tierra contaron los peces, que, seguro, los
iban a llevar al mercado, y resulta que eran 153, ni uno más ni uno menos.
El misterio
comienza cuando el discípulo al que amaba Jesús dice: ¡Es el señor! Y entonces
Simón se lanza al agua para ser el primero en llegar.
Sorprendente y
divino que Jesús había hecho un fuego y tenía un pez encima, ya asado, y allí
junto, pan. Todo dispuesto para u almuerzo de madrugada después de una noche de
trabajo: Vamos, almorzad.
Y se entiende que
él almorzó con ello. Un pez no era bastante. “Traed los peces que acabáis de
coger”.
Todo esto parece
una fantasía mística…, pero ocurre que el evangelista, como un narrador detallista,
nos da datos de la conversación que se produjo después de comer, con la misma naturalidad
que el mismo evangelista narró la larga conversación que siguió a la cena del
Señor. Es una narración, pero una narración singular, una narración espiritual
que tiene sentido si nosotros nos la aplicamos y la vivimos como acontecimiento
que ocurre entre morosos, cuando somos invitados a la mesa del Señor.
Fijémonos también,
hermanos, como alguna vez he dicho, que el Evangelista san Juan, en sus narraciones
de la vida de Jesús, va introduciendo sus propias reflexiones para guiar al
lector, o mejor dicho, a la comunidad cristiana, donde se proclamar el
Evangelio, y sepa cuál es el recto sentido. Y aquí nos da este toque
espiritual: Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era,
porque sabían bien que era el Señor.
Nos está indicando
como que había razones para dudar, porque todo lo que estaba sucediendo era
fuera de lo normal; se trataba, en suma, de una realidad de fe. Todas las
apariciones de Jesús son realidades de fe, y la fe para ellos y para nosotros
es el único camino para alcanzar al Resucitado y comprender lo que allí sucede.
2. Jesús nos está
indicando que Iglesia es una mesa de familia; que él es el que convoca y
preside y que él puede hablar y transmitirnos un mensaje.
No es ninguna fantasía, hermanos,
decir que cada vez que se reúne la comunidad Cristian para la Eucaristía
dominical se actualiza el misterio que la escena sugiere: la presencia de
Jesús, la palabra divina de Jesús, la entrega no ya de un pez y pan, sino en
este banquete sagrado de su propio ser en el pan y el vino.
En la intimidad con Jesús, en mi
propia habitación o en un banco solitario de la Iglesia, uno puede vivir y
soñar con Jesús estas realidades de la fe, que son realidades espirituales,
realidades ciertas. San Pablo decía: “Sabiduría, sí, hablamos entre los perfectos;
pero una sabiduría que no es de este mundo ni de los príncipes de este mundo,
condenados a perecer, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa,
escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria” (1
Cor 2,6-7).
Las escenas del santo Evangelio, que
un día fueron escritas para que nosotros las leamos y las gustemos con su sabor
divino, están abiertas a nuestro corazón, y Dios quiere entrar hoy en nosotros
a través de ellas.
Señor Jesús, tú vives para siempre
como Resucitado, tú vives en la Iglesia y en mi corazón, haz que sepa disfrutar
de tu presencia y de cada una de las escenas del Evangelio a través de las
cuales hoy llegas a cada uno de nosotros del modo como tú quieres. Amén.
19 Al anochecer de
aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las
puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en
medio y les dijo: «Paz a vosotros». 20 Y, diciendo esto, les enseñó
las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al
Señor. 21 Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha
enviado, así también os envío yo». 22 Y, dicho esto, sopló sobre
ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; 23 a quienes les
perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les
quedan retenidos».
24 Tomás, uno de los Doce, llamado
el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. 25 Y los otros
discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo
en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos
y no meto la mano en su costado, no lo creo». 26 A los ocho días,
estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando
cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». 27
Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela
en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». 28 Contestó
Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». 29 Jesús le dijo: «¿Porque me has
visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
30 Muchos otros
signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los
discípulos. 31 Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es
el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.
Hermanos:
1. Esta
homilía es diferente de todas las demás, porque la escribo y pronuncio, aquí
desde Roma, después de haber celebrado esta mañana con el Santo Padre junto con
varios centenares de compañeros y hermanos sacerdotes Misioneros de la
Misericordia, después de haber escuchado lo que el Papa ha dicho y de haber tenido
la oportunidad de leerlo, con los medios técnicos de hoy. Una homilía sencilla,
meditada, salida del corazón. Un consejo oportuno podía ser: lean lo que el
Papa ha hablado. Olvídense de mí.
Pero, por otra
parte, todo sacerdote ah recibido este ministerio sublime de entregar la
Palabra de Dios a la comunidad de los fieles, y Dios se sirve de nosotros – sea
cual sea nuestra competencia en el arte del lenguaje, y en los conocimientos de
la Biblia y de la realidad humana – para llegar al corazón de sus hijos del
modo maravilloso que él quiere.
He de precisar
algunas circunstancias, no por interés periodístico, sino como ocasionales
acontecimientos de fe. Estaba previsto que el Papa Francisco presidiera esta
Santa Misa en el Domingo de la Divina Misericordia, y así está escrito en el
folleto que se nos ha llegado: Ahora el Papa dice estas palabras y la asamblea
responde con estas otras. Pero no ha ocurrido así. Antes de empezar la Santa
Misa, hemos visto que el Papa venía caminando, saliendo de una parte lateral e
la basílica, caminando con dificultad por la enfermedad que lleva en la
rodilla. Le han colocado en una hermosa sede, antes de la primera fila de los
fieles, mirando al altar. Espontáneamente de la asamblea ha brotado un aplauso,
que era decirle: ¡Gracias, Santo Padre! Después de la proclamación del Evangelio,
le han cambiado la sede y mirando a la asamblea ha dirigido su homilía.
La Eucaristía la
ha presidido el obispo encargado de los Misioneros de la Misericordia, Mons.
Rino Fisichella.
2. ¿De qué vamos
hablar en esta homilía, hermanos, explicando el Evangelio? El Evangelio es una
fuente que mana vida eterna y nunca se agota. Podemos escuchar esta palabra de Jesús
o esta otra, y Dios actuará. El Papa nos ha dicho ye repetido en este Domingo
de la Divina Misericordia que la Misericordia de Dios llega a todos, se abre a todos
sin excepción, como a hijos suyos que somos, aunque nos hayamos equivocado. Y
para hablar de este misterio nos ha explicado las tres veces que se repite en este
Evangelio las palabras: La paz con nosotros.
En determinado
momento se ha dirigido a los cerca de 400 misioneros de la misericordia, que
estábamos allí con nuestras vestiduras blancas y la estola blanca que el Papa
nos ha regalado, y nos ha dicho:
“Y me dirijo a ustedes misioneros de la Misericordia,
si cada uno de ustedes no se siente perdonado, que se detenga en este
ministerio, hasta el momento de sentirse perdonado. Y de esa misericordia
recibida será capaz de dar mucha misericordia, de dar mucho perdón. Y, hoy y
siempre, el perdón en la Iglesia nos debe llegar así, por medio de la humilde
bondad de un confesor misericordioso, que sabe que no es el poseedor de un
poder, sino un canal de la misericordia, que derrama sobre los demás el perdón
del que él mismo ha sido el primer beneficiado. Y de aquí nace ese “perdonar
todo”, porque Dios perdona todo, todo y siempre. Somos nosotros los que nos
cansamos de pedir perdón, pero Él perdona siempre. Y ustedes deben ser canales
de este perdón, a través de su propia experiencia de ser perdonados. No hay que
torturar a los fieles que viene con sus pecados, sino tratar de entender qué
sucede, escuchar y perdonar y dar un buen consejo ayudando a seguir adelante.
Dios perdona todo, no hay que cerrar esa puerta”.
Hermanos, la figura del Evangelio de hoy es Jesús mostrando
la llaga de su costado, es decir su Corazón abierto, y mostrando sus manos
abiertas y llagas para recibirnos a todos. Tantas veces hemos rezado: “Dentro
de tus llagas escóndeme”.
En Viernes Santo, hermanos, leíamos un texto de los
profetas: Sus heridas nos han curado. ¡Ojalá que nuestras heridas
sean la salvación de otros hermanos! La redención se hace a través del
sufrimiento aceptado con amor.
3. Jesús Resucitado ha pasado junto al Padre y nadie
lo puede representar, pues vive en el mundo nuevo. Pero los Evangelios nos
quieren garantizar que está también junto a nosotros, que lo podemos ver de
otra manera diferencia, que de alguna manera, mediante la fe, lo podemos tocar,
palpara, en una palabra, adorar.
Tomás se ha rendido ante Jesús y le
ha dicho: ¡Señor mío y Dios mío! Y ahora, mirándonos Jesús a nosotros, dice a
Tomás: Jesús
le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin
haber visto».
Está comparando Jesús dos situaciones, la
de Tomás y la nuestra, y en esta comparación el “Bienaventurados” significa: Tú
eres bienaventurado, más bienaventurados son los que están creyendo sin pruebas.
Esos somos nosotros, hermanos.
Terminemos con una
oración a Jesús:
Señor Jesús, tú
eres el Resucitado, el Viviente. Que te sintamos vivo en nuestras vidas; qué tú
seas el amor verdadero, que nos dé paz y felicidad, y la entrega total para el
servicio de nuestros hermanos, los hombres.
Roma. Domingo de la Divina Misericordia, 24 abril
2022.