Homilía sobre el
Evangelio de san Juan 15,1-8
Domingo V de Pascua, año
B
Hermanos
1. Abramos de par en par el corazón para escuchar a
Jesús en este Evangelio en el que nos dice por dos
veces: Yo soy la vid.
Y, al definirse así, tantas cosas nos puede
decir a continuación…
No nos dice: Dios es la vid. Ni nos dice
tampoco: Israel es la vid.
Yo soy la
vid.
Palabra de revelación y de intimidad. Palabra no de un maestro que inicia la
explicación a sus discípulos. Palabra, por el contrario, del Enviado celestial,
que tiene un mensaje de vida, que, en el fondo, solo Dios puede decir.
Yo soy la vid y mi fruto es un vino celestial,
pudo decir Jesús, para que nos quedáramos paladeando ese vino que es la
Eucaristía, que es el don del Espíritu Santo, que es la misma presencia de
Jesús con la vida de Dios. Pensamientos que uno puede ordenar al impulso del
corazón sin ir descaminado. Pero el texto sagrado ha de tener la primacía y
desde esa palabra que escucha y transmite la Iglesia en la proclamación
litúrgica viene la luz y el riego para el corazón.
2. Dice, pues, el Señor: Yo soy la vid y mi Padre es el labrador. Jesús, pues, es la vid del
Padre, la vid trabajada por el Padre. ¿Qué hace el Padre en su trabajo? Jesús
habla de la poda.
En esta tierra en que vivimos en este momento
(Navarra, la Rioja, Castilla…) es hermoso viajar a la vera de una viña, mirar y
observar desde la ventana del tren o del autobús. La mano del hombre ha entrado
en la producción y nuestras viñas no son como las viñas de Palestina que vio
Jesús, como las viñas griegas y romanas, artísticamente dispuestas, que vio
Pablo de Tarso. Están hechas con una especie de cañadas por donde pueda entrar
el tractor; están incluso alzadas y emparradas para la vendimia, ahorrando al máximo el trabajo de la
mano de obra. Pero hay una cosa que en el viñedo de Palestina o del Imperio
Romano o de la industria vinícola de hoy es igual: las viñas están podadas.
Fueron podadas en el invierno, y todavía no han dado ese follaje exuberante,
porque les queda aún los meses de mayo, junio, julio, agosto, septiembre y
parte de octubre para que vengan los sarmientos y los racimos.
Las viñas están podadas, y Jesús nos habla de la
poda de la viña.
El que ha visto lo que hacen los labriegos con el
horquete en el tiempo de la poda se queda atónito. El labriego corta sin piedad, y deja una
guía o dos, de donde va a venir la vida de la próxima cosecha.
Dios poda su viña, porque sin esta poda el
sarmiento no sería fresco y potente para producir el racimo.
3. Si de la alegoría, hermanos, pasamos a la
vida, quedamos estremecidos. Yo he visto a hermanos míos queridos podados por
el Señor, compañeros de trabajo un día, que ahora, sin la visita de la hermana
muerte, han quedado para siempre fuera de la vida. ¡Qué pensamiento insensato y
cruel el que acabo de decir, que yo mismo no me lo creo, pero que lo digo como
presa de un temor natural para suplicarle al Señor: Dios mío, no quieras
podarme de esa manera!
Nuestros hospitales, nuestras residencias
guardan y protegen a muchas de estas vides podadas, en las que ha entrado el
Señor y ha hecho unos cortes severos para que la vid dé más fruto.
Visitamos a estos hermanos, a estas hermanas. No
podemos entablar una conversación coherente y lógica, pero misteriosamente el
corazón se nos llena de ternura y se despierta por aquel ser humano un nuevo
amor, lleno de delicadeza, que quizás antes no habíamos sentido. Sin darnos
cuenta la poda del hermano está produciendo en nosotros un exquisito fruto de
humanidad. Es verdad la palabra del Señor de que cuando Dios poda es para que
dé más fruto.
5. Pero él o ella no se dan del todo cuenta:
¿qué frutos pueden producir en esa vida? Hermanos, no dogmaticemos, que no
hace falta que se dé cuenta cabal…, ni cuenta a medias… Dios tiene sus secretos
con cada ser que ha creado. Esa poda está produciendo misteriosos frutos de
santidad. Sólo Dios lo sabe.
Nuestros cálculos se caen. Nuestras matemáticas
se quedan fuera de órbita. El corazón calla, contempla y adora, y con palabras
o sin ellas dice al Señor: A ti sea la gloria, la gratitud y el amor, por los
caminos que solo tú conoces.
6. Yo soy
la vid – dice y sigue Jesús – y
vosotros los sarmientos. Y comienza a hablarnos de la unidad vivificante
que hay entre la vid o la cepa y los sarmientos.
La unidad que existe entre la cepa y los
sarmientos es unidad vital, que tiene dos manifestaciones de vida:
- primera, que el sarmiento que no esté unido a la vida – un
sarmiento al aire – no da fruto, no tiene racimo;
- pero esa unidad no es una atadora que nosotros
le hayamos puesto: es la unidad prolongación de la cepa, de tal manera que la
cepa es para el sarmiento fuente de la vida, manantial de la savia. La vida de
la cepa y la vida del sarmiento no son dos vidas; son una sola.
Nos lo hacer ver Jesús así, para que nosotros,
pasando más allá de la imagen del campo, vengamos a nuestra vida.
7.
Nuestra vida, hermanos, que se convierte en la historia de cada día,
¿qué es y de dónde viene?
Viene de nosotros mismos, porque, como dice la
Filosofía, la vida es la acción inmanente del ser.
Esto, que está muy bien pensado, que así lo
aprendí en mis años jóvenes, estudiando la Filosofía, que así se nos explicó –
la vida es la acción inmanente del ser – no cuadra con lo que ahora me está
diciendo el Evangelio.
Mi vida es Jesús, me está proclamando el Evangelio.
Cuando digo “vida”, digo mi realización, mis proyectos, mis luchas, mis
conquistas, mis dolores, mis goces…, mi despliegue y plenificación total, todo
eso que compone mi yo en este mundo, todo eso es Jesús.
Es demasiado nuevo y grandioso todo esto para
aceptarlo de un pronto, y tiene, más bien, que sedimentarse poco a poco para
comprobar que esto es verdad.
Mi vida es Jesús, que es lo mismo que decir: Mi
vida es Dios. He de vivir desde la inmanencia del ser, y esa inmanencia no es
una creación que yo he logrado, unos hábitos que por el uso yo he adquirido,
sino que lo recóndito de mí mismo es Dios mismo, identificado en el Nuevo
Testamento como Jesús de Nazaret.
Este Jesús que ha pasado por el itinerario
terrestre, y que ha sido amado y, al final, también rechazado, ese Jesús que ha vencido
a la muerte y al odio, ese Jesús que nos ha traído la nueva alternativa, ese
Jesús es mi vida latiente en el fondo de mi ser. Aceptar esto es haber sido
evangelizado.
8. Hablamos de pensamientos, hermanos, que han
de convertirse en vivencias. Hablamos de algo que existe y que ha de ser
autenticidad de mí. “Vivo – decía Pablo – mas no soy yo quien vive: es Cristo
quien vive en mí” (Ga 2,20). De esto hablamos: de Cristo en mí.
Es el camino y es el punto de llegada. En la
vida futura cambiará todo lo que aquí hemos vivido, todo menos esto: Cristo
será mi propia identidad, mi vida desvelada.
¡A él la gloria! Amén.
Pamplona, sábado de la IV semana de Pascua,
ciclo B, 5 mayo 2012.