Jesús nos entrega el corazón y el proyecto del Padre
Mateo 23,1-12
Mt23 1 Entonces Jesús habló a la gente y a
sus discípulos, 2 diciendo: «En la cátedra de Moisés se han
sentado los escribas y los fariseos: 3 haced y cumplid todo lo
que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no
hacen. 4 Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los
hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar.
5 Todo lo que hacen es para
que los vea la gente: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto; 6 les
gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las
sinagogas; 7 que les hagan reverencias en las plazas y que la
gente los llame rabbí. 8 Vosotros, en cambio, no os dejéis
llamar rabbí, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois
hermanos. 9 Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra,
porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. 10 No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro
maestro, el Mesías. 11 El primero entre vosotros será
vuestro servidor. 12 El que se enaltece será humillado, y el
que se humilla será enaltecido».
Hermanos:
1. Siempre que explicamos la Sagrada Escritura, que es la fuente y la
fuerza de nuestra vida en la Iglesia, hay una pregunta raíz, que debe orientar
las demás: qué dice el texto sagrado en sí mismo y en el momento en que fue
escrito. Con facilidad, y legítimamente, lo que una vez pasó o una cosa se
dijo, al transmitirla, sin traicionarla, la estamos adaptando a la presente
circunstancias que nos interesa. El Evangelio de san Mateo está escrito, al
parecer, cuando ya se ha consumado la ruptura entre la Sinagoga y la Iglesia,
heredera de Jesús Nazareno.
No nos sorprenda que san Mateo – como luego san Pablo – recoja de modo tan
contundente las palabras de Jesús contra escribas y fariseos, especialmente
contra los profesionales de la Ley que son los escribas, los sacerdotes –
transmisores de los oráculos de Dios – los Sumos Sacerdotes.
Luego, las palabras de antaño las convertimos en anuncio y reclamo de hoy,
y en esta circunstancia precisa de nuestro escenario eclesial y nacional, hay
una marejada inmensa que nos agita con dolor a y todos. Todos, comenzando por
mí, queremos tener razón en nuestra postura; es que si no la tuviéramos, nos
desharíamos a nosotros mismos.
2. Este pensamiento final lo quiero ilustrar para orientar la homilía con
un suceso de Iglesia ocurrido hace unos días, aparentemente anecdótico y casi
folclórico pero de un significado total. El martes pasado, día 31 de octubre,
se cumplían los 500 años de la Reforma, protagonizada el 31 de octubre de 1517,
por Lutero, día en que clavo las 95 tesis en la puerta de la iglesia del
castillo de Wittenberg invitando a una discusión pública. Justamente ese día el
Vaticano emitía un sello conmemorativo (600.000 piezas), increíble en tiempos
pasados. El Vaticano, en cuanto estado, tiene esa capacidad de acuñar sellos
como los demás. En memoria de esta fecha de la Reforma el Vaticano ha sacado un
sello: V CENTENARIO DE LA REFORMA PROTESTANTE, dice la inscripción. Una hermosa
imagen de Jesús crucificado en el monte Calvario. A la derecha está Lutero, de
rodillas, con la Biblia abierta. A la izquierda, también de rodillas está el
teólogo Melanchthon, figura promitente de la Reforma, con un libro en las
manos, en cuya portada se lee: Ausburgo. Es la confesión teológica de Ausburgo
(1520), base teológica de la Reforma.
¿Cómo imaginar a Lutero y a Melanchthon a los pies de Cristo crucificado,
en actitud reverente, de penitencia y homenaje, si Lutero es un hereje,
condenado, destructor de la Cristiandad…? Pues es la única forma de poder
hablar correctamente de Lutero para poder entenderle.
3. Hermanos, solo arrodillados a los pies de la cruz de Cristo podemos
entender y explicar las santas Escrituras. El pasaje de hoy es una diatriba
tremenda de Jesús contra los escribas y fariseos, que se prolonga a lo largo de
este capítulo 23 de san Mateo, en el corazón de la Semana Santa, con la siete
amanezas que Jesús conmina a continuación.
Casi cinco siglos antes de Jesús un profeta, el profeta Malaquías, del
siglo V en tiempo de los persas, cuando la vida de Israel estaba centraba y
sustentada en el Templo, había pronunciado palabras fulminantes como las que
pronuncia Jesús. El profeta reprende, implacable, a los sacerdotes, que no son
los dignos sucesores de Leví.
“Pues la boca del sacerdote
atesora conocimiento, y a él se va en busca de instrucción, pues es mensajero
del Señor del universo. Pero vosotros os habéis separado del camino recto y
habéis hecho que muchos tropiecen en la ley, invalidando la alianza de Leví,
dice el Señor del universo. Pues yo también os voy a hacer despreciables y
viles para todo el pueblo, ya que vuestra boca no ha guardado el camino recto y
habéis sido parciales en la aplicación de la ley” (Mal 2,7-9).
4. Al tiempo que Jesús ha criticado de forma tan inexorable a los
representantes de Dios – y muy posiblemente en su modo de predicar
ennegreciendo ciertas tintas – nos ha revelado el proyecto auténtico de Dios,
que se nos invita a compartir.
“…todos vosotros sois hermanos. 9 Y
no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro
Padre, el del cielo”.
Hermanos, esto es la utopía de Jesús, el sueño dorado de Jesús: formar una
comunidad en la que el amor y la fraternidad es anterior y permanece anterior a
todo tipo de jerarquización. La suprema dignidad que se me ha dado a mí en la Iglesia
es la de ser hijo de Dios y hermano de mis hermanos. Es más importante, es más
categoría, el ser hermano que ser sacerdote, que el ser obispo, que el ser el
papa. Como mil veces lo hemos dicho en el cielo no hay santos, - el calendario
de los santos son para la peregrinación de la tierra – no hay sacerdotes, no
hay vírgenes, ni tampoco hay casados (Jesús decía), ni esposos, ni hijos ni parientes.
En el cielo solo hay hijos de Dios, No hay judíos, ni protestantes, ni
católicos, ni musulmanes. No hay partidos, no hay naciones. No hay franceses,
ni mexicanos, ni españoles ni catalanes. Solo hay hijo de Dios.
Lo demás son realidades absolutamente opinables, discutibles y
transitorias. A la vuelta de poco, porque la vida avanza vertiginosa, yo me voy
a encontrar con quienes fueron mis padres benditos en la tierra; pero me los
encontraré de una forma que ni el ojo
vio, ni el oído oyó, ni jamás se le ocurrió al pensamiento humano. En el
cielo no hay vascos, ni catalanes, ni españoles…, ni riojanos. En el cielo solo
hay hermanos, y Dios será todo en todos.
5. Cuánto dolor, hermanos, en estso días. Porque todos tenemos razón, mejor
dicho, nuestra razón: o con la Constitución, o con la tradición, o con el
corazón, o simplemente con la opinión. Cada uno tiene su razón, porque sin la
auto-rrazón uno se autodestruye.
Hora de dolor, porque aunque yo piense: Me parece que han hecho bien…; sin
embargo, sufro, pues no veo a mi hermano en convicción, sino en humillación, Su
reflexión no se transforma en consolación, en reconciliación, sino en amenaza
de agresión. Y cuando uno lee los periódicos, y hasta puede satisfacerse con el
vigor de los periodistas, cuyo lenguaje contundente nos causa no sé que
fruición, se revuelven sentimientos en lo hondo de sí mismo, que oscurecen la
bondad y la pureza del alma, esa bondad ingénita que todos llevamos dentro, y a
lo mejor entonces, no sé cómo, afloran sentimientos de compasión, que son los
que mejor nos definen e identifican.
En fin, hermanos, cuantos creemos en la comunidad de Jesús, en ese plan de
entendimiento y encuentro que él nos ha traído, en el poder de la
reconciliación, le damos gracias porque él, por su muerte voluntaria, nos ha
abierto el camino del amor como solución de nuestros conflictos.
Solo el que ama tiene la razón, y los que aman se encuentran.
6. Concluimos. Señor Jesús, en ti
está la fuente de la vida. Ilumina nuestro corazón: solo el que ama tiene la
razón. Te pedimos el gozo del amor, la rendición del amor. Amén.
Guadalajara, Jalisco, viernes 3 de noviembre de
2017.
En este pasaje evangélico Jesucristo habla del comportamiento de la clase religiosa dirigente, y de la actitud que deben tener los discípulos.
ResponderEliminarEn primer lugar habla de los escribas y fariseos, de sus vestidos y apariencias. Dice que alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto para que todos les vean y les reverencien. Filacterias y orlas, dos conceptos de la moda de entonces.
La filacterias eran cintas de tela o de cuero que sostenían una cajita, la cual contenía un minúsculo pergamino con cuatro fragmentos de la Ley. Los escribas y fariseos llevaban la filacteria en la frente, entre los dos ojos, y en el brazo izquierdo por encima del codo, mientras que sus rivales, los saduceos, la sujetaban a la palma de la mano. La gente común usaba filacterias sólo en momentos de oración, pero los fariseos lo exhibían durante todo el día. La referencia de Jesucristo hacia la costumbre de los fariseos de ensanchar sus filacterias se refería a la ampliación de la caja que contiene, en particular la banda para la frente.
También en el borde del manto se colocaba una franja u orla con una cinta de color azul. Esta orla es a la que se refieren los evangelistas en la mujer curada de su enfermedad al tocar la orla que llevaba el manto de Jesucristo.
En despliegue ostentoso de supuesta piedad, los escribas y fariseos gustaban de llevar las flecos en la túnica extendidos para atraer la atención del público, y unas orlas exageradamente anchas. Además colocaban unas borlas grandes y de colores en cada uno de los cuatro extremos del manto como indicación a su respeto a la Ley.
Para colmo de su estatus social, el pueblo les reverencia, se levanta en la calle cuando pasa un escriba o fariseo, les saluda con el nombre de “rabí” o de “padre”, les reserva el sitio de honor en las sinagogas, y los mejores puestos en los banquetes.
Jesucristo reacciona con tanta apariencia y falsedad, y desenmascara a los fariseos y escribas. Luego, dirigiéndose a los discípulos, les indica que todos son hermanos, que sólo tienen un maestro o “rabí”, que es él mismo, y un padre, que es Dios.
Saludos. Juan José.
Siempre me han impresionado las palabras de Jesús haced lo que dicen pero no hagáis lo que hacen.
ResponderEliminarEfectivamente en el cielo no existen “identidades jurídicas ni culturales”. Tampoco “identidades parentales”. Lo único que se conserva en el cielo son los nombres de las personas. Allí, en efecto, somos Pedro, o Pablo, o Bernabé, o Esteban o Juan, …. y nada más. En el cielo estaremos en otra dimensión que ni ojo vio, ni oído escuchó, ni entendimiento humano llegó a abarcar. Esa es la realidad celestial manifestada por quien ha bajado de ese cielo donde habitan los bienaventurados.
ResponderEliminarSin embargo parece que hay un aspecto que vale la pena tener en cuenta, y que el mismo Jesucristo apunta:
EL QUE A VOSOTROS RECIBE, A MÍ ME RECIBE; Y EL QUE ME RECIBE A MÍ, RECIBE AL QUE ME ENVIÓ.
EL QUE ME RECHAZA, Y NO RECIBE MIS PALABRAS, TIENE QUIEN LE JUZGUE; LA PALABRA QUE HE HABLADO, ELLA LE JUZGARÁ EN EL ÚLTIMO DÍA.
Dos fueron los criminales crucificados en el mismo momento de la muerte de Jesucristo. Uno recibió a Jesucristo, mientras que el otro lo rechazó. Ambos hicieron uso de su libertad, pero para uno supuso la salvación, mientras que para el otro fue su condenación.
Al Padre solamente se llega a través de su enviado, el Hijo, Jesucristo. Quien rechaza de plano a Jesucristo, rechaza al Padre y lo que ello conlleva.
Saludos. Juan José.