viernes, 10 de noviembre de 2017

1010. ¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!



 ¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!
Mateo 25,1-13


Mt25 1 Entonces se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. 2 Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes. 3 Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; 4 en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. 5 El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. 6 A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!”. 7 Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. 8 Y las necias dijeron a las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”. 9 Pero las prudentes contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”. 10 Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. 11 Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo: “Señor, señor, ábrenos”. 12 Pero él respondió: “En verdad os digo que no os conozco”. 13 Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».
Hermanos:
1. De nuevo tenemos otra parábola de Jesús puesta en los días finales de su vida entre nosotros, como lo vamos viendo los domingos anteriores. Una parábola que es bella, muy bella, y dramática, terriblemente dramática. Porque termina con un rechazado: En verdad os digo que no os conozco.
Un rechazo que es la última palabra. Y la conclusión final de la parábola apunta por ahí, un grito a estar siempre en vela: Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».
Repito, hermanos, una parábola con dos caras: parábola de bodas, de Cristo esposo con el que me voy a encontrar un día para mi alegría eterna; y parábola de condenación eterna: No os conozco.
¿Con qué nos quedamos, con la primera imagen o con la segunda? Yo quiero quedarme con la primera imagen y olvidarme de la segunda. Pero, si lo hago así, creo que seré infiel al Señor, porque, como estudioso del Evangelio, yo no puedo decir: No, esto último no lo ha dicho Jesús; esto se lo han añadido para meter miedo. No es cierto, no es científico negar que el mensaje de Jesús es mensaje de liberación, de una in mensa esperanza, pero, al mismo tiempo, el mensaje de Jesús no ha ocultado nunca el peligro que nos acecha.
2. Entrando ya en un estudio riguroso del texto sagrado, acaso un estudioso me quiera convencer de que justamente la amenaza del rechazo, es decir, la amenaza de la condenación, sea la punta de espada que quiere dar el sentido final. Pero yo también, como estudioso de la palabra de Jesús, pueda precisar que no es propiamente la condenación la espada de Dámocles de la parábola. No es la amenaza de condenación, lo que da el sentido y el dinamismo a la secuencia de la acción que Jesús presenta, sino la vigilancia.
Lo que Jesús pide es que estemos vigilantes en todo tiempo, en todo lugar, en todo momento. Que tengamos el amor al vivo. No hay tiempos vacíos ni tiempos estériles. Recordábamos hace poco que el “Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas” es el más feliz mandamiento de todos los días, de todas las horas, mañana y noche, mandamiento que no puede tener espacios vacíos de vacación. En la misma altura está la parábola de hoy: Estad despierto. La parábola hablaba solo de la “hora”. La conclusión va más allá: en todo día y en toda hora.
3. Y desde aquí podemos entrar en esa belleza que encierra la parábola inventada por un poeta, por un iluminado, por alguien que guarda un secreto infinito de amor. Jesús nos dice que esto es una fiesta, la fiesta más bella, porque es una boda y él es el esposo. Lo había dicho en otras parábolas (Mt 9,15; 22,9-1-14). Si uno entra en esta onda espiritual, quizás tenga que cambiar todos los registros de su concepción espiritual de la vida.
¿Qué es la Iglesia? La iglesia a la que yo pertenezco, en la que yo vivo; la Iglesia que, en definitiva, soy yo. Y he aquí la respuesta: la Iglesia, hoy mismo, sin esperar a mañana, es una fiesta de bodas. La Iglesia es ella así, y nosotros somos la comunidad de las vírgenes amorosas, que con blancas vestiduras de bodas, con antorchas luminosas, alimentadas con su reserva de aceite, cantan alegres por el Señor su esposo.
4. Cada vez que celebramos al Eucaristía, hermanos, se nos recuerda que estamos en un banquete nupcial. Antes de que los fieles se acerquen a recibir de manos del sacerdote, que representa a Cristo, la sagrada Comunión, el sacerdote alza la Hostia o sobre la patena o sobre el cáliz y dice: Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Y sigue el texto litúrgico: Beati qui ad caenam Agni vocati sunt. Bienaventurados los invitados a la Cena del Cordero. Por un pudor muy cuestionable, la frase se ha retraducido así: Dichosos los invitados a la cena del Señor.
A lo mejor estamos pensando en la última Cena del Señor Jesús con sus apóstoles. Es un pensamiento bueno y oportuno. Pero no es exactamente eso. La comunión no es tanto la cena con el Señor en el Cenáculo antes de la Pasión, cuanto el banquete escatológico con el Señor, las bodas del Cordero.
5. Es el pasaje que literalmente nos lo representa el apocalipsis: “«Aleluya. Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo, alegrémonos y gocemos y démosle gracias. Llegó la boda del Cordero, su esposa se ha embellecido, y se le ha concedido vestirse de lino resplandeciente y puro —el lino son las buenas obras de los santos—».Y me dijo: «Escribe: “Bienaventurados los invitados al banquete de bodas del Cordero”» (Ap 19,6-9).
Sí, hermanos, “¡bienaventurados nosotros, invitados ahora mismo y aquí donde estamos al banquete de bodas del Cordero!” (Apocalipsis 19,9). No quitemos nada a la hermosura de los textos sagrados, a los que nos introduce la sagrada liturgia.
6. Yo me alegro de que en la versión final aceptada por la Conferencia Episcopal Española, en esta Biblia que es la que debemos usar en la liturgia y en la catequesis no se hable en la parábola de las doncellas o muchachas que van al encuentro del esposo, unas previsoras y otras imprevisoras, sino pura y simplemente de las diez vírgenes, unas necias y otras prudentes.
Somos la esposa de Cristo, somos como Iglesia santa de Dios las vírgenes que con blancas vestiduras, bañadas en la sangre del Cordero, con lámparas encendidas en las manos, con cántico de alabanza y exultación, acudmos a las bodas del Cordero. Eso es la Eucaristía que celebramos.
7. Concluyo, hermanos, concluimos, con el grito suplicante y jubiloso que pronunciamos después de la consagración: ¡Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección: Ven, Señor Jesús!
Guadalajara, viernes 10 de noviembre de 2017.

2 comentarios:

  1. Jesucristo no se cansa de repetir a sus discípulos la misma idea. Velad. Lo que a vosotros digo a todos digo: Velad. Para expresarlo más gráficamente les pone ejemplos prácticos, o parábolas.

    Jesucristo vendrá y sorprenderá a muchos que no saben o no quieren velar. Vendrá como “ladrón en la noche”, para sorprender al dueño de la casa, o como novio en la noche, para sorprender a las vírgenes que no han sabido prever la cantidad de aceite de sus lámparas.

    Nadie sabe ni el día ni la hora de la segunda venida de Jesucristo. Ni tan siquiera los ángeles del cielo lo saben. Por eso el Señor nos exhorta a la prudencia.

    Eso no significa que por nuestra parte vivamos agobiados. Que vivamos con un estrés permanente. Con una angustia diaria. Saberse preparado no es angustioso, sino al contrario. Se me ocurre con la comparación del alumno que ha de examinarse. Quien se ha estudiado la asignatura no tiene angustia. La angustia la tiene quien ha perdido su tiempo y no ha preparado los exámenes.

    Saludos. Juan José.

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  2. Jesucristo dijo de sí mismo:

    YO SOY EL PAN VIVO BAJADO DEL CIELO

    MI CARNE ES VERDADERA COMIDA.

    Jesucristo habla de “pan” y de “carne”. No de “cordero”.

    Fue san Juan Bautista el que dijo de Jesucristo, cuando le vio venir al Jordán, ESTE ES EL CORDERO DE DIOS QUE QUITA LOS PECADOS DEL MUNDO.

    San Pedro, en su carta 1Pedro1, nos dice: FUISTEIS RESCATADOS DE VUESTRA VANA MANERA DE VIVIR, (….), NO CON COSAS CORRUPTIBLES, COMO ORO O PLATA, SINO CON LA SANGRE PRECIOSA DE CRISTO, COMO DE UN CORDERO SIN MANCHA Y SIN CONTAMINACIÓN. Es decir, que fuimos rescatados con la sangre de Jesucristo, “a semejanza de” la de un cordero sin mancha como se realizaba en el AT. Aquí se utiliza el símil, no la literalidad.

    En la liturgia de la Eucaristía se repite lo dicho por san Juan Bautista: “ÉSTE ES EL CORDERO DE DIOS...”, y luego se habla de CENA DEL CORDERO, frase contenida en el Apocalipsis.

    San Pablo nos habla de la cena del Señor: CUANDO, PUES, OS REUNÍS VOSOTROS, ESO NO ES COMER LA CENA DEL SEÑOR. No dice “LA CENA DEL CORDERO”. Y luego añade: DE MANERA QUE CUALQUIERA QUE COMA ESTE PAN O BEBA ESTA COPA DEL SEÑOR INDIGNAMENTE, SERÁ CULPABLE DEL CUERPO Y DE LA SANGRE DEL SEÑOR. La palabra “cordero” no aparece en absoluto.

    Saludos. Juan José.

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